Capítulo 27


Cuando el ascensor del edificio se abrió en la planta principal y no el estacionamiento, Naoki bufó exasperado, pero al ver al portero cambió de opinión y caminó hasta él, pues nadie pasaba sin su autorización. Se ganó una mirada entre curiosa y nerviosa del hombre, que le importó nada en ese momento.

—¿Una mujer mayor se registró esta tarde, diciendo ser mi madre?

Yamamoto carraspeó y negó. —Su madre no se registró, al no ser la primera vez. —Algo debió ver en su cara, porque preguntó—: ¿Ella no tiene autorización para entrar a su apartamento?

—¿Usted le abrió? —replicó Naoki en su lugar.

El otro volvió a negar.

—¿Ella tiene llave? —Su tono tuvo que ser duro, pues Yamamoto asintió con cara apenada y temerosa. No le importaba lo que pensara de su madre, o de él, no le debía explicaciones.

—Discúlpeme, Irie-san, pensé que usted había autorizado su ingreso —explicó lastimosamente el portero—. Me temo que cometí un error todas estas veces… y hoy le dejé ingresar con una joven. Lo lamento, me reportaré al dueño del edificio inmediatamente.

—No es su culpa. —Sabía cómo era su madre. —Sea más precavido la próxima vez; si yo no doy mi consentimiento previo, ninguna persona ingresa en mi ausencia, no importa si es mi madre. ¿Queda claro?

El pelinegro asintió con una inclinación.

—¿La joven era pelirroja?

—Sí, Irie-san.

—Eso es todo lo que necesitaba saber.

Como un vendaval, olvidándose de su automóvil, el castaño fue a la salida y le recibió el golpe de aire templado de la noche de verano, junto a los ruidos del tráfico de la ciudad. Ambos sirvieron para regresarle a la realidad y dar un curso a sus pensamientos.

Su madre había robado sus llaves y las había duplicado.

Su madre había llevado a Kotoko a su apartamento.

Su madre había enseñado sus fotografías de niña a Kotoko.

No se lo perdonaría fácilmente.

Y Kotoko, ¿qué le ocurría para sentirse con derecho a entrar en su casa?

Merecía un buen escarmiento. ¿No tenía valores? ¿Qué clase de cosas le enseñaría al bebé que esperaba?

Esa irresponsable tenía que aprender.

Pero no podía hacerlo esa noche, tendría que esperar al día siguiente; porque con el dolor de cabeza que tenía, no podía pensar en el modo adecuado para darle su merecido y no quedaría a gusto.

De ese modo, Naoki dio vuelta a sus pasos y regresó por el camino que había hecho anteriormente, sin darse cuenta de la mirada que le daba Yamamoto-san, quien tragó saliva al ver el estado en que se encontraba el siempre calmado Irie, contento de no ser el que recibiera las consecuencias de los sucesos de esa tarde.

No prometía nada bueno.


Aihara-san llevaba una expresión muy compungida ese sábado, si Keita debía describir a su vecina. No la veía mucho en la semana, porque ya había aprendido que sus vecinos del 211 brillaban por su ausencia en las tardes, o por lo menos aquellas en las que ella trabajaba; y, sinceramente, tampoco la había visto en los fines de semana, pero sabía distinguir de su personalidad alegre, a la cara triste de esa mañana.

Alguna cosa debía haber pasado, y sentía curiosidad de qué; se preguntaba si ocurría algo en su relación con el hijo de la señora Noriko, a quien él no había visto todavía… Y si era así, tenía que ser culpa del otro.

Se imaginaba que ese "Naoki" no prestaba mucha atención a su novia, ya que en el tiempo en que vivía ahí, ni una sola vez se había preocupado por ella… que llegaba muy tarde de su trabajo.

Para ser honesto, el estudiante de enfermería no tenía una opinión muy buena de Irie Naoki, porque, aunado a las palabras de su madre —que comenzaban a cobrar sentido para él—, no conseguía entender cómo un hombre dejaba que una muchacha bonita y de apariencia frágil, como Aihara-san, danzara sola por las noches, con todos los peligros que había por doquier. De ser su novia, él haría lo posible por acompañarla a casa una o dos veces por semana, si no más. Y ese Naoki ni siquiera lo había hecho una vez.

Por supuesto, a Keita no le constaba que él no le llamase a la hora que ella llegaba a casa… pero con las credenciales que dijo Irie-san, se le hacía difícil que no la llevara a su hogar, ni que no fuera causante del cambio en el rostro de su alegre vecina.

Podía equivocarse, sí. Y deseaba hacerlo, pues no quería que alguien como ella estuviese en una relación donde no la trataban como su igual, ni la cuidaban como debían hacerlo. Esa no era su visión de las relaciones.

Lamentablemente, no tenía demasiada cercanía con Aihara-san como para conocer muy a fondo qué ocurría, menos para aconsejarla. Ella todavía estaba a tiempo para enderezar su relación, del mismo modo en que sus padres habían aprendido a hacerlo y le servían como modelo.

Pero, ¿por qué pensaba en la actitud de Aihara-san?

Como los otros sábados que la había observado desde su mesa del desayuno, Keita veía a Aihara-san haciendo labores de limpieza fuera de su hogar, así que, al verla con ánimos distintos a las ocasiones anteriores, había empezado a divagar sobre sus causas y qué podía hacer.

Moto-chan estaba en lo cierto, a veces podía ser muy obstinado en las causas en que se interesaba y, posteriormente, se comprometía. Si ponía su corazón en algo, trataba de dar lo mejor de sí, con mucha seriedad y empeño.

Y Aihara-san, en su relación con el hijo de Irie-san, era algo que llamaba su interés; no al grado de su pasión, la enfermería, pero sí con la suficiente atención como para no sentirse a gusto hasta resolverlo sin quedarse solo mirando.

Suspiró y dio un sorbo a su café, contemplando a Aihara-san barrer, comenzando a bailar con lo que escuchaba en sus audífonos, cambiando su semblante. No pudo evitar sonreír sobre el borde de la taza. Su pelirroja vecina era parecida a su madre, o esa impresión le daba lo enérgica que era, y lo poco que la conocía.

Su madre era casi lo opuesto a su padre, que era serio, pero ambos se complementaban a la perfección; ambos profesores, ella de arte y él de matemáticas, ella muy optimista y entusiasta, él bastante práctico y más reservado; nadie pensaría que los dos hacían muy buena relación poniendo las piedras para el puente que los unía a ambos, compartiendo sus vidas, y manteniéndolas separadas. Creciendo juntos con la misma pasión que sentían por sus áreas de estudio.

Quizá, por ello es que también sentía atracción por el caso de Aihara-san. La señora Irie le había hablado un poco de su hijo, semejante a su padre, y al ver a su vecina, similar a su madre, no podía evitar compararlos. Podía funcionar… siempre que los dos pusieran de su parte. Si no era así, partir los caminos era la mejor opción.

—No tienes remedio —se dijo y rio entre dientes.

Sin embargo, se puso en pie con mucha presteza al ver caer a Aihara-san al suelo, tras doblarse el tobillo en un giro.

Keita se dirigió a la puerta con la agilidad de alguien que responde a las emergencias; estando presente y disponible, debía acudir en el auxilio de otros, por muy pequeña o grande que fuese la situación.

En ese caso era minúscula, casi habitual.

De haber sido Yoshida-san, no habría tenido en cuenta una de las caídas comunes de Kotoko, quien se sentía bastante tonta por distraerse mientras hacía sus deberes, cayendo en público… si lo tenía a esa hora de la mañana.

En su defensa tenía que decir que no durmió todas sus horas, porque se quedó más tiempo despierta tratando de entender el vídeo de cómo hacer un tejido sencillo, algo en lo que falló espantosamente, consiguiendo enredar el estambre nada más. Con menos descanso, su cuerpo estaba más distraído.

Y, también, el asunto con Irie-san no le había dejado dormir bien ni estar muy tranquila. Sentía remordimiento de conciencia, y pena, al saber guardada una fotografía de Irie-kun de pequeño, en una situación que debía permanecer discreta. Por fortuna, era la primera que las veía, pero no dejaba de parecerle mal.

Quizás igual tenía que agregar al asunto el estar pensando en cómo confesar sus sentimientos a Irie-kun. En preparatoria pensó en una carta, aunque entonces no le hablaba… ¿sería adecuado hacerlo en voz alta?

En ambos casos sería de frente.

Por lo tanto, pensando en todo eso, con una música romántica en el fondo, su torpeza habitual se hizo presente, y en ese instante se encontraba en el suelo, con un ardor en la rodilla, que debía haberse raspado.

Buscó y, sí, había sangre.

Justo cuando no había repuesto el antiséptico ni las tiritas que faltaban en casa —tras acabárselas.

No lo quedaba más que encontrar cualquier cosa para ponerse, determinó disponiéndose a levantarse.

—No te muevas, Aihara-san. —Kotoko alzó la mirada y se encontró con Kamogari-kun—. ¿Te duele algo?

—La rodilla —señaló con un dedo, mostrando la zona que sus pantalones cortos no cubrían; tres centímetros más abajo, y habría sido distinto.

—Una raspadura. ¿Tienes con qué curarlo?

Negó con un suspiro.

—Tengo un botiquín en casa, uh, vamos.

Y como si no pesara nada, ni su opinión importara, él la cogió en brazos.

—¡Kamogari-kun, bájame! —replicó moviéndose, sin surtir efecto en él—. Puedo andar. Eh… ¿me meterás en tu casa? —titubeó, colocando una mano sobre su hombro—. Kamogari-kun, no creo que…

—No te preocupes, conmigo estás a salvo, eres mi paciente y te trataré bien. Lo prometo —pronunció él, muy solemne, mirándola de forma intensa. Hubo algo en su tono y su postura que la orilló a confiar. Transmitía esa calma que una persona herida buscaba en el personal a atenderla.

Creyendo en él, Kotoko le sonrió y dejó de moverse; en su lugar, se sujetó a él y le permitió que la llevara hasta su casa, donde la depositó en el único sillón del salón, anunciándole que iría por el material que necesitaba.

Pero ni Kotoko ni Keita se habían dado cuenta de la persona que presenció los últimos segundos de la escena, para ser precisos, desde el instante en que ella posó su mano en el hombro del pelinegro, y ambos se miraron durante unos momentos, dándole una connotación diferente a la escena.

Y ese era Naoki, con su automóvil detenido del otro lado de la calle.

Él no querría haber visto eso, ni lo habría esperado. Había conseguido la dirección real de ella con Shigeo-san —no optaría por los registros de la empresa—, y había ido a buscar explicaciones en lo tocante a la tarde anterior.

para llevarse eso: Kotoko entrando a la casa vecina en brazos de un hombre.

El castaño quería destrozar algo, sentía muchas cosas por dentro que no alcanzaba a discernir ni explicar; no comprendía los celos que le atenazaban las entrañas y corroían sus pensamientos, con imágenes perversas de ella acompañada de otro, quien podía ser el padre de un inexistente hijo. Para él no había razonamientos que le llevaran a explicar el dolor en su pecho, causante de la dificultad para respirar, ni de la fuerza que le presionaba las terminaciones nerviosas y acumulaba la sangre en diferentes puntos de su cuerpo: su cabeza, sus brazos, sus manos.

Menos podía entender la punzada en su corazón, o la desolación y la rabia combinadas que dominaban sus sentidos.

En conjunto eran muchas reacciones para él, y ninguna que su intelecto pudiera manejar entonces.

De tal modo que, cuando su teléfono sonó y atendió, no funcionara con la corrección que debía.

—¿Sigue abierta la invitación para reunirnos, Yuuko-san? —preguntó él tras unos segundos de solo escucharla, maquinando un plan.

—¿Reunirnos? Sí, ¿a qué se debe el cambio? —Naoki hizo una mueca, acabando con la mirada la puerta oscura de la casa vecina a los Aihara.

—Estoy libre hoy. ¿En qué sitio?

—No me sorprende tu respuesta —replicó ella con su tono arrogante de siempre—. ¿Qué te parece el restaurante Masahiko? Está cerca de tu casa y de mi trabajo, hoy tengo unos asuntos que resolver aquí; aparte, mis compañeros y yo hemos almorzado allí y el servicio, como la comida, son buenos. ¿Te acomodan las diecinueve horas?

—Bien.

—Tengo que irme, hasta pronto.

Él colgó sin dar respuesta y marcó a su madre; estaba seguro que ella le diría a Kotoko que cenaría allí, y ella iría… deseaba dejarle claro de una vez que estaba fuera de su juego.

Y, en el fondo, si ella mantenía una mísera parte de interés en él, deseaba que sintiera lo mismo que él en ese momento.

Aunque nada lo igualaría.


Al momento que Naoki colgaba y se alejaba de la casa de Kotoko, quien también abandonaba la de Keita, en su propio pie, sin notar el automóvil de su Irie-kun, Noriko temblaba en el sillón de su casa, mientras su esposo e hijo la contemplaban anonadados.

—¡Saldrá con esa mujer! ¡Matsumoto Yuuko! —exclamó tras un rugido de irritación. —¿Qué le ve a ésa teniendo a Kotoko-chan enfrente!

Yuuki abrió los ojos de forma desmesurada.

—¿Saldrá con Matsumoto-san? —repitió incrédulo. ¡Si Kotoko-san le gustaba! ¿Qué pasaba con su hermano?

Matsumoto-san era atractiva, ni quien lo negara, pero a su hermano no le interesó nunca, no como Kotoko-san.

—¡Ese desagradecido y maleducado y tonto hijo mío! Acaba de llamar para decirme que hizo caso a mis palabras y tendrá una cita, ¡hoy! —brincó—. ¡TENEMOS QUE ARRUINARLA!

—¡MAMÁ! —gritó Shigeki.

—No, no podrá ser feliz con ella, necesita a Kotoko-chan. ¡No la mira como a Kotoko-chan! ¡Es necio! Tenemos que abrirle los ojos.

—No creo que Matsumoto-san sea adecuada para él —opinó Yuuki, indeciso—, pero no podemos… eh —se aclaró la garganta, desviando la mirada amenazante de su madre—, no es correcto arruinar la cita de alguien, mamá.

—Nao tiene edad para tomar sus propias decisiones, Nori, aunque no estemos de acuerdo con ellas. Es un adulto, y si Nao cree que es lo mejor para él, debemos dejarlo.

—¡Pero no lo es! ¡Arruinaremos su cita! ¡Y si no me apoyan lo haré sola! Iré a Masahiko a las siete y la estropearé —dijo Noriko comenzando a hacer planes en su cabeza, perdiendo la calma al imaginarse a unas nietas iguales a Matsumoto.

Yuuki se irguió de repente. —¿Masahiko? ¿No es ese el restaurante donde trabaja Kotoko-san?

Su madre palideció. —¡NO! ¡No, no, no! ¡Ella no puede verlo! Cambio de planes, tenemos que evitar que ella los vea, o que esa cita se cancele, o, o…

—Mamá, tranquilízate —pidió Shigeki, dándole palmaditas en la mano.

—¿Cómo lo hago, papá? ¡Estamos a punto de que todo se arruine! ¿Y qué espera ese hijo mío contándome sus intenciones! ¡Esperen! ¡Hay algo aquí que me estoy perdiendo!

Y, ante las miradas sorprendidas de su hijo y esposo, ella sacó un cuaderno pequeño donde comenzó a hacer notas e hipótesis.


Noriko no podía negar el nerviosismo que la atenazaba a cada segundo que transcurría en el restaurante Masahiko. Le había sido imposible disuadir a Kotoko de trabajar esa noche y, por tanto, disfrazada al igual que su esposo e hijo, se encontraba atenta a su alrededor, esperando actuar lo suficientemente rápido para evitar una catástrofe colosal.

Seguía escapándose de su cabeza qué podía mover a Naoki para hablarle sus planes, así que solo le quedaba conseguir que Kotoko no lo viera con esa copia de muñeca inflable que no quería para nuera ni madre de sus nietas.

—Mamá, todavía estamos a tiempo de…

Shigeki calló y tragó saliva al ver la mirada amenazante de su esposa, decidiéndose por concentrarse en su bebida para no meterse con ella ni rascarse el peluquín en su cabeza, que le provocaba picazón. Tras un tiempo de no tener mucho cabello, le molestaba traer esa cosa; quizá y por ello, tanto Yuuki como Noriko no parecían perturbados con sus pelucas negras —ambas de cabellos hasta los hombros.

Las ideas de su esposa eran algo especiales.

Si ella no le hubiera dado algunas que se volvían éxitos comerciales de Pandai, pondría en duda su efectividad y, por qué no, su puesta en marcha. No obstante, temía que en esa ocasión los resultados no serían agradables.

Su hijo menor parecía compartir su opinión, aunque tampoco la decía en voz alta. Su esposa, como Naoki, era controladora; cuando trataban de llevarles la contraria o hacían cosas que diferían a sus convicciones, podía arder Troya. Para esos casos, mejor actuaba con prudencia y esperaba a que ellos mismos se dieran cuenta de lo equivocados que podían estar.

A él le gustaba que le obedecieran, si era necesario, pero, a excepción del futuro de su empresa, con la implicación de Naoki en ello, no creaba mucho revuelo al respecto. Por supuesto, si hubiese visto interés de su hijo en otra cosa, eventualmente le habría permitido decidir su camino; como no fue así, siendo Naoki muy apático a todo, le ofreció a este un rumbo, pues no quería que anduviese a la deriva en la vida.

(Se preguntaba si, de no haberse entrometido en ello, en algún momento su hijo habría encontrado lo que quería. Su propia meta.)

Tal vez querer que estuviera con Kotoko-chan era semejante; aunque no lo animaría si no hubiese percibido una diferencia en su hijo.

Y no quería que se equivocara apartándola de su lado.

Pero también debía dejarle ser.

Tomó de su bebida. Eso de ser padre nunca se volvería una tarea sencilla.

Con un hijo como Naoki, a quien no veía feliz, ni muy a gusto con la vida, la preocupación aumentaba.

En ese momento, como si lo conjurara, dicho hijo hizo su entrada con su anterior chica de prácticas, Matsumoto Yuuko. Le dio un escalofrío de pura aprensión, espiando por la comisura de su ojo a la hija de su mejor amigo, que daba la espalda a la entrada dirigiéndose a la cocina.

Fue una chica pelinegra, la misma que los atendía a él y que se presentó con un nombre chino, quien recibió a la pareja entrante, llevándolos a una mesa.

Durante un instante, casi le pareció que los ojos de Naoki buscaban algo a su alrededor.

¿Sospecharía que estaban ellos ahí?

Shigeki esperaba que no, y se habría sentido contento de saber que su primogénito no lo contemplaba. En realidad, en su escaneo por las mesas del local, tratando de localizar a Kotoko, el castaño no había reparado en el sitio ocupado por su familia, simplemente porque los cabellos negros no le llamaban la atención. Enfocado en buscar un cabello pelirrojo, o una seña particular de esa joven, lo demás había perdido importancia.

En un primer segundo, Naoki se halló molesto de ver que Kotoko no se encontrara ahí. Arruinaba sus intenciones.

Había pasado todo el día con la cabeza repitiendo la escena protagonizada por ella y el vecino, imaginando bebés un poco nítidos, siguiendo lo poco que pudo ver del pelilargo esa mañana.

La sola idea de restregarle a ella en la cara de que a él no le importaba, lo había hecho mantenerse cuerdo hasta la noche, dispuesto a apartarla de su cabeza de una vez por todas, así como dejarle establecido a Kotoko que habría de mantener la distancia con él a partir de ese momento.

Que no estuviera en el restaurante era un inconveniente.

¿Y si no llegaba?, se preguntó Naoki mentalmente, haciendo poco caso a las palabras de Yuuko.

Eso significaba que no le importaba, y no tanto que su madre no le informara.

La posibilidad de que así fuera le disgustó mucho, sobre todo recordando sus actos de la mañana y el bebé al que le haría calcetines.

Volvió a sentir que se le retorcían las entrañas y dio un largo sorbo a su agua.

Quería dañar y destrozar algo, tanto que le sorprendía ese deseo.

Más le valía a Kotoko aparecer, porque al menos con la desilusión de su rostro se sentiría conforme; igualaría sus reacciones y le devolvería la satisfacción de no ser el único afectado.

Solo le gustaba. ¿Qué razón había para que respondiera así?

—Pareces molesto.

Ante las palabras de su acompañante, Naoki se vio obligado a alzar la mirada de su vaso y enarcar una ceja, pretendiendo escepticismo; guardar las apariencias le era sencillo… pero en ese momento, no tanto. Yuuko, que era lista, podría no caer fácilmente, y le fastidiaba.

—Ahora estoy más segura de que lo estás. Dime, ¿va mal el trabajo? —Ella se rió secamente. —Como si fuese posible.

—A ti tampoco te va mal —repuso, observando la carta en la mesa.

—Solo los años, y la paciencia, me han hecho conocerte… un poco. Años atrás me habrías engañado; no sé si dejarlo pasar, no eres una compañía agradable en este momento. Aunque al fin pareces un hombre normal.

La miró unos segundos, mientras ella atendía su carta, y buscó en las mesas de su derecha a Kotoko.

Estuvo por regresar la atención a una mesa con tres comensales, para observarlos, pero a su izquierda sintió una presencia, acompañada de la voz que estaba buscando.

—Disculpen, mi compañera tuvo un percance y los atenderé esta noche. Soy…

—Estoy impresionado —cortó él a Kotoko, vestida de mesera.

Y, de no haberse centrado en sí mismo, Naoki se habría percatado que la sorpresa de ella era genuina.


NA: Capítulo largo.

¿Qué creen que pase?

¿Saben? Esto es como devolverle a Naoki todas esas veces que alguna mujer se interesaba en él y Kotoko padecía por eso, aunque en este caso ella no se regodea, ni tiene conocimiento de ello. Ya extrañaban a Keita, ¿verdad?

Abrazos y besos, Karo.


Lilimatte: Ja,ja, seguro que sí, con su estilo de vida y esas noticias le dará un infarto fulminante uno de estos días. Pobrecito, ya hasta le dio padre al bebé. Te seré sincera, los malentendidos se aclararán, pero habrá otras cosas. Besos

caro: Sí, yo hacía igual eso antes de tener una cuenta. Me gusta tu perspectiva, y me decantaría por eso, pero nop. Me abstendré de especificar para no dar spoilers gratis a todos, pero no se confesará... a menos que cambie de opinión en el transcurso de los capítulos que continúan. En fin, un abrazo.