La Última Misión

Capítulo IX

El resto de la secundaria fue aburrido comparado con su inicio.

A medida que pasaban los años, Renata comenzó a ver a Danny con otros ojos. Ya no como su amigo o "hermano de otra madre", sino distinto, ni siquiera ella misma se lo explicaba…

¿Sería amor? ¡Bah! Lo encontraba absurdo e inmaduro. No podía, ellos eran amigos, y seguro él no se fijaría en alguien como ella: aburrida, loca e inadaptada.

Y Danny, un muchacho noble, alegre, calmado y creativo… era imposible…

A pesar que Francine se encontraba en otras clases, estudiando a como le quemaban las pestañas para graduarse de espía, a menudo se juntaban en los recreos, y conversaban con la peliverdeazulada por las noches en el camarote hasta que ya no les quedaba voz, hablando de sus planes, lo que hacían sus compañeros varones y cada aventura que hacían entre ellos.

No hay mucho que contar… solo que así siguió el año y el otro, y el próximo y los que vinieron después, hasta que terminó todo el entrenamiento.


"¿Te habrás olvidado de mí? Seguro que sí… ya han pasado cuatro años desde nuestra graduación… Yo no te he olvidado… no quiero perder esos hermosos recuerdos… tu amabilidad, inocencia… ni la calidez de tus abrazos cuando me calmabas y le acariciabas como si fuera tu hermanita pequeña, y yo quería ser algo más… Al enjuagar mis lágrimas cuando estaba desanimada, venías tú, y verte era como el cascabeleo de varias campanas, preparadas para el árbol de Navidad… mas yo estoy aquí y tu más allá de los mares…"

Pensaba tristemente la ya joven adulta Renata Abbott en un bar del centro de Londres. Estaba muy desanimada, mientras bebía un café y escuchando la opaca melodía de una chica vestida de negro recitando poemas con un estilo emo-gótico. Cada vez que terminaba sus versos, en vez de aplaudir, el público tronaba los dedos, cosa que hizo nuestra muchacha enamorada platónicamente de su antiguo mejor amigo.

Hace mucho que no lo veía. Todo sucedió tan rápido que ni siquiera pudo despedirse como tal. Se sentía una tonta y estúpida por haber discutido con Danny el día anterior de su partida.

Sabía que él estaba en Estados Unidos. Francine y Wesh, que tampoco los había visto se encontraban en Francia, estudiando en sus respectivas universidades.

Renata estaba estudiando medicina. Había tenido varias misiones ya con varios compañeros los cuales eran heridos y tenía que ser de doctora para sanarlos. Era una carrera muy complicada, así que decidió terminar los deberes en un lugar tranquilo como ese bar, alejada de toda la agitada vida de la ciudad inglesa.

- ¿Está ocupado?

Era un joven, alto, de cabeza rectangular, castaño y usaba lentes. Le estaba pidiendo si podía sentarse junto a ella.

Renata, pensando que solo era un truco para tenerla como su novia, estrategia que muchos habían intentado, pero dudó un segundo, cuando el chico tropezó con la pata de una de las sillas que había cerca.

¡Curiosidad! La misma actitud de torpeza de recordó a Danny… tal vez no era un mal muchacho, después de todo…

- Si quieres, puedes sentarte… -respondió lacónicamente Renny.

El castaño se acomodó en la silla, frente a frente de la joven. Sacó un pequeño libro de su bolso. Por la portada de este pudo ver que era de la historia de la humanidad en el Paleolítico. De seguro debía estudiar antropología o algo por el estilo, cosa que interesó un poco a la chica.

Distraída observando los movimientos de este, Renata no pudo darse cuenta que a su lápiz se le estaba acabando la tinta. Cuando lo hizo, preocupada buscó en su mochila si había otra lapicera de repuesto, cosa que no tuvo éxito.

- Si quieres toma el mío… -le ofreció una pluma de color azul su compañero de mesa.

Ella lo observó con una ceja levantada, como desconfiando de su actitud. Al final, Renata se retiró del bar, dejando al chico desconcertado.

- ¿Qué les pasa a los hombres de ahora? –se decía despectiva afuera del local-¿Creen que nos derretiremos a la primera solo porque son unos galanes y fingen ser adorables con nosotras? ¡No somos tontas! ¡Las mujeres no somos tontas!

Eso último lo dijo en voz tan alta (literalmente gritando) que toda la gente que pasó cerca de ella la miró con cara extraña.

- ¡Sí! –fue la única señal de apoyo de una señora gorda que vendía naranjas en un puesto.

Roja de la vergüenza, Renny se apartó del lugar. Ya se había humillado demasiado en un solo día.

No había caminado más de dos cuadras cuando uno de sus accesorios que le habían asignado en la agencia, un brazalete con una pequeña pantalla comenzó a sonar en su muñeca. Como habían personas a su alrededor, se ocultó en un callejón sin que nadie la viera y encendió en trasmisor.

Era la inspectora Iniciales, la que estaba a cargo de informarle sus misiones.

- Agente R.A.0074, la necesitamos a usted en el aeropuerto de Londres. Le asignaremos una misión en Estados Unidos…

- ¿Estados Unidos? –se emocionó la joven, pero luego recuperó su compostura –Este… sí, señora… a sus órdenes.

- Te acompañarán el agente D.F.6083 y W.D.9470. La espía F.B.5017 será su guía y la que los supervisará.

- ¿Quiénes son específicamente los que estarán conmigo en esto?

- No podemos decirle. El general de alto mando W.H.8427 no nos permite decirle. Al parecer quiere que sea una sorpresa.

Renata conocía ese nombre en clave. Era el de su viejo maestro William Hugges. No lo veía en años…

- ¿Una sorpresa, eh? Estaré allí en cuanto pueda, descuide. Lo tengo todo controlado.

- Excelente. El avión partirá antes del amanecer. Para entonces apresúrese…


En aquél mismo día, Danny, quien se había convertido en un joven bien hecho y derecho, caminaba por los pasillos de la universidad de Danville, ciudad que había sido su hogar antes de ir a la Academia. Allí había sido criado en un orfanato, pero ahora vivía gracias a la beca que la O.W.C.A. le había proporcionado.

Estudiaba antropología. Creía que siguiendo esa carrera tendría una vida más ligera y libre de emociones en contraste de su doble vida de agente secreto.

Llevaba en sus brazos una montaña de libros, enciclopedias, cuadernos y agendas. Se dirigía a la oficina del profesor de Historia. Había tomado la responsabilidad de ser su asistente y ganarse su simpatía, además de aprender un poco de las materias.

Todos lo trataban de nerd, a pesar de ello era muy social, aunque callado y sin buscar problemas, pero demasiado inocente en ciertas cosas, lo que siempre era víctima de burlas de parte de las chicas más hermosas del campus, que de cierto bien no les atraía, veían en él un juguete al cual aplastar cuando se les diera la gana.

Pero entre las populares había una, solo una que lo hacía volar entre las nubes, que daba vuelta su mundo, volando entre pajarillos en el cielo, y lo volvía tímido y sumiso como un niño…

Era ella, la bellísima Linda Flynn, de cabello sedoso y pelirrojo, como las hermosas hojas del otoño, que caían de sus árboles hacia la tierra.

"¡Déjate de soñar, Danny! Ella es popular, preciosa, graciosa e inteligente… seguro no se fijaría en alguien como yo…" –pensaba él cuando distraído no atendía la clase.

Se disponía a abrir la puerta que llevaba donde su maestro, cuando alguien chocó contra él y todo lo que llevaba encima cayó al suelo, en una avalancha de papeles que lo dejó sepultado.

- ¡Ay! –se sobaba el joven la cabeza -¡Fíjate por donde cami…!

Antes que pudiera terminar, la figura graciosa y anhelada de Linda, la chica de sus sueños apareció frente a sus ojos. Había tropezado y pasado a traer al muchacho Flynn sin querer.

- ¡Oh! Lo siento mucho… -se disculpó la pelirroja –Déjame ayudarte…

- No, solo… fue mi torpeza, yo recogeré todo… -respondió nervioso.

A Danny le temblaban las manos y estaba sudando frío, mientras se maldecía por dentro a causa de su timidez.

Haciendo una pequeña mueca de preocupación, la universitaria levantó algunas carpetas. Se sentía una tonta al no ayudarlo.

- ¿Estás bien? –preguntó ella.

- No te preocupes… yo puedo solo… solo dejaré esto en la sala de maestros…

- ¿Te gustaría acompañarme a beber una malteada con nosotros?

Estaba a punto de decir que sí, pero observó detrás de Linda y había un grupo de jóvenes populares, quienes le daban una mirada amenazante y asesina. Habría podido lidiar con ellos con sus maniobras de karate y yudo, mas el protocolo de la agencia no le permitía lucir sus capacidades en público.

- No gracias, tengo cosas que hacer –masculló entre dientes.

Linda se decepcionó de su respuesta y fue tras sus amigos a la heladería.

El castaño pronto comenzó a arrepentirse de su decisión.

- ¡Yo salía con esa chica! –decía una voz –Ah, que hermosa era… ¡Era pelirroja! Y yo me acercaba a ella para solo hablarle…

Asustado, Danny se dio la vuelta y con alivio vio que era uno de sus compañeros, de su misma clase, el cual había compartido con él desde que llegó al país. Encorvado, cabellera de su mismo color, acento alemán y nariz punzante, era Heinz Doofenshmirtz, quien siempre le gustaba ir detrás suyo, pues creía que eran amigos.

- ¿De qué estás hablando? –lo encaró.

- Nah, nada… -contestó relajado Doof –Todas son iguales, arpías… así son las mujeres… yo salí con ella hace unos días. Me rompió el corazón…

- ¿Cómo?

- Pues que las mujeres son unas arpías…

- ¡No, lo otro!

- ¿Qué cosa?

- Lo último que me dijiste.

- ¡Ah!, sí, que hace poco tiempo salí con Linda Flynn, pero me dejó solo porque la llevé en el maletero al cine…

El joven ya no escuchaba lo que le decía su loco amigo. Pensaba en lo que había sucedido y en la oportunidad que había dejado pasar.

- ¡Hey, Danny! ¡Despierta!

- ¿Me decías?

- ¡Deja de volar por otros mundos y pon tus pies sobre la tierra! Luego me acompañarás a mi casa para terminar mi nuevo inador… lo necesito listo para llevárselo a mi mentor –hablaba Heinz mientras leía una lista

- ¿Sabes? Deberíamos, descansar un rato… dejaré lo que me encargó el profesor y vamos por un café, ¿qué te parece?

- ¡Por favor! El mal no descansa…

- ¿El mal?

- Digo… este… solo iremos a mi casa y me ayudarás con mi invento.

- No sé si pueda…

- ¡Oh, vamos! ¡Di que sí! –y botado al piso se aferró a la pierna de Danny y este lo arrastraba en el piso.

- ¡OK, tú ganas! ¡Iré por mis planos que están en mi casillero!

- ¡Gracias, eres la mejor persona del mundo! –lo abrazaba Doof eufórico.

- ¡Suéltame! ¡Déjame hacerlo y así terminaremos más rápido todo esto!


Daniel se disponía a sacar su cuaderno de dibujo, cuando al abrir su casillero cayeron al piso del pasillo cuatro boletos para el Festival Musical de Danville, el cual se celebraba en verano, pero por unos problemas se fijó ese año en otoño. Había escuchado que varios artistas de la ciudad participarían con sus bandas, entre ellos la olvidada pero famosa banda Love Händel.

- ¿Cuatro boletos? –los observaba con extrañeza -¿Pero quién…?

- ¿Te los dio? –terminó su frase una voz femenina a sus espaldas.

Era Linda, quien con una sonrisa se presentó delante de él.

- Es para quienes invites al Festival. Me presentaré en el concierto como cierre del show…

- ¡Oh! Pero… yo no sé a quién invitar… además… no me gusta estar en las butacas entre la gente…

- ¿Quién dice que estarás en las butacas? –rió ella -¿Sabes tocar algún instrumento?

- Un poco la guitarra…

De su espalda la joven sacó una guitarra clásica un poco dañada en su fachada, pero funcionaba muy bien, y más aún, cuando Danny puso sus dedos en las casillas y rasgueó las cuerdas. Al principio estaba algo oxidado, ya que hace muchos años no la tocaba, antes de ingresar a la Academia, mas pasaron unos cuantos minutos y tocaba el viejo instrumento prodigiosamente, como si siempre lo hubiese hecho.

- Lo siento… no toco muy bien…

- ¿No tocas? –se horrorizó Linda –Chico, sin contar como comenzaste eres todo un músico con esa guitarra.

- ¿En serio?

- Sí, y por eso te quiero proponer que seas mi guitarrista en el Festival…

Lo dicho por la muchacha, hizo que Danny pasara de una felicidad tremenda a un temor y nervios sin descripción. ¿Él? ¿Presentarse en el Festival con miles de personas observándolo?

- Es una buena propuesta… pero no puedo aceptarla… -respondió tartamudeando.

- Si es miedo por la gente, no hay porqué tenerlo… las personas se fijarán en mis movimientos, no en los tuyos…

- Sí, pero… no estoy preparado…

- ¿Estás bromeando? ¡Puedo decirte que solo faltaba de alguien que te pidiera tocar y ya estás listo!

Danny dudó unos segundos y al final respondió que sí participaría. No podía decirle que no a la chica que amaba, una parte de él se lo prohibía…

Continuará...