Capítulo 36
Al notar que su pie izquierdo se movía con impaciencia, Naoki puso los ojos en blanco, recuperando la compostura que había perdido otra vez en menos de media hora de haber comenzado la jornada. Quería comprobar el ver a Kotoko llamando y entrando a su oficina con su correspondencia, por lo que era imposible guardar la calma estando en privado.
Era como volver a la normalidad, aunque ahora no echaría a perder las cosas desestimándola como antes; más bien, ignoraría los errores pequeños y disfrutaría de su presencia renovadora, las veces que ella apareciera por ahí. Su padre era más efectivo que su madre en sus intentos, y menos drástico. Su forma de ayudar era preferible… a menos que su madre se encontrara detrás, lo que no debía descartarse (pero era muy discreta como para tener etiqueta de Irie Noriko).
Pensando en su progenitora, se dio cuenta que debía hacer una visita a su hogar de infancia, o de lo contrario ella acudiría a la empresa... y cuando lo hacía pasaban cosas.
Seguramente no era de su conocimiento que se reunía con Kotoko para ayudarle con el tejido o habría hecho tremendo revuelo que no vería mañana a sus planes de boda. No que tuviera queja de casarse con Kotoko —a su debido tiempo—, pues ya había encontrado a su "destinada", como decía su madre.
Llamaron a la puerta y Naoki se aclaró la garganta antes de permitir el ingreso.
—Buenos días, Irie-kun —saludó Kotoko, que trataba de ver lo positivo de repetir lo de nueve meses. Al menos podría enterarse un poco de los nuevos proyectos de Pandai, como hacía antes.
Y tenía que decirse que él era otra persona más, igual que las demás con las que tenía contacto habitual.
—Buenos días, Kotoko. —Ella se detuvo un par de segundos y lo miró anonadada, repitiendo la afabilidad con la que acababa de responderle.
Se encontró con que a él le brillaban los ojos de diversión.
—Traigo tres sobres para ti —informó buscando rápidamente en su carrito. En menos de un segundo, los extendió hacia él. —Toma.
—Veo que eres más ágil.
Asintió abochornada y buscó un fólder. —Este documento necesita una firma, de acuerdo a oji-san. —Se lo entregó—. Dijo que esperara —agregó severamente, antes de que lo dejara de lado.
—Suenas como una secretaria —musitó él sin abrir el fólder, haciendo que ella bajara los hombros con la cara sonrosada. —No es necesario que esperes de pie, toma asiento.
Así lo hizo y luego lo vio abrir el fólder. Se enderezó al notar que su rostro se sorprendía.
—¿Todo bien? —preguntó incapaz de evitarlo. Sintió curiosidad por saber qué contenía el documento.
Él bufó y asintió, antes de desprender un post-it amarillo pegado a la hoja, que arrugó y botó a la basura. Mientras él continuaba leyendo, ella dirigió sus ojos al cubo, atraída como a un imán al papelito que lo había hecho cambiar su expresión. No tenía que ser entrometida, no era su asunto, pero debía ser curiosidad innata enterarse lo que decía como para alterar a ese imperturbable hombre.
Se preguntó si Irie-kun se daría cuenta de que se acuclillara para amarrarse unos inexistentes cordones y se estirara para coger el papelito. Tenía que estar enfrascado leyendo, parecían varias páginas.
Aunque… él era un empleado más y no debía meterse en sus asuntos, recapacitó mordiéndose el labio inferior.
Inmersa en sus cavilaciones, Kotoko no se percataba de Naoki, que ya había leído y firmado la única página del memorándum para los jefes de área, y ahora parecía entretenido contemplando el interés que suscitaba la pequeña nota de su padre… quien se había arriesgado a que ella por accidente dejara caer los papeles, o los confundiera, y se encontrara aquellas palabras.
"Tu período de prueba con Kotoko-chan"
¿Quién hubiese pensado que su padre podría ser así de taimado? Tenía que ser una advertencia después de lo presenciado en el restaurante, ya que a pesar de ser él su hijo, también tomaba en consideración a la hija de su mejor amigo.
No había otra explicación.
De cualquier modo, era una advertencia en balde. Después de saber qué pasaba con él, y pensarlo con detenimiento, las palabras de su padre no le molestaban. Más bien le dejaba satisfecho de que la considerara parte de su familia y quisiera protegerla.
Lamentablemente hacía eco en su indecisión profesional.
Ella se inclinó al suelo y negó con la cabeza, obligándolo a reprimir una carcajada. Tan infantil… pero refrescante.
Tenía que enfadarse por tratar de inmiscuirse, aunque disfrutaba más de las expresiones que hacía, como un libro abierto, hasta para alguien que sabía muy poco de sentimientos y emociones.
Kotoko debió sentir su mirada absorta, porque lo espió por debajo de sus pestañas, como un corderillo atrapado.
—Ya he firmado —le comunicó, actuando desentendido con su curiosidad. Aun así, le acercó el fólder, obstruyendo de su campo de visión el cubo de basura.
—Ahora mismo se lo llevo a oji-san —aseguró ella poniéndose en pie con prontitud.
Dio un asentimiento, instándola a retirarse. Kotoko, poco disimulada, se alejó lentamente con el carrito, espiando sobre su hombro en dirección a la basura.
Enteramente divertido, al verla abrir la puerta, se inclinó al cubo y extrajo la notita, que se guardó en el bolsillo cuando su cara se volvió. Ella puso los ojos como platos y salió rápido de la oficina.
Él rió unos momentos, antes de concentrarse en sus labores con muy buenos ánimos.
Sí, necesitaba a Kotoko en su vida.
Keita miró de refilón al cielo que se oscurecía rápidamente y casi resopló con resignación, porque significaba que terminaría su conversación con Aihara-san. Ella tenía un modo peculiar de ser, y muchas veces se le dificultaba comprender algunas cosas de las que hablaban, pero era una joven adorable que le hacía nacer sentimientos cálidos en su interior.
Quería evitarlo, pues ella le estaba prohibida… y aun así no podía. Tenía que detener su aproximación con ella ya que sufriría, no debía alimentar el enamoramiento hacia ella, más si este había llegado de forma fugaz con la novia de otro sujeto, quien no debía causarle mal, al verla resplandecer como las estrellas. Ese Irie era afortunado de tenerla, aunque no se animaba a dar el paso definitivo y casarse.
¿Podía él convencerla de que no continuara con un tipo así?
Ella nunca mencionaba su relación con él, y no sabía más que lo comentado por Irie Noriko-san… por lo cual guardaba una vaga esperanza de poder confesar sus sentimientos y tener una oportunidad con Aihara-san. Era un soplo de aire fresco y le gustaría el mismo tipo de mujer que su madre.
(No quería pensar en sus clases de Psicología del desarrollo y los complejos no resueltos.)
Era injusto que un hombre tuviera así a su chica, esperanzada por una proposición que no llegaba. Por supuesto, era mejor que Irie-san estuviese seguro, pero conociendo a Aihara-san no se le ocurría cómo podía pensarlo dos veces. Él ya se habría casado con ella después de una relación larga, incluso después de una corta.
¿Sería correcto confesarle que comenzaba a enamorarse de ella?
Era una joven adorable, y… tal vez, con el tiempo que iban conociéndose, podía empezar a corresponderle un poco. Si Irie-san no la valoraba como tenía que hacerlo, había una oportunidad para demostrarle que otro sí lo haría…
—¿Kamogari-kun? ¿Tengo algo en el rostro? —preguntó ella llevándose las manos a la cara.
Él parpadeó y se pasó una mano por su largo cabello.
—No, está perfecto.
Un sonrojo dulce recorrió sus pómulos y él se sintió enrojecer. Era demasiado bonita para su propio bien.
Aclaró su garganta acortando la distancia entre los dos. —Aihara-san, yo…
—¡Kotoko-chan!
Brincó asustado con la voz de la suegra de ella y se reprendió mentalmente por lo que estaba haciendo.
Aihara-san miró hacia la calle y tras unos segundos agitó su mano, saludando con calidez a Irie-san.
—Ya voy.
—Kamogari-kun, ¿qué ibas a decirme?
Tosió. —Ejem. ¿Es eso una cana en tu cabello? —preguntó estúpidamente.
La pelirroja abrió los ojos de par en par y palpó su cabellera, acercando lo que podía a sus ojos. La madre de Naoki se acercó sin aguardar más tiempo de esos dos juntos, atenta a la actitud sospechosa de Keita.
—¿Qué pasa?
—Tengo… —La joven susurró el final y salió corriendo hacia su hogar, ante la mirada anonadada de Noriko, quien encaró al estudiante de enfermería.
—Espero que no sea lo que estoy pensando.
—¿Qué… cosa? —musitó el muchacho, claramente nervioso. —Yo mencioné una cana.
Noriko entrecerró los ojos. Su hijo tenía razón. —¿Y por qué estarías muy atento a su cabello, Keita-kun?
—Aihara-san es pequeña, desde arriba es fácil distinguirlo.
—Naoki no ha señalado algo así —aseveró ella, ceñuda.
—Entonces fue mi imaginación, Irie-san.
—Como yo espero que lo sea la mía, Kamogari Keita. Jovencito, recuerda a quién quiere Kotoko-chan.
Él se irguió. —¿Y si no la respeta? Ella se merece…
—No eres quién para decirlo —interrumpió Noriko, apuntando con su dedo al entrometido vecino—. Si quieres romper una relación, tú tampoco le guardas respeto.
Keita empuñó sus manos y asintió, dándole la razón. Sus padres se avergonzarían de él por sus intenciones… pero era injusto. ¿Por qué Aihara-san tenía que haberlo conocido después? ¿Por qué seguía con un hombre que no tomaba en cuenta sus anhelos?
Noriko se preguntó durante un instante si era demasiado egoísta para impedir que los dos jóvenes se relacionaran; Keita-kun era muy bueno para Kotoko-chan, sus cualidades eran admirables y admitía que Naoki palidecía en comparación, pese a sus muchas virtudes. Aunque los sentimientos de Kotoko-chan no eran mutuos, por lo cual era bastante justificable que le pusiera un alto al chico.
—Keita-kun, es fácil enamorarse de Kotoko-chan, lo sé —manifestó en tono conciliador. —Es tan linda y adorable, tan llena de vida… Pero ella y mi hijo se quieren y tú eres muy honorable para separar a dos personas enamoradas. Eres más joven, pero sé que encontrarás a una mujer que te ame exclusivamente.
Él miró hacia la otra casa antes de suspirar con congoja.
—Toma un poco de espacio de Kotoko-chan para que puedas olvidarla —aconsejó Noriko. —Ella debe atesorar tu amistad, pero se sentiría muy mal sabiendo lo que sientes y no poder corresponderte. Date un tiempo, será lo mejor.
Keita se dio una palmada en la frente. —He olvidado preguntar al agente por la antigua ocupante de la casa. Todavía tengo que decírselo.
—¿Harás lo que…
—Sí, es lo mejor, Irie-san —manifestó él desanimado.
Ella sonrió ligeramente y se alejó a casa de los Aihara, dejando al muchacho con sus pensamientos. Se dijo que el fin justificaba los medios y en el arte de la guerra había que someter al enemigo sin darle batalla.
Al llegar a la puerta de los Aihara la encontró entreabierta, seguramente porque la joven previno su ingreso y estaba más concentrada en la supuesta cana. Agradecía que fuese despistada y que no se diese cuenta de los sentimientos que le procuraba su vecino. En muchas ocasiones, su ingenuidad era de provecho.
—¿Kotoko-chan? —llamó mirando a su alrededor.
La aludida salió de una puerta lateral, que debía ser el baño.
—Oba-san, no consigo ver lo que señaló Kamogari-kun —dijo Kotoko con un mohín. —¿Estoy envejeciendo muy rápido antes de estar casada?
—Para nada, estás en la flor de tu vida. Y Naoki no te querrá menos si tienes canas, descuida, Kotoko-chan.
—Él y yo somos amigos —replicó la joven un poco sonrosada. —Yo, ¿puedo servirle té? —ofreció tratando de desviar el tema.
—¿Amigos? —musitó Noriko tras asentir—. Bueno, por algo se empieza, pero no dudes que mi hijo tiene interés en ti.
Yendo a la cocina, Kotoko suspiró. ¿Cómo podía hacerle entender a la madre de Irie-kun? Su imposibilidad de detener su cruzada era la causa de mantener su distancia con ella, y aunque había llegado a quererla, era consciente que le presionaba mucho en lo que respectaba a su hijo con el fin de tener una nuera.
Eran amigos, nada más. ¿Qué tan difícil era eso de aceptar? Si ella, que estaba enamorada de él, lo había hecho, su madre debía de comprenderlo. Irie Noriko, como muchos, iba detrás de un imposible, aferrándose a una cosa que solo existía en su cabeza y que se oponía por completo a lo que ocurría en la vida real. A veces era dañino, pero se negaban a ver que todo iba en contra.
Imposible.
Había cosas que lo eran.
Ella, afortunadamente, empezaba a poner los pies en la tierra.
Sonriendo, puso a calentar el agua en la estufa y regresó con la mujer.
—¿Cómo está?
—Resistiendo, Kotoko-chan —expresó dramáticamente Noriko—; necesito un nuevo sentido para mi vida. Mis hijos son unos malagradecidos. ¿Tú estás mucho mejor? ¿Sigues escribiendo? ¿Ya terminaste?
—Estoy muy bien, oba-san. Sí, sigo con mi libro, aunque todavía no lo he concluido.
—¡Ya quiero tenerlo en mis manos! Cuando onii-chan sepa que publicaste un libro estará muy orgulloso de ti. Sería magnífico que se lo dedicaras. ¡Muy romántico! Y cuando tengan hijas ellas lo verán y suspirarán. Onii-chan puede escribir uno también y responder tu dedicatoria, para que el mundo lo vea. ¡Qué emocionante!
Mordiéndose el labio, Kotoko la escuchó apenada. Sí que era elocuente su tía.
—¿Tú qué opinas, Kotoko-chan? —inquirió la otra después de divagar un poco más.
—Quiero dedicarle mi libro a papá.
—¡Qué buena hija eres! Soy muy desconsiderada; pero tu segundo libro puede ser dedicado a onii-chan.
—Tengo que escribir el primero antes, oba-san —respondió ella con educación.
—Sé que en el futuro serás una gran escritora, Kotoko-chan, no te preocupes. Tienes mucha imaginación y eres tan emotiva que tus obras serán las mejores.
—Je, je, gracias —susurró Kotoko. —El agua debe haber hervido, regreso en un momento.
Se puso en pie y comprobó lo que había dicho, encargándose de servir el agua y las hojas para ambas.
—Hoy vine por una razón en especial, además de verte, Kotoko-chan. Pero no dudes que me encanta hacerlo.
—¿Sí? —Sopló suavemente su taza, esperando que el motivo no se tratara de una nueva idea para atraer a su hijo.
—¿Tu cumpleaños es el veintiocho de este mes, no es así?
Asintió.
—¿Ya tienes planes para celebrarlo?
—No, oba-san; todos los años papá me hace un pastel y una comida especial en el restaurante. Me gusta. —En realidad, le apetecía algo diferente por una vez, pero no quería hacer sentir mal a su padre, quien se esmeraba en brindarle un bonito día en su cumpleaños.
—Tendré que hablar con él, puedo planear una pequeña fiesta para el veintiocho. Invitar a tus amigos y celebrar con todos nosotros. ¿Qué te parece? Además, estará onii-chan y ponerles una música romántica para que bailen abrazados.
—Oba-san…
—Déjamelo a mí, tú solo necesitas darme los datos de las personas que quieras que asistan. Tienes que concentrarte en tu libro. Te conseguiré un hermoso vestido y zapatos y me encargaré de los detalles.
Kotoko se encogió de hombros; era complicado decirle que no. Ya debía haber aprendido para entonces.
—Me alegra haberme decidido a venir, queda tan poco tiempo.
Ella rió y siguió bebiendo de su té, mientras la mujer de los Irie continuaba parloteando para sí.
Sus ojos se dirigieron a la ventana y le sobrevino un acceso de tos, asombrada por una figura masculina conocida que se detuvo frente a su vecino, el cual estaba cerca de la calle.
—¡Kotoko-chan! —le llamó la madre del susodicho, auxiliándola.
En el exterior, Naoki miró ceñudo a Kamogari, prestando poca atención a la ligera llovizna que comenzaba en esos momentos. Había ido a casa de Kotoko en un raro impulso para hablarle de sus sentimientos, incapaz de aceptar que su relación con el vecino siguiera avanzando, sin que ella tuviera en cuenta lo tocante a él. Con la certeza de sus celos y las consecuencias que habían traído en su relación con ella, podría enfrentarse a la batalla y no dejarse vencer por el estudiante, quien debía conocer su postura en el asunto.
No contaba con hacerlo antes de hablar con ella, pero tomaba las cosas como vinieran, habiéndoselo encontrado.
—Kamogari —dijo sin emoción.
Keita, que pretendía ir a la tienda de conveniencia antes de que la lluvia le alcanzara, arrugó la nariz ante el sujeto con el que se había cruzado. Le producía náuseas tenerlo enfrente, después de la advertencia de su madre. Seguramente esta debió haberle advertido y él había corrido a su encuentro.
Era un consuelo que no fuese indiferente a los rivales.
—Una sorpresa verte aquí —comentó con sarcasmo.
Irie hizo un sonido parecido al disgusto.
—Kotoko me interesa y aunque a ti te moleste, no me mantendré alejado. Tu presencia me provoca celos y fui incapaz de controlar cómo me comportaba con ella, pero ahora que lo sé no dejaré que te quedes con ella. Tú no la necesitas, yo sí.
Su tono prepotente fue fastidioso para él, aunque le azotó una tensión al ver la mirada resolutiva en sus ojos, misma que le convenció de los fuertes sentimientos que el mayor tenía por Aihara-san y lo ineficaz que sería entrometerse. Irie pelearía por su chica y ella no lo dejaría por alguien como él.
Apretando los dientes, imposibilitado de qué decir, pasó por un lado del castaño, chocando con su hombro al hacerlo. Apresuró su andar, ignorando el peso en su pecho, que aumentaba con la distancia que ponía entre él y la casa de ella, como si así estuviera renunciando a la mínima posibilidad de intentar que Aihara-san le mirara.
Sus sentimientos eran nacientes, no habían florecido a tal grado de que sintiera el corazón profundamente roto, pero le provocaba la tristeza del no ser correspondido.
Mas sabía a lo que se atenía.
Aihara-san era muy apreciada.
Y envidiaba demasiado a ese sujeto.
El castaño, por su parte, se quedó unos segundos desconcertado ante la falta de respuesta audible del moreno, al que contempló alejarse con los ojos entrecerrados. Su reacción habría sido ir a la puerta de Kotoko y asegurarle su fervor, pero había huido como un cobarde, simplemente colisionando con él igual que lo haría un infante con una rabieta.
—¿Onii-chan!
Desvió su mirada en dirección del hogar de los Aihara, guardándose unas palabras de disgusto y de incredulidad para sí al ver a su progenitora bajo un paraguas.
—Madre —pronunció casi de mala gana, sabiendo que en esa ocasión no podría entablar conversación con Kotoko, fuera de su espacio laboral.
—¿Qué haces aquí?
—Ir… Irie-kun. —Él ignoró la pregunta de su madre y observó atento a Kotoko, que tenía una mano en su pecho, con la otra sujetando su paraguas.
—¿Qué ocurre? —preguntó acercándose a ella, mostrando una ligera preocupación, sin importarle la presencia de su progenitora.
—Estás mojándote y podrás enfermarte, Irie-kun. —Ella trató de cubrirlo con su mismo paraguas, de puntillas.
Él colocó su mano muy cerca de la suya, intercambiando la propiedad del mango.
—Kotoko-chan se estaba ahogando —informó su madre, a la par que caminaban hacia la casa. —Me preocupó mucho, fue tan repentino.
—Oba-san, el té solo fue al sitio equivocado, fue un suceso sin importancia.
Naoki suspiró de alivio y decidió retirarse, consciente de que no haría nada esa tarde.
—Solo iré por mi bolso y les dejo a solas —expresó su madre guiñándole un ojo. —Todavía tengo que planear la fiesta de cumpleaños de Kotoko-chan y onii-chan querrá hablar.
—¿Fiesta de cumpleaños? —inquirió él.
—Oba-san, todavía no se ha terminado su té —musitó Kotoko al mismo tiempo.
—Claro, oh, yo no quiero parecer maleducada contigo. —Su madre parecía en un aprieto y él sonrió para sí, disfrutándolo. En su intención de dejarles solos, había olvidado el tiempo que compartía con ella.
Se preguntó cuántas veces se reunían así, a pesar de que había recomendado a Kotoko mantenerse apartada.
—Me retiro, entonces —manifestó sin quitarse los zapatos en la entrada. Por lo menos había dicho lo que tenía que decir a Kamogari.
—¡No! Espera, onii-chan… estás mojado, no quiero que te enfermes. Kotoko-chan, ¡qué pena! —dijo su madre llevándose las manos a sus pómulos—, ¿crees que podrías permitir que él se secara con una toalla?
Kotoko negó. —Irie-kun…
—No me impondré de ese modo, Kotoko.
Además, si su madre aprovechaba ese tiempo para terminar su té y retirarse, se le hacía imposible creer que no permaneciera oculta en alguna parte.
—Hasta mañana —se despidió con un asentimiento de cabeza. —Nos vemos, mamá.
Los ojos de su progenitora brillaron de desolación y se apresuró a su automóvil, tomando nota de crear una excusa el día siguiente, hasta que nuevamente se armara de valor para confesarse a Kotoko.
Ésta, observando la retirada del castaño y oyendo los bajos quejidos de Noriko, no podía más que preguntarse su presencia allí, como lo que pudiera hablar con su vecino, a quien no recordaba que conociera.
De no estar distraída con eso, habría caído en la cuenta que caminó con él bajo un paraguas.
Su mayor ilusión romántica.
NA: Tantas veces la mamá es oportuna.
Gracias a ustedes por seguir dando lectura a esta historia. He tenido dificultad para escribir, porque tenía las ideas pero no conseguía plasmarlas como me gusta. Afortunadamente ya la inspiración va fluyendo y he avanzado un poco con lo que tengo pendiente.
Karo.
caro: Ja,ja, deberían haber fics en los que solo se enfrenten los dos; pero no me quiero dedicar a eso aquí, aunque la presencia de Keita sí le hace mal a Naoki. ¡Besos!
