Bien; he tenido problemas para que la página me permita subir este capítulo… ignoro si me lo está rechazando por calidad literaria, por desacuerdos en el desarrollo de la historia, o por problemas informáticos (de mi equipo o de la página). Pero bueno; voy a intentarlo de nuevo. Y en compensación (porque sé que es un capítulo muy corto), subiré pronto otro. Una vez más, gracias por todos los reviews y clasificaciones de la historia como favoritos (además de alerta de historia).
Una idea loca que se me ocurrió.
No soy propietaria de Hey Arnold!...no...aunque quiera…no…
Oxoxoxoxoxo
Arnold miraba ansioso a la puerta. ¿Qué hora sería? ¿Por qué tardaba tanto?
Sin embargo, unos golpes medianamente suaves llamaron su atención. Una voz que intentaba fingir un acento francés se escuchó.
-"¿Agnold? Peggmiso."
Arnold se congeló por dentro cuando se dio cuenta quién era. No podía creerlo. Pero ahí estaba. El pelo rubio suelto y ligeramente rizado, cubriendo uno de sus ojos azules. Incluso el vestido parecía el mismo, aunque él sabía que los zapatos tenían que ser otros. Cecile, pensó.
La niña se acercó a él y sonrió.
-"Oh, pobgue amigo. Pego vas a mejogagrte, ¿no?"
Arnold sonreía por dentro. ¿Cómo se había enterado? ¡Oh, vamos! Ahora sí que deseaba hablar. Tenía muchas cosas que preguntarle. Le extrañó ver a Cecile dirigirse a la ventana…un gesto típico de Helga. Pero luego se volteó a verlo.
-"Tal vez te peguntes que hago aquí."
Arnold agradeció que la chica fuese lista. Sí, esa era una de las preguntas que quería hacer. También quería preguntar por qué insistía con el falso acento francés, si él ya sabía que era de por aquí. Y bueno, preguntas más importantes como si le diría quién era en realidad. Cecile interrumpió sus pensamientos.
-"Bien, he venido a vegrte para dagrte ánimos."
Arnold escuchó atentamente a la chica; una niña que sólo había visto una vez pero que le había agradado…bastante. ¡Ella se preocupaba por él! Aunque no respondía completamente su pregunta ¿Cómo sabía que él estaba ahí?
-"Migra, no tiene mucho sentido que te cuente como llegué aquí. Así que dejémoslo así, simplemente estoy aquí."
Arnold suspiró mentalmente. Por lo visto, la chica misteriosa seguiría siendo un misterio.
-"Pero lo imporgtante es que recuerdes que tienes que saligr de aquí."
¿Salir de aquí? ¿Cómo? Si realmente dependiera de él poder salir de esta situación, lo haría.
-"Hay quienes dicen que las pegsonas en coma no se han decidido a irse porque hay algo que las ata…"
Arnold escuchó con cierto pesar… "No estoy en coma"
-"Yo no sé qué pueda atarte, Cab… Arnold. Pero si hay algo o alguien que te ata, sea yo, u otra chica, o lo que sea… por favor, no te vayas y elige quedarte. Y regresa."
Arnold, una vez más, no sabía que responder. Nunca había pensado en algo que lo atara a la vida. Pero Cecile pensaba que así era. Casi no había notado que había abandonado su falso acento francés, ni que casi lo había llamado con otro nombre… ¿qué era Cab? ¿Sería cierto que algo lo amarraba? ¿Y si ese algo en realidad era lo que lo tenía así?
-"Eres un chico fuerte, Arnold."
Cecile continúo, acercándose a su rostro. Arnold casi podía sentir su corazón saltando en su pecho. Casi se veía reflejado en su único ojo visible…de un azul intenso.
-"¡Kimba, hola!" –la voz de su abuela lo sobresaltó -"Oh, estás con Eleanor, muy bien volveré más tarde."
Arnold pensó que debía haberse ruborizado profundamente. Pero no podía formular ninguna excusa. Momento, ¿su abuela dijo Eleanor? ¿su abuela conocía a Cecile? ¿Eleanor era el nombre real de Cecile?
-"Oh, no… yo… ya me iba…"- respondió Cecile, caminando hacia la puerta. Arnold casi no notó que sus mejillas estaban enrojecidas. Pero si lo había alcanzado a notar.
-"Oh, no se vaya, Su Señoría. Estoy segura que Kimba aprecia mucho sus visitas."
Arnold miraba más interrogante. ¿Sus visitas? ¿Cecile o Eleanor lo había visitado antes? ¿Por qué él no se había dado cuenta? ¿Vendría cuando él estaba durmiendo? ¿Pero cómo?
-"No, me tengo que ir"– dijo Cecile cortante, y salió corriendo.
-"Oh, bien. ¡Cuidado con la gran bruja blanca!"– dijo su abuela. Arnold se imaginó enrollando sus ojos, esperando que la enfermera jefe no supiera el apodo que se había ganado.
-"Muy bien, Comisario, ¿cómo está la selva?"– su abuela le preguntó y procedió a desordenarle el pelo.
Arnold suspiró. O imaginó hacerlo. Le habría gustado preguntarle tantas cosas a su abuela, correr tras Cecile y preguntarle… pero simplemente no podía. Su abuela rió.
-"La reina está muy preocupada por ti para arriesgar su tesoro… me recuerda a alguien de joven… Como sea, el invierno no espera. En esta época, pueden salir de caza"- su abuela desvarió, mientras arreglaba la manta de su nieto y volteaba su cara para mirar marcas invisibles.
-"Pookie, deja de buscarle pulgas. Te dije que ellas están en la casa."- la voz de su abuelo se escuchó desde la puerta.
-"Como ordene, Capitán "– respondió su abuela, cuadrándose.
-"Oh, viejo pájaro loco"– suspiró su abuelo.
Arnold habría suspirado cansado de eso en otro momento. En otro tiempo y lugar. Pero ahora le hacía reír, y extrañar su vida en la casa de huéspedes. Pero además, tenía otro misterio. Cecile. Y la ausencia de Helga.
…
…
Esa noche, cuando ya las visitas se habían acabado, Arnold pensó en lo ocurrido durante el día. Se sentía frustrado. Muy frustrado. Helga había roto por primera vez su promesa y no había aparecido. Trató de pensar qué a lo mejor algo le había pasado y él estaba siendo egoísta por esperar que viniera todos los días; se había malacostumbrado. Pero aunque pensara eso, no podía dejar de sentirse molesto con ella. ¿Por qué no había venido?
Por otra parte, Cecile lo había visitado. Eso lo había alegrado; encontraba que era una chica muy misteriosa, que sólo mostraba una cara de sí misma… así como sólo mostraba la mitad de su cara. Le habría gustado conocerla más, pero sospechaba que no la vería de nuevo…por lo menos en el corto tiempo.
Arnold suspiró con cierto pesar, pero luego sintió formarse una sonrisa en su interior, mientras comenzaba a dormirse. Helga y Cecile, las dos chicas rubias que habían sabido como sorprenderlo.
En su mente, podía ver las dos niñas. La sonrisa se amplió. Cecile y Helga, las dos chicas rubias de ojos azules que parecían burlarse de él, pero que realmente se preocupaban por él.
En su recuerdo, las niñas sonreían. Helga y Cecile, las dos chicas rubias de ojos muy azules que eran capaces de fingir ser otras personas por motivos que no alcanzaba a comprender.
Las dos niñas lo miraban. Helga y Cecile, las dos chicas rubias de similar estatura y de ojos muy azules que realmente…
Arnold abrió los ojos de repente. La sorpresa le había robado el sueño de golpe. Sólo porque antes de dormir, había logrado visualizar como la imagen de Helga y Cecile se fundían en una sola. Y calzaban perfectamente.
