La Última Misión

Capítulo IV

Los meses vuelan, los que alguna vez fueron pequeños crecen y así hasta hacerse mayores, con las suficientes fuerzas para subsistir por sí mismos…

- ¡Renataaaaaaaaa! –se oyó fuerte la voz del joven Danny.

- ¿Qué?

- ¿Mis lentes?

- No sé… creo que un pájaro de lo llevó…

- ¿Un pájaro? Tonta, estamos en un domo, nada puede entrar o salir… ¿No será que tú los tienes?

- Nooo, para nada –dijo esto último con una carcajada.

Así, vuelan las clases, llegan las vacaciones navideñas… con una aparente libertad… en realidad, aparente, pues vivir en la misma escuela hasta los 18 años es una total prisión, sin poder salir de ella, ni escuchar música, ni nada de lo que tanto los jóvenes disfrutan…

Aquella iba a ser su primera Navidad en la Academia. La escuela permitía celebrarla, así como dependiera de la religión que fuera cada uno de los estudiantes, así lo hacían los muchachos judíos con Janucá.

Aunque una tradición bastante difundida allí era de dar regalos entre ellos, como un presente para los amigos…

Lamentablemente, ningún regalo para Renata iba a servir para soportar la tan inesperada noticia que recibiría aquella Nochebuena…

La joven peliverdeazulada trababa de sacar los témpanos de hielo que estaba sobre el techo de una de las oficinas del campus. A pesar que del domo no podían caer gotas de lluvia o como aquél día caían copos de nieve, cada día un hombre estaba encargado de limpiar los tejados del colegio para sacar la basura de la canaleta. El frío entraba por los ventiladores que hacían que llegara el aire fresco. El agua de congelaba y terminaba en enormes estalactitas colgando de los edificios.

Aparte de ella, estaban los demás compañeros de su curso. Ese día les tocaba a ellos la tarea de retirarlas.

- ¡Miren, ha llegado correo! –apuntó Wesh a William, que tenía la responsabilidad de entregar las cartas dirigidas a sus alumnos

Inmediatamente todos dejaron sus palas y corrieron donde su profesor casi apretujándolo.

- ¡Soldados, firmes! –dio la orden y entonces todos se alinearon uno detrás del otro –Aquí tengo algunas cartas dirigidas a ustedes… veamos quienes tienen la suerte que recibir una carta de sus padres.

El maestro sacó del bolso que llevaba colgado del hombro decenas de sobres. Cada uno fue recibiendo según le correspondía...

- ¡Giffin!

- ¡Presente, señor!

- Su carta.

- ¡Muchas gracias, señor!

- ¡Turner!

- ¡Presente, maestro!

Así el bolso se fue vaciando cada vez más, hasta que solo quedaron tres cartas. Curiosamente los únicos que no recibieron sobres en ese momento eran Danny, Renata, Wesh y Francine.

Significaba que uno de ellos no recibiría carta ese año…

- ¡Flynn!

Danny dio un paso al frente, extendiendo sus manos para tomar entre ellas el mensaje.

- ¿Pero cómo? Sí yo no tengo…

- Padres. Claro que no, pero de acuerdo al orfanato tiene el deber de darte una pensión cada fin de semestre –explicó el profesor.

El chico abrió la carta, descubriendo que además de unos cuantos dólares estadounidenses, había un mensaje escrito:

"Nunca te olvides de nosotros. Firma: Anne y tus hermanos del orfanato" –decía esta.

- ¿Hermanos? –preguntó Renata.

- ¿Ah? Sí, ellos son mis amigos…

- ¿Y quién es Anne?

- La que escribió la carta por todos los demás. Ellos creen que me adoptaron, a excepción de los directores, que piensan que estoy en otro hogar por una transferencia. La verdad es que yo no supe que mis padres eran agentes hasta que llegué a esta Academia.

- ¡Señorita Renata Abbott! ¡Silencio en la fila! El siguiente es Dómine, Wesh y Bouvier, Francine –y les entregó sus respectivas cartas.

- ¿Wesh? –se intrigó la peliverdeazulada.

El joven sacó sin que lo vieran una navaja y cortó el costado del papel.

- ¿Una pensión? Pero sí ni siquiera viví en un orfanato…

- Debe ser un bono por indigencia. Agradece que lo poco que te dan sirve de algo aquí…

- ¿Para qué?

- Ahorrar –contestó irónico William.

- Señor Hugges… -dijo Renata en un susurro –Me pregunto si hay carta para mí…

El maestro observó con pena a la pequeña, tratando de ocultarla porque no quería parecer débil frente a los demás muchachos.

No emitió ni una sola palabra durante largo rato, hasta cuando dio un suspiro.

- Será mejor que me acompañes, Abbott –ordenó en un tono de voz muy lúgubre. De solo oírla, la pequeña sintió que debía prepararse para lo peor. Aunque quizás cinco minutos no serían suficientes para prepararse para una noticia como esta.

La niña temblaba, no de frío, a pesar que este estaba presente en el ambiente, sino por los nervios.

Llegaron a una habitación, semiapenumbrada con unas cortinas plegables y un escritorio en un rincón, más dos sillas. Era obvio que era una oficina, bastante concurrida y con cientos de libros y aparatos extraños y avanzados para la época en el suelo, despertaba la intriga de Renata al verlos.

- Renata… -habló el maestro, tocando su cara con las manos. Caminaba de un lado para otro, sin poder decir una palabra más. Comenzaba a sudar frío y las manos le tiritaban como si millones de hormigas le pasaran por encima. Finalmente sacó de su abrigo un cigarro y lo encendió para luego sentarse en una de las sillas.

- Sr. Hugges… ¿necesita una toalla? –le ofreció la pequeña al ver como goteaba sudor su maestro.

- No… no… no te preocupes –tartamudeaba el hombre, llevando los dedos a sus empapados cabellos –Es que… es difícil… decirte…

- ¿Decirme qué?

Entonces los ojos grises del anciano penetraron los de la chica, en un sentimiento de temor y tristeza, soltando las palabras que debían ser dichas, de forma entrecortada…

- Tu abuelo… hace dos semanas… según lo que me contaron era un día de lluvia… una exploradora estaba vendiendo galletas. Nadie abrió la puerta. Ese día la ventana de la casa estaba abierta… entonces observó y allí estaba George… tenía los ojos vidriosos, sentado en una silla mecedora con la vista hacia un retrato tuyo… él falleció.

La niña escuchaba el relato del profesor con atención, hasta que llegó a la parte final ¿Su abuelo, su tan querido y amado abuelo había muerto? ¿Y ella no estuvo allí para acompañarlo en sus últimos momentos? ¿Por qué? ¿Por qué no le pudo esperar? Ella saldría hasta que cumpliera 18, ¿no era mucho esperar unos 8 años más?

Finísimas lágrimas cristalinas corrieron por sus mejillas. William sacó una carta, negra con bordes plateados y se la entregó en las manos de la jovencita. Ella quedó mirándola por mucho rato, entre sus ojos nublados. Al abrirla pudo ver que era un cheque, con unos cuantos números en él y un pequeño papel escrito con una ordenada letra con lápiz de tinte dorado

- Es una herencia, pequeña, lo poco que George pudo dejarte. Lo podrás retirar cuando seas mayor y ese es una carta dirigida a ti. La encontraron junto el cuerpo de tu abuelo y puedo intuir que era importante que llegara a su nieta y la leyeras.

Lentamente, Renata comenzó a leer las letras plasmadas en el mensaje. Cada palabra era un tesoro para ella, un regalo y a la vez una tristeza que inundaba su corazón.

"Querida Renata:

No creas que dejarte me es tan fácil… como quisiera poderte esperar, hasta verte ya una mujercita, hermosa como cuando me presentó tu padre a su noviecita.

La vida es como el sol. Nace al alba y muere en el crepúsculo. Quienes cruzan el límite entre la vida y la muerte hasta el fondo, nunca han podido volver y contar por completo la mayor aventura de todas…

No te pude esperar, pero espero que tú puedas hacerlo para cuando podamos volver a vernos, con esa hermosa sonrisa que tienes…

Tu abuelo…"

- Renata, cuando él escribió estas palabras estaba agonizando… se lo puede ver. Aunque las letras están ordenadas, su mano temblaba al escribirlas. Lo siento tanto, pequeña… George era mi amigo… el mejor que tuve y entiendo tu…

- ¿Entender? –rompió el silencio la joven, con voz quebrada y sarcástica -¿Entender? ¿Usted sabe lo que es perder a quién fue el que te amó, cuidó y alimentó durante 10 años? ¿A quién te arropaba por las noches, te peinaba y cantaba canciones? ¿A la persona que te vestía hasta que por fin pudiste abrocharte un abrigo? ¿No será mejor la pregunta a quién consideraste lo más cercano a un padre o a una madre? Él lo era todo para mí, la razón por la que despertaba todas las mañanas en esta absurda y estúpida escuela…

- Renata, por favor…

- Nada de esto hubiera pasado si nunca hubiese pasado ese maldito accidente con mis padres… ¡Odio que hubieran sido agentes secretos! Si nunca lo hubiesen sido, jamás mi abuelo se habría encargado de mí, y tampoco ese día usted hubiera ido a secuestrar…

- ¿Secuestrar? ¡Renata, por favor, ya basta! Yo no te fui a…

- ¡Detesto simplemente! ¡Yo no pedí nunca ser agente! ¡No pedí ingresar a esa Academia! ¡Nooo…!

- ¡RENATA! –entonces el maestro la tomó de los hombros sacudiéndola, como para hacerla entender -¡Tal vez yo sí tuve los padres a mi lado, no como tú! ¡Pero eres más afortunada que yo, porque antes de venir a estudiar a la Academia discutí con mis padres! ¡Jamás pude pedirles perdón, cuando regresé ya era tarde! Lo peor del mundo es que con tus mismas palabras y sentimientos, mates a tus padres… ¡Es mil veces peor, porque es cuando tienes conciencia de que tú lo hiciste! ¡Ser un agente secreto es tanto una bendición, como una maldición, querida! ¡Arriesgas tu vida, por buenas causas! ¡Como lo hicieron tus antepasados! Pequeña, tal vez serlo sea uno de los más hermosos regalos que te pudo dar tu abuelo, su oficio, lo que es una gran honra para él. Sé que George siempre estuvo orgulloso de ti y lo seguirá haciendo…

- Pero…

- Ya no hay pero que valga, no existe camino de regreso ¡No hay vuelta atrás! ¡Ese es tu destino, lo llevas en tu sangre y será así con tus hijos y los hijos de tus hijos…!

"Si no quieres fallar a esa persona que amas, no falles en tu misión…"


Francine, Danny y Wesh seguían afuera golpeando los pámpanos de hielo con unas palas para que estas cedieran y cayeran al suelo sin hacerles daño, cuando apareció Renata, con los ojos vidriosos, rojos y la cabeza gacha… sus párpados parecían caer pesadamente, de un color morado oscuro. ¿Qué había pasado? ¿Si antes de irse estaba bien?

- Renny… ¿sucedió algo? –preguntó el castaño.

- Nooo… solo… quiero estar un rato sola… -murmuró por lo bajo la niña y salió corriendo del lugar en dirección al edificio en donde se encontraban las habitaciones de las chicas.

- Será mejor que vayas a hablar con ella –sugirió Franny.

- ¿Yooo? ¿Y por qué yo?

- ¡Danny!

- Está bien… pero sabes cómo se pone Renata cuando no hacen caso de sus órdenes.

El muchacho salió en búsqueda de su amiga, dejando de lado la pala.

- Si supiera que él es el único que la puede calmar en momentos como estos… -murmuró la pelimorada.

Caminó varios metros por los jardines congelados por el agua de las canaletas. Del poco tiempo que llevaban en el colegio sabía dónde estaban cada uno de los edificios asignados, el comedor, las oficinas, los salones, la biblioteca, laboratorio y taller de ciencias mecánicas…

Entre ellos, los dormitorios.

Uno de ellos era enorme, hecho de ladrillos rojos. La enredadera con sus hojas aún florecidas (extraño para una época invernal) subía y subía por cada una de las ventanas, por cada habitación de las mujeres. La de Renata y Francine no era la excepción, la rama que llegaba a la suya era una de las más florecidas de todas. Los pétalos caían sutilmente, rozando el rostro puntiagudo del niño.

Rápidamente, Danny entró por la puerta principal del edificio. Una de las entradas debía ser la que daría a la pieza indicada.

Al final llegó a una: la habitación número 144.

Con su mano, suavemente golpeó la puerta de roble.

- ¿Renny? ¿Estás allí? –silencio -¡Por favor contesta! ¡Soy Danny!

Nadie respondió a sus llamados.

Luego de 15 minutos de intento, era obvio que esa era su dormitorio, era la única que estaba cerrada por dentro.

- ¡Bueno, si estás con esas…! –cedió el niño. Entonces se le ocurrió una idea. Bajó nuevamente las escaleras para llegar a las afueras. Observó fijamente la enredadera. Se veía que era resistente, que podría servir para la idea que estaba formulando en su joven mente. Sin perder el tiempo escaló por las ramas, aunque su peso no las hacía ceder. Iba sin sentir rastros de cansancio, más que un pequeño esfuerzo por soportar todo su cuerpo al sujetarse de los tallos. Así en unos minutos, llegó a la ventana, donde pudo ver apoyada la cabeza de Renata contra el marco, sentada en el suelo observando hacia la oscuridad.

Pero para colmo, no se podía entrar. La ventana estaba cerrada por dentro. Ella quizás ni le abriría para entrar.

Más valía intentarlo…

- ¡Renny! ¡Renata! ¡Por favor ábreme! –golpeaba el cristal para llamar su atención.

Y como esperaba, la chica se dio cuenta y miró con sorpresa a su amigo.

- ¡Danny! ¡Qué locuras haces! ¡Te vas a matar!

- ¡No me importa! –ante estas palabras, al instante el tallo de la enredadera comenzó a romperse –Quiero decir, sí… por favor, déjame entrar…

Viendo que la vida del niño peligraba a esas alturas, abrió el cerrojo y dejó tironeó de los brazos a Danny para que pudiera caer a la cama. Al final resultó todo lo contrario y llegó a parar al suelo, achatándose su nariz.

- ¡Jajajaja! –se reía la muchacha.

- ¿Te parece gracioso que estuviera a punto de morir!

- Noo, a punto no. Mira tu cara ¡Jajajaja!

Extrañado, se revisó en un espejo que tenía en colgado en una de las paredes y con horror vio su nariz ligeramente doblaba… ¡Qué ligeramente! Esta daba un doblez de 90° grados.

- ¡Por tu culpa me suceden estas cosas! –acusaba Danny.

- ¿Por qué es mi culpa, si claramente te dije que no me siguieras?

- Francine me lo ordenó. Tú sabes que ella nunca entiende lo que le dicen…

- ¡Ah, sí! ¡Te dejas dominar por todo el mundo! ¡No tienes carácter!

- ¿Y tú, la niñita llorona? ¡Por Dios, Renata! ¡Madura!

- ¡Tal vez si no hubieses venido, esto no habría pasado!

- ¡Bueno! ¿Y por qué no construyes una máquina del tiempo y arreglas todo, si para ti es tan fácil?

- ¡Ves! ¡Tú nunca te tomas nada en serio!

- ¿Y tú me vas a negar a que no, la chica optimista?

Finalmente ya no tenían más frases con las que reprocharse, cuando cada uno se sentó en un rincón con la vista hacia la pared. Estaban enojados en uno contra el otro. Luego de un rato, a los dos les empezó a pesar lo que se habían dicho, como un remordimiento, esa cosita que muchos dicen que se llama conciencia… después de todo ambos habían sido crueles en lo que dijeron…

- ¿Sabes? Hoy día me contaron que mi abuelo había muerto –dijo con voz lúgubre Renata.

- ¿En serio? Digo… lo siento mucho…

- Seh… después de todo, él ya me había dicho que son cosas que suceden tarde o temprano…

- Como crecer, ¿no?

- Lo malo es que ahora ya no tengo razones por las cuales terminar de estudiar aquí...

- Pero sabes que no es algo que tú elijes… es un deber…

- ¡Maldito deber! ¿Quién fue el tonto que inventó esto?

- Lo que es yo, esto ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida –decía esto Danny colocando sus brazos cruzados, recostando su cabeza en ellas.

- ¿Cómo?

- Bueno… antes de venir aquí yo vivía en un orfanato… no tenía un propósito claro, más que volverme un adulto gris y servir sin emoción… Digamos que cuando ingresé por primera vez, que sería un agente secreto o un espía con suerte… creo que se ha vuelto la aventura más grande de todas, que está por comenzar…

- Nunca lo había visto así…

- ¿Veías las películas de James Bond?

- Sí, era fanática.

- Las pocas veces que pude ver una de esas en el hogar con los demás chicos, me fascinaron las batallas, el vestirse de traje de negro y que las niñas te alaben por ser el más heroico de todos… ¿no es fabuloso?

- Pues sí…

- Es que ya no tengo a nadie que me espere después de salir… estoy sola y no tengo a nadie…

- ¿Nadie? Y sí sé lo que no es tener a nadie… ¡Al menos tuviste un abuelo que te cuidaba! ¡A mí me cuidaban porque a los encargados les pagaban! Y nunca recibí eso llamado amor, o una familia… de todos modos, al llegar a la Academia me dieron todo eso, no los maestros ni los profesores, pero aquí tengo una familia…

- ¿Y quiénes?

- Pues tú… Francine y Wesh se han convertido en mi familia… no de sangre, pero la tengo… sé que puedo contar con ustedes, y tú de nosotros… ¿y qué dices…?

Danny se levantó del piso y salió por la puerta, dejando la pregunta abierta, para que la contestara Renata en su mente… no necesitaba saber la respuesta por sí mismo, él ya la sabía…

(Tears in Heaven-Eric Clapton)

Would you know my name
If I saw you in heaven?
Would you feel the same
If I saw you in heaven?
I must be strong and carry on
'Cause I know I don't belong here in heaven

Would you hold my hand
If I saw you in heaven?
Would you help me stand
If I saw you in heaven?
I'll find my way through night and day
'Cause I know I just can't stay here in heaven

Time can bring you down, time can bend your knees
Time can break your heart, have you begging please, begging please

Beyond the door there's peace I'm sure
And I know there'll be no more tears in heaven

Would you know my name
If I saw you in heaven?
Would you feel the same
If I saw you in heaven?
I must be strong and carry on
Cause I know I don't belong here in heaven

- ¡Danny, espera! –salió corriendo del dormitorio la pequeña.

- ¿Si?

- Pensé en lo que me dijiste y… tienes razón… debo dejar el pasado atrás… pero caminaré hacia el futuro, por ustedes y por mi abuelo…

- ¡Así se hace! Ahora ponle al mal tiempo buena cara, pues qué crees ¡Mañana es Navidad! Y… si no puedes esperar… quédate aquí, que ya vuelvo…

Confundida, la peliverdeazulada se quedó allí, parada en el pasillo. Al rato regresó su compañero con un paquete envuelto en papel de regalo azul con estrellas estampadas.

- ¡¿Es para mí? –gritó emocionada.

- Si quieres puedes abrirlo ahora…

- ¿No será mejor que lo haga mañana?

- ¡Para nada! ¡Quiero ver tu cara ahora!

Con una sonrisa en el rostro, la pequeña rompió el papel y adentro estaba el presente: Un hermoso marco hecho a mano, con detalles plateados, azules y dorados y una foto de ella y sus demás amigos juntos. A Renata nuevamente le corrieron unas cuantas lágrimas por las mejillas, pero esta vez de la emoción.

- ¿Tú lo hiciste?

- Bueno… reconozco que recibí ayuda de Franny, jeje.

- ¡Está hermoso! ¡Muchas gracias, Danny! –entonces lo abrazó con fuerza, haciendo que este se retorciera de no llegarle aire para respirar -¡Ups! Lo siento…

- ¡No importa! –y la volvió a abrazar -¡Ahora seca esas lágrimas que los chicos nos esperan afuera!

- ¡Sí, ya voy! Solo déjame guardar esto…

Renata volvió a la pieza, ordenando con cuidado un velador para colocar encima el retrato. Un débil rayo de luz cruzó el domo hasta donde estaba ella. La niña levantó la vista para observar el cielo, que representaba a su abuelo sonriéndole con orgullo desde la lejanía, con sus ojos brillantes, semejantes al fuego del sol…

- Muy pronto nos veremos abuelo… pero no ahora…

Continuará...