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N/A 1: Imaginen a los personajes con los rostros y anatomías del "K.O.F. All Star"

N/A 2: K.O.F. y sus personajes son propiedad de SNK.

N/A 3: La canción en la cual está inspirado este Fanfic le pertenece al grupo musical: PXNDX.


Sabía que el momento tendría que llegar tarde o temprano, pero jamás pensó que fuera tan pronto; a pesar de ello, estaba consciente de la situación. No puso queja u objeción alguna. Por supuesto que no era fácil de digerir, mucho menos por lo que había vivido en menos de cuarenta y ocho horas, pero reconocía que era necesario. No podía vivir de lo irreal.

Iori y Maki habían pasado juntos toda la mañana. Después de haber tenido un delicioso desayuno y cepillar sus dientes, salieron a la intemperie a caminar por el verde pasto, disfrutando del paisaje y el plantío de rosas que la mujer cuidaba con su alma. Fueron largas horas de plática; siempre le había impresionado la sabiduría con la que ella le hablaba, la simpleza y la forma extraordinaria de ver la vida. Su voz era tan angélica y frágil al mismo tiempo, la más hermosa y fina que jamás había escuchado; provocaba sentimientos de benevolencia o redención.

El pelirrojo tenía en mente todo lo que habían hablado, ya no era una sensación extraña o nauseabunda, más bien, tranquilidad y paz; aunque esa paz y tranquilidad fueran a desvanecerse una vez dejara de estar con ella.

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—¿Lo entiendes verdad? Kyo y mi hermana te necesitan de vuelta, si alguno de ustedes llegase a faltar, el regreso del Orochi sería inevitable.

—Lo sé. —fue todo lo que dijo gruñendo. Sintió cómo la gemela acariciaba su cabello tras haber dejado su cabeza reposar en el regazo. —¿Qué hay de ella?

—Que los cuide mucho. Dile que me siento muy orgullosa y que la amo. Que busque siempre la luz. Y que no permita que Kyo y tú se maten entre sí. —bromeó.

—¿Qué es este lugar exactamente? ¿Es una ilusión del espejo de los Yata?

—Este lugar son tus deseos no revelados del alma. Con tu insaciable sed de búsqueda se te permitió llegar aquí. Realmente, el espejo de mis ancestros Yata no tuvo casi nada que ver.

—¿Y cuánto tiempo llevas estando aquí?

—No lo sé. Tú dime ¿Desde cuando te habías aferrado tanto para hablar conmigo a cualquier costo?

—… … …

A decir verdad, estaba un poco tranquilo. Había hablado con ella, la había visto, la había besado, habían hecho el amor y había aclarado la mayor parte de sus dudas existenciales ¿Quién diría que Maki tendría ese don, además de los otros? Miró por un par de segundos su motocicleta, la cual permanecía totalmente intacta desde el momento en el que había llegado, por inercia, también miró hacia el camino, la carretera continuaba como si jamás hubiese sido destruía. El Yagami se colocó de pie, recordando su patética vida, asumió que al volver tendría que regresar a la normalidad y enfrentar a sus demonios. Caminó hasta la orilla del acantilado, como si recordase la primera vez que había estado en ese lugar con ella.

—¿Te da miedo regresar? —preguntó, acercándose.

—No. —dijo con frialdad. —Me aterra. —reveló, mirando hacia la nada.

—Ten. —la joven Yata le entregó el anillo de plata que había sido arrojado al mar. Iori lo miró, apretándolo fuertemente, dentro de sí, estaba arrepentido por haberlo lanzado al precipicio. —Por favor, ya no hagas tonterías, recuerda que te lo regalé para que me recordaras. —sonrió con un poco de sorna.

—…

—… ¿Ocurre algo?

—Sí. Ocurre mucho, diría yo. Y no cosas buenas precisamente. Entre ellas que no te veré más. Tendré que soportar el resto que me quede de vida, mi maldición, la soledad, el fracaso, entre otras cosas.

—No digas eso, ya lo hemos hablado.

—Sabes que es verdad.

Maki lo miró como queriendo decir algo, pero de su boca no salieron las palabras. No fue necesario decir nada, el pelirrojo continuó hablando.

—Al menos sé que estás en algún lugar mejor, un lugar en donde no hay abuso fuera de este mundo. Pude, de alguna maldita manera, encontrar el medio para poder hablar contigo y decirte por lo que he pasado. Así que… gracias.

—Iori… —suspiró, haciendo que una lágrima resbalara de sus ojos. —¿Sabes? He estado pensando en ti muy a menudo, más de lo normal. Eres una persona maravillosa, en todo sentido, nunca dejes que la vida te haga sentir lo contrario. —acarició la mejilla de su compañero.

El varón se sintió avergonzado por primera vez en su vida, no estaba absolutamente nada acostumbrado a escuchar ese tipo de cosas, mucho menos si estaban dirigidas a él.

—¿Nos volveremos a ver?

—Sí. —sonrió, tomándole de la mano. —Te voy a estar esperando aquí mismo con ansias. Pero aún no. —otra lágrima le resbaló. No era tan fácil decir adiós, aunque fuese momentáneamente.

—Aún no. —repitió sin verla a la cara.

En esos momentos, Maki se alzó de puntitas y alcanzó los labios del Yagami con los suyos. El beso no duró mucho, pero en este había plasmado todos sus sentimientos que sentía por él; Iori sintió como una corriente eléctrica recorrer su cuerpo. Al separarse, no dijo nada, tan solo caminó hasta su motocicleta para encenderla sin mirar atrás. Algunas sensaciones de odio y desprecio inundaron su cabeza, detestaba la idea de tener que marcharse para volver a sufrir en la vida, pero al menos sabía que en algún momento la espera habría valido la pena. Observó hacia la carretera y una vez más a la joven Yata. Así pues, emprendió camino, avanzando a través de IoKi.

—¡Te amo! —gritó, sacudiendo su mano en forma de despedida mientras lo veía alejarse.

—… … … Yo también. —masculló fríamente una vez se había alejado unos cien metros de ella.

La fémina sonrió en gran manera, reconociendo de alguna forma que le había devuelto las palabras. Maki colocó sus manos detrás de su espalda sin dejar de sonreír, ansiaba el momento en que pudieran estar juntos otra vez y quizás… para siempre.

—Pero aún no. —se repitió a sí misma, dándose media vuelta y empezando a caminar hacia la cabaña.


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Una semana había pasado desde entonces. Las cosas no parecían haber mejorado ni un poco, todo seguía casi igual, todo estaba tal vez peor que antes, todo le salía mal; pero no esperaba que las cosas cambiaran luego de haber vivido eso. No obstante, se mantenía en la lucha del día con día; solitario, temido y despreciado; su recuerdo y el confortable compañerismo que tenía de vez en cuando con Chizuru eran lo único que lo mantenían cuerdo, al menos hasta que un tema con relación a Yamata no Orochi se presentase, pero por lo mientras…

¿Debería recordar muy a menudo? ¿Se debería acordar consecutivamente? Quizás no, de esa manera solo lograría sentirse peor. Aunque quisiera, ya era muy tarde para cambiar el sentimiento que sentía. No podía odiarla por dejarlo solo, ella jamás lo había escogido de esa manera. Su única escapatoria era seguir aguantando hasta el final.

Luego de un par de semanas, las cosas empezaban a ser más tranquilas para él. Un nuevo torneo de The King of Fighters iba a comenzar, al menos así tendría su mente un poco ocupada para tratar de vencer a Kyo. Además, había pausado una nueva gira con su banda por todo el continente Europeo.

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Esa tarde, se reunió con la menor de las hermanas para charlar. El pensar en ella y lo vivido después de casi mes y medio lo habían inspirado para componer una canción; ahora, no todo iba tan de la mierda. Esa era su única forma en que se podía desahogar sin herir a nadie físicamente, sacar casi todos sus sentimientos a través de la música con la ayuda de su inspiración… Maki Yata.

—¿Té? —cuestionó Chizuru, colocándole una taza en frente. El pelirrojo asintió.

—Kagura…

—¿Qué sucede? —lo miró por un segundo, prestando atención de nuevo a la taza de té para que no se derramara.

—Extrañas a tu hermana ¿Cierto? —la gemela quedó muda ante esa pregunta, no sabía si estaba ofendida o confundida.

—Por supuesto que la extraño. —contestó ofendida. —¿A qué va esa pregunta? —frunció el ceño.

—Tengo algo que contarte. —los ojos de la mujer se abrieron como platos. Claro estaba que Iori no bromearía con un tema tan delicado como ese; su expresión cambió repentinamente por una de asombro.

—¡Claro! ¡Yo…! S-s-solo déjame ir por las galletas. N-n-no t-tardo. —tartamudeó, saliendo rápidamente de la cocina.

Iori cerró sus ojos, acomodándose en la fina silla de ébano mientras descansaba su espalda. De la nada, una diminuta sonrisa se le dibujo en sus labios a medida de que un par de lágrimas resbalaban de sus ojos.

—Gracias. —musitó, apretando entre sus dedos el anillo que tenía puesto.


Gracias a todos ustedes Koferos fieles que siguieron hasta el final esta humilde y muy corta historia. Espero que les haya gustado tan siquiera un poco. Este fue mi primer fanfic de esta pareja. De nuevo, agradezco su valioso tiempo en haber leído esto. Espero que estén muy bien, recuerden que los quiero mucho.

See you soon!