Mi odiado vecino

Capítulo 3

Había pasado casi un mes desde que su vecino se presentó por casualidad, caprichosa a más no poder, en el hospital en el que trabajaba. Después de aquello, se había personado de nuevo con excusas patéticas y había dicho que volvería a visitarle. Antonio se lo había tomado como otra de esas cosas extrañas que su vecino decía y que no ocurrirían. Pero había sucedido, sí. A la semana, Francis había ido a su consulta con la excusa de un dolor de cabeza que no se le iba (mentiras). La lista de enfermedades que el galo se había ido inventando había sido cada vez más absurda.

Al principio, Antonio había insistido mucho en que se marchara enseguida, aunque Francis siempre se las apañaba para alargar al máximo su visita. Después, el mismo español había dejado que el tiempo pasara cuando el pesado de su vecino venía a verle.

Abrió la taquilla de aspecto oxidado en la que guardaba sus enseres personales. Después de dejar la bata, pasó por la sala en la que los médicos podían descansar y allí se encontró con Rosa, que se estaba preparando un café junto a Saray, que trabajaba en el área de pediatría.

- ¿Ya te vas, Antonio? -preguntó Rosa con una sonrisa.

- Sí. Ya he visto suficientes personas enfermas por hoy. Empiezo a sentirme enfermo yo también. -dijo riendo.

- No todos fueron enfermos. Ese chico vino de nuevo. ¿No es estupendo? -dijo la mujer con picardía.

- ¿Eh? ¿Ese chico? -preguntó Saray- ¿No está enfermo y viene?

- Sí. Viene a verle y charlar un rato con el doctor Fernández. Después de eso siempre se queda con una sonrisa en el rostro y se vuelve más parlanchín de lo normal.

- ¡Eso no es cierto! -dijo Antonio sonriendo avergonzado- No es que me alegren sus visitas.

- ¿De quién estáis hablando? -dijo una voz profunda de hombre.

Los tres miraron hacia la puerta. Allí un hombre de unos treinta años, cabello corto negro y ojos oscuros les observaba sin ninguna expresión definida. Vestía una bata blanca abierta y debajo portaba una sobria camisa blanca y unos pantalones grises con líneas blancas. Su nombre era David y trabajaba en ese mismo hospital, como jefe del área de Rosa y Antonio.

- Ah, de un hombre rubio y de ojos azules que viene a ver a Antonio y a hablar con él.

- ¿Ah, sí? -dijo David clavando ahora la mirada en el español- ¿Es un ligue?

- ¿Eh? ¡N-no, no, no! ¡No es ningún ligue! ¡Por supuesto que no! Tan sólo es un amigo muy pesado. -se fijó en que su jefe abría la boca, quizás para hacer más preguntas, así que se apresuró a añadir- Bueno, yo ya me iba. ¡Nos vemos mañana entonces!

Aunque se ganó reprimenda de una compañera de trabajo, Antonio corrió hasta alejarse de aquella sala. Por poco...


Eran las diez de la noche cuando Francis, después de haber escoltado a una hermosa joven que había conocido en el trayecto que había desde el metro hasta su casa, había llegado a su piso. Al abrir la puerta, la correspondencia que había recogido en el buzón, en el portal del edificio, se le había resbalado y había caído todo al suelo. Una caligrafía familiar, en un sobre impoluto, le llamó la atención. Se agachó, recogió todo y, después de incorporarse, se había apoyado contra el marco de la puerta. Con el dedo, de manera meticulosa, abrió el sobre sin romperlo y extrajo el folio doblado que se hallaba en el interior. Olía a lavanda. Sólo con eso, ya tuvo la certeza de que era de quien imaginaba.

Los ojos azules se movían de izquierda a derecha siguiendo cada una de las palabras que su remitente había escrito. El rostro de Francis siguió imperturbable ante todo lo que había leído. Escuchó el ruido del ascensor subir, pero no hizo caso. Lo que le despertó de su ensimismamiento fue el sonido de las puertas abrirse. Los pasos de una suela de goma sobre la baldosa pulida resonaron por todo el piso. Incluso cuando pasó por delante de él, el galo no levantó la vista.

- Buenas noches, Antonio.

Y aquí se rompió la normalidad. No obtuvo ninguna respuesta. Sólo escuchó el sonido de las llaves del español buscando la cerradura de manera inútil. El ceño del francés se arrugó y levantó la mirada. El aspecto sudoroso y pálido del español fue como un aviso a bombo y platillo de lo que ocurría.

- ¿Has vuelto a comer tomate? ¡Eres alérgico! ¡Tú que eres médico deberías comprender este tipo de cosas!

- Cállate. Las comprendo. La semana pasada comí y no me pasó nada. -replicó de mal humor, aunque sin levantar el tono de voz, Antonio.

- ¡Pero eso es como jugar a la ruleta rusa! Espera. Ni se te ocurra entrar solo a casa en ese estado. Cuidaré de ti un rato. -dijo el francés entrando en casa, soltando la correspondencia en el mueble del recibidor y volviendo a salir.

- No necesito que cuides de mí. No necesito que nadie lo haga, m-maldita sea...

Francis lo sujetó cuando vio que se encorvaba y se llevaba las manos al estómago. Le quitó las llaves de la mano y por fin abrió la puerta. A tientas encontró la luz. Daba gracias a que las casas fueran como dos gotas de agua (sólo que a la inversa).

- ¿Cuánto rato hace que has empezado a sentirte mal?

- Unos minutos...

- Así que la reacción alérgica está empezando... -murmuró Francis mordiéndose el labio inferior. Seguía cargando a Antonio, dirección a su habitación.

Tal y como había imaginado, la situación fue a peor. El dolor de estómago era cada vez más fuerte, el sudor frío y la palidez de su rostro más intenso. Por un momento, Francis pensaba que parecía una estatua de cera digna del museo Thyssen. Pero no era lo que más le preocupaba, no. Desde hacía un rato la respiración de Antonio estaba rara. Por momentos le costaba respirar y después parecía que se calmaba. Aunque cada nuevo momento en que le faltaba el aire era peor. Su respiración sonaba seca, como si las vías respiratorias se le estuvieran cerrando parcialmente. Intentó convencerle de que debían ir a Urgencias, pero Antonio demostró ser más tozudo que él. Así pues, tomó el móvil que llevaba en el bolsillo, se ausentó al baño y desde allí llamó al hospital. Le pidieron que lo trajera y les contó el asunto por encima. Entonces le informaron de que mandarían a un ATS al lugar.

Cuando colgó, Francis se sentía culpable a pesar de saber que había hecho bien. Regresó a la habitación y miró al español. Pensaba que no podía ponerse más pálido y se equivocaba de manera estrepitosa (o eso, o su imaginación le estaba jugando malas pasadas).

- Sé que vas a enfadarte por esto pero era lo correcto. -empezó Francis de sopetón. Los ojos verdes de Antonio le observaron confundidos- He llamado al hospital.

- No... -murmuró el hispano intentando que le dijese eso mismo, que no había llamado.

- Han dicho que van a enviar un ATS ya que tú no quieres ir allí.

- … ¿Cómo te has atrevido...? Ahora se van a enterar todos... ¡I-Incluso mi jefe! -el rostro de Antonio expresaba estupefacción.

- No va a ser para tanto. Eres un médico un poco masoquista que ama los tomates y que, aunque les tiene alergia, los come. ¡No te van a echar por algo así! Lo que no puedes hacer es quedarte aquí siempre que estás así. Un día te morirás.

- ¡Si quiero morirme, es mi problema!

Había chillado tanto que el oxígeno le faltó de repente e inspiró a trompicones. Francis le miró con gesto preocupado. ¿Por qué esa insistencia? ¿Qué lógica reinaba en su cabeza para que no viera que era una tontería ocultar eso a costa de su salud? El timbre sonó entonces.

- No abras... -dijo en un susurro ahogado el español.

- No digas estupideces, tengo que abrir. Ya que tú no sabes ser responsable, yo lo haré por ti. A pesar de todo somos amigos, ¿no? -murmuró seriamente el francés.

Cruzó el estrecho pasillo hasta llegar al pequeño recibidor. La decoración del español era mucho más sencilla. A decir verdad, prácticamente inexistente. Cuando abrió la puerta, sus ojos se toparon con unos de color azabache que le miraron durante lo que le pareció una eternidad sin que su dueño dijera una sola palabra. Francis arqueó una ceja. Si no fuera porque llevaba la vestimenta de los ATS, se hubiese preguntado quién era ese hombre. De repente sonrió de manera agradable.

- Hola, soy el ATS. He venido porque hemos recibido una llamada. -dijo el hombre- Soy David, el jefe de Antonio.

- Yo soy-

- Presentaciones en otro momento. ¿Dónde está?

El francés guió al hombre de vuelta a la habitación en la que descansaba Antonio. Cuando vio a David, abrió los ojos verdes, llorosos, con sorpresa e intentó articular dos veces palabra, sin éxito. El médico se fue hacia el lado y lo empezó a examinar con expresión seria.

- D-David yo...

- Ay, Antonio... Ya sabes que no deberías comer tomates. Te lo advertí la última vez... -dibujó una sonrisa y le dio dos palmadas suaves sobre sus cabellos castaños- No te preocupes, vas a estar bien.

- Lo siento... Lo siento mucho... -dijo el de ojos verdes bajando la mirada con culpabilidad.

- ¿Puedo ayudar en algo? -dijo Francis después de carraspear. Se había quedado fuera de la conversación por completo y eso, a él, le parecía un crimen. Le gustaba ser el centro de atención.

- No te preocupes, yo me encargo de la situación aquí. Tú puedes marcharte a casa. -dijo David observándole serio. Luego volvió a sonreír apurado- No tiene sentido que estemos dos personas aquí cuando sólo una puede hacer realmente algo. Además, en un rato se quedará sopa después de lo que le tengo que inyectar.

La mirada azul de Francis pasó del jefe de Antonio, al mismo hispano. En aquel momento parecía querer decirle algo pero no supo bien el qué. Suspiró y se llevó la mano derecha a la nuca.

- Supongo que tienes razón. Me voy a casa entonces. ¿Necesitas algo más, Antonio? -porque parecía querer decirle algo.

- Gracias. -murmuró el hispano desviando la mirada. Francis sonrió resignado. Le parecía un comportamiento bastante adorable.

- No hay de qué. Tú céntrate en recuperarte por completo.

Cuando abandonó el piso y se adentró en el suyo, el galo se encontró a sí mismo pensando algo que después encontró que era bien extraño. Por un momento había deseado tener conocimientos de medicina para haberse podido quedar cuidando de su vecino. Sacudió la cabeza. El sueño ya le estaba fundiendo la única neurona operativa que había dentro de su cabeza.


- ¿Me perdonas~? -dijo Francis poniendo la mejor sonrisa conciliadora y tendiendo una caja de bombones hacia donde se encontraba el español, observándole apático- Vamos~ No puedes estar eternamente enfadado conmigo.

- Tan sólo ha pasado un día. Y no tendrías que haber venido siquiera a mi consulta para esto. Si te encuentras bien, no tiene sentido que aparezcas por aquí.

- Sí, me encuentro mal. Viendo cómo te lo has tomado, mi conciencia me impide dejar pasar ni un sólo segundo más. Venga, perdóname~

- Déjate de tonterías y sal fuera para que pueda atender a mi próximo paciente. -dijo Antonio cogiendo un fajo de papeles y mirándolo atentamente.

- ¿Al menos puedes confirmar que mi brazo sigue bien? Llevo tres días que cuando llega la noche me duele un poco. No sé si es que está sanando bien o que se ha infectado y voy a morir.

- Eres un dramático... -suspiró pesadamente el español. Observó el corte. Estaba bastante curado, seguramente podrían quitarle los puntos pronto. Se estaba recuperando bien- Te voy a dar cita con otro médico para que te quite los puntos la semana que viene.

- ¿Eh? ¿Tiene que ser otro médico? He tramitado todo para que tú seas mi médico, ¿y ahora me vas a mandar a otro? Me sentiría más tranquilo si terminases tú de quitármelos.

- Estoy ocupado con otros asuntos, tendrás que conformarte con que te visite otro doctor. Además él decidirá si todo está bien, que para eso es traumatólogo.

- No eres nada mono cuando estás enfadado. -dijo enfurruñado el francés. Se incorporó, tomó los papeles y sus cosas y salió de la consulta.

Estaba apunto de irse del hospital cuando se fijó en que llevaba en la mano los bombones que había comprado especialmente para Antonio, para que le perdonase. Era una bonita caja roja con un lazo encima enganchado y una nota que había hecho él mismo, con su caligrafía redondeada. Pensó en llevársela a casa y comérsela él. Total, el español no parecía tener ganas de aceptar sus disculpas. Al menos a corto término. Miró la caja y finalmente se decidió a regresar a la consulta.

Caminó sobre los pasos y abrió la puerta con cuidado. Quería pillar desprevenido al hispano y así poder ver la cara que se le había quedado tras haberse ido. Quizás estaba llorando porque no soportaba estar enfadado con Francis, pero su orgullo le impedía admitirlo. Sin embargo, la escena que observó fue muy diferente. Antonio se encontraba apoyado contra una pared y pegado a su cuerpo se encontraba el de su jefe, que estaba muy entretenido en apoderarse de la boca del de cabellos castaños. Francis se quedó observando con cara de póquer, sin saber si debía decir algo. Tampoco podía decidir si era ético o no estar mirando la cara de Antonio con fijación. Cerró la puerta sin hacer un solo ruido y empezó a caminar mientras cavilaba.

Ahora le cuadraban muchas cosas. Antonio tenía una relación secreta con su jefe. Por eso no quería que llamase al hospital. Sabía que estaría trabajando ese hombre, David, y que lo más seguro es que aquella noticia le tomase por sorpresa y lo inquietase. Por aquel motivo Francis se había sentido apartado cuando éste había hecho acto de presencia en el piso de su vecino. Una vez fuera del hospital, se sentó en un saliente al lado de las escaleras y esperó allí durante horas. Si lo pensaba, era una manera estúpida de malgastar su día de fiesta.

Antonio Fernández se sentía agotado después de un día de trabajo. Bostezó y se desperezó mientras bajaba las escaleras del hospital. Encima aún tenía que ir a buscar el metro.

- Vaya, ¿por qué no me lo habías dicho antes? Entonces no hubiese insistido tanto en venir. Tampoco hubiese llamado aquella noche, supongo

- No sé de qué estás hablando ahora mismo, Francis. De hecho no entiendo qué haces aquí aún. Hace ya como dos horas que te visité.

- Os vi. ¿Cómo era su nombre? Ah, sí. David. Uah~ Es como una película. Un romance tórrido y prohibido con el jefe. -dijo Francis con aire divertido. No se percató de que Antonio le miraba molesto- Si quieres, puedo ser vuestro confidente y-

Francis recibió un puñetazo que lo dejó del todo desconcertado. No entendía a qué venía aquello. Se llevó la mano a la mejilla, rojiza, y miró al español sin comprender. Antonio le miraba enfadado.

- Nadie te ha dado vela en este entierro, así que no te involucres en lo que no te concierne, Bonnefoy. Y otra cosa te voy a decir: ni se te ocurra pasarte por mi consulta nunca más. No te voy a negar un saludo si nos cruzamos en el pasillo del edificio en el que vivimos pero aléjate de mi trabajo. Ni se te ocurra volver. Y esos bombones te los puedes quedar. Que te aprovechen.

Mientras observaba cómo el español se alejaba, a grandes zancadas, Francis volvió a frotarse la mejilla. No lo entendía. ¡Debía ser él el que estuviese enfadado! ¡No sólo le ocultaba cosas a pesar de ser amigos! ¡Además le había pegado una bofetada! Miró los bombones y suspiró pesadamente. ¡Pues se los pensaba comer!


Hacía una semana que Antonio le había pegado una bofetada. Desde entonces lo había visto en contadas ocasiones. Una en el pasillo del edificio y después se cruzaron en la calle cuando Francis llegaba a casa y él salía. Se dirigieron un escueto "hola" y poco más. Sin saber el motivo verdadero, Francis empezó a sentirse ofendido ante aquello. Era verdad que debería haberse comportado de otro modo. No tenía porque meterse en relaciones de otras personas. Si Antonio quería tener un romance con su jefe, él no era el más indicado para comentar nada. Las diferentes aventuras de Francis con la gente le habían traído infinidades de problemas.

A pesar de todo aquello, no consideraba haber dicho una barbaridad. ¡Ni que hubiese dicho que había asesinado a alguien! La noche del jueves decidió que tenía que hacer algo al respecto. Así que, la mañana del viernes se escaqueó del trabajo y desobedeció la amenaza de Antonio. El hospital estaba lleno de gente como siempre. Camuflándose entre éstas, Francis logró colarse por los pasillos por los que Antonio frecuentaba y estuvo buscándolo por allí.

Empezaba a perder ya la esperanza de encontrarlo cuando, de repente, escuchó una voz familiar exclamando y después otra voz que la mandaba callar. Francis aguantó el aliento para escuchar mejor de dónde provenían esas voces. Llegó a un despacho y se asomó por la rendija abierta de la puerta. La sala estaba desordenada, con carpetas por todas partes. Antonio tenía las manos apoyadas sobre la mesa, sus mejillas estaban encendidas y su bata de médico desabrochada. La camisa azul que llevaba había sido sacada y medio levantada y, las manos que se habían encargado de eso eran las de David, que se encontraba detrás de él. El jefe de Antonio se entretenía besando el cuello y manoseando el torso del de pelo castaño.

- David... n-nos van a pillar... No hagas esto. -dijo el de ojos verdes ladeando el rostro para intentar verle.

- Nadie va a pillarnos, Antonio~ Me siento atraído por ti. Es normal que desee tenerte. ¿No vas a dejar que finalmente te haga mío? Eso me haría tan feliz...

- ¡N-no! -exclamó Antonio con cierto terror. David se apresuró a chistarle para que no elevase el tono de voz. Si gritaba tanto entonces sí que les pillarían.

- Está bien, está bien... -dijo sonriendo con perfidia sobre su cuello- Entonces deberé conformarme con escuchar tus suspiros cuando te toco.

Francis había estado apunto de irse hasta que escuchó aquella exclamación de Antonio. Entonces observó la cara de éste y se dio cuenta de que su rostro no expresaba precisamente placer. Normalmente, a pesar de que uno podía estar más o menos satisfecho con el emplazamiento en el que tenía un momento de intimidad con la pareja, en el rostro solía haber ese placer que el estar tan cerca de la persona que amas, sintiendo su presencia tan cerca, solía proporcionar. No obstante, Antonio parecía estar reprimiendo sentimientos. Entonces pensó que algo no cuadraba.

- No ha vuelto a venir ese hombre, ¿verdad?

- Ya te lo dije... es un amigo que apenas veo. Como siempre, l-le gusta desaparecer y ya no ha venido más. No bajes la mano... Por favor.

- Con lo que yo he hecho por ti y que tú te fueses a pasar el rato con ese rubio. Estás aquí por mí, ¿lo sabes? Por eso debes agradecérmelo. No pienses que ahora puedes echarme a un lado y seguir con tu vida. Yo te ayudé en ese momento. Sin mí, a saber en qué rincón de mala muerte estarías... -llevó una mano más abajo, acariciando por encima la entrepierna del de pelo castaño, el cual apretó las manos sobre la mesa y cerró los ojos en un gesto compungido.

Francis tenía el puño apretado también, aunque no lo había hecho conscientemente. Se alejó de allí unos pasos, con una expresión molesta. Se paró y miró hacia el despacho en el que los dos hombres se encontraban. Se mordió el labio inferior y retomó su camino.

Antonio Fernández Carriedo ponía todo su empeño en mantenerse inmóvil mientras las manos de David volvían a recorrer su cuerpo de nuevo. No podía luchar contra su actual jefe. Por mucho que le acosara de ese modo, no podía decir nada porque todo lo que había dicho era cierto. El sonido de la megafonía del hospital resonó por cada pasillo.

"Se ruega al doctor Antonio Fernández Carriedo que se presente en la recepción, tiene una visita."

- David, tengo que ir... -murmuró sintiéndose aliviado al sentir aquella llamada por megafonía.

- Déjales. No será tan importante. -dijo David besando de nuevo su cuello.

- ¡Antonio! ¡Señor Antonio! -se escuchó una voz familiar llamarle

- Tengo que ir, David. -dijo Antonio poniendo distancia finalmente entre su jefe y él mismo. Llevó las manos a la camisa y se la bajó y la introdujo por dentro del pantalón. Luego se abrochó un par de botones de la bata.

El corazón le latía desbocado en el pecho cuando salió del despacho de su jefe. Había dado dos pasos cuando se encontró de frente con Francis. ¿Qué hacía allí? Es más, ¿por qué parecía tan enfadado? De un par de zancadas acortó la distancia que había entre ambos. Asió la muñeca del español y empezó a tirar de él.

- ¡O-oye! ¿Qué haces? ¡Francis! -se quejó- ¿Por qué estás aquí? ¿Vas a contestarme o no?

David, asomado al pasillo, divisó sin expresión alguna como un hombre de cabellera rubia tiraba del de cabellos castaños.

El francés no había articulado ni un solo vocablo. Ignoró todos los gritos del español, que le demandaba explicaciones, y salió del hospital aún arrastrando consigo a Antonio. Una vez estuvieron más separados, Francis le soltó y le miró molesto.

- ¿Por qué? -inquirió el francés. Antonio arqueó una ceja. La ira tiñó el rostro del rubio, el cual alzó el tono de voz la siguiente vez que habló- ¡¿Por qué dejas que haga eso? ¡Ese tío es un desgraciado! ¿Qué es toda esa mierda de que se lo debes? Con el carácter que tú tienes, ¿por qué dejas que haga lo que quiera? Deberías dejarle claro que no quieres nada con él. Deberías apartarte e impedírselo. No te gusta, eso está claro, he visto tu cara. Cuando dos personas se acercan tanto, -Francis aproximó su rostro al del español y una mano parecía ir a tocar la mejilla, pero en ningún momento lo hizo- es para sentir esa descarga eléctrica de tensión en el momento justo antes de que ambos cuerpos se toquen y quedarte sorprendido por el aumento de ésta. -recuperó la distancia que existía entre ambos entonces- Pero en tu caso no es así. Entonces ¿para qu-?

- ¡Lo sé! ¡Lo sé! ¡Lo sé! ¡Cállate! -el enfado y la frustración se habían apoderado del rostro del hispano- Claro que no me gusta que me toque. Lo odio. Pero si no fuese por ese hombre, yo ahora no tendría trabajo. Me dijo que había intervenido a mi favor y al poco me llamaron del hospital. Yo pensaba que era sólo un hombre amable pero... Pero entonces empezó a acercarse mucho, cada vez más. Y siempre me amenaza con contárselo a alguien para que entonces me despidan. ¡No puedo perder ese trabajo! ¡Yo vine a Madrid buscando un empleo que me proporcionara dinero! ¡Por mucho que deseara romperle la boca, no puedo!

Francis suspiró, se aproximó a Antonio y lo atrajo hacia sí mismo. Sus brazos rodearon el cuerpo del hispano, el cual se tensó ante aquella acción inesperada. El galo olía dulce. Le recordaba a algo de su infancia, pero no sabía a qué en concreto.

- ¿Qué haces? -dijo el español después de unos segundos en silencio.

- Parecías apunto de echarte a llorar, así que estoy dándote un abrazo para que te sientas mejor.

Los ojos de Antonio se abrieron más, con sorpresa. ¿Llorar? ¿Parecía apunto de llorar? Ni siquiera él se había dado cuenta de eso. Pero de repente sintió un nudo oprimiéndole el pecho y atascándole la garganta. Inclinó la cabeza sobre el hombro del francés y allí, intentando mantener un absoluto silencio, empezó a llorar. ¿Por qué? ¿Por qué Francis tenía que preocuparse así de este modo?

- Tranquilo, todo irá bien. -dijo el francés buscando tranquilizarle.

- Deberías dejarme... solo. No te metas en esto -dijo con voz llorosa el español.

- No te voy a dejar solo, Antonio. Estaré a tu lado. Si necesitas hablar con alguien, puedes hablar conmigo. Si necesitas que te ayude, pídemelo. Eres mi amigo.


Eran las ocho de la tarde cuando llegó a casa. Francis dejó las llaves en el cuenco de cristal y por un momento se quedó escuchando el rumor de gente charlando en el piso contiguo. Eran dos voces graves. Se dirigió hacia la cocina, abrió la nevera y echó un vistazo a la comida que había dentro. Tomó una ensalada que le había sobrado de la noche anterior y la dejó en la encimera.

El rumor de las voces empezó a ser más fuerte y de repente había gritos. Una de las voces era de Antonio, la reconocía de cuando otras veces le había chillado por hacer ruido con sus ligues. En cambio, la otra voz no la distinguía, pero también gritaba. Francis dejó el cuchillo con el que estaba cortando las hortalizas y desvió la mirada hacia la pared que quedaba pegada al piso vecino. Viendo que no entendía nada, siguió de nuevo cortando las hortalizas. Y entre toda esa inconsistente verborrea, Francis pudo discernir una palabra.

"David"

Casi se cortó el dedo al escuchar aquello. Dejó el cuchillo sobre la encimera y, frunciendo el ceño, volvió a mirar a aquella pared. Antonio seguía gritando. Entendió "suéltame" y poco más. Se escucharon ruidos de cosas caerse, un golpe seco y de repente nada. El corazón se le iba a salir por la boca. ¿Por qué de repente no se sentía nada más? Corrió hacia fuera y golpeó la puerta del 2º 2ª.

- ¡Antonio! ¡Abre la puerta! ¡Antonio!

Empujó con fuerza la puerta y ésta se abrió. Por un segundo se quedó estático. ¿No estaba encajada totalmente? Llamó al número de emergencias y en un susurro dio la dirección y les explicó brevemente qué había ocurrido. Una vez había colgado, desoyó las recomendaciones y entró, sigiloso y atento a cualquier sonido. Lo único que se escuchaba era una voz. La empezó a seguir hasta que se hizo entendible.

- Te vas a poner bien, Antonio... -dijo la voz de David- Te llevaré a casa conmigo y así nadie nos separará...

- Serás hijo de puta... -murmuró Francis cuando llegó a la sala de estar y fue testigo de lo que estaba ocurriendo.

Había una silla en el suelo y también un revistero de madera, cuyo contenido estaba desparramado por doquier. Las mejillas de David estaban rojizas, como si hubiesen recibido algún impacto. Estaba agachado y velaba por el cuerpo inmóvil de Antonio. Tenía un golpe en la frente que sangraba un poco y estaba inconsciente.

- ¿Qué le has hecho? ¿Es que no tenías suficiente con el acoso en el trabajo? Puede que tú le ayudaras para que consiguiera ese trabajo, pero eso no lo convierte en tu esclavo sexual.

- No es ningún esclavo. Yo lo quiero para mí y él acabará viendo que también me desea. Y no le hice nada, se cayó y se golpeó sin querer. Ahora se viene conmigo a casa.

- Ah, no... Tú no te lo llevas a ninguna parte.

- Ya se lo he dicho... Eres una molestia. De hecho hoy no había venido a visitarlo a él, -dibujó una sonrisa que al galo le puso el vello de punta- Francis Bonnefoy.

Se echó hacia atrás a tiempo de evitar un puñetazo de David. El rubio podía ser un llorón y un cobarde, pero ahora no había tiempo para eso. Ese tipo intentaba herirlo después de haber hecho eso mismo a Antonio. No sabía qué era peor. O quizás sí pero no tenía tiempo para pensarlo. Después de esquivar otro intento de golpe, Francis le dio con el puño izquierdo en toda la mandíbula. Media sonrisa triunfante se le dibujó en el rostro y fue borrada con la misma rapidez por culpa de un golpe de David. Ahora lo tenía enfrente e intentaba llevar ambas manos a su cuello para tratar de estrangularlo. Le pegó una patada en el estómago, David retrocedió y chocó contra una lamparita, que se hizo añicos. Cuando volvió a venir a por él, Francis detuvo su avance sujetando los hombros y en ese instante una fortísima punzada de dolor en su muslo izquierdo provocó que perdiera el equilibrio y cayese al suelo. David había usado un trozo de la lamparilla rota para cortarle. Ahora volvía a dirigirse hacia él, acercando aquel trozo a su cuello. Francis temió que aquel fuese su fin.

- ¡Quieto! ¡Policía!


¡No me matéis! ¡P-por favor! ;_; Y-yo juro que la semana que viene sin falta publicaré el siguiente capítulo. N-no os haré esperar tampoco demasiado... Lo sieeentooo... Ahora entendéis un poco por qué en el primer capítulo Antonio estaba deprimido. O por qué comía tomate para animarse. David es un cabrón. Odiémosle xDDD.

No sé qué más comentar del capítulo ô_o... Paso a los reviews.

Kitshunette, owo.. I really don't know why xDDD Ahahaha the drama scene of Francis. Why are you sexy? XD He's stupid xD Yeaaah~ with the most awesome ass eveeer! XD

Tanis Barca, Jajaja pues sí. Es como una película en la que sonaría música de sorpresa y sólo le faltó pegarle más fuerte xD Bueeeno~ Ya veremos lo que tarda en caer. Ay sí, es eso. Ascendencia. Tengo que cambiarlo. Gracias ouo. No tenía ni idea y creo que ese día se me fue el dedo xD

Nightview, wow espectacular... ¡Gracias! Se conocen por todo lo grande y no salen de una para meterse en otra (?) xDDD Espero que no deje de encantarte ;u; Gracias~

Ariadonechan, uah... Te emocionas... ;u; -se emociona también- Lo de Carmen de Mairena no lo superarás XD Cuando escuches esa canción algún día te acordarás de Francis y Antonio y reirás y no podrás contarlo y te tomarán por loca xDDD A mí me pasará igual xDDD. Espero que te guste el capi~

Eakeles, uouo de un tirón xDDD Bueno al principio tenían piques de vecinos pero bueno eso se pasa, como puedes ver. Yo puedo verlo como un médico sexy~ hohoho~ Pues no va a dejar tan fácilmente de visitarle xD Hombre y Francis es monoso, es lo que hay~

Candy, El dinero se lo dio mal por despiste. Él quería quedar como un señor pero se confundió de lo que tenía que pagar xD. Ahora que lo dices... cierto... mucha manía con el felpudo xDDD A ver si es que tiene algún fetiche xDDD. Por eso mismo le he puesto los ojos negros a Pierre xDDD Para recordar al pajarillo ese XDDD

Misao Kurosaki, jajaja XD Yo también puedo imaginarle bien gritando y dramatizando que se va a morir por un cortecito. Hombre claro, si tiene que explicarle algo a Antonio pues que sea impresionante y que le deje sorprendido xD ouo Gracias por el review~

Nolimy-kun, creo que nunca podría hacerlo torero... no sé xD Al principio quise alargarlo mucho pero pensé que si por otra parte estaban quedando y siendo amistosos, no tenía sentido que no se preguntaran el nombre. Y Francis no es que sea un nombre tan común xDDD Hubiese sido raro alargarlo tanto. Juas, bueno algún spance puedo que escriba pero no sé. De momento estoy con esto. De hecho quería subir un lemon que me salté en un fic y se me ha olvidado. Ya lo pondré por ahí xD Antonio no es un uke como los de toda la vida. Llorón y que está en plan virgen. "¡Francis! ¡Tómame!" JAJAJA NO. Es bastante activo y puteador XD Jo, confundida OTL xD

Tomato-no-musume, wah... ¿lo amas? Me siento halagada. ¡Tenemos que extender el amor por Pierre humano! Me parece un personaje cool. Más que Picadilly boh. Pierre es mejor XD. Me pareció curioso eso de trauma con el felpudo xD. Gracias a ti por dejar review y leer :D

Yuyies, Es que el shock de Francis ha sido demasiado fuerte xD Entonces tampoco ha podido reaccionar demasiado y ya luego se le ha ido pasando xD Sí, sí, le echa la culpa por unas cosas que... XDDD Pobre franchute... No está tan salidoo xDDDD Pierre es el mejor xD Soy pro-Pierre xD Me alegra que te rieses ouo Un saludo~

Hethetli, de médico es más hot xD Unas acusaciones muy estúpidas realmente XD. Le gustan los felpudos porque son muy raros pero a la vez adorables XD. Sí, es Pierre humanizado xDDD Claro que se lo imaginará con trajes de médico. ¿¡Cómo no hacerlo!

Y eso es todo por esta vez.

Nos vemos en el siguiente capítulo~.

Miruru.