Capítulo 16
"Cuando sienta que el día va mal, recuerde que es el mejor, Irie-san."
"El sol sonríe para usted, Irie-san. Tendrá un buen día."
"Si hay un día para disfrutar, es éste. Feliz fin de semana, Irie-san."
Al final de la semana, Naoki se preguntó seriamente por qué las notas —presuntamente de Aihara— terminaban en su casa, guardadas en un cajón de su habitación, y no en el basurero, donde debían de estar.
Esa semana había recibido tres más, que le habían hecho poner los ojos en blanco y reír.
Además de contener buenas frases, tal vez era por eso que las mantenía consigo, porque esas tonterías le daban gracia y quería entretenerse en adelante, como lo había hecho en la primera impresión que tuvo con ellas.
(El hecho de que no necesitaba guardarlas para recordarlas, escapaba de la lógica del joven.)
Gracias a esas notas, de diferentes colores —naranja, amarillo y verde, junto a la azul del jueves anterior—, la semana había sido buena; bastante normal por los sucesos típicos de su horario, pero con un toque irrisorio que le hicieron se acabara rápido.
Los días nunca eran tan acelerados y lo veía con buen humor.
NO iba a agradecer a Aihara, por supuesto. Tenía demasiado respeto por sí mismo como para rebajarse a una simpleza como ésa, pero sí iba a admitir que comenzaba a comprender por qué los demás se habituaron a su presencia y la aceptaban de buena manera, ya que influenciaba en pasarla bien.
La pelirroja había caído en su "lista de estúpidas" cuando el primer día cometió una equivocación con su correspondencia, y al mismo tiempo le miró a la cara como a una aparición divina, dejándole claro la clase de mujer que podía ser.
No mejoró cuando constantemente tuvo fallos, relacionados a su presencia.
Recordaba cada uno de ellos, como sus excusas y sus expresiones transparentes.
Tal vez, de no verse vinculado con ella en sus errores, habría visto antes que su efecto no era tan malo como creía antes. Merecía permanecer en el puesto que tení…
Naoki se ahogó con su propia bebida y tosió aparatosamente.
¿Su opinión de ella había cambiado?
Lanzó un resoplido y se negó a pensar más en el asunto, decidiendo abrir su portátil para ocuparse en cualquier cosa que una mensajera de su empresa. No le había dedicado grandes pensamientos en los diez meses que llevaba en Pandai, ¿por qué iba a comenzar entonces?
Empezó a hacer revisiones de trabajos por unas horas, postergando la ida al supermercado del sábado, que dejaba para la mañana porque el número de personas en el establecimiento era menor.
Casi hacia la hora del almuerzo se estiró e hizo lo que dejaba para más tarde, que era abrir su red social, pues necesitaba una distracción y esa trivialidad le daba un par de minutos de levedad mental. La vanidad de la gente llegaba a niveles muy altos y sus vidas minúsculas se engrandecían con apariencias compartidas a través de la red, accesibles incluso a personas desconocidas.
El genio creía que la poca atención que tenían en el mundo real se compensaba con la que recibían en el de las telecomunicaciones.
Esa gente debía tener deseos de experimentar el interés que él recibía de diario solo por ser como era.
Qué ilusos.
Aunque había unos pocos entre sus "amistades" que no compartían cosas banales, sino algo interesantes —porque no se podían comparar con la información accesible en los libros—, y por ellas era que abría a veces su página, como en ese momento.
La primera publicación captó de lleno su atención.
"Uno de los hombres más importantes de mi vida. ¡Ya eres chef! (En el trabajo de mi padre con el mejor aprendiz.)"
Observó atento la fotografía de una deslumbrante Aihara abrazada a un hombre pelinegro que sonreía. Él tenía un mandil y un gorro de chef y parecía muy pagado de sí mismo sosteniendo cómodamente a la pelirroja vestida de azul a su costado, que pasaba por guapa por el modo en que estaba arreglada.
Parecían muy íntimos, como una pareja. El agarre en su cintura daba la impresión de ser posesivo.
¿Serían novios?
Probablemente sí, o no sería uno de los hombres más importantes de su vida, pues solo Kotoko era hija de Shigeo-san y el pelinegro no se parecía a ninguno de los dos.
Y si era el aprendiz… tenía que ser el sucesor, un lugar digno para el esposo de la torpe hija.
Entrecerró los ojos. La fotografía era de la noche del día anterior… en que ella lucía mucho más feliz de lo acostumbrado.
"Si hay un día para disfrutar, es éste…"
Allí debía estar el motivo de disfrutar el día. Tenía que referirse en parte a ese sujeto.
Ikezawa Kinnosuke, leyó en la etiqueta.
Ikezawa Kotoko.
—Ese cara de idiota se la merece —farfulló Naoki cerrando el portátil con más fuerza de la acostumbrada, pues se le hacía tarde para ir al supermercado.
Ése debía ser el idiota que tendría la tarea suicida de velar por ella. No hacían mala pareja. Los dos iguales.
Solo un estúpido no se daría cuenta que su chica tenía interés por otro; y ella era estúpida por creer que él le prestaría atención.
Hizo una mueca de desagrado porque… solo porque sí.
En realidad, fue porque su rutina del sábado había cambiado y en ese momento no se le ocurría la razón, elucubró con mal humor, yendo por el bolso para el supermercado, sin coger las llaves de su coche.
De pronto le apetecía caminar. Percibía su cuerpo tenso por estar sentado largo rato e ir andando hasta el supermercado cerca le valdría como ejercicio para aliviar el estrés corporal.
(Ese que nunca había sentido.)
Usó las escaleras porque no se sentía con ganas de esperar el ascensor y salió al aire caliente del exterior con una creciente irritación hacia el cambio climático, que orillaba a días como esos, cada vez más fastidiosos.
A medio camino pensó que se encontraría con un establecimiento abarrotado por la hora de tarde. Y también que, por la molestia que tenía en el estómago, tendría que comer, habiéndose saltado el almuerzo antes de salir. El hambre le daba mal humor.
No estaba siendo un buen fin de semana. Esos días eran calmos…
El castaño arrugó la nariz y todo el que le vio lamentó que un hombre tan atractivo tuviera una expresión de clara molestia en el rostro.
Un mal día, deberían pensar.
Y como si fuera predestinado, una de las personas que le vio fue Kotoko Aihara, que iba saliendo de Masahiko, terminado su turno.
Era su día libre, pero la noche anterior pidió que le cubrieran por la celebración a su mejor amigo y repuso las horas esa mañana, aunque en realidad no las debía, ya que había hecho turnos por permisos de otros compañeros… pero no iba a sentirse cómoda de otro modo, sin poder ayudar y cumplir con su deber.
Así que la pelirroja salía del costado del restaurante —bastante cerca a la dirección de Naoki—, y vio casi a sus narices a su Irie-kun, sin que este se percatara de ella.
Lo primero que hizo fue preguntarse qué tendría para cargar con semejante cara, que solo la veía cuando ella actuaba de modo erróneo en Pandai.
(Y que en los últimos días no aparecía, si lo analizaba.)
Lo segundo fue tratar de pensar qué hacía por allí a pie.
Lo tercero fue convencerse que era obra del destino que estuviera en su camino.
Así que lo siguió.
Si entablaba una conversación con él podría sonsacarle la información que deseaba conocer. Después de todo, ¿eran conocidos, amigos de red, y casi amigos en la vida real?
Oba-san respaldaría su creencia; decía que si Irie-kun no había denegado su solicitud, no era indiferente a ella.
Sonriendo, Kotoko trató de mantenerle el paso. No obstante, las zancadas de él eran demasiado anchas, por el largo de sus piernas, y no consiguió ir a la par ni siquiera al verlo ingresar al supermercado.
Naoki iba enojado y por eso su caminar era presuroso y no tranquilo como siempre. Y la misma emoción hacía que, sorprendentemente, no se fijara en la presencia de la —que ignoraba era— causante de su enojo.
En circunstancias normales habría notado que tenía a una mujer persiguiéndole, pero en esa ocasión solo repasaba mentalmente la lista de compra, en tono animoso por el número de cabezas en el supermercado.
Con bastante hastío, cogió un carrito y se dirigió a los lugares indicados agregando los productos casi mecánicamente, solo comprobando fechas y precios en lo que requería. No pensaba perder demasiado tiempo allí dentro.
Ella lo seguía tratando de esquivar a la gente que compraba, odiando bastante su constitución menuda. Si no fuese por la estatura de él, de 1,78, le habría sido muy complicado hallarlo en medio de la muchedumbre.
Kotoko se preguntaba cómo él, que no parecía amar las aglomeraciones, decidía acudir a hacer la compra en el día menos indicado, a una hora imprudente.
Se encogió de hombros y caminó hacia Irie-kun, que se dirigía al área de objetos de limpieza.
En aquel momento, ella hizo alarde de su mala suerte.
—¡No puedes atraparm…
El grito del niño perseguido por su hermana quedó atorado en su garganta al chocar con Kotoko. Y los dos hermanos, como otros compradores, vieron en cámara lenta el momento en que la pelirroja se fue de espaldas a la torre de papeles higiénicos.
La perfecta torre de tres metros.
—¡No!
A Naoki el grito le sobresaltó y volteó al momento que una pila de paquetes de papel se venía abajo.
Durante un segundo, solo hubo conmoción en el pasillo 15, mientras todos miraban el desastre hecho ocasionado por los dos chiquillos.
—¡Auxilio!
El primero en reaccionar fue Naoki, quien por algún extraño presentimiento se apuró a llegar al centro del desastre, donde una vocecilla infantil y femenina pedía ayuda desesperadamente, debajo de paquetes de rollos de papel.
Una mano pequeña surgió de entre la pila y él la cogió y haló con fuerza para sacar a la persona atrapada, que reconoció rápido.
—¿Kotoko? —pronunció al momento justo en que ella abría los ojos lanzándose a sus brazos, sollozando.
—¡Irie-kun!
A su alrededor, los observadores comenzaron a aplaudir, incluso el empleado que miraba severamente a los dos niños apenados.
Tuvieron que pasar varios minutos para que Kotoko se tranquilizara y terminara recibiendo un vale de compra por un mes como compensación —junto a unas profundas disculpas de los culpables.
Naoki solo agitaba la cabeza preguntándose si algún día ella no ocasionaría problemas por donde anduviera.
Y por qué había pronunciado su nombre.
Ella no se había dado cuenta, o lo habría mencionado, seguramente en su temor. Y después solo caminaba a su lado bastante callada, como un cachorrito siguiendo a su amo tras ser castigado.
Le convenía que anduviese así, porque no tenía idea de qué iba a decir. Según se informó, no fue su culpa, y la reprimenda estaba de más y darle mayor relevancia al asunto era superfluo.
Por fortuna, de todo eso a él le benefició que le dieran preferencia en la caja y no tuviera que hacer fila; así que guardó sus cosas en la bolsa y se digirió hacia la salida, con Kotoko a cuestas.
—Estás muy blanca —dijo ofreciéndole una barra de chocolate que acababa de pagar.
—¿Eh? —Ella alzó la vista parpadeando incesantemente.
—No voy a tener la mano extendida toda la hora —apremió con sequedad.
Kotoko se tambaleó y cogió el chocolate con premura, abrazándolo a su pecho.
Se había llevado un gran susto, sobretodo al estar en la oscuridad, pero ya volvía en sí y encontraba que estaba pasando un buen momento con él, sin su familia presente.
¡Y la había dejado abrazarle!
Dejaría que la empujaran cientos de veces si iba a consolarla en todas esas veces.
—Me cayó una torre de papel encima —musitó ella con una risita, dándose cuenta de lo que había pasado.
Naoki enarcó una ceja.
Ella dejó escapar una risotada.
—Es muy gracioso —manifestó Kotoko entre caras y risas.
Él la vio e imaginar el momento le hizo sonreír. Esa chica torpe. Todo le pasaba. Fuera y dentro de la oficina. Nadie era como ella.
Kotoko continuó divirtiéndose a su propia costa cuando tomó una dirección diferente a la de él, tras haber terminado el pequeño momento de gracia.
En la primera parada de autobús se apoyó al anuncio, suspirando mientras abrazaba el chocolate. Esa había sido la primera vez que ella lo vio sonreír. Y fue… fantástico.
Chilló de alegría bajo la atenta mirada de los transeúntes, que la tomaron como adolescente loca.
Y en la dirección contraria, el castaño regresaba a su apartamento con bastante buen humor, que quienes le pudieron comparar con la ira anterior, sonrieron ante el gran cambio.
Si él lo hubiera pensado, habría declarado que una sola mujer ocasionaba lo imposible.
NA: Miren que para ser un genio...
¿Ya ven para qué nos sirve el FB? Ja,ja, a él, para devolverle sus opiniones tontas con golpes en la cara. Le habría sido mejor que le tocara una foto a lo Madonna y Britney...
Feliz año, linduras.
Karo.
DaCa: Los momentos que me detienen más son los de Naoki, pero sí concuerdo que en lo que respecta a su vida debería dejar el miedo y hacer más, pero es un aprendizaje que aun no le llega. Kotoko necesita soltarlo un poquito, su corazón no saldrá resentido si lo hace, sino que le irá mejor je,je. Feliz año para ti también. Mucho éxito :D. Besos.
