Capítulo 3


Nada podía haber alegrado más el día de Noriko como el entrar a la oficina de su hijo mayor y encontrarlo con una joven en brazos, con una expresión en el rostro, y no la de temor por lo que ella pudiera estar pensando, sino de consternación o preocupación. Le era difícil de definir aun tratándose de su hijo.

Naoki era, por sobre todo, no muy fácil de leer.

Sin embargo, la emoción que mostrara su hijo en la cara, con la jovencita que llevara en sus brazos, le dijo a la mujer que ella era una persona de buena influencia para él, ya que casi nadie ocasionaba alterar la ecuanimidad por la que era conocido.

—¡Onii-chan! —Fue la exclamación que dio segundos después de entrar a la oficina, tras una rápida observación de la situación. No por nada, su hijo heredara la agudeza mental de ella.

Se aguantó las ganas de sacar la cámara de su bolso.

—No te hagas ideas, mamá, que Aihara acaba de desmayarse frente a mis ojos —replicó Naoki en un tono de cansancio, imaginándose la clase de ocurrencias que pasarían por la mente de su progenitora. Buscaba emparejarlo con cualquier joven que le pareciera agraciada, desde que había pasado la pubertad.

Al joven le recorrió un escalofrío de desagrado al pensar que pudiera emparejarlo con la mujer que todavía sostenía en sus brazos.

No la soltó porque habría de herirla.

—¡Actuaste como todo un caballero al cogerla! —manifestó aplaudiendo Noriko, sonriendo de forma entusiasta.

Naoki hizo una mueca de disgusto, arrugando la nariz de un modo que no consiguió arruinar su atractivo. Quien conociera de él, pensaría que había sido demasiado afortunado por sus numerosas virtudes. Tanto que eran capaces de empañar sus defectos.

Suspirando, el joven castaño se movió hasta el sofá oscuro y depositó a la pelirroja en él, con suma delicadeza para no hacerle daño, y se incorporó para darse la vuelta con rapidez.

—¡Onii-chan, no la dejes así! —protestó su madre prontamente.

—Tengo un botiquín en el aseo —informó parco, desapareciendo en la puerta adyacente a la oficina, muy discreta, donde estaba el baño privado que tenía. Allí, caminó hasta la caja blanca de la pared, de la que sacó alcohol etílico y algodón, para hacer volver en sí a Aihara.

Mientras tanto, y así la encontró él al volver, la señora Irie se encargaba de analizar a conciencia a la bonita joven del sofá, de la que no sabía el nombre, pero ya tenía la clara convicción de que haría una pareja estupenda para su hijo.

Llevando una mano a su mandíbula, ella pensaba que habría de ser lo más sutil posible para que consiguiera lograr su cometido de unirlos. Tenía el presentimiento, sin saber mucho de la joven, que era la indicada para transformar a Naoki.

Éste, sin pestañear, observaba el modo curioso con que su progenitora veía a Aihara, que no auguraba nada bueno. Como respuesta, estuvo más que listo para la intervención de su madre en el futuro, consciente de que la patosa accedería a la ayuda de su progenitora por el obvio interés que sentía por él.

El pensamiento casi le provocaba jaqueca.

Poniendo los ojos en blanco, Naoki se aproximó a las dos mujeres humedeciendo el algodón con el alcohol, que acercó a la nariz de Aihara, intrigado del motivo que orillara a un desmayo, además de la palidez y ojeras en su rostro, no muy disimuladas por el maquillaje.

Era extraño que ella no hubiera cuidado ese aspecto, como su ropa, puesto que de ello podía afirmar que nunca la había visto tan fuera de lugar.

Quizá estaba enferma.

Hasta cabía la posibilidad que ese estado empeorara su torpeza habitual.

Cualquier otro habría pensando en disculparse por la actitud con ella, si lo orilló una condición de enfermedad, pero eso no pasó por la cabeza de Naoki, quien al recordar su muestra de idiotez del día, solo quiso que la joven se despertara lo más rápido posible para regresar en lo que estaba.

Justo entonces, Kotoko fue recuperando la lucidez, moviendo la cabeza para apartar el olor penetrante en su nariz, que consiguió reconocer como alcohol en su mente danzante. Al alzar los párpados, sus orbes color avellana se cruzaron con el rostro de su amado, que la observaba con inexpresividad, aunque ella lo interpretó como otra cosa.

Su corazón dio un pálpito emocionado en su pecho y suspiró.

—¿Estás bien, pequeña? —pronunció una voz que se le hizo desconocida, obligándola a apartar la vista de Irie-kun, quien se irguió en toda su altura y se dio la vuelta.

Kotoko pestañeó al ver a una mujer de mediana edad, bien vestida, con ojos amables.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Noriko, contemplando la confusión en los expresivos y llamativos ojos de la joven, que en vistas claras estaba enamorada de su hijo, por el modo en que lo había mirado al despertar.

Eso hacía todo más fácil.

Asimismo, la bondad que transmitió en sus ojos acaparó toda su atención y le dio su completa aprobación.

Era simplemente perfecta para Naoki, incluso él se opusiera.

—Soy Irie Noriko, okaasan de Naoki —se presentó, ayudándola a sentarse mientras veía de reojo que su hijo había regresado detrás de su escritorio, revisando unos papeles.

A ella no le engañó su indiferencia, fue notable que fingía y estaba pendiente de su conversación. Algo en su postura crispada lo delataba.

—Aihara Kotoko, encantada de conocerle, Irie-san —articuló suavemente la pelirroja.

Durante un momento, Noriko pensó que en Tokio el apellido no era muy popular, sino en otra región del sur, pero consideró que sería demasiada casualidad que la joven se tratara de una pariente de Ai-san, el mejor amigo de juventud de su esposo.

—Llámame Noriko, Kotoko-chan, ¿puedo decirte así?

La joven asintió con una sonrisa amistosa.

Con cada segundo le agradaba más aquella muchacha.

—¿Te encuentras mejor? —insistió la madre del joven y Kotoko movió la cabeza en afirmación, aun con la sensación de debilidad que le recorría el cuerpo, además del mareo que le daba a momentos.

No le fue difícil dar rápido con la respuesta.

—Lo siento, no me dio tiempo de tomar el desayuno…

—¿Cómo puede ser! —Las palabras de Noriko-san la hicieron brincar, aturdida. —Ya pasa la hora del almuerzo y venía a compartirlo con mi hijo. Jovencita, eso está muy mal.

La pelirroja elucubró que no debía decírselo, pues su padre lo repetía, siendo chef. Y, además, ella no lo había hecho adrede, amaba comer. (Mucho más con la suerte de no engordar por hacerlo).

—En este momento nos iremos tú y yo al primer restaurante aquí cerca, y no aceptaré un no por respuesta.

—Pero no quiero causarle problemas. Usted acaba de decir que iba con su hijo, yo puedo ir sola por…

—Hazle caso, Aihara; te conviene —le cortó Naoki, quien había puesto atención a su plática con el exabrupto de su madre. Además de torpe, la chica era inconsciente.

O quizá era una de esas obsesionadas con la figura, lo que podía explicar su menudez. Qué tonta.

Y habló principalmente porque de esa manera se libraría de un almuerzo molestoso con su madre, así como que ambas se irían de su oficina más rápido. Igual, él ya había almorzado.

Odiaría alimentar un encuentro largo entre ambas, solo que no había nadie más que se asegurara que la otra comiera, y mejor evitaba que Aihara tuviera un nuevo incidente en el trabajo, teniendo la oportunidad para prevenirlo. Eso afectaría la productividad de la empresa.

—Ya me he alimentado, madre —expuso volviendo la mirada a sus papeles, irritado de notar, de soslayo, la mirada boba de Aihara.

Noriko sonrió de sobremanera llegando a conclusiones equivocadas del actuar de su hijo, creyendo percatarse que no le era tan indiferente la bonita joven. Cogió de la mano a Kotoko, quien parpadeó repetidamente antes de ponerse de pie.

—Sostente a mí, Kotoko-chan. Hasta luego, onii-chan. No te extralimites de trabajo.

—Lo lamento, Irie-san —externó con pena Kotoko, deteniéndose bajo el quicio de la puerta, dándole una inclinación que le hizo ver estrellitas, pero lo disimuló bien. —No quería causar problemas, de verdad.

Naoki solo elevó la mirada cuando la puerta se cerró, resoplando.

Tal vez no lo deseara, pero ya llevaba nueve meses haciéndolo.

Ella era igual a problemas.


NA: Pobre Naoki, ja ja.

Ya Noriko se hizo a la idea de emparejarlos, ¿le funcionará?

Un beso. Karo.