Claim: Finnick Odair/Annie Cresta.
Notas: Pre-series.
Rating: T.
Género: Romance.
Tabla de retos: Abecedario.
Tema: 66. Quinto
*Situado mucho antes del Quartel Quell de los 75 Juegos del Hambre.
Annie sabía que llegaría, tarde o temprano. Siempre sucedía así cuando el Capitolio lo requería para... Bueno, ¿para qué engañarse? Para cosas malas. Annie lo escuchó llegar como siempre lo hacía, por lo menos una vez al mes si tenía suerte, andando a tumbos por el sendero frente a su casa, cubierta de hierba fresca del verano. Finnick, su adorado Finnick, la sonrisa extinta como el sol al atardecer, los ojos perdidos, la sonrisa cristalizada, fingida. Luego, tocaría a su puerta sin esperar una respuesta, entraría para encontrarla sentada, esperándolo en la mesa de la cocina, un fantasma esperando por otro fantasma. Dos almas humanas unidas por un súbito momento de comprensión.
No es que Finnick no la comprendiera, por supuesto que lo hacía, Annie lo sabía cuando él acariciaba su cabello y le susurraba cosas tranquilizadoras, calmantes, como cuentos de buenas noches con final feliz. Pero él siempre sonreía, siempre, aunque se sintiera vulnerable, aunque estuviera enojado o triste. Lo hacía por ella. Por eso, cuando llegaba de sus visitas al Capitolio de una noche, a veces más (y cuando más sufría), el poder atisbar en sus ojos azules y profundos un poco de su dolor, de esa parte tan íntima y tan suya, la hacía sentirse más unida, más enamorada y más desesperada a la vez. Porque no podía detenerlo, toda esa gente horrible, todas esas manos apremiantes, monstruosas, ciñéndose alrededor de él, su única esperanza. Arrebatándosela poco a poco, arrebatándosela.
—Annie, mira lo que te traje —de nuevo la sonrisa temblorosa, que cada vez controlaba un poco mejor. En la oscuridad de la cocina, sentados el uno frente al otro, Finnick le ofrendó un corazón de diamante, azul como el mar y como la noche y como sus ojos. Era el quinto regalo que le hacía ya, antes le había dado ropa francamente horrible, perfumes y más joyas. Regalos que provenían de sus amantes de ocasión, de sacrificios forzados por su parte, de mentiras, de engaños y de traición. No, ella ya no quería nada de eso.
—Lo siento, Finnick, pero no puedo —musitó ella por lo bajo, devolviéndole la piedra preciosa y cerrando sus dedos alrededor de ella para no verla, como si fuera la prueba de un espantoso crimen—. Estos regalos, estas cosas... Las ganas a costa de...
No terminó la frase, no era necesario. Conforme las palabras habían abandonado sus labios, el rostro de Finnick se descompuso como en otras noches, cuando él creía que no veía, sumidos ambos en la oscuridad y a veces, la claridad llena de sombras del amanecer. Se levantó tambaleándose un poco y él se puso de pie de inmediato, automáticamente casi, sin esperarse que ella se hundiría en un abrazo con él, en el que no había necesidad de más palabras.
Quiero ayudarlo, pensaba Annie, quiero hacer que se sienta mejor. Como él me hace sentir, ¿es que así se siente el ayudar a los demás? ¿El ayudar a quien uno ama? Cálido. Quiero ayudarlo, ¿pero cómo hacerlo? La respuesta le llegó en un súbito arranque de inspiración, mientras se separaba de él para mirarlo a los ojos, dos pozos oscuros en medio de la noche, donde parecían haberse ahogado las estrellas. Una sonrisa se dibujó por el rostro de Annie, primero falsa y después auténtica, al constatar sus efectos curatorios en Finnick, efectos capaces de erradicar todo el dolor en sus ojos y manos temblorosas. Sin embargo, añadió una cosa más por si las dudas, aquella que decidiría de manera absoluta el bienestar mental de Finnick (y también su miedo a perderla) para toda la vida—:
—Te amo.
