Mi odiado vecino

Capítulo uno.

El Edificio El Soleado se encontraba dentro de la ciudad de Madrid. Estaba en un magnífico enclave, a apenas cinco minutos de una de las estaciones de metro. En tan sólo quince o veinte minutos podías plantarte en la Puerta del Sol. El tiempo dependía de cómo fuera el servicio y la cantidad de gente que te impidiese seguir tu camino. La calle, estrecha y con coches aparcados a ambos lados, serpenteaba flanqueada por edificios de más de tres plantas que hacían difícil poder visualizar el cielo. Eran todas edificaciones residenciales cuya planta baja, en muchos casos, había sido alquilada por algún empresario. El Soleado era el número 305 en aquella calle y destacaba la gran cristalera que formaba la entrada. Tres cuartas partes de la puerta era reflectante y provocaba que los paseantes desviaran la mirada hacia ellas y observaran su reflejo caminar por aquella superficie que tenía una cierta tonalidad salmón.

Destacaba un gran cartel negro y naranja fosforito que colgaba del balcón del primer piso. En éste rezaba el mensaje: "En venta", seguido de un número de teléfono. Y esa era la realidad, de todos los bloques de piso que se alzaban en aquel lugar, El Soleado era el que menos inquilinos tenía. Cada planta contaba con cuatro viviendas. Había un total de siete y en el entresuelo no se encontraba ninguna estancia habitable.

El primer piso se encontraba prácticamente deshabitado. El único inquilino era un hombre que se pasaba la mayor parte del tiempo viajando de aquí para allá. Un día lo veías salir con una gran maleta y trajeado, toqueteando las diferentes teclas de su teléfono de última generación mientras bajaba las escaleras hasta el rellano con la vista fija en la pantalla del aparato. Si alguno de los otros inquilinos conocía su nombre era simplemente porque lo habían leído en el buzón.

El segundo estaba ocupado prácticamente en su totalidad. La tercera planta estaba habitada al completo, en la cuarta estaba habitado un piso, en la quinta dos y las últimas dos estaban totalmente vacías. Era una pena porque el edificio era bonito. El exterior tenía un aire antiguo, con formas redondeadas y balcones con barandas cuyos hierros se entrelazaban de maneras imposibles. El interior, en cambio, era lo contrario. Había sido totalmente reformado hacía apenas tres años y cada aplique era nuevo. El ascensor era amplio y anunciaba el piso por el que se estaba pasando en cada momento; cosa que llevaba por el camino de la amargura a más de uno.

¿Por qué un bloque tan idílico estaba tan vacío? Existía un motivo contundente: dinero. Era ampliamente conocido que el alquiler era bastante caro y no todo el mundo se lo podía permitir. Ni qué decir acerca de la compra de uno de esos pisos. Así pues, pocos propietarios existían en el ostentoso edificio.

La puerta del segundo primera se entreabrió a eso de las siete y media de la mañana. El que la había abierto se encontraba con la mano en el pomo y se miraba en el espejo que tenía en el pequeño recibidor que no tenía puerta alguna y comunicaba directamente con el pasillo. Con la mano derecha se acomodó los cabellos rubios, suavemente ondulados, y que a duras penas rozaban los hombros. Después expulsó la ropa y tiró de ella para colocarla a la perfección.

El trabajo de Francis Bonnefoy, el inquilino del piso 2º 1ª, se encontraba a aproximadamente media hora de su idílico apartamento. Después de años trabajando en lo mismo, el francés sabía que podía permitirse salir diez minutos más tarde y aún así llegar a tiempo. Pero, como también conocía sus costumbres, prefería no hacerlo.

A Francis no le gustaba el estrés. Los nervios alteraban a las personas: les hacían estar tensas, con el ceño fruncido y de mal humor. De hecho, muchos españoles de buena mañana te podían contestar con una falta de delicadeza que era alarmante. Odiaba estar tenso ya que eso no le permitía andar con gracilidad. Además, odiaba incluso más fruncir el ceño ya que le hacía tener arrugas y eran el enemigo natural de la belleza.

Cerró la puerta y le dio dos vueltas a la llave dentro de la cerradura. Después la guardó en su maravilloso maletín de piel negra. Francis se ocupaba de mantener el susodicho maletín impoluto. No le había costado barato precisamente. Pero un capricho era un capricho. No podía decirle que no a sus instintos básicos. Uno era el sexo y el otro era la fascinación por cosas hermosas.

Como siempre, calculado con una precisión asombrosa, el francés llegó a la parada del autobús en el mismo instante en el que éste aparecía a lo lejos. Sacó su tarjeta de transportes públicos y esperó a que el vehículo llegase a su altura mientras diversos ojos indiscretos, de las gentes que se encontraban en la parada, se clavaban en su esbelta figura. Puso su mejor expresión indiferente, como si no se diese cuenta de que estaba siendo observado. Su ego se alimentó de aquello y por dentro se hinchó como un pavo real. Bonnefoy adoraba ser devorado por la mirada de alguien. Saberse el centro de atención de la gente le gustaba.

Subió y se sentó en el primer asiento vacío que encontró. Se fijó en un pequeño restaurante de estilo oriental que hacía esquina. Cada día, cuando pasaba por ahí, se lo quedaba mirando. Francis siempre había tenido una especie de tórrido romance con la comida. Le gustaba cocinar y, lo mejor de todo, tenía talento para ello. Por eso lo primero que había decidido cuando se acercaba el final del bachillerato había sido encaminar su futuro hacia el sector.

Parecía que la cosa iba viento en popa y que el francés se abriría hueco en el mundillo cuando empezaron las clases de verdad. Entonces él había descubierto que la cocina en el ámbito profesional le quitaba mucho tiempo. Tomó el hábito de saltarse algunas clases, luego empezó a saltárselas todas y, un día, le llegó una carta diciéndole que no hacía falta que pasara nunca más a fingir que iba a clase. Lo habían expulsado. Entonces fue cuando se dio cuenta de que la cocina no le gustaba tanto como había pensado en un principio. La prueba es que aquella carta no le produjo la más mínima incomodidad o tristeza. En realidad, fue todo un alivio saber que podía por fin dejar de fingir. ¿Cuántas veces había mentido ya a sus compañeros de clase diciéndoles que sí que había ido y que se había sentado en las filas de atrás? ¿Y cuántas otras había tenido que ir expresamente allí para únicamente fingir?

Después de aquello, su vida había dado muchos tumbos. Era un tema que no le gustaba tocar. Poca gente lo conocía y en ninguna ocasión Francis la había empezado a contar él mismo. Siempre la situación le había forzado a explicarla. De cualquier modo, había logrado la oportunidad de su vida. Un conocido trabajaba en una empresa de moda en España. La multinacional buscaba a alguien que se convirtiera en el jefe de ventas y que además se encargara de organizar los eventos en los que la marca presentara diversas novedades de su línea de ropa.

El francés logró de repente, sin comerlo ni beberlo, un puesto elevado dentro de una empresa de renombre. Aunque le gustaba la moda, tampoco se dedicaba profundamente a ello. Al rubio se le daba bien moverse por las altas esferas y tampoco quería dedicarse a algo más bajo y en lo que cobraría menos.

Se apeó en la parada de siempre y se dirigió al quiosco más cercano. Como cada día, compró Le Monde y El País. Un periódico francés y uno español. Siempre cogía Le Monde, el periódico español podía variar. Si le interesaba otra portada, cambiaba. Con parsimonia, retomó el camino que le quedaba para llegar a su empresa.


Cuando el despertador resonó con eco en la habitación del español, éste se incorporó como si acabasen de darle el susto de su vida. Estaba despeinado, ojeroso y con las pupilas rojizas. Escuchó atentamente y un silencio profundo lo recibió. El piso contiguo estaba ya vacío. Pegó un golpe a la pared, justo al lado de las motas negruzcas que se habían quedado marcadas por culpa del mango de la escoba con la que golpeaba.

- Maldito putero, ojalá te mueras. -dijo de mala hostia.

La noche anterior, su vecino había estado hasta la una de la madrugada folleteando como si fuese un maldito conejo. Antonio Fernández, inquilino del segundo segunda, no había podido pegar ojo hasta que el dichoso Francis había despedido a su amante de aquella noche. Encima, se sentía fatal. No sólo no se había podido dormir, encima se había empalmado de tanto gemido y jadeo y había tenido que aliviarse mientras escuchaba a los otros dos fornicar. Era patético. Se sentía tremendamente ridículo por culpa de ese hombre.

Después de pegar otro golpe en la pared y maldecir por lo bajo a su vecino, Antonio se levantó de la cama mientras bostezaba sonoramente y se estiraba como si de un gato se tratase. Desayunó rápido y salió de casa. Tuvo que correr el último tramo y aún así entró justo en el metro que se dirigía hacia la zona en la que trabajaba.

Se apoyó contra una de las paredes del convoy, que se balanceaba mientras avanzaba sin demora hacia la siguiente estación, y suspiró. Ahora sólo le quedaba esperar a que no se detuviese demasiado tiempo en cada parada y llegase con cierta puntualidad para caminar el trecho que le quedaba hasta llegar al trabajo.

El hospital Clínico San Carlos, que llevaba abierto ya siglos, era uno de los mejores centros y Antonio había tenido la oportunidad de intentar conseguir una plaza de milagro. Finalmente, después de ciertos temas que ahora no venía al caso recordar, el de cabellos castaños y tez algo tostada por los rayos del sol había conseguido un puesto como médico de consulta.

Aún recordaba lo dura que había sido la carrera de medicina y los motivos que le habían impulsado a estudiarla. Después de aquello había tenido una buena reputación en un pequeño hospital de pueblo hasta que tuvieron que cerrarlo y se encontró en el paro. A posteriori un amigo le informó de la oportunidad que se encontraría si venía hasta Madrid y allí estaba.

La mañana siempre contaba con unas horas muy duras. Miles de pacientes que venían, previa cita o de urgencia, a contarle que se habían clavado una astilla o que le dolía allí cuando hacía viento. A veces era tremendamente difícil saber qué le ocurría a cada persona no porque no tuviera ni idea de medicina, sino porque en la facultad nunca le dieron la asignatura "descifrar los síntomas que intenta describir un paciente". Antonio estaba seguro de que el sistema necesitaba una reforma y debían incorporar esa asignatura a la carrera. Es más, estaba totalmente seguro que debía ser una que continuase en "descifrar los síntomas que intenta describir un paciente II".

Cuando llegó la hora de comer, el español se fue hasta la zona reservada para los doctores y enfermeros del edificio. Allí, situada a la izquierda, se encontraba una gran barra de metal en la que la gente paseaba una bandeja y escogía la comida de entre las diferentes opciones que el chef había proporcionado ese día. Se desabrochó la bata, dejando ver bajo ella la camisa de color azul, el bolígrafo sujeto con el clip al bolsillo de ésta y el cinturón que asía aquel pantalón negro. Así estaba más cómodo. Abrochado se sentía prisionero, casi como si le hubiesen puesto una camisa de fuerza.

Cogió una bandeja y la depositó sobre la barra metálica. Sus ojos se pasearon por los diferentes alimentos que había para elegir. Sus pupilas reflejaban el aburrimiento que sentía. Todo esto cambió cuando divisó un plato con un ingrediente concreto: Tomate.

El extraño romance de Antonio y los tomates tenía una breve pero curiosa historia. Desde pequeño le habían gustado aquellas pequeñas bolas de color rojizo con unas hojitas verdes. Se había vuelto un gran admirador de la fruta y, siempre que podía, lo comía en abundancia. El destino había sido caprichoso con él sin embargo. Cuando cumplió los dieciséis años, se pegó un atracón de tomates impresionante y ese era el día que más cercano se había sentido a la muerte.

Un intenso dolor de barriga, acompañado de sudores fríos y escalofríos le acunó durante toda la noche. El padecimiento fue tan grande que su familia le escuchó quejarse del dolor en voz alta. Viendo que la cosa no mejoraba, lo habían llevado al hospital.

Cuando el médico salió y le dijo: "Eres alérgico al tomate", el español pensó que el mundo se acababa para él. Al parecer, aquel intenso dolor había sido a causa de una enorme reacción alérgica y la cosa podría haber sido peor de no haberlo traído al hospital. Era cierto que había comido una cantidad ingente de tomates que podría haber hecho enfermar hasta a un hombre que no tuviera alergia a la fruta. Desde ese momento, sus familiares cambiaron a modo protectivo y le fueron apartando cada tomate que se pudiese cruzar en su camino.

Todo esto le producía una ansiedad interna que no podía resistir. La consecuencia se podía prever: En cuanto se encontró solo ante un plato con tomate, lo tomó en sus manos y cometió pecado. Después sufrió el acuciante dolor de estómago, pero había sido feliz por un rato saboreándolo.

Su mano, la cual asía un cucharón enorme, se quedó flotando sobre el recipiente que contenía los tomates. Si no fuera porque un enfermero, detrás de él, tosió, el español aún seguiría ido mirándolos. Logró sacar fuerzas de flaqueza y pasar de largo. No era bueno forzar el cuerpo hasta el punto en el que lo forzaba cuando comía tomates. Un día podría pasarle algo peor.

Por la tarde, su trabajo se solía reducir a alguna visita esporádica según el día y un montón de papeleo. De vez en cuando salía con algunos compañeros del trabajo por ahí a tomar una copa. Aún así, Antonio solía evitar a toda costa mantener mucho contacto con el personal del hospital una vez fuera de éste. Como hacía poco que había llegado a la ciudad, aún no tenía ningún amigo o amiga con quien pasar el rato. Además, cuando salía del trabajo estaba tremendamente agotado. Llegaba, se pegaba una buena ducha (a veces un baño), cenaba y luego se quedaba dormido sobre el sofá, con la tele encendida.

Si se analizaba fríamente, era una vida muy triste. Sin embargo, tenía la esperanza de que conocería a alguien y finalmente su situación cambiaría. Aquella noche tampoco cenó. Se sentó en el sofá para ver aquel concurso que hacían en Antena 3 por la tarde y a los diez minutos había tenido la brillante idea de cerrar los ojos para descansar la vista. Cuando los volvió a abrir eran las tres de la mañana y le dolía todo el cuerpo por culpa del sofá.


Aquel dieciséis de marzo empezó de manera catastrófica para Antonio. El primer obstáculo que se cruzó en su camino fue el sueño, que lo había estado arropando hasta que por un casual abrió los ojos. Cuando en el reloj digital vio que debería estar levantado desde hacía media hora, el corazón del español pegó un brinco y empezó a latir desbocado.

Lanzó las sábanas por el aire y de un salto puso los pies en el suelo. La ropa voló por todas partes y se puso lo primero que pilló. Miró el reloj de pulsera y comprobó que si tenía un poco de suerte aún podría llegar al trabajo a tiempo. Abrió la puerta a la vez que tanteaba en los bolsillos buscando las llaves. No se fijó en el suelo y de repente sus pies se tropezaron con algo. El de cabellos castaños perdió el equilibrio y se fue hacia delante. Se pegó contra el suelo en parte de la mejilla, la mano que había amortiguado gran parte del golpe descargó una fuerte punzada dolorosa en la muñeca y la otra mano se había golpeado contra la baranda (aún suerte que no se había golpeado en la cabeza contra ésta. Esa combinación sí hubiese sido mortal).

- Ouch, ouch, ouch, qué daño... -murmuró Antonio mientras se incorporaba y se frotaba la cara, que había adoptado un color rojizo notable.

Entornó el rostro para ver con qué había tropezado y se encontró con una bolsa de basura en la que venía escrito "2º 1ª". En el edificio tenían la costumbre de dejar fuera las bolsas con todo lo que era papel. Entonces, el portero que había contratado, se pasaba piso por piso, las recogía y las llevaba a reciclar. El español se lanzó hacia la bolsa, la tomó entre las manos y la miró con rabia.

- ¡¿Es que se cree que mi puerta es el puto vertedero? ¡Que deje su mierda en su puerta, no en la mía! -exclamó molesto mientras hablaba solo- Pues ahora verás tú lo que hago yo con tu dichosa bolsa de las narices.

Francis llegaba a casa de buen humor. Le habían dejado salir antes del trabajo y además había conocido a una hermosa señorita de origen latinoamericano que le había dicho que seguramente se pasaría a tomar unas copas a casa. Sin embargo, el buen humor se le pasó en cuanto llegó al rellano de su casa. La bolsa de basura estaba en el trozo que había entre su puerta y la de su vecino y, extendidos sobre su felpudo, se encontraban los centenares de trocitos de papel en los que algún desalmado había transformado todo el contenido.

- ¿Pero qué...?

Al levantar el felpudo, los trozos de papel cayeron sobre el suelo. Observó la bolsa vacía y rota, cerca de la puerta del segundo piso. Entrecerró los ojos. Seguro que había sido su maldito vecino cincuentón. ¡Porque sí! ¡En su mente, su vecino era un cincuentón amargado y no iba a cambiar de parecer! ¿Quería guerra? Pues la iba a tener. Esa había sido la gota que colmaba el vaso y a ese juego podían jugar ambos.

Siempre había sido bastante pacífico, pero su paciencia tenía un límite. Abrió la puerta de casa y buscó una escoba con la que barrer todo aquel estropicio. Y mientras movía las manos una y otra vez, haciendo que el cepillo acariciase el suelo, Francis pensó con dedicación de qué manera podía vengarse del ataque de su vecino.


Cualquier persona que viese las noticias sabía que el mundo estaba sumido en un pequeño caos. No sólo los problemas económicos, también, además, conflictos armados. Pero no hacía falta irse demasiado lejos para encontrar batallas. De acuerdo, no disponían de las mismas armas, pero en el Edificio el Soleado había un claro conflicto. El inquilino del 2º 1ª y del 2º 2ª se dedicaban a realizar acciones hostiles uno en contra del otro.

Lo primero que había ocurrido había sido una bolsa de basura en mal lugar. Eso había sido hasta inocente. Esa batalla estaba desarrollando al máximo la imaginación de ambos hombres. A los pocos días de haber roto el contenido de la bolsa de basura enfrente de la puerta de su vecino, Antonio había llegado a casa, había pisado el felpudo y un crujido sospechoso, seguido de un ruido viscoso, había ocurrido. Cuando miró hacia abajo, vio una sustancia naranja saliendo de debajo de su felpudo. Lo levantó y encontró los restos de cáscara del huevo que había estado debajo, esperando a ser chafado. Enseguida miró hacia la puerta de su vecino y entrecerró los ojos.

El siguiente movimiento lo hizo el español. Se asomó y en los tendederos vio las camisas y pantalones de marca tan caros que su vecino solía llevar. Dibujó una sonrisa tétrica. Cuando Francis había llegado a casa, fue directo a recoger su ropa. La tomó y un fuerte olor a pescado le inundó la pituitaria. Abrió los ojos con sorpresa. ¿Qué demonios...? Toda estaba igual... ¿Quién, en su sano juicio, había frito pesc-? La respuesta le vino sola a la cabeza.

El chico de cabellos castaños tocaba pacíficamente la guitarra cuando su vecino decidió lanzar su ataque. La música house retumbaba con fuerza entre las cuatro paredes del piso contiguo y se adentraba en la casa del español con la misma fuerza. Fue imposible. No pudo continuar tocando. Eso sí, su sonrisa de lado, molesta, auguraba una venganza que llevaba ya dos semanas planeando.

Era una fría noche de principios de febrero. Francis Bonnefoy sujetaba por las caderas a una preciosidad de metro setenta y curvas de infarto. Tenía una hermosa y hechizante cintura de avispa. Sus manos eran finas y delicadas, seguramente hubiese sido una gran modelo de manos. Bueno, una gran modelo en general. Sólo hacía falta mirar sus hermosos ojos verdes y su largo y ondulado cabello rubio ceniza. Habían tomado unas copas antes de ir hacia la cama. Él había retirado con sutileza aquel llamativo y escotado vestido rojo. Ella había desabrochado su camisa con una lujuria que lo había excitado aún más. Los jadeos se habían adueñado de la habitación y las manos de ella corrían por su torso desnudo. Y, de repente, a todo volumen empezó a sonar una canción en la casa del vecino.

Al principio Francis y su hermosa acompañante habían ignorado la canción. Tenían cosas mejores entre manos. Pero el francés de repente se encontró a sí mismo escuchando la familiar voz que cantaba la canción. Pero ahora no caía en quién era el autor de dicho tema... Estaba tan fuerte que podía hasta escuchar la letra. Y cuando escuchó el estribillo, su mente hizo clic y supo quién era. Frunció el ceño un poco. Qué poco gusto tenía su vecino. ¿Tenía que poner la maldita música tan alta? Siguió moviendo su cintura contra la de la muchacha y de fondo sonaba la canción, atronadora.

"Que yo soy esa que pone la cosa tiesa. Soy elegante, por detrás y por delante"

Francis disentía profundamente ante aquellas frases. De repente le vino a la cabeza la imagen mental de la persona que cantaba aquella canción. Carmen de Mairena, conocida mujer-hombre (lo que fuera). La imagen mental lo fue atormentando hasta que de repente pudo vislumbrar en su cabeza a Carmen de Mairena, sin ropa. Se le bajó todo mientras seguía resonando la canción. La chica le miró sorprendida y Francis se había quedado totalmente helado.

Se hizo a un lado, apoyó los codos sobre los muslos y miró al suelo con fijación. La chica se había ido hasta su lado y le había pasado los brazos por los hombros.

- No te preocupes, cielo. Les pasa a todos los hombres, es normal... No tienes que ponerte de este modo~

La canción había dejado de sonar y las palabras de la mujer resonaban por su cabeza con eco, como una puñalada. Entornó el rostro y la observó con ira.

- ¡No! ¡Puede que le pase al resto de los hombres, pero no a mí! ¡Soy Francis Bonnefoy! ¿¡Te queda claro! ¡Francis Bonnefoy no tiene un gatillazo! ¡Nunca!

- Ay, cielo... Pues has tenido uno y yo me he quedado a medias. Será mejor que lo aceptes.

- ¡Pues la culpa será tuya, no mía! -espetó Francis. Sabía que la afirmación era idiota. Claro que la culpa la había tenido él mismo... Bueno, mejor dicho, la culpa la había tenido su odiado vecino.

En el piso contiguo, Antonio Fernández Carriedo daba vueltas a un CD usando su dedo índice como eje de rotación. En su rostro había una enorme sonrisa victoriosa mientras seguía escuchando gritos en el piso contiguo. Francis y su amante de esa noche se estaban peleando. Ah, y había escuchado la palabra gatillazo. Había tenido que echarse sobre la cama y reír sobre la almohada para no estallar en una sonora carcajada que con certeza hubiese retumbado por todo el edificio. Entonces pensó que había merecido la pena descargar la canción de internet y grabar esa única canción en un CD.


El cielo parecía que iba a romperse en pedazos en cualquier momento. Unas nubes de color gris oscuro habían invadido cada rincón de azul del cielo y habían atenuado la luz del sol. De hecho, daba la impresión de que se había hecho de noche antes de lo normal. Después de media hora así, habían empezado a caer chuzos de punta. Afortunadamente, Francis Bonnefoy no era como el resto de los trabajadores de su compañía. Él no miraba cada diez segundos a ver si la intensidad de la lluvia había disminuido. El francés, previsor, había visto en las noticias que se esperaban tormentas intensas a mitad del día y se había traído el paraguas. La gente por la calle le había mirado raro al ver cómo el paraguas de color negro colgaba de su brazo, como si de un bastón se tratase.

Eso sí, ahora el que iba a reír último iba a ser él. A partir de menos cuarto, Francis fue mirando su reloj cada medio minuto. Deseaba que la aguja llegara por fin al doce y poder irse de una vez por todas. Cuando salió a la calle, aún llovía bastante. Cruzó calles angostas hasta por fin llegar a una de las zonas más céntricas de Madrid. El galo requería ir a una tienda a comprar algunos ingredientes que le hacían falta para preparar un delicioso plato que había visto por la televisión hacía cosa de una semana.

Ya estaba llegando cuando algo le llamó la atención. Bueno, sería más correcto decir alguien. El francés se detuvo y miró hacia un banco en el cual una persona estaba sentada. Era un muchacho de cabellos oscuros y le echaba más o menos su edad. Su semblante mostraba una pena que lo abrumaba por completo y miraba al suelo, con los ojos oscurecidos por la poca luz que el cielo aportaba a los que vivían bajo él. Sus cabellos, completamente mojados, se aplastaban contra su frente y chorreaban hilos de agua que corrían por aquella cara fina aunque con rasgos masculinos. Su espalda no tocaba el respaldo del banco, estaba erguido, tenso, con las manos reposando a cada lado de su cuerpo, apoyadas en la madera. Daba la impresión de que, en cualquier momento, podría empujarse con fuerza y salir corriendo calle abajo.

- "Hay gente bien rara en este mundo..." -pensó Francis para sí mismo antes de continuar su camino hacia la tienda.

El supermercado estaba a reventar de gente, como era habitual siempre que llovía. Había tenido que esquivar a las personas con una técnica digna del mejor jugador de la Liga española. Después de media hora en la cola, finalmente Francis pudo pagar y salir a la calle. Abrió con dificultad el paraguas, puesto que el par de bolsas que llevaba colgadas de la muñeca eran pesadas. Cuando levantó la mirada, sus ojos no pudieron evitar regresar a aquel banco. El rostro del galo mostró sorpresa al ver que aquel muchacho seguía bajo la lluvia. Sus manos ahora estaban apretadas contra una de las barras de madera del asiento, con fuerza. No supo el porqué pero sintió pena por el hombre.

A Antonio Fernández Carriedo no le importaba estar calado hasta los huesos. Se podía hasta decir que, cuando salió del trabajo y la lluvia empezó a caerle encima, sintió un alivio que no pudo comprender. Había vagado sin rumbo por la calle hasta acabar sentado en aquel banco. Allí los minutos se habían convertido en horas sin que él se diese cuenta. No había mirado ni una sola vez el reloj. Sólo pensaba y pensaba... Sentía añoranza. Deseaba volver a su hogar, con su familia. Sin embargo, sabía que eso no era posible. Aquello hubiese sido un acto cobarde e infantil. Siempre se lo habían dicho: la vida de los adultos era dura y no se podía huir a la primera ocasión en que las piernas le fallaran.

Sus pensamientos se interrumpieron cuando, sin comerlo ni beberlo, la lluvia dejó de caerle encima. Ahora se escuchaba ese ruido de las gotas de agua impactando sobre la superficie impermeable de un paraguas. Levantó la vista, sin interés ni emoción, y encontró a un rubio de media melena y ojos azules que le observaba con una sonrisa compasiva. Su mentón estaba adornado por unos pelos meticulosamente recortados. Vestía un traje elegante y de su mano colgaba un par de bolsas del supermercado que quedaba a tiro de piedra de donde él se encontraba.

- Toma. -le dijo el rubio.

El desconocido bajó el paraguas, como si quisiera que lo tomase. Antonio arqueó de manera imperceptible una ceja. ¿Qué pretendía? No iba a cogerlo. Se iba a mojar él. Y no pensaba permitir que le acompañase hasta su casa. No deseaba la compañía de nadie en aquel instante.

- He dicho que lo tomes.

Había asido la mano de Antonio y había hecho que rodease con fuerza el mango del paraguas. Él se había inclinado para no golpearse con éste. El hombre de ojos azules guiñó uno de estos y le sonrió sutilmente.

- Sécate o te constiparás.

Salió de debajo de la salvaguarda de la tela impermeable y empezó a correr calle abajo. Antonio lo siguió con la mirada, absolutamente asombrado. Aunque estaba empapado, ese hombre le había dado su paraguas para que no se mojara más. ¿Es que acaso era idiota? Lo acabó perdiendo de vista. Bajó la mirada hasta el mango del paraguas, de piel negra, y lo apretó con fuerza. Finalmente decidió levantarse y poner rumbo a casa. Le haría caso a ese desconocido.


Estornudó bruscamente y se apresuró a buscar dentro del bolsillo de su carísimo traje de cachemir un pañuelo con el que evitar que los mocos bajaran por el labio superior, dirección a su hermosa boca. Hacía tres días del chaparrón y Francis se declaraba ya oficialmente constipado. Era muy irónico advertirle a alguien sobre los peligros de estar parado bajo la lluvia y luego ser él el que enfermara.

Cuando salió de trabajar lo tuvo bien claro: necesitaba comprar medicinas y así prevenir que el catarro tomara unas dimensiones desproporcionadas. Se perdió por aquellas callejuelas que conocía como la palma de su mano y llegó por fin al centro. Iba a paso ligero, dispuesto a terminar sus recados en pocos minutos y volver a casa, cuando de repente se paró en seco, manteniendo la pose decidida con la que andaba. Entornó el rostro y, sentado en cierto banco divisó a una figura bastante familiar.

Acabó por reconocerlo: era el chico que había visto bajo la lluvia. Su pelo ahora se veía castaño y estaba graciosamente despeinado en diversas direcciones. Sus ojos eran claros, aunque desde donde estaba no distinguía el color. Iba vestido de manera informal y su vista estaba fija en el paraguas negro que sujetaba con fuerza entre las manos. Francis pensó que ese hombre se veía bastante adorable de aquel modo. De repente sus miradas se cruzaron. El chico abrió más los ojos, con sorpresa, y se incorporó con ímpetu del banco. Con pocos pasos se plantó delante de Francis y le tendió el paraguas, con un gesto de culpabilidad.

El galo estiró una mano hacia él, con lentitud, fijándose en cada variación en el rostro de ese hombre. Puso atención también en aquellos ojos que ahora podía apreciar que eran verdes. Su mano acabó por cerrarse alrededor del paraguas y lo tomó.

- Gracias. Adiós.

Francis fue el que ahora miraba cómo el español corría por la calle, con rumbo que desconocía. Sin embargo, él seguía estático por completo, con la mano aún en alto sujetando el paraguas porque, después de decirle "gracias", ese hombre había sonreído de una manera que no había podido imaginar. Tras haberle visto hacía unos días, taciturno, no esperaba que su sonrisa hubiese podido ser tan deslumbrante. Progresivamente, el galo bajó la mano hasta que el paraguas estuvo a un costado de su cuerpo.

Salió de su ensoñación cuando estornudó violentamente. Entonces recordó qué era lo que tenía intención de hacer antes de aquel inesperado encuentro. Retomó su camino con una sonrisa triunfal. ¿Quién dijo que ayudar a completos desconocidos no tenía su recompensa?


Los siguientes sucesos tuvieron lugar a finales de marzo. Francis Bonnefoy, radiante como siempre a pesar de no estar enfundado en un elegante traje de más de cien euros, había preguntado de manera cortés a la bella Susana si quería algo para beber mientras proseguían con su paseo por el parque. La muchacha había contestado que no hacía falta, pero Francis conocía a las mujeres. Era una especie de rito sagrado negarse siempre a la primera. Por eso volvió a insistir y ella aceptó su invitación y le pidió un refresco de cola.

El rubio le pidió que le esperara al pie del lago, sentada en un banco. Ya lograría encontrarla. Para acabar de convencerla (ya que insistía en que podía haber mucha gente y que no lograría dar con ella) Francis le dijo que era imposible ya que su belleza resaltaba por encima de las demás personas. Vio aquella sonrisa azorada y supo que ya la tenía en el bote.

Caminó a paso ligero por el parque y por fin dio con uno de esos pequeños puestos con bebidas que sin problema alguno podías hallar en Madrid. Ya desde lejos vio la última Coca-Cola que le quedaba al tendero. A paso decidido, Francis se aproximó el oxidado puesto metálico. Cuando puso la mano encima de la lata, otra mano se posó sobre la suya al instante. El francés, sorprendido, ladeó el rostro para ver quién había tenido la osadía de cometer tal acto y se encontró con unos ojos de color verde aceituna que le miraban con la misma sorpresa.

La mano del español se apartó con rapidez y sus labios se curvaron en una sutil sonrisa. No era como la que había visto hacía cosa de un mes, pero Francis pensó que no le desagradaba tampoco.

- Voy a tener que ponerte una orden de alejamiento al final. -dijo el galo con aire risueño. El hombre de cabellos castaños no pudo contener una breve carcajada.

- Es que has ido a coger la lata que pensaba llevarme, ¿sabes? Estoy bastante cansado y un poco de azúcar no me iría mal. Pero tú la has cogido primero, así que es lo justo. -replicó Antonio encogiéndose de hombros con resignación.

El corazón de Francis se aceleró por un momento. Es que sólo se había fijado en los ojos cuando había entornado el rostro. Ahora que veía al hombre, al completo, el cuadro era una imagen que deleitaba. Los pantalones cortos negros se ceñían ligeramente sobre las torneadas piernas. Llevaba una camiseta de manga corta de color blanco con unas letras que rezaban: "¿Por qué no te callas?" (Estaba seguro que había oído eso en alguna parte, pero ahora no recordaba dónde) que estaba pegada contra su torso. Unas gotas de sudor perlaban su frente y otras se habían atrevido a más y descendían por su cuello. Francis tuvo que esforzarse al máximo para no seguir sumido en su mundo de fantasía ya que el chico parecía estar hablándole, con gesto preocupado además.

- Perdón, ¿qué decías?

- Te preguntaba si estabas bien. De repente te has quedado mudo y sin ninguna expresión. Empezaba a pensar que te había dado un patatús.

- Ah, lo siento. -replicó sonriendo apuradamente- Estoy bien. Sólo me había quedado pensando en si había dejado el gas abierto en casa o no. -viendo la cara que puso el muchacho, se apresuró a añadir- Pero no, lo tengo todo bajo control.

- Bueno, supongo que me tocará beber una botellita de agua. Señor, me llevo una.

- No, no. No le haga caso. Le puede dar la Coca-Cola. Yo me llevaré dos de esas. -dijo señalando unos botellines de cristal.

- ¿Eh? ¿Ya estás seguro de lo que haces? Mira que si me lo vuelves a decir, no pienso insistir más en el tema. Me apetece una Coca-cola.

- Estoy completamente seguro. Además, estás corriendo, ¿me equivoco? Sé que, después de un largo ejercicio, va bien beber algo con azúcar para recuperar fuerzas. Y por lo que sudas, diría que llevas un buen rato en ello.

- Bueno... -Antonio se llevó la mano derecha a la nuca y frotó los cabellos que por la zona habían- No es que sea un gran atleta. Mi resistencia es pésima. Supongo que por eso me dedico a intentar cambiarlo de algún modo.

- Por eso mismo. Te mereces el último refresco.

A pesar de haber pagado, Francis no se movió de allí. Charló con aquel muchacho tan alegre y social mientras éste se tomaba el refresco que había comprado. Le explicó qué ruta hacía corriendo y cuánto tiempo le tomaba hacerla. Era bastante divertido escuchar sus diversas anécdotas y Francis perdió por completo la noción del espacio-tiempo hasta que una voz femenina gritó a lo lejos.

- ¡Oye, tú! ¿Qué te pasa? ¡Me has dejado plantada!

- Creo que tu novia está enfadada. -comentó Antonio sonriendo resignado.

- Ah, no, no, no... No es mi novia. Sólo es una cita. Bueno, mejor me voy. Un placer volver a verte, chico de la lluvia.

El español dibujó una sonrisa después de que el hombre de cabellos rubios guiñara un ojo y se fuese en dirección a su no-novia. Era gracioso que hubiese tenido que justificarse. Después de todo, ¿qué más le daba quién fuera? Realmente no sabía ni quién era él. Lanzó la lata vacía a la papelera más cercana y retomó la carrera. Calculaba que en menos de diez minutos ya estaría echando los higadillos por la boca.


Bueno, este es el primer capítulo del fanfic. En este no voy a poner títulos que me cuesta mucho ponerlos y no creo que sean relevantes xD. Cosas... Bueno, pues sí, se han conocido pero no saben que son los vecinos con los que tienen esa guerra. Lo de Antonio haciendo que tenga un gatillazo con Carmen de Mairena es una de las cosas que más me divirtieron escribir. Y otro detallito: quería hacer que Antonio, a pesar de amar los tomates, no fuese como en todos los fics. Y, sobre todo, no quería que Francis cayera en el tópico de ser cocinero y tampoco en el de la moda (por eso se encarga de organizar eventos y cosas así para su empresa, no confecciona nada)

No sé si os habéis fijado pero Francis ha cambiado su imagen de su vecino. Ahora es un cincuentón. Cada vez es mayor xDDDD

Paso a comentar vuestros reviews -hearts-,

Maruy-chan, jajaja bueno sí, me lo comentaste. Es lo que tiene xD Gracias por el review aunque escueto se agradece :3

Kitshunette, ahahaha xD Yeah I think you might end up reading the end of the fic here xDDD Don't worry ouo. I prefer third person too xD But I wanted to do something different so I tried this. Thanks for the review -hearts-

Tanis Barca, jajaja pues ahora que lo dices, sí que es un poco a lo Aquí no hay quién viva xDD... Bueno será que yo le doy muchas vueltas a la cabeza porque estoy enferma mental (¿? XDDDDD) Sí, eso cuenta, me hace feliz ouo. Pues este es larguito, no sé cuántos capítulos serán al final pero bueno, no serán dos, eso seguro xD Gracias por el revieww~

Ariadonechan, ¡yes! ¡Un nuevo Frain! No puedo teneros sin cosas nuevas. Ya sabes que del Frain de FF el 70% o así debe ser mío xDDDD Según Francis es un cincuentón xD Y estoy totalmente de acuerdo, Toño toca la guitarra de forma más inocente XD El felpudo es genial xD

SonneDark, Mirururin? XDDD Ains, no me devores 8D ¿Así que te gustan los AU? Fíjate tú por donde xD Por mí no hace falta que te tranquilices, estás graciosa tan alterada xD. Ya se ha vengado por lo del ñacañaca xD Pobre Pierre, déjale, que yo en mis fics AU lo personifico. Ya lo verás, ya xD. Se encontraron pero no sabe que es su vecino. No es tan raro el review ouo.

Hethetli, más Fraaain~ Sisi, los cuarenta se convirtieron ya en cincuenta. Cada vez lo hace más viejo xDDD. Tu imaginación está bastante bien xD aunque no sea así como ocurra, pero es interesante *su mente delira *

Nightview, wah, pues espero que te guste, sí~ ouo Los vecinos acaban dando el coñazo, en algún momento xD Sobre todo si se vive en un piso.

Jefa02, sfdf Esta pareja es amor! Debería ser más seguida! Espero que también te guste el capítulo ;) Gracias por el review.

Candy, jaja Antonio con la escoba, un peligro con patas en realidad. Espero que te guste el capítulo~

Miyiku, wow... ¿No lees fics en español? Bueno yo odio el Mary Sue e intento hacerlos lo más IC que puedo. Pero hay cosas que por ejemplo no las puedo mantener. Adapto un poco la personalidad a la forma de ser que sé que tiene la gente en esos países. Decir que Antonio es siempre distraído sería mentira y que Francis se roza hasta con el pico de una mesa. Si te sirve de consuelo, no correrá desnudo por los pasillos xD. El fic está escrito, aunque reciba un review (cosa que espero que no pase xDDD) lo publicaría. No voy a forzar pairings que no quiera escribir ni dejarlo parado. El fic está totalmente escrito, además. Así que no tengo esa presión extra. Gracias por tu review, se aprecia un montón uno tan completito.

Nyaa, Uah, ¿hace mucho que me lees? Gracias por leer *felicidad* Espero que no cambie mi manera de escribir y que si lo hace sea para mejor xD Porque como sea para peor, me echo a llorar en un rincón. Para una cosa que me gusta realmente XD. Los vecinos... Eso te da la certeza de que los problemas vecinales son reales xD

Atsun, pff xDDD Pues seh, nuevo fic mio :3 A ver... yo creo que Antonio quiere dormir y le entiendo xDDDD. Aunque también he vivido eso de que alguien haga ruido a una hora decente pero en la que yo estoy durmiendo y lo maldigas. Así que en realidad se fastidian mutuamente sin saberlo (bueno y en este capítulo aún más XD) Pues este es uno de esos fics en los que se llevarán mal y acabarán progresando ouo Lol, Vivir en cadenas. XD

Bueno y eso es todo por esta vez,

¡Nos vemos en el siguiente capítulo!

Miruru.

retomó el camino que le quedaba para llegar a su empresa.