Capítulo 30


El martes, dos semanas después de sus precipitadas vacaciones, Naoki regresó a su rutina habitual, tras una larga noche (otra) sin verdadero descanso.

Mucha fue su sorpresa al no ver a Kotoko en el gimnasio; aunque también fue decepción, no por pensar en divertirse a su costa, sino porque quería verla… y, llevándola a su casa, pedirle perdón —de lo contrario no recuperaría la paz, lo sabía.

Pero la ausencia de la joven le hizo perder la oportunidad. Con lógica, lo achacó a que se quedó dormida, así que se dispuso a esperar para verla en el trabajo, cuando le llevara su mensajería.

Solo que nunca llegó.

En su lugar, quien se asomó a su puerta fue el mensajero que la sustituyó el día del ascensor, y se preocupó porque algo similar hubiese ocurrido, o que se enfermara. Peor aún, que renunciara y ella se esfumara por completo de su vida.

El pensamiento lo llenó de tristeza.

—¿Aihara tuvo algún problema? —cuestionó al mensajero cuando le daba su correspondencia de una forma rápida y precisa, hecho que le dio mal humor. Necesitaba el modo en que ella lo hacía. Sin importar lo que tardara o fallara, al final lo conseguía hacer bien, mucho más después de organizarse un poco.

Y al final, la otorgaba la sonrisa que iluminaba su rostro.

—Nuestras rutas han cambiado, Irie-san —contestó calmo el muchacho. —Emm, espero que disfrutara sus vacaciones —agregó al verlo fruncir el ceño. —¿Necesita algo más?

—No, puedes retirarte.

—Takaishi —musitó el muchacho, segundos antes de salir.

Naoki puso los ojos en blanco un instante; luego cogió su bolígrafo y lo apretó con fuerza, lidiando con la frustración que le ocasionó la noticia.

Ya no coincidiría con ella ahí, elucubró en silencio, sintiendo un poco de desánimo.

Tras pedirle perdón, solo le quedarían el gimnasio y las fechas en que sus familias se reunieran.

Debería de sentirse feliz, porque no era una persona masoquista; evitaba el sufrimiento, como el que le causaría tenerla cerca sabiendo que era de otro. Lo mejor sería no cruzarse con ella, como buscaba antes y como le insinuó en el restaurante… pero en ese caso, sentía que le asfixiaban con la posibilidad de tenerla apartado.

Era muy irónico lo rápido que podía cambiar. Según se daba cuenta, los sentimientos influían en esas situaciones.

Y no podía manejarlos todavía, ni siquiera después de descubrir que estaba enamorado de ella. Esa confusión y malestares que lo invadían entre ratos le afectaban.

Precisamente lo que quería evitar.

Se hallaba algo perturbado de la mente. No podía solucionar los sentimientos de modo sencillo, como las demás cosas. Incluso si quería ignorarlos, volvían a él.

Le hacían sentirse diferente, como una persona nueva, y aun si experimentaba tristeza y dolor, era como un descubrimiento de sí mismo y aquello que podía alcanzar.

Era increíble que necesitara un choque con las emociones para ser más de lo que era antes, y no nuevos aprendizajes intelectuales que, tal vez, no le servirían mucho. ¿Ésa era la clave? ¿Dejarse sentir?

Como habría de esperarse, no identificaba todo lo que sentía, pero le quitaba esa sensación de tener el mundo a sus pies y sobre sus hombros.

Tampoco buscaría en su pasado para hallar respuestas respecto a su estado con los sentimientso, sino se mantendría en el presente.

Ese Psicólogo de la universidad tenía razón, pensó durante un segundo y se estremeció, pero decidió no seguir ese camino… Tal vez nunca estaría debidamente preparado para afrontar sus traumas, pero sí para permitir que aquello que sentía, fluyera, y enfrontar con más aplomo lo que pasara en adelante.

Como podía ser un rechazo a su petición de perdón.

Porque no se cansaría hasta obtenerlo.

Y entonces, solo entonces, nada. Cerraría ese capítulo de su vida, permitiéndole a ella ser feliz con su naciente familia. En lo que a él respectaba, estaba acostumbrado a estar solo, y así habría de seguir.

No quedaba más por hacer.

(Lidiaría con los demás sentimientos poco a poco.)


Kotoko sentía la quemazón de la mirada de Irie, y le daba una especie de remordimiento al darse cuenta que eso debía experimentar él cuando ella lo contemplaba de lejos.

También se sentía mal porque ignorar a alguien no era su costumbre; siempre era muy solícita con los demás, así que no prestar atención a una persona era muy difícil. Sin embargo, quien la buscaba era él —o así suponía porque la mirada de Irie-kun se apartaba un segundo de lo que estaba haciendo—, y debía aprender a no dar cuando la situación no lo requería. Ella no tenía motivos para hablarle o buscarle, cumplía alejándose de él; no era su tarea hacerle caso.

El día anterior, en que regresó de vacaciones, la chica le había visto en el pasillo, rara cosa viniendo de un hombre que casi no salía de su oficina, menos para andar en el piso inferior al suyo, pero él no había hecho más que ocuparse en cualquier cosa, observarla y darse la vuelta, lo que mantuvo atento al guardia de seguridad en el centro de cámaras.

Naoki había repetido sus acciones en el transcurso de los dos días en que estaba de vuelta al trabajo, cosa curiosa para un buen observador, quien habría alzado las cejas al saber que él había ido el martes por la tarde a la casa de los Aihara, buscándola para responder por los sucesos del restaurante. Kotoko, encerrada en casa para la escritura de su novela, lo alcanzó a ver; se había asomado a la ventana de la cocina un instante, cuando fue por un vaso de agua —había parecido cariacontecido, apoyado en el capo de su vehículo (ella no sabía que él acababa de enterarse de su abandono del gimnasio).

Agregando al asunto, Kamogari-kun comentó que él había estado ahí el día lunes, suponía Kotoko que al estar ella donde los Irie.

Todo eso, con la llamada de Masahiko-san, tocó su corazón. Su antiguo jefe le había dicho que el joven llegó para pedir que ella recuperara su trabajo y había ofrecido una compensación por cualquier daño a la imagen de su empresa.

Pero eso solo era sinónimo de que no era una mala persona y que debía de querer disculparse, aunque la vergüenza podía más. Así pues, ella sentía remordimiento por no ayudarle, solo que facilitarle la tarea era como obligarlo si al final decidía no comentar nada, y su disculpa no sería sincera.

Y si a ello agregaba la confusión que le había provocado su tarde en casa de los Irie, terminaba peor.

Kotoko agitó la cabeza para apartar lo anterior de su mente, y entró al pequeño comedor, donde bajó la mirada hacia su mano, en la que llevaba el material para los zapatitos de bebé que quería hacer, los cuales estaban resultando muy difíciles de realizar por las noches, en el tiempo que le dedicaba. Hiciera lo que hiciera, no conseguía lograr ni un punto crochet.

Había llevado lo necesario al trabajo con la esperanza que en el almuerzo alguna de sus compañeras le diese una mano, pero no conocían la técnica, que ya consideraban de gente mayor.

¿Cómo lo conseguiría?

Al tiempo que suspiraba, su teléfono sonó.

—¿Qué pasa, Jinko? —musitó una vez que la hubo saludado.

—¿Has encontrado quién ayude? He preguntado a mis conocidas y parece que nadie tiene idea del tejido, ¿cómo es que cuando buscas a alguien no lo encuentras? Al parecer la suegra de Satomi sabe, porque una vez Ryo lo mencionó, pero la señora todavía no tiene idea de que será abuela y ya sabes que no siente mucho agrado por la novia de su hijo, así que no le haría un favor a una de sus amigas.

—¡No puede ser! —se lamentó sentándose a la mesa, depositando la fotografía del modelo y el material en ella. —¡Esto es mala suerte! ¿Cómo podré hacer los zapatitos para el bebé de Satomi?

Naoki, que permanecía apoyado en la pared de afuera, frunció el ceño ante esa última frase. Al verla ingresar ahí momentos antes, sus pasos le habían llevado allí inconscientemente, y ahora, a punto de darse la vuelta —porque sería otra ocasión en que no pronunciara una disculpa—, esa frase había captado por completo su atención.

Repitió las palabras de Kotoko en su mente, perfectamente claras.

—¿Otra cosa para el bebé de Satomi? No se me ocurre…

—¿Bebé de Satomi? —murmuró él para sí, abriendo los ojos como platos.

Se cubrió la boca para no ponerse a reír. ¿Era posible que…

Sabiendo que no había nadie a la vista, pegó la palma a su frente, sintiéndose el mayor estúpido de todos. ¿Se habría confundido también con eso?

—Sí, yo tampoco quiero que el primer regalo sea comprado. Tiene que ser hecho con amor, no me sentiría bien como tía dándole algo de fábrica. Si yo tuviera hijos…

Ella se calló, pero Naoki, con los ojos cerrados, no necesitó escuchar más, empezándose a reprochar a sí mismo, olvidada la alegría.

Había malinterpretado las palabras el domingo en el restaurante y, en consecuencia, había actuado como un imbécil toda la semana anterior, pagando su molestia con ella.

¡No tendría un bebé!

Apretó los dientes, pensando en lo ridículo que parecía dejándose llevar por malentendidos, sin dar muestra de la inteligencia que presumía. Y seguramente el idiota del vecino había disfrutado mientras tanto, consolándola por las humillaciones que él, quien Kotoko creía su amigo, había provocado.

¿Es que hacía todo mal tratándose de ella?

Era como si todo se burlara de él a su alrededor, diciéndole que no era el genio que muchos pensaban. Esa mujer lo trastornaba.

De haber prestado más atención y no actuado como un imbécil, ahora no estaría como un mendigo, buscando el momento oportuno para explicarle por el asunto del sábado. O, más bien, dándose ánimos para hacer a un lado lo poco de orgullo que le quedaba y hablar de una vez con ella para aclarar el suceso.

¿Pero de verdad le quedaba orgullo después de los recientes acontecimientos?

Automáticamente se respondió que sí, aunque tan pronto como escuchó que ella cortaba la comunicación, se irguió, preguntándose si era prudente permitir que el tiempo siguiera pasando y no disculparse por el suceso del restaurante, haciendo más caso a su orgullo.

Kotoko comenzó a tararear dentro del pequeño cuarto y él sonrió, sintiendo una pequeña parte de su pecho brincar, pensando en que no habría un bebé de ella con el vecino, y en su lugar podía haber uno de ambos, o una pequeña igual a ella, a la que pudiera atesorar, como a su madre.

Imaginarlo no lo hacía real, pero la idea se le hacía atractiva. Nunca lo habría pensado, pues no pensaba realmente en bebés; y, en ese instante, poder alcanzar eso se volvió su objetivo.

Inmediatamente se preguntó si sería honesto robarla de los brazos del enfermero.

Arrojó todas sus convicciones a la basura (de apartarla de sí y hacer lo correcto). Siempre había sido una persona que se portara bien, pero tratándose de ella, el ser justo no le convenía. Todavía no era del enfermero, no tenían nada formal, así que aun podía participar en el juego.

Asimismo, había llegado primero a su vida, y el otro se había entrometido mientras él estaba ligeramente distraído con estupideces.

Le haría ver a Kotoko que él le convenía, ese jovenzuelo era poca cosa. Ella podría ser feliz y dichosa a su lado, mientras que ese vecino aún era joven para conseguirse a otra persona con la que estar. (El día que se cruzó con él no parecía darle mucha importancia a Kotoko, así que no había nada profundo y tenía oportunidad de abrirle los ojos a ella, se decía.)

Pero también le demostraría que él… la necesitaba.

No solo porque estaba enamorado de ella, sino porque sabía que sería mejor sujeto con ella a su lado, porque nadie la cuidaría y protegería como él haría, porque últimamente la idea de perderla lo había dejado vacío y no quería afrontar ese destino.

Y especialmente porque nadie la querría como él, que sólo la miraría a ella y nadie más que ella.

Cualquier otra persona podía dudar al momento de asegurar que solo querría a una persona en su vida, pero él no; de algún modo, sospechaba que estuvo esperando encontrarla y que solo debía ocurrir algo grande para que abriera los ojos al hecho de que era suyo, como ella de él.

Por eso no la dejaría ir, no se rendiría ahora que había una posibilidad de tenerla, incluso con un rival. Antes se había detenido por respeto a ella y al posible bebé, nunca por el otro, pero el presente era distinto.

Se ganaría su corazón y haría que lo escogiera a él.

Con su meta puesta, cogió aire para darse fuerzas. No sería fácil porque no era una persona expresiva ni sentimental, pero encontraría la manera de hacerlo.

Y comenzaría en ese momento, aclarando el suceso del sábado.

Así pues, tratando de poner expresión neutral, se asomó a la habitación para verla concentrada en la actividad del tejido, que le hizo reprimir una sonrisa al contemplar su cara y los fallos que cometía. Hasta para eso tenía errores.

Por aquel motivo le apodaba la patosa, mitad gesto atento, mitad insulto. Se daba cuenta de las veces que las cosas le salían mal y después esperaba la reacción que colocaba en su rostro, con una determinación a hacer las cosas bien para la próxima vez. Admiraba eso; normalmente, la gente se rendía ante el fracaso, pero ella no.

En cuanto al insulto, era su mecanismo de defensa. Todas las personas actuaban de modo distinto, supuso.

Dejando de observarla —porque podría pasar horas así—, ingresó con pasos lentos a la estancia y carraspeó, haciendo que ella soltara las agujas y la lana enredada.

—¡Ah! ¡Irie…san! —gritó ella con cara asustada, y al ver su expresión, esa vez él no se sintió tan a gusto como las veces en que ocasionaba temor en alguien.

—Aihara —saludó en el tono más amable que podía poner sintiéndose irritado. Ella había omitido el apelativo cariñoso, tras un titubeo fugaz.

Se inclinó al suelo y cogió los artículos de tejido, consciente de la mirada de Kotoko sobre él.

—No estoy de ociosa, iré a hacer mi trabajo —musitó ella tímidamente, extendiendo la mano para recibir su material.

Con doble intención, él ignoró su ademán y tragó saliva, inquieto. Había planeado pedir disculpas, palabras incluidas, pero pensarlas era más sencillo que decirlas. Se trababan en su garganta, pugnando por salir para cambiar la reserva en el rostro de ella, devolviendo la sonrisa que le dirigía siempre.

—Ya casi es el almuerzo, no hay problema —indicó educadamente.

Kotoko asintió y desvió la mirada. —Mis pertenencias —pidió ella en un susurro, que a él le provocó tristeza.

—No debí actuar como lo hice el sábado —pronunció con un deje de lamento y falsa seguridad, sin no poder preguntarse si eso era una disculpa.

Ella, todavía sin mirarlo, se tensó; pero no dijo nada… cuando se suponía que debía hacerlo. Naoki creía que al tratar de disculparse, la otra persona respondía algo.

—Estuvo fuera de lugar y te hice perder el trabajo —agregó, maldiciéndose al llevar la mano para frotar sus ojos, en un impulso.

No pedía perdón nunca —sintiéndolo—, mas no necesitaba ser un genio para darse cuenta que lo estaba haciendo mal.

—Mis palabras… no era lo que pensaba —dijo, volviendo a mirarla. Se mordía el labio inferior, como indecisa. —Perdóname —finalizó con sinceridad, casi como si le arrancaran un diente, y de todas maneras satisfecho de poder decir esas palabras a ella.

Kotoko se humedeció los labios resecos, sintiendo el corazón latir lentamente, y le dedicó una mirada subrepticia al rostro de Irie-kun, que parecía la imagen de la calma y la serenidad. Sin embargo, en sus ojos veía la expectación por su respuesta.

Había sonado sincero y tal vez podía creer lo que decía, perdonarlo, pero no era sinónimo a que dejara de dolerle y que no se sintiera mal por las conclusiones a las que había llegado esa noche.

—Tenías razón —murmuró—, lo que hice estuvo mal, sí era aco…

—No.

Ignorándolo, ella prosiguió: —Lo merecía, o no habría parado. Incluso fingí vivir donde no era. Yo… estoy tan avergonzada y arrepentida… no pensé que lo que hacía era acosarte. Juro que no quería entrar a tu hogar y no me sentía bien al ver esas fotografías tuyas de tu infancia, no iba a hablar de eso con nadie.

—Te creo, Kotoko.

Permaneció callada unos segundos al escuchar la pronunciación suave de su nombre; sin amargura, desdén o hasta compromiso. Era lindo, más que nada por las primeras palabras.

Él no le quitaba el desconsuelo que sintió, aunque al menos le dejaba con la sensación de que no tenía malas intenciones. Le devolvía parte de su calma y era el modo de cerrar un ciclo.

—Perdón por los problemas que te he causado. —Se inclinó respetuosamente, y solo duró unos segundos, pues él le obligó a enderezarse con una mano en su codo, que envió un escalofrío por todo su cuerpo.

—Eres mejor que yo en esto —sentenció él con un amago de sonrisa. —Humildad —susurró, y, a continuación, imitó lo que ella había hecho segundos antes y le dio una reverencia. —Te pido perdón por mis acciones.

Se notaba que le costaba mucho y su boca se curvó ligeramente. —Espero que tu cita no se arruinara —repuso con seriedad, para que no creyera que se reía.

Él se enderezó y le ofreció una pequeña negativa. —No era una cita.

—Ah. Eh. Bueno.

Un silencio extraño se instaló entre ellos; sintió su mirada clavada en su rostro, y a pesar de no quererlo, se sonrojó. Que decidiera seguir con su vida y no girar en torno a él, no significaba que en su presencia dejara de sentirse afectada; en su corazón, todavía existían sentimientos por él, y con sus palabras recuperaba un poco de fe en la humanidad de Irie-kun.

Eso le hizo recordar lo que dijo su madre el lunes; tal vez era su enojo hablando.

Le inquietaba que Noriko-san hubiese conseguido meterse de nuevo en su cabeza; tenía que admitir que aquella mujer era capaz de venderle hielo a los esquimales. Su capacidad era demasiado para cualquiera… aun si no lo quería, sus palabras habían encontrado el modo de instalarse en su cabeza y no ignorarlas completamente.

¿O era acaso que, muy en el fondo, se moría por que ocurriera?

Cerró los ojos con fuerza. Eso no podía ser; estaba contenta con los avances que había hecho con su novela —no así del tejido—; no necesitaba que le arruinara su recién descubierto amor propio.

¿Darle la oportunidad de acercarse a ella implicaba sucumbir al desprecio por sí misma?

Noriko-san había dicho que, si ella no le facilitaba el camino, y solo observaba lo que hacía, indiferente, era distinto a perseguirlo, como hacía antes. Que a él le tocaba hacerlo.

¿Y eso no lo hacía menos a él, porque era como rogarle? ¿O le daba ilusiones vanas a ella?

Abrió los ojos, deseando que no se confundiera cada vez que pensaba en eso.

¿No estaba haciéndose ilusiones ella al creer en ese momento que a él le interesaba otra cosa que su perdón?

—¿Vas a tejer? —habló él finalmente.

Encogió los hombros, agradeciendo el cambio de tema. Señaló el material, esperando que él se lo devolviera, cosa que no hizo. Es más, le pareció que lo apartó intencionalmente de ella.

Se sintió frustrada. —Quiero tejer. Pero no sé, tengo vídeos y no aprendo.

—Puedo enseñarte.

Por primera vez lo miró fijamente al rostro. Un extremadamente sutil color rojo parecía pintar una parte de sus pómulos. Que mirara sobre su cabeza era muestra de que estaba avergonzado.

—¿Sabes hacerlo?

—Mi madre teje; lo hace siempre, aunque no sé para qué, pues nunca he visto lo que hace con ello. Aprendí al observarla tejer cuando era niño; en la etapa de esas fotografías, me pedía que sujetara la lana… y, cuando estuvo embarazada de Yuuki y dio a luz, volví a prestar atención, para que no realizara prendas de colores inadecuados… o vestidos.

Asintió repetidamente al captar la idea, sintiendo pena por los disparates que se le ocurrían a su madre, y empezando a entender qué peso habían supuesto para él. No solo había significado una humillación, sino una carga por el bienestar de su hermano.

—Entonces puedo pedirle a oba-san —pensó en voz alta, más para evitar pasar más tiempo con él, así como no hacerle revivir malos momentos.

—Por favor, no, preferiría que no pasaras tanto tiempo con mi madre. Tiene ideas que no son adecuadas.

Ella se sonrojó; no hacía falta que le dijera dos veces al respecto.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó él de forma ecuánime—. Si me muestras un vídeo de ello, me será más fácil ayudarte.

Tendría que dejar a un lado sus convicciones para poder aprender; una vez que lo hubiese hecho, se alejaría. Ni ella ni Jinko conocían a alguien más que les pudiese ayudar, y, fiel a la verdad, quería evitar que su oba-san le siguiera llenando la cabeza de pensamientos confusos y tramposos.

O, mejor soportaba las ideas de su madre y no se tentaba pasando tiempo con él.

Sí, eso haría.

Le informó de todos modos. —Quiero hacer unos zapatitos de bebé.

¿Fue su imaginación o sonrió satisfecho? —Para tu hijo.

—¿Mi? ¿Yo? ¡No! —gritó—. ¿Qué te dio esa idea? —cuestionó alarmada.

—En el restaurante de tu padre.

—¡Ese Kin-chan! —farfulló con un puño al aire—. No, es una de mis mejores amigas quien tendrá un bebé; yo seré su tía y quiero hacerle unos zapatitos, en lugar de comprarlos. Gracias por tu ofrecimiento, sé que estás siendo amable, aunque no te agrado, pero no es necesario.

Él suspiró. —No te detesto, Kotoko. Y te ayudaré porque es importante para ti.

¿De verdad?

Bajó la mirada con los ojos humedecidos, sintiendo que su corazón la tenía al borde de un precipicio, pidiéndole hacer un salto de fe.

¿Cuántas veces había esperado que él hiciera algo por ella, porque ella lo consideraba importante?

Ni siquiera le importaba tener que pasar tiempo juntos, como el día del paseo en bote.

Su mente se detuvo un segundo.

Analizándolo mejor; después de ese día, las cosas fueron en picada.

De repente pensó que la siguiente vez que le vio fue el día del restaurante, cuando aparentemente él pensó que tendría un bebé. ¿Y si Irie-kun había creído que ella tendría un hijo y por eso se alejó de ella? El día en el bote había sido diferente, y hasta cuando la torre de papel le cayó encima él había sido bueno con ella, dejándose abrazar y dándole un chocolate.

—¿Aceptas? —preguntó él sacándola de sus cavilaciones.

¿Estaría en lo correcto Noriko-san al decir que tenía que dejar de buscarlo para que él lo hiciera con ella, y que si nunca la detuvo antes fue porque no quería que ella se alejara, mientras sorteaba sus propios sentimientos?

¿Acaso creía que él sentía alguna inclinación por ella?

—Está bien —apenas logró decir, tan confusa que no alcanzaba a coordinar bien lo que saliera de su boca.

Mecánicamente, extendió sus manos para pedir el material.

El castaño alargó sus brazos, pero no soltó los ganchillos y la lana, guardando una sonrisa de medio lado al ver que ella frunció sus delgados labios rosas.

—¿Podemos volver a empezar? —preguntó con mayor seguridad que antes, tras pasar un buen rato en su compañía sin percances fatídicos.

Naoki dudó al no escucharla responder. Tal vez todavía era demasiado pronto, difícilmente habían podido hablar un poco sin mucha incomodidad.

Ella suspiró. —No lo sé —expresó con cara confusa, que a él le devolvió el aire que no sabía que contenía.

Era un comienzo, pues no lo había negado tajantemente.

Él afirmó con la cabeza antes de colocar delicadamente en sus manos las agujas y la lana amarilla, rozando con una caricia de su dedo la piel suave de su palma derecha.

Observó el mismo escalofrío en los brazos de ella, que recorrió a su piel cubierta por su ropa de trabajo.

—Te enviaré un mensaje para saber cuándo nos vemos.

—Sí.

Ella no alzó la cabeza mientras él se retiraba, ni siquiera cuando se detuvo en el marco de la puerta.

Y, sin importar aquello, él se sintió mejor que muchos días antes.


NA: Qué difícil capítulo para escribir.

Para que se hagan una idea de él, coloquen aquí al Naoki que se disculpa en medio de una cafetería, y justifican su comportamiento. Claro que tampoco es muy IC.

En fin, les dije que él haría las cosas a su modo, por eso el tejidito. Con Kotoko puede permitirse cosas como ésa.

De a poco se va a ir cerrando esta historia; díganme, ¿qué les falta por leer que les surgiera duda en los capítulos anteriores?

Besos, Karo.


Katia: Hola, me da mucho gusto. Espero no tardar en actualizar y que lo que pase sea de tu agrado. Quedarán juntos, porque si no me matan XD - Gracias por el comentario.

izabela: Hay que disfrutar a un Naoki diferente mientras podamos, je,je. Kotoko ya no es novedad, cuántas veces no lo quiso y no lo logró, qué lástima. ¡Oye! No te puedes morir todavía, o no leerás más en adelante ;) - Pero sí, es bueno que puedan aparecer aprendizajes de Kotoko. ¿De dónde viene mi inspiración? No hay secreto, de verdad, cualquier cosa me inspira. Veía a mi hermano, que es un desastre en la cocina, y pensé en una Kotoko que vaya a clases de cocina para aprender, y que el instructor sea Naoki, o que sea su pareja ahí porque en Pandai harán un juego de cocina y necesitaba verlo de primera mano. Ahora bien, el detalle es que mucho tiempo imagino y no escribo, solo pasan en mi cabeza y al tratar de redactarlo no le hago justicia.

No tardaré en actualizar, espero que no, y ya no quedan muchos capítulos. Estoy tratando de cerrar de todas partes para no dejar cabos sueltos. Si se te ocurre cualquier cosa, me dices. Ja,ja, del portugués es lo único que sé bien, muchas gracias y un abrazo.

caro: Ponte a hacer tu trabajo, ja,ja. Yo siempre me digo lo mismo, y ahí sigo. No hay que afligirnos. Qué bueno que te cayó bien la actualización, aunque es una pena por Kotoko, es muy triste cuando te deshaces de lo físico, porque en la mente perdura el recuerdo; quizá luego se va desvaneciendo.

Pues bien, ya Naoki sabe del no embarazo, pero no que solo sigue siendo el vecino. Has dado en el clavo, puede alejarse, solo que aquí imito lo de no quedarse tranquilo al saber que está con otro, como cuando Kin-chan. De no ser así, el camino tomado por él sería lo que tú dices, de dejarla en paz, como lo puse al comienzo. Fue un asunto que tuve que manejar con tacto, ya que no los voy a dejar separados. En fin, gracias por tus comentarios, me sirven mucho para analizar todo. Un abrazo fuerte.

Lizz asp: Hola, ¡qué maravilla! Es un gusto que disfrutes los aspectos de mi fic, y vaya, parece que no soy la única a la que Kotoko le trae recuerdos, aunque yo tardé más en deshacerme de cosas ja,ja. Todo a su debido tiempo, eh. Bien, aquí tienes otro capítulo y en el próximo te reirás un rato. Saludos para ti también :)