GRACIAS A ISA MELLA FFDA QUE CORRIGIÓ ESTE CAPÍTULO

Capítulo 35

Twilight pertenece a Stephenie Meyer

EDWARD

Marzo 2012

Parte V

—El miedo es un afrodisiaco, tú eres un afrodisiaco— dije mientras subía mi mano por su vestido tocando sus pechos apretando fuertemente, asegurándome que dejaría marca. Ella no era diferente; sus manos tocaban cada parte de una manera burda, dolorosa, como un masaje instintivo. Empezó a desatarse de mis brazos para empujarme hacia atrás.

—¿Dónde está tu cama?

—Olvida la cama, te quiero aquí— Tomé su cara y la besé, incluso ella era incapaz de negarse a lo precoz de mis movimientos.

Cuando mis manos estaba saciadas y cansadas de tocar tela me separé un poco de ella, no vi duda de su parte, entendió lo que trataba de hacer, entendía bien hasta qué punto yo estaba perdiendo mi paciencia.

—Quítatelo— Dije con el tono firme que se necesita en estas ocasiones.

Ella levantó su vestido lentamente hasta que quedó en una minúscula ropa interior. Me volteó a ver, sonriente, con esa risa maligna que indica que está disfrutando cada minuto.

—No juegues conmigo Bella— encajé mis manos en su cabello, sacando mechones para olerlo y jalándolo en el acto, mientras ella luchaba con mis jeans.

Tomé su sostén y bajé los tirantes besando su hombro, uno después el otro. Ella metió su mano dentro de mis bóxers. Con toques lentos y suaves hasta tajantes movía mi verga al mismo tiempo que yo disfrutaba de su piel. Deslicé mi mano hasta sus panties y los bajé de un tirón. Ella hizo un ruido de sorpresa, pero no dejó nunca de tocarme. Mi mano parecía estar consciente del camino a seguir, mis dedos llegaron a donde estuvieron hace unos minutos, ese lugar húmedo y terso que me volvía loco. Pero yo quería más. La tomé de la cintura poniendo sus piernas en mi cadera y la cargué hasta el sofá. La puse sobre mí, con sus piernas a cada lado de mi cintura, su sexo sobre mi verga y luego la besé.

Su forma de besar era como pequeños golpes de placer, metiendo su lengua y golpeando nuestros dientes, sin luchar, sólo tomando lo mejor de los dos. También podía sentir sus caricias bajo mí camisa, yo la imité tomando su seno mientras bajaba su sostén, mis toques eran los necesarios para que se sintiera querida, pero aún profanada. Tenía miedo, miedo de destruir mi fantasía, pero eso lo hacía más excitante aún. Ella empezó a temblar y para calmarla comencé a besar su cuello y clavícula, su olor era entumecedor. Ella tomó la orilla de mí camisa y la subió para quitármela, sólo en ese momento en que nos habíamos despegado nos miramos a los ojos y pude ver miedo, necesidad y algo más que no podía distinguir, pero había lujuria, sí que la había así que la volví a besar, ansioso. Sus manos llegaron a mi pantalón jalándolo y dejando libre lo que ella tanto quería.

Estaba consciente de mí desnudez, no por el frío toque de sus manos o por el contacto de su piel y mi piel, sino de la libertad con que mis miembros se pegaban cada centímetro a ella. De pronto sentí como sus caricias aminoraban, siendo lo más ahorrativa posible, sentí por primera vez que ella estaba dudando, me separé y la miré para asegurarme que esto definitivamente iba a pasar. Y como leyendo mi mente dijo…

—No importa que no quieras, o que yo no quiera, ya no nos podemos echar para atrás, llevo años pensando en este momento— Luego me besó nuevamente.

Sabía a lo que se refería, su vida era como un paralelo con la mía y sentí un miedo diferente a cualquiera que he sentido antes, porque por primera vez supe lo que es tener lo que más deseas y el pensar perderlo helaba mi alma.

No quería interponerme entre el contacto de su cuerpo y el mío, este era el final, el apocalipsis personal que tanto se habla, el que repetiría una y otra vez.

Su mismo instinto la empujaba a hacer las cosas que no deseaba como desnudarse y desnudarme lentamente hasta el punto en que nuestros cuerpos trémulos y en cruda naturaleza se frotaban, nuestros miembros se buscaban poco a poco, sus dedos eran como pequeños soldados de dolor y el templo de sus manos tenía guerras con mí cabello y mi piel; estaba perdiendo de manera brutal. Mis manos incandescentes y codiciosas no paraban de tocar sus pechos, su cintura, cuello. En desesperación moví mi mano hacia donde estábamos semi unidos. La levanté y la posicioné sobre mí, lentamente; cuando lo hice no dejaba de verla. Su cara con labios ligeramente partidos y sudor en su frente era la vista más exquisita. Me sentía cubierto con el manto protector de su sexo, enterrado hasta el fondo, y con movimientos lentos y orgánicos ella empezó a moverse.

Ella me miró luciendo la más terrible de las sonrisas, sádica, llena de anticipación, luego como si fuera un hierro se aferró de mi cuello y empezó a montarme como si su vida dependiera de ello. Yo tomé un seno en mis labios y lo acaricié con mi lengua hasta que ella distraída se movía erráticamente, gimiendo felinamente, gritando, diciendo mi nombre como mantra. Su clímax sólo me incitó a cogerla más fuerte. La levanté sin dejarla tomar aliento y la recargué boca abajo con su culo al aire, sus brazos se sostenían del sofá como pinzas, creo que en ese momento la amé más; dispuesta, a sabiendas que esto es lo que deseaba. La penetré una vez más, lento primero, encajándome fuertemente tratando de encontrar justo el punto en que la hiciera venirse otra vez. Intento tras intento hacían que mi dedicación se debilitara un poco, estaba al borde del abismo, listo para venirme. Cuando gritó y tuvo un espasmo supe que lo había encontrado, sin la menor delicadeza la cogí tan fuerte que mis caderas parecían pistones. Uno tras otro hasta que la escuché rogar, y rogar y rogar. Saqué mi verga de ella y la volteé rápidamente, la tomé de la cara y mientras la besé volví a hacerla mía. Estar dentro de ella y verla era mi fantasía más deseada. Nunca dejé de mirarla mientras empujaba mis caderas y llegaba tan profundo que ella gritaba. Mencionaba a dios, mencionaba mi nombre y miles de insultos. Cuando me vine, ella tocó mi cara y besó mi cuello.

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Cansados de saciedad yacíamos en el sofá recuperando el aliento. En un momento de esos me levanté por una cobija y agua. Ella bebió todo el vaso de un trago. Cuando puse la manta sobre nosotros ella me abrazó y yo reciproqué colocándola con su cabeza en mi pecho y entrelazando nuestras manos, no había que decir nada, no había necesidad de grandes declaraciones o gestos. Bajo las cubiertas de tela blanca, éramos invencibles y uno solo. Su mano paseaba sobre mi pecho mientras su cuerpo tibio estaba entrelazado con el mío. Fue algo que siempre necesité y nuca supe, hasta hoy.