Capítulo 32
Kotoko cogió aire y llamó a la puerta de la oficina de Irie-kun, escuchando segundos después su voz en tono leve, indicándole que podía ingresar.
Antes de abrir, ella volvió a pensar en unas horas antes, cuando había visto un poco del alma de Irie-kun, al mismo tiempo que escuchaba a la suya. Al retirarse en silencio, se había quedado con su imagen pensativa, dándose cuenta de que él podía no tener las cosas tan claras como ella, y se había preguntado si ese podía ser su día a día, aunque aparentara lo contrario. Si tenía una rutina muy establecida, como la que le mandó Noriko-san, pues era preocupante; no disfrutaba la vida y hacía todo como una máquina. Además, si su vida carecía de sentimientos y emociones intensas, podía llevar una existencia vacía.
Y eso era muy triste.
No lo quería para nadie.
De repente la puerta se abrió y ella jadeó de la sorpresa, sonrojándose al notar que se había demorado mucho.
Lo vio poner los ojos en blanco y apartarse de ella, no sin antes notar que se había quitado el saco y la corbata; su camisa era gris y resaltaba el color de sus ojos.
—Toma asiento —invitó él—, ¿quieres beber algo?
—¿De dónde? —repuso buscando un frigorífico, ubicándose en el sillón con su material, que dejó a su costado.
—Iba a bajar a una máquina.
Movió las manos en el aire. —No es necesario, estoy bien.
—Iré de todas formas.
—Voy también, no quiero quedarme sola —musitó poniéndose en pie insegura, pensando en los rumores de que por las tardes solitarias algunos espíritus rondaban el edificio.
—Los fantasmas aparecen en la planta a la que vamos, no es la primera vez que me quedo tarde —afirmó él con mucha seriedad.
—¿De verdad! —Regresó a su asiento y saltó al sentir la punzada de una aguja. —¡Ay!
—¿Estás bien? —preguntó él acercándose a ella con presteza.
Ella se sonrojó. —Sí, yo solo, eh… ¿en esta oficina no hay fantasmas?
Naoki le otorgó una sonrisa ladina al ver que frotaba su costado, pero se encogió de hombros. —Me asedió el espíritu de una mujer, no sé si haya hombres —continuó bromeando sin dejar que su rostro lo delatara.
El color abandonó la cara de ella.
—Tal vez quieras acompañarme para que los espíritus no te encuentren sola. —Así no tenía que pedirle que lo hiciera.
Al ver su indecisión, él no pudo más y soltó una ligera carcajada.
Kotoko se puso roja, finalmente entendiendo que jugaba con ella. Lo que la desequilibró fue escuchar el sonido de su risa, que era grave y agradable a la vez, acariciando a la piel que se le erizaba en los brazos.
Asombrada, abrió la boca.
—¡Te has reído! —exclamó señalándolo.
¡Y había bromeado!
Naoki enarcó una ceja. —¿Qué no tengo permitido hacerlo? —preguntó, aun sabiendo que pocas veces lo hacía sin verse forzado.
Ella negó con la cabeza y volvió a levantarse de su lugar, cogiendo su bolso.
—Estamos perdiendo el tiempo —la escuchó farfullar él, y sonrió al darse la vuelta, porque era precisamente lo que estaba haciendo, alargando su momento juntos, de modo disimulado, solo que eso ella no lo sabía.
También esperaba llevarla a casa más tarde.
—No me burlaba de ti —dijo cuando esperaban el ascensor, con las manos en los bolsillos.
De brazos cruzados, ella lo miró con cara enfadada, que lo hizo sonreír de lado; lucía graciosa en esa actitud, con su estatura y su personalidad. Le era difícil creer su enojo, ni siquiera por el sábado respondió con furia.
—¿Entonces qué estabas haciendo? —cuestionó ella tras unos momentos, en tono curioso.
El ascensor se abrió en la planta y él salió sin responder, adelantándose a la máquina antes que ella, donde ingresó un billete de alta denominación para cubrir lo que ambos consumieran.
—¿Tú qué tomarás? —preguntó mientras presionaba por su bebida de cola.
—Una gaseosa de uva, pero no me has respondido —contestó ella revolviendo el contenido de su bolso, obviamente distraída.
Él sonrió para sí y se inclinó para recoger ambas latas, antes de buscar el vuelto.
—Toma. —Le entregó su gaseosa cuando Kotoko sacaba un billete en el aire, haciéndola abrir la boca sorprendida. —¿Quieres alguna golosina?
Ella negó lentamente.
—Regresemos.
—Tengo la cantidad exacta en mi monedero, lo buscaré ahora mismo —aseguró ella siguiéndolo.
—No te molestes.
—Eh, está bien. Gracias.
Naoki llamó el ascensor y las puertas de este se abrieron. Ingresaron al mismo tiempo y él presionó el botón de su piso.
—¿Por qué lo haces? —susurró Kotoko de un instante a otro.
—¿Qué cosa? —La observó a través del espejo en la cabina. Ella se mordía el labio inferior, con la cara llena de duda.
—Antes no eras así.
—¿Así cómo? —preguntó sabiendo exactamente a qué se refería. La encaró, haciéndola retroceder hasta la pared del elevador, con la mirada temblorosa y la lata abrazada a su pecho.
Kotoko tragó saliva, reprendiéndose por querer satisfacer su innata curiosidad en un pequeño espacio cerrado. Ahora, acorralándola y poniéndola nerviosa, intimidándola, él esperaba una explicación, sin darle oportunidad a usar correctamente su cerebro. (No que lo supiera, ¿o sí?)
Era la cercanía perfecta para que él hiciera caer su rostro y la besara, con su aroma varonil intoxicándola y sus ojos brillantes hipnotizándola.
Y no sabía si estaba preparada para un beso.
El sonido del timbre la salvó de responderse; escapó cuando las puertas se abrieron, adelantándose a la oficina con el corazón acelerado, tratando de que su mente trabajara de nuevo.
Detrás, saliendo antes de que el compartimiento se cerrara, Naoki resopló con su nariz y abrió con animosidad su lata, reprimiendo la frustración que le atenazaba.
Todavía era pronto para eso, aunque por un instante había olvidado las advertencias de su conciencia de obtener su confianza primero.
Llegó a su oficina, donde ella se encontraba sentada, dando sorbos pequeños a su bebida.
Se decidió a no mencionar el asunto anterior y caminó hasta sentarse a un lado de ella, con el material de tejido en medio de los dos. Observó la lana, las agujas y hasta un ganchillo, idénticos a los dos vídeos que ella le había enviado.
Suspiró. Se sentía ridículo haciendo algo que él consideraba afeminado y que le traía malos recuerdos, que era extremadamente humillante, pero al saber de su frustración y falta de ánimos por no poder hacerlo, hacía un sacrificio.
Tenía que significar algo para ella.
—¿Estás lista?
Ella asintió.
—Primero necesito ver qué sabes hacer, para comenzar a partir de ahí.
—Sí —concordó Kotoko, cogiendo un ganchillo y un poco del hilo para imitar lo que había visto en un tutorial.
Seguía sintiendo curiosidad por el hecho de que él se portara amigable con ella, sobre todo para tener una explicación lógica después de su historial indiferente, pero el tejido era más importante y su verdadero objetivo.
Empezó a enredar el hilo en sus dedos y en el ganchillo, consiguiendo dos nudos en cada uno de ellos y no en el hilo. Entonces notó que había olvidado las tijeras en la mesa de su habitación.
Se sonrojó y lo miró de soslayo, incapaz de decirle que se había atrapado.
Él se puso en pie y caminó a lo que suponía era el baño, de donde regresó a los pocos segundos con una tijera y los ojos brillantes. Así fue como se le ocurrió que él no mostraba muchas emociones, menos en su cara, pero sus ojos podían dejarle ver lo que sentía. Si no se equivocaba, toda su gracia se reflejaba en ellos.
Bajó la mirada a su regazo y aceptó que él le cogiera la muñeca para acercar su mano izquierda.
Le recorrió un escalofrío en la columna al sentir su dedo cálido sobre el suyo, mientras la punta de la tijera se deslizaba en la piel de su índice. Tembló al pensar que la lastimase por accidente.
Contuvo el aire y cerró los ojos cuando escuchó el clic de la tijera cortando, a lo que siguió la ligereza de su índice.
Él repitió su acción con su dedo medio, con la misma lentitud que antes, pero esa vez espió su cara, que lucía concentrada. Se encontró cautivada por la calma en su expresión, casi con el impulso de llevar su mano derecha a su rostro para corroborar que era real.
Su mano izquierda cayó sobre la rodilla de Irie-kun cuando este le soltó para coger el ganchillo. Ella se sonrojó y se apartó de golpe, siendo sostenida por él para evitar que cayera al suelo.
—Siempre te metes en accidentes, ¿verdad? —musitó él desenredando el hilo en el ganchillo. —Eres la única persona a la que pasa eso, nunca había visto que nadie quedara bajo una torre de higiénicos, o escuchado que sacara cien copias en lugar de una, mientras se inclinaba a recoger un papel y se apoyaba en la máquina.
El calor en su rostro aumentó, sabiendo que esas solo eran dos cosas de entre las muchas que le habían ocurrido.
—Tengo curiosidad de lo que pasará en tu futuro.
Sus hombros cayeron, abochornada.
—Pero me siento ansioso de estar ahí para verlo —terminó él con tono agradable.
La respiración se le aceleró. ¿Quería permanecer cerca de ella? ¿Acaso había sido eso una confesión?
¿Y ella deseaba saber sus sentimientos?
Naoki reparó en la expresión de Kotoko y empezó a tejer para ocuparse mientras se sinceraba, algo que le había nacido hacer para mostrarle que le interesaba lo que pasaba con ella y que no quería mantenerla a distancia. Era de lo único que podía sostenerse en ese momento, hasta que ella confiara en él.
—Al principio detestaba tu presencia porque me parecías un problema para la empresa, para mí, pero me he dado cuenta que la vida viene con lo bueno y lo malo, y que debemos afrontar los problemas en lugar de huir de ellos.
—¿Estás diciendo que soy un problema?
—Lo representabas —admitió.
—¿Era un problema porque estaba interesada en ti?
—¿Ya no lo estás? —preguntó en su lugar, cruzando sus miradas. Al menos le había quedado claro que, en el pasado, ella suspiraba por él.
—Yo… eh… yo pregunté primero.
Se rió entre dientes.
—Pensaba que estabas ahí para arruinar mi existencia, pero haces mi vida más interesante y no deseo evitarte.
—Me odiabas —manifestó ella con un suspiro comprensivo.
—No, nunca te he odiado, Kotoko, solo no entendía tu efecto. ¿Tú me odias ahora?
Ella agitó la cabeza enfáticamente.
—¿Y ya no estás interesada en mí?
Esperó con gran anticipación su negativa, apretando las agujas en sus manos.
—Eso no importa, porque…
Una de sus canciones favoritas interrumpió a Kotoko, que estaba por decir que no importaba, pues ya sabía que él no estaba enamorado de ella y tenía una explicación para su cambio repentino.
Ella hacía su vida más interesante.
(En una existencia simple y llana, su vitalidad la animaba.)
Tras unos segundos de buscar, ella encontró su móvil en el bolso y lo sacó. —Moshi, moshi.
—¡Voy a casarme! —Se apartó momentáneamente el móvil de la oreja, aturdida.
Jadeó. —¡Satomi! ¿Queeeé! ¿Vas a casarte!
—¡Siiiií! ¡Ryo me lo pidió hoy!
Naoki apretó los dientes escuchando la conversación animada entre Kotoko y su amiga, maldiciendo la oportuna intervención de la futura madre, quien ya dos veces se había interpuesto entre ellos.
(No importaba si la primera era su malinterpretación.)
Aunque, pensándolo mejor, ¿qué iba a decirle si ella expresaba que ya no estaba interesada en él? Además de que le escocería, no era de los que manifestaba en voz alta sus intenciones, sino que actuaba y después, si era necesario, daba una "explicación".
Tenía que actuar con prudencia con Kotoko, porque no quería perderla.
O, si su respuesta era la que quería, podía simplemente besarla.
—¿Van a celebrar? ¡Genial! Pero nada de tomar alcohol, ya sabes lo que dicen tu doctora y Kamogari-kun, hay que hacer caso a los que saben.
Él frunció el ceño, sospechando quién era el tal Kamogari (de la vez frente al restaurante del padre). Por supuesto que lo sacaría a colación en cualquier momento, arruinando su humor. Ahora solo se le ocurría besarla para que en su mente todos sus pensamientos se dirigieran a él, pero si lo hacía, esa extraña emoción que lo atenazaba en su cuerpo le haría cometer una estupidez más.
—Sí, pásalo muy bien, Satomi. Me siento muy feliz por ti.
Kotoko colgó con una sonrisa.
—Felicidades a tu amiga —dijo él entre dientes. Ella asintió; en su rostro había una expresión luminosa que le infundió calma.
—Espero que sean muy felices, me gusta que los demás lo sean.
Muy encomiable de su parte. A él le traía sin cuidado aquello, con excepción de una persona.
—¿Y tú?
Kotoko se quedó sin aire ante la pregunta. Era cierto, muy pocas veces se lo cuestionaba; pensaba que lo sería, pero nunca en lo que implicaba lograrlo… Parecía muy sencillo decir que se buscaba ser feliz, pero no si lo eras y qué hacer para sentirte de ese modo.
—¿Soy feliz ahora mismo? —musitó fuera de su cabeza.
En todo su objetivo, no se había detenido a pensar en su felicidad. Simplemente asumía que lo sería con su libro y valorándose a sí misma. ¿Realmente estaría satisfecha con ello? ¿Se sonreiría en el espejo sabiendo que era sincera?
En el fondo de su alma, se respondió que no. Estaría bien cumpliendo sus metas, pero se conocía lo suficiente para reconocer que no le bastaría a ella. Millones de personas podían vivir solas y felices, plenas con sus logros, sin una compañía romántica con ellas, pero Kotoko Aihara no. Tener una pareja y una familia eran sus ilusiones de felicidad desde pequeña, concebidas en medio de sus circunstancias solitarias.
Y no sería enteramente plena hasta alcanzar todo lo que quería. Consiguiendo su libro y un futuro profesional, ella sentiría que le faltaría algo.
Solo que primero necesitaba su triunfo personal para tener lo demás.
Pero esa no era la pregunta que se había hecho. ¿Era feliz en ese momento?
Tal vez no por completo…
—Kotoko.
Parpadeó repetidamente, para darse cuenta que él parecía preocupado, observando su rostro.
Naoki había visto su indecisión y no quería pensar que había arruinado sus ánimos con su pregunta. Él podía decir para sí, rápidamente, que no era feliz, pero ella, ni pensándolo, llegaba a una respuesta clara.
—Quiero ser feliz —manifestó ella con firme resolución.
En su interior, él se dijo que lo garantizaría.
—Presta atención —pidió, porque sabía que hacer eso contribuiría a la tarea.
Una persona no podía ser tan mala en algo, aun si lo intentaba múltiples veces.
Al menos, eso era lo que se decía Naoki dos horas más tarde, observando la expresión contrita de Kotoko.
La pelirroja apenas había conseguido formar una cadena pequeña, pero no avanzaban en la dirección deseada y él no podía hallarse más anonadado al respecto. Era increíble que consiguiera fallar del modo en que era imposible hacerlo. No dejaba de sorprenderle.
Pero había algo en su expresión que denotaba su empeño de seguir intentando hasta lograrlo, lo que haría de un modo u otro. En eso parecía diferente a todas las personas, él inclusive. Era un rasgo que la destacaba entre miles de individuos.
—Ya basta por hoy, o no saldremos de aquí. —Naoki trató de utilizar el mayor tacto posible, pero falló terriblemente, porque Kotoko bajó la cabeza.
Suspiró. A ese ritmo, le tomaría años hacerse con ella.
—¿Tienes hambre? —preguntó mientras ella recogía sus pertenencias.
Kotoko interrumpió lo que hacía y le miró confundida. Él, de ser otra mujer y con su habitual carácter, le habría dicho que no se hiciera ideas, pero permaneció callado, esperando el veredicto de ella. Por supuesto que insinuaba que cenara con él, no habría que ser un genio para darse cuenta.
—Iré al restaurante de papá.
Eso no le resolvía nada, pensó con sarcasmo.
—Termina de recoger tus cosas.
Ella asintió; entretanto, él fue por su saco y corbata, que había dejado en el respaldo de su silla.
Al tiempo que los cogía, escuchó el sonido de la puerta al abrirse, y vio que ella se escabullía de su oficina.
—¡Kotoko! —la llamó, a lo que siguió un exabrupto suyo.
Cogió su maletín con premura, maldiciendo la momentánea distracción. Se apresuró a la puerta y apagó las luces. Seguramente ella rehuía de él como la peste, pensando que le había hecho la pregunta por mera educación, sin verdaderos deseos de su compañía, y luego la había apurado para que desapareciera de su presencia.
La vio cuando iba a entrar al ascensor.
—¡Kotoko! —repitió, para que se detuviera —y no lo hizo—. De todos modos, no ralentizó el paso.
Pero las leyes de la física se pusieron en su contra, cuando el ascensor se cerró antes de que llegara.
Suspirando, pulsó el botón para llamar a otro, en el que permaneció moviendo el pie de impaciencia.
Para cuando hubo llegado al vestíbulo, ella se había desvanecido.
Resoplando, empuñó su mano libre y regresó al elevador para descender al subterráneo. Kotoko, escondida detrás de uno de los sillones de recepción, alcanzó a verlo y se llevó una mano a su corazón palpitante, que saltaba como un caballo de carreras.
Estaba sorprendida con su propia reacción, aunque tal vez su instinto de conservación se había activado por algún motivo. Le entusiasmaba que él quisiera pasar tiempo con ella, de verdad, pero era muy pronto para su corazón; hacía apenas seis días que recibió el golpe, y por mucho que clamara por él, seguía un poco sentida.
Tampoco la idea de estar en un restaurante con él era muy buena. Si hubiese sido otra cosa, probablemente no habría querido huir de ese modo.
Sinceramente, no sabía por qué actuó así, mas era consciente de que no iría donde su padre, pues, quizá, Irie-kun se dirigiría al sitio.
Y ahora necesitaba pensar.
¡Kotoko!
Avanzó hacia la salida formando una pequeña sonrisa en su cara, reflejo de la emoción que la inundó por dentro. Repitió en su mente la voz de él nombrándola; no había sido desesperación en su tono, sino una firmeza de que conseguiría lo que se proponía, como si no existiera otra opción, porque así lo quería.
Él estaba seguro de alcanzarla, no de otra forma. Estaba pidiendo lo que deseaba tener, que era ella, probablemente por esa vitalidad que le traía a su vida. No se le había ocurrido que escapaba de él porque no quería tenerlo cerca, solo se movía para llegar hasta ella, y llamarla para darle la oportunidad de detenerse, regresarse y esperarlo.
Pero ella no lo hizo.
No se detuvo, no regresó y no le esperó.
Emocionada, abrazó su bolso a su pecho; acababa de descubrir que sí podía ser inmune a su encanto. No había sucumbido a pasar más tiempo del necesario con él. Y su corazón no estaba sufriendo, sabía que necesitaba el sentirse fuerte, a pesar de ser deseada por Irie-kun y ella estar enamorada.
Necesitaba saber que era fuerte mucho más que estar a su lado.
Era parte de su crecimiento personal.
Cuando Naoki había entrado al restaurante Shige, notó inmediatamente la ausencia de Kotoko en las mesas, y estuvo a punto de dar media vuelta. Sin embargo, la posibilidad de que ella estuviese en la cocina, o todavía por llegar, le dijeron que esperara.
Un minuto después, consideró que no debía presionar mucho; tenía que guardar paciencia. Sabía que el vecino estaba de por medio, así que habría de ser más inteligente.
Sin nada más qué hacer, y con hambre, se quedó en el restaurante, tomando el asiento de la esquina de la barra.
Mientras le atendían, observó que el lugar empezaba a llenarse, comprobando así el éxito que había tenido el sueño de su oji-san. Tanto él, como su padre, habían logrado hacer algo importante de lo que les gustaba, por lo que se preguntaba si podría imitarles.
Ellos debieron "seguir su corazón", como Kotoko puso en palabras. El problema con él era que, a excepción de ella, nunca había escuchado a su corazón, menos sabría seguirlo.
Cerró los ojos. Su vida estaba descontrolada y desordenada, por lo menos en su interior. Era tan ridículo que tuviera esa clase de problemas existenciales a esa edad, cuando supuestamente ya tenía todo resuelto.
—Lamento la demora. Buenas noches, Naoki-kun.
Elevó la vista de sus manos entrelazadas sobre la barra y asintió al padre de Kotoko, que colocaba la carta frente a él.
—Buenas noches, oji-san.
—¿Una ardua jornada de trabajo? —preguntó el chef con una expresión afable, que le recordó a su hija, a quien él había herido una semana antes.
Le dio una punzada de vergüenza tener la amabilidad de ese hombre, otra vez, después de haber acudido a él el lunes, mientras buscaba a Kotoko. Como padre, confiar en la persona que había hecho mal a su progenie no debía ser grato.
Esperaba que nunca supiera lo que hizo.
—Me quedé un tiempo con Kotoko para ayudarla.
—¿Con su libro? —Claramente, el padre no encontraba razón para que ayudara a una mensajera, pero Naoki no sabía de qué hablaba.
—¿Libro?
—El que está escribiendo.
—No —musitó desconcertado—, otra cosa, para su amiga embarazada.
El mayor sonrió. —No me extraña. Kotoko siempre ha sido así, a pesar de sus tropiezos.
Naoki rió en voz baja, asintiendo. Del tiempo que la conocía, siempre le había caracterizado lo último, pero recientemente descubría su otra naturaleza bondadosa. Por algo los empleados de Pandai la querían; además, el trío de artistas debía haber sacado la información de alguna parte.
Se preguntó de qué sería su libro.
—Tenía la impresión que no eran amigos —comentó el padre de ella, provocándole un suspiro. —Así que te agradezco haberla ayudado, espero que no causara problemas.
Negó, esbozando una sonrisa educada. Era la segunda vez en el día que se hacía referencia a ella como tal, y más se daba cuenta de lo equivocado que había estado. —No siempre decimos lo que sentimos —murmuró.
—Entonces me alegra que estén en buenos términos. Regreso en unos momentos por tu orden, ¿qué te gustaría beber?
—Con agua está bien, gracias.
—Muy bien.
Naoki sabía que no necesitaba ver el menú, así que solo se quedó unos minutos con la mente preguntándose si debía esperar hasta el lunes para abordar a Kotoko, o el fin de semana saciar su intriga respecto a no esperarle y poder pasar más tiempo con ella.
Sin llegar a una conclusión, durante unos segundos observó a través de la cortina a su oji-san, que contemplaba la cocina de Ikezawa con suma concentración, una expresión que muchas veces compartían su padre, su madre, compañeros de universidad, de trabajo… y hasta su hermano.
Haciendo lo que les apasionaba conseguían tener ese rostro. Sabía que no era su caso; al menos, no había sentido fuertes emociones en el tiempo que llevaba en la empresa de su padre, y no porque su mente se opusiera. Simplemente no conseguía dar mucho de sí para llevar a cabo las tareas.
¿Así iba a pasar el resto de su vida?
¿O se arriesgaría?
—Aquí tienes tu agua, Naoki-kun.
Dio un ligero respingo y asintió en agradecimiento. Bebió un sorbo para humedecer su boca.
—Usted… oji-san, ¿cómo supo que quería dedicar su vida a un restaurante?
El mejor amigo de su padre parpadeó asombrado, pero hubo algo en su mirada que cambió tras unos segundos.
—¿Sabes, Naoki-kun? Lo supe cuando sentí ilusión por un arroz. Era diferente al que cocinaba mi madre y mi abuela, de todos los que cocinaban en Saga. Y era exquisito. No era a lo que estaba acostumbrado, ni mejor ni peor, y era arroz, pero me concentré en cómo podía ser distinto, si era arroz. Así comenzó mi deseo de experimentar por mí mismo los tipos de arroz. Entonces comencé a cocinar, a soñar con un restaurante y a trabajar día a día para conseguirlo. No fue fácil, yo no era nadie, y mi familia se había dedicado toda la vida a las mandarinas, no al arroz.
Y, aun así, lo intentó.
—Sospecho por qué puedes hacer esa pregunta, Naoki-kun. Todas las personas somos diferentes, y como le he dicho a Kotoko, me emocionaba poder dejar mi restaurante a mi hija, pero si no es lo que sabe hacer, ni lo que quiere, prefiero que pase su vida feliz, haciendo lo que le gusta, que lo contrario. Y un padre que ame a sus hijos, al final llegará a la misma conclusión.
Descendió la mirada a la mesa, absorto en las palabras del padre de Kotoko. Desconocía cómo había llegado a la conclusión correcta, pero lo que había dicho era provechoso para su dilema.
—Creo que me he extendido mucho, Naoki-kun. ¿Ya te has decidido por qué pedir?
Señaló una imagen de la carta, sin gran interés.
Esa era una decisión mucho más sencilla que la que rondaba su cabeza.
NA: ¡Vamos Kotoko!
¿Ven la escena revertida? Aunque tengo que darle un poco de crédito a Naoki porque a veces no era tan indiferente a que ella lo seguía... pero es una alegría que Kotoko le devuelva una cucharada de su propia medicina (incluso si en este universo él no ha hecho nada por el estilo). Y ya sé que Naoki no la seguiría de ese modo, pero también tiene que ver que le desobedeciera, ja,ja.
En fin, de muchos modos que ponía que Shigeo pensaba en una conversación con su amigo, para que sepa qué decirle a Naoki, pues no iban mucho al caso, por si se preguntan el motivo del chef para saber qué quería escuchar Irie. El pobre genio no sabe que debe pasarse por una crisis existencial, aun si ya has hecho las cosas que tenías planeadas.
Gracias por leer.
Un fuerte abrazo, Karo.
Caro: Ja,ja, los del club de anime no podían quedar fuera, porque sus acciones siempre molestan a Naoki. Me encanta cuando, después de casados, le llevan el juego y él ve a "su esposa" en poca ropa. Me divierte tanto fastidiarlo. Y llevas la razón, Kotoko tiene una visión tan positiva de la vida, que aunque todo le salga mal, va a tener motivos para sonreír. Me de gusto que el capítulo fuera de tu agrado. Besos.
caro: Ohhh a reflexion de kotoko me ha gustado mucho .. amarse a si mismo despues al resto... me imagino entraran en una relacion de amistad hasta que se sintonicen y puedan ser pareja
