Claim: Finnick Odair/Annie Cresta.
Notas: Post-series.
Rating: T.
Género: Romance.
Tabla de retos: Abecedario.
Tema: 48. Música

*Situado después de la guerra.


El rumor del oleaje logró formar una sonrisa en su rostro, como siempre ausente de toda sensación, salvo la de la arena húmeda pegada a sus talones y el canto de las gaviotas, perdido en el infinito del tiempo. Era música para sus oídos, era música, suave y tibia como el sol muriendo en el horizonte, también para el bebé en su vientre. Al escucharla, Annie se sentía libre de todo temor, toda culpa y todo miedo, aún a pesar de que el mar arrastraba de cuando en cuando un cadáver hacia la orilla, restos de alguna casa, figuras extrañas y desperdicios. Sombras de una ciudad que había quedado destruida, de un régimen que se había acabado, a costa de la vida de Finnick.

Annie encontró el lugar en el que solían reunirse todos los días, antes del segundo Quarter Quell y la masacre, casi sin planearlo en realidad, aunque deseándolo inconscientemente. Ése era su lugar, después de todo. Y ella era la chica loca que vivía de recuerdos, así que, ¿qué mejor que regresar al lugar donde más recuerdos había? ¿Donde menos sombras existían?

Se sentó en el lugar que siempre le correspondía, a la derecha de Finnick, las piernas cruzadas con cierta dificultad bajo su vientre abultado, su mano, absorta en un recuerdo del pasado tanteo la arena buscando la de Finnick, pero sin encontrar nada más que arena, húmeda, cálida, como las manos de Finnick al salir del mar, lleno de tesoros acuáticos, conchas, corales y perlas con las que adornaba su cabello, su cuello, sus labios. Comenzó a reírse al evocar cada una de las ocasiones y nadie, por primera vez en mucho tiempo, estuvo ahí para verla y llamarla loca. Sin embargo, poco a poco el ataque de alegría se fue apagando, dejando sólo como música de fondo el rumor del oleaje, onírico y suave como las manos de un amante.

Tras un tiempo, Annie se encogió en su lugar, mientras la luz del sol moría en el horizonte con un último toque dorado. Se llevó las manos a los oídos, tratando de cubrir un mal recuerdo, cerró los ojos y se quedó en silencio, parecía querer ser absorbida por todo a su alrededor. La luz de la luna trazando un sendero de plata por el mar oscuro, la arena fina, plateada y sedosa bajo su tacto, la silueta de miles de casas destrozadas más allá en la orilla, el cántico del viento perdiéndose entre los árboles lejanos... Y la noche cálida, abrasadora, potente. La risa volvió y sus manos reposaron sobre su vientre, tan extraño para ella y a la vez tan indispensable, tan suyo, tan mágico. Ya no tenía necesidad de esconderse del mundo tras sus manos y ojos cerrados, porque el mundo al que había vuelto —el mundo que había sido salvado tras sacrificar miles de vidas— era Finnick. Finnick, en todo el Distrito 4, incluso en las casas derruidas, Finnick en la brisa salada del mar, en las palabras murmuradas por el viento. Finnick, su hogar.