La Última Misión

Capítulo XXIII

Era un día de invierno, frío, pero curiosamente el cielo estaba despejado en Danville, con algunas nubes del tamaño de una palma de la mano. El suelo estaba blanco, vestido de la nieve brillante. Los pocos nubarrones dejaban caer copos pequeños. Faltaba muy poco para que fuera Navidad. Candace estaba en su habitación, junto a Phineas a su lado, observando embelesada por la ventana el ambiente exterior. Estaba esperando que muy pronto sus padres permitieran que les dejaran salir y jugar como tanto había deseado, haciendo muñecos, ángeles y guerras de nieve, y más tarde, arreglar el árbol navideño del hogar. A sus cortos años de vida, y desde que nació el pelirrojo, los cuatro en familia adornaban con cuidado el pino, con mensajes de amor, deseos para cada uno de los miembros de la casa y cantar villancicos por la noche, hasta que fuera 25 de diciembre, para compartir con los abuelos que los venían a visitar.

Los regalos estaban de menos.

Mas aquella Navidad sería muy diferente, cuando Danny recibió una llamada telefónica.

- ¡Querido, un hombre llamado Wesh te busca en el teléfono! –le entregó Linda a su esposo el aparato.

Justo en ese momento, Danny sintió un escalofrío por la espalda. Malos tiempos vendrían para la familia Flynn y la de todos los agentes y espías del mundo.

- ¿Aló?

- ¡Danny, necesitamos urgentemente que te reúnas con nosotros en Londres!

- ¿Wesh? ¿En serio eres tú? ¡Cuánto tiempo! Pero… ¿En Londres? Pero… mi familia… pronto será Navidad… ¿cómo me aseguras que estaré con ellos en Nochebuena?

- Por favor, en cuanto más pronto esté con nosotros, más rápido regresarás con tu esposa e hijos…

El castaño se mordía los labios de solo pensar en abandonar su morada. Aunque confiaba en su compañero, sabía que era imposible que regresara con sus pares en tan poco tiempo. Solo quedaban pocos días para las Grandes Fiestas, y sus misiones duraban más que solo días, a lo menos semanas. Desde que era un estudiante en la Academia le habían enseñado que su deber era primero que sus amistades, sus parientes y su vida, pero su alma le dictaba ser leal a su familia más que todo ¿Acaso ya no era suficiente ocultarle a su mujer que era un agente secreto? ¿La confianza de ambos estaba tranzada, pendiendo en un hilo, sin saber que si llegaba a pasarle algo, nunca sabría las verdaderas razones de su muerte?

Cosas así cruzaban por la mente del hombre…

- ¿Danny? –llamaba la atención Wesh al otro lado del teléfono, pues el de los lentes se había sumido en el silencio -¡Danny, responde!

- ¿Eh? –salió de su trance –Oh… nada… Estaré allí a lo que me den las piernas… necesito un avión…

- Ya te tenemos uno. Te está esperando en el aeropuerto en este justo momento. Debes partir ahora…

- ¿Ahora? ¿Qué le diré a Linda?

- Algo se te ocurrirá. Tú eres listo –y colgó en esa frase.


Danny ya estaba listo para partir. No llevaba maletas, no tenía el tiempo suficiente para ocuparse de esas cosas, así que se puso una chaqueta cuadrillé y se disponía a tomar un taxi, cuando Linda, que sospechaba la preocupación de su marido, le detuvo el paso en el umbral de la puerta.

- ¿A dónde vas? –preguntó tajante la pelirroja.

Detrás de las paredes, Candace escuchaba a sus padres con Phineas en sus brazos.

El castaño no tenía idea qué decirle a Linda aún. Había pensado varias cosas, pero ninguna le parecía tan creíble como para que una mujer tan inteligente como ella.

- Pues… -titubeaba él –Yo…

- ¿Acaso vas a seguir mintiéndome? ¿Ocultándome que tus largos viajes son juntas o conferencias de trabajo?

- Querida… ¿cómo…?

- No soy tonta, Daniel, lo sabes bien…

- Linda… he querido decirte la verdad desde hace mucho… pero…

- ¿Pero? –mientras hablaban, ella fruncía el ceño cada vez más.

- Es que… si te digo la verdad… dudo que vayas a creerme… y si me crees, es lo peor que podría suceder…

- ¿Me estás engañando con otra mujer?

- ¿Qué? ¡No! Solo…

- Dime la verdad, Danny… soy tu esposa, la que antes fue y es tu mejor amiga…

Suspirando, él cerró los ojos. No podía hacerlo. Si lo hacía, la expondría al peligro. Ella era muy decisiva, impulsiva. Alguien como Linda estaba dispuesta a dar su vida por el ser que amaba, y Danny no se consideraba digno que su mujer la diera por una persona como lo era él.

- Lo siento… pero… debo irme…

La pequeña Candy se acercó a su padre, con su hermanito.

- ¿Qué sucede? –habló con ternura la niña.

Tristemente, el castaño acarició su cabello. Casi de forma involuntaria, sacó de su bolsillo del abrigo un reloj, de oro, que tenía una hermosa cadena del mismo fulgor dorado. Su diseño era como de esos que usaban los magos para hipnotizar a las personas.

Al abrirlo, era como un medallón que guardaba una fotografía de la familia entera, juntos y con caras sonrientes.

Se lo había comprado a la niña, el día anterior, como regalo de Navidad. Como quizás no estaría aquél día para entregárselo, se lo entregó.

Candace observó el objeto con ojos brillantes, casi de la misma manera como tintineaba el reloj.

- Toma, esto es para ti –dijo Danny.

La pelirrojita no dijo nada. Estaba encantada con el regalo, y lo acercó a su oído para escuchar cómo se comunicaba en su manera, con ese "tic-toc", el lenguaje de los relojes.

Phineas balanceaba con su mano juguetonamente la cadena, como queriendo atraparla y dejándola libre.

Cuando quiso ver a su padre por última vez, este ya no se encontraba allí. La puerta estaba abierta, y las pisadas sobre la nieve se dejaban ver.

Los ojos de Linda estaban humedecidos. Tenía la extraña sensación que aquella sería la última vez que los tres verían al hombre de la casa.

(No te vayas-Fernando Ubiergo)

Cerraron las cortinas, juntaron esa puerta
trataron de encontrar una salida
pero la madrugada, traía entre sus alas
al indeseable sol de la partida.

Con fuego en la mirada, con frío en las palabras
le dijo de una vez: "me voy de casa"
primero hubo silencio, después los pensamientos
salieron a librar esa batalla.

No te vayas...no te vayas...

Sentado en la escala en pijamas
trataba de entender lo que ocurría
aunque a los siete años la vida es un milagro
que tiene el corazón de golondrina.

Entraban y salían a ratos discutían
por cosas que en verdad ya no importaban
caía en mil pedazos el cielo entre sus brazos
y ellos no miraron hacia arriba.

No te vayas...no te vayas...

Cuando él cerró la puerta, la casa se hizo inmensa
su madre lo encontró sobre la escala
con los ojos abiertos como dos universos
que aprenden el color de la nostalgia.

Sin besos, sin palabras el niño es quien la abraza
y aprieta los tobillos a su espalda
atrás de las pestañas hay soles que se bañan
y mundos al revés que valen nada.

No te vayas...no te vayas...


Unas largas horas de viaje siguieron para Danny. Ni siquiera sabía aún porqué lo habían llamado para ir a Londres. Era extraño, pero si era tan importante, entonces había que obedecer. Podría ser algo bueno, o algo malo... y justamente lo que sucedería sería esto último.

Llegando a Inglaterra, inmediatamente se bajó del avión. Con la pinta que llevaba (lentes de sol, abrigo a cuadros y la cabeza gacha) nadie lo reconocería, además que no conocía mucho el país aparte de haber estudiado en la Academia, mas los enemigos estaban presentes en cada momento y lugar, y más y aquellas personas serían luego tus cercanos.

En el aeropuerto, sonó el timbre de su celular.

- ¿Diga?

- ¡Ya Danny! ¿Llegaste? –preguntó quien por supuesto era de nuevo Wesh.

- Sí, ya estoy en la pista de aterrizaje… ¿Me dirás ahora por qué me llamaron?

- Aún no. Solo espera, que falta poco que tu contacto venga a recogerte.

- ¿Contacto? ¿Y quién…?

Antes de terminar la pregunta, sintió que lo tocaban por la espalda. Como si reconociera al instante quien era la persona que lo hacía, se dio vuelta con una sonrisa de oreja a oreja.

- ¡Renny!

- La misma que viste y calza –rió la peliverdeazulada.

- ¡Te ves más mayor que la última misión que tuvimos hace mucho todos juntos!

- ¿Y quién lo dice, el viejo de cabeza de pizza?

Luego de abrazos, de contar sus vidas, cómo les había ido los años anteriores y sobre sus familias. Cuando Danny habló de su esposa e hijos, Renata esbozó una pequeña sonrisa triste en su rostro, pero en el fondo estaba feliz de verse una vez más con él.

- ¿Ya te casaste? –preguntó Renata.

- Pues sí. Ya tenemos dos hijos –contestó mostrándole una fotografía de su familia que llevaba en su billetera –La mayor es Candace y mi hijo menor es Phineas.

- ¡Wow! Se parece mucho a ti… veo que no has perdido el tiempo. Tengo un hijo, Ferb.

Y le presentó una foto de él tocando la batería.

- Es un músico innato, ¿no? –elogió Danny.

- Ni siquiera lo descubrimos hasta ahora…

- Dejando nuestras informalidades, a lo que venimos… ¿por qué…? –dijo el castaño.

- ¿De por qué los trajeron?

- ¿Trajeron?

- Wesh y Franny también están aquí –habló ella –Ni siquiera yo sé con claridad. El que nos ha llamado fue William…

- ¡William! –exclamó asombrado -¿William, el maestro?

- Sí, sí él es.

- ¿Está todavía vivo? ¿Lo han visto? ¿Yooo…?

- ¡Tranquilízate compadre! –lo detuvo Renata –Pues debería estarlo, si fue él quien me llamó y me ordenó traerlos, pero no lo he visto… es raro… no lo he visto en todo este tiempo, desde que salimos de la Academia y tenemos nuestras misiones… Bien… tenemos que irnos…

- ¿A dónde?

- Al hotel donde te hospedarás. Yo estaré con ustedes. Esta no es una misión, ¿de acuerdo? Pues no nos han asignado un enemigo. Creo que tendremos unas comodidades por la situación, pero mañana iremos a la Academia donde nos dirán lo que sucede. Hasta entonces debemos esperar…

Continuará...