Sobre ruedas

Los siguientes tres días de mi castigo transcurrieron de una forma casi inverosímil. Una semana de castigo para Edward era"suficiente", y una semana de castigo para todos los demás miembros de mi familia, era totalmente "innecesario." Pero nadie dijo nada. Nadie se atrevió a decir una palabra, solo Esme. Con su hermoso rostro y su sonrisa maternal, ese día en la mansión, le había pedido a Edward que no fuera tan duro conmigo. Mientras, Jake, se hacía más fuerte e imponente en mis pensamientos, a cada momento sentía la necesidad de pensar en él y eso, a mi padre, lo tenía fuera de sus casillas. Menos mal que Bella, con sus palabras para calmarlo y sus saliditas nocturnas "de Caza" relajaban la tensión de mi padre y hasta las disipaba. Ellos no me iban a mentir a mí, a su hija, tenía muy claro en qué consistían esas escapadas. ¿Era posible que lo hallara tan natural y tan normal? Eso no me incumbía, solo los veía entrar a la casa juntos riendo y jugándose entre ellos, y se daban cuenta que estaba despierta hasta que prestaban atención a mi respiración o Edward leía mis pensamientos.

Bella sabía que aunque yo no quisiera ni fuera mi intención molestar a papá no iba a dejar de pensar en Jake. Su escudo estaba sobre mí las veinticuatro horas del día y eso me hacía sentir aliviada. Aunque mi madre también me había pedido que no fuera tan dura con él, lo cual acepté de buen grado, imaginé que así aprovecharía la oportunidad de hacer las paces por lo que le prometí suprimir solo algunos pensamientos de Jake para que pudiera quitarme el escudo y así papá "oyera" en mi mente sin que yo pensara en el lobo a propósito, cosa que hacía a veces para molestarlo, aunque eso fuera innecesario.

Leah no apareció durante esos días, supuse que por orden de Jake, pero ansiaba tener noticias de él o al menos saber que estaba bien por medio de otra nota. Las llamadas estaban restringidas para mí, pero no porque Edward me lo impidiera, precisamente por él no lo hice. No quería problemas.

La mañana posterior a nuestra discusión había logrado mantener una conversación con mi padre por más de veinte minutos. Bastante afectiva, lo normal. Estaba interesado en lo que le estaba diciendo, eso quería decir que todo estaba bien y me había sonreído. Mi lección estuvo fluida la noche anterior y me hizo un montón de preguntas sobre la genética y la importancia que tenía para los nuevos descubrimientos científicos.

-Estuviste excelente Nessie, muy bien hija.

Me sonrió con afecto, como siempre lo hacía cuando se sentía orgulloso.

-Gracias papá. No lo haría sin ti, eres un excelente tutor.

-Y tú una excelente estudiante.

Pensé entonces como sería si asistiera a algún instituto. Imaginé un día cualquiera de faena académica, después de aprobar un examen de cálculo o biología, con emoción llegaría a casa a mostrárselo a mis padres y a mi abuelo porque el médico de la familia era él.

-¿Lo has considerado alguna vez? – preguntó papá mirándome con curiosidad.

-Una vez. Pero no solo había pensado en ir al instituto, también en lo que eso podría significar para todos.

Papá asintió como si entendiera lo que quería decir.

-Quizá, en unos años, lo puedas hacer.

-¿En serio?

-Claro que si Nessie, es tu derecho.

Sonreí luego lo abracé.

Las cosas estaban mejor de lo que pensaba. ¿Papá lo había entendido? ¿Sería posible que Bella lo hiciera entender de alguna forma? Deseaba que fuera así.

En la mañana había desayunado cereal porque eso era lo único que quedaba en casa, por la noche iríamos al supermercado a hacer compras. Bueno, el plural estaba de más.

Alice estaba eufórica porque ya se acercaba el viaje a Denali, los boletos de avión ya estaban comprados y los closets de todos en la mansión estaban prácticamente empacados. La atmósfera en la casa era de fiesta, de celebración, la apática era yo. Me había dado cuenta que era la única que no había visto las invitaciones así que tomé la nuestra y vi que solo había tres nombres, Edward, Isabella y Renesmee Cullen, eso quería decir que Jake no estaba invitado.

-Jake no está invitado mamá. Pensé que ya lo habían superado – me quejé esa tarde refiriéndome a las de Denali.

Me sentí triste.

-De todas formas Jake no iba a poder ir.

-¿Cómo lo sabes?

-No, no lo sé Nessie, pero algo me dice que es mejor así.

Fruncí los labios.

-¿Crees que papá lo haya aceptado?

Bella lo pensó.

-Él está seguro de poder soportarlo.

Mi madre no estaba muy segura de ello pero me sonrió y fue el empujoncito que necesitaba para hacerle una pregunta que había estado retumbando en mi cabeza.

-¿Es malo que me guste?

-No. Por supuesto que no. Pero tu padre lo ve terrible porque…es tu padre.

-¿Y tú como lo ves?

Me sonrió.

-Está bien para mí si tú te sientes bien.

-Me siento perfectamente.

Bella me acarició el cabello y luego asintió para inspirarme confianza. A mi madre le parecía bien que me gustara Jake, eso quería decir que no tenía por qué sentirme culpable. Edward, era diferente, con papá podía sentir que lo que estaba sintiendo por Jacob lo hería. Él podría soportarlo, pero no aceptarlo.

Mi vestido por fin había llegado a casa, bien doblado en una bolsa negra para que yo no pudiera verlo. El de la novia era simplemente hermoso, algo totalmente extravagante y exótico, muy típico en los gustos de Kate. Era color champagne con un súper escote, obra de Alice, en la espalda. Miles de cristales y perlas estaban incrustados en la falda y a la altura de la cintura. El velo era tan largo como la cola del vestido.

-¡Lady Key! – dije.

Todos rieron.

Los trajes de los chicos y el novio habían quedado mejor de lo que había pensado. Cien puntos para Emm, quien orgulloso de si aplaudió cuando los sacaron de las bolsas donde venían para verlos.

-Son una maravilla Emm – dijo Esme igual de impresionada que los demás.

-Lo sé, lo sé.

Alice no dejó pasar a Nieve., después de una llamada al aeropuerto para notificar el ingreso, de una mascota por parte de la familia Cullen, al avión, Malamute de Alaska, había dicho. Lo cual me pareció raro. Tuvo la gran idea de buscar la vestimenta apropiada para la loba. Sinceramente, Nieve no necesitaba todo aquello, pero Alice le consiguió luego un chaleco muy tierno en una tienda para perros en Seattle.

Más tarde, a papá le pareció bien acompañarme a ir de caza, y para mi sorpresa, en el bosque me levantó el castigo luego de decirme algunas cosas.

-Gracias papá – dije con la mirada gacha – Siento todo lo que pasó.

-Solo…trata de facilitarme todo esto ¿si? – titubeó.

-Lo haré.

Hubo una pausa, alcé la vista.

Tenía una expresión extraña, como si quisiera decirme algo pero a la vez algo se lo impedía.

-¿En verdad te gusta? – dijo haciendo un mohín.

Sonreí.

-Está bien no me lo digas, lo sé.

-Papá, el hecho que Jake me guste no quiere decir que mañana me iré con él.

Me miró con expresión de horror.

Me eché a reír.

-Está bien, está bien. Mira, todo este asunto es un poco complicado, cualquier duda, la mas mínima, házmelo saber o a tu madre. ¿De acuerdo?

Mi padre quería terminar el tema lo más rápido posible.

-No tengo dudas, pero… gracias papá.

Nos abrazamos.

-No hay problema – dijo no muy convencido.

-¿Odias a Jake? – pregunté al instante.

Frunció los labios sopesando mi pregunta.

-No hasta que te guste demasiado como para que te vayas con él.

-Papá – dije con vergüenza.

Nos quedamos en silencio.

-Jake me gusta – dije con seguridad.

Suspiró.

-Te gusta en verdad, te gusta demasiado – dijo con incomodidad.

Hice silencio y no insistí. Era verdad, Jake me gustaba demasiado pero no por eso las cosas iban a cambiar, lo de "amigos" había quedado muy claro, al menos para él en su reciente nota.

-Sí, pero solo eso – dije con una extraña sensación de pesar.

Después de mis suministros prudentes de sangre y los de papá, quien insistió en cazar después que yo lo hice, regresamos a la mansión donde había un gran alboroto cuando llegamos. El auto de Alice estaba afuera, estacionado frente al porche, y el aroma de Jazz bastante reciente en el lugar.

-¿Donde estaba Jazz? – pregunté.

-Buscando un permiso.

Me hizo ademán para que lo siguiera sin decir más que un "Vamos." abrió la puerta de la casa y me dio paso.

-¡Qué bueno que llegan! – dijo Alice.

Todos se encontraban en la salita. Al vernos intercambiaron miradas y sonrisas cómplices.

-Sí, ya estamos aquí ¿Qué pasa? – musité.

Alice me tomó del brazo y me alejó de Edward para llevarme con los demás.

-¿Te levantaron el castigo? – dijo en un susurro.

-Sí.

-Sin ningún tipo de condiciones…

-Alice – dijo Edward en tono de advertencia.

-Está bien – dijo con naturalidad.

-¿Que sucede tía Alice?

-Tenemos un regalo para ti – dijo Rose con ligera emoción.

-¿Un regalo? – repetí.

Miré a Bella que no parecía muy alegre como los demás, eso quería decir que mi regalo me iba a encantar.

Esperé.

-¿Quien recibe regalos después de un castigo?

-Al parecer solo tú Nessie – dijo Emm.

Mi tío se acercó y me guiñó un ojo.

-¿Un regalo anticipado de navidad? – intenté adivinar.

-No, los regalos de navidad son aparte – intervino Jazz quien le entregó un sobre en las manos a Emm.

-Este es un regalo viejo. Quiero decir, un regalo que nos hubiera gustado regalarte antes.

-No entiendo – dije.

-¿Te refresco la memoria? – dijo Emm - Algo que quieres, con toda el alma.

Lo primero que se me vino a la mente fue Jake.

-Pues…

Forcé la mente. Algo que yo más quiero… Jake y solo eso, pero no creo que el chico se haya dejado poner un lazo de regalo en el cuello y mucho menos venir a casa. Sonreí para mis adentros. Lo otro que más quería era un auto pero eso era imposible de…

Mi padre sonrió.

-¡Un auto! – Dije con un hilo de voz – Lo que yo mas quiero es un auto.

Emm miró a Alice y esta a su esposo, todos se miraron a la vez, menos Bella, con sonrisas en sus labios.

-¡No puede ser! –Dije a voces – ¿Es en serio?

Emm me lanzó algo que atrapé en el aire. Por la textura, supe que era de metal, por la forma, desde luego eran unas llaves, las llaves de un auto.

-¿Son mías?

Me asintieron con sus rostros resplandeciendo con una sonrisa.

-¡Sí! – grité dando saltitos – Gracias, gracias, gracias, ¡gracias!

Los abracé uno por uno con la adrenalina fluyendo por mis venas. Los quería con locura.

Rose carraspeó.

-Bueno, no hubieras podido conducir ese auto sin el permiso de Edward – dijo.

Me detuve y lo miré.

-¿No hubiera?

Edward se acercó a mí y sacó algo cuadrado y pequeño del bolsillo de su pantalón. Lo sostuvo en sus manos un instante y luego me lo entregó. No sé por qué todo el mundo se quedó en silencio, por un momento mi respiración se detuvo.

Aquello que sostenía con mis dedos era nada más y nada menos que mi permiso de conducir.

-Jazz me hizo el favor de ir a buscarlo – dijo Edward con timidez.

Corrí a abrazarlo.

Extendió sus brazos y me alzó en vilo.

-Gracias papá.

Cuando me bajó estaba sonriendo, yo lo imité.

Lo único que podía permitirme andar en auto era tener mi licencia, y mi padre me la había dado, o mejor dicho, me había dado el permiso para tener el auto y conducirlo. ¿Esto era acaso una tregua? ¿O una manera de pedir disculpas? Lo que fuera, mi padre hizo como que no me escuchó y siguió sonriendo. Pero ahora todo el mundo miraba a Bella.

Me sobresalté.

Se me había olvidado algo muy básico y fundamental en todo esto.

-¿Me…dejas conducirlo? – dije con cautela.

Ella me miró con fijeza.

-Solo te pido una cosa – dijo con seriedad alzando el dedo de su mano.

Asentí.

-Intenta conducir con prudencia – cada palabra sonó clara y separada.

No era una advertencia, era una orden, una condición. La misma que siempre le inquietó a Bella con el tema de los autos. Asentí más que conforme.

-Perfecto – susurró Alice a mi espalda. Fue un susurró que todos escucharon.

-De acuerdo, mamá. ¡Gracias!

La abracé.

-Donde debes meter esas – dijo Emm señalando las llaves – Está ahora mismo en la cochera.

-¡¿Qué? ¿Está aquí? ¿¡En serio!

Sin antes mirar a mis padres, quienes asintieron para que continuara, eché a correr por la sala y atravesé la puerta que conducía a la cochera. Los únicos autos que allí se encontraban eran los de Rose, Edward y el de Bella, uno a cada lado. Busqué con la mirada impaciente y lo vi. Allí estaba, en toda su gloria, un hermoso Chevrolet Camaro color rojo, lo supe porque era el auto que siempre había querido, el que siempre vi en las revistas cuando aún no estaba a la venta.

Parpadeé.

Rodeé el auto sin dejar de observarlo con emoción y abrí la puerta. Por dentro, parecía tan cómodo como la tapicería del Porsche o del Audi, la diferencia estaba detrás de los asientos traseros donde, como lo había visto en las revistas, estaban dos grandes bajos y otros más pequeños. El sonido debía ser increíble. Recorrí el volante con mis dedos paseándolos por la circunferencia y luego toqué los pequeños botones del tablero superior. Olía a cuero, mucho. Mis ojos se fueron directo a los rines, eran enormes y los neumáticos parecían ser más grandes de lo que imaginé, con antirresbalantes. Era increíble.

Suspiré.

Tal vez no me lo merecía, después de todo lo que había pasado, papá me había compensado de alguna forma y ¡de qué forma! Me embargó un sentimiento de culpa.

-¿Te gusta? – preguntó Emm.

Me volví.

Mi familia me había concedido unos minutos con mi nuevo auto, pero supuse que no se aguantaron más. Se encontraban apiñados en el umbral de la puerta. Emm se mordía el labio con impaciencia.

-Es de este año – caminó hacia el Camaro y le tocó la pintura brillante con los dedos.

-Tío Emm, me encanta – dije con sinceridad.

Él sonrió.

-Rose le instaló los bajos para el sonido, y los antirresbalantes – dijo dándole unos golpecitos con la punta del zapato a los neumáticos – Fueron idea de Bella, ya sabes.

Bella me sonrió con angustia.

-¡Gracias mamá! – Le concedí – Es una grandiosa idea.

-Fue lo primero que se me ocurrió – dijo encogiéndose de hombros.

Le creí.

-Está perfecto, gracias a todos. Yo… – miré mi auto sin poderlo creer aún – No sé qué decir.

-Mmm quizás…Yo conduzco – dijo papá.

Todos rieron incluso Bella.

-¿Alguien quiere ir de compras? – Pregunté – ¡Yo conduzco!

-Yo si – saltó Alice alzando la mano con emoción.

-Me apunto – dijo Emm.

Lo que quería decir que Rose y Jazz iban también. Pero no cabíamos todos y mis padres quedaban por fuera.

Los miré.

-Papá, mamá…

-Está bien cielo, ve a dar un paseo – dijo Edward – Nos quedaremos haciendo las maletas.

Los chicos ya estaban en el auto.

-¿Las maletas?

-Sí, mañana nos vamos a Denali.

Yo parpadeé.

-¿Mañana? – repetí.

-Tenemos una fiesta de compromiso y una boda que atender ¿lo recuerdas? – dijo Alice desde el asiento del copiloto.

-No pensé que fuera tan rápido. Claro que sabía que sería estos días pero, no tan pronto.

No tan pronto.

Mientras conducía en dirección al supermercado más cercano de Port Ángeles, los chicos mantenían una conversación bien entretenida, en la cual preferí no intervenir, por mi propio bien. Habían estado charlando sobre sus vidas pasadas y lo poco que recordaban de ellas y casualmente, decidieron tocar el tema de sus bastantes bien "antiguos pretendientes."

Escuché con atención.

-Cuando estaba recluida en St Jude, pasé más de cuatro años allí y crecí con mis compañeros de terapia, hubo un chico que desde el primer momento que llegué a ese lugar no me quitó la mirada de encima ni por un segundo – frunció los labios – El pobre estaba loco, a diferencia de mi que estaba más lúcida a pesar de las drogas que me administraban, pero aún así, se enamoró de mi. Él me lo dijo una vez, ese día, antes de nuestro tratamiento, también me dijo algo que me hizo dudar de su salud mental. Lo recuerdo bien "mientras más digas que no estás loca, mas lo pareces."

-Parece lógico – dijo Emm en tono pensativo.

-¿Que drogas te ponían Alice? – dijo Rose. Al instante puso a trabajar su conocimiento médico.

-Fenobarbital – respondió con la mirada perdida.

Rose entornó los ojos.

-Luego lo encontraron sin vida, le habían drenado toda la sangre – suspiró – En las cocinas.

-¿El chico te gustaba? – preguntó Emm con el ceño fruncido.

-No – dijo observando a Jazz con una sonrisa.

Hubo una pausa.

-Tuve un novio, en la escuela - comenzó Rose - Eso antes de que mi padre se enterara y me enviara a Londres a una escuela para chicas. Él realmente me gustaba pero ya saben, no era bien recibido en casa.

-¿Te gustaba? – saltó Emm.

Rieron.

-Me trataba bien – se encogió de hombros.

-Nunca me lo dijiste Rose – le reprochó Emm

-No necesitabas oírlo. No tenía importancia. Lo olvidé en poco tiempo, nunca nos comunicamos así que cuando regresé, se había casado. No me importó.

-Parece lógico – dijo Jazz.

Esta vez sonreí. No importaba cuan seria fuera la conversación, siempre lograban sacarle el lado cómico a todo.

-A Nessie le gustan morenos –insinuó Alice con una sonrisita, al cabo de unos minutos.

Puse los ojos en blanco.

-Es porque no ha visto mundo – intervino Jazz.

-Aún así, le seguirán gustando morenos.

-Si lo dices por Jake…

-Lo digo por él de hecho, si. – me interrumpió con naturalidad.

Suspiré haciendo mucho ruido.

-¿Te gusta o no? – preguntó Emm que no parecía muy cómodo.

-Sí, si me gusta. ¿Eso parece lógico?

No respondieron, así que desvié la mirada de la carretera para mirarlos.

-¿Y bien? – exigí.

-Si, por qué no – dijo Rose con simpleza.

-Claro – coincidió Alice.

-Ya casi llegamos – dijo Emm con el ceño fruncido.

Compré todo lo que necesitaba, mucha comida en realidad y algunas cosas más que llevaría a Denali. Todavía no caía en la cuenta de que mañana subiríamos a un avión. Tenía tantas ganas de ver a Jake, tanto que decirle, pero al parecer eso tenía que esperar. Pero lo extrañaba tanto. Evité pensar en la idea de ir a buscarlo a la Push porque eso no estaría bien, las posibilidades, además, eran remotas. Tal vez la distancia y el tiempo que estaríamos separados nos ayudaría a ambos, no estaba segura de pensar en otra cosa, bueno, también en el día de la boda para cuando haga el ridículo frente a todos con unos aros en las manos.

El regreso a casa fue más rápido. Despedí a mis tíos en la puerta dándole las gracias de nuevo y corrí hasta la cabaña. Al entrar, Nieve me saludó como si tuviera tiempo sin verme. Mis padres estaban en su habitación platicando.

-Buenas noches – dije después de unas horas cuando estuve lista para dormir.

-Buenas noches – respondieron al unísono.

-Entonces mañana…

-Mañana nos iremos en el tercer vuelo de la mañana – dijo mamá.

-De acuerdo.

Esa noche tuve un sueño.

Estaba conduciendo mi auto, iba en dirección a la Push. Lo estacioné y me aproximé a la playa. Cuando lo vi, a Jake, corrí hacia él con la ansiedad atascada en el pecho. Él caminaba cerca de la orilla con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos. Lo noté apesadumbrado.

-¡Jake! – lo llamé.

A diferencia del otro sueño, mi voz salió estridente y cargada de añoro. Él se volvió y me miró. Una sonrisa de alegría apareció en su boca, pero no estaba feliz.

-Volviste – dijo cuando me acerqué.

Me detuve frete a él.

-Te extrañé tanto – lo abracé.

Pero él no reaccionó. Solo se quedó allí, de pie, con los brazos flácidos a los lados.

-Tardaste demasiado – dijo a mi oído.

Subió sus manos y las puso en mis hombros separándome de él.

Me sentí confundida.

-Te dije que iba a volver – dije a media voz.

Jake miró el mar.

-Tardaste demasiado – repitió.

-Jake…

-¡Papi, papi!

Unos niños, se encontraban a unos metros de distancia saludando con la mano a nuestra dirección. Con el ceño fruncido miré a Jake y este les devolvió la mirada a los niños con una sonrisa.

-Mis hijos – me miró con los ojos llenos de lágrimas, los míos ya estaban inundados de ellas – Me esperan.

Mi respiración falló y mi cuerpo cayó en las profundidades de un túnel oscuro.