Capítulo 41
Después de terminar el colorido y amigable almuerzo hecho por Kotoko, ambos jóvenes estuvieron unos minutos sentados en el parque, contemplando a los menores que se divertían en los juegos, libres de clases sabatinas. Muchos de ellos estaban en un tobogán grande con forma de elefante, deslizándose alegremente por la rampa.
Ninguno de los dos decía nada, y para los ojos ajenos parecían una pareja en una cita, algo tímida por no estar hablando ni sujetándose de sus manos, pero sí bonita de contemplar: una chica adorable y un joven apuesto.
Cada uno estaba en sus propios pensamientos; Kotoko concentrada en lo bonito que era su alrededor y Naoki reflexionaba en que no había nada mejor que poder salir con ella sin tener que estar atento a la aparición de su madre.
Lo anterior llevaba al castaño a pensar en que, si se convirtieran en pareja, su progenitora estaría pendiente de ambos y día a día pasaría mencionando boda e hijas. De por sí Yuuki le había comentado su entretenimiento en casa, consistente en planes para su vida futura.
Le provocaba inquietud que Kotoko, a pesar de apreciar a su madre, sintiera molestia por tenerla entrometida en sus vidas y lo usara como una razón para no permanecer como su pareja formal. En su lugar, él se decía que se lo pensaría dos veces antes de emparentarse con alguien como Irie Noriko.
Pero antes que eso estaba formar una relación con ella, de lo que no tenía seguridad cómo hacer. Cuando salió con Yuuko, fue ésta la que lo insinuó y él solo decidió seguirle la corriente para ver qué ocurría y si llamaba su atención.
En el caso de Kotoko, ¿solo le decía que la quería y esperaba su respuesta? ¿O la besaba y le decía que no iba a salir con otro hombre a partir de entonces?
Le gustaba más esa última opción, parecía más indicada para dejarle claro que iba a ser su novio. Era menos problemático que un discurso sentimental y más probable de hacer para alguien como él.
Si no se le ocurría otra cosa, haría eso, aunque no iba a ser muy espontáneo de su parte…
—¿Puedo comprar unos amuletos antes de regresar? —preguntó Kotoko sacándole de sus pensamientos.
Él se puso en pie como respuesta, haciendo que ella le imitara.
—Es en esa dirección —comunicó con un movimiento de su cabeza.
—No es necesario que vengas conmigo, puedes esperarme aquí si gustas. No creo perderme, y si lo hago, puedo preguntar.
—Vamos.
Ella se encogió de hombros. —Está bien.
Atravesaban unos pocos metros del parque cuando ella alzó su brazo izquierdo al aire y se sujetó la muñeca con sorpresa.
—¡Mi reloj, se me ha caído! —exclamó ella mirando el suelo, frenética.
Él se volteó automáticamente y observó el camino que habían utilizado, recordando que lo tenía mientras almorzaban. Con rapidez, halló el reloj blanco a unos pasos de distancia y se movió hasta el sitio, inclinándose para coger tal objeto que destacaba en el pasto.
Sin poder prevenirlo, un niño pasó corriendo a su lado y pisó fuertemente el pequeño charco de agua cerca de él, mojándole el rostro y el brazo.
—¡Irie-kun! —gritó Kotoko a su espalda, mientras sentía escurrir el agua fría por su frente.
Al abrir los ojos, se encontró al chiquillo con cara alarmada.
—Lo-lo si-sien-to-to, se-señor —tartamudeó el pequeño castaño, temblando.
Él frunció el ceño por su actitud, porque ni siquiera se sentía molesto por ese hecho fortuito, así que no creía manifestarlo en su expresión.
—¿Estás bien, Irie-kun? —cuestionó Kotoko llegando a donde estaba. —Pequeño niño, sé más cuidadoso.
El chiquillo asintió e inclinó su cabeza. —Sí, señora —musitó con las orejas rojas.
Naoki buscó un pañuelo en su bolsillo y se puso en pie, secándose el rostro. El niño también le dirigió una inclinación a él.
—Per-dón —susurró.
—Presta atención cuando estés corriendo, no solo puedes dañar a otros, sino a ti mismo —dijo de forma calmada, como hacía con Yuuki en su infancia. El semblante del niño cambió y sonrió, asintiendo animado. —Ten cuidado la próxima vez.
—Gracias, señor, lo haré —afirmó el niño, tras lo cual se despidió con una mano y se alejó a pasos rápidos, mirando a los lados.
—Eres bueno con los niños. —Apartó la mirada del menor y se encontró con los orbes admirados de Kotoko; el brillo de sus ojos era cegador, igual que la sonrisa del pequeño que acababa de irse.
Él esbozó una sonrisa divertida, dándose cuenta de la casualidad.
—Los niños son más sinceros que los adultos, no viven de las apariencias —observó, introduciendo el pañuelo en su bolsillo.
—A mí también me gusta tratar con ellos, aunque algunos se divierten mucho a mi costa. En el orfanato lo hacían. —Se lo imaginaba muy bien. —Me gustan los niños.
Movió la cabeza en asentimiento y checó el reloj; éste tenía el broche descompuesto y necesitaba arreglo.
—Guárdalo, por el momento no podrás utilizarlo —indicó colocándoselo en la palma de la mano.
A continuación, caminó tranquilamente hacia la tienda de recuerdos del pueblo, con ella a su lado.
Pero a los pocos minutos sintió una gota de agua en su nariz.
Kotoko extendió su mano como si quisiera comprobar que iba a llover.
—Se equivocaron con el pronóstico —advirtió él, mirando el cielo que empezaba a nublarse con inusitada rapidez.
De pronto, más gotas comenzaron a caer y él cogió a Kotoko de la mano, apresurándola a la tienda, al no haber techos disponibles. Durante su carrera, trataba de que ninguno de los dos resbalara, en especial ella, más propensa a accidentes.
Su camisa estaba un poco mojada cuando llegaron al establecimiento, que tenía una pequeña techumbre donde se refugiaron de la lluvia.
Miró de reojo a Kotoko; como a él, el agua le escurría del cabello a su rostro, y algunos mechones húmedos se habían adherido a su cara y cuello. Su blusa tenía unas partes humedecidas, pero no lo suficiente para poder resfriarla.
Parecía resplandecer con las gotas de agua.
Ella inspiró hondo con los brazos extendidos. —Me encanta el olor a tierra mojada.
Él rió y se peinó el cabello hacia atrás para que no siguiera goteando en su rostro.
A la pelirroja, esa acción le pareció muy sensual y se sonrojó desviando la mirada; junto con su actitud del día, esa jovialidad de antes y la suavidad con la que se dirigió al niño, se veía mucho más atractivo que otras veces. Emanaba una especie de energía que la alteraba un poco.
Una brisa fría corrió y se estremeció, por lo que él le señaló la puerta de la tienda. Presurosa, entró, percatándose rápido que era como un establecimiento de suvenires turísticos y algunos artículos religiosos.
Sí que era pequeño el lugar, para tenerlos juntos.
Fue en la búsqueda de amuletos para su padre y sus amigos, uno en especial para el bebé de Satomi. En el rabillo de su ojo vio que Irie-kun estaba distraído comprando un paraguas azul, así que escogió rápidamente un saquito de buena suerte para él.
—Espero que no te moleste compartir paraguas hasta el coche —le dijo él mientras lo pagaba.
Mordiéndose el labio inferior, negó; Irie-kun no podía pensar en ello en el sentido romántico, era muy práctico para algo como eso. Solo alguien con una personalidad similar a la de ella debía creer en esas cosas cursis.
Le tocó el turno. Antes de pagar sus productos vio un llavero en forma de emoji con corazones en los ojos y lo agregó a sus cosas.
Se sonrojó al ver la sonrisa torcida de él, en tanto la anciana dependienta reía ligeramente; ella debía creer que eran una pareja, y si esa villa romántica estaba cerca, proveniente de allí. Era bochornoso que en ese día fuese la segunda vez que se insinuaba algo entre los dos, aunque él no parecía tomarlo en cuenta.
De ser ella la de antes, se habría comportado de modo ridículo, feliz por esa tontería.
(Sentía una pequeña cosquilla en el estómago, pero no era para tanto.)
Concluyó su compra y salieron de la tienda, para ver que la lluvia había arreciado. Él debió tomar la decisión de adquirir el paraguas notándolo antes.
Guardó los objetos en su mochila y él abrió el paraguas casi fuera del porche. No era demasiado chico para que tuviesen que ir casi abrazados, pero sí andarían con los cuerpos muy cerca, de una forma íntima.
Tragó saliva y avanzó hacia Irie-kun, que estaba impertérrito. No sabía si le agradaba o enfadaba hacer eso; hasta el momento no se había llevado la impresión de que le disgustara encontrarse allí, pues parecía más relajado… sin embargo, caminando bajo el paraguas era invadir su espacio personal.
Comenzaron el largo camino de vuelta al vehículo acompañados por el sonido de la lluvia; esto le servía para disimular el nerviosismo que se delataría en su voz, y para no resaltar la incomodidad de ese momento.
Sus brazos se rozaron y sintió como una descarga eléctrica en el cuerpo que la hizo temblar.
Era el efecto de estar enamorada e ir bajo el mismo paraguas.
Se quedaría con ese otro recuerdo en el futuro, pensó cuando llegaron al vehículo y él la llevó hasta su puerta, rodeando el auto después.
—¿Te sentirás cómodo manejando? —preguntó viendo la lluvia que podía impedir su visibilidad del camino.
—Estaré bien, no te arriesgaría si no pudiese.
Ella se ruborizó por el modo en que lo malinterpretó y asintió. —Muchas gracias por cuidar de mí.
Él hizo un ligero movimiento de cabeza y echó a andar el automóvil. Por las circunstancias decidió permanecer en silencio, pendiente de cualquier eventualidad que surgiera en la carretera.
Fue hasta mucho después que el cielo se aclaró y la lluvia desapareció, mostrando la luz vespertina de Japón.
—Oji-san comentó que estás escribiendo un libro —habló él entonces.
—Sí. Estuve pensando en ello desde la universidad, pero ahora he podido trabajar en él —explicó, preguntándose cuándo se lo había dicho su padre.
—¿De qué tipo es?
—Es narrativa romántica. Tengo poco más de la mitad de la historia lista y ya he pensado en el final, así que estoy bastante contenta.
—¿Alguien lo ha leído?
Hizo una negativa con la cabeza.
—No estoy segura si la opinión de mis amigas será imparcial —confesó tímidamente—. Aunque tampoco sé si lo estoy haciendo bien.
—¿Te molestaría si yo lo juzgo?
Si ella hubiese estado manejando, habría perdido el control del volante. Él, al contrario, permanecía impávido y esperaba su respuesta.
—Es una novela romántica…
—Soy consciente de ello.
Arrugó su boca. —¿Me dirías que está bien si no lo está? —inquirió dubitativa. —No es que dude de tu honestidad, pero podrías pensar que herirías mis sentimien… —Calló al suponer que él era algo ecuánime al respecto.
Como adivinando sus pensamientos, él soltó una carcajada que agitó su pecho.
—No voy a decir cosas que no piense para no herir tu susceptibilidad. Además, sería perjudicial para ti si miento diciendo que es bueno, en el caso que no lo sea. Ser sincero y directo es lo mejor en casos como estos; por experiencia, los verdaderos artistas se motivan con las críticas constructivas, tratando de hacer obras con mejor calidad.
—Oh. No se me había ocurrido pensarlo así —razonó jugueteando con su bolso. —Si quieres… al llegar a mi casa… Ay, qué tonta, olvidé que puedo enviártelo, nunca pensaría que tú puedes adueñarte de mi trabajo.
—Tengo tiempo al regreso, si no tienes planes más tarde.
—Estoy bien… pero podría ser cansado para ti después de las actividades del día.
—Leo rápido y no ha sido un viaje largo el de hoy —replicó él.
Sin más que decir, ella aceptó.
El regreso a casa de Kotoko concluyó sin percances y Naoki aparcó lentamente delante de ella, mirando satisfecho el hogar del vecino, feliz de que solo era eso.
En el trayecto del viaje, había pensado brevemente que, si no estuviese "idiotizado" por ella, habría visto con mayor claridad el asunto. Ciertamente, las emociones obnubilaban el buen juicio, sin importar que fuesen bienvenidas o no.
No obstante, sabía que, sin haber ocurrido sus celos, habría tardado más en reconocer los sentimientos que tenía por Kotoko, ni se habría animado a establecer una relación amistosa con ella. Era demasiado orgulloso para ello, y siempre que su madre favorecía a una chica, huía en la dirección contraria.
Fuera el modo que fuera, ahora se hallaba en su hogar, y en mejores circunstancias que antes. Hasta compartiría con él lo que no había hecho con otros; sus recelos eran obvios y justificados, pero tomaría en cuenta su opinión.
A pesar de lo que había dicho en el coche, esperaba no tener que dar un comentario muy crítico para su obra, y tener muchos aspectos positivos que resaltar. Odiaría ver su rostro decepcionado por no contar con su aprobación.
Algo que no admitiría en voz alta era que contaba con cierta experiencia en las novelas románticas, quizá no por gusto, sino de contenido, ya que cuando estaba él joven, su madre leía en voz alta y él lo escuchaba, al punto de identificar características de ellas. Y, por otro lado, el estilo y una buena redacción conseguían atraer más que el género de la obra.
(También debía agregar haber leído clásicos de literatura clasificados como románticos.)
Por lo tanto, leería lo que ella tenía escrito y juzgaría entonces. Asimismo, cabía la posibilidad de que en su romance Kotoko le diese ideas de qué hacer con respecto a los dos.
Eso último acababa de ocurrírsele, reconoció mientras ingresaba a la casa.
—Ponte cómodo mientras busco mi portátil; la primera puerta a la izquierda es el baño —dijo ella cuando se quitaron el calzado. —En lo que lees, me entretendré tejiendo, traeré mis cosas.
Él asintió y la vio partir al fondo del pasillo; aprovechó sus indicaciones y entró al baño un momento. Cuando regresó al salón, ella no había vuelto, pero se sentó a esperarla en el sofá largo que estaba junto a la ventana.
Kotoko no tardó más que un par de minutos en retornar con sus cosas, las cuales colocó en la mesa de centro antes de acomodarse también. Se había cambiado la blusa morada por otra blanca con una Torre Eiffel en el centro y unas palabras en francés que ella no debía conocer su significado.
La vio encender el ordenador portátil y esperar a que apareciera la pantalla de inicio.
—¿Te gustaría beber algo caliente o frío? —preguntó ella mirándolo.
—Lo que tú vayas a tomar, cuando lo hagas —contestó encogiéndose de hombros.
—Si tú lo dices.
Ella introdujo su contraseña y pasaron unos minutos para que le mostrara su documento, con un rostro expectante.
Aceptó el portátil y se acomodó con él antes de comenzar; Kotoko cogió su material de tejido y pensó que así no le estaría contemplando en medio de su lectura. Por un segundo creyó que sería como esos que se sentaban a un lado y trataban de explicarle al momento, pero permaneció quieta, si bien notaba que sus ojos le espiaban.
Se desconcentró de ella y empezó. "El color de una sonrisa", leyó al principio. Era extraño que ya tuviese nombre, porque era normal pensar en ello al tener todo.
Rápidamente se quedó inmerso en la novela, con contenido de buena calidad, que hablaba de una mujer recientemente viuda, situación que le hizo darse cuenta de que su vida había estado dedicada a su marido y que no había podido realizarse a sí misma poniéndolo en primer lugar. Poco a poco, Sachi recuperaba su propio valor y rechazaba los intentos de un comerciante de arte, quien también iba cambiando como la protagonista. Los conocimientos artísticos de él eran de ayuda para ella, de donde provenía el título.
Era un "romance personal", más que uno de pareja. Y le agradaba lo que leía; el estilo de Kotoko era profundo y divertido al mismo tiempo, con muchas dosis de sentimientos que no resultaban molestas al leer para alguien como él. Funcionaba como una lectura de reflexión y ocio, con un toque maduro.
Al haber escrito eso, ella demostraba su capacidad cognitiva y su madurez personal, misma que una vez le dijo que ella estaba a años luz de él. No estaba equivocado.
Sin embargo, una pequeña voz en su interior, a la que ignoró, le susurraba que mirara más allá de lo que leía, como si debiera encontrar algo allí.
Decepcionado, llegó hasta su avance actual, esperando saber qué pasaba después de ese capítulo. Suspirando, se inclinó por el té verde frío en la mesa, que ella le llevó en algún momento de su lectura.
Naoki la miró entonces.
—¿Y bien? —cuestionó Kotoko casi brincando en su asiento.
Ella estaba deseando conocer el punto de vista de él, sobretodo tras notar que prácticamente no despegaba la mirada de la pantalla. Casi no había podido avanzar en el tejido, nerviosa por la neutralidad de su expresión, apenas y se había levantado para buscar el té e ir al sanitario. Quería saber qué significaba la cara de él; no revelaba nada, como si realmente existiera la objetividad.
—Cuando sientas que esté listo, publícalo —expresó Irie-kun tras dar un sorbo a su bebida. —Hay algunos errores en la redacción y unas partes que pueden ser expresadas de forma diferente, pero tiene potencial. En casos como el tuyo basta con una breve edición, no un cambio en la historia ni el estilo.
—¿De verdad! —pronunció sintiendo que el pecho le explotaba de felicidad.
Él asintió.
—No es lo que yo escogería para mí, aunque lo encontraría interesante y terminaría de leer. —Le miró sin estar segura, haciéndolo suspirar. —Es bueno.
—¡Qué alegría! —celebró aplaudiendo. Si un crítico como él tenía esa opinión, era importante.
Se sentía más allá del cielo, estaba pletórica como si lo hubiese publicado y tuviese gran número de ventas. Podía confiar en las palabras de Irie-kun, él no suavizaría su opinión si era desagradable.
—Gracias, muchas gracias —dijo contenta. —Tenía dudas al respecto, y ahora siento alivio.
Los ojos violáceos de él se mostraron amables.
—¿Cómo te decidiste a escribir? —preguntó él. —Lo pensaste en la universidad, pero ya tienes más de un año fuera de ella.
Se sintió tentada a admitir que había empezado a escribir un poco tras volverlo a ver en Pandai, y que después de una pausa había continuado tras sus actos en el restaurante, pero no era algo que necesitara saber. Porque para eso tendría que explicar el cambio radical en la idea original y el efecto que había tenido en ella aquella noche. Entonces se vería orillada a hablar de sus sentimientos por él, algo que no valía la pena ya.
—Creo que no había llegado el momento en que estuviera preparada para escribir, hace un año no pensaba igual y mi texto habría sido muy diferente. Las experiencias que he tenido este tiempo han cambiado mi forma de ver la vida —manifestó tras pensarlo bien. —La inspiración me alcanzó hasta ahora, ya preparada mentalmente.
Él se quedó callado un buen rato. Y, cuando creyó que ya no diría nada, habló: —Lo entiendo. —Su expresión se tornó lejana. —Después del día de hoy, puedo comprenderlo. También es tiempo para mí, antes no estaba listo. Hay que alejarse de todo y abrir la mente para poder ver las cosas desde otra perspectiva.
—¿De qué hablas? —murmuró confundida—. Es… ¿acaso te refieres a trabajar en la tecnología médica? —tentó recordando la indecisión que le había compartido.
Él afirmó con la cabeza.
—¿Cómo ayudó a decidirte?
—Pocas oportunidades tengo días diferentes, que disfrute.
Ella se llevó unos dedos al mentón. —Hoy fue uno de ellos —supuso, a lo que él asintió—, y… ¿haciendo lo que te gusta también lo harás? —inquirió.
—Puedes decirlo de esa forma.
—Estoy segura que a Irie-kun le irá bien.
No supo que le producía exactamente que se alejara de Pandai, pero se sentía orgullosa por el paso que estaba dando y preveía éxito en su futuro.
Él asintió y esbozó una enigmática sonrisa, que le dio la impresión que decía: "Tu confianza es lo que necesitaba".
(Kotoko desconocía que esos eran sus sentimientos.)
NA: Durante un segundo, este capítulo iba a tener algo más emocionante bajo la lluvia, pero no ocurrió. ¡Ups!
Yo sé que, a veces, a veces, Naoki debe hacerse el tonto con algunas cosas, le conviene.
Besos, Karo.
Sydnedy: Thank you! Yeah, I prefer their quiet times together, where she doesn't talk (even if she really want to) and they enjoy the company of the other he,he.
caro: Ja,ja, bueno, solamente les falta aclarar ese último enredo, ya todo lo demás se ha ido despejando. ¡Gracias por el review!
