Capítulo 44


Kotoko jadeó sobre la boca de Irie-kun, sorprendiéndose de sobremanera por ese arrebato de él, que capturaba sus labios una y otra vez de forma delicada, llevándose todo el tiempo del mundo. Fue tentada a cerrar los ojos y dejarse envolver por las sensaciones que le provocaba, sin una idea de qué pasaba ahí.

¡Irie-kun le estaba besando!

Solo en sus sueños había ocurrido algo como eso y no era nada parecido a la realidad; era tierno y suave, como la caricia de un pequeño pétalo de rosa o el algodón, pero no dejaba de mandarle corrientes de energía a través del cuerpo. Nunca habría creído que él la besaría así…

No podía estar pasando, se dijo tensándose.

Abrió los ojos cuando él se apartaba de ella, no sabía si por sentir su tensión o por estar satisfecho.

—Eso nos deja a mano según lo que acabas de decir —dijo él con calma, sin mostrar algún signo de haberla estado besando.

Parpadeó atónita y movió la boca un par de veces, insegura de qué decir o sentir. Le había devuelto el beso que ella le había robado.

¿Solo era eso? ¿O significaba que tenía sentimientos por ella?

Tenía que ser una broma.

Cerró los ojos y bajó la cabeza, presionando fuertemente los párpados mientras no la veía él. Rogaba que no tuviese sentimientos por ella. Solo a ella podía pasarle que su amor de años le correspondía después de decidir que iba a apartarlo de su vida.

—Irie-kun, ¿tú…

—¿Hablas en serio —interrumpió él suavemente, en un tono muy distinto al habitual— …sobre dar vuelta a la página?

Sintiendo que su corazón estaba a punto de dividirse, asintió con lentitud.

—¿Y si tus sentimientos no fuesen unilaterales?

Los segundos en tensión corrieron mientras juntaba las fuerzas para pronunciar las palabras adecuadas.

El llamado a la puerta fue como mandado por sus ancestros.

Lo escuchó suspirar y miró hacia donde estaba él, que se aproximó al escritorio, cogió el fólder abandonado y se lo entregó. —Después hablaremos —dijo Irie-kun antes de ir a la puerta.

Pasó gran cantidad de saliva y corrió hacia el carrito.

—Nishikado-san —saludó Irie-kun al moreno de lentes que apareció en la puerta y la miró unos segundos para después avanzar al interior de la oficina junto al dueño de ella.

—Me retiro —murmuró saliendo sin esperar respuesta.

Ya fuera, respiró con alivio.

Les había dicho a sus amigas que se apartaría de él si le correspondía, pero a la hora de la verdad era muy difícil hacerlo. Al rechazarlo, tendría que lastimarlo y sabía lo que dolía.

Rechazarlo.

Eso era lo que haría, ¿verdad?


Naoki aparcó cerca del restaurante de Shigeo-san y dejó la marcha neutral, para no descender todavía a la fiesta de cumpleaños de Kotoko.

Quería tranquilizarse, pues un sentimiento de opresión le mantenía inquieto. Había comenzado a tenerlo desde las confesiones de Kotoko y su aparente incomodidad al besarla —tras lo cual había tratado de salvar su orgullo con un comentario banal—, y había seguido creciendo conforme avanzaban las horas de esa interminable semana, en las que salía muy tarde de Pandai supervisando a Nishikado-san, impidiéndole ir a buscarla a su hogar para poder terminar lo que quedó pendiente.

Aparentemente, la decisión de esperar su estabilidad laboral para hablar de sus sentimientos le había sido robada, porque al oír que iba a renunciar a él su cerebro le había gritado hacer algo para evitarlo. No podía permitir que ella dejara de quererle, sentía miedo a la idea de perderla definitivamente, no porque los demás se interpusieran, sino por su propia convicción. Sabía que, si ella se ponía una meta, iba a cumplirla, y le atemorizaba que tuviese planeado olvidarle.

La felicidad de confirmar su enamoramiento se había evaporado con esa amenaza a un futuro juntos.

¿Qué iba a hacer sin ella queriéndole?

Ya había tenido una existencia gris y monótona, su mente se oponía a vivir el resto de su vida de aquella forma. Se lamentaba de lo que había perdido por ser tan obtuso y necio, por ser tan lento para actuar y desperdiciar la oportunidad de ser feliz con una mujer que le quería incondicionalmente… desde los quince años.

Era una mujer increíble.

No se la merecía, ella había pasado tanto tiempo enamorada de él, soportando su ignorancia y sus malos tratos, su indiferencia y su rechazo. Su amor había aguantado mucho, mientras que él solo llevaba un poco tiempo sufriendo y no había recibido más que amistad y sonrisas de parte de ella, con solo unos cuantos titubeos en su compañía.

Le habría sido imposible hacer lo que ella, por lo que la admiraba y se sentía conmovido de ser querido de tal manera.

No obstante, Kotoko había decidido ponerle un alto y lo conseguiría si se lo proponía, abandonando años de un amor unilateral.

Era egoísta por no quererlo.

Debía esperar por el bienestar de ella, finalmente deshaciéndose de unos sentimientos que no le convenían, pero era muy egocéntrico e imbécil para seguir deseando que su amor por él no desapareciera. Como el perro del hortelano*, o como quien quiere una cosa cuando lo ve perdida.

Tenía que hacer algo para detenerla.

Si le confesaba sus sentimientos, ¿la alcanzaría antes de que se alejara? ¿O ella seguiría su camino sin él?

Lamentaba haber permanecido ajeno a las emociones para no darse cuenta de lo que ocurría con él mismo a tiempo… así no estaría en ese predicamento.

Unas risas a su derecha le recordaron dónde estaba, así que suspiró y trató de relajar los hombros como había planeado. Iba a celebrar con los demás el cumpleaños de Kotoko, para lo que con antelación se había agendado ese viernes.

Esperaría hasta el final y entonces le diría sus sentimientos; si no podía, lo haría al día siguiente, era imperativo no dejar pasar más tiempo.

Cogiendo aire, apagó el motor y tomó el regalo en el asiento del copiloto, apeando de una vez su vehículo con rumbo al restaurante.

El interior del negocio del amigo de su padre le recibió con el toque especial de Irie Noriko, por los globos de helio y las decoraciones blancas y rosadas, con flores, estrellas y corazones, que gritaban por lo alto la "fiesta para mujer" que tantos años quería hacer, con un estilo muy occidental. Le sorprendía que no rentara un sitio para la celebración, pero el aroma de la comida de Shigeo-san en el aire mostraba la razón lógica de no hacerlo.

No todas las luces estaban encendidas y una música tenue sonaba, que unas jóvenes con las amigas de Kotoko coreaban al centro del establecimiento, usando el karaoke.

Escaneó rápidamente el sitio, buscando a la cumpleañera, pero solo encontró las caras conocidas de su padre, Yuuki y el vecino. Las otras quince personas debían ser amigos o familiares de Kotoko, quien brillaba por su ausencia junto a su madre.

Se acercó a su padre, el cual le saludó animadamente, agitando un vaso. Esperaba que no fuese alcohol.

—¿Dónde están mamá y Kotoko? —preguntó moviendo la cabeza de modo sutil a Kamogari, pues desde su lugar éste le había saludado en medio de su conversación con un hombre de mediana edad.

—Mamá fue a prepararla —contestó Yuuki, apartando la vista del móvil en que jugaba vídeo juegos. —Deben estar por llegar.

Asintió y colocó su bolsa de regalo junto a la caja empapelada en el centro de la mesa, advirtiendo la sonrisa de sus dos acompañantes.

Vio que en la barra se colocaban la pareja que trabajaba con Shigeo-san, Ikezawa y la rubia cuyo nombre no había escuchado aún, así que se excusó para ir por una bebida.

—Irie-san, ¿cierto? —pronunció en un fuerte acento extranjero la joven, una vez estuvo frente a ellos.

Lo confirmó con su cabeza.

—Somos amigos de Kotoko. Noriko-san le quiere mucho —prosiguió la joven señalando a su alrededor. —Me llamo Christine Robbins y él es Ikezawa Kinnosuke, ha estudiado con Kotoko desde la preparatoria.

—Mucho gusto.

—¡Yo sé quién eres! —exclamó el pelinegro—. El genio de la clase A. ¿Por qué antes no me di cuenta? Qué pequeño es el mundo, por los familiares terminaste en una reunión con los peores del curso. —Ikezawa soltó una carcajada, que cayó al recibir un golpe en el brazo de parte de la rubia.

Reprimió una sonrisa.

—Trabajamos en el mismo sitio —replicó sin molestarse por la burla del mejor amigo de Kotoko.

—Los chicos se sorprenderán al saber lo alto que llegó ella —dijo Ikezawa para sí. —Cuidado con hacerle algo, Irie, porque lo pagarás.

Robbins bajó la mirada como si supiera algo, espiándolo a él. —¿Qué te gustaría beber, Irie-san? —intervino rápidamente, haciendo que el otro frunciera el ceño.

—Sin alcohol —pidió preguntándose si ella conocía la historia de Kotoko.

—¿No vas a decir nada? —refunfuñó el pelinegro entre dientes.

La rubia sonrió. —¿Tengo razones para estar celosa? —Ikezawa negó de forma frenética—. Entonces me alegra que cuides así de nuestra mejor amiga.

—¡Naoki-kun! Hola. —La voz del padre de Kotoko terminó con la conversación de los jóvenes.

—Oji-san, ¿cómo está? —contestó sentándose.

—Todo va bien. Ustedes, comprueben si… —Shigeo-san se cortó, riendo en voz baja—. También son invitados esta noche, diviértanse.

Ella sonrió y cogió a Ikezawa del brazo, llevándoselo lejos de la barra.

—¿Qué tal tú? He escuchado nuevas noticias de parte de Ai-chan —continuó Shigeo-san entregándole su bebida.

—Sí, fue de ayuda hablar con usted. Ahora estaré más ocupado que de costumbre.

El padre de Kotoko rió. —El comienzo es así, pero al final del día te sentirás satisfecho de lo que hiciste. ¡Oh! Ya han llegado.

Naoki sintió un brinco en el pecho y giró la cabeza hacia la puerta, casi perdiendo la respiración al ver a Kotoko.

Lucía hermosa.

Un vestido azul eléctrico hasta las rodillas ajustaba su silueta, mostrando sus buenas proporciones y naturalmente resaltándola con la tonalidad del color. Las zapatillas plateadas de tacón medio estilizaban su figura y le daban un toque de clase, que ella parecía una modelo de revista.

Tenía un maquillaje en tonos suaves, enfatizando los labios, y su cabello había sido trenzado al comienzo del lado derecho hasta mitad de la cabeza, dejando el final suelto en definidas ondas.

Nació en él un deseo de pararse y cubrirla para que otro hombre no posara sus ojos sobre ella, ni en ese bochorno que brillaba en sus orbes avellanados y en sus mejillas. Quería ser el único que colocara su mano posesiva en la cintura, diciéndole a los demás que era suya.

Se puso en pie y los ojos de ella le encontraron, aumentando el tono rojizo de su rostro, una reacción dedicada solo a él. Kotoko le veía ensimismada, haciéndole pensar que no podía perderla y que quería tenerla mirándole así toda la vida.

Su trance se acabó cuando las amigas de ella chillaron y corrieron a abrazarla, gritando su nombre con emoción.

Vio a su madre aplaudir contenta y a dos chicos colocarse a los lados de Kotoko para explotar dos lanzadores de confeti y serpentina, tras los cuales los invitados —él incluido—, prorrumpieron en aplausos.

Ikezawa y Robbins se unieron al grupo y él se alejó hacia la mesa en que estaba su familia, ignorando la sonrisa ladina de su hermano. Poniendo los ojos en blanco, prefirió ver el recorrido que hacía Kotoko al restaurante, platicando animadamente con sus personas cercanas, quienes les daban unos regalos que ocasionaban grandes sonrisas y agradecimientos en ella.

—¡Kotoko-chan se ve espléndida! —exclamó su madre llegando a la mesa. —¿Verdad que sí, onii-chan? —susurró muy cerca de su rostro, para que pudiera oírlo en medio de la música que un grupo cantaba en el centro.

Él miró a su madre por unos segundos sin decir nada, haciéndola bufar.

—No seas orgulloso, puedes por lo menos asentir o admitir que no se ve mal. Tienes que aprender a tratar a las mujeres —farfulló ella entre dientes. —Le dirás algo bonito porque te arrepentirás si la haces sentir mal solo para parecer genial, Naoki.

—Mamá. —Su padre colocó una mano sobre los hombros de su esposa, tranquilizándola. —Nao sabe eso, no pierdas los ánimos porque Kotoko-chan se dará cuenta. Se pondrá triste si te ve así y se ve muy bonita.

—Onii-chan solo no sabe qué decir —agregó su hermano riendo.

Dejó escapar una carcajada por aquella broma; si él quería decir algo, lo haría. Pero no había motivo para hacerlo enfrente de su madre o de la forma expresiva que ella esperaba. Ciertamente no había palabras que le hicieran justicia a la pelirroja ese día, aunque eso no iba a admitirlo en voz alta.

—Espero que sea eso —masculló su madre antes de poner una sonrisa en su rostro. —Cómo me habría gustado vestir así de linda a una hija, año con año en su cumpleaños.

Él se estremeció cuando habló de vestir a una niña, y vio que su hermano y su padre también habían reaccionado igual.

—Me divertí mucho el martes comprando la ropa con ella —continuó su progenitora—, y hoy disfrutamos en la estética juntas. Gracias papá por dejarla salir temprano. Es como un regalo para mí también. Quisiera tanto una hija —concluyó mirándoles a Yuuki y a él con expresión implorante.

Su hermano saltó y cogió el móvil; él solo desvió la vista con indiferencia. Si supiera que la persona que deseaba para él tal vez estaba fuera de su alcance, en ese momento correría a encerrarlos hasta en un aseo.

Pensándolo bien… Estar a solas con Kotoko no sonaba nada mal, en especial porque en ese mismo momento se encontraba con Kamogari, que le regaló un pequeño bolso muy distinto a los animados que ella utilizaba.

—¿Por qué tengo hijos tan malos? —se quejó su madre dramáticamente.

Kotoko siguió en la mesa continua a la suya, terminando su intercambio con Kamogari y su acompañante; el vecino tuvo que conformarse con verla unos momentos, porque él cruzó su mirada con la suya, obligándolo a concentrarse en su vaso.

Después de su mesa no podría seguir viéndola, porque sería muy obvio, pero no recordaba a nadie muy molesto a su espalda.

Las mujeres con quien ella estaba ahora le dieron bastantes dulces, un regalo muy apropiado para entregarle, en su opinión. A eso siguió una corta plática del orfanato y luego Kotoko miró hacia su mesa, sonriendo a su madre que interrumpió su conversación con su padre.

Ella se aproximó a donde estaban, con ojos inseguros que nadie más que él vio o entendió.

—El espacio junto a onii-chan está libre —indicó su madre con fingida inocencia, consiguiendo una tos corta de su hermano.

Los hombros de Kotoko cayeron un poco, pero asintió.

—No estoy muy acostumbrada a caminar en zapatos altos, oba-san —dijo ella señalando sus pies. Caminaba perfectamente, mas debía dolerle.

Él actuó por reflejo cuando sus pies se enredaron frente a él, atrapándola con ambos brazos para que no cayera tan estrepitosamente en el tatami.

Su largo cabello obstruyó su rostro y su busto quedó presionado a su pecho, pero cualquier efecto fue bloqueado por el interés en las consecuencias de su tropiezo. Al apartarse, solo quedó en él su suave perfume floral.

Apretó sus delgados antebrazos con sus manos, haciendo oídos sordos a las preguntas de su madre, y la ayudó a separarse conforme se arrodillaba.

—¿Estás herida? —cuestionó en un murmullo solo para ella, observando su rostro colorado. No había forma de negar lo avergonzada que estaba, hasta su pulso corría locamente.

Kotoko negó.

—¡No pasó nada! —escuchó gritar a su madre y solo así se percató de que la música había cesado, porque hubo un suspiro colectivo y los ruidos se renovaron.

—Qué vergüenza —musitó Kotoko bajando los párpados—, pero ya debería estar acostumbrada. —Inclinó su cabeza hacia él. —Lo siento, Irie-kun.

—Fue un accidente —aseveró guardándose el reproche hacia la culpable de comprar ese calzado. Era una trampa mortal para alguien que tropezaba fácilmente.

—Yuuki, ve por un poco de agua —instruyó su madre. —Kotoko-chan, no te inquietes, a mí me pasaba todo el tiempo cuando comencé a andar en tacones.

Él la encaró escéptico; su padre fruncía el ceño. Debía ser evidente que mentía, aunque Kotoko, que rió nerviosamente, no debía intuirlo.

—Supongo que sí —repuso Kotoko moviendo sus cabellos de su hombro, cubierto por la manga de su vestido con escote en forma de v. —Tal vez algún día consiga usar tacones adecuadamente.

Yuuki regresó con un vaso de agua y se lo entregó.

Su familia le deseó feliz cumpleaños después de que ella bebiera, con su padre acercándole el obsequio en tanto su madre hacía fotografías con la cámara que sacó de alguna parte.

—Gracias a todos —dijo la cumpleañera, desenvolviendo con cuidado la caja empapelada de dorado. En el interior había una pequeña mochila y un reloj de alta calidad, la primera era de estampado de gatos y el otro era plateado.

Ambas cosas le hicieron abrir su pequeña boca de asombro.

—Es muy bonito, se los agradezco. Los usaré bien.

Él cogió su bolsa de regalo y la acercó a ella. Kotoko parpadeó sorprendida mientras lo tomaba.

—Feliz cumpleaños, Kotoko.

—Pensé que el regalo de la caja era de todos ustedes —balbuceó con los dedos en el borde engrapado. —No tenías que tomarte tanta molestia.

Se encogió de hombros como respuesta. Consciente de todo lo que había pasado entre los dos y el "gesto" mencionado por Yuuki, creyó necesario hacerle un regalo personal y no aportar al de su familia, escogido por la única mujer Irie.

—Ábrelo, Kotoko-chan —casi suplicó su madre detrás de la cámara, y se vio con la atención de los otros miembros de su familia, que esperaban con rostros impacientes.

La pelirroja asintió y separó lentamente las grapas del borde, cuidando de no dañar el moño en la esquina izquierda. Una vez hecho eso, extrajo con cuidado el cuaderno de tapa dura con aspecto antiguo, en cuyo interior cada página tenía frases motivacionales que le recordaron a los post-it y estados de ella.

Contuvo una sonrisa de burla al escuchar el resoplido de su madre, formando con sus labios "un cuaderno".

Kotoko acarició la cubierta superior uniendo los trazos antes de levantarla, jadeando al ver el colorido de las páginas adornadas. Como con todos los demás, sus respuestas a los obsequios eran genuinas.

—Es muy bonito, Irie-kun, me gusta mucho. —A diferencia de su madre, ella sí lo apreciaba, como él lo sabía.

Kotoko cogió la bolsa para guardar de nuevo el regalo, pero frunció el ceño.

—Pesa un poco para ser papel.

Su madre abrió los ojos. —¿Podría ser que haya algo más dentro? —sugirió viéndolo de reojo.

Esta vez fue Kotoko quien encogió los hombros; a continuación, se asomó a la bolsa colorida e hizo un mohín, introduciendo la mano tentativamente.

Los otros se inclinaron con expectación. Para disimular su diversión, él bebió de su vaso.

Kotoko trajo a la vista una cajita rectangular de joyería, la cual abrió con manos con suma lentitud hasta poder admirar la cadena de plata con el colgante de estrella que había comprado ese domingo.

—Es… preciosa —susurró ella con sus orbes clavados en la cadena.

—Onii-chan, nunca pensé que podrías hacer algo así sin mi ayuda —expresó su madre con voz emocionada—. Kotoko-chan, ¿le habías dicho que te gustan las estrellas?

Ella puso cara de desconcierto haciendo reír a su familia.

Era claro que no lo recordaba, uno de los días en que estaba muy concentrada en el tejido, ella había mencionado que le gustaban las raras noches estrelladas, pero además él se había percatado de la funda de su móvil y un par de imágenes compartidas en su red social.

—Ya veo que sabes procurar regalos, onii-chan —señaló su madre con reprimenda (quizá pensando en sus obsequios pasados), aunque sonreía extasiada hacia él. —Qué afortunado; estaba tan apenada por el collar para ti que olvidé en casa.

Naoki por poco arrugó el ceño. Su madre no podía estar enterada que compraría una cadena, ¿o sí?

—El regalo de onii-chan combinará perfectamente con tu ropa, Kotoko-chan. Y cubrirá el espacio vacío en tu cuello. Él puede colocártelo ya que está a tu lado.

La aludida dejó de mirar la cadena y alzó la cabeza con velocidad. Él estuvo por tirar el contenido restante de su vaso, incrédulo de la osadía de su progenitora.

—Mamá, eso puede ser incómodo —tartajeó su padre.

—¿Es así? —se asombró ella. —Lo lamento, no lo estaba pensando. Tonta de mí.

Naoki se preguntó si se merecía un premio a la actuación o realmente lo había dicho sin analizarlo. No lo creía posible.

—Es… está bien —balbuceó Kotoko, desprendiendo la cadena de la almohadilla. —No es nada del otro mundo —aseguró sosteniéndola en el aire. —¿Verdad? —inquirió a él al final.

Dos puntos rojos marcaban su rostro, pero parecía muy templada y segura de sí misma.

Él negó y extendió su mano. Con sus padres y todo el mundo enfrente, no podía pasar nada en un gesto que rápidamente se podía tornar íntimo.

Recibió la cadena y ella ladeó su cuerpo. —Aparta tu cabello.

Sin detenerse mucho tiempo y como si la acción le trajera sin cuidado, colocó la cadena sobre su cuello y la cerró, alejándose sin tocarla siquiera.

—Ya está.

—Gracias, Irie-kun —dijo Kotoko acariciando la estrella más arriba de sus pechos. —La cuidaré.

No lo dudaba, pero… ¿dejaría que él la cuidara a ella?


*Como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer: Cuando no disfrutas de algo, ni dejas que otro lo haga.


NA: No, Naoki, eres muy poca cosa para Kotoko.

Se dirán, ¿por qué no le dio su regalo en privado? Pues porque también debe significar algo que sea enfrente de todos, cosa que no haría por nadie.

Y nada más para que todos los males no sean lanzados a la señora Irie. No, ella no sabía que le daría eso. ¿O sí? Ja,ja.

Por cierto, las interrupciones en la oficina son prueba de que allí no es el mejor sitio para los momentos importantes.

¡Todavía el cumpleaños no termina!

Besos, Karo.


Guest: Bueno, nada más termino de subir la historia y muero ja,ja. Pero lo dejé así porque iba a actualizar rápido, ¿eso me salva? Ja,ja, yo sé que tengo mi lugarcito en el infierno, no hay problema. Gracias por tu review.

caro: ¡Hola! Ja,ja, me dije que faltaba la Kotoko valiente que pretendió entregar la carta de amor en donde todo mundo la vería. Aquí fue más privado, pero algo potente; yo me llevaba el secreto a la tumba. Naoki se muere por decir sí, nunca es el momento oportuno para él, pero ya tengo planeado qué va a pasar. A ver sus reacciones. Gracias por tu bonita opinión :).