Valioso

Mi armario estaba hecho un desastre, toda la ropa descansaba en el suelo formando pequeños montículos en las esquinas de la habitación. Los cajones donde guardaba mis cosas personales y las de aseo estaban a medio abrir. Había pasado casi toda la tarde de ayer haciendo este desorden y aún no encontraba mi pulsera, era mi favorita y había sido un regalo de mis abuelos paternos.

-Tengo que encontrarla, tengo que encontrarla - me dije a mi misma.

Estuvo aquí la última vez que la vi, en uno de los cajones donde guardaba cosas como esta, dentro de una bolsita de cuero rojo. Caminé por toda la habitación o por donde me permitía la ropa, busqué debajo de la cama, encima de la mesa donde estaba mi computador, en las repisas de los libros, en los cajones de la mesita de noche y en cada rincón de mi dormitorio, pero no tuve suerte.

Resignada por mi pérdida, caminé lentamente hasta llegar a la cama, me senté en el borde y me tumbé hacia atrás, intentando pensar cuál sería la mejor forma de decirle a mi papá que no encontré la pulsera que me regalaron sus padres. Probablemente lo entendería. Leería mi mente, como solía hacerlo algunas veces, pues me daba toda la privacidad que podía necesitar. El sabría que estaba diciendo la verdad. Mi padre era el mejor de todos, muy comprensivo, generoso, Cortez, modesto, en todo caso era mi favorito. Si hubiese tenido que escoger no lo pensaría dos veces antes de ir a su lado, no lo cambiaría por nadie ni por nada, nunca.

Después de unos minutos me levanté de la cama dispuesta a arreglar mi habitación. Me dirige con paso lento hacia mi enorme armario pues era de allí de donde provenía el desastre, fui recogiendo toda mi ropa, mis pantalones de mezclilla, mis blusas y zapatos. Fui poniéndolo todo en su lugar, imaginando cual sería la reacción de Alice si viera toda mi ropa y zapatos finos amontonados en el piso.

Mi armario había sido diseñado bajo los perfectos y escrupulosos gustos de Alice. Desde que nací, siempre había sido una especie de maniquí de tienda de ropa de modas. Me vestía bajo la supervisión de Alice. Al crecer siempre le agradó la forma en que combinaba los colores en mis ropas, esto la hacía feliz así que expandió mi armario hasta convertirlo en una habitación, con montones de percheros y fila tras fila de cajones alargados, donde tenía muchos trajes finos de cachemira y seda que aún no usaba. Toda esta ropa permanecía, muy bien protegida del polvo con bolsas para ropa, justo al fondo de la habitación. Frente a este tramo, estaba la ropa más ligera e informal que usualmente llevaba puesta, mis pantalones de mezclilla, blusas, camisetas, sweaters de cuello alto y chaquetas.

Con un suspiro, eché un último vistazo a mi armario ya en orden. Mis ojos captaron un reflejo de luz cuando encendí la luz del fondo, avancé con paso lento hasta llegar al final de la habitación. A mis pies yacían tres fotografías, me arrodillé en el suelo para tomarlas, suspiré, pues recordaba el día que habían sido tomadas por la cámara de Alice.

Las tomé entre mis manos, mientras esbozaba una sonrisa al ver la primera. Tendría como un año y medio, estaba sentada en el porche de la mansión junto a jake, los dos reíamos alegremente. Aparté esa foto para ver la siguiente, también recordaba con claridad ese momento, estaba en medio de mis padres, justo detrás estaba mi familia, Emm, Jazz, Rose, Alice, mis abuelos Esme, Carlisle, Charlie y Jake. Frente a mí, había una mesa de comedor y encima un pastel de chocolate y crema con tres desgastadas velas de cumpleaños.

Suspiré.

Me levanté lentamente del suelo y miré la última foto, en ella estábamos Alice y yo frente a la entrada de una tienda. Lo recuerdo bien, nos encontrábamos en Seattle e hicimos muchas compras ese día. Recordé algo en ese instante. En el rostro de Alice se extendía una amplia sonrisa, estuvo muy alegre ese día. De pronto, un leve aroma se coló por mi nariz, una mezcla de chocolate y miel. Conocía ese olor a la perfección, Bella.

-¡Valla!-dijo la encantadora, melodiosa y dulce voz de mi madre – Quedó muy…bien...Tu armario – añadió, mirando cada esquina de la habitación.

- Sí, pensé que nunca terminaría – musité, avanzando hacia ella y dándole un beso en la mejilla - voy a la mansión – le anuncié.

Mientras salía de mi, ahora perfecto armario, hacia mi dormitorio. Con rapidez me dirige a la puerta de la casa y la abrí con brusquedad, aún no controlaba mi fuerza. ¿Cuántas veces habían tenido que cambiar esta puerta? Exactamente…no lo recuerdo, pude sentir a mi madre que me seguía. Miré sus ojos color dorado.

-Ah… ¡no regreses tarde!

-No lo haré.

-Siempre lo haces.

-¡Te quiero!

-Y yo.

-Te veo luego.

-¡Ve con cuidado!

-¡De acuerdo!

Me alejé corriendo. Pasé como un bólido entre los árboles, el aire soplaba en mi cara mientras corría, sabía que mi pulsera estaba en la mansión. Miré hacia arriba, El cielo estaba nublado así que avancé más rápido, mi perfecta visión divisó el río que cruzaba el bosque. Aminoré la marcha hasta llegar a uno de los árboles más cercanos que se extendían ante mí con sus grandes ramajes. El viejo cedro, al que siempre subía, estaba a unos pocos metros por lo que emprendí la marcha de nuevo. Corrí hasta que estuve lo suficientemente cerca de sus ramas y me abalancé hacia la más cercana. Me sostuve con fuerza, usando mis manos para impulsarme hacia arriba con todo el peso de mi cuerpo, escalé utilizando mis manos y pies para subir, abrazada del viejo tronco del árbol.

El río se encontraba a mis pies. Di un impulso y salté. Caí de pié en la tierra con un limpio aterrizaje. Me volví para rodear la casa y me acerqué a otro árbol subiendo con facilidad a él.

Las enormes ramas se extendían hacia una de las ventanas del cuarto de huéspedes del tercer piso, ya había hecho esto antes así que avancé aferrada con las manos, hacia la ventana que estaba gloriosamente abierta. Cuando estuve cerca, salté sobre mi misma y atravesé la ventana sin mucho esfuerzo.

Miré hacia los lados para comprobar que la habitación estaba sola, así que me volví y cerré la ventana de un tirón.

-¡Podrían entrar extraños!- exclamé tirando del seguro y riendo de mi propio chiste.

La habitación de huéspedes normalmente estaba repleta de objetos que tenían un valor significativo para mi abuela que coleccionaba este tipo de cosas de anticuarios, así que tuve mucho cuidado al atravesar la habitación para llegar hasta la puerta. Tanta meticulosidad no hacía falta pues ya sabrían que estaba aquí. La cuna donde solía dormir de bebé estaba cubierta con una sábana en un rincón detrás de la puerta, aún conservaba el color rosado de las barandas y el móvil de corazones y mariposas que tanto me gustaba. Avancé sigilosa para abrir la puerta de la habitación.

El pasillo estaba solo, así que comencé a bajar rápidamente por las escaleras hacia la habitación de Alice. Corrí a la izquierda y en medio segundo estuve frente a la puerta de la habitación de mi tía. Atenta a cualquier sonido que se produjera, por si acaso a alguien se le ocurría subir. Mi familia tenía, al igual que yo, todos sus sentidos bastante bien desarrollados y el hecho que me hayan ignorado al llegar, quería decir que ya sabían que vendría. Abajo, En la cocina podía oír a mi abuela canturrear. Olía a galletas recién sacadas del horno. Desde el primer piso me llegó el cálido y suave aroma a canela, mi abuelo, se encontraba en su despacho, agucé el oído y pude percibir el ojeo de páginas – probablemente estaría trabajando, siempre lo hacía.

Entré a la habitación asomando la cabeza por la puerta, luego la cerré con cuidado tras de mí. La delicada y perfectamente arreglada habitación, de Alice, me abrumaba cada vez y en las tantas oportunidades que había tenido de entrar en ella. Todo estaba en su lugar y en un extremo orden, era mucho más extensa que la mía, me estremecí ante la idea de tener que arreglarla si fuese la mía.

Avancé hacia la puerta del armario, la abrí y entré con rapidez, a diferencia del mío, su armario era un poco más pequeño. Pero aún parecía una habitación donde fácilmente se podía meter una cama.

-Ahora bien - dije mirando a mi alrededor - Tiene que estar en algún lado.

Había venido hasta aquí con la mera intención de buscar la pulsera, sabía que se encontraba en algún lugar de esta habitación, pues la última vez que la vi fue cuando Alice había venido a casa por las bolsas de ropa usada y vieja, trayendo consigo la ropa nueva. Seguro mi pulsera se había ido por equivocación en una de las bolsas. Rogando porque todavía no las hubiera mandado a la basura, hurgué en la habitación mientras tanteaba en la oscuridad buscando el cajetín de la luz, la encendí dando un suave clic al botón y eché una mirada rápida al fondo.

Empecé a buscar en todos los cajones que había en el tercer tramo en la fila de la derecha, con mucho cuidado los abría y los cerraba de nuevo. Todo este protocolo estúpido, siempre podía entrar y decirle – necesito saber si aquí está mi pulsera, porque desde ayer no la tengo en mi habitación, y estoy casi segura tía, que aquí podría estar – claro podría también, no estar. Alice no estaba en la mansión, por lo que me apresuré imaginando que regresaría pronto.

-Tiene que estar aquí... ¡Vamos Renesmee hay que encontrar esa pulsera!- dije mirando de nuevo a mi alrededor.

Unos bultos negros captaron mi atención desde el fondo de la habitación y me acerqué con la esperanza dibujada en mi rostro. Un grupo de grandes bolsas negras se apilaban en el suelo, algunas abiertas de donde sobresalían mis viejas blusas.

-¡Sí!- dije con voz casi audible. Mis súplicas habían sido escuchadas.

Sonriendo me arrodillé en el suelo y empecé a buscar entre las ropas de una de las bolsas, allí no encontré nada por lo que busqué en la siguiente y en la otra y en la otra. No encontré nada.

-¡No!-dije horrorizada.

La realidad me abrumó, pues aún no encontraba mi pulsera y la verdad es que era muy importante para mí y la necesitaba de vuelta en mi muñeca, no quería que mi abuela se enterara que no la tenía. Me invadió una sensación de desesperación y decepción, definitivamente la había perdido, no lo podía creer. Esa pulsera era muy importante para mí. Era una joya antigua, delgada, con cientos de diamantes brillantes que resplandecían, perteneció a mi abuela Esme desde inicios de 1890 y la tuvo hasta el día en que decidió regalármela a mí, justo cuando cumplí mi primer año.

En ese preciso instante que planeaba mi muerte, percibí con una nota de horror en mi rostro un aroma. Me llegó el efluvio desde fuera con la leve brisa que soplaba desde la rendija de la puerta, una mezcla de…no lo sé, aún no sabía cómo calificar ese espectacular olor, era algo como floral, también tenía algo frutal, quizá, puede ser fresias y lilas, las favoritas de Alice o simplemente ya estaba atontada con ese olor pues Alice mantenía la mansión llena de estas flores. El aroma se coló por mi nariz cuando inspiré. Me giré lentamente aún arrodillada.

-¿Buscabas esto pequeña saltamontes? – dijo Alice blandiendo ante mí, una pequeña bolsita de cuero rojo, que se tambaleaba en su mano. Sonreía de forma pícara enseñando sus perfectos y relucientes dientes.

-De hecho si… ¡pequeña… lagartija! – exclamé alzando mi voz a una octava.

Me arrastré hacia ella, que rompió a reír a carcajadas sonoras, era como un montón de campanillas. Aún arrodillada le quité de las manos la bolsita mientras sacaba la reluciente pulsera.

-Oye… no es mi culpa que dejes todo por ahí – dijo entre risas mientras me hacia un ademán para que me levantara del suelo, tomando mi muñeca para abrochar la pulsera.

- ¡No estaba por ahí!- le dije mientras extendía mi mano para tener una mejor vista de la pulsera ya puesta en mi muñeca.

- Bien, lo siento, fue un accidente – dijo poniendo los ojos en blanco.

-Podrías habérmelo dicho… ¡caray! No vivo tan…lejos - Le acusé.

-Pues creo… que deberías verle el lado positivo – dijo tomándome de la mano sacándome de la habitación y cerrando la puerta tras de sí.

-¡No digas! ¿A ver? – musité entrecerrando lo ojos.

-Pues…arreglaste tu habitación… ¿no?- inquirió, mientras reía de nuevo.

- Ja-ja - dije haciendo énfasis en cada sílaba.

-Vamos, salgamos de aquí.

-Sí, vamos. Oye y… disculpa por entrar furtivamente a tu habitación –añadí.

-No pasa nada – respondió sonriéndome amistosamente.

Alice, era en este mundo terrenal, en mi vida, algo así como una especie de amiga. Siempre tuve por su parte hordas de cariño, comprensión, sensibilidad, confianza comunicación y… complicidad para todas mis travesuras por supuesto. Siempre iba de compras conmigo y jugábamos juntas en su computador con su programa de diseño, siempre se mostraba leal y complacida con mi presencia en todo momento. Me obsequió mi primer computador y un sinfín de regalos más que no tendrían significado si no hubiese sido ella la que me los hubiera dado. La quería con locura.

-Lo siento- dije al final.

- No tienes por qué... ya te dije, no pasa nada.

-Es solo que…

-¿Qué?

-No sé qué haría sin ti – dije poniéndole un poco de drama y sonriendo a la vez.

-Yo estaría perdida si no estuvieras aquí, eres…como esa pulsera – dijo señalando con la vista mi muñeca.

-¿Cómo? – pregunté confundida.

-Tan valiosa como ella…pero mucho, mucho más – musitó con tono serio – Eres mi sobrina.

Salté a sus brazos apretándola fuerte contra mí, Ella respondió haciendo lo mismo.

- Así que…trata de no perderte por accidente – dijo a mi oído aún aferrada a mí.

- Lo prometo– concluí.

Me desprendí de su abrazo mientras caminábamos hacia las escaleras.

-Bien… vamos a bajar, Esme te está esperando y Emmett está ansioso por verte.

-Uff que bien, hoy comienzan mis lecciones – dije dando saltitos por el vestíbulo hacia las escaleras. No recordaba que hoy, habíamos quedado Emm y yo para empezar mis lecciones de lucha. Algo que por supuesto, se me estaba prohibido.

- Ness – dijo deteniéndose – ya sabes lo que piensa Esme y Bella de esto – añadió arqueando las cejas.

- Sí, pero - me detuve un segundo para alzar mi mano y tocar la de Alice que estaba a unos centímetros de mi, y pensé – "Ayúdame con esto si, por favor, por favor, por favor" – la miré con gesto de súplica mientras ella sorprendida, empezaba a negar lentamente con la cabeza – "Haré lo que me pidas…por favor, por favor" - sabía que la había agarrado con la guardia baja, pero era mi única opción. Desde hacía semanas que esperaba esto.

Casi nunca utilizaba mi don pues ya me había acostumbrado a comunicarme con palabras, a diferencia de hace un tiempo, que todos pensaron que nunca mas hablaría. Mi don, funcionaba de una forma extraña, y mucho mejor ahora que seguía creciendo, pues casi al mismo tiempo en que pensaba lo que quería decir, en ese mismo instante, al contacto, se transmitía el mensaje, pero solo lo que yo quería mostrar y cuando quería.

Me mordí el labio esperando un sí – "por favor tía Alice…seré tu esclava por veinte años" – lo pensé mejor y corregí - digo, por diez…¡si, seré tu esclava por diez años! Por favor".

Alice pareció meditarlo por unos instantes, luego me miró y sonrió.

-¡Serás mi esclava toda la vida! – dijo en voz baja. Mientras emprendía la marcha de nuevo por las escaleras.

-¡Sí! – dije triunfante.

Mi abuela estaba en la cocina, como lo había previsto, junto a la barra. Sostenía una bandeja de galletas en sus manos que olían riquísimo. Al verme entrar, seguida de Alice, soltó la bandeja dejándola en la barra y extendió sus brazos hacia mí, con esa sonrisa maternal en sus labios, corrí hacia ella, mientras la abrazaba le di un sonoro beso en la mejilla.

-¡Hola abuela! – dije mientras me desprendía de su abrazo.

-¡Hola cielo! – me respondió con dulzura al mismo tiempo que abrazaba a Alice. Mientras yo robaba una galleta de la bandeja que tenia detrás.

-Oye, no te vi llegar – dijo mi abuela refiriéndose a Alice con sarcasmo, arqueando una ceja.

-Entré…por la ventana – admitió Alice.

-Yo…también – dije tragando con dificultad al ver que mi abuela me dirigía una mirada significativa – Están deliciosas, mis favoritas – agregué sonriendo.

Mi abuela siempre me complacía con este tipo de cosas, como tartaletas de fresa y almíbar o pasteles de vainilla y por supuesto, mis galletas de chocolate y almendras. Ingería grandes cantidades de comida a toda hora, no importaba cuanto comiera, además de la sangre. El agua no era tan vital, pero siempre tenía que tomarla, hasta ocho veces por semana como máximo. Iba de caza una vez por semana, pero también podía durar hasta una semana entera sin beber sangre, lo cual me hacía sentir orgullosa, a diferencia de los otros miembros de mi familia que no gozaban de esta opción. Mi abuelo Carlisle, mi doctor favorito, me mantenía bajo vigilancia pues algunas veces necesitaba del azúcar en mi cuerpo.

Por eso mi abuela se encargaba de hacerme todo un banquete de postres, a partir de entonces abusaba un poco de la glucosa. La sangre del puma me aportaba todos los nutrientes necesarios para satisfacer mis necesidades humanas, me encantaba cazar pumas, cuando iba con mi padre, éste dejaba el puma para mí, cosa que me hacía sentir culpable dado que a él también le gustaba. Así que a veces me iba de caza con Alice, que se conformaba con los alces y siempre lograba cargarme al más grande de la manada. Pumas o alces, había aprendido a equilibrar mi dieta diaria y dado que era bastante fluida, no me molestaba comer comida humana y mas estos deliciosos postres.

-Aquí tienes corazón – dijo mi abuela acercándome un plato con unas polvorosas galletitas que expedían un delicioso olor.

-¡Gracias abuela!- le dije con fervor. Esto la hacía feliz y a mi estomago también así que no podía pedir más. Pensé, mientras tomaba una y me la llevaba a la boca.