Mi odiado vecino

Capítulo 2

Francis Bonnefoy, ejecutivo de éxito, creía en unas cuantas cosas firmemente. La primera de ellas era el amor a primera vista. Ese momento en que unas miradas se cruzaban por primera vez, el corazón se aceleraba y, entonces, sabías que querías vivir para siempre con y por esa persona.

La segunda cosa en la que creía era el sexo sin compromiso. Lo consideraba la máxima expresión de comunión entre humanos. Bueno, de acuerdo, aquello sonaba religioso y, teniendo en cuenta que estaba relacionado con el sexo, quedaba raro. ¿Qué había de malo en no estar ligado a nadie? Disfrutar esporádicamente de caricias, besos, la compañía de otro ser humano que, al igual que él, deseaba amar y ser amado durante un rato.

Y, después de lo que había ido ocurriendo durante las últimas semanas, Francis también creía en la amistad con desconocidos. Y cuando decía eso se refería a gente de la que no sabía ni el nombre. El destino, caprichoso, había hecho que su camino se cruzara con el del español sexy de cabellos castaños indomables y hechizantes ojos verdes. Una vez en el supermercado (en el cual se saludaron desde lejos), otra en la cola para comprar cupones (donde estuvieron un rato charlando sobre el dineral que se dejaba uno para intentar salir de la pobreza y vivir el sueño de ser millonario) y más tarde en una cafetería. El chico había entrado para comprar una caña de crema recubierta con azúcar y él estaba sentado tomando un café mientras leía la prensa.

Francis le había hecho un gesto con la mano para que se acercara y había tenido que insistir hasta cuatro veces para que le dejara invitarle a tomar un café. Consideró que había merecido la pena. El muchacho charlaba animadamente de un día en el que se había tomado un café y le había sentado de pena. Le parecía hipnotizante la manera en que gesticulaba. Lo más irónico del asunto era que ni siquiera sabía cómo se llamaba. Hasta el momento no había tenido la necesidad de saberlo.

Eran dos personas, dos anónimos, charlando sobre la vida y pasando un buen rato. Sin embargo, a medida que el rato iba pasando y que el francés sentía que realmente conectaban, empezó a querer preguntarlo. La conversación se murió de repente (y Francis no sabía ni de qué había tratado) y esos ojos verdes le miraban curiosos. Sus labios formaban una afable sonrisa y el rubio tuvo que poner toda su voluntad en no mirarlos por demasiado rato. Le devolvió la sonrisa.

- Tengo que serte sincero. Viendo que nos llevamos bien, empieza a intrigarme bastante tu nombre -dijo Francis.

- Ah, es cierto. No nos hemos presentado. Yo me llamo Antonio. -dijo el español.

- Me es familiar...

- Tengo un nombre muy común. La península ibérica está plagada de Antonios. Seguro que lo habrás escuchado miles de veces por la calle. -replicó después de reír brevemente.

- Supongo que será eso. -dijo Francis sonriendo derrotado por esa lógica tan sencilla pero aplastante del joven- Yo me llamo Francis, Francis Bonnefoy.

La sonrisa de Antonio ahora se quedó congelada. Ese nombre SÍ que le era familiar. Ahora que lo pensaba, el rubio era claramente francés. Aunque en según qué palabras no se notaba apenas, en otras podías escuchar esa inconfundible tonada francesa.

- Espera un momento. ¿Dónde vives?

- Ah, pues el edificio más hermoso e imponente de Madrid. Al menos según mi criterio, vamos. Vivo en el Edificio el Soleado. Está en la calle...

La frase de Francis quedó interrumpida por el grito que pegó Antonio. Su dedo índice le señalaba como si acabase de cometer una gran atrocidad. El galo arqueó una ceja ante este incomprensible comportamiento. ¿Qué se supone que acababa de ocurrir?

- ¡Yo también vivo ahí! -exclamó Antonio.

- Un momento... -dijo Francis, que ahora empezaba a encajar piezas.

- ¿Eres el inquilino del segundo primera? ¡¿Eres ese Francis Bonnefoy?

- ¡¿Tú eres el del segundo segunda? ¿¡El de los escobazos en la pared!

- ¡El mismo! -dijo Antonio observándole con expresión ofendida- ¡No seas cabrón, devuélveme mi felpudo!

- Lo siento mucho, no sé de qué me estás hablando -dijo Francis sonriendo con sorna. Oh, claro que lo sabía. Pero ver esa cara de frustración le había gustado demasiado.

- ¡Serás...! Tiene una tortuga adorable, ¡claro que la conoces! ¡La has visto mil veces adornando mi puerta.

- Es culpa tuya, tú empezaste la guerra. -dijo Francis apurando su café- Además, no he olvidado lo del CD.

Ahora el que sonrió con sorna fue Antonio. Él tampoco lo había olvidado. El día siguiente estuvo riéndose cada vez que lo recordaba. Oh, Carmen de Mairena. ¡Qué glorioso momento le había proporcionado! Hubiese pagado por ver la cara que se le había quedado cuando tuvo el gatillazo.

- ¡Además! Otra cosa muy grave... -dijo Francis seriamente. Movió el dedo índice y le señaló acusadoramente- ¡No eres un cincuentón amargado y barrigón!

- ¿Eh? -fue lo único que atinó a decir Antonio, con una ceja arqueada.

- Eres un vil mentiroso... Comportándose de esa manera tan amargada. Tendrías que haber sido un cincuentón viejo, quejoso, divorciado y sin ningún atractivo... ¡Y MÍRATE! -se mordió el labio inferior de manera dramática- ¡Estás bueno!

- En serio... ¿Qué? -dijo Antonio con cara de póquer. No entendía al rubio.

- Estabas intentando engañarme. ¡Era tu última venganza! ¡Intentabas seducirme, llevarme a la cama y luego dejarme en evidencia!

- Creo que estás muy equivocado. ¡Y baja la voz! -exclamó en un susurro- La gente nos está empezando a mirar raro.

- Ah, señor Antonio, su mente es retorcida a más no poder. Pero no se engañe. Debajo de este escultural cuerpo y este hermoso y angelical rostro digno de una pared de la más hermosa iglesia renacentista italiana se encuentra un corazón fuerte que tendrá que rechazar su pecaminosa ofert-

El "angelical" rostro de Francis recibió un golpe de periódico por parte de Antonio. El galo se llevó las manos a la cara, horrorizado.

- ¿¡Estás loco! ¿¡Y si me deja marca!

- Es un periódico, no te vas a morir de ello... -dijo el español a desgana. No iba a ser compasivo porque pusiera esa mirada de cordero degollado. ¡Le había quitado su felpudo de tortugas y estaba mosqueado!

- No tienes corazón alguno. Eres muy raro.

- ¿Raro? ¡Tú sí que lo eres! ¿¡Qué demonios te pasa todos los días! ¡Eres peor que un putero! ¿Es que no puedes pasarte ni un maldito día sin meterla en algún agujero?

- No.

Antonio se sintió irritado ante esa rápida y escueta respuesta. Cómo había cambiado la situación... De la concordia y la amistad a una rivalidad y discordia profundas. Ese era el hombre que le había estado haciendo la vida imposible en los últimos meses. Ese era el hombre que por las noches tenía sexo con medio mundo en su piso y que no le dejaba dormir por los gritos que pegaban. Ese hombre era el que luego se quejaba si se ponía a tocar la guitarra. Y encima era un chulo playa que se creía que era la víctima de todo aquello. Se incorporó y metió la mano en el bolsillo.

- No irás a sacar una pistola, ¿verdad? -dijo el francés con gesto asustado.

- Me haces desear tenerla de verdad -replicó Antonio sin expresión alguna en el rostro. Era irritante hasta en eso. Finalmente dio con lo que buscaba y dejó unas monedas sobre la mesa, las cuales resonaron por unos segundos hasta que se quedaron totalmente quietas sobre la superficie lisa- El euro y veinte de mi café. No quiero que me invites y deberte ningún favor. Nos veremos las caras, Bonnefoy... Quiero mi felpudo de vuelta.

Francis observó cómo su vecino se marchaba por la puerta. Se reprendió mentalmente a sí mismo cuando se encontró mirándole el trasero. ¡Es que estaba bastante bien formado! O al menos esa era la impresión que le había dado. El pantalón no era lo suficientemente ceñido como para saberlo. Miró las monedas y de repente cayó en la cuenta de algo.

- Maldita sea. Si tu estúpido café cuesta dos euros... -murmuró levantando la vista hacia la puerta.


Desde el numerito del café, Francis no había vuelto a hablar con su vecino más que para soltarse lindeces del estilo: "eres un cabrón", "ni se te ocurra joderme de nuevo", "lo pagarás caro". Por primera vez en su vida, el galo se había planteado si no sería buena opción mudarse a otro sitio. Después había sacudido la cabeza con fuerza, había recuperado su voluntad. ¡Si alguien tenía que irse ese era Antonio!

Subió los pies descalzos al sofá de tapicería blanca y presionó el botón de encendido del mando de la tele. En su regazo descansaba un recipiente de cristal que contenía una macedonia de frutas que se había esmerado en preparar. Era lo que necesitaba en esos momentos. Había tenido un día estresante en el trabajo, tratando con tanta gente que ni siquiera sabía qué era lo que quería. Por eso había llegado a casa, se había ido quitando la ropa por el camino (iría directa a la lavadora) y había tomado un baño, con sales de lavanda. Ahora le tocaba cenar ligerito.

Una vez terminado, dejó el cuenco sobre la mesa y se acomodó más en el sofá. Sobre las diez de la noche, su calma se vio interrumpida por un portazo en el piso contiguo. Entrecerró los ojos y miró por el angosto pasillo hacia la puerta, como si tratara de ver a su vecino. Es que mira que era descuidado. Ya podría pensar un poco en los demás, para variar. El rumor de otra persona en la residencia contigua no se apaciguó por unos minutos. De repente todo era quietud.

Francis suspiró aliviado. ¡Por fin iba a poder terminar de ver la película bien! A las once y media, el sueño lo abrazaba y le hacía dar cabezadas en el sofá. Dio las gracias cuando por fin salieron los créditos. Apagó el aparato y se incorporó mientras pegaba un sonoro bostezo y se estiraba como si fuese un gato que acababa de levantarse de la siesta. Cuando llegó a su cuarto, se dejó caer sobre la cama y pegó un suspiro. Qué pereza le daba ponerse el pijama... ¡Se sentía tan adormilado...!

Y en el instante justo en el que ya casi estaba dormido, escuchó un quejido ahogado que le hizo abrir los ojos y estar alerta. No supo si se lo había imaginado o lo había escuchado de verdad hasta que lo oyó de nuevo. Esta vez fue seguido del ruido de un vaso caer al suelo, seguido de un "¡Mierda!", seguido de una exclamación de dolor.

El francés apoyó las manos en la colcha y se incorporó. Su gesto mostraba confusión e indecisión. Se dejó caer de nuevo sobre la cama. No tenía ninguna responsabilidad moral para con su vecino. En dos minutos, Francis se había incorporado del todo y buscaba las llaves de casa. Una vez las halló, salió de su piso y se quedó plantado delante de la puerta de su vecino. Con el dedo índice a un centímetro del timbre, el galo bajó la mirada. Se fijó de repente en que el español había comprado un nuevo felpudo, tenía forma redonda y un tomate pintado. Miró con gesto congelado la esterilla. Dios santo, ¡le gustaba un montón! Lo cierto era que, en su mente, le había pasado la descabellada idea de pedirle que se la diera a cambio de devolverle la de tortugas.

Sacudió la cabeza. Ahora no era el momento de perderse en divagaciones. Tenía que recordar aquellos ruidos. No era normal. Se decidió y pulsó el botón del timbre. Suspiró y esperó pacientemente. Recuperó una expresión serena cuando los cerrojos empezaron a sonar. Tanto Francis como Antonio se miraron el uno al otro con sorpresa mal disimulada. El desconcierto del hispano se debía a que su vecino llamaba a la puerta tarde por la noche. No era algo habitual. Bueno, es que nunca había llamado a su timbre porque sí. La sorpresa de Francis se debía al lamentable aspecto que ofrecía Antonio. Su rostro estaba perlado en sudor frío, además estaba pálido y sus ojos llorosos. Si no eras perspicaz se te podía pasar por alto el ligero temblor que se apoderaba de su cuerpo.

- ¿Qué quieres? -preguntó bruscamente Antonio. El rubio salió de su sopor momentáneo.

- He escuchado ruido desde casa y... No es que me importe, ya sabes. Pero bueno... Sigues siendo mi vecino y me preguntaba si te encontrabas bien.

- Estoy perfectamente.

- Ah... Encima mentiroso. -replicó el galo entrecerrando los ojos- Estás pálido y tiemblas. Yo creo que no estás bien.

- Estoy b- -Antonio cortó la frase a la mitad y se encorvó hacia delante. Las manos se fueron al estómago y un quejido ahogado se escapó por la comisura de sus labios, fuertemente apretados. Francis se apremió en sujetarle un poco, ya que su vecino se había tambaleado y por un momento temió que fuese a desplomarse.

- No, ya lo creo que no estás bien. Ven, te llevaré a tu habitación.

- No vas a... conseguir que quiera montármelo contigo, francés pervertido... -murmuró el español aún con la voz compungida por la oleada de dolor.

- ¿Pero por quién me tomas? ¡No voy a aprovecharme cuando parece que te va a dar algo en cualquier momento! -rebatió ofendido.

El de cabellos castaños no se quejó más y su vecino lo tomó como la aceptación de la ayuda que le había ofrecido. Le pasó el brazo por la cintura y puso el del hispano por encima de su hombro. Había propuesto cargarlo en brazos pero Antonio, a pesar de tener un aspecto lamentable, le había mirado de una manera que le había helado la sangre. Mejor no tentar al diablo.

No se fijó ni en cómo era el piso de su vecino siquiera. Estaba pendiente de cualquier expresión en el rostro de éste que denotase que se iba a morir en cualquier instante. Francis nunca había sabido reaccionar ante las situaciones adversas. Mucha gente le había llamado cobarde, aunque algunas personas tenían razón. No era mentira la historia de aquella vez que le entró el pánico y salió corriendo, abandonando a todo y todos a sus espaldas. Se bloqueaba. No es que lo hiciera a propósito. Dejó que Antonio se recostara en la cama y lo primero cuando estuvo tumbado fue echarse de lado y hacerse un ovillo, las manos sobre el estómago.

- ¿Qué te pasa? Estás preocupándome de verdad... Y odio tener que admitirlo. -dijo Francis mirándole con la inquietud en cada músculo de su rostro- No tendrás una enfermedad terminal, ¿verdad? ¡He estado metiéndome contigo todo este tiempo! ¡No puedo haber estado fastidiando a un moribundo!

- No me mates antes de tiempo, gabacho... -contestó Antonio a desgana. Era un ruidoso- He comido tomate y soy alérgico.

- ¿Eh? ¿Por qué has hecho tal tontería? ¿Es que eres masoquista? -preguntó alarmado el galo.

¿Que por qué lo había hecho? Todo se resumía a que se sentía miserable. Y en aquel instante en el que se veía al borde de un abismo negro, sólo pudo pensar en una cosa que le animaría. Deseó comer tomates aunque sabía que luego se arrepentiría cada segundo que su agónica reacción alérgica le hiciera pasar un mal rato. Tampoco es que lo pasara mal siempre. Algunos tomates le hacían daño, otros no. Era como jugar a la ruleta rusa. Ese día le había tocado bala. De las grandes.

- Los motivos no te incumben. -entrecerró los ojos cuando notó otra punzada de dolor- Después de todo, no te importa lo que me pase. N-no quiero explicarte nada.

Francis arqueó una ceja después de ese comentario. Qué grosero. Era una manera de hablar. No quería decir que sí que se preocupaba y le importaba (un poco. Eran vecinos y durante un breve periodo de tiempo se habían llevado bien). Pero claro que lo hacía. Suspiró de manera inaudible y siguió observándole. Pues mira qué cara le había salido la broma de comer tomates a sabiendas de que era alérgico. Tenía pinta de estar sufriendo bastante. Entonces se percató de que la respiración del español estaba más pronunciada, como si le costara tomar el aire.

- ¿Estás bien? Respiras más fuerte.

- E-estoy bien... -mintió Antonio. Francis se dio cuenta por la forma en la que su voz había sonado, cansada.

- Mira, yo no sé de alergias pero tiene pinta de que no está yendo a mejor. Voy a llamar a urgencias para que envíen una ambulancia o a algún ATS.

- ¡NO! -Francis pegó un respingo ante la fuerza con la que el español había gritado. Le miraba con los ojos desorbitados, como si aquella fuese la idea más horrible que nunca hubiese pronunciado- No llames al hospital.

- Pero est-

- Estoy bien. ¿Ves? Mi respiración... Ya es normal. -y sí, lo era. De repente Antonio tomaba aire sin problema alguno- El dolor de estómago es lo de siempre. No hace falta que llames.

El galo arqueó una ceja. Bueno, si eso es lo que quería, él no se podía negar. Era el español el que se encontraba mal y, ahora que ya no tenía ningún problema respiratorio (quizás ni lo había tenido. Puede que hubiese sido su imaginación), no tenía ningún motivo por el que desobedecer aquella especie de orden que el hispano le había dado. Al fin y al cabo, sólo eran vecinos.

- Deja que al menos te traiga un poco de agua. Tu voz suena reseca. -dijo Francis con resignación.

- Los vasos están en el armario de dos puertas al lado de la entrada de la cocina. Gracias. -le indicó, ahora más tranquilo, Antonio.

Cuando regresó, el hombre de ojos verdes parecía apunto de dormirse. No entendía cómo había cambiado tanto la situación en tan pocos minutos. Aunque una parte de él se alegraba. Le dejó el agua en la mesilla y lo examinó. Realmente parecía estar mejor.

- ¿Cómo vas?

- Me duele menos. Tengo sueño, eso es todo. -contestó con voz somnolienta- Puedes irte ya, lo peor ha pasado.

- Estoy en el piso de al lado. Si ves que te duele más, puedes llamar a mi puerta. -dijo, sin poderlo resistir, Francis- Sería un fastidio si te murieses a media noche, ¿sabes? -añadió intentando quitarle sarro al asunto- Y si te escucho quejarte, vendré a aporrear tu puerta.

- ¿Y si no abro? -dijo con media sonrisa Antonio. Ese hombre le parecía bastante curioso.

- Si no abres, tiraré la puerta abajo. -contestó, sonriendo contagiado por la expresión del rostro del hispano.

- No te rompas el hombro contra mi puerta. Haz el favor. Luego me pedirás daños y perjuicios y te los va a pagar tu tía.

- Qué poca confianza. -replicó riendo brevemente el rubio. Acercó una mano y le dio dos palmaditas suaves y reconfortantes en la cabeza a Antonio- Descansa. Mañana será otro día.

El español le miró sorprendido por aquella acción y lo único que pudo hacer fue afirmar con la cabeza y darle de manera escueta las gracias. Observó la figura de Francis perderse por el pasillo y se llevó una mano a la cabeza, al lugar donde la mano de su vecino se había posado.


En el manual mental de comportamiento de Francis Bonnefoy había una serie de directivas por las cuales siempre tenía que comportarse con un glamour exquisito. La tranquilidad era un valor que admiraba por encima de todo. Admiraba el saber hablar a un tono moderado de voz mientras, a tu alrededor, cientos de españoles parloteaban unos cuantos decibelios por encima de lo tolerable para el resto de los europeos. Otro valor que apreciaba era la compostura.

Bien, pues esos dos valores los había perdido en cosa de segundos. Se hallaba preparando lo necesario para el desfile de modelos de su empresa, que tendría lugar la semana siguiente. Se agachó para sacar cosas de una de las cajas que habían llegado directamente desde la sede de la empresa, metió las manos entre los cachitos poliespán y de repente sintió un dolor punzante. El quejido que soltó retumbó por las paredes de la sala. Su asistente, Pierre, también de origen francés, se acercó a él.

- Señor Bonnefoy, ¿se encuentra bien? -preguntó con preocupación.

Pero Francis estaba ocupado en sacar el brazo de dentro de la caja, con cuidado, y ver qué era lo que había sucedido. Una vez fuera, se fijó en el corte que tenía su antebrazo. Algo afilado debía ir dentro de la caja puesto que el tajo no era superficial. Era más profundo en el centro y sangraba bastante.

- ¡AH! ¡Sangre! ¡Estoy sangrando! ¡Voy a morir! -gritó Francis horrorizado por completo. Sentía su corazón latir desbocado y no podía dejar de pensar en que eso haría que se desangrara antes.

- ¡Cálmese, señor Bonnefoy! -gritó intentando hacerse oír por encima de su superior, que por supuesto seguía chillando. Corrió hasta un lado, cogió una toalla y volvió al lado de Francis. Presionó la herida con la tela y eso sólo logró que soltara un jadeo ahogado- Vamos a ir ahora al hospital, con calma.

- ¿¡Calma! ¿¡Qué calma! ¡Si vamos tan tranquilos, palmaré antes de haber llegado! ¡Ya sabes cómo son las salas de urgencias en España! ¡Moriré rodeado de viejos y gente llena de mocos y que no para de toser! ¡Es horrible!

Pierre había salido de su pequeña casa en el sur de Francia con tan sólo una mochila en la que tenía unas cuantas prendas de ropa, la identificación y otros pocos enseres personales. Tampoco tenía demasiadas cosas en casa. Sus padres habían llorado mientras él preparaba aquella mísera maleta. Cómo acabó en España era una historia muy larga pero se había sentido orgulloso de poder trabajar junto a gente de renombre. Además, admiraba a ese hombre que ahora estaba sentado en el asiento del copiloto, asiéndose la toalla con fuerza mientras gimoteaba que iba a morir y que deseaba un funeral por todo lo alto. El pelo de Pierre nunca había sido tan brillante, ni adoptaba esa forma ondulada cuando se lo dejaba largo. Por eso había tenido que cortárselo bastante. Otra cosa que destacaba del muchacho es que, a pesar de ser rubio, tenía los ojos de color azabache. Su madre decía que tenía descendientes latinos.

El aspecto no era lo único que admiraba de Bonnefoy. También le fascinaba ese carácter atrevido, descarado, pícaro. Era un hombre que fácilmente podría tener el mundo en la palma de la mano y comérselo. Aspiraba a llegar tan alto como él.

Francis chilló casi como un cerdo en el matadero cuando llegaron a urgencias. Exponía con vehemencia que se estaba desangrando y, que si moría allí, Pierre iba a encargarse de denunciarles a todos. La recepcionista, con expresión imperturbable, le dijo que le llamarían enseguida y que esperara con paciencia. Mientras caminaban hacia la sala de espera, Francis seguía proclamando su indignación a los cuatro vientos, mintiendo y diciendo que era alguien tan importante que, como se muriese, hasta el mismísimo Juan Carlos I vendría para denunciarles.

- Tranquilo, señor Bonnefoy, seguro que pronto le atienden.

- Como no sea pronto de verdad, seré fiambre. -dijo casi al borde del llanto.

Pierre dio gracias a dios cuando llamaron a su superior. Le dijo que le guardaría la chaqueta y su maletín mientras lo atendían y que esperaría fuera. Francis, con la mente en las palpitaciones que sentía en el brazo, cruzó por aquellos pasillos que le recordaba al escenario en el que se desarrollaba la serie Urgencias, muy famosa en España. El médico estaba de espaldas. Aquella parsimonia hizo que el galo se pusiera más nervioso. Se iba a morir... ¡SE MORIRÍA JOVEN Y BELLO!

- ¿Y bien? ¿Qué le ha ocurrido? -preguntó el médico sin tan siquiera girarse. ¿¡Es que no podía prestarle atención aunque fuera un segundito! Necesitaba que le mirase y ver que su expresión era relajada. Si ponía una cara rara, juraba que se moriría ahí mismo del susto.

- ¡Me he cortado con una hoja de hierro afilada! -exclamó horrorizado. No sabía ni con qué se había cortado pero llegados a este punto Francis dramatizaba más de lo normal- Me estoy muriendo, ¿verdad? ¿Cuántas horas me quedan? ¿Me dolerá? ¡Dígame que no!

Paró toda la parafernalia cuando vio de frente al médico, que se había girado y le observaba atónito. Se frotó un ojo pero seguía viéndole de la misma manera. El doctor tenía el rostro de Antonio y tampoco parecía dar crédito a lo que estaba viendo.

- Oh, mon Dieu... Ya estoy en las últimas, doctor. Estoy delirando. Le veo con la misma cara de mi vecino. Son alucinaciones. ¡Estoy desangrándome!

- N-no chilles. No son alucinaciones. Es que soy tu vecino. ¿Es que te tengo que encontrar por todas partes? Tú no podías ir a parar con otro médico, no... -la casualidad tenía a Antonio completamente abrumado.

- ¿Eh? ¿Antonio? ¿Eres enfermero en el hospital? -replicó Francis ahora más calmado. Sí, era su vecino, el no-cincuentón. Nunca se había preguntado en qué trabajaba.

- Rectifico. Soy médico. Normalmente estoy en la consulta... -el español tomó el brazo del francés entre sus manos, le apartó la toalla, enrojecida por la sangre, y lo levantó para poder observar el corte- Pero hoy me han traído a urgencias. Está movidito el asunto. Mi jefe me pidió que viniera a echar una mano.

- Entiendo... Así que eres médico. -Francis examinó con la mirada la vestimenta de su vecino. No hubiese imaginado que encontraría atractivo verle vestido de aquella manera ya que Francis no había tenido nunca fetiche con los médicos.

- Voy a tener que darte puntos.

- ¿De puntuación? -dijo Francis con pavor.

- No. Puntos de puntos de sutura. -contestó Antonio mientras se iba hacia una mesilla, cogía unos guantes de látex nuevos y se los ponía. Se fijó en la cara de terror del francés y dibujó una sonrisa cordial- No te preocupes, soy bueno cosiendo. Además, prometo que no voy a coser donde no toca como venganza por mi felpudo desaparecido.

- Por favor, te lo suplico, no me tortures. -el rubio se asió con fuerza a la manga de la bata de médico.

- Era una broma para intentar que te relajases. No voy a jugar con mi profesión tan sólo por un felpudo. Hago esto por vocación. -volvió a tomar el brazo- No mires y mientras ve contándome cómo te has hecho esto.

Mientras Francis intentaba ignorar las punzadas (algunas no podía ignorarlas y se quejaba. Entonces Antonio le animaba diciéndole que ya casi estaban y que lo estaba haciendo muy bien. Era como si animase a un niño pequeño) le empezó a contar la versión exagerada de cómo se había hecho el corte. En esta nueva versión heroica, Francis había rodado y esquivado todo un conjunto de luces, que se había desplomado del techo y que casi le había aplastado el cráneo. En realidad el español apenas escuchaba la historia. Estaba más concentrado en coser de manera que no le fuese a quedar luego marca en el brazo por el corte. Una vez terminado, puso gasas y empezó a vendar.

- ¿Ves? Ya está. Eso es todo. Notarás la herida palpitar durante un rato. Es normal. Te recetaré algo para la inflamación y el dolor. Te lo tomas durante una semana como máximo y luego lo dejas.

El rubio se sobó el brazo vendado una vez que Antonio ya había terminado y observó cómo garabateaba letras sobre una receta. El hispano se veía bastante bien enfundado en esa bata de médico. Despertó de su ensoñación cuando le tendió las recetas. Estiró la mano y las tomó.

- ¿Y puedo ducharme normal? ¿Me puedo rascar? ¿No me saltarán los puntos? ¿Y si se me saltan durmiendo y muero desangrado?

Antonio rió ante esa retahíla de malos augurios.

- Sé que no debería decir esto, pues es poco profesional, pero lo diré igualmente. Ya que estoy al lado, si ves que en algún no te sientes bien, puedes venir a casa. Seguramente tendré un par de minutos para mirar que todo va bien con tu brazo.

- Gracias... Me quedo más tranquilo. -dijo Francis después de suspirar aliviado- Por cierto, ¿qué dirían tus compañeros si supieran que el médico es tan inconsciente como para comer el alimento al que es alérgico sabiendo las consecuencias que eso le trae?

El galo tenía una sonrisilla juguetona en el rostro. Adoraba tener el control de la situación y ahora lo tenía. El rostro de Antonio era inexpresivo.

- Si no quieres que lo siguiente que te cosa sea la boca, seguro que no dirás nada a nadie, ¿verdad? -replicó finalmente.

- Eres un médico muy agresivo... Me gusta.

Antonio arqueó una ceja ante la frase y aquella expresión seductora que Francis traía en el rostro. Al ver que una de sus mejores armas no tenía resultado alguno, el francés se encogió de hombros y se despidió de su vecino. Bueno, algo no había sido broma: Antonio de médico le gustaba bastante. Pero sólo porque era una fantasía sexual bastante sugerente.


Tecleó la información referente al último paciente que terminaba de abandonar su consulta hacía escasos segundos. La enfermera, Rosa, de treinta y cinco años de edad, se adentró de nuevo en la estancia cargando con una carpeta sobre la que tenía apoyada una hoja con los nombres de los pacientes que tenía que visitar durante el día.

- Su siguiente paciente se queja de un malestar que no sabe de qué le viene. Es uno de esos que al parecer no tiene ni idea de qué le ocurre y viene por puro pánico. -Antonio rió irónicamente por un segundo. Su tipo preferido de paciente sin duda. Y, por si no se notaba, era todo lo contrario- El nombre es Francis Bonnefoy.

Ahora se le quedó cara de tonto. Estuvo deseando decirle que le comunicase que se marchara, pero eso hubiese quedado mal en su historial como doctor. Bajó la vista y le indicó que le hiciera pasar. La sonrisa pícara que el galo portaba le molestó por un momento. Calma, quizás le pasaba algo de verdad.

- "¡No le pasa nada! ¡Está sonriendo como un imbécil cuando el otro día no dejaba de llorar como una nena!" -pensó Antonio con amargura- Siéntese por favor.

Bonnefoy tomó asiento en aquellas enclenques sillas de plástico. Se echó hacia delante, apoyó los codos en la mesa y miró al español de manera expectante. Antonio arqueó una ceja. No sabía con cuál iba a salir ahora. No entendía a Francis. Bueno, tampoco es que lo hubiese intentado con ahínco.

- He venido a hacerte una visita. -la sonrisa del rubio se ensanchó, con una expresión similar a la de un niño que ha cometido una travesura y no ha sido descubierto.

- No sé si te has enterado de que soy un médico de verdad y que tengo pacientes de verdad que esperan a que les atiendan. ¿Te pasa algo o no?

- ¡Claro que me pasa algo~! ¿Por quién me has tomado? ¿Por alguien que vendría a que su vecino le visitase en el hospital por puro ocio?

- Justo eso mismo.

- Qué desalmado. No sé qué concepto tienes de mí.

- ¿Y bien? -dijo Antonio arqueando de nuevo una ceja- ¿Qué es lo que te ocurre?

- Me duele por ahí, en el estómago, cuando hace humedad y también cuando no la hace. Aunque no siempre. A ratos.

- Eres malísimo mintiendo, ¿lo sabes? -replicó el español entrecerrando los ojos. Pegó un suspiro resignado, se levantó de la silla y caminó hasta quedar a la vera del francés- Déjame ver el brazo, que no se diga que te he echado extrañamente pronto.

Francis le miró confundido pero acabó aceptando aquella petición. Con sumo cuidado retiró el vendaje, desinfectó los puntos y volvió a cubrirlos mientras le explicaba que ya pronto sería recomendable que se quitara el vendaje y dejara a la herida respirar para que se terminase de curar. El rubio afirmaba con la cabeza y añadía alguna pregunta que se le iba ocurriendo sobre la marcha.

- Gracias por todo, doctor Fernández. -dijo el francés guiñando un ojo y sonriendo- Creo que ya me siento mejor.

- Anda, tira para tu casa, farsante. -replicó Antonio con aire risueño.

- Ya volveré a venir a verte, vecino doctor.

- Ni se te ocurra. Tengo pacientes de verdad a los que les quitas el turno con tus falsas e inexistentes enfermedades.

- Pero se te veía apagado y gris. Con lo que siempre te gusta hablar, hoy te veías callado y hasta triste. Sin embargo, con mi inexistente enfermedad he logrado que vuelvas a sonreír. ¡Ya lo sé! ¡Yo también soy médico!

- No. No lo eres. Vete ya de mi consulta. -dijo Antonio con indiferencia y frialdad.

- Tsch... Me da igual lo que digas, voy a venir de todos modos, ¿y sabes por qué? -inquirió con una sonrisa traviesa el francés, ya en el marco de la puerta. Viendo que el español no contestaba insistió- ¿Sabes por qué?

- ¿Por quééé...? -murmuró pesadamente

- Porque me gusta demasiado verte con esa bata de médico. Estás bien sexy.

- Vete de una vez y déjate de tonterías. -cortó Antonio.

Se quedó mirando la puerta ya cerrada. Suspiró y se pasó la mano por la cara. Ni se había dado cuenta de que no estaba comportándose como normalmente. ¿Por qué él era el único que le había dicho algo? Ningún compañero de trabajo le había mencionado nada. Apoyó el codo en el escritorio y recargó la cabeza sobre la mano, aún pensativo.

- Espero que no vuelva a aparecer por aquí... -murmuró para sí mismo- Rosa. Dile al siguiente paciente que ya puede pasar.


Otro capítulo más ouo Pues sí... Antonio es médico lol. XDDD Es que iba a hacer que fuera profesor de colegio o algo así pero roleo AU y es la profesión que le suelo poner así que no me apetecía. Y pensé que tenía que ser algo que no fuera típico ya que empecé con eso. Y de repente se me ocurrió que podría ser médico.

Otra manía es poner a Pierre humanizado en mis AU. Me parece el compañero ideal para Francis. No lo puedo evitar xDDD.

No tengo mucho más que comentar así que paso a los reviews.

Nightview, jajaja sus guerras... Bueno es que todo el mundo lo convierte en un amante de los tomates y pensé: boh, quiero cambiar. XD Espero que te guste el capítulo. Gracias por leer :)

Tanis Barca, no creas ò.óu Cuesta un poco y yo tampoco considero que sea un humor genial el que tengo, la verdad XD. Va bien desencasillarlos un poco de vez en cuando. Uouo, ánimo con ese fic :D

Ariadonechan, omg, ¿moriste? ¿Y has revivido? ¿Bolas de dragón? XDDD ¡Claro que sí! Una de las mejores cosas para que se baje la libido de la gente lol. Le dará amor, pero con el tiempo xD No avanzaré nada si no es en presencia de mis abogado (¿) Da igual, como cocinero me refería a cualquier cosa que hiciera en cocina. Hasta postre o pasteles. El problema es que el chico es masoquista y se arriesga con la alergia. Toño tiene un disco con Carmen de Mairena porque se descargó la canción y la grabó en un cd, lol.

Candy, jajaja pues sí, al paso que va hubiera sido capaz de pensar que es un abuelo. En general la gente suele ir con unas cosas muy abstractas. Tienen mérito los médicos xD Espero que te haya gustado. Un saludo~

CrisMatsumoto21, ¿Tus vecinos son así? Oh Dios, te acompaño en el sentimiento xDDDD. Los AU tienen la magia de tener situaciones del día a día y todo eso. Espero que te guste el capítulo, gracias por el review ouo

Yuyies, no puedo dejar el Frain, es lo que hay xD. Ha sido un poco cruel pero es por cambiar un poco. Que en todos los fics es como si fuera su amante. Pues ahora no puede comer tomate sin arriesgarse. Igualmente lo come xD es idiota. Yo creo que también me hubiera reído, como Antonio xD. Ya has visto su reacción xD Un saludo~

Misao Kurosaki, omg ¡cuánto tiempo! ¿Mi fic te hizo volver? Wow, me siento halagada ouo Igualmente puedo recibir reviews que no estén firmados así que sin contraseña hubieras podido dejarlos. Me alegra que te puedas meter tanto dentro de la historia. ¡Esta pareja es amor! Un saludo y abrazo~

Nolimy-kun, jajaja, ¿te enganchan? -Miru feliz- Ah, bueno. En Naruto juraría que no escribí nada de parejas porque no era muy fan de ninguna ._. XDDD Cúlpame de que te guste el Frain, no me arrepiento de nada -baila- Habrá limones :D No pongo rating M en vano xD

Y eso es todo por esta vez.

Gracias por los reviews.

Nos vemos en el siguiente capítulo (intentaré poner uno por semana, lo juro).

Miruru.