Claim: Finnick Odair/Annie Cresta.
Notas: Post-series.
Rating: T.
Género: Romance.
Tabla de retos: Abecedario.
Tema: 94. Zona
*Situado después de la guerra.
Se encontraba en un lugar desconocido, lleno de sombras y gritos lejanos, melodías discordantes en el mundo vívido de su mente. Annie miró a su alrededor buscando una respuesta, algún rayo de luz que le indicara, como las palabras amables de Finnick o Mags, en dónde se encontraba y por qué. A veces se perdía de esa manera, absorta en sus pensamientos salía de casa temprano por las mañanas y cuando menos se daba cuenta, estaba perdida en medio de algún lugar extraño, aunque nunca fuera de los límites del Distrito, nunca demasiado lejos del mar tampoco. Así que, familiarizada con esa rutina, Annie escrutó con curiosidad y algo de temor las cosas a su alrededor, árboles siniestros desdibujados contra el contorno de la noche, sonidos amplificados por la quietud del bosque, el ulular de un buhó en el sonido del viento... ¿Y el mar? No escuchaba el mar, las olas golpeando contra las rocas, la orilla o los barcos acercándose en la penumbra de la noche, guiados por la luz titilante de un farol lejano.
¿Dónde estaba, entonces? El pánico la invadió y apunto estuvo de encogerse contra un árbol cercano, pequeña e indefensa como si fuese una niña, pequeña y frágil tan lejos del mar, su única vía de escape en esos Juegos del Hambre de pesadilla. Sin embargo, pasos en la noche la alentaron a permanecer alerta, esperanzada. Alguien avanzaba hacia ella haciendo crujir las ramitas caídas de los árboles, las hojas secas y marchitas, la tierra muerta, tan lejos del mar.
Finnick apareció en su campo de visión, pero lucía diferente, tanto que la poca esperanza que tenía se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos. Parecía ser parte de ese mundo yermo, callado y oscuro. Lucía tan blanco y espectral, lejano como un fantasma. Y aún así era su Finnick, el que la salvaba de las pesadillas, los malos ratos, las habladurías de la gente. Estiró un solícito brazo hacia él y le alegró comprobar que su gesto era correspondido.
—¡Finnick, prométeme que nunca volverás a irte...! —su cuerpo, cuando se aferró a él, estaba frío y la tirantez de sus músculos al corresponder el abrazo le hizo saber que algo andaba muy mal.
—Annie —besó su frente como varias veces había hecho, despeinando los cabellos ondulados y negros, en la mitad de aquél lugar espantoso—. Annie, no puedo. Estoy... Estoy muerto, ¿recuerdas? Pero tú vives y...
—¡Finnick, yo...!
El sueño se desdibujó en una maraña de sombras y colores, dejando a Annie en la penumbra de su habitación, acurrucada entre sus mantas. Una pesadilla. Abrió la boca para comenzar a gritar, a abstraerse del mundo con sus gritos y sus ojos cerrados, cuando sintió la calidez de su vientre contra sus manos, una nueva vida moviéndose en su interior. Los gritos se quedaron atascados en su garganta, sus manos, se aferraron a ese pequeño pedazo de vida en su cuerpo, a ese pequeño pedazo de Finnick en aquél mundo demasiado inmenso. Annie volvió a dormirse sin tener pesadillas. No las tuvo más, no después de esa primera noche —esa primera pesadilla— después de la muerte de Finnick.
