Bien, antes que lo siga editando y aprovechando que con tantos reviews (los agradezco mucho) y elección de la historia como favorita (¡oh! ciertamente me siento tan honrada), ando con un orgullo desproporcionado. Así que, ¡Qué suenen las trompetas!

Una idea loca que se me ocurrió. Y que termina con este capítulo (¡Oh, yeaaa!), el cual está escrito desde la visión de Helga (oooooh, yep).

No soy propietaria de Hey Arnold!...no...Aunque quiera…no…

Oxoxoxoxoxoxoxo

Helga entró a la pieza con la celeridad que le había dado el susto. Susto no, terror. Atrás quedaba el discurso cuidadosamente pensado y preparado con las nuevas reglas que arreglarían (o al menos, intentarían) todo el conjunto de cosas que significaba que Arnold fuese consciente y capaz de oír.

Todo cambió en cuanto escuchó comentar a unas enfermeras sobre un niño neurovegetativo que parecía estar mejor, pero que había muerto esa mañana. Helga ni siquiera se preguntó cuántos niños neurovegetativos había en el hospital. A ella, sólo le interesaba uno.

-¡No puedes entrar y mucho menos correr!- le gritó la enfermera jefe en cuanto la vio en el pasillo, pero Helga la ignoró y pasó corriendo, sin que la mujer pudiese impedirlo.

Ahora, de pie en la puerta, vio lo único que detuvo su loca carrera. La cama de Arnold estaba vacía.

-Arnold, mi amor, no…no, por favor…no, ¡No! ¡No, maldito idiota! ¡No! No puedes haber muerto, ¡No!

Incapaz de dominarse a sí misma, se abalanzó sobre la almohada y, sentándose en la cama, la abrazó con fuerza.

-Oh, mi amado y dulce ángel, ¿cómo es que te has ido y me has dejado sola una vez más? Y con el desconsuelo de ya nunca saber que…

-¿Helga?- una voz la llamó a sus espaldas.

Helga se dio vuelta con temor, soltando la almohada. Ella conocía esa voz. La conocía tan bien, que no pasaba día que no la extrañara. ¿La extrañaba tanto que estaba alucinando?

-¡Helga! ¡Qué bueno que viniste! ¡Estoy bien! ¡Me dieron de alta! Bueno, no exactamente, pero casi. El matasanos…ehm, el doctor Doofenshhirtz vendrá en media hora con otro doctor, y me podré ir. ¡Volveré a mi casa! Y si todo marcha bien, ¡la próxima semana ya iré al colegio! ¿No es increíble? Ya les avisaron a mis abuelos, ellos estaban aquí, pero se fueron para traerme ropa.

Arnold, vestido con la bata del hospital, hablaba rápidamente. Con gran naturalidad, se sentó en la cama junto a ella. Helga miraba con ojos amplios, casi desorbitados.

-Ah… ¿me desmayé y estoy soñando?- preguntó Helga, algo confundida y mareada.

Arnold sonrió y le tomó la mano.

-No, es cierto. Descubrieron que era lo que tenía. Anoche me dieron el tratamiento, me vacunaron, y me dejaron en observación. ¡Y ya estoy bien! Las pruebas salieron normales; sólo debo venir a unos controles.

Arnold gesticulaba. Movía su mano (aquella que no estaba sosteniendo la mano de Helga) y también su cara a medida que hablaba. Y sonreía. ¡Sonreía! De pronto, abrazó a Helga.

-Gracias por venir cada día y cumplir tus promesas- le dijo. Luego, se separó y continúo hablando, su mano volviendo a sostener la mano de Helga -¿Sabes? Hay tantas cosas qué quiero hacer, y creo que necesitaré tu ayuda…

-Disculpa, ¿dijiste promesas?- interrumpió Helga, su vergüenza en aumento junto a su comprensión de que esto no era un sueño.

-Sí, bueno, tú sabes. Visitarme todos los días, ayudar a mis abuelos…

-Ahm, de nada, Arnoldo- Helga volvió a interrumpirlo antes que pudiera continuar; se sentía muy nerviosa, su secreto estaba en riesgo –pero, lástima, me tengo que ir.

Y diciendo esto, Helga se levantó bruscamente y se encaminó a la puerta. Ahora, era Arnold quien parpadeaba, aparentemente confundido.

-¡Y no olvides que te odio, Cabeza de Balón!- gritó la niña desde la puerta, antes de correr.

Arnold se quedó mudo por un instante. Esa fue la última visita que recibió de Helga en el hospital.

Oxoxoxoxo

N/A: ¡Wakle, wakle, wakle! (así se reía una bruja de una historieta que leí de niña).

Sí. Éste es el final de la historia, ¿no es maravilloso? Un final abierto y breve. Wakle, wakle, wakle, wakle, wakle..

Bueno, para que no me apedreen… o al menos, no tan pronto. La cura milagrosa de Arnold efectivamente tiene que ver con una infección intracraneal que causó el síndrome. Si mal no recuerdo, el tratamiento era una inyección de penicilina colocada de modo tal que fuese dirigida hacia el cerebro por medio de la sangre, y así eliminase la infección, causando la mejoría casi inmediata. ¿De dónde saqué esto? Sí, bueno, del capítulo de Dr. House que les había mencionado. ¿Cómo se llama la enfermedad y cómo fue que se contagió? Pues… no recuerdo, porque no he podido volver a ver el capítulo (¡megaupload, te extraño!). Pero fue bien interesante. Si alguien tiene pistas, agradecería mucho que pudiese compartirlas.

Así que Doofenshhirtz, charlatán y desubicado, resultó no ser tan mal médico. Jejeje. Por cierto, he aquí el consejo de la historia: jamás se dejen llevar por las apariencias, porque pueden ser engañadoras. Siempre confíen en las máquinas con luces de colores… excepto las tragamonedas que son unas tramposas. Y obviamente, nunca coman frambuesas, jejeje. ("Soy un viejo sabio").

Bueno, ahora sí. Muchas gracias a todos, gracias los reviews, gracias las alertas de historia, alertas de autor, elección de la historia como favorita, elegirme como autora favorita (¡oh, me desmayo…!), y a todos los que leyeron alguna vez la historia. Gracias a todos (lloraré de emoción) ¡mi único deseo es la paz mundial!