La Última Misión

Capítulo XXIV

Tal como lo había dicho Renata, el día siguiente partieron los cuatro (Daniel, Francine, Wesh, incluyéndola a ella) a la Academia por un camino que les habían dicho por dónde más o menos era. Realmente ellos no sabían cómo llegar. Si no querían que desde chicos supieran cómo se llegaba, tampoco deseaban que lo hicieran más adelante, por motivos de seguridad secreta.

"Si la memoria no me falla" –pensaba Renny –"La primera vez que me trajeron vinimos por el Támesis hacia adelante, a las afueras…"

Con la mujer de cabello verde y azul de guía, cruzaron el puente, pero ni bien llegaron al otro lado y alguien les detuvo el paso.

- Los esperaba… -dijo en un susurro este, quien llevaba un abrigo que le cubría unos vuelos el rostro.

Ellos no dijeron nada por un largo rato.

- ¿Cómo…? ¿Quién eres? –habló Francine, rompiendo el silencio.

- Un espía, como tú. Ustedes son quienes pretende hablar el agente William. Solo suban al auto… -respondió mientras fumaba un cigarro.

- ¡Esperen! –ordenó Renata -¿Cómo sé que tú eres uno de los nuestros?

El desconocido sacó de su chaquetón una billetera, que tenía una placa dorada que decía en letras grabadas "Funcionario O.W.C.A.: Espía secreto"

Ya probada su trabajo, se subieron al vehículo, con el espía de conductor. Sin decir una palabra del asunto, fueron en silencio, hasta que este móvil se detuvo, en el mismo lugar de hace varios años.

- Cierren los ojos y no respiren, que no dolerá nada –dijo irónicamente el hombre.

Los cuatro hicieron lo pedido y les rociaron en el rostro un somnífero, y de ahí no supieron nada más…


Nadie supo cuánto tiempo pasó, pero fue como un abrir y cerrar de ojos, cuando despertaron y se encontraron en un ambiente oscurecido, sin más alma que la de ellos. Incluso antes de darse cuenta de que había más gente además de ellos solos, creyeron que estaban muertos, o algo por el estilo, como un sueño sin fin, sin recordar nada de su pasado hasta que lo pensaron bien.

- Ya, digan algo… solo los vivos –decía Danny.

No dijo eso último y un leve quejido se escuchó en el lugar. Eran los demás.

- ¡Ay, me duele la nuca! –se sobaba la misma Francine.

- A mí el trasero –se quejaba Wesh.

Luego de reunirse todos, una fina línea blanca se abrió rompiendo las tinieblas que los envolvían. Rápidamente lo negro se volvió blanco, y lo oscuro claro ante sus ojos. Era la compuerta, que se abría para llevarlos a la Academia, lo que llevaba su mente a viejos recuerdos de niñez y juventud.

- ¿Te acuerdas, Franny? –murmuró emocionada a su amiga, al ver que delante de ellas se mostraban los jardines de la escuela. Allí estaban niños jugando, conversando y paleando las estalactitas que se trepaban en los techos de los edificios. Era como volver a un sueño, o el sueño de un sueño.

- ¿Cómo olvidarlo? –contestó dándole una sonrisa -¿Si no fue que aquí nos conocimos?

- Vengan conmigo… -los invitó a seguirle el mismo que los había traído.


Caminaron por pasillos ya conocidos para llegar a las oficinas principales de la escuela. Esperaban ansiosamente encontrarse con el tan querido profesor William. Aunque este siempre había sido algo frío con ellos (como debía ser por su autoridad en el colegio), había inspirado algo de confianza en los cuatro.

Curiosamente no se encontraron con él, sino con Monograma, el director, que ahora era mayor militar en una enorme sala, sin luz, con mucha gente uniformada, que parecía tener cargos muy importantes ¿Por qué estaba allí él y no William?

- Buenos días, mayor –saludó en nombre de todos sus compañeros Franny, como la espía de mayor cargo de todos ellos.

- Tomen asiento, agentes y espías –les ordenó con voz severa.

Obedecieron la orden sin decir una palabra. El que desafiara a Monograma lo pagaba caro. No era bueno provocarlo.

- Ustedes serán los primeros cuatro que sabrán nuestro ambicioso plan… -comenzó a hablar el mayor –Ya saben ustedes, que nuestra organización lleva décadas de servicio a occidente, pero siglos en lo que se refiere a espionaje en distintos países independientes. Así que hemos propuesto este plan.

Sobre la pared apareció una pantalla pegada a esta, mostrando un mapamundi, con varios puntos amarillos en distintas zonas del planeta. Después de unos segundos, varias fotografías, de niños fueron mostrándose en diapositivas con rapidez. Para la curiosidad de los dos agentes que eran padres, pudieron observar que en tres de esas imágenes, aparecieron Phineas, Ferb y Candace.

- ¿Qué significa esto? –se notaba que Danny estaba comenzando a impacientarse.

- Déjeme terminar y lo sabrá –rugió Monograma –Desde que hemos sido una institución de las Naciones Unidas hemos tenido presencia en la mayoría de los países de la Tierra. Educamos a nuestros funcionarios desde los 10 años, entregándoles lo necesario para su enseñanza, mas los resultados no son de nuestras expectativas.

- ¿Qué pretende? –dijo Renata molesta.

- Mini espías.

- Mini… ¿qué?

- Como lo escucha, agente. A los 10 años ya deberían estar cumpliendo su función, pero el tiempo estimado de educación dura aproximadamente 8 años ¡Podemos ahorrarnos 8 años de vida con solo reprogramarlos desde la cuna!

- ¿Cuna? –la idea no parecía agradarle a ninguno de los cuatro.

- Muy simple. Desde que nace el hijo de un espía o agente, desde el primer momento lo llevamos a un centro de crianza donde lo educamos con lo básico hasta que el proceso se da por terminado y ya está preparado para el campo de batalla.

- ¿Campo de…? ¡Oiga! ¿Acaso me está diciendo que le arrancarán de los brazos de sus padres sus hijos desde que nacen y no les verán nunca jamás?

- En efecto. Estamos ahorrando años de infancia inútil. Así los padres no se preocuparán de los niños, solo de cumplir la tarea de servir a la agencia, además de procrear.

- ¿Y nos tratarán como simples máquinas para darles hijos que no veremos nunca? –gritó furioso Danny.

- ¡Cuidado Flynn! ¡Que soy su superior y la decisión ya está tomada! Estamos en el siglo XII, señores, y el peligro de una guerra nuclear es inminente. Si queremos ganar la pelea contra Afganistán debemos estar a un paso adelantados…

- ¿Cree que con una idea de mandar niños de menos de 15 años a jugar juegos de adultos es un modo de ganar la guerra?

- ¡Y para qué más nos servirían los niños! –bufó el mayor con rabia –Son débiles, inservibles. Si los educamos desde los 10 años serán lo mismo en el futuro. Queremos terminar con una raza de agentes como ustedes…

- ¿Cómo nosotros?

- Los 10 años que pasan con sus progenitores es tiempo perdido.

Entonces todos los demás hombres uniformados que estaban allí empezaron a murmurar, aceptando la idea de Monograma.

- ¡Para que sepa, cuando los demás sepan esto no lo permitirán! –gritó decidido Wesh.

- ¿Cuándo sepan? Eso justamente quería William, que lo supieran, por eso los llamó. El muy débil que siempre fue nunca estuvo de acuerdo con nuestra brillante idea, así que envió por ustedes. Lástima que no pudo encontrarse con ustedes…

- ¿Qué le hiciste a William? –exigió la respuesta Francine.

- Eso no importa ya. No volverá más y tenemos un estorbo menos. Como ustedes ya estaban aquí no podíamos regresarlos, así que planeamos toda esta emboscada para que no interfieran.

- ¿Emboscada…? –se dijeron entre sí. Para su horror, de las sillas salieron unas esposas de hierro que inmovilizaron sus muñecas. En cuanto más se movían, más les apretaban y más dolor se sentía.

- ¡Monograma! ¡Eres un desgraciado! –lo insultó Wesh.


Las horas siguientes fueron lamentables para nuestros protagonistas. Luego de lo que había pasado anteriormente, los encerraron sin saber ellos dónde estaban. Estaban atados a las mismas sillas con las cuales fueron capturados y la tristeza que inundaba en los corazones de Renata y Daniel, que ambos eran padres era inigualable. Estaban destrozados ¿Qué le dirían a sus esposos cuando volvieran y sus hijos no estarían allí? Tal vez ni siquiera volverían, lo cual los apenaba cada vez más.

La más desdichada era Renata. Desde hace muchos años nunca tuvo el poder ni el valor de revelarle a Danny un secreto que llevaba desde hace muchos años. Quizás era tarde para decírselo, ella estaba casada y él también, pero… ¿cuándo entonces?

- Chicos… -habló el castaño luego de un largo suspiro –creo que todo se acabó… este es el fin…

¡Nadie podía creerlo! Danny siempre era optimista, y ahora… cuando era el momento que más se necesitaba de él, ¿estaba perdiendo las esperanzas?

- Ya no queda más por hacer –agregó después de una pausa. A pesar de la poca luz que había, cada uno pudo ver que les dedicaba una triste sonrisa a los tres –fue un placer trabajar con ustedes…

Todos sintieron que sus ojos se les humedecían y gruesas lágrimas caían por sus mejillas silenciosamente.

- No… -dijo Renata en un susurro.

Sus compañeros la miraron extrañados por su repentino despertar.

- ¿Qué quieres decir?

- No… -repitió paciente –No… Danny… amigos. O sea… se conformaron y… ustedes creen que el futuro, ¿solamente puede significar esto?

El resto asintió desanimado, afirmando que sí.

- No… - siguió –El cambio es nuestra opción… y hasta este momento, los únicos que marcamos la diferencia entre Monograma y nuestros niños somos nosotros. ¿Qué dicen?

Nadie respondió.

- ¡Háganlo por la memoria de William!

Tampoco…

- Danny, ¿no es que Phineas y Candace valen más que tu vida?

No terminó de hablar, cuando el castaño captó a qué se refería y se unió a la causa de su amiga, comenzando a roer la cuerda que aprisionaba sus costados con los dientes.

- Renny –decía tranquilamente Francine ocultando su molestia -¿cómo crees que saldremos de aquí? No dudo que lo pretendes sea bueno, ¿pero cómo piensas que nos ayudarán los dientes de Danny a escapar?

Iba a contestar la pregunta (aunque no tenía respuesta inteligente en mente) cuando sintió una extraña sensación de que los estaban espiando, y no solo alguien, sino muchos.

- ¿Quién anda ahí? –exclamó Wesh.

El eco de su voz retumbó por toda el área.

Unas siluetas pequeñas, con rostros maliciosos y que apenas se distinguían a la luz de la luna que ya se dejaba ver por una rendija chiquita.

- ¿Quiénes son ustedes? –preguntó una vocecita.

Eran niños; el hecho que lo fueran devolvió a la cabeza de los forasteros diversas situaciones olvidadas por el tiempo.

- ¡Hola! –intervino Danny –No somos de aquí y…

- Si, ya nos dimos cuenta –salió a su encuentro quien parecía ser el joven que estaba a cargo –No pueden ser uno de nosotros con esas piernas estiradas y caras feas.

Todos los mocosuelos comenzaron a reírse. No era de no esperarse que bromearan con ellos; muchos estaban allí por cosas malas que habían hecho en su pasado.

- Jeje… Está bien… podrían sacarnos de aquí…

- ¿Y por qué habríamos de hacerlo?

Era cierto, ¿qué beneficio les traería liberarlos?

- Pues… podrían obtener con nosotros lo que ustedes quisieran… supongo…

- ¿Qué tienes?

Cada uno se revisó los bolsillos, mas todas las cosas que llevaban encima las necesitaban, así que fingieron no tener nada.

- ¿Te parecería libertad?

- ¿Libertad? ¿Cómo es eso?

- Pues… libertad es algo con lo cual nace cada ser humano, incluso ustedes…

- ¡Claro que sí sabemos que es libertad! Solo que intentar escapar de aquí sería un suicidio.

- Bueno… si ustedes nos dejaran salir volveríamos por ustedes a la vuelta de nuestra misión…

La idea de que fueran liberados era tentador para el líder de los muchachos, en especial si ellos eran los famosos cuatro, los que estuvieron más cerca que ningún otro de ver el mundo exterior antes de tiempo, el sueño de muchos y una leyenda que se contaba de grado en grado.

Los niños los despojaron de las sogas, mas eso era lo más fácil, los verdaderos problemas comenzaron después.

- ¡Uf! –jadeaba uno de los jóvenes mientras forcejeaba con las esposas de metal que estaban incrustadas en la carne de nuestros protagonistas –Esto… no se… no ceden…

- ¡Ayúdenlo!

Así, todos se amontonaron, aplastando a los adultos no permitiéndoles respirar y tironeando los objetos de acero que en cuanto más intentaban romperlas, más dolían al contacto de la piel.

Entre el dolor y el no poder respirar estuvieron a punto de creer que morirían asfixiados, mas el destino no lo quiso así y las cadenas se rompieron, dejando sus manos rojas y a punto de sangrar.

- Muchas gracias por su ayuda… -se sobaban las manos los cuatro.

- ¿Y? –dijo de pronto uno de los chicos.

- ¿Y qué?

- ¿Cuándo nos sacarán de aquí?

No tenían ni idea cómo hacerlo. No podían hacerlo en ese mismo momento, pues llamarían la atención.

- Cuando volvamos de nuestra misión lo haremos…

Los muchachos titubearon inseguros.

- ¿Lo prometen?

- Es en serio –habló Wesh –los vendremos a buscar… o alguien mandaremos para que lo hagan… pero tengan paciencia. Nosotros tenemos una misión, y debemos cumplirla.

Se levantó un ligero murmullo entre los niños. Hasta que el líder dio un paso en frente.

- Les dejaremos ir. Si no regresan, no importa, sabemos cuál es la causa por la cual luchan. Mas nos sería de profunda alegría que nos liberaran. No aguantamos nuestra vida aquí…

- No se preocupen… lo haremos… aunque no seamos nosotros quienes vengan, serán libres, como tanto lo desean.


Ya afuera de los sótanos, corrieron a como les daban las piernas a las oficinas administrativas. En específico, entraron a la oficina de Monograma, donde creían que tendría todos los archivos y documentos que hablaban de su plan. Mas allí no encontraron nada de lo que esperaban. Revisaron las computadoras y ninguna tenía información alguna de las operaciones internas.

- ¿Qué hacemos ahora? –se decía Danny –Todos los datos que debería estar aquí no están… ¿dónde los habrá dejado Monograma?

- He escuchado que Monograma tiene una copia de la data en el centro informático de la O.W.C. A. Eso queda en una isla desconocida del océano Ártico ¿Tienes idea de dónde pueden estar?

- Déjenme revisar las bases administrativas que hay en el mundo –dijo Francine.

Ella revisó los programas que tenía el ordenador, uno que tenía la capacidad de observar desde un satélite cada punto del planeta. Examinó las pequeñas islas que hay cerca del Polo Norte, y una de ellas tenía una edificación extraña, como una de las tantas bases secretas que tenía la agencia en ese entonces. Eso significaba que allí estaba la súper computadora con la data.

- Debemos ir urgentemente a esa isla –indicó la mujer.

- Excelente. William nos había dicho que aquella computadora pedía un código secreto. ¿No lo tenías tú Danny?

El castaño asintió con la cabeza.

- Tenemos todo. Pero no podemos ir solos. Podrían estar esperándonos…

- Hay que convocar a todos los agentes y espías que estén en contra del plan de Monograma. Mas debemos reunirlos en un solo lugar… -pensaba Renata.

- Francine… ¿no que hay catacumbas abandonadas en Francia? –preguntó Danny.

- Sí, son perfectas. Son kilómetros de pasillos que nadie ha visto jamás –contestó.

- Ya tenemos nuestro escondite. Solo nos queda llamarlos… mientras tanto debemos hacer nuestros preparativos para la batalla. Quizás algunos no regresemos, mas hagámoslo por nuestros hijos y por los que habrán de venir…

Continuará...