GRACIAS A ISA MELLA FFDA QUE A CORREGIDO EL CAPÍTULO

EDITADO: FOTOS EN EL BLOG (DIRECCIÓN EN MI PERFIL) Y PERDÓN POR LAS FALTAS DE ORTOGRAFÍA Y OTROS ERRORES DE CONTINUIDAD, SUBÍ EL CAPÍTULO QUE NO ESTABA REVISADO.

Capítulo 32

Twilight le pertenece a Stephenie Meyer

Marzo 2012

Parte II

Estoy hecho un fuego, sonrío pero no miro, escribo pero no leo, contesto pero no reacciono. Nombres vienen y van.

Paty,

Karla,

John,

Maggie,

Richard,

Claire,

La chica de la tienda mueve el hombre joven hacia enfrente, él no pregunta nada. Comúnmente la gente no dice su nombre, espera a que tú hables, hagas contacto visual y luego hacen un comentario o dos, el nombre lo tengo que preguntar yo para acelerar el proceso.

—¿Nombre?

—Cameron— No Cam, pero Cameron. Escribo su nombre y una dedicación. Cuando él toma su libro, estiro mis dedos y los descanso un poco. Mientras hago el gesto veo una mano pequeña que resbala el libro entre la mesa y sus dedos. Uñas lilas y manos blancas. El libro no está cerrado, como comúnmente lo entregan, sino abierto, donde está la dedicatoria. Esta, igual que mi primer libro, es dedicada a la misma persona. Diferentes frases, diferentes intenciones, pero la misma persona. Leo inequivocamente las líneas en letra cursiva "Para ti, que estás en odas a la soledad, del hombre que aún no es digno"

No pregunto su nombre, ella lo dice en tono firme.

—Para Bella.

El momento es una grieta en el espacio y tiempo. Ella está sonriendo, con un vestido amarillo y cabello largo, mucho más largo de lo que la he visto antes, y café. Es como el sol, no puedo dejar de verle. Mi mano es como un tímido animal que no sabe si está en peligro o está a salvo. Trato de escribir, pero el temblor no me permite empujar ese simple objeto. Con un esfuerzo desgastante escribo su nombre, lo pongo debajo de la dedicatoria, justo donde debe de estar. No pongo nada más, no hay forma de que ella no sepa que es para ella. Cuando levanto mi mirada, su sonrisa se ha ido, en nerviosismo muerde su labio inferior.

—Hola Bella— digo con todo el valor que puedo.

—Hola Edward— ella sonríe.

Nunca tuve un lugar al que he llamado hogar, pero este departamento sí es algo, es una especie de altar, a ella. Aunque no hay fotos suyas, los recuerdos de los días posteriores a su partida se acumularon en rincones grises. Ella no lo sabe y aunque está ahora aquí recorriendo con sus dedos la silla de madera antigua que está en la sala, es como si supiera que yo siempre fui un huésped en este lugar porque ella siempre fue la que lo habitó por mí.

—Me gusta tu departamento— Dice en tono afable.

Cuando la miro ella sigue admirando la silla. Me siento impaciente, siento que debo esperar, quiero correr y decir cosas, decir cosas que no debería. Tomo mi tiempo, con asidua resistencia trato de ser paciente.

—Gracias, hace tiempo que no vivía aquí, Rosalie en realidad es la del buen gusto.

—¿Rosalie?— Pregunta Bella, volteando a verme, luego mira mi mano izquierda, cuando ve que no hay anillo me mira directamente a los ojos.

—Mi publicista.

—Oh— Bella se sienta en la silla.

—¿Deseas algo de tomar?— Pregunto mientras meto una mano a mi bolsillo trasero. Estoy tan nervioso y eufórico que no puedo evitar temblar.

—Sí, ¿qué tienes?— Recuerdo el Jack.

—Whisky— Digo gesticulando vergüenza.

—¿Otra cosa?— Bella pregunta tocando el brazo de la silla.

—Mmm no, sólo eso, no he ido a la tienda— Ella voltea a la cocina que está visible y parece entender que está en presencia del mismo hombre desordenado y poco preocupado por nimiedades como el mandado.

—Whisky está bien.

Mientras sirvo su bebida repaso el momento en que tomé su mano al entregarle el libro con la dedicatoria. Le pedí que me esperase, rogando con mis ojos que me permitiera esta oportunidad. Ella dice que sí. Las personas después de ella eran como fantasmas, ni siquiera supe si existieron. Con prisa juvenil me despedí de todos tratando de evitar conversaciones enganchadoras y disculpándome con palabras robóticas y clichés. Bella estaba en la sección de arte y sostenía una antología de pintores españoles. En ese vestido amarillo era casi como otra persona, sus bordes una vez oscuros hoy era llenos de luz y delicadeza. Si pensaba que antes era una mujer, hoy no tenía palabras para describirla, lo único que podía decir es que nunca se vio más hermosa. Con palabras golpeadas y tartamudas le pregunto si desea hacer algo. Ella dice que quiere conversar, la invito a un café y se niega diciendo que quiere algo más privado. Desesperado digo lo primero que se me viene a la mente, la invito a mi departamento. Cuando pasan dos segundos y ella no contesta abro mi boca para disculparme, pero ella acepta y dice "mi auto está a dos calles".

Su auto es un Audi híbrido del año, me río, le pregunto por qué comprar ese tipo de auto. Ella dice "Es lo más que estoy dispuesta a hacer por el ambiente" es algo que yo hubiera dicho si soy honesto.

En el auto mantuvimos una conversación mínima sobre el clima y la mejor zona de vivir en Seattle, ella vive en un vecindario de ricos, como es de esperarse. No pregunto si vive sola o con alguien. Miro su mano izquierda y no hay anillos en ella. Sin embargo, si algo he aprendido en toda esta historia es no tener esperanzas precocez.

Volviendo al presente, llevo las bebidas a la sala. Bella está mirando cada movimiento que hago, me siento frente a ella, no cerca, sino en el sillón de piel. Una mesa de cristal con revistas y sobres de cuentas nos separan. Pongo la bebida en la mesa y la empujo hasta que está frente suyo. Es estúpido, pero no confío en mí para acercarme más que esto.

—¿Cómo has estado Edward?— Ella pregunta tomando el vaso y eso hace relajarme un poco, no sé por qué.

—Bien, escribiendo— Tomo un trago, el whisky me hace sentir que con tan sólo tenerlo en mi mano tengo valor, el temblor se va rindiendo poco a poco.

—Me he dado cuenta— Dice ella sonriendo y volteando a ver mi departamento. Es triste y gris, con una sala de piel negra, una cocina simple, no hay cuadros o decoraciones. Lo más que se puede apreciar es mi librero con mi tocadiscos de vinyl. Bella se da cuenta y se levanta como una niña que acaba de ver su juguete favorito.

—Siempre quise uno— Dejo mi whisky y me levanto pero mantiendo mi distancia, siempre atrás de ella.

—Era de mi abuelo, el padre de mi madre, ya falleció— Bella toca los discos uno por uno, examinando, hasta llegar al que más le llamó la atención. Ella voltea sosteniéndolo, es obvio que no saber como usarlo.

—Déjame, yo lo hago— Tomo el disco y levanto la tapa de plástico opaca. Puedo sentir su mirada, lo confirmo con mi vista periférica. Ella no voltea la mirada, es como si quisiera saber que me mira, que me tiene atado con cadenas ópticas. Pongo el disco y Jacques Brel suena en el fondo. Ne me quitte pas... Ne...me...quitte...pas..No me dejes, no me dejes, no me dejes. No sé si Jacques canta o llora. No sé si repito lo mismo en mi mente, ella me mira, ella debe entender que no puedo sostener la mirada, no soy fuerte, no tengo un corazón tibio lleno de quizas y optimismo, cuando la veo sólo... quiero, quiero tener todo.

Doy un paso atrás, pero ella me sigue con la mirada, la puedo sentir.

—Me gusta Jacques, me gusta toda tu colección, me gustan tus libros— Bella hace este tipo de cosas, habla con sentencias triviales, con oraciones cortas que dicen poco pero quieren decir más.

—Cuando leí tu primer libro también me gustó— Mientras habla me siento dándole la espalda, donde ella estaba, no sé por qué no regresé a mi lugar original. Me siento atrapado, tengo miedo, su presencia es sofocante y no quiero jamás sentirme desahogado. Ne...me...quitte pas.

—El segundo también me gustó, corrí hacia la librería más cercana el día que salió, lo leí en un día— Trago saliva y aprieto mis puños. Escucho el roce de sus ropas, la cadencia de sus pasos detrás mío. Mi corazón hace miles de golpes y sólo puedo escuchar el gush gush que siento en mi pecho.

—Y el tercero...¿qué te puedo decir?, es mi favorito— Ella está justo destrás de mí, si quisiera, si me moviera hacia atrás un poco mi cabello rozaría con su falda. Puedo oler vainilla y jazmín.

—Pero lo que más me gusta, son tus dedicatorias— Quiero mi whisky, quiero tomar y tomar. No sé si sentir vergüenza o desilución.

—Son hermosas Edward, todas ellas lo son— Su voz es suave, es como leche y nectar. Recorre los ácidos de mi mente y los cura.

—Son para mí— Ella afirma, no es pregunta, pero la contesto.

—Sí— Ella se mueve hasta que su vientre queda frente a mí, se agacha y besa mi mejilla susurrando:

—Gracias— Puedo sentir el arder de su beso y es extraño como algo tan delicado sea tan destructivo.

Quiero decirle que no son para ella, quiero salir corriendo y huir, decir que no la necesito y que nunca lo hice. Deseo en el fondo de mi corazón que ella entienda cada palabra en las tres dedicatorias. Son pensamientos contradictorios que no puedo evitar.

Cuando salgo de mi trance ella está sentada a un lado mío, examinándome.

—Me regresé tres veces a mi auto antes de hacer fila en la librería. No sabía si estaba bien, no sabía por qué, pero te tenía que ver y decirte que las entiendo Edward, y todos estos años esas dedicatorias son lo único que me ha tenido a flote— Sus ojos son sinceros, hay una ligera sonrisa en su cara.

—Pensé que sólo iría a verte, decirte que tus libros son maravillosos, pero dentro, necesitaba verte, saber que eras tú.

—¿Por qué?— Pregunto con voz quebrada.

—Porque tenía esta idea en mi mente que tú eras un error, que eras una anomalía a lo que había conocido. Hace cinco años pensaba que los hombres como tú se comían a chicas como yo, tenía miedo. Sentía que demonizarte era lo único que podía hacer, convertirte en algo impio, que no tiene forma de redimirse. Pero estaba equivocada, lo supe al leerte, un hombre que escribe así no puede ser alguien vacío. Y eres una anomalía porque suelo desprenderme de la gente fácilmente, lo hice con Jasper, pero nunca lo pude hacer contigo. Me siento triste, porque te juzgué mal— Dice en tono quedo.

—No, no lo hiciste, si era así Bella, Dios sabe que cometí mi cuota de atrocidades a mujeres— pero tú me cambiaste, quería decir. Pero en el fondo ¿lo hizo?

—Al final, es triste que por tus libros te conozca más que en persona.

—No tiene que ser así— Dije, apretando mis dedos en mi muslo.

La canción cambia a La Chason de Vieux Amants (La canción de los viejos amantes), es como un himno y ella parece saberlo.

—No, no tiene que ser así— Bella dice.

Ella me dice de su nuevo trabajo en una galería y su trabajo de medio tiempo en una primaria como maestra de arte. Yo le cuento de mi cabaña y de los días que salgo a practicar alpinismo(rappel). Ella ríe cuando le platico cuando Emmett y Rod se vistieron de mujeres para un evento de la escuela primaria en Forks. Yo me intrigo cuando me platica de su vida en Londres, París y Frankfurt. Ella pregunta sobre como empecé a escribir. Yo le pregunto por qué le gusta la pintura. Los dos hablamos horas de Gustav Klimt, Baudelarie y lo poco que usamos facebook. Discutimos sobre las dichas de vivir en la ciudad y las de vivir en el campo. Los dos congeniamos en que nos gustan los árboles y el aire frío. Cuando el disco se ha repetido más veces de las que las he tocado en toda mi vida, ella dice que debe irse.

Su partida es amarga y dulce. Me da un beso en la mejilla y justo cuando se separa, la tomo de la mano.

—No tiene que ser así— Digo y dejo su mano caer. No tiene que irse para siempre, no tenemos que separarnos otra vez.

—No, ahora sé donde vives— Ella se va sin cerrar la puerta. La falda de su vestido es lo único que veo al observarla.

Esa noche cuando cierro mis ojos hay perlas y tela amarilla, es como mi propio manto de paz. Ella sonríe y se aleja, ella se acerca y regresa por mí.