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N/A 1: Imaginen a los personajes con los rostros y anatomías del "K.O.F. All Star"

N/A 2: K.O.F. y sus personajes son propiedad de SNK.

N/A 3: La canción en la cual está inspirado este Fanfic le pertenece al grupo musical: PXNDX. - Estrofa III y IV.

Advertencia: Este cap. contiene Lime, grado 3/5. Se recomienda discreción.


A mitad de camino del viaje de su vida, se encontró solo y en un bosque oscuro. La cordura aún prevalecía en su cabeza. ¿Qué había pasado entonces? ¿Por qué todo le resultaba tan extraño? Imposible y a la vez… tan normal.

Sentía claramente el palpitar de su corazón, su respiración, la sangre fluir a través de sus venas, el dolor a causa de pisar las espinosas plantas tras haber corrido por el bosque. Si lo había dudado una vez más, se lo reiteraba sin problema alguno…

—Aún estoy vivo. —masculló, apretando su empeine para disminuir el ardor.

Miraba detenidamente la fogata que tenía enfrente, sentado sobre la tierra húmeda, tan curioso, como si estuviese esperando algún acontecimiento. Sabía perfectamente que la fémina no lo estaba buscando; eso era lo más extraordinario, y por eso le encantaba su carácter, su belleza física, su porte, elegancia, sencillez, inteligencia, humildad, carisma; era casi la mujer perfecta.

Iori no reconocía la verdadera razón por la cual, una persona tan admirable y respetada "en vida", se había fijado en alguien como él… un hombre apático, frío, rudo y de carácter volátil. Tampoco sabía si llamarse afortunado o no; al haberse relacionado con una dama de esa categoría o el que ella se hubiera relacionado con un estúpido, desgraciado y eufórico.

Su mente era un caos en esos instantes; tantos deseos de hablar con ella, de cualquier forma, de poder tenerla entre sus brazos; y ahora que tenía la oportunidad, en qué estaba desperdiciando su tiempo [?] Estaba molesto, pero ¿Por qué? La joven Yata no había hecho nada para que estuviese así, al menos no con ella; si el haberlo rescatado de una muerte segura era algo malo o denigrante, entonces el Yagami sí tenía verdaderos motivos para estar furioso, pero fuera de eso, no encontraba culpa alguna en Maki. Eso era lo que más le hacía rabiar, no poder molestarse sin razón alguna, su estúpido orgullo que tenía en verdad era grave. Sin embargo, no lo podía estar de ninguna forma con ella, tan acostumbrado estaba a la decepción, euforia, frialdad, a la soledad, que no recordaba cómo era pasar tiempo con la refinada mujer.

—Algún día dejaré de ser tan bruto [?] —retiró del fuego la rama que tenía empalada un pescado. Iori le dio una mordida al alimento, saboreando la carne; no era carne roja, pero debía admitir que la blanca no estaba nada mal.

Al terminar de comer, se colocó de pie, observando la luna brillar en su gloria junto con las estrellas. La necesidad lo obligó a actuar de inmediato, sintiendo un extraño vacío.

—¿Pero qué demonios me pasa? —frunció el ceño, asqueado por su actitud.

De ninguna manera podía desperdiciar la oportunidad que tenía ahora. En esos momentos, apagó el fuego con la ayuda de la tierra y emprendió camino rápidamente.


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La mesa estaba perfectamente preparada con comida para los dos; Maki había puesto dedicación y cariño en preparar los alimentos, pero no sabía si había valido la pena.

Se veía tan hermosa; su cabello largo caía por su espalda, sus labios pintados de rojo intenso, al igual que sus muy bien cultivadas uñas combinaban con su piel pálida y sus hermosos ojos con la blusa de gasa de tonalidad gris que usaba.

—¿Nada?

Miró por quinta ocasión a través de la ventana, su semblante no aparentaba un sentimiento tranquilo o feliz, sino todo lo contrario. Pensó que… ahora que podían hablar directamente, quizás él podía sentirse un poco mejor, pero al parecer, todo había empeorado. Jamás quiso que eso pasara.

Tras unos minutos más de no apartar la mirada del bosque, se giró decepcionada, yendo a sentarse a una de las sillas; apagó las velas, tapándose los ojos con una mano. Todo había sido un fracaso.

—¿Aún no es tarde para cenar juntos? —escuchó la profunda voz familiar, proviniendo de la sala. Maki se giró, quedando sorprendida por la presencia del pelirrojo.

—¡… … …! Jha. —exhaló débilmente en forma de risa debido a la impresión. —Por supuesto que no. Adelante. —sonrió con gran dulzura mientras lo invitaba a sentarse. El Yagami así lo hizo, encendiendo las velas con su propio fuego; la joven rió por la acción.

En la cena, casi no se dirigían palabra, el ambiente parecía mágico, nada hostil ni comprometido, la sensación era como si hubiesen vivido juntos por tantos años en aquella cabaña. Solo estaban ella, él, las estrellas, la luna y el maravilloso ecosistema que los rodeaba.

Ninguno se atrevía a romper el silencio relajante que había, pero de vez en cuando, conectaban sus miradas por unos segundos, como si con eso se dijesen todo lo que tenía en mente. Además, el hombre aprovechaba la ocasión para observar sus preciosos labios, saboreándolos en cada movimiento.

—Estuvo bien. —dijo Iori, sin verla directamente.

—Me alegra que te gustara. —juntó sus palmas a un lado de su rostro tras sonreír. —¿Por qué no te bañas y cambias de ropa? Debes estar cansado, una buena ducha siempre relaja a quien sea. —decía mientras retiraba los platos. El joven recordó la escena de cuando había ido a visitar a Chizuru.

—No quiero ser una molestia. —habló fríamente, levantándose.

—Para nada. El tiempo sobra en gran manera. Además, no tienes a donde ir. —se burló sutilmente la mujer Yata.

—Mñmmm… —gruñó por lo bajo, apretando un poco sus puños.

—Adelante, siéntete libre. Arriba, segunda puerta del lado derecho. —indicó, alejándose del dining room.

El Yagami subió las escaleras con calma y después de desvestirse, entró a la regadera; el agua caliente que caía sobre su cuerpo en verdad lo relajaba. A medida que se duchaba, pudo reordenar sus emociones de una mejor manera mientras miraba hacia el suelo; mantenía su mirada entrecerrada. Se arrepintió mentalmente por haber actuado como un estúpido en el primer cruce de palabras con ella. Se dio cuenta que… realmente había perdido mucho tiempo en haber actuado como un idiota impotente. Y ahora, estaba más que dispuesto a obedecer a sus impulsos.

Luego de ducharse, cepilló a la perfección sus dientes y secó su cabello, alborotándolo con sus manos en un intento de que se secara más rápido. Al salir de la ducha, caminó por el pasillo con una toalla envuelta, únicamente alrededor de su cintura. Entró a la habitación, hallándose con Maki, quien leía un libro recostada de lado sobre la cama.

—Ha [¡¿?!] Lo siento, no creí que fueras a entrar en este cuarto. —se levantó la fémina, evitando ver el bien trabajado cuerpo lleno de gotas que resbalaban por este. —Me retiro. —dijo caminando hacia la puerta.

Iori corrió rápidamente hacia la joven, azotando la puerta para volver a cerrarla ante la acción, la fémina se giró rápidamente e inhaló por la boca, notando cómo el pelirrojo la había acorralado tras poner sus dos brazos entre ella, la distancia a la que se encontraban sus rostros era mínima. Sabían lo que estaba a punto de suceder, pero ninguno se animaba a actuar primero.

—¿Qué sucede? —preguntó como si no supiera lo que él tenía en mente.

En esos momentos, el pelirrojo se acercó hasta los labios rojos y sin pedir permiso, la besó intensamente, tomándola por la cintura. Sin oponerse al beso, Maki rodeó el cuello del hombre con sus antebrazos, mientras ambos cerraban sus ojos, gozando más aquella sensación.

El Yagami podía sentir los carnosos y jugosos labios sobre los suyos, le encantaba la textura, sentir las uñas de la gemela recorrer su cabellera rojiza mientras seguía el intenso beso, sentir la lengua de su compañera contra la suya, bailando entre sus bocas, poder oler su exquisito aroma femenino que lo embriagaba, un olor similar a decenas de rosas y flores con fragancia deliciosa.

Comenzó a masajear con desesperación las caderas y senos, haciéndola estremecer ante aquella acción. La mujer no opuso resistencia alguna, le excitaba demasiado; a decir verdad, jamás se imaginó dejarse tocar o besar de esa manera por alguien. La intensidad del momento subió, obligándolos a caminar hacia la cama sin parar de besarse.

Al estar recostada boca arriba, fue ella misma quien se quitó su blusa y sostén, dejando al descubierto sus atributos para deleite del pelirrojo. Él, nada tardo, empezó a besarlos y a lamerlos con delicadeza, siendo tomado con las uñas largas por su cabello.

Lentamente, desabrochó el pantalón y lo fue bajando sobre las piernas femeninas, acariciándolas en el proceso. Al retirarlo por completo, Iori quitó la única prenda que tapaba su hombría. La joven se sorprendió en gran manera, no recordaba muy bien el tamaño o grosor de la masculinidad del hombre, mas sin embargo, si cómo se hacía el amor, ya que, después de todo, ambos habían tomado la virginidad del otro.

Al acercarse nuevamente a ella, masajeó una vez más los senos, empezando a recorrer el cuello con su lengua; Maki ahogó un exquisito gemido tras sentir lo que le hacía. Le encantaba la idea de desafiarlo a hacerla jadear de placer, a medida que él empezaba con el acto.

Fue de esa manera, que hizo a un lado las bragas de su compañera para poder entrar con una embestida. Al hacerlo, la joven gimió de manera sensual, mordiéndose su labio inferior con fuerza mientras cerraba sus ojos excitada; arañó débilmente la espalda de pelirrojo a causa del orgasmo repentino que había sentido. Fuerte, pero delicioso; olvidaba cómo se sentía el placer del sexo con la persona a la que quería con el alma.

El Yagami empezó a moverse, haciendo jadear de forma musical a su compañera. La joven Yata sentía como si la fuesen a dejar inconsciente a causa de tantos orgasmos. Él sabía cómo hacer las cosas; la besaba delicadamente, la acariciaba sin prisas… como queriendo aprenderse de memoria cada curva del cuerpo femenino, permitía que ella le indicase el ritmo o acomodo favorable. Estúpido de pensar… pero quizás sí era un caballero después de todo, al menos en la cama.

Al sentir el clímax cerca, el pelirrojo se retiró, terminando fuera del cuerpo de Maki, no sin antes gruñir de la delicia a causa de la eyaculación, acompañado por un exquisito gemido ajeno. Si todo era sumamente real, entonces ni de broma correría el riesgo de condenarla a causa de su maldición.

Al terminar, se quitó de encima, recostándose a un lado. La gemela colocó su cabeza sobre el pectoral de Iori; cerró sus ojos, tratando de controlar su respiración entrecortada debido al éxtasis que aún sentía. El pelirrojo no puso objeción, tan solo rodeó la espalda con su brazo, acariciando la suave piel. Dentro de sí mismo, se sentía diferente, lleno de paz, tranquilidad, como si las cosas estuviesen mejor de la nada. Sus preocupaciones, su odio, ira, cansancio, se habían ido… al menos por el momento. Observó por la ventana, contemplando las estrellas que habían sido testigos de lo que había ocurrido esa noche.

—"Gracias." —pensó el joven, dándole un suave beso en la frente. Tras hacerlo, fue cerrando sus ojos con cansancio.