Capítulo 6
Una debía estar lo suficientemente enamorada o ser idiota para madrugar sin una razón personal de peso, dependía del lado en que le miraran. (Dejando de lado las demás posibilidades.)
Si le dieran la opción a la pelirroja de responder, ella no habría optado por una ni otra, porque no se le ocurrió pensar de aquel modo, solo siguió las instrucciones de Noriko, y muy temprano del día siguiente de la intervención de la mayor, se podía ver a la joven con una sonrisa resplandeciente, dirigiéndose a la entrada del gimnasio donde el genio estaba inscrito.
Con verla nadie pensaría en las implicaciones que habían detrás.
Era todo un sacrificio de parte de Kotoko el estar despierta a temprana hora en la mañana, después de un turno en el restaurante, en un lugar algo lejos de casa, pero su felicidad no menguaba por ello; se impulsaba con la idea de que él le haría caso y cumpliría su sueño de estar juntos, como antes no se había sentido muy segura de conseguir.
Además, verlo con prendas deportivas, marcando su figura atlética, era un impulso más. Para ella, admirarlo en diferentes presentaciones era la dosis exacta de energía y vitaminas que necesitaba para enfrentar un día en que hubiera madrugado, donde habría de asistir a ejercitarse cuando nunca había tenido buena condición y resistencia física.
De eso sí había pensado mucho, pero había llegado a la conclusión que el ejercicio podría contribuir a su salud y no había dudado en llamar para obtener informes y concretar esa mañana su subscripción, a fin de asistir asiduamente antes de comenzar el horario laboral.
Por tanto, con una amplia sonrisa, se dirigió, acompañada del instructor, a donde comenzaría su primer día en el gimnasio.
Así fue como la vio Naoki, quien se dirigía hacia la máquina caminadora para correr en la cinta. Se sintió intrigado y molesto de ver a Aihara en el mismo sitio que él. En su opinión, era mala suerte coincidir con la patosa fuera de la oficina.
No se habría dado cuenta de su presencia si no hubiera mirado la entrada de la sala al mismo tiempo que ella ingresaba, pero lo hizo, frunciendo el ceño al reparar que la joven de leggings negros y blusa de tirantes violeta, era exactamente la misma que importunaba en su sitio de trabajo, desde hacía meses, con su torpeza.
¿Era tanta la mala fortuna?
Un solo segundo tuvo la idea que el día anterior su madre y ella se habían reunido, excepto que era darse mucha importancia, aunque sabía que la pelirroja babeaba por él, sin ser modesto. Solo un idiota no se habría dado cuenta con lo transparente que era el rostro de la muchacha.
Sin embargo, también era consciente que tener amistad con su madre, no auguraba nada bueno.
Dando un resoplido, vio a Aihara hablar con el instructor al otro lado de la estancia y agitó su cabeza, empezando su rutina de ejercicio de los martes.
Primero correspondía a correr en la cinta, tras sus estiramientos, y se concentró en ello durante unos minutos, hasta que sus ojos se desviaron a los espejos de la pared, llevado por la curiosidad.
Naoki se vio en la tarea de reprimir una carcajada al presenciar a Aihara con la lengua de fuera, intentando seguirle el ritmo a la caminadora, ante la mirada atenta de su instructor, que sabía era el más exigente de entre los que se encargaban de manejar el gimnasio. Ella debía ser muy desafortunada para que, de entre los dos que había en el horario matutino, le correspondiera el pesado.
En ese momento ella perdió el paso y aterrizó en el tapete de al lado, haciéndole toser por la risa que escapó de su boca, a fin de disimularla, como se hizo el desentendido cuando ella elevó la mirada aterrorizada en todas las direcciones, en la búsqueda de que los asistentes de la hora no hubieran presenciado su humillación.
Hasta en las actividades de diario era una torpe, pensó cambiando de lugar, continuando con levantamiento de pesas.
Del otro lado, a la pelirroja le correspondió la bicicleta estática, luego de su estrepitosa caída en la cinta.
Kotoko no creía que el instructor fuera tan estricto, pero notó rápido que Sato-senpai adquiría un brillo en los ojos cuando escuchaba un pequeño quejido de parte de ella, o de cualquiera que estuviera cerca. Eso era malo, no podría prestar atención a Irie-kun, con pantalones cortos y camisa ajustada, haciendo una impresionante demostración de masculinidad, alzando peso, que marcaba sus músculos… y dándole cosquilleos en el vientre.
Toda su concentración estaría en Sato-senpai, mientras se iba haciendo a la rutina personalizada.
Y como era mala para memorizar, Kotoko ya se visualizaba pasando innumerables días en su compañía.
—¿Hasta esto me puede salir mal? —murmuró con los muslos adoloridos de la frecuencia en el pedaleo.
—¿Has dicho algo, Aihara-san?
Negó vigorosamente y siguió agotándose en la bicicleta, mientras, a lo lejos, no sabía que el castaño se entretenía con su padecimiento.
Éste no podía decir que fuese positivo pasarla bien a partir del sufrimiento de alguien más, pero había algo en el modo en que ella enfrentaba aquellas actividades, que no se compadecía, sino que se las daba de burla, pues su cara expresiva entretenía de sobremanera. Además, era un hecho muy nimio que no le hacía daño a ella.
Es que a Naoki le llamaba su modo de fruncir el ceño y presionar los labios en un puchero, con la nariz arrugada, que podían hacerle reír, en especial imaginándose los ridículos pensamientos que pudieran pasar por su mente, reflejados en su cara.
Y aumentaba su gracia cuando se equivocaba, lo que pasó varias veces durante la hora, cuando supo que era tiempo de irse, o llegaría tarde al trabajo, en el que nunca aplazaba su entrada.
Estuvo tentado de retratarse, aunque nadie lo sabría.
Mientras salía, él pensaba que, si iban a estar en un mismo lugar y tendría oportunidad de ver lo mismo, no sería tan malo, incluso tratándose de alguien fastidioso. Disfrutaría con sus ocurrencias.
Kotoko, apurándose por detrás, para que su tiempo alcanzara y consiguiera ir a la hora que correspondía, con tambaleos y traspiés que daban cuenta de su cuerpo adolorido, no pensaba lo mismo. Creía que era bueno estar en el mismo lugar que él, pero no las circunstancias desafortunadas en que ella se vería involucrada.
—Recuerda las palabras de Noriko-san —se dijo ella, empuñando una mano por lo alto, determinada a continuar con los ánimos que le daba el conocimiento de la mayor.
Se ganaría el corazón de Irie-kun persistiendo de ese modo, perseveró en su mente, yéndose del establecimiento.
Ignorante para ambos, la mujer Irie sonreía y salía después de los dos, abrazando con alegría su cámara, por los buenos momentos que había acumulado solamente ese día, sin que incluso su observador hijo reparara en su presencia, por lo atento que estuvo en la muchacha.
Noriko sabía que algún día le sacaría provecho a haber recomendado a su hijo el gimnasio de su antiguo compañero de las clases de fotografía, que le debía unos cuantos favores.
Aprovecharía otro para cambiarle de instructor a Kotoko; ese grandulón sádico la trataba mal.
No obstante, ya tenía lo que quería.
Unas buenas fotos de su hijo casi sonriendo por su futura nuera.
NA: Para variar, un cambio en el tenis je,je.
Lo malo es que Kotoko sigue teniendo sus problemas.
Nos vemos, Karo.
