Capítulo 7


Muchas veces, cuando ponía toda su determinación en algo, las cosas le funcionaban a Kotoko.

De algún modo, su premura y entusiasmo surtieron efecto, porque se halló frente al edificio que regentaba Pandai, cinco minutos antes de la llegada programa del joven, como correspondía al horario proporcionado por la madre, para quien era un provecho que su hijo tuviera una rutina y sus tiempos bien medidos.

Todavía adolorida por el ejercicio, sensación que aumentaba al moverse, la pelirroja sonreía, ya que, aun con las prisas, su apariencia estaba impecable, como le gustaba, a diferencia del día anterior. En efecto, comenzar su mañana con Naoki había sido una buena influencia para ella, que se sentía como si el sol de verano le hubiera sonreído.

El vestido de medida hasta la rodilla, color esmeralda, le sentaba a la perfección, al igual que su buen humor, y tanto como sus cabellos peinados en cola alta y su maquillaje natural, realzaban su atractivo especial. También venía de la mano con la emoción alegre que contagiaba en su rostro con solo verla, que había sido capaz de iluminar a las personas en su paso.

El día se presagiaba fantástico para la joven.

Solo le restaba coincidir con el elevador con el castaño, para tener un mejor comienzo. Sería difícil, lo sabía, puesto que estaba en recepción, esperando el ascensor, mientras que él comenzaba en el aparcamiento subterráneo, y era una proeza alcanzar el mismo ritmo cuando otras personas también esperaban.

Se asomaba una y otra vez, cada que las puertas se abrían, para reparar en si él iba dentro, lo cual todavía no ocurría.

Fue cuatro minutos tras su llegada, cuando solo quedaban dos personas esperando, que uno se abrió, casi vacío, y vio que en su interior se encontraba Irie, en uno de sus acostumbrados trajes azules que utilizaba para trabajar, enfatizando su atractivo.

Con rapidez, al igual que los otros, ella ingresó, todavía sin borrar esa sonrisa que bailaba en su rostro, detrás de la que iba oculta el alborotado ritmo cardíaco en su tórax.

—Buenos días —pronunció Kotoko en forma cantarina, regalando a todos los del ascensor una expresión luminosa.

Naoki, dirigiéndole una breve mirada, asintió con la cabeza, en lo que las demás personas respondían con amables saludos, sin importar que no le conocieran. Simplemente el aura brillante de la chica animaba al contacto.

El heredero Irie no pudo evitar pensar que era demasiada felicidad para un día de trabajo, aunque había algo extraño que provocaba el rostro contento de la chica, que era imposible pasar desapercibido, hasta para él.

Afortunadamente, el ascenso fue rápido y no la tuvo más en su presencia, incluso cuando era luminosa. Le quedaba otro día más de la semana con la pesadez de las labores administrativas que le correspondían, junto a reuniones nada animadoras y más de lo mismo.

Difería del modo de pensar de Kotoko, para la que una sola tarea, aunque despreciable para otros, representaba interesante y ardua de hacer, con el fin de contribuir a la empresa de la manera en que pudiera, incluso si fuera entregar correos físicos, paquetería o mensajes entre departamentos, hasta cumplir encargos de los otros. Le encontraba el entusiasmo en la medida que le hallaba un sentido en lo que hacía y disfrutaba por esa finalidad.

Y se entretenía e inspiraba solo imaginando la clase de contenido que habría en los documentos importantes que entregaba, haciéndose múltiples historias.

Para ella, trabajar era poner empeño en lo que hacía y ver el lado positivo en ello.

Parte de ese pensamiento le había sido inculcado por su padre, Shigeo, quien se preparaba en ese momento para ir al restaurante del que era dueño, el trabajo de su vida y su pasión, por el que tenía una mentalidad favorable transmitida a su hija.

Esa preparación, además de vestirse, incluía comprobar que la casa quedara en buen estado después del torbellino paso de Kotoko, como cerrar alguna ventana o desconectar un aparato; así también, guardaba sus artículos personales y dejaba lista la comida a su hija, por ser el día que le correspondía prepararla.

Le convenía que le tocara ese día, al ser el turno de su aprendiz, Kinnosuke, de ir al mercado por los productos frescos para los alimentos del menú del restaurante.

Así que cuando su teléfono móvil sonó, lo achacó a alguna duda del chico, aunque para entonces sabía que no las tenía.

Sin embargo, en la pantalla aparecía un número desconocido.

El señor Aihara contestó extrañado. —Moshi, moshi —dijo, preguntándose por la identidad.

—¿Aihara Shigeo, del restaurante Shige? —pronunció una entusiasta voz de mujer desde el otro lado.

La referencia le fue extraña, ya que nadie que quisiera saber del sitio llamaba a su número personal.

—Así es —respondió de todos modos. —¿Cómo ha obtenido este número, señora? —inquirió, frunciendo el ceño.

—He insistido para que su aprendiz me lo diera —informó con una risa su interlocutora.

Kinnosuke debía aprender a no brindar información personal, menos cuando el restaurante no estaba abierto todavía.

—No te espantes, mostré pruebas de conocerte —continuó la mujer del otro lado, como si le leyera el pensamiento—. ¡Aihara-san, soy Irie Noriko!

Los ojos del chef se abrieron asombrados, reconociendo el apodo y el nombre. Pensó automáticamente en su amigo de juventud, a quien no había visto desde que el otro se mudara de Saga al centro de la urbe para cumplir sus sueños, justo después de casarse.

—¡Noriko-san! ¡La esposa de Iri-chan! —exclamó con una ola de felicidad. —¿Cómo estás? ¡Cuánto tiempo!

—¡Sí! Más de veinticinco años, Aihara-san, fue una sorpresa encontrarme con tu hija y que te mencionara. Supe que debía contactarte con el nombre de tu restaurante. En casa nadie supo qué fue de ti, cuando también partiste.

Shigeo rememoró haber conocido a Etsuko entonces, y eso cambió las cosas. —Es una larga historia, Noriko-san.

—Lo imagino, Shigeki te menciona todavía. Deberíamos reunirnos, ¿qué te parece?

—Es estupendo —concordó—, podrían visitar mi restaurante.

—La idea es excelente, lo visitaremos, pero, ¿qué opinas de un sitio más íntimo? Podrían venir tu hija y tú a casa y conocer a la familia. Y Shigeki y tú podrán hablar mejor en privado.

Sonrió; la esposa de su amigo era siempre considerada. —Es verdad, tantos años sin ver a mi amigo… —musitó con emoción.

Él no dejó que la melancolía le empañara y carraspeó.

—¿Qué día? —cuestionó, para prepararse.

La conversación siguió haciendo los planes para ese mismo viernes por la tarde, a fin de permitir que cada uno reacomodara sus horarios del modo en que fuese conveniente para las partes involucradas.

Los dos adultos acordaron que sería una sorpresa a Shigeki, y harían que sus hijos e hija se llevaran de modo agradable, como una gran familia.

—Entonces nos vemos —se despidió Shigeo, para cumplir sus obligaciones del día.

—Hasta luego. —Del otro lado de la línea, desde su casa, Noriko estuvo a punto de bailar en su salón, justo cuando colgó.

Ella se sentía alegre de la dirección que aquello había tomado, acorde a sus expectativas.

Ambas familias se acoplarían a la otra y más adelante serían una sola, con la unión de Naoki y Kotoko en matrimonio.

El destino tenía su manera de actuar y la balanza se inclinaba favorablemente a la felicidad de todos.

¿Sería demasiado pronto para ir pensando en el diseño del vestido de novia de Kotoko-chan?, se preguntó la mujer dejándose caer al sofá con una sonrisa soñadora, imaginándose la llamativa prenda estilo princesa que adornaría a la hermosa pelirroja.

Su hijo estaría feliz con un diseño exquisito, que a la vez evocara sus más profundas fantasías.

Y con ello se aseguraría sus nietas.

Chilló de emoción.