Capítulo 14
—¿Has terminado de socializar, Aihara?
Al castaño le molestaba que la gente no actuara profesional, y ella parecía demasiado fresca para estar en un día laborable.
Ni siquiera porque la había visto batallar en la mañana en el gimnasio, como nunca antes. No al grado de hacer errores, porque ese día, sorprendentemente, ni siquiera trastabilló con los cordones de sus zapatillas de deporte, lo más simple que había visto en ella.
Solo había sido como cualquier mortal ordinario teniendo dificultades para ejercitarse, por culpa del cansancio.
La había visto más de lo acostumbrado que otras ocasiones y no hubo nada.
Tal vez por eso su día no había sido como los otros recientes.
Debió de faltarle la diversión de la mañana.
—¿No deberías buscar lo que es para mí, Aihara? —masculló cuando ella no se movió ni un milímetro, después de verlo un segundo y bajar la mirada a sus zapatos, como si fuera lo más importante del mundo.
Aunque le inquietaba sobremanera, prefería que se enfocara en su rostro y no a sus Derby negros, pues la gente debía mirar de frente a los otros, o de otro modo darían la impresión de debilidad.
Y, aunque él no lo admitiera, que Kotoko le observase la cara le ayudaba a leer las expresiones que no conseguía disimular.
Realmente ella habría hecho lo posible por mirarlo más allá del cuello, pero se sentía repentinamente cohibida por un asunto mucho más importante que hasta el hombre del que llevaba enamorada casi nueve años.
Un conocido calambre en el vientre le había sorprendido justo cuando se disponía a hacer lo que debía por su trabajo, para darle a él sus documentos y continuar a la orden del día.
Sin embargo, la biología quería otra cosa… precisamente en la ocasión en que la pelirroja se había ataviado con una falda color crema.
El periodo en sus circunstancias tenía mayor relevancia que tener la atención de él.
Apenas comenzaba el día, llevaba el color inadecuado y no era el día que le tocaba.
Kotoko se quería morir. ¡Su periodo se había adelantado cuatro días!
Su ciclo era como una fábrica, que iba al reloj. Y de todas las cosas de su vida, era la única en que sí era organizada, para evitar accidentes y bochornos peores de los que ya hacía sin necesidad del momento cúspide del ciclo menstrual.
Aun peor, su predicamento ocurría enfrente del joven genio, a quien sería muy fácil atar cabos con solo ver su rostro expresivo.
Y si Irie se daba cuenta, Kotoko Aihara moriría de combustión espontánea.
Había vergüenzas por las que no deseaba pasar en su vida, y ésa era una de ellas.
Tenía que ir dos pisos abajo por su bolso y entrar al sanitario para comprobar que todavía no estuviera en peligro… ¡y debía hacerlo ya!
O pasaría el momento en que querría ocultar la cabeza debajo de una roca, o ser tragada por la tierra para no ver más la luz del día.
Pero antes ella requería deshacerse del jefe de proyectos y éste, taladrándola con la mirada por lo que consideraba una impertinencia de Aihara, como una muestra de fragilidad, seguía esperando irritado a que ella se dignara a hacer lo que debía, callado y parado como un tonto frente a la mujer a quien deseaba confesarse.
Al menos esa era la historia que el miembro de seguridad, atento a la cámara, imaginaba.
Poco sabían los hombres del tormento por el que estaba pasando la fémina ante Irie.
Por eso, haciendo acopio de mucho valor, ella miró el carrito de mensajería y buscó como loca los paquetes que tuvieran el nombre de él, maldiciendo ese desorden y diciéndose que a partir de entonces comenzaría a ser más organizada, por si una situación grave —esperaba no como ésa— se presentaba.
Muy apurada, Kotoko se concentró en encontrar los tres documentos dirigidos hacia él, sin mirar al hombre ceñudo que seguía fastidiado sin razón de peso.
Cuando tuvo en sus manos los documentos, al igual que el sobre, se los extendió a Irie-kun sin dejar de mirar hacia abajo, en un intento de expiar sus males de las vidas pasadas… o esperando que el suelo sí se abriera y desaparecer.
Naoki, todavía mirando hacia su melena cobriza, aprovechando la diferencia de altura, vio caer un objeto.
Consternada, igual lo hizo ella.
Era ése sobre.
—Se ha caído un artículo, Aihara —farfulló él cuando había transcurrido un minuto sin que la susodicha se moviera.
—Oh, sí, es tuyo, Irie-kun —se zafó Kotoko, esperando no tener que inclinarse.
—¿Debo recogerlo yo? —inquirió Naoki de mala gana, ya que la joven seguía con la mirada en el suelo.
Era trabajo de ella encargarse de la mensajería, pero él no moriría por ser caballeroso, ¿verdad?, imaginó la chica.
Realmente al castaño no le molestaba inclinarse por el dichoso sobre, solo que no lo hacía porque quería que ella cambiara su conducta molesta.
Sin embargo, Kotoko no iba a agacharse ni hacer movimientos bruscos. Si estaba su post-it adentro, le daba igual; tenía cosas más acuciantes en su haber.
—¿Quiere que lo coja yo? —musitó ella dando un paso atrás.
Naoki se masajeó el puente de la nariz y se inclinó antes que Aihara, al final consciente que estaba perdiendo el tiempo. Nunca le daba tanta atención, ¿por qué en ese momento sí?
—Gracias, Irie-kun, buen día —dijo ella antes de que él tuviera algo que decir.
Resoplando, volvió sobre sus pasos sin dignarse a mirar sobre su hombro, porque no valía la pena desperdiciar su horario de trabajo por una muchacha atolondrada.
Que la noche anterior definió como peculiar.
Entró a su despacho sin ver que Kotoko se alejaba murmurando al ascensor, orando para que no tuviera qué lamentar ese día.
En el centro de cámaras, con verla caminar como robot, el guardia se preguntó si ella tenía una indigestión.
—Pobre muchacha, el día que dos hombres parecían dispuestos a ir con todo.
Se llevó una rosquilla a la boca.
—¿Debo preocuparme por el sobre que metió entre las cosas antes de cruzarse con el rubio?
Rascó su cabeza pelona.
—No. Ésa chica parece inofensiva.
Y, además, eso debía poner el asunto interesante.
(Lástima que se lo perdería.)
Después de salir del sanitario con una crisis superada y repartir los documentos que restaban en la mañana, hasta casi la hora del almuerzo, Kotoko se sentó en la pequeña salita que servía como "despensa y comedor", suspirando contenta porque no había nadie por ahí queriendo café.
Aunque disfrutaba estar con la gente, en ese momento prefería estar a solas. Se sentía como la peste cuando llegaba su periodo, y acercarse a un hombre, o una persona, tendía a ser bastante inquietante, pues creía que ni el perfume podría disimular el olor.
Cuando estaba entrando a la pubertad alucinaba con que los otros se daban cuenta de que estaba menstruando y no quería salir; y aunque había superado el hecho de no abandonar su casa, le quedaba esa pequeñita idea de que los demás podían notar que estaba en esos días.
A veces creía que tenía el derecho a actuar paranoica, ya que pasar por el periodo era un evento demandante, tanto física, como psicológicamente.
Y, sabiendo que estaba pasando por ello entonces, notó por qué también se sentía agotada ese día, cuando muchas veces había pasado noches en vela y no estaba tan mal.
Arrugó la nariz, quedándose sin ganas de endurar el día con buenos ánimos.
Solo su periodo era capaz de cambiar un poco su actitud positiva.
Pero debía ser normal, probablemente las mujeres que no querían un embarazo indeseado eran las únicas que se alegraban con el sangrado.
Y las niñitas que querían sentirse adultas.
Repentinamente sonrió. Para alegrarse un poco vería más de la cuenta de Irie-kun.
Buscó su teléfono en el bolsillo de su falda y abrió la aplicación, dirigiéndose prontamente al usuario que le interesaba, deslizando hasta la parte en que quedó, sobre un promocional.
—Oh —murmuró al ver la siguiente publicación, una etiqueta a él, de cuatro meses atrás.
Una mujer hermosa, con apariencia de modelo de revista, posaba junto a Irie-kun. Tenía cuerpo escultural enfundado en un vestido rojo exquisito, y unos cabellos sedosos, negros y ondulados, que enmarcaban su rostro de alabastro perfecto.
Y él, tan guapo como siempre, en esmoquin, parecía cómodo en su compañía.
Kotoko sintió un nudo en la garganta. La tristeza se extendió en todo su cuerpo como una plaga y quiso llorar.
¿Quién era esa pelinegra? No era modelo, porque en ninguna de las revistas de moda de Satomi la había visto, de eso estaba segura… ¿sería una antigua novia? ¿O una mujer que frecuentaba a escondidas de su madre?
¿Y si era el tipo de mujer que a él gustaba?
Al lado de esa pelinegra, ella era poca cosa.
Una lagrimilla se escapó de su ojo.
Se rió consigo misma, culpando al periodo de su sensibilidad. ¡Solo era una foto!
—Aihara, Irie-san de proyectos te busca.
Sobresaltada, asintió a su compañero en la puerta y se puso en pie, maniobrando con movimientos torpes su móvil.
Apresurada cogió el carrito tomando el rumbo de la oficina de Irie-kun, con bastante calma para evitar movimientos bruscos, sin darse cuenta que las personas que siempre debían quitarse de su camino le observaban asombradas.
Llamó a la puerta de él, quien le permitió el acceso al primer toque.
—¿Me puedes decir qué es esto?
Naoki pensó que sonó bastante tonto con esa cuestión, pero ansiaba conocer la excusa que Aihara tendría para la nota, de la que estaba convencido era causante.
Estaba enfadado, le irritaban de sobremanera esas banalidades románticas y ella osaba entregarle una, sobretodo en horas de trabajo.
Ella, aun afectada por la foto, miró brevemente su notita y se encogió de hombros.
Los ojos de él se intercambiaron de la notita hacia la joven, preguntándose si le creía tan estúpido como para tragarse que era anónimo.
Sabía que solo alguien con las características de ella haría algo como eso.
(Para Irie Naoki, pasó desapercibido que sus conocimientos de Kotoko eran todo menos vagos).
—Me dijeron que podía pasar, onii-chan. —Escucharon los dos de la puerta que se abría de golpe, dando paso a la madre de él. —¡Kotoko-chan! ¿Qué sorpresa hallarte aquí!
Noriko estaba dándose una vuelta por Pandai para comprobar el efecto que tuvo su intromisión en su futura nuera. Pero había interrumpido en el momento menos preciso.
El joven soltó un bufido, pegando inconscientemente el post-it en la contraportada de su agenda.
—Mamá.
—Sí, debo de tocar. —Lo recordaría la próxima vez, por si él estaba en las mismas circunstancias. —Kotoko-chan, ¿estabas llorando? —preguntó observando ceñuda a su hijo, corriendo a abrazar a la joven de ojos brillantes.
Su hijo se fijó entonces que Aihara tenía la mirada diferente y le entró la duda si era por su culpa.
—Es… —pronunció la chica cuando su madre se separó.
Kotoko frotó sus piernas entre ellas y llevó una mano a su espalda. Irie pensó que querría usar el sanitario.
Noriko entendió perfectamente la incomodidad de ella y ese movimiento de sus piernas. Sexto sentido, o lo que fuera. Y si no era, se lo diría después. Así que prefirió salir al rescate.
—No fue el maleducado de onii-chan. ¡Vaya! ¡Ya! ¿Sigues acordándote de la historia de los bebés que te mandé? ¡Kotoko-chan! Tienes sentimientos tan nobles, no llores por eso. ¡Te llevaré a almorzar y te sentirás mejor otra vez! Nos vemos, onii-chan. Espero que no te moleste.
El aludido se quedó anonadado, al ser la primera vez que su madre no lo perturbaba con su visita.
Estaba mejor así.
Sin embargo, se quedó un poco intrigado por Aihara.
—Tonterías —se dijo segundos después.
Fuera, con Kotoko del brazo, Noriko pensó dejar los asuntos pesados para luego, en solidaridad femenina con su futura nuera.
No obstante, durante un milésimo segundo traicionero, se preguntó cuán fértil sería ella para concebir a sus nietas.
NA: Por un momento el guardia iba a ser Sudou, pero él está bien vendiendo carros.
Tengo capítulo para actualizar después de este, solo que no mucho tiempo para concentrarme en publicarlo hasta después del 25. Así pues, pasen bonitas fiestas.
Besos y abrazos, Karo.
