Capítulo 39


Yuuki sospechaba que algo había hecho su madre, pues ésta sonreía a escondidas observando subrepticiamente la expresión de su hermano, quien parecía muy abstraído desde que había llegado a cenar a la casa.

Que fuese por la fiesta de cumpleaños de Kotoko-san no era lo suficientemente convincente como excusa. Tenía el presentimiento que debía haberse entrometido de nuevo en su relación, pese a sus palabras.

No había durado mucho distraída.

Aunque al menos no parecía tan concentrada en sus artes casamenteras como antes. Tal vez sí le había calado hondo su conversación con él… o guardaba un as bajo la manga.

Suspiró.

—¿Pasa algo Yuuki-kun? —preguntó su madre con expresión curiosa, rompiendo por completo la contenta de antes. —¡Oh! ¿La comida no está bien preparada? Tú y onii-chan casi no han probado bocado.

Su hermano frunció el ceño y ambos miraron sus platos y los del otro.

—La comida está deliciosa, mamá —intervino su padre intrigado—. ¿Están enfermos?

—Estaba distraído —dijo él, agitando la cabeza. —Eh, el Festival Cultural y eso —expuso utilizando la excusa de días antes.

—¿Y tú Nao?

El aludido se encogió de hombros. —Pensaba en otra cosa —respondió.

—Espero que no estés preocupado por esos rumores de la empresa, que son mi culpa.

—¿Rumores? —inquirió Yuuki, viendo un casi imperceptible cambio en la mirada de su hermano. —¿De onii-chan?

Su padre asintió.

—Le comenté a mamá que yo hice que Kotoko-chan se encargara de la mensajería de Nao, y ahora los empleados comentan que son novios.

—¡Esta juventud! —suspiró su madre muy soñadora.

Él achicó los ojos, comenzando a tener un poco de claridad en el asunto. Su madre estaba feliz de que esos rumores ocurrieran en la empresa, pues alejarían a la competencia de ambos.

No obstante, comprendía la falta de atención de su hermano; tal vez los demás creían que la chica era suya, pero debía odiar que sus asuntos privados se ventilaran de esa forma. Seguramente se moría por conocer el origen del rumor.

Ni él ni su hermano, imaginaban la fuente… que guardaría el secreto hasta su tumba.


La noche del domingo, Naoki se encontraba sentado en su cama, sucumbiendo a la patética actividad del enamorado (en su opinión), la cual era revisar las imágenes que tenía de Kotoko en su móvil, encontrando calma tras la inquietud de que ella pudiese ser afectada por los rumores concernientes a los dos.

En una fotografía, su sonrisa era encantadora, y tenía la ilusión de que aquella vez sonriera mucho más por estar con él en lo que cualquiera podría catalogar como una cita.

Había sido un idiota al no saber aprovechar la oportunidad de entonces, cuando las cosas no se torcieron negativamente para él. Hasta habría evitado enloquecerse con la idea del vecino apreciando su cuerpo de la forma que él quería, conociéndola de formas más íntimas que él.

Odiaba eso.

No le importaba su pasado desconocido para él, solo el presente del que era testigo. Y más si era el vecino joven que se había entrometido entre los dos, aprovechando la cercanía de sus hogares y la ausencia del padre de ella.

Con una mueca de desagrado, hizo un círculo con su cabeza para eliminar la tensión de su cuello ante tal pensamiento y regresó sus ojos a la imagen; después de conocer que sentía celos, verla no tenía el mismo efecto colérico en sus sentidos, y mirarla no dolía en su pecho. Ahora, se daba cuenta, molestaba tener que conformarse a observarla con una pantalla.

Resoplando, y para no sentirse más tonto, salió de su galería y abrió su red social; ocuparía su tiempo así hasta que le llegara la hora de dormir. Como había dejado de ser excesivamente rígido para hacer las cosas, ya no era muy extraño para él. Y hasta era entretenido mirar lo que Kotoko tenía por compartir.

La primera cosa que vio fue una publicación de la nueva cuenta de su madre, la cual usaba para mostrar las fotografías que hacía, imágenes deseando buenos días o vídeos de recetas de comida. Sin embargo, esa vez era un vídeo sobre el amor y la pareja, muy acorde a sus ideales románticos.

Después de eso se encontró con una página deportiva, mostrando los últimos resultados de un campeonato de tenis en Australia.

Se entretuvo durante unos minutos hasta que en la esquina de mensajes apareció un uno, indicando que había recibido algo nuevo. No quiso encender el ordenador, por lo cual decidió leerlo allí. Como no tenía esa aplicación instalada, al presionar el icono aceptó la opción de hacerlo y esperó mientras tanto.

Cuando pudo abrirlo, se asombró al ver que era un mensaje de Kotoko.

"Veamos cuántos corazones recibes de vuelta, te envío el mío. Pasa esta cadena a todos tus amigos que quieras y espera a ver cuántos te regresan su corazón. Si no lo haces recibirás una mala noticia el día de mañana".

Puso los ojos en blanco tras leer el mensaje, que iba seguido de un gran corazón animado de color rosa. No le sorprendía que ella creyera en aquellas cosas, era tan ingenua.

Lo iba a ignorar, pero sonrió al tener la oportunidad de hablar con ella esa noche.

"Las cadenas no son de mi agrado", escribió Naoki rápidamente.

Muy lejos de allí, la pelirroja se sorprendió al recibir la notificación de ese mensaje. Era extraño que recibiera algo de Irie-kun.

Al pulsar la aplicación y leyendo lo que había enviado, abrió los ojos de la impresión. Luego se sonrojó, avergonzada.

"Lo lamento, pensé que la había enviado a oba-san. Sé que no te interesarían estas cosas tontas". Acompañó el texto con una persona arrodillada pidiendo disculpas.

Estaba en buenos términos con Irie-kun, incluso después de ese beso que le dio (afortunadamente desconocido para él), pero no tanto como para un entretenimiento frívolo. Además, trataba de seguir eso de mantenerse a un nivel prudente de él, para no caer de nuevo en un romanticismo que no quería, aunque a veces se comportaba tonta en su presencia.

"Solo es un mensaje", respondió él. Ella lo interpretó como que no le daba mucha importancia y exhaló aliviada. "¿Es eso lo que haces ahora?"

Lo leyó varias veces en voz alta para comprobar que hacía plática en ese medio.

"Sí, estuve ayudando en el restaurante de papá y acabo de llegar a casa. Estoy revisando mis mensajes del día. ¿Tú qué haces? ¿Te interrumpió mi mensaje?"

"No. Solo miraba publicaciones."

Rió, tratando de imaginarlo enfrascado en eso. A alguien así de serio no podía verlo de eso modo, ni siquiera teniendo una cuenta activa… si podía llamarse así la suya.

"¿Encontraste algo interesante?", cuestionó amistosa, agregando un emoji sonriente.

"Sí. Inesperadamente lo hice."

Ella envió un gráfico de felicidad. "Me alegro. Recientemente yo estaba viendo vídeos, uno era de comida que se veía deliciosa…"

Olvidando quién era, le narró a detalle lo que había compartido recientemente.

Y él no replicó de forma negativa.


Pese al problema de los rumores, Naoki estaba bastante contento el lunes, porque el día anterior había terminado positivamente, intercambiando mensajes con Kotoko (más de ella).

Si bien habían conversado unas cuantas veces por teléfono, no del modo hecho la noche pasada, menos forzado y tajante que antes.

Además, significaba que no estaba con Kamogari. Ni que lo estuvo en el día. (De hecho, si no les hubiese visto de forma íntima antes, habría pensado que no se veían, por lo poco que le mencionaba Kotoko. Personalmente y tecnológicamente, ya que eran amigos en la red.)

Así pues, acabar el domingo con ella fue un buen modo de animar su semana y era como un amuleto de buena suerte para comprobar que no era objeto de acciones maliciosas como respuesta a los rumores. Con esa intención estaba en la planta baja a su piso, usando la excusa de supervisar a un empleado para prestar atención a la forma en que actuaban con ella, aun si con su presencia era improbable que hicieran algo; más tarde visitaría el cuarto de seguridad, donde daría un vistazo a las cámaras.

Para su fortuna, ser el hijo del presidente tenía sus ventajas.

De momento, no había obtenido nada más que miradas de envidia hacia Kotoko, que parecía ajena a ello, como si su despiste llegara a tal grado; lo cual estaba bien, porque a veces la ignorancia era un buen escudo para no dañarse. Ser más inteligente a veces resultaba en infelicidad y sufrimiento.

Si Kotoko supiera que cambiaba la visión que tenían de ella, podría sentirse triste.

Aunque no creía que se diese cuenta de algo, a menos que se lo dijeran de frente. Ella seguía con su feliz semblante, llevando alegría a quien se encontrara en su camino… se preguntaba si los demás creían que por eso ella era su pareja, traspasando sus barreras; si era su energía la que obviaba sus pocas aptitudes intelectuales, importantes en áreas que a él se le escapaban de su comprensión.

Tuvo que ser una gran noticia escuchar esa clase de rumor, a la que su yo de antes habría visto con mucho escepticismo y enojo.

¿Qué pensaría ella de alcanzar sus oídos? ¿Se molestaría, se reiría o se entusiasmaría?

Pensando en esas diferentes reacciones, concluyó su tarea en el piso y se dispuso a regresar al suyo, pero cambió de idea a último minuto, cambiando sus pasos del ascensor hacia la pequeña salita donde estaría Kotoko, altamente concentrado en no ser mirado por los empleados.

Ahí tuvo suerte de encontrarla a solas y la vio trabajando en el zapatito, con una expresión dulce en el rostro, ya que su boca estaba arrugada en un mohín algo ofuscado y determinado.

Sonrió avanzando hasta ella, ignorante de su presencia hasta que colocó su palma abierta en su línea de visión.

—¡Oye! —exclamó ella exaltada, quedando boquiabierta cuando alzó el rostro y lo miró.

—Le vas a destruir si le observas de ese modo —se burló sentándose.

A Kotoko se le coloreó el rostro.

—No puedo hacer la curva —murmuró ella enfurruñada.

Él rió, cogiendo de sus manos el material y haciendo lo que ella quería de forma lenta, de soslayo atento a la puerta, para no ser sorprendido en eso. Al terminar, lo deshizo y lo repitió, para que ella lo captara.

—¿Crees que podrás hacerlo? —preguntó al deshacerlo una vez más.

Ella asintió y se dispuso a hacerlo, titubeantemente.

Al tercer intento, lo logró y una sonrisa iluminó su rostro.

—Ya casi termino mi primer zapatito, Irie-kun —celebró animada. —Le tomaré una foto.

La vio buscar en su bolso por el móvil; estaba un poco desordenado, así que no fue muy pronto, pero después de unos minutos ella entrecerró los ojos.

—Estoy segura de haberlo guardado en la mañana —susurró Kotoko, confusa por tener el teléfono extraviado, cuando apurada lo metió en el bolso.

—¿Lo tienes en sonido? —le preguntó Irie-kun. Asintió. —Llamaré.

Agradecida, le observó mientras hacía lo dicho, dándose cuenta que ya había cambiado la pantalla agrietada. Esperó a escuchar el tono de llamada, mas aparte de sus respiraciones no hubo sonido alguno.

—¿Estás segura de haberlo guardado esta mañana? —inquirió él en tono grave.

Ella movió la cabeza en asentimiento, recordando ese momento. Había estado un poco adormitada por acostarse un poco más tarde de lo normal, además de que se había despertado un tiempo después del sonido de la alarma y descubrió su periodo; de todos modos, cogió su móvil y lo introdujo en el bolso…

Sintiéndose abochornada al darse cuenta del error, se cubrió el rostro con sus dos manos.

—¿Recuerdas tenerlo al llegar a la empresa? —Irie-kun sonaba muy serio al respecto, haciendo que fuese más vergonzoso admitir su fallo.

—No lo he buscado en todo el día —musitó dejando caer los hombros—. Pero yo… ya sé qué pasó… lo metí en otro bolso —concluyó casi sin voz.

El suspiro de Irie-kun pareció aliviado, así que le espió entre sus dedos. Sonreía de lado, divertido, pero no parecía a punto de soltar un sermón. En su lugar, sus ojos se enfocaron en los suyos antes de ofrecerle el suyo.

—Adelante.

Ella soltó una risita y le agradeció, entrando a la cámara como la ocasión anterior en el parque. Mientras tomaba unas fotografías, él se puso en pie y caminó hacia el dispensador de agua y se sirvió un poco, mirando hacia la entrada.

Tras unas cuantas capturas, abrió la galería para verlas, pasando las imágenes y borrando las que no le agradaban, hasta que al deslizar el dedo se cambió su pequeño zapatito y se encontró ante una imagen de ella, por lo cual casi soltó el móvil.

Curiosa, vio de reojo que él seguía concentrado en la entrada, así que revisó las demás imágenes, dándose cuenta que mantenía ahí las que se había tomado en el bote.

Su corazón se aceleró un poco y cerró la galería, borrándola de sus aplicaciones abiertas para que él no se enterase de que las encontró.

¿Qué querría con sus fotografías?

¿Las miraría?

¿Y si simplemente no había revisado su galería y no las había borrado?

Eso parecía la apuesta más segura; ¿él por qué querría tener sus fotografías?

—¿Has concluido? —Irie-kun interrumpió sus pensamientos y ella asintió. —¿Las has enviado a tu número?

Negó.

Él bajó la mirada a la pantalla un segundo, antes de fijarse en la entrada.

—Lo haré cuando regrese a mi oficina —comentó y después se fue, sin parecer preocupado de que pudiese haber visto que tenía fotografías suyas.

Llevándose una mano sobre su pecho, ella trató de calmar sus tonterías, sin percatarse que Naoki se dirigió a la escalera de incendios para no ser visto por los demás empleados (a excepción del guardia de seguridad, quien había observado incrédulo la habilidad del hijo del jefe y su incapacidad para besar a la chica teniendo la oportunidad).

Naoki deseaba no caldear más los rumores, así que en ese intervalo no había estado más que pendiente de que no los hallaran muy cerca, y por tanto no había logrado mucho en su compañía.

Rápido llegó a su oficina y una vez dentro buscó las fotografías para enviárselas, deteniendo su dedo al ver que, en la carpeta de la cámara, después de las de ese día, solo estaban las imágenes de Kotoko.

Ella lo podría haber visto, porque no había tenido el debido cuidado con ellas. ¿Lo habría hecho? No podía responderlo, pues estaba más atento a otra cosa.

Pero, ¿ella no lo comentaría si así fuera?

Probablemente lo habría hecho, por lo que podía respirar tranquilo.


A mitad de semana, con calambres en el vientre, Kotoko celebraba que pronto acabaría el día de trabajo y podría ponerse una compresa caliente. Esos sufrimientos de cada mes, fuera de casa eran muy molestos, y como la temperatura ya comenzaba a descender por el otoño, no era muy agradable estar lejos de las sábanas.

Como consuelo, en su cumpleaños no tendría ese problema y podría disfrutar fenomenalmente.

Haciendo una mueca frotando su espalda baja, se encaminó al ascensor con un documento finalizado minutos antes, que requería la firma de Irie-kun; una vez que terminara con eso, se podría retirar a casa. No le apetecía ir al gimnasio ni hacer otra cosa.

En la cabina, escuchó el sonido de un mensaje entrando; como no era un grupo, no estaba silenciado, y la persona debía saber que estaba por concluir su jornada en la empresa para enviarle algo. Quienes tenían su número acostumbraban eso.

Mirando su retaguardia y el bolsillo trasero de sus vaqueros en el espejo, decidió que lo abriría unos minutos más tarde, ya que no era ni su descanso ni parecía una llamada urgente.

Las puertas del elevador se abrieron y rápido salió de él.

—Aihara-san, de momento Irie-san está reunido —le dijo Yamamoto-san interceptándola.

Asintió. —¿Lleva mucho tiempo su reunión? —cuestionó como respuesta—. Esperan una firma suya.

—Debe estar por terminar.

—Esperaré aquí arriba —contestó al joven pelinegro antes de que regresara a su puesto. Ella se dirigió a la oficina de Irie-kun y se apoyó a la pared, deseando que solo fuesen unos pocos minutos.

Para matar el tiempo, extrajo su móvil de su bolsillo y revisó su bandeja de entrada.

—Kamogari-kun —pronunció sorprendida, pulsando la conversación que tenía un número como último mensaje.

Sonriente, leyó la explicación de su vecino, donde decía que el agente de bienes raíces acababa de responderle con la información de contacto del encargado de la firma de su casa, para que pudiera dar con Yoshida-san. Le escribió un rápido gracias.

Se debatió unos segundos, pero al ver que nadie salía de la oficina de Irie-kun optó por llamar a ese teléfono.

Justo cuando alguien respondía a Kotoko, la puerta de la oficina se abrió, y Naoki salió acompañado de un sujeto, del que se despidió en el ascensor.

Él había visto a la chica, mas no podía irrumpir su conversación bruscamente para hablar con ella, y también la otra estaba ocupada en una llamada.

Al regresar sus pasos, se detuvo en seco viendo que un par de lágrimas se escapaban de sus ojos almendrados, repentinamente adoloridos.

Salió de su repentino trance y cortó la distancia entre los dos, preocupado por lo que pudiese estarle ocurriendo.

—¿Kotoko? —articuló en tono muy bajo, tentativamente cogiendo el fólder en su mano izquierda, que ella le dio sin pelea. Le preguntó con la mirada qué pasaba.

—Gracias por la información —respondió ella al teléfono, antes de colgar y bajar el rostro.

Enviando al diablo los rumores, la asió del codo invitándola a su oficina, para lo cual ella tampoco puso resistencia.

Inquieto, la obligó a sentarse en el sillón y, junto el móvil que cogió, depositó el fólder en la mesa, colocándose también en ella para tenerla de frente.

—¿De qué era la llamada?

Kotoko hipó y se miró las manos con expresión penosa.

—Yoshida-san murió —sollozó ella. —Se estaba muriendo y no dijo nada, y murió unos días después de mudarse —tartajeó—. Yo la quería y no me di cuenta, no me despedí de ella y no supe que se iba, no le hice caso por… estaba tan centrada en una tontería que no lo supe hasta mucho después… era mi vecina y la veía todos los días… y…

Ella se lanzó a sus brazos llorando.

Cambiando de posición, la acogió siendo su fuerza, confortándola mientras desgastaba su corazón por la pena. Era una persona que quería y acababa de saber que había partido para siempre. Y por lo que entendía, se sentía culpable por no haber notado lo que ocurría con la mujer.

Hizo círculos en su espalda con delicadeza, sin experiencia para situaciones como ésa, pero muy interesado en ella para no dejarla sola en ese momento de necesidad. No tenía en cuenta el estado de su relación o que en sus brazos se encontraba la mujer que quería. Solo la apoyó.

Y Kotoko se dejó consolar, aceptando esa pequeña muestra de humanidad del hombre que nunca creyó hacer algo parecido por otra persona.

Igual que otras veces, lograba lo imposible.

Cuando su llanto paró, él acercó su boca a su oído.

—¿Irás a presentar tus respetos? —preguntó suavemente.

Ella se apartó ligeramente y asintió, informándole del sitio donde podía hacerlo, que él conocía y sabía que era difícil llegar sin transporte propio. Estaba alejado a dos horas de la ciudad.

—Es complicado de encontrar; puedo llevarte —ofreció sincero.

Los ojos de ella se iluminaron, aunque atisbó la duda en su rostro.

—No tienes por qué ir sola —aseguró, demostrándole que podía confiar en él para hacerle compañía.

Tras unos segundos, ella aceptó.

—Gracias, Irie-kun.


NA: ¡Saludos!

Me parece que Naoki ya es moderno je,je. Pero solo por Kotoko, no por nadie más. Y también es un poco más empático, aunque también esto aplique con ella. Es poco a poco, ¿no?

Y bueno, nadie sabrá de la mano que mece la cuna con el rumor.

Besos, Karo.


caro: Je,je, estoy tratando de apurarme en escribir, y así tener listo "Regálame cincuenta primaveras" y éste, para poder escribir de más cosas. Con suerte, para este año tendrás más que leer de ellos dos en otras circunstancias.

Guest: Thanks! Yey, I was happy too; not being able to write was hard. Also, I like you enjoy the chapter, and you're right, they have a better relationship now, with a different Kotoko. Let's see if there'll be more kisses ;) ha,ha. I know how many.