Capítulo 11
Si había algo que a Naoki gustara, era el café; su madre lo sabía, tanto como el hecho de que él salía los fines de semana al establecimiento a la esquina de su casa, donde pasaba una larga hora disfrutando de un desayuno, bebiendo dos tazas de aquel líquido amargo con solo una cucharada de azúcar, mientras leía periódicos.
Era a la misma hora, sin excepciones, y eso le permitió a Noriko invitar a Kotoko el domingo, con el objetivo de que lo viera y para remediar el error que había cometido de no proporcionarle esa información importante, por puro olvido. (Los estragos de la edad.)
Lo que hizo fue citarla unos minutos más temprano que él poniendo la excusa de charlar juntas, como ansiaba hacerlo después de verla muy sonriente en la exitosa cena del viernes anterior.
Su hijo había estado pendiente de las miradas que le daba Kotoko-chan y para ella no pasó desapercibida su reacción cuando propuso unir a sus familias. Fue una descomunal sorpresa, y para alguien poco interesado en otra persona, como fingía, lo hubiera tomado con burla, del mismo modo que los demás; o desprecio, por lo menos.
—¡Kotoko-chan, aquí! —llamó al verla buscando en la entrada de la cafetería, con las manos en las tiras de sus overoles de mezclilla, que terminaban en shorts.
La joven sonrió agitando su brazo, antes de acercarse a la mesa.
—Luces muy guapa, Kotoko-chan —apreció pensando en que su hijo se llevaría una buena impresión de la pelirroja. Su futura nuera era muy guapa.
—Gracias, oba-san —contestó Kotoko sonrojada, tomando asiento.
Sonrió a la joven, mientras un mesero se acercaba a entregarles los menús.
—Dime, Kotoko-chan, ¿cómo te va con mi hijo? —preguntó para no perder el tiempo, porque su Naoki no tardaría en hacer aparición.
El rostro de Kotoko se coloreó como respuesta y jugueteó con sus dedos índices, sin alzar la mirada.
—El viernes le ayudé en su trabajo, oba-san, y me sentí muy feliz porque él lo reconoció y me agradeció. Nunca lo había hecho.
—¡Eso es estupendo! —celebró la madre de Irie-kun, entusiasta. Ya iba aprendiendo ese muchacho. —Mi onii-chan... ¡onii-chan!
Desde la puerta, el característico grito de su madre atrajo la atención de Naoki, y se sintió palidecer internamente al encontrarse con su progenitora, acompañada de una conocida cabellera pelirroja.
Su mala suerte iba en aumento, pensó queriendo dar media vuelta y abandonar el local.
Pero iba a ser impropio el ignorar a su propia madre en un sitio público, por mucho que no quisiera verla, o, más bien, no ver a la persona con quien compartía mesa.
Suspirando, aceptó el hecho de que debía reconocer su presencia, lo que hizo con un asentimiento escueto de cabeza.
—¡Siéntate con nosotras, hijo! —invitó ella desde lo lejos, atrayendo innecesariamente la atención de los demás comensales. Solo para evitar mayor escándalo, se vio obligado a no declinar su ofrecimiento, a pesar de desearlo.
Coincidir con la enamoradiza chica torpe de su trabajo no era la mejor manera de comenzar su día.
—Buenos días —saludó secamente a su madre y a Aihara, que tenía los ojos abiertos de par en par, como si no se creyera su presencia ahí.
Se imaginaba que no lo sabía. En lo que refería a su progenitora, sospechaba poco de la casualidad.
Suspirando, se sentó, depositando los tres periódicos en su parte de la mesa.
—Buenos días, Irie-kun —musitó Kotoko, recuperando el habla, empleando el apelativo que, desde la cena, tenía permitido usar, fuera de la oficina. O, así la animó su nueva tía.
No creía que la suerte le pudiera sonreír tanto.
El castaño asintió y las dejó a su propio aire, justo cuando el mesero habitual se aproximaba; tuvo que esperar a que las otras pidieran para poder recibir su acostumbrada orden, conocida por el muchacho que allí laboraba.
De tal modo que se concentró en leer las noticias del diario, dándoles a las mujeres la indirecta de no desear verse inmiscuido en su conversación. Temía, sobretodo, que su madre quisiera poner en marcha esa estúpida idea de unir a ambas familias a partir de un matrimonio entre esa joven y él.
No era fea, pero sí una idiota.
En muchas cosas.
Sin embargo, aun si lo trató de evitar, escuchó la plática banal que su madre y Aihara sostenían, respecto al viernes, diciéndole lo contenta que se sentía por tener la mesa llena de nuevo después de mucho tiempo.
Aihara permanecía más callada que su progenitora, y tal vez se debía a que era capaz de parlotear por su cuenta por horas.
En realidad, Kotoko espaciaba, pensando que si a Irie-kun le gustaba tanto leer, podría escribir algo dedicado a él, aunque no lo veía revisando novelas románticas, su afición.
Él debía querer temas más complicados, que sabía no iba a ser capaz de redactar. No pasaría de la primera hoja.
Se desanimó, pero deseaba redactar algo para él.
—¿Kotoko-chan! —preguntó Noriko, trayéndola a la realidad.
Ella brincó asustada y una mano cálida la cogió de la muñeca, moviéndola a su izquierda.
Su corazón latió con fuerza al ver que era el castaño, que la había atraído hacia ella.
Naoki puso los ojos en blanco, mientras notaba que la joven no se había dado cuenta que estuvo por empujar al mesero, que llevaba una bandeja con platos y una cafetera.
—¿Es posible que seas tan distraída? —cuestionó con enojo, soltándola de malos modos. —Habrías causado un accidente y te habrías quemado, tonta.
Aihara parpadeó y miró a su derecha, donde el mesero negaba sin reproches, alejándose luego a la mesa que iba a servir.
—Lo siento —pidió repetidamente, inclinando la cabeza. Volvió a sentarse y miró al hombre del que estaba enamorada. —Gracias, Irie-kun.
Él emitió un resoplido por la nariz, preguntándose cómo alguien podía ser tan disperso, y que su ignorancia le llevara a poner su vida en peligro. Estuvo a un palmo de distancia de ser herida.
—Eres una inconsciente, Aihara. Presta más atención, ¿o es que no puedes hacer eso? ¿O lo único que sabes hacer es...
—Estoy segura que no fue intención de Kotoko-chan, ella sabe cuidarse. Debí ser yo quien la tomó de sorpresa con mi tono —intervino Noriko, sorprendida de la inusual conducta de su hijo, antes de que dijera algo hiriente.
—No le justifiques, mamá, tiene que saber lo que provoca con su torpeza —rezongó él en voz molesta y el rostro serio.
Ella se tragó una sonrisa, pues a su hijo le importaba, y... por primera vez mostraba una emoción. —Ese no es el modo de dar el mensaje. Sé amable —replicó con calma.
Naoki frunció el ceño, porque nadie nunca le decía que era grosero, ya que no lo era. No había modo en que le hicieran perder su imperturbabilidad.
Solo que cayó en la cuenta que estaba enfadado con Aihara, igual que otras veces, pero en esa ocasión ella no le había hecho nada personalmente, como para reclamarle.
Como para que le importara.
—Kotoko-chan, no le hagas caso al modo en que te lo dice. —La aludida parpadeó, con sus manos empuñadas a la altura de su regazo. —Le falta sensibilidad. Y no sé dónde están los modales que le enseñé, debe haberlos olvidado desde que salió de casa. Ésas son las consecuencias de vivir solo y creerse dueño del mundo. Yo sé que tienes cuidado, solo fue un pequeño percance. Onii-chan también lo sabe, pero no lo dice.
Kotoko miró de reojo a Irie-kun, que estaba ceñudo. Se sentía mal por sus palabras, aunque sabía que tenía razón al reprenderla. Ella más que nadie sabía que no debía distraerse en un restaurante, donde los accidentes podían pasar de miles de formas posibles.
Sonrió, convenciéndose que él solo expresaba su preocupación.
—Es cierto lo que dices, Irie-kun. Pondré más atención la próxima vez.
Naoki asintió, mirando de reojo la sonrisa esbozada en el rostro de Aihara, para quien parecía que nada hubiera pasado.
La hora transcurrió sin mayores percances.
(Si es que las miradas de ella a él no lo eran.)
NA: En este momento la madre es la voz de la conciencia y el narrador más "objetivo" (ajá).
¿Tal vez la más apegada a la realidad? Ja ja.
¿Se pueden dar a la idea que después de esos nueve meses no le es tan indiferente como cree? Si no es así, aun faltan cosas por hacer...
Me voy, porque estoy haciendo algo y me tomé unos momentos para publicar.
Saludos.
