Capítulo 33
Con ojos entrecerrados, Naoki miró su reloj y pulsó el botón del ascensor.
Nunca llegaba tarde.
No formaba parte de su naturaleza, al ser demasiado previsor y concienzudo. Pero siempre había una primera vez. Y le había tocado.
Era incapaz de culpar al tráfico o a la alarma, pues eran como todos los días. Más bien se trataba de su cabeza, que le había impedido concentrarse en lo que pasaba a su alrededor ese lunes, como resultado de los sucesos recientes.
Quizá hasta era un poco de desidia por el trabajo de su padre, tras estar pensando mucho en su futuro.
Independientemente de ello, llegaba tarde, y lo sabía; aunque no le importaba. En realidad, no se podía preocupar por lo que no tenía arreglo y, de todos modos, su trabajo lo podía hacer en la mitad de la jornada laboral.
Era práctico al respecto.
Deseaba que así de rápido pudiera tomar la decisión que eclipsaba su mente y que afectaba sus acciones. Sin embargo, sabía que se trataba de su vida profesional y no debía de ser sencillo, menos cuando supuestamente ya tenía forjado su rumbo.
Por eso, en el término de la adolescencia no lo pensó; solo que entonces no tenía su algo, que ahora le llevaba a analizar, debatir y explorar, hasta llegar tarde o temprano a una respuesta, con repercusiones grandes para él y sus seres cercanos.
El anuncio del elevador en el subterráneo le abstrajo de sus pensamientos. Suspiró al ingresar a él. En algún momento tenía que hacer una pausa; el problema residía en que, cuando no pensaba en eso, su mente se dirigía a Kotoko, como una mala broma de su cerebro.
Y como si las circunstancias se pusieran en su contra —o a su favor—, cuando el ascensor, por algún motivo, se abrió en el primer piso del edificio, la vio corriendo hacia él, como si lo hiciera hacia sus brazos.
Poniendo los ojos en blanco por su pensamiento, metió la mano para impedir que la puerta se cerrara, y que así los dos ocuparan el compartimiento juntos. Seguramente quien oprimió el botón se subió a otro ascensor, o ya no quiso ocuparlo.
—Gracias, gracias —dijo ella, sin alzar la vista, y seguramente no se había dado cuenta de su identidad. —Voy tarde.
—Eso veo —comentó él, observando divertido que su respiración agitada se detenía con un jadeo.
—¡Irie… eh… —titubeó ella, boquiabierta.
—El kun está bien, ya lo has usado antes. El viernes incluso no te diste cuenta —apuntó con sarcasmo.
—¿Lo hice? Lo siento, yo, eh, buenos días, Irie-kun.
—Podrías usar mi nombre —aseveró, apoyándose en la pared con languidez. —Te fuiste sin despedirte —agregó, con una ceja en alto.
Ella se puso de color escarlata y se balanceó sobre sus pies.
—Esto… yo…
—Fui al restaurante de tu padre.
—¿A buscarme! —pronunció ella con clara sorpresa.
—¿Por quién, si no? —inquirió, esperando que su rostro delatara sus pensamientos. Al quedarse ella en blanco, prosiguió—: ¿O no estaba permitido? Estos ascensores pueden detenerse.
Kotoko entendió su insinuación y se puso nerviosa; había tenido el fin de semana para buscar una excusa, con la que su capacidad de delatarse al mentir no la traicionara. Había llegado a la conclusión de evitarlo hasta la siguiente clase, de modo que él lo dejara pasar, pero no iba a funcionar.
Y, recordó… él tenía memoria fotográfica.
Casi se golpeó la cabeza.
—Yo no… Digo, sí, sí estaba permitido, no es que no quisiera verte, ni nada de eso. Ya me habías dado una clase, no había que molestarte más —divagó, y agradeció que el timbre sonara.
Tan rápido como las puertas se abrieron, salió como bala y se golpeó con un cuerpo delgado que perdió la gravedad con ella.
Automáticamente cerró los ojos.
—¡Ahh! —exclamó Watanabe cuando cayó de espaldas a la alfombra, rodeando el cuerpo menudo, pero con mucha fuerza, que le había hecho perder el equilibrio y el aire.
—Oh —susurró una voz conocida y suspiró, tomándose unos segundos antes de moverse, disfrutando de la única cercanía que podía tener con Aihara Kotoko.
Naoki, testigo de la escena, sintió una molestia en el pecho, sobre todo porque había sido su amigo quien la protegió, en lugar de él. Además, la imagen de ella con los brazos de Watanabe rodeándole no abandonaría su cabeza, incluso si la vio los cinco segundos que le tomó cogerla de la cintura y devolver sus pequeños pies a la tierra.
—¿Watanabe? —preguntó gravemente.
El rubio abrió los ojos y se encontró con los dos jóvenes, su amigo ceñudo. —Estoy bien, recuperaba mi aire —explicó, ante la posibilidad de que Irie tomara represalias en su contra. Era la segunda vez que estaba en problemas.
Se incorporó, mirando subrepticiamente las manos de su amigo en la cintura de Aihara. Sonrió divertido; si lo hacía con afán posesivo o no, le daba una buena advertencia.
—Lo la-lamento, Watanabe-san.
—No te preocupes, Aihara —dijo con relativa calma. —Ten más cuidado.
Ella asintió con el cuerpo tembloroso y sonrojado, y a él no le quedó más que rodear a los dos e ingresar al ascensor vacío, que cerró sus puertas cuando los otros aún permanecían pegados. Ya en solitario, se aflojó la corbata, sintiendo alivio de no haberse enfrentado a la ira de su amigo.
Por su parte, para recuperar la tranquilidad, a Naoki le hicieron falta dos respiraciones profundas y mantener a Kotoko cerca. Ni le importaba que pudieran presenciarles. Había necesitado toda su contención para no decir ningún comentario inoportuno o hacer una cosa de la que se arrepintiera. Watanabe no sentía especial interés por Kotoko y no tenía por qué actuar desagradable.
Se daba cuenta que tenía un problema, porque cada vez que veía a otro interesado en ella su cabeza se calentaba y no pensaba con claridad, y al hablar o actuar hacía cosas de las que se avergonzaba después. Y cuando era una actitud con matiz más inocente, como con Watanabe, tampoco se sentía a gusto.
No era razonable, tenía que ser pura emoción. La lógica nunca le había fallado, y los sentimientos sí.
—No molestas —musitó soltándola a regañadientes.
—¿Eh?
—No me gusta repetir lo que digo. Si no quisiera alguna cosa, sería tajante en mi negativa al respecto.
—¿De qué… hablas? —le preguntó Kotoko girándose, toda sonrojada.
Él le contempló el rostro detenidamente, sintiendo los indicios de satisfacción al darse cuenta lo que había ocasionado su contacto.
Ella no le era tan indiferente como pensaba.
Se llenó de fuerzas.
Contento, sonrió taimadamente y se inclinó a recoger su maletín caído.
—¿Irie-kun? No te entiendo.
—Pero yo sí —repuso, llamando al ascensor y pensando que ahora nada le libraría de hacer que ella le escogiera.
Un par de días después, a más de media tarde, comenzaron las lluvias oficiales de la temporada.
El aire se llenó del habitual olor a pasto y humedad, junto a la combinación de asfalto bañado por agua; y el panorama se adornó de los paraguas de diversos diseños y tamaños, que la gente precavida utilizaba para resguardarse.
Naoki, mirando distraído por la ventana, se preguntó si Kotoko cargaría un paraguas con ella. Naturalmente, él tenía uno consigo, a pesar de su vehículo; habían anunciado el pronóstico meteorológico y alguien cauto consideraría portarlo.
Ahora bien, era probable que ella no.
Soltó una risa breve y calló al escuchar que alguien llamaba a la puerta.
—Adelante —dijo al tiempo que se volvía al escritorio y se sentaba.
Su cuerpo se enderezó al ver que era su hermano, con rostro preocupado.
—Yuuki, ¿qué haces aquí? ¿Pasó algo en casa?
Su hermano negó y llegó hasta uno de los asientos frente a él.
—No puedo seguir más con la duda. ¿Te vestías como niña?
De la sorpresa, él abrió los ojos de par en par. ¿Yuuki acababa decir lo que creía? ¿Vestir como…
Furioso, apretó la mandíbula… su madre había roto su promesa.
—Entonces es verdad —suspiró Yuuki—, ¿acaso tú… —continuó, removiéndose incómodo.
—¿Quién te lo dijo? —farfulló Naoki, con ganas de golpear algo.
—Nadie, escuché a mamá hablando con Kotoko, diciendo que le mostró tus fotografías vestido como niña.
—Debes dejar esa costumbre de escuchar tras las puertas —dijo, sintiéndose hipócrita. Le consoló saber que su madre no lo había traicionado.
—¿Por qué vestías como niña? —susurró su hermano.
Naoki se llevó los dedos al puente de su nariz y con lentitud procedió a contarle superficialmente, incómodo y molesto por tener que abordar el asunto más desagradable de su vida. Nunca habría deseado que Yuuki tuviera conocimiento de su bochorno, ni siquiera cuando contara con la suficiente madurez para no eliminar el respeto que sentía por él.
—No sé qué decir, onii-chan —musitó su hermano después de que finalizara. —Lo siento por lo que te hizo padecer cuando yo nací. Ahora comprendo todas esas veces que tú nos acompañabas a ella y a mí a comprar mi ropa.
—Tú no tienes ninguna culpa, otouto.
—Lo sé, pero tuvo que ser una carga para ti. —Yuuki se mesó los cabellos. —Y me siento peor al saber que mamá me chantajeó para no decirte nada de que quería emparejarte con Kotoko-san. No se merece mi palabra en tu contra después de saberlo.
—¿A qué te refieres?
—Escuché a papá y mamá hablando de ti y ella, y me hizo prometer que guardaría el secreto sobre sus intentos de acercarlos; además, si les daba mi apoyo o no interfería, tendría año y medio libre de que me emparejara con alguien.
Su madre era increíble.
Resopló. —Entiendo por qué aceptaras, yo habría hecho lo mismo en tu lugar. Y ella habría encontrado la manera de que yo no me enterara.
Yuuki suspiró de alivio.
—De todas maneras, perdón por mi papel en todo el asunto.
—No lo tomes en cuenta.
Su hermano se movió incómodo. —Creo que, por un lado, la intervención de mamá ayudó, pero, por otro, también lo arruinó. Todos nosotros… estuvimos en el restaurante.
Naoki se congeló.
—Sé que mamá es responsable por la confusión. —No de la respuesta de él. —Y puedo ayudar para que Kotoko-san no se aleje de ti, como manifestó a mamá que haría.
—¿Eso dijo? —murmuró el mayor, con rostro pensativo.
Yuuki se preguntó si sería prudente decirle que su madre trataba de convencer a Kotoko de darle una oportunidad, pero que ésta no se decidía. Era poco alentador.
—Sí, me pareció que en sus razones dijo que no te interesabas en ella, pero, a ti te gusta Kotoko-san, ¿verdad?
—¿Y el vecino? —preguntó Naoki, ceñudo, ignorando su afirmación, pero respondiéndola a la vez.
—¿Qué vecino? —replicó Yuuki.
A Naoki se le hizo extraño que no supiera de su existencia, o que su madre no hiciera alusión a él, si lo conocía. Tampoco que mencionara una relación entre los dos. ¿Sería muy reciente o un secreto que él, por accidente, había descubierto?
Trató de borrar de su cabeza la imagen de Kotoko en los brazos del pelilargo.
—¿Quieres que lo averigüe con mamá, onii-chan?
Negó, para entonces ya debería saberlo. Hablaba de la informalidad de la relación y su oportunidad de abrirle a ella los ojos sobre con quién estar.
—¿Qué vas a hacer respecto a Kotoko-san? —cuestionó su hermano tras unos segundos callado.
Lo miró silenciosamente; no le apetecía profundizar de sus sentimientos. No obstante, Yuuki parecía comprenderlo.
Al menos, sus acciones mientras crecían habían conseguido que fuese más consciente de los demás.
—Yo no sé mucho de chicas —manifestó el menor con una pequeña sonrisa—, pero a ellas les gusta que los hombres tengan detalles… y… después de lo que pasó, querrá un gesto significativo para no alejarse definitivamente. Tengo amigos serios que lo hacen y no pierden el estilo.
Puso los ojos en blanco, aunque asintió.
—Me gusta Kotoko-san para ti, onii-chan. Y no hay nadie mejor que tú.
Esa confianza en él le enorgulleció, aunque sabía que distaba mucho de merecerla por completo.
Observó a Yuuki unos segundos. ¿En qué momento creció así de rápido? ¿Cuándo había dejado de seguirlo e imitarlo, para ser su propia persona, y hasta más sabio que él en lo que realmente importaba? ¿Cuándo fue que dejó de aprender a él, para enseñarle?
Tal vez, si su propia infancia no hubiese estado marcada, él habría permitido la influencia de sus padres y sería mejor persona. Con Yuuki, habían hecho un buen trabajo.
—Gracias por contármelo, onii-chan. Me voy a casa.
—¿Quieres que te lleve?
Yuuki puso una expresión traviesa en su rostro. —Tengo paraguas… pero puede que alguien no.
Dicho eso, el pequeño Irie salió de la oficina, no sin antes provocar una carcajada en Naoki.
Kotoko casi pegó la frente en la ventana, para mirar las gotas de agua y luego a las nubes, deseando que la lluvia parara unos momentos y tuviera oportunidad de llegar seca a la estación del metro. De lo contrario, terminaría empapada… no haría uso de taxi, pues sería como premiarse por olvidarse de revisar el pronóstico del tiempo y no tener el sentido común de guardar protección cuando sabía que se acercaba la temporada de lluvias.
Desalentada, ella suspiró, y el aire caliente empañó el cristal. Al instante, casi sin darse cuenta, dibujó con su índice un corazón con las iniciales de Irie-kun, como había escrito miles de veces a lo largo de nueve años.
Era una expresión de sus emociones más profundas, que habían recibido una inyección de adrenalina el día que él le había permitido llamarlo por su nombre, cuando también la había cogido de la cintura, moviendo sus pulgares delicadamente en su espalda, y hasta dicho que no le molestaba —aun si no había entendido todo—.
Pero solo eran sus sentimientos provocándole alegría, porque en ese momento no buscaba nada más con él. No estaba centrada en lo que pudiera ocurrir entre ellos, para su propia sorpresa. En el presente, no lo tenía en cuenta, ni por mucho que las acciones de él le orillaran hacia las afirmaciones de su oba-san.
(Claro que podía emocionarse, mas no le estaba alentando. Ella solo hacía su vida.)
El corazón se borró al quitarse lo empañado en la ventana, aunque la pelirroja no le prestó atención, todavía observando la lluvia caer; no obstante, lo que sí distinguió fue una silueta en el cristal, que aceleró sus latidos.
Se volvió con rapidez y sonrió ligeramente al castaño, parado a un costado de los sillones de recepción, observándola.
—Pronosticaron que la lluvia cesaría hasta la noche —le informó él. Ella gimió sonoramente, pensando en su mala suerte.
Naoki sonrió de costado, divertido, y se dio la vuelta. Después de un segundo, la miró sobre su hombro.
—Sígueme —dijo tranquilamente. En su mente, tenía las palabras de su hermano y agradecía lo olvidadiza que era ella.
Avanzó hacia el ascensor, esperando que siguiera su indicación.
—¿Qué te siga? —articuló acelerada Kotoko y él escuchó sus pasos resonando en las losetas. —¿A las oficinas?
—Al subterráneo.
—¿Cómo?
Nuevamente miró sobre su hombro, hacia sus espaldas. A varios pasos de él, Kotoko lo miraba ojiabierta.
—¿No quieres ir a casa? —inquirió con una ceja en alto.
—Sí, pero… Irie-kun, no te queda de paso… —Kotoko se mordió el labio inferior, dudosa; a la vez, sentía la vena palpitante de su garganta, y la mente extasiada por su ofrecimiento. Estaba bastante halagada y contenta porque actuara amable con ella…
Se preguntó si lo hacía para enmendar sus palabras del restaurante, o por ese otro asunto. El que fuese por una cosa, o por otra, era lo de menos, pero era bueno, le hacía verlo con una nueva luz.
(Sin lugar a dudas, contribuía a que siguiera enamorada de él… Para bien o para mal.)
—No te retrases. —Lo vio llamar el ascensor, que se abrió rápidamente, sin darle mucha oportunidad para pensarlo con detenimiento.
Él entró con paso ligero y se colocó de frente a las puertas; presumía de un rostro impasible, pero Kotoko alcanzó a ver que sus ojos lo traicionaban un segundo, pareciendo ¿ansiosos?
Las puertas comenzaron a cerrarse y ella salió de su ligero trance, no pensándolo dos veces; apresuró el paso para alcanzarlo, aun sabiendo que no lo haría. Sin embargo, él se inclinó y presionó un botón, pausando las puertas y logrando que ella tuviera tiempo de entrar.
—Es fácil detener las puertas —comentó él en tono socarrón.
Ella se sonrojó y asintió, cuestionándose si hacía lo correcto al acceder a pasar mucho más tiempo en su presencia.
Cuando las puertas se abrieron en el subterráneo y lo siguió hasta detenerse ante su automóvil negro, llegó a la conclusión que las circunstancias la empujaban a eso, aun si no lo planeaba.
Agitando su cabeza, se dispuso a disfrutar de la travesía, que solo fue llenada por el sonido de la lluvia y los automóviles a su paso, pues él nunca abrió la boca, y ella tampoco hizo amago de hablar, consciente de que él tenía que mantener su atención en el camino, con el torrente de agua en el exterior.
Para Naoki, el trayecto fue lo bastante cómodo, sobre todo porque tenía la tranquilidad de tener más tiempo con ella e irla ajustando a su presencia.
—Te acerco a la puerta —manifestó él al aparcar frente a la vivienda de los Aihara, donde el agua caía a raudales.
Kotoko negó con la cabeza. —No es necesario, la distancia es muy corta —expresó colocando su mano en la manija de la puerta. —Además, te entretendrías más tiempo. Gracias por traerme, Irie-kun.
—Usa mi paraguas.
—No, lo necesitarás al llegar a casa, estoy bien. Ve con cuidado, por favor.
Él asintió y ella abrió la puerta, aumentando el volumen con el que sonaba la lluvia.
Kotoko se apeó del coche y avanzó a paso rápido hacia su entrada, pero a medio camino la interceptó una figura cubierta por un paraguas, que Naoki reconoció con una mueca de desdén.
Los vio hablar unos momentos antes de que los dos se encaminaran a la puerta de ella.
Tratando con todo el autocontrol del mundo de no rabiar, él puso en marcha su coche, para irse a casa, aunque su mente se hallaba inconforme de no hacer nada. Sabía que el tipo tenía más derecho que él, no importaba cuánto le quemara el estómago, ni le provocara una ola de tristeza.
El castaño solo avanzó un kilómetro y tuvo que detenerse, apoyando la frente en el volante…
Utilizó lo que decían de ejercicios de respiración, buscando calmarse, o de lo contrario más adelante se arrepentiría. Era imperante que aprendiera a no reaccionar bajo la irritación, o lo que le pasara, porque si arruinaba definitivamente las cosas con ella, la perdería por completo.
No veía una oportunidad ante sí, para desperdiciarla, se dijo mientras peleaba con sus emociones y las imágenes de los dos inmersos en actividades desagradables.
Apretó el volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos. El vecino enfermero era una peste que quería eliminar, aunque más que nada quería llevársela a ella muy lejos, riéndose del jovenzuelo y proclamándose como el hombre para Kotoko.
Cerró los ojos, no tratando de pensar en reclamarle a ella, que no lo merecía. Eso era lo más importante, consideró recordando poco a poco lo que había acontecido en Masahiko y sus grandes deseos de no herir a Kotoko.
No le haría daño.
No lo haría.
No importaba cuánto tuviera que pelear consigo mismo.
No importaba que ella no fuera oficialmente suya, sino de otro.
Algo dentro de él se estrujó con fuerza y experimentó un sabor amargo en la garganta.
Sintiendo que se mareaba, comenzó a descargarse golpeando sus manos contra el volante, esperando que todas esas emociones destructivas le abandonaran el cuerpo y las ideas que revoloteaban por su mente, pararan.
Y lo hicieron.
El genio requirió toda su fuerza de voluntad, pero consiguió la calma, haciendo un avance que le tomó dos horas…
…considerablemente más de los dos minutos que Keita estuvo en el recibidor de los Aihara, tras los cuales salió con unos cuantos cubos de agua para las goteras de su casa.
NA: Yo, en el lugar de Naoki, estaría llorando de coraje. Así me descargo el enojo je,je.
¿He dicho antes que amo a Yuuki? La verdad que yo guardo la esperanza que al crecer sí fuese mucho mejor que Naoki, aunque era un poco serio y burlón también.
Besos, Karo.
caro: Je,je, creo que salió un comonnaoki que no entendí, aunque supongo que sería algo relacionado a qué le diría respecto a escapar de él.
Lizz asp: Un poco más y alcanzabas a la actualización, pero ya está. De hecho quiero pasarme el fin de semana escribiendo para poder concluir la historia y actualizar más rápido. Solo voy adelantada en dos capítulos y así no puedo je,je. Espero que disfrutaras.
