Capítulo 9


Para quien no estaba acostumbrado a identificar sus sensaciones, era difícil reconocer con exactitud lo que provocaba una persona justo al momento que esta era nombrada o aparecía.

Eso ocurrió con el castaño, quien no pudo dar nombre a la molestia, como a la diminuta parte de admiración que acompañaron a las palabras de su amigo o al ingreso de la pelirroja en su oficina, y solo le pareció extraño, achacándolo después a la incredulidad, aunque esa emoción no le era mucho más cómoda de reconocer y nombrar.

Nunca alguna persona había logrado sorprenderlo realmente, así que se negó a admitir bien que la proeza orillada por la mensajera le había hecho experimentar algo diferente.

No obstante, muy en el fondo sabía que se estaba mintiendo, e ignoró que en su cabeza ella subió un escalafón y dejó de ser solo una torpe y tonta, sino alguien considerable.

Tampoco dio importancia a que, en los nueve meses que llevaba allí, ella le había provocado más reacciones que muchas personas hasta entonces.

Lo que sí pasó por la conciencia de Naoki fue que ella lo había superado, en cierto modo, pues consiguió con facilidad un obstáculo que él aún tenía enfrente.

¿Qué estrategia utilizaría para convencer a los mangakas, cuando él no pudo?, quiso saber, observándola entrar sonriente con el carrito de correos, en el que comenzó a buscar los documentos que pudiera entregarle, que no tenía a la mano cuando así debería ser, para mayor facilidad.

Otra vez estaba ahí su expresión alegre, misma que no le había abandonado en toda la semana.

El castaño poco reparó en el hecho de haberse fijado en la joven durante esos días, en lo que reflexionaba un poco sobre ella. Desde que entrara, resaltaba por sus idioteces, y hasta fuera de la oficina demostraba no ser muy apta.

En el gimnasio la había visto con su mismo instructor, mucho más comedido, aunque eso no había cambiado que no mostrara buen desarrollo de las actividades que debía hacer. (Y le acompañaba que sus expresiones con el ejercicio físico le fuesen graciosas, pues ella notaba que no cumplía con la rutina y debía seguir por más tiempo, haciendo caras risibles que llamaban su atención.)

A pesar de ello, sin embargo, había conseguido demostrar que podía hacer cosas bien, hasta mejor que él, y el "cerrar un trato" era una de ellas; algo que muy pocos podían afanarse de cumplir.

Reiteraba, le daba intriga el saber qué había dicho para tal hazaña, pero no iba a cuestionar en voz alta, habría de quedarse con la duda guardada en su mente.

¿Qué habría sido?, se preguntaba, queriendo imaginarse, de todas maneras.

Mientras él pensaba, Kotoko trataba de apurarse a darle sus sobres, antes de que se enfadara; pero no sabía que esa vez su amor no tenía intenciones de ser desagradable con ella.

Por el contrario, Naoki consideraba en hacer lo insólito, completamente lo opuesto a regañarla.

Él pretendía agradecerle por su intervención, que en esa cuestión resultó ser positiva, porque ahorraría tiempo y, pues, era buena.

Aguardaba simplemente a que concluyera, debido a que sospechaba que interrumpirla retrasaría su tarea o la distraería desfavorablemente.

Sin ánimos de ser presuntuoso al respecto, consciente del interés de ella por él, Naoki lo hacía para que unas palabras atentas no la afectaran, al tender a fantasear.

A él no le pasó por la mente que a ello no le acompañó el desagrado de siempre.

Finalmente, ella concluyó con su tarea, entregándole unos folders.

—Espera —pidió, justo al momento en que su teléfono vibraba.

Ella se quedó cual estatua, haciéndole rodar los ojos.

—Un momento —dijo, llevándose su móvil a la oreja, viendo que era su madre.

Y ella insistía hasta que atendía la llamada.

—Onii-chan, ¿vendrás a cenar a casa? Ya van tres semanas en que no apareces. Lo haremos más temprano —dijo su madre una vez que intercambiaran los saludos iniciales.

Como siempre, ella no se tomaba un respiro para plantearle cosas.

Mientras la escuchaba, observaba a Aihara, quien se mantenía pasando el peso de un pie a otro, con claro nerviosismo.

Lo revelaban sus movimientos, como su expresivo rostro.

Reprimió una sonrisa al pensar que ella debía estar imaginándose una queja de su parte, igual a otras veces. Según se daba cuenta, se le había hecho una costumbre.

Se justificó pensando que era bastante accidentada y no soportaba que la gente actuara de modo estúpido.

No obstante, debía recordarse que tal vez ella no lo era.

En lo que el castaño seguía escuchando el parloteo de su madre comentando sobre cosas de casa —que, a su parecer, podían esperar a la cena—, la joven se mantenía a la espera del veredicto en su juicio, más que nada ansiosa por la mirada penetrante de él, clavada en su menuda figura.

Pero, como de costumbre, evadió la realidad y empezó a fantasear con que él le hablaría de haberla visto en el gimnasio y apreciaría que tuviera el interés en su persona, diciéndole que se acercara y rodeara el escritorio, para hacerla sentar sobre su regazo y darle un beso que le robara el aliento. Luego procedería a decirle que estaba enamorado de ella, al ocasionarle mariposas en el estómago y un estado cautivo como el que él le provocó a ella el día que lo conoció.

Resultó ser el primer día de preparatoria en Tonan, donde él ofreció el discurso de bienvenida, de un modo magistral, atrapándola con la cadencia de su voz y el contenido grato de sus palabras.

Él pertenecía a la Clase A, la mejor académicamente, en tanto ella a la F, la peor; y Kotoko se había jurado que alcanzaría su grupo, lo que no pasó en los años siguientes, hasta verlo partir como el mejor estudiante en el examen nacional, para ingresar en la universidad más prestigiosa del país.

Había sido una larga separación que solo se calmaba en alguna aparición que veía en la revista de la Universidad de Tokio, lo cual era común, hasta en una de corte de negocios, junto a su padre, el dueño de Pandai.

Entonces recordaba la persona amable que había atisbado unas cuantas veces en sus años de preparatoria, y se sentía orgullosa de ver que un genial chico tuviera sus logros. Así volvía a tenerlo presente en sus pensamientos y más se encandilaba.

Ella suspiró, momento que correspondió al final de la llamada de Naoki, quien resopló después de tanta cháchara y reparó en el estado idiotizado de la pelirroja.

Otra vez debía estar en sus ensoñaciones.

—Aihara —casi gritó, tratando de no perder la compostura.

Afortunadamente, la aludida salió rápido de su estupor y lo miró pestañeando.

Kotoko tragó saliva, inquieta.

—Ha sido de mi conocimiento que has hablado con los creadores de "El pirata informático" —comentó en un tono neutro Irie-kun, y ella asintió—. ¿Eres consciente que buscábamos trabajar con ellos?

Una ola de temor la recorrió de súbito, pensando que debió haber hecho algo mal en el intercambio. ¿Lo había arruinado? Ni siquiera recordaba qué había dicho.

Debía aprender a mantener la boca cerrada, se reprendió.

—Yo... —murmuró, temblando por dentro.

Él la interrumpió con una mano en alto.

—No tengas una imaginación tan volátil, Aihara —aseveró él antes de suspirar. —Ellos se negaban hasta el día de hoy, pero lo que sea que dijeras sirvió para cerrar el trato.

Kotoko lo miró anonadada. ¿Había hecho bien?

—Aihara, gracias.

Las palabras pronunciadas por él la paralizaron, mientras hacían sentido en su cabeza. Aquello era un reconocimiento de su parte, asimiló ella, sintiendo se acumulaba la felicidad por dentro.

Naoki vio la sonrisa que apareció en el rostro de la joven y achicó los ojos, sin comprender del todo por qué lo hacía y, más importante, por qué fue incapaz de desviar la mirada.

Sin embargo, hizo un ademán con la mano para que desapareciera, indicándole la puerta.

—Retírate —ordenó, escuchando la propia gravedad en su tono; aunque ella pareció no tomarlo en cuenta y movió la cabeza sin dejar de sonreír, encaminándose a la puerta con el carrito.

Cuando estaba por salir, ella se volvió y agitó su mano en despedida, como si tuviera confianza a su alrededor.

Por poco se choca.

Segundos más tarde, Naoki agitó la cabeza, regresando a sus asuntos.


NA: Ay, ese Irie que no se da cuenta.

Y más con la entrometida de su madre; pero, al menos, eso sirve para que Kotoko se anime a acercarse un poco. (Sí, hay que admitirlo, tal vez se habría dado por vencido después de la burla de su carta, si Noriko no la animara al enterarse que le gustaba... bien que Naoki quería que se enteraran, sin embargo.)

Karo