La Última Misión
Capítulo XXV
Como acordaron, la base de sus ataques fue en las catacumbas, perfectas para planear y prepararse para la batalla.
Renata tuvo que partir. Lawrence siempre supo lo que hacía, desde un principio, aunque ella nunca se lo dijo. Entendía que era su deber, y se casó con ella con el conocimiento de lo que se dedicaba.
- ¿Qué piensas Danny?
La peliverdeazulada se acercó a su compañero quien observaba la luna desde un tragaluz que había en el techo. Faltaban solo dos días para Navidad, y pensaba en sus hijos jugando bajo el árbol mientras su esposa preparaba una hermosa cena con la ayuda de ellos. Parecía que podía ver el futuro, porque justamente esa noche harían lo que estaba soñando despierto.
- ¿Ah? Este… hola… solo estaba admirando la luna…
Ella se aganó a su lado, haciendo lo mismo que él.
- Está hermosa… -dijo Renny –pero no me mientes… algo te perturba…
- Ya sabes… no hay que explicarte nada…
Se produjo un rato de silencio. Nadie dijo una sola palabra, esperando que el otro lo hiciera.
- Los extrañas… ¿verdad? –comentó la mujer.
Daniel bajó la cabeza con pena. Había dado en el blanco.
- Bueno… cuando regreses podrás llevarles muchos regalos, y compartirás con ellos. Verás a tus hijos crecer, cuando se casen y tendrás varios nietos… y morirás viejo y entrado de años…
- Si es que regresamos –interrumpió el castaño.
Algo incómoda por el comentario, dejó de hablar.
- Solo… quisiera verlos por última vez y despedirme de ellos… decirles cuantas cosas que siempre he querido decirles…
- Pues… también quisiera decirte algo… -murmuró ella –Siempre lo he querido hacer, pero nunca he tenido el valor ni la fuerza de hacerlo… Danny, yo te…
Pero no pudo confesar lo que había en su corazón, porque justo llegó Wesh junto a Francine.
- ¡Llegaron! –jadeaba cansado el moreno –Exigen una audiencia con ustedes… no nos creerán si no estamos los cuatro…
- ¿Y por qué nosotros?
Ambos se miraron fijamente, como un poco avergonzados.
- Pues… por lo que hicimos una vez… -respondió la mujer de cabello morado.
Con lo de "una vez" se refería a aquella vez que intentaron escapar. Ellos no podían creer que muchas personas tuvieran el conocimiento de esa situación cuando eran jóvenes. A la primera nadie supo, pero al parecer John, el que fue alguna vez el compañero de Franny divulgó la noticia, aunque nunca tuvieron claro cómo llego a saber toda esa información.
Luego de convocar a todos los agentes y espías que estaban a su lado (que eran el dos tercios de todos los oficiales del mundo, aunque eran muchos, cabían en una extensión de un estadio), se prepararon para la Operación: Clandestina, en libertad de todos los niños que a futuro serían obligados a participar como parte de una organización.
Dos días de planificación y estrategia, lo suficiente para poner todo en orden.
Aquél 24 de diciembre, en barcos y naves pesqueras arribaron la zona Ártica. La enorme edificación, que era exactamente la base de la agencia, que estaba abandonada, pero la computadora seguía funcionando y abarcando más información en sus conexiones virtuales, todas instaladas desde principios de los indicios prematuros de la Internet, cuando era utilizada solo para la milicia.
- Aquí es… -indicó Danny. Se detuvieron frente una gran puerta de hierro, que se abría desde el suelo hacia arriba.
- ¿Estás seguro?
- El GPS lo confirma –aseguró él –Solo tenemos que entrar sin ser vistos.
Los cientos y cientos de oficiales renegados entraron a la base. Afuera había tanto hielo y nieve, aún más si exactamente en diciembre en el norte es invierno.
Creyeron haber pasado inadvertidos. Cruzaron el umbral gigante, mas la francesa de cabello morado escuchó un ligero ruido sordo, como de compuertas ocultas que se abrían.
Renata y Danny observaron que en las paredes vacías había un acceso, como un largo y oscuro pasillo que podría dar al lugar que ellos estaban buscando: la súper computadora de la agencia.
Se escabulleron, sin avisar.
- Quédense quietos –ordenó Francine.
Todo el batallón de espías y agentes obedecieron las palabras de la mujer. El lugar era frío, aparentemente abandonado y húmedo. El hecho que estuviera en el océano Ártico, era natural que sucedieran esos fenómenos en esos ambientes.
De pronto, se abrieron grandes compuertas, de los cuales salieron cientos de cañones, dispuestos a lanzar letales bombas y destruir a todo lo que se cruzare en un paso.
- ¡Dios mío! –se dijo horrorizada Franny.
De inmediato los que estaban cerca de la salida por la cual llegaron corrieron para salvar sus vidas, mientras las armas masacraban a los que no podían escapar.
Como los guardas habían descubierto que la gente estaba escapando, cerraron la entrada. Por fortuna, Francine y Wesh pudieron volver a los barcos pescadores, mas varios quedaron adentro, esperando su fin.
- ¡Franny! ¿Dónde están Renny y Danny? –preguntó el moreno al encender el motor apresuradamente.
Con terror descubrió que en ninguna de las naves estaban sus amigos. Investigó si habían abordado a los barcos vecinos, pero no había rastro de ellos.
- ¡Wesh! ¡Renata y Danny no están con nosotros!
El castaño y la peliverdeazulada se encontraban en los pasillos vacios en busca de la cámara de comandos, la base de datos principal de la Academia y la O.W.C.A., y así sabotear los informes. Ya todo era claro, ellos eran peones, esclavos de una organización que les lavaba el cerebro desde niños, y que ahora pretendían hacerlo con sus hijos y los hijos de sus hijos.
- ¿Es aquí?
En efecto. Habían encontrado lo que deseaban. Era una habitación sin iluminación alguna. Una enorme pantalla y un teclado en un panel daban a entender que era una computadora gigante.
Caminando rápido, Daniel se sentó en la silla giratoria que estaba frente el artilugio. Esta pedía una contraseña, un código para ser exactos. Hace mucho tiempo William le había dado la confianza de decirle al castaño el código de la computadora, y cuando fuera necesario la utilizara.
- ¿Tienes el código? –dijo Renny.
- Sí, solo déjame sacarlo…
El joven escudriñó el bolsillo de su abrigo. Para su sorpresa, el papel con la clave no estaba allí.
¡Y fue cuando su mente se iluminó! La nota estaba en el mismo bolsillo con el reloj que le había regalado a Candace. Cuando lo había comprado, había enganchado el papelillo al objeto para guardarlo. Mas se había olvidado de quitarlo antes de dárselo a su hija y ahora ya no podrían acceder para eliminar los archivos.
- ¡No! –gimió Danny tomando su cabeza entre sus manos -¡No! ¡No!
- ¿Qué sucede?
- No tengo la clave… la dejé…
- ¿En dónde?
- Lo tiene Candace…
- ¿Tu hija? ¡Pero cómo pudiste! ¡Ya no tenemos opción…!
- Creo que en eso estás en lo correcto…
Lo último no lo había dicho ninguno de los dos. Ambos voltearon para encontrarse cara a cara con el mayor Monograma.
- ¿Qué están haciendo? –murmuró maliciosamente.
Danny y Renata pudieron ver que en su mano tenía un revolver. El joven dio un paso adelante, en defensa de su compañera.
- Espere… no pensará en…
- ¡Un paso más y te vuelo los sesos a ti y a tu compañera! –y apuntó simultáneamente a los dos.
El castaño dio un paso atrás, creyendo que así no dispararía, mas mejor hubiese sido que se quedara quieto, porque el mayor disparó el arma en dirección a él.
Fue cuando todo se volvió lento. Estaba esperando el impacto, que resultó como si fuera una eternidad. Como no sucedía nada, cerró los ojos por largo tiempo (lo que en realidad para otro fue solo unos segundos) y al empezar a impacientarse, los abrió.
La escena que siguió después de eso lo dejó helado de pies a cabeza. La bala no había impactado a su cuerpo. Estaba totalmente sano, sin ningún golpe, pero a sus pies se encontraba Renata, herida por el arma.
Un charco de sangre corría debajo de ella, haciendo muecas de dolor y presionando donde la habían herido con la mano roja del líquido vital.
- ¡Renata! –corrió a su auxilio Daniel. Pero en su acción brusca, nuevamente el revólver fue disparado, en dirección a él. Esta vez no hubo nadie quien lo salvara, porque la bala penetro por su carne sin piedad, en su hombro derecho. No pudo evitar esta vez dejar un quejido y cayó al suelo junto a su amiga.
El hombre observaba todo silenciosamente con una sonrisa macabra en el rostro.
- No es nada personal –decía –Son solo negocios…
Sabiendo que no durarían mucho, abandonados, heridos e incapacitados, se retiró del lugar, dejando a los dos en una agonía. Una agonía fría, solitaria y lenta…
- ¿Danny? ¿Danny?
Repetía una voz en el silencio. El joven soñaba que estaba a punto de entrar a una enorme puerta de oro. El ambiente era totalmente cálido, bello y armonioso. Las luces lo envolvían… mas una voz lejana lo llamaba, y todas esas cosas tan hermosas que había visto, se esfumaron como un sueño espectral.
- ¿D-Danny? –era Renata, quien estaba más pálida que la muerte y por su boca salía sangre a montones. Todavía estaba viva, aunque no por mucho tiempo, y él tampoco.
- ¿Re… R-Renny? ¿E-estás bien?
Mas esa pregunta no fue contestada, pues ella no lo estaba.
Todavía se encontraban en aquél salón oscuro. Las puertas habían sido cerradas, para que nadie pudiera salir y nadie pudiera abrirlas.
La mujer estaba comenzando cada vez a respirar con más dificultad y a fruncir el ceño. Estaba muy mal, cualquiera que la viera se daba cuenta de ello. El castaño también no duraría mucho, mas aún le quedaban fuerzas. Con lo que podía, estiró sus brazos y abrazó a su compañera. Estaba terriblemente fría y temblaba. Estaba al borde, al umbral del fin de la vida. La allegó a su regazo, sin poder evitar dejar que cayeran las lágrimas. Estaba pensando en Renata, en Linda, en sus pequeños hijos… ¿Quién les diría que él había muerto? ¿Y al esposo de su amiga? Era un tormento, peor que saber que él mismo moriría. Ya sentía que se le iba el alma del cuerpo. Nunca vería a Candace crecer, en transformarse en una jovencita, a la cual todas sus amigas envidiarían y los muchachos la desearían para ellos. A su Phineas… ¡Oh, cuán inteligente era! Seguro se graduaría con honores, con el primer lugar en todas las asignaturas… mas no vería cuando ellos se casaran y le darían nietos… Lástima que siendo tan pequeño se convertiría en el hombre de la casa…
- ¿D-D-Danny? –susurró entrecortadamente Renata.
- ¿Sí?
- H-h-hay… a-algo que n-nunca te he… d-dicho…
Con preocupación, él tomó su cabeza y observó los ojos de ella. Estaban rojos y llorosos, como los de una persona a la cual le tortura un secreto.
- P-por f-f-favor… No… No h-hables como si estuvieras… d-despidiendo…
- Yo… S-siempre te h-he amado… desde el p-primer d-día que te c-conocí… lo… hice…
Aquella confesión caló en lo más hondo del ser de Danny. ¿Renny, su mejor amiga siempre había estado enamorada de él y nunca lo había sabido? ¿Podría ser tan tonto como para jamás haberse dado cuenta?
Ella era muy hermosa, inteligente y divertida, mas había un problema: Él no la amaba.
- Q-querida… Renny… aunque… y-yo te hu… hubiese correspondido… lo… n-nuestro no podría haber… funcionado… -respondió él.
Renata acomodó tristemente su cabeza junto el pecho de su amigo, mientras lloraba silenciosamente.
- Ahora… podré irme… en paz… -y esas fueron sus últimas palabras. Las últimas que pudo oír en vida el joven de ella.
Cuando dijo eso, Danny sintió que un escalofrío corría por su espalda. Volvió a examinar el rostro de Renata, pero ya era tarde…
Su rostro esbozaba una sonrisa tranquila. De su nariz ya no había aliento y por primera vez en la vida, él pensó que era la vez que la había visto más hermosa que nunca. Con el cariño de un hermano la besó en la frente y siguió esperando, que llegara su hora y poder verla de nuevo…
Ese día fue el 24 de diciembre, en la media noche…
En la lejanía, Francine miraba con melancolía la isla donde se encontraba la base ártica de la agencia.
- ¿Qué sucede, Franny? –preguntó Wesh, quien estaba igual de dolido que ella.
- ¿Por qué no alcanzaron a subirse? ¡Les dije, pero los muy tarados no me hicieron caso! –contestó con rabia -¿Qué les diremos a Linda y Lawrence?
El moreno quedó largo rato callado. Estaba pensando…
- A Lawrence enviaremos una carta. Yo iré con Linda…
La mujer sonrió levemente.
- Sabíamos que unos de nosotros no volveríamos… Si necesariamente tenían que ser dos, ¿por qué ellos que tenían familia?
- Si nos encuentran nos matarán… -dijo el morocho -¿A dónde iremos?
- A Francia… -respondió lacónicamente –Estamos cerca, además las catacumbas son poco visitadas. Nadie nos encontrará ahí…
- ¿Y saldremos algún día?
- Lo que importa ahora es que nosotros estamos vivos. Así que debemos mantenernos como estamos. Algún día daremos nuestra venganza, en nombre de Renata y Daniel…
Continuará...
