La Última Misión
Capítulo XXII
Desde que Linda y Danny se conocieron, supieron desde el primer momento que eran el uno para el otro, que no había otra persona con la cual compartir sus vidas.
Para qué les voy a contar detalle por detalle las misiones que siguieron a Renata, Francine y Wesh. Cada vez que iban a una nueva misión, salían victoriosos, capturando siempre a sus enemigos, lo que hacía que no tuvieran villanos fijos que detener, a lo que pasaban cuatro meses de una misión a otra, suficiente tiempo para que cada uno tuviera su propia vida y familia.
Pero su vida continuaba por separada. Desde que derrotaron al profesor Destructicom no se habían encontrado jamás.
Como agente, el castaño debía ocultar su identidad secreta que llevaba. Una doble vida. Nunca le había dicho la verdad a su esposa. No quería que ella supiera que él había sido educado para ser un agente. Sabía que Linda era una mujer decidida. Si llegaba a saberlo, no dudaría en ayudarlo y a colarse en sus misiones, cosa que peligraba su vida y la de sus hijos.
Hablando de hijos, al poco tiempo de casados, fruto de su relación nació una niña. De cabello naranja, amorosa y muy hermosa, de un largo cuello. Aquella vez la mujer le puso el nombre a la pequeña: ella se llamaría Candace.
- ¿Candace? Me parece un nombre original –hablaba Danny con la nueva madre, quien tenía su hija en brazos.
- Es precioso… nunca me ha gustado colocarle nombres comunes a los niños ¿Tú qué crees? ¿Tiene cara de "Candace"?
- No importa que cómo quieres que la llames, para mí siempre será hermosa –y le acariciaba a la bebé su cabecita mientras esta se reía.
Pasó mucho tiempo. En resumen, la pequeña Candace crecía y se volvía más alta e inteligente. Esta era muy curiosa, le gustaba que su papá la llevara en brazos y era muy consentida. Así siguieron los próximos 6 años, como la hija consentida de la familia, hasta que llegó la noticia.
- Candy… ¿quieres venir un momento? –la llamó su madre desde su habitación.
Como niña obediente que era, la pelirroja inmediatamente fue donde Linda, con la intriga de por qué la llamaban ¿Acaso había hecho algo malo? ¿Se dieron cuenta que estuvo jugando con la ropa sucia del canasto? ¿La encontraron comiendo a escondidas en la alacena? No sé si decir que la verdadera causa era para su beneficio o tristeza…
- Mi damita –le decía Danny –Tenemos una noticia que contarte…
- ¿Me van a comprar una mascota? –le brillaban los ojos a la chiquilla.
- Noooo, mejor aún ¡Vas a tener un hermanito!
- ¿Un hermanito? ¿Y cómo es eso?
- Te explico… -contestó a su duda Linda -nosotros vamos a tener otro hijo, pero no significa que no te vamos a seguir queriendo. Ahora tendrás a alguien con quien compartir juegos, divertirte. Mas eso requiere una gran responsabilidad. Deberás cuidarlo, vigilar que no le pase nada cuando nosotros no estemos.
- ¿Así cómo una guardaespaldas?
- No, tómalo así como… ¡una guardiana! Solo queremos que tengas en claro que este bebé no va a remplazar tu lugar. Tú siempre serás la damita mayor de la casa –le hacía cosquillas su padre.
- ¡Jajaja! ¡Basta papi! ¡Basta! –carcajeaba Candace -¿Y será niñito o niñita?
- Todavía no lo sabemos. Queremos que sea sorpresa…
Semanas antes del nacimiento del nuevo bebé de los Flynn, algo parecido sucedía en Inglaterra con la joven Renata. Ella sería madre. Era como un sueño para ella, desde que se casó con Lawrence. Habían pasado largos 6 años y estaba a punto de apagar sus esperanzas creyendo que ella no podría tener hijos. Para su sorpresa, nueve meses antes, el doctor le dijo que estaba esperando un hijo. A diferencia de su amigo y la mujer de este, el matrimonio pidió al instante el género del nuevo integrante de la familia. Al final resultó que era niño, lo que despertó la alegría de los padres.
- ¿Y cómo llamarás al bebé? –preguntó Lawrence el día en que nació el hijo. Este era de cabello verde, más brillante que el de su madre y de cabeza rectangular, pero a pesar de su figura, aún así era un niño sano y fuerte.
- Frank –dijo de improviso la mujer.
- ¿Frank?
- Pero de cariño de diremos Ferb.
- Vaya, tú sentido de la lógica es increíble –se reía el hombre castaño.
- Pues así soy…
- ¿Y qué harás cuando debas ir de misión?
- Para eso estás tú, eres su padre, preocúpate.
- ¡Ah, sí! ¿Cómo no lo pensé antes?
Qué sorpresa, sorpresa sí fue. Era un hermoso día de verano, unas semanas después del cumpleaños de la pequeña pelirroja, cuando llegó la hora. Danny se encontraba en el hospital, ansioso, caminando de un lado a otro. Mientras estaba sentada Candace, nerviosa igualmente, balanceaba sus piernas y contaba cuántas moscas volaban encima de su cabeza.
- Una, dos, tres, cuatro, cinco… ¡Rayos! Perdí la cuenta…
- Tranquila, Candy… solo esperemos… no deben demorar mucho… a menos que hayan problemas…
- ¿Problemas? –se asustó la niña.
- Nada… solo oremos para que no le pase nada a mamá y al hermanito… o hermanita… ¿qué nombre le pondremos?
- ¡Si es niña se llamará Elizabeth!
- ¡Jaja! Podría ser, mi hijita, pero yo preferiría que fuera niño.
- ¿Por qué?
- Porque tú ya eres mi niñita, ¿para qué quiero otra mujercita en casa?
- ¡Tienes razón! –sonreía Candace mostrando sus pequeños dientes, de los cuales ya habían salido unos cuantos de leche.
Justo en ese momento de padre e hija, llegó el médico, quien venía corriendo y algo cansado, parecía estar buscando a alguien.
- ¿Usted es el marido de Linda Flynn?
- Sí… ¿sucedió algo? –se preocupó el castaño.
- Ya nació… ¡venga con nosotros!
Inmediatamente, Danny subió a la pelirrojita sobre sus hombros, mientras el doctor los guiaba por los pasillos del hospital. La pequeña, encima de su padre, le gustaba escarbar en su cabello, lo que causaba que le tirara de algunos mechones, cosa que en ese instante él no podía impedir, porque sus pensamientos estaban inmersos en la salud de Linda y su nuevo hijo o hija.
- Aquí es… -se detuvieron frente una habitación, la 468. Los tres entraron con cuidado de no despertar a la madre y al niño, quienes dormían plácidamente.
- ¿Querida? –la remeció el hombre.
La mujer pelirroja despertó lentamente. Débilmente sonrió, lo que también hizo el de los lentes.
- ¿Te sientes bien? –preguntó Danny.
- Mmmm… una se acostumbra, je… Sabes que ya tenemos una hija…
- Lo sé… ¿Y dónde está?
La mujer le indicó con la mirada una pequeña cuna que había al lado de la cama. Tapado con unas sábanas de color blanco, estaba el recién nacido. De cabeza triangular, tres pecas sobre la frente más tres mechones de cabello rojo se dejaban mostrar en su graciosa figura.
- ¡Es… es…! –no podía terminar su oración el padre.
- ¡Es varón! –le dijo el doctor.
- ¡Y se parece a ti! – se reía Linda.
- No es cómo me lo imaginaba… -susurró el castaño -¡Es mil veces mejor! –y lo tomó con delicadeza entre sus brazos, mientras el bebé aún dormía.
- ¿Y cómo se llamará?
- ¿Quieres que le ponga yo el nombre?
La mujer asintió observándolo con dulzura.
- Entonces se llamará… Phineas –respondió al final, balanceando al niño como una hamaca, a lo que el pequeño emitía unas risitas.
- ¡Phineas! ¡Es perfecto para el muchacho! Mi pequeño Phineas… -repetía Linda.
- ¿Ese es mi nuevo hermanito? –preguntó Candace -¡Qué feo es! ¡No tiene pelo!
- Yo lo encuentro un bebé hermoso… -le dijo todavía sonriente la madre –Además cuando naciste no tenías esos hermosos cabellos que tienes. Ya verás cuando a Phineas le crecerán sus mechones…
- Pues creo que con un poquito más de pelo no se vería tan mal… ¿puedo jugar con él?
- En una semana más, cuando tu madre regrese a casa con él… -le informó Danny –Pero solo una cosa me preocupa.
- ¿Qué, cariño? –se sorprendió la pelirroja mayor.
- Es que… ¿de quién tendrá los ojos? Por supuesto tiene un gran parecido a mí… mas… estoy un poco asustado que en un poco más de tiempo necesite usar lentes…
- ¡Nah! ¡No hay por qué preocuparse! –lo calmó su esposa casi al borde de la risa por el comentario -¿Y qué tiene de malo que use lentes? Es posible que llegue a usarlos, pero mis padres igual los usan y jamás se acomplejaron por eso… además… ¡Mírale sus ojos! ¿No que los tuyos son claros? Los de nuestro Phinny son azules como los míos.
- ¡Cierto! –se avergonzó dándose un golpe en la cabeza –Me alegra al menos que tengamos la certeza que sus ojos los sacó de ti.
- Igual no me molestaría que usara gafas ¡Se vería muy igualito a ti!
A medida que Phineas y Candace crecían juntos, esta última tomaba muy en serio su papel de hermana mayor. Adoraba mucho a su hermanito, y muy pronto dejó de decir que el pelirrojito era feo y comenzó a tenerlo como el niño más hermoso del mundo, eso hasta que llegaron las clases y tuvo que abandonar el hogar para estudiar en una escuela pública. Allí conoció a Jeremy Johnson, el cual se convirtió en su amor platónico desde el primer momento.
A pesar de ello seguía apegada mucho a su hermano. Le gustaba presumir su título de guardiana que le había otorgado su padre. Muchos en su escuela eran hermanos menores o hijos únicos, mas ser hermana mayor era todo un honor en cuanto se refería a una familia.
Danny en sus tiempos libres (de los cuales habían varios en cuanto los meses en que no iba a misión) enseñaba a dibujar a sus hijos. Tanto como Phin y Candy eran muy buenos, pero el que demostraba tener más interés era el menor. En tanto más crecía, el castaño le mostraba sus planos que llevaba en su cuaderno empastado de ornitorrincos y le permitía rayarlos, aunque al final el pequeño no los garabateaba como había pensado que lo haría, sino que pasaba su tiempo observando por la ventana dibujando pájaros, flores y a sus cortos dos años ya sabía elaborar planos.
Al poco tiempo, Phineas empezó a decir sus primeras palabras. Este estaba mirando atentamente la croquera de su papá, quien estaba dibujando unos planos, aquellas figuras tan peculiares de ese mamífero monotrema. Cuando por primera vez abrió su boca para decir una palabra muy clara:
- ¡Ornitorrincos! –exclamó el niño pelirrojo de la nada.
El hombre de cabello castaño se sobresaltó ante la primera palabra de su hijo, que creyó no haberlo escuchado bien.
- A ver, mi Phinny –le habló con emoción –repíteme lo que me dijiste…
- ¡Ornitorrincos! –volvió a decir con facilidad, sin problemas -¡Ornitorrincos, ornitorrincos, ornitorrincos…!
- ¡Linda! ¡Candy! –llamó inmediatamente los demás de la familia -¡Vengan! ¡Phineas ya dijo sus primeras palabras!
- ¿En serio? ¡No te creo! –corrió la pelirroja con su hija tomada de la mano.
- ¡No, sí es en serio! Vamos hijo, vuelve a decir lo que me dijiste hace un momento…
- ¡Ornitorrincos! –gritó como si fuera una canción.
- ¡Oh, mi pequeño ya dijo su primera palabra! –lo tomó en brazos Linda -¡Es fabuloso!
- ¡Ornitorrincos! –no dejaba de decir el infante.
Pronto, ni siquiera pasaron más de dos meses y el pequeño Phineas ya se sabía todas las palabras del alfabeto, de cómo se decía camión, abogado, doctor, y por último, aprendió a decir "papá" y "mamá". Comenzó desde las palabras más difíciles y largas (como por ejemplo "ornitorrinco") y terminó con los nombres de su familia.
A pesar que era una maravilla el suceso, ambos padres siempre se preguntaron el porqué su niño se demoró tanto en decir aquellas palabras tan básicas, siendo que no le costó una palabra tan extraña como el de aquél animal, que pocos chicos saben decirla bien hasta después de los 5 o 6 años.
Un día ambos padres compraron unos legos para ver qué hacía el niño con aquellas herramientas. Al volver a los 10 minutos, boquiabiertos observaron que Phineas había construido una pequeña réplica de la torre Eiffel durante ese poco tiempo.
- ¡Este niño es un prodigio! –lo halagaba su padre –Veremos qué más puede hacer…
Sacó de su bolsillo una pequeña llave inglesa que llevaba siempre consigo.
- ¡No! –lo detuvo Linda -¡Eso es muy peligroso para el pequeño!
- Pero vamos, Linda. Phineas de seguro debe tener muchas cosas más por mostrarnos. Hay que dejar que su imaginación se despliegue ¿No crees?
- ¡Sigo diciendo que no! Dejemos que aprenda como los niños normales de su edad. No estoy en contra que desarrolle sus talentos, mas que se eduque a su debido tiempo…
- Está bien, querida… mas… ¿qué daño le hará una llave inglesa?
Y sin hacerle caso a la prohibición de su mujer, le regaló la herramienta al pelirrojo, quien contempló encantado el presente.
- ¡Disfrútala!
Mientras tanto, en Londres, Renata junto a Lawrence sacaban a pasear al pequeño Ferb. Ambos estaban muy preocupados, a pesar que juntos lo pasaban de maravilla como familia, habían notado que el peliverde todavía no aprendía a hablar ¿Acaso estaba enfermo? ¿Tenía problemas de comunicación?
Ese mismo día, lo llevaron a un psicólogo, para preguntarle si tenía el jovencito tenía algún trastorno. Tal vez no debieron hacerlo…
- ¡Muy buenos días, señor y señora Fletcher! –los recibió el médico, invitándolos a sentarse en una silla.
- Igualmente –devolvió el saludo la madre –Veníamos a verlo, pues nuestro hijo Frank no responde a nuestras palabras. Aún no ha mostrado señales de que haya aprendido algunas frases, ni siquiera a dicho papá o mamá.
- Ajá… -escribía en una libreta –Revisaré al niño un poco…
- ¿Revisarlo?
- No es nada, señora. Solo examinaré un poco si sus cuerdas vocales están en buen estado ¿Grita o llora por las noches?
- No, doctor…
- Como veo… A ver, pequeño… abre la boca.
El peliverde obedeció a la orden sin problemas. El hombre encendió una pequeña linterna e iluminó las amígdalas del chico. También presionó un poco el cuello de Ferb (sin ahogarlo) y le pidió que emitiera un sonido. Para su sorpresa, él ni siquiera atinó a decir ni siquiera la letra A.
- Esto está claro… -dijo como si nada el de la bata blanca –Este chico es autista… sé que es un diagnóstico algo acelerado, pero es probable que ni siquiera llegue a hablar…
- ¿Autista? ¿Qué no va a poder hablar? ¿No insinuará que nuestro hijo es mudo? –susurró Lawrence.
- Tal vez… será mejor que piense en alguna escuela diferencial para el niño… no creo que se sienta muy a gusto en un jardín infantil co…
- ¿Sabe qué? –lo interrumpió la mujer peliverdeazulada –No necesitamos su diagnóstico. No creo que mi hijo esté mal… él es un niño sano e inteligente.
- Querida, no te exaltes –trató de detenerla su marido.
- ¡Nada, Law! ¡Yo no haré caso a un doctor para que tache a mi Ferb de enfermo mental! ¡Es normal! Muchas gracias, señor, pero no necesitamos sus servicios…
- Sé que usted es su madre, pero ser autista no es ser un enfermo mental. La entiendo, pero…
- ¿Me entiende? ¡Ja! ¿Cómo me va a entender? ¿Usted es madre?
- Pues… no…
- ¿Tiene hijos?
- Puedo decirle que…
- Entonces usted no sabe nada. Me despido ¡Vámonos, Lawrence!
El pequeño se aferró a la falda de su mamá y tomó firmemente la mano de su madre. Ni siquiera volvió la vista hacia atrás.
- Renny –la encaró su esposo –Tal vez este psicólogo pudo haberlo ayudado…
- ¿Para qué? ¿Para que llenen a mi hijo de agujas y lo encierren en un manicomio solo por ser diferente? Ferb sabe hablar, solo requiere tiempo… yo le enseñaré a hablar, no descansaré hasta que apenas pueda decir una palabra, una sílaba, o aunque sea emita algún sonido. Solo eso deseo…
- Está bien, cielo… confío en ti, también te ayudaré… mas no vuelvas a actuar de esa manera jamás…
- Lo que tú digas, amor…
Los siguientes días fueron muy duros para la familia. Renata pasó varias horas sentada en el suelo con un libro para enseñarle al niño algunas palabras, pero el peliverde no parecía tener mucho interés en el asunto. Es más, ignoraba las lecciones y se ponía a dibujar con sus crayones o a golpear las paredes con las baquetas de una batería. Era raro que las tuviera, pues no tenían en sí la batería, y menos sabían de dónde las había sacado.
- Deja eso, Ferb –le quitaba aburrida las baquetas al niño. Ya confiscadas, el chico empezó a hacer muecas de disgusto. Realmente le gustaban esas baquetas.
Entonces se le ocurrió una idea.
- ¡Claro! –se le iluminó la mente a la mujer -¿Por qué no pensé en eso antes?
- ¿Crees que servirá con el niño? –preguntó el hombre castaño luego que con su mujer fueron a una tienda de instrumentos musicales a comprar una pequeña guitarra criolla, perfecta para la edad de Ferb.
- No creo que nuestro hijo tenga problemas mentales, Lawrence, mas creo que la música es uno de los mejores medios de comunicación. Si no llega a aprender a hablar, al menos podremos conversar con él mediante las notas musicales…
Llegando a casa, los dos padres entregaron con cariño el instrumento en las manos de Ferb. Este, curioso, hizo sonar las cuerdas. Al contacto con ellas, no sonaron muy bien como él esperaba.
- Dejemos que practique un poco –murmuró Renata.
Lo dejaron un largo rato solo, para ver qué hacía.
El peliverde articulaba sus pequeños dedos alrededor del puente de la guitarra. Primero descubrió cómo rasguear, a los minutos en cómo hacer que sonara la nota de Do Mayor y luego con las demás notas musicales.
Más tarde con séptimas, quintas, sostenidos y bemoles…
Al rato siguió con varios estilos de rasgueos.
- Cariño… ¿no escuchas eso? –advirtió el castaño.
- Sí… -murmuró Renata -¿Pero quién?
- ¡Ferb! –dijeron al mismo tiempo.
Sin dudarlo, velozmente se dirigieron donde estaba el hijo de los dos. Este estaba tocando una vieja canción que se oía mucho por Londres, a pesar de los años. Era "Mother Nature's son".
- ¿Cómo tan rápido? –se asombró la madre.
- Definitivamente este no es un niño común. ¿De dónde aprendió la canción…?
- Seguro me oyó cantarla…
Y para más sorpresa de ambos, el niño comenzó a cantar:
(Mother Nature's son-The Beatles)
Born a poor young country boy-Mother Nature's son
All day long I'm sitting singing songs for everyone…
Con los ojos llorosos, Renata se unió a la tocata. Tomó un pequeño pandero que había cerca y acompañó a Ferb. También Lawrence, quien los siguió con el ritmo de las baquetas.
Sit beside a mountain stream-see her waters rise
Listen to the pretty sound of music as she flies.
Find me in my field of grass-Mother Nature's son
Swaying daises sing a lazy song beneath the sun.
Mother Nature's son…
- Es un milagro… simplemente es un milagro…
Continuará...
