Capítulo 37


La sonrisa amable que la pelirroja regaló a las empleadas del piso de diseño no fue recibida con buenos ánimos, porque las jóvenes miraban ceñudas que estuviese enfrente de la oficina de Irie Naoki. Ellas habían creído que, con el cambio de los mensajeros, ya no habría otra persona femenina con la que él pasara mucho tiempo, pero no había sido así.

El único motivo por el que no tomaran cartas en el asunto se debía a lo tonta que les parecía la mensajera, y nadie con la inteligencia de Irie-san se rebajaría a interesarse por una muchachita torpe, por mucho que fuese muy agradable. Si a ninguna de ellas las había mirado, no se conformaría con menos.

Sin embargo, todas ellas ignoraban el nivel de su ignorancia. Naoki, que estornudaba al escuchar el llamado de la puerta, no podía otra cosa sino esperar que fuese Kotoko y nadie más que ella. Aunque pronto iban a enterarse, porque en otro lugar Noriko terminaba su llamada telefónica con el secretario de su esposo, insinuando una relación entre ambos que éste debía difundir cuidadosamente entre los empleados.

De saberlo su hijo, le habría empeorado el comienzo de una jaqueca por el resfriado del día anterior.

—Pase —pidió Naoki masajeándose las sienes.

—Buen… ¿te encuentras bien, Irie-kun? —preguntó Kotoko solamente entrando a la oficina, acercándose al escritorio presurosa.

Él estornudó y después hizo una mueca de desagrado.

—Irie-kun, te has resfriado —señaló ella con inquietud, soltando el carrito. —Debió ser la lluvia de ayer; tuve que haber insistido en que te secaras en casa.

—Se me pasará con una píldora. —Él cogió una botella de agua del escritorio y le dio un sorbo. —¿Qué tienes para mí?

Ella le extendió un paquete grueso que debía contener algún material nuevo para que revisara.

—Yamakawa-san dijo que le enviará los presupuestos del proyecto Trébol en media hora. Eh… ¿Puedo buscar la medicina? —agregó preocupada. Viviendo solo, no podía tener a nadie que se encargara de él, y como amiga podía ayudarle.

Naoki se encogió de hombros señalando el pequeño sanitario y abrió el paquete que Kotoko acababa de darle, mirando de reojo cómo ella buscaba en el botiquín y leía los nombres de los pocos medicamentos que tenía ahí. Por el momento no tomaría nada, ya que necesitaba leer lo que tenía y la medicina le provocaría somnolencia; pero le aceptaría el gesto que denotaba su pequeño interés por él. Si bien odiaba enfermarse, no podía negar que tenerla de su enfermera privada era agradable.

Su cabeza le traicionó por una décima de segundo y se sonrojó.

Kotoko regresó donde él y se colocó a su lado, observándolo con ojos entrecerrados mientras dejaba la cajita en el escritorio. De repente, posicionó una mano sobre su frente y llevó la otra a la suya, tomándolo de sorpresa por el contacto.

—Pensé que tendría fiebre —murmuró ella, apartando la mano de él.

Le cogió la muñeca sin pensarlo dos veces.

—¿Sabes lo que has…

—Irie, ¿por qué tienes la puerta abier… ta. —La voz de Watanabe le obligó a soltar su asimiento en Kotoko, que se sonrojó con la cabeza gacha, dando la vuelta hasta el carrito. —Lamento interrumpir —continuó su amigo, mirando hacia otro lado.

Naoki deseó gruñir en descontento.

—Quería discutir un tema contigo, pero estarás ocupado.

—No hay problema.

—Irie-kun. —Kotoko indicó el medicamento con un dedo y él suspiró. No le haría bien rechazar su ayuda, soportaría el sueño.

Sacó un comprimido y lo tomó bajo la atenta mirada de sus acompañantes. Ella sonrió complacida, haciéndole sentir una satisfacción interna.

Su amigo frunció el ceño. —Espero que ese medicamento no cause somnolencia —comentó ocupando uno de los asientos.

Él le dirigió una mirada de advertencia que el otro comprendió tarde, mientras Kotoko saltaba y cogía con rapidez la cajita del medicamento.

—¡Irie-kun, escúpelo! —exclamó tras unos instantes. —¡Lo siento! —pidió inclinándose repetidamente.

—No es nada, gracias por tu ayuda —interpuso con fingida indiferencia al tema.

—Pero…

—Puedo trabajar así, Kotoko —le tranquilizó, aunque no estaba muy seguro de ello, pues nunca se había encontrado en esa situación. —Sigue con tus actividades.

—Sí, es poco probable que Irie se vea afectado en su labor; le conozco desde secundaria y nunca nada se interponía como una dificultad.

Naoki pensó que, si su amigo supiera del presente, opinaría lo contrario. No obstante, sus palabras sirvieron para apaciguar el nerviosismo de Kotoko. Ella le obsequió una sonrisa temblorosa.

—¿Entonces estarás bien? —preguntó en voz queda.

Asintió.

Kotoko emitió un suspiro y cogió el asa del carrito con fuerza. —Odiaría arruinarle el trabajo. —Él alcanzó a leerle los labios y odió tener a Watanabe ahí como impedimento para borrarle esa idea.

Contempló su retirada silenciosa y cerró los ojos un segundo.

—Aihara es algo distraída, parece que no se da cuenta —manifestó su amigo antes de ponerse a hablar del tema que lo había llevado ahí, ignorando deliberadamente la forma inquisidora en que él lo miraba.

Atendiendo a medias la conversación, revoloteó en su mente la pregunta: ¿Watanabe se habría percatado que tenía interés en ella?


A pesar de lo borrosa que parecía la pantalla, Naoki supo fácilmente de quién se trataba la llamada entrante. Su madre llevaba varios intentos en el transcurso del día, seguramente queriendo informarse de la razón por la que fue a casa de Kotoko, para su mala suerte, coincidiendo con ella.

Le agobiaba tener que contestar, pero si no lo hacía, la tendría allí y no quería. Aparentemente, sus palabras a Yuuki no habían sido ciertas… o casualmente las habría olvidado.

Suspirando, atendió el móvil. Se frotó los ojos para combatir la pesadez en ellos, producto del medicamento que había tomado cuatro horas antes.

—Onii-chan, ¿qué tal? ¿No hay algo que quieras contarme? —dijo su madre tras el saludo de rigor.

—Tengo la seguridad que no —respondió, conteniendo un bostezo. —Aún menos en mis horas de trabajo.

—Naoki, tú y yo sabemos que puedes hacer tus deberes al mismo tiempo que atender otros asuntos. Si los demás estuviesen a tu ritmo, solo trabajarían tres o cuatro horas al día. —Puso los ojos en blanco. —Pero no seas malo con tu madre, sabes de lo que hablo. Me he contenido de mis actividades habituales, sé bueno y dime cómo está tu relación con Kotoko.

—Ella es una empleada de Pandai e hija del amigo de papá —repuso con diversión. —¿El motivo de tus llamadas se satisfizo?

Su madre resopló sin un ápice de educación.

—No te hagas el tonto conmigo, tarde o temprano sabré qué hacías ayer en casa de Kotoko-chan.

—Te decepcionarás rápidamente.

—Eres muy difícil, onii-chan. Pero no es solo este el motivo por el que llamo. ¿Qué harás el día veintiocho por la tarde?

Le vinieron a la cabeza las palabras "fiesta de cumpleaños", así que puso el altavoz y accedió a su red social, donde buscó rápidamente a Kotoko.

—¿Onii-chan, sigues ahí?

—Busco sobre el día veintiocho.

Sonrió al leer la información del perfil de Kotoko, comprobando que no se había equivocado en sus suposiciones.

Devolvió el teléfono a su oído. —¿Qué quieres que haga el veintiocho? —musitó con falso tedio.

—Cancela tus planes laborales para ese día, es el cumpleaños de Kotoko-chan y haré una fiesta para ella. O… si quieres hacer algo juntos solo los dos, puedo aceptarlo. Conozco un restaurante romántico en el que podrían cenar a la luz de las velas…

¿Y arriesgarse a que los espiara?

—Asistiré a la fiesta. —A ella debía de gustarle más eso, y tampoco sabía si podría tenerla para él ese día.

Del mismo modo que los planes de su madre impedirían una reunión entre Kamogari y ella, pensó taimadamente.

—Eres genial, onii-chan; ven a cenar a casa este viernes y ahí te contaré los detalles. ¿Te parece? Aún tengo que esperar por la lista de invitados que me dé Kotoko-chan, pero quería que tú fueses el primero en saberlo… comprobar que no tuvieses una sorpresa para ella. He de irme ahora, nos vemos el viernes cuando salgas de trabajar.

Sin darle oportunidad de negarse a mitad de su discurso, ella colgó.

Tendría que cancelar su viernes con Kotoko, concluyó malhumorado, bloqueando el móvil y depositándolo en el escritorio.

Por otro lado, debía dedicar una parte de su tiempo a buscar un obsequio para ella, uno de su agrado. El problema no era el dinero, sino encontrar un objeto lo suficientemente especial para ella.

Él no hacía regalos personalmente, pero ella era su excepción en más de una cosa.

Bostezó y se apoyó en el respaldo de su silla con los ojos cerrados, descansando los párpados y el cuerpo antes de almorzar.

Se relajó casi al punto de dormirse —o tal vez lo hizo en un breve lapso—, pero unos toques en la puerta de su oficina le hicieron ponerse alerta.

—¿Irie-kun? —Kotoko preguntó desde fuera luego de llamar un par de veces en los últimos minutos.

Preocupada por el resfrío que padecía en la mañana, se arriesgó a abrir la puerta para comprobar que él no estuviese en malas condiciones. No tenía nada que llevarle, pero su habitual modo de ser la había llevado a darle vueltas a su salud. Así pues, mientras muchos se dedicaban al almuerzo, ella se tomó el tiempo de ir donde Irie-kun, solo para ver cómo estaba.

—¿Irie-kun? —repitió asomando su cabeza al interior de la oficina.

Entró con apuro al notar que él se hallaba recostado en su asiento, obviamente dormido. De lo contrario, él le habría escuchado, contestado a su llamada y pedido que le dejara solo.

Pero no era así, Naoki había estado a punto de moverse cuando la escuchó del otro lado, solo que ella abrió la puerta y prefirió mantenerse quieto como estaba, curioso de lo que ella haría a continuación.

Iba a abrir los ojos al oír que la puerta se cerraba, mas la repetición de su nombre por ella le hizo percatarse que seguía en su oficina.

El sonido ligero de su respiración le dio pistas de que avanzaba hacia él y contuvo un segundo la respiración al sentir su presencia cerca, aspirando de lleno su suave aroma especial.

La curiosidad quería llevarle a abrir los ojos y ver su expresión, pero también le movía a esperar su siguiente movimiento, deseoso de conocer lo que transcurriría mientras lo creía dormido… si ella lo pensaba.

—¿Irie-kun? —Ella murmuró, tan cerca que no le pareció un susurro. —Irie-kun.

Su delicada mano se posó nuevamente en su frente, como lo hiciese en la mañana, y a él le invadió la misma sensación cálida en la boca del estómago, que casi le hizo estallar el pecho de emoción al sentir la pequeña caricia de sus dedos en sus cejas.

—No tiene fiebre —expresó ella con voz aliviada. —Es mi culpa que esté dormido —agregó en lamento.

La réplica pugnó por salir de sus labios, pero Naoki se abstuvo de arruinar esa oportunidad de recibir su atención. Sí seguía importándole. A pesar de todo, había conseguido permanecer en una parte de su corazón.

Se sintió pletórico y decidió que era momento de abrir los ojos.

Entonces recibió su cálida respiración muy cerca de su rostro y tragó saliva, preguntándose si ella haría lo que él pensaba.

¿Le besaría?

Kotoko se lo cuestionó mientras se llenaba de la imagen de él, apreciando su rostro dormido y la perfección de sus facciones, como si las hubiesen tallado a mano para diferenciarlo de los demás mortales. Era demasiado hermoso, y nunca había podido tenerlo a menos de un palmo de distancia, no en los años que llevaba enamorada de él.

Ni siquiera las fotografías le hacían justicia.

Verdaderamente habría sido feliz si antes le hubiese correspondido. Ahora no era el momento, y dudaba que pasara algún día.

Pero… ¿podía experimentar al menos cómo era unir sus labios? ¿No era normal tener curiosidad por la sensación de la boca del hombre que quería junto a la de ella?

Tenía la oportunidad de hacerle en ese momento, así dormido, llevándose un único recuerdo de su primer amor.

Solo que era injusto.

No podía hacerle eso a un amigo suyo, se sentiría mal aprovechándose así de su estado indefenso. No era correcto, por mucho que le quedara el anhelo de besarlo.

Iba a apartarse, cuando las piernas de él se movieron haciéndole caer sobre su cuerpo, uniendo sus labios.

Se congeló con un escalofrío en todo su ser.

Naoki aprovechó el momento para acariciar los labios de ella con los suyos, haciendo un círculo en su cintura con ayuda de sus brazos.

Ya no podía dejar en ella la decisión de besarlo.

La besó con delicadeza, regalando una muestra suave de los sentimientos que tenía por ella. Ella era toda calidez, una droga que circulaba en sus venas y lo volvía adicto a las sensaciones que se acumulaban en su interior y a la energía que ella transmitía y que quería absorber solo para sí.

La sensación de haber llegado a donde tenía que estar.

No sabía que podía sentir algo como eso; le aturdía.

Sus manos quemaban por recorrerla entera, sus labios deseaban probar cada espacio de ella, sus ojos anhelaban contemplarla sin fin, sus oídos pitaban por escuchar toda palabra y todo sonido proveniente de esa mujer.

Quería y necesitaba demasiado a Kotoko.

Y, en alguna parte suya, sabía que ella también lo quería.

Pero Kotoko salió de su nube y apoyó los brazos en su pecho, apartándose con inusitada brusquedad de él, al grado de caer de espaldas al suelo, en el camino lastimándose el brazo con la esquina del escritorio.

Ella gritó de dolor, obligando que Naoki abriera los ojos con sorpresa, todavía aletargado por lo que había ocurrido.

—¿Kotoko! —exclamó al verla recostada en la alfombra, frotando su brazo con expresión adolorida. —¿Qué ha pasado? —cuestionó acercándose a ella para incorporarla y ubicarla en su silla. —¿Estás herida?

—Te he despertado —dijo ella en voz baja, apretando los párpados.

—Yo…

—Disculpa, tropecé y caí —siguió Kotoko sin hacerle caso.

Él vio un sonrojo aparecer en sus mejillas, pero sostuvo su brazo derecho para ver el alcance de su herida. Solo era una línea roja con la piel raspada. Ella siseó y movió su brazo, haciendo que apareciera una gota pequeña de sangre al final de la herida, a la altura del codo.

—Quería asegurarme que no estabas enfermo.

Sonrió de lado. Ya hablarían de su modo de asegurarse su bienestar.

—Espera un momento —pidió.

Entró al sanitario por un paño de agua y un desinfectante, para maldecir al escuchar el sonido de la puerta cerrándose.

Se había escapado por segunda vez.

Demasiado feliz por el beso como para enfadarse, llevó una mano a su boca y sonrió con satisfacción. Ella le había correspondido, aun si lo creía dormido. Había huido, pero debía ser por miedo a sus propias reacciones a él.


Kotoko cerró la computadora con frustración y se arrebujó en el sofá, molesta por no poder concentrarse en su libro, ni siquiera después de cambiar de ubicación su zona de trabajo.

El espacio cerrado de su dormitorio le había parecido muy opresivo y se había movilizado al salón, donde había más aire para ella y sus pensamientos. Asimismo, su habitación contenía las memorias de años fantaseando con Irie-kun, lo menos que necesitaba para entonces.

Sus dedos subieron a sus labios y se le acaloró el rostro.

¡Lo había besado mientras dormía!

—Qué vergüenza —musitó cerrando los ojos.

Él le había correspondido, pero debía haber estado en el mundo de los sueños, imaginando que besaba a la mujer que aparecía en su inconsciente, no a ella.

Había sido horrible… el mejor beso de su vida y pasó de esa forma.

Bueno, no tenía mucho con qué comparar; solo Kin-chan le había robado un beso una vez, dejándole con un amargo sabor; y no había comparación. Irie-kun le había dado un beso como toda mujer lo merecía una vez en la vida.

La había transportado a otro universo, siendo a la vez tan cuidadoso.

…y ni siquiera era consciente de ello.

—No podrás verlo a la cara otra vez —pensó en voz alta.

Aunque si solo le quedaba ese recuerdo, sería algo bueno por atesorar, aceptó con una sonrisa bobalicona.

Se llevaba mucho más que otras enamoradas.

Apenada por sus pensamientos, cubrió su rostro con sus manos. En ocasiones como ésa, era inevitable emocionarse como una tonta, incluso no queriendo una relación. Podía sentirse como una fan conociendo a su ídolo en una firma de autógrafos, y que éste le hubiese dado un beso en la mejilla… tenía el cuerpo electrizado y seguía sin creerlo.

Si tenía una hija, le llegaría a hablar de ese momento de aquella forma; especialmente porque estaba segura que Irie-kun tendría verdadera fama para entonces.

¿Y ella?

¿Conseguiría algo como eso con su libro?

No era su intención, sino plasmar lo que imaginaba, pero estaría extasiada si su obra se hiciera conocida y a la gente le gustara, mucho más si la recomendaran y causara un impacto positivo en las personas. Le gustaría lograr que, como ella, los lectores pudieran tener una visión más positiva de las circunstancias de la vida, por muy tristes que estas fuesen.

Brincó al oír el timbre de la puerta y abrió los ojos, dándose cuenta que había empezado a anochecer.

Se levantó y encendió la luz, cerrando la cortina antes de ir a atender a la puerta.

A medio camino, la luz parpadeó y frunció el ceño, recordando que no había comprado el bombillo para el techo.

Abrió la puerta.

—Irie-kun. —Se sorprendió al verlo en la entrada.

—Dime si es mal momento.

Ella negó y se hizo a un lado, permitiéndole el ingreso. Nerviosa, le observó quitarse los zapatos silenciosamente.

—Eh, ayer también viniste, Irie-kun. —Le señaló el sillón. —Puedes ocupar un lugar. ¿Quieres beber algo?

—Estoy bien —dijo él al tiempo que se sentaba.

—¿Cómo te sientes? —Arrugó la nariz al ver la luz parpadear. —No deberías salir estando enfermo.

—No tengo nada.

—Me parece bien —murmuró incómoda, sin atreverse a mirar su rostro.

—Siéntate —le instruyó él con calma. A su lado, ella era un manojo de nervios, todo por un beso que no debió ser.

Asintió tras unos momentos y se ubicó en el sofá, callada.

—Cenaré en casa de mi familia el viernes, no podré enseñarte ese día —habló él.

—No te preocupes… Está bien. Pudiste haberme mandado un mensaje, o habérmelo dicho en la empresa.

—La causa de mi visita no es esa.

—Eh… ¿pasabas por aquí?

Se alarmó al pensar que él había descubierto que el beso fue real.

—Me dirigí aquí intencionalmente. —La bombilla parpadeó y él miró hacia arriba durante un segundo. Luego suspiró. —Mi madre dice que cumples años el día veintiocho.

—Sí. Ella quiere dar una fiesta.

Él soltó una risa ligera. —Típico de ella. Le gustan las cosas como ésa. Me disculpo por las molestias que pueda darte.

Kotoko agitó la cabeza.

—Podrá ser divertido.

—No dirás eso cuando quiera hacer una sesión de fotos contigo… durante horas.

—¿Horas? Sí que le gustan la fotografías. —Recordó las que le dio con un escalofrío.

Sintió la mano de él cogiéndole el brazo derecho y se sonrojó. —No creo que deje huella. —Ella le miró y vio su concentración en la herida de su brazo.

—¿Nunca te gustó la medicina? —preguntó curiosa.

Él pareció enfocarse en un objeto lejano, perdido en sus pensamientos, hasta parpadear y cruzar sus miradas.

—Cuando fue el momento de escoger qué quería hacer con mi vida, no lo consideré. En realidad, solo estudié la universidad porque era lo que se esperaba de mí, como para no tener problemas innecesarios, e ingresé en la facultad de ingeniería para dedicarme a Pandai.

Le vino a la mente aquella ocasión en que le vio revisando páginas de artículos para hospital y le aconsejó que siguiera su corazón.

—Pero ahora sí te interesa algo —afirmó en un murmullo.

Irie-kun asintió y se relamió los labios. —Oji-san dijo que un padre que ame a sus hijos preferiría que fuesen felices haciendo lo que les gusta, que de otro modo. Y tú has dicho que haga lo que mi corazón me dicte.

—Aun así, no te decides.

—Creo que no puedo empezar de cero. No porque tarde muchos años o no confíe en mi capacidad, sino para que los años no fuesen inútiles. Quiero hacer uso de lo que ya sé y emprender en un reto en aquello que me interesa.

—¿Cuál es? —cuestionó muy bajo.

—Ayudar a la práctica médica. Desarrollar nuevos aparatos de uso médico y mejorar los actuales. Estudiar los fallos y crear tecnologías que favorezcan la detección eficaz de padecimientos.

Irie-kun le expuso su reto de forma concisa, y aun con la brevedad ella se enamoró otra vez de él al percibir el brillo en sus ojos y la pasión con la que hablaba. Pero era distinto a la primera ocasión, donde lo escuchó dar su discurso de bienvenida. Había más emoción en sus palabras que cuando tenía quince años y percibía de él anhelos y sueños, como un joven que hacía su vida.

Y era la persona real, no una pantalla.

—Sé que puedes hacerlo, Irie-kun.

Naoki sonrió a Kotoko y depositó sus palabras en su mente con aprecio. Hablar con ella era poder encontrar una fuente de apoyo única, en la privacidad que tenían se sentía capaz de expresar lo que no podía decir a nadie. Ella era una persona aparentemente simple, pero con muchas facetas que la hacían alguien inigualable.

—¿Tienes miedo de decírselo a oji-san?

¿Así podía definirse la reticencia que sentía? En realidad, no se sentía un hijo digno negándose al futuro trazado después del tiempo transcurrido. Como si la confianza depositada en él por su progenitor fuese hecha a un lado.

—No.

—Pero todavía no estás listo —opinó Kotoko.

¿Ella lo entendía? A veces sentía que sí, otras que no.

Kotoko no podía comprenderlo si no decía en voz alta las cosas importantes.

La bombilla volvió a apagarse y encenderse, como si se tratase de las manecillas de un reloj apremiándole a confesarse a ella.

Tomó aire.

La luz se extinguió cuando iba a empezar a hablar, llenando la habitación de penumbras.

Kotoko gritó.

—¡Irie-kun! ¡No veo!

Distinguió la agitación de sus manos y guardó una sonrisa. Ella le temía a la oscuridad, como un pequeño infante que debía ser protegido.

—Aquí estoy.

—¡Irie-kun, no puedo encontrarte! —continuó ella en tono alarmado, poniéndose en pie.

Él la imitó y la cogió de los brazos. —Cálmate.

—Irie-kun —suspiró ella de alivio, sujetándose de su camisa. —No puedo ver nada —manifestó ella con las manos temblorosas. —Tengo ceguera nocturna.

La comprensión llegó a él. —Tranquilízate. —Buscó en su bolsillo su móvil y encendió la linterna. —Cógelo para que puedas guiarte a la otra habitación y enciendas la luz. Después cambiaré el bombillo con uno de repuesto.

—Sí.

Ella apartó la mano de su camisa y trató de asir el teléfono. —¡No! —El aparato cayó al suelo con un ruido seco, la luz oculta. —Soy muy torpe, Irie-kun, debo haber dañado tu móvil.

—Tus manos temblaban, debí preverlo —repuso. Se arrodilló al mismo tiempo que ella y encontró el aparato antes, por lo que Kotoko colocó sus dedos sobre su mano.

Estaban a la misma altura, él solo tenía que inclinarse un poco para capturar sus labios, como horas atrás.

Un timbre resonó en la casa y Kotoko cayó sentada.

—¡Aihara-san, soy yo, Kamogari!

Al segundo de oír su voz, Naoki sintió ganas de matar a alguien.


NA: Jeje.

He tenido algunos asuntos personales que me han mantenido atareada, pero quería compartirles este capítulo. ¿No es agradable cambiar un poco las escenas pero que sigan recordando al original?

Besos, Karo.


caro: Ay, fíjate que sí me faltaba darle sus alas a Naoki, nada más tenía lo odioso, no lo presuntuoso que le conocemos. Pero con eso de Keita sí tenía que estar ahí. Siiií, ganó México, al menos ese triunfo lo podían disfrutar. Gracias por seguir aquí, un fuerte abrazo.

Guest: Thanks for the rw. He,he, I have something prepared for their love story, not the common thing, I must warn ;). Yes, is nice having a Naoki chasing after her. I need to write something similar in the future (but the setting is difficult).