Mi odiado vecino
Capítulo 5
La situación en el trabajo se estaba enrareciendo día tras día. Sus compañeros apenas le dirigían la palabra y le trataban como si ante cualquier comentario sobre David pudiera morirse en el sitio. Y, sin embargo, nadie se acercaba a él para preguntarle cómo se encontraba. Todo esto le había importado bien poco cuando Francis se iba pasando por su casa día sí, día también. Pero aquello hacía cosa de una semana que se había terminado.
Echaba de menos su presencia, reírse durante rato sobre tonterías y meterse con la gente. Aunque había otro pensamiento que se resistía a marcharse de su cabeza. Aquella frase que había ido repitiendo Francis, aquella que daba por sentado que Antonio se arrepentía. SI se arrepentía de haberlo asaltado de aquel modo era por no poder recordar todo. Aunque sí podía rememorar el momento en el que se habían besado y sabía que no se podía comparar a los besos que David le había dado. En esos instantes en los que él se quedaba helado y que sentía que el contacto era hasta repugnante.
No era para nada igual. El roce de sus labios había sido ardiente y le había dejado un buen sabor de boca, deseoso de más. Pensándolo fríamente, no se arrepentía de los besos. De lo que sí se arrepentía era de no haber sabido reaccionar. Francis le había dicho que podía irse si quería y a él le había sonado a que quería que se fuese. Después de aquello, parecía que la amistad se había terminado también.
Mucho había odiado a su misterioso vecino pero ahora todo aquello quedaba atrás. Le caía bien. Sentado en la sala de descanso del hospital, con una taza de color rojo entre las manos, Antonio suspiró pesadamente. Llevaba cosa de dos días pensando qué sería mejor decirle. Cuando llegó a su apartamento, se sentó en el mueble y se quedó mirando la pintura blanca de la pared fijamente. Así estuvo, elucubrando, hasta que escuchó el ascensor llegar a la segunda planta. Su corazón empezó a latir rápido. Seguía sin saber qué iba a decir pero no podía dejarlo pasar por más tiempo. Cuanto más pasara, más raro sería todo.
Salió al rellano y se encontró a Francis a su lado, metiendo las llaves en la cerradura de la puerta. El rostro del hispano adoptó un cariz decidido.
- Francis.
- Buenas noches, Antonio. -replicó el francés sin siquiera entornar el rostro para mirarle.
- Francis, quiero decirte algo. -murmuró el español indeciso.
- Lo siento pero tengo algo de prisa. Estoy esperando una llamada, otra vez será.
- Escúchame un momento. No tardaré demasiado. Sólo quería decirte que te has hecho una idea equivocada. Crees que yo me arrepiento de lo que ocurrió aquella noche. Si me fui de tu casa fue porque pensé que deseabas que me fuera ya que tú no repites con tus amantes. Y de repente parece que ni quieres verme. Aunque no quieras que nos besemos, me gustaría poder ser amigos... Eres el único que he tenido desde que vine a Madrid. No hace falta que me contestes ahora. Ya no te entretengo más. Buenas noches.
Antonio giró sobre sus talones y caminó dos pasos hasta llegar frente a la puerta de su casa.
- ¡Eh, espera! -dijo Francis con enfado- ¿¡Sueltas un discurso digno de político y ahora te vas sin más?
- ¿¡De qué te quejas! -dijo Antonio girándose para encararle- ¡Me has dicho que tenías pris-!
Con el golpe que pegó contra la puerta, empujado por Francis, la cerró. Las manos del galo estaban sobre sus brazos y los apretaba contra la madera, no dejándole lugar a una posible huida. Al pensar que en cualquier momento alguien podría pasar y verles hizo que el corazón le latiese más deprisa. Cuando puso distancia entre ambos, Francis suspiró inaudiblemente y le miró fijamente con aquellos profundos ojos azules.
- En algo tienes razón: no repito con mis amantes. Es una norma que me impuse a mí mismo. Pero si te dije que te fueras no fue por ese motivo. Y creo que no me importaría repetir contigo. Si quieres te lo demuestro.
- ¿Eh? No. Noo...
- Bueno, yo tenía que intentarlo. -dijo Francis tras reír brevemente. Le dio un beso en la mejilla al español- Pensé que podríamos ser amigos con derecho a roce~
- No, creo que no. -replicó calmadamente Antonio. El galo rió resignado.
- Aw, qué frío ha sonado eso. Bueno, -se encogió de hombros y se apartó sonriendo con jovialidad. El de cabellos castaños pensó que su vecino se veía bastante contento- supongo que amigos a secas está también bien.
- No es por fastidiar pero te está sonando el teléfono. -dijo Antonio señalando la puerta del segundo primera.
- Ah, merde! Bueno, ya hablaremos. Buenas noches, Antonio.
Después de guiñarle un ojo, Francis se adentró en su piso corriendo. El hispano acabó por sonreír mientras miraba la puerta. Menuda prisa se había dado. Su rostro expresaba la felicidad que le inundaba por dentro. Después de haber pensado que volvería a quedarse solo por completo, veía que las cosas se habían arreglado con el galo. Abrió la puerta de su piso y se dispuso a prepararse una buena cena para celebrarlo.
Una semana. Una miserable semana había pasado intentando resistir. Una semana de casi sufrimiento. Y, sin embargo, se había encontrado delante de la puerta del segundo primera y su dedo había presionado el timbre antes de poderlo siquiera pensar. El corazón se le había acelerado a medida que escuchaba los pasos amortiguados acercarse hacia la entrada. El sonido de su respiración le martilleaba en los oídos y con éste crecía la indecisión. Observó el rostro de su vecino, el cual se había iluminado al verle, le había saludado, con su característico acento francés, y le había invitado a pasar dentro.
El piso de Francis le gustaba. Destilaba una clase que el suyo no tenía. Los muebles eran todos nuevos y la pintura, brillante, deslumbraba a los ojos. Olía a incienso por las diferentes estancias, le parecía que era lavanda, pero no estaba seguro. No escuchó las preguntas que Francis le hacía, estuvo entretenido en observar unos cuadros que adornaban la pared a su izquierda.
- No imaginaba que fueras el tipo de persona que se pone a quemar barritas de incienso con olores.
- Bueno, no me desagrada. -dijo después de reír Francis, avergonzado- Aunque estas me las han regalado. No soy muy dado a la lavanda. ¿Cómo van las cosas en el trabajo? ¿Ya has conseguido que te hablen con normalidad?
- No. El ambiente sigue raro y yo no tengo ganas de hablar más con ellos. Les saludo, cuando me comentan algo les sonrío y les contesto... Poco más.
- Lo lamento, Antonio. -expuso el francés apoyando la espalda contra la pared y cruzándose de brazos- Pensaba que las cosas irían bien después de lo de tu jefe.
- ¿Por qué te disculpas? No es como si tuvieses la culpa de todo esto.
Francis sonrió resignado y se encogió de hombros. Parecía la manera perfecta de decir: "Lo sé y aún así me siento mal por ti". Y fue en aquel momento en el que su aguante se fue por el retrete. Todas aquellas palabras que corrían por su cabeza cada vez que Francis se preocupaba por él fueron el motivo perfecto. Antes de percatarse, se había acercado hacia él y había inclinado su cabeza hacia delante. Sin poderlo pensar, sus labios se habían posado sobre los del galo.
Haber dicho que no estaba sorprendido hubiese sido una vil mentira. Francis Bonnefoy se había sentido igual de atónito que la primera vez se habían besado, aquella noche que su vecino llevaba en el cuerpo unas cuantas copas de más. ¿Cómo podía ser tan sorprendente el contacto de sus labios? Aquel leve cosquilleo que se instalaba en su estómago le hacía desear moverse y actuar por su propia voluntad. Se contuvo por un instante.
Los ojos verdes de Antonio se clavaron en los suyos y le miraron con una pasión que le parecía haber visto el día que se había emborrachado como una cuba. La diferencia es que ahora brillaban con más fuerza, con su verdadero color, con su verdadera fuerza. El alcohol había nublado aquella belleza y Francis se sentía atraído por aquellos orbes, como una mariposa que siente una fascinación mortal por la luz y el calor. Apoyó una mano contra la pared para impulsarse, inclinarse hacia delante y esta vez ser él el que besó al español.
Una tensión se había instalado entre ellos al separarse. No dejaban de mirarse a los ojos sin decir ni una sola palabra. Francis realmente no sabía de qué iba el asunto. No sabía por qué Antonio había decidido porque sí darle un beso, aunque no iba a ser él el que se quejase. El español seguía con la mirada puesta en su vecino galo, perdido en la fuerza que sus ojos azules emanaban. Pensó en lo ocurrido: él le había besado de imprevisto, Francis le había vuelto a besar una vez se había separado. En ese momento, volvió a actuar por instinto. Apoyó las manos sobre los hombros de su vecino y se impulsó hacia arriba. Sus piernas subieron y se apostaron alrededor de la cintura de éste y volvió a beber de esos labios.
El rubio jadeó sorpresivamente y se apresuró a mover sus brazos y sujetar las piernas que se enroscaban alrededor de su cintura para sujetar mejor su peso. Había chocado contra la pared. ¿Cómo se las arreglaba para pillarlo siempre totalmente desprevenido? Era ya la segunda vez en menos de media hora. En cuanto Antonio se separó un rato, Francis sonrió de lado.
- ¿A qué se supone que viene esto? No es que me desagrade. En absoluto. -preguntó en un murmullo audible para ellos dos.
- Lo he estado pensando... No me parece mal aquello que me dijiste de ser amigos con derecho a roce.
La risa de Francis, suave, hizo que su pecho vibrara. Pudo sentirla contra su cintura, contra su torso. La boca del galo besó su cuello una y otra vez. Aquella sensación le hizo estremecerse en un par de ocasiones.
- ¿Te gustaría recordar nuestra noche de amor, mi querido vecino? -susurró sobre la piel del hispano.
- Sí... Sí que quiero... -respondió con el mismo volumen de voz.
Algo se le murió por dentro a Francis. No supo que era, aunque no le importó demasiado tampoco. Con los brazos, su vecino español rodeaba su cuello con fuerza, sin querer dejarle escapar. Ni tan siquiera le importó que estuviera caminando (o al menos intentándolo), le besó de nuevo, con pasión. Y una de sus manos se mezclaba entre las hebras rubias de cabello y las acariciaba, junto con el cuero cabelludo. Como consecuencia, Francis perdía la estabilidad y había chocado contra la pared en un par de ocasiones. Aunque aquello no se desperdiciaba. En cuanto tenía al español contra la sólida superficie, el rubio colaba sus manos entre la ropa, o acariciaba aquel bien formado trasero.
¿Cuántos días hacía ya que Antonio luchaba contra su propio deseo? En ese momento le daba la impresión de que era una eternidad. Ese instante en el que la presencia de su vecino había empezado a ser algo que le afectaba más que moralmente. El español se había dado cuenta aquel día que Francis le estaba enseñando un catálogo de alfombras y le preguntaba insistentemente cuál debería comprar. Antonio había repetido mil y una veces que no tenía ni idea sobre esas cosas y que la prueba palpable del asunto era la pobre decoración que tenía en su piso. Como si no hubiese existido hasta ese momento, Antonio se sorprendió al notar la calidez que el cuerpo de Francis desprendía. A su nariz llegó de nuevo aquel olor dulzón. ¿Era una colonia o qué? Seguramente lo era. Además de escuchar la voz suave del galo, también alcanzaba a oír su respiración. Entonces se preguntó desde cuándo estaba tan cerca de él.
Por fin habían llegado a la habitación y Francis le dejó caer sobre ésta. No tardó ni un segundo en echarse sobre él y besarle con deseo. Entreabrió los labios para tomar aire y el galo lo aprovechó para adentrarse en su boca y encontrarse con la lengua del español. Las manos de Antonio se fueron hacia el primer botón de aquella pulcra camisa de seda y lo desabrochó con sumo cuidado a pesar de que sus bocas luchaban insistentemente por un control que no existía.
El siguiente día, después de lo de las alfombras, había tenido que esforzarse al máximo para no quedarse en Babia cada vez que miraba a su vecino. ¿A quién se le ocurría invitarle a ir al cine? ¡Sólo a él! ¡Ese francés idiota que parecía no enterarse de nada! Bueno, era verdad que él era un buen actor para estas cosas y sabía ocultarse tras una máscara de jovialidad y tranquilidad. El muy listo había escogido una película de terror y había proclamado a los cuatro vientos:
- ¡Si tienes miedo puedes llorar en mi hombro! Yo te consolaré todo lo que haga falta~
En ese momento había sentido un tirón en el estómago. ¡Oh, por favor! ¿¡Es que ahora también le afectaría ese tipo de cosas! El muy idiota seguía insistiendo en que si tenía miedo podía agarrarse de su mano. ¿¡Quién querría hacer semejante cosa! Después de dos segundos pensándolo se dio cuenta de que no le importaría. Pero su calvario no se acabó de aquel modo. Eso aún hubiese sido benevolente. Francis, el bravo caballero que le había ofrecido su brazo para llorar si tenía miedo, era el que más acojonado estaba de los dos. No dejaba de hablarle en susurros preguntando si aquel que salía ahora en la pantalla se iba a morir, le llamaba para que le hablara y de repente le había cogido la mano. A pesar de que apretaba con fuerza, Antonio se quedó mirando las manos unidas sin prestar más atención a la película. Fue elevando la mirada hasta el rostro, contraído en una mueca de terror y disgusto. Se veía bastante gracioso. Le entró el pánico cuando notó que Francis entornaba la cabeza. ¡Le había pillado! ¡Oh, joder! Pero la cara de susto le cambió a una de pura incredulidad cuando lo que ocurrió fue que el galo se abrazó a su brazo mientras temblaba y se quejaba de que el cabrón de Pierre (no tenía ni idea de quién era ese tal Pierre) se las iba a pagar, que no le había dicho que la película daba tanto miedo. Antonio miró la pantalla con cara de póquer y el cuerpo en tensión. Francis estaba agarrado a su brazo. Francis. Encima escondía la cara en él para no tener que ver la película cuando se tornaba demasiado horrible para su gusto. En ese momento el español pensó: Quizás me atrae.
Una atracción desbordada en aquel instante en el que ya lo único que les quedaba a ambos era el pantalón y la ropa interior. En ese momento los ojos del francés observaban con deleite cada cambio de expresión, cada momento en el que las mejillas del español se enrojecían más, ese instante en el que sus ojos se entrecerraban al sentir más placer del que había esperado. Sus manos acariciaban de nuevo la cabellera rubia mientras el francés bajaba dejando besos por el torso bronceado del español.
Desde el día del cine, Antonio había empezado a fijarse más en el rubio, en las expresiones que su rostro solía adoptar, en la forma en la que sus mejillas se arrugaban un poco cuando sonreía de corazón, en las diferentes tonalidades que sus ojos azules adquirían según la luz que les llegase. Hasta entonces no se había dado cuenta de lo poco que Francis respetaba el espacio personal. El 90% de las veces en las que le hablaba, el galo o bien se acercaba, o bien le tocaba con la mano, o bien usaba algún apelativo cariñoso (léase mi vecino, mi amigo, mi estimado amigo, etc). ¡Y mira que Francis le había propuesto ser amigos con derecho a roce! ¡Y él había tenido que ser tan inteligente y rechazarlo! Hubiera deseado estampar repetidamente su cabeza contra la pared. Cada nuevo día que pasaba, cada nueva faceta que de repente descubría del francés, le hacía retorcerse por dentro por ser el culpable de que no ocurriese nada más.
Y él mismo se sorprendía por sentirse de aquel modo. Era verdad que aquella no había sido la primera noche de Antonio con un hombre. Había tenido una esporádica relación con un chico, Sergio. No recordaba ni cómo había llegado a dejar que ocurriese. Pero no estaba tan mal. Era buen chico y lo pasaban bien. Entonces él se había mudado a Valencia, habían estado hablando por teléfono todo un mes y de repente, en una conversación, Sergio le dijo que había otra persona. Antonio no era una mujer, no había derramado ni una sola lágrima. Aunque en el fondo se había sentido herido. Había ido a casa de Rodrigo, un amigo muy estricto pero de los buenos, y habían estado jugando a la consola hasta que el sol había vuelto a despuntar por el horizonte. Pero Antonio no podía decir que fuese gay. Era cierto que había tenido relaciones con hombres, pero había tenido muchas más relaciones con mujeres. Se perdía mirando a las féminas despampanantes que pasaran por su lado, había comentado con conocidos qué buena estaba aquella actriz, o aquella mujer que trabajaba en la cafetería. Sin embargo, Antonio no se había fijado demasiado en el mismo sexo. Los chicos no le habían nunca llamado la atención. No iba por la calle mirándoles a ver quién estaba bueno y quién no. El ejemplo de Sergio fue el siguiente: él le dijo que le gustaba y que estaba enamorado, él le dijo que bueno, lo podían intentar y cuando quiso darse cuenta, Antonio deseaba a aquel chico.
Aquella, no obstante, era la primera vez que el hispano, sin que nadie tuviese que decirle que le quisiera y que pasara un largo tiempo, se sentía atraído físicamente por un hombre. Pero es que Francis... Francis era bastante diferente. Con esa media melena rizada por las puntas y esa pobre barba meticulosamente recortada, con esos ojos azules ocultos tras aquellas pestañas bastante largas. Aquellas manos grandes y nada femeninas que trataban con un cariño excepcional. Físicamente, Francis era apetecible. Y cada vez que pensaba que se había enrollado con él y que no recordaba absolutamente, se moría de rabia. Pero él había sido el que le había dicho que sólo amigos. No podía cambiar ahora de opinión sin que su imagen se viese dañada. Quizás Francis ya no deseaba aquello tampoco.
Los brazos del hispano se apostaban alrededor de su cuello. Una mano estaba en la cabeza y la otra descansaba sobre su espalda. El rubio se entretenía besando aquel cuello perlado de pequeñas gotitas de sudor, que resbalaban cuerpo abajo y se perdían, a veces fundiéndose entre ambos. La piel de Antonio parecía arder al tacto de su mano, que descendía para unirse a la misión de hacerle sentir placer. Él había ladeado el rostro lo suficiente para que Francis pudiera acceder a su cuello con más facilidad. Una de sus piernas estaba apostada alrededor de la cintura del galo y la otra se estiraba, levantada. De su garganta se escapaban constantes jadeos y ocasionales gemidos de placer. Y el cuerpo del galo iba moviéndose contra el suyo, apoderándose de él.
¡Ah! ¡Cuánto había deseado todo aquello! ¡Durante todos los días en los que la tensión sexual había aumentado sin que el francés se percatase! Porque Antonio era un buen actor. Pero la fachada se había derrumbado por completo. Había pensado durante días qué podía decir. ¿Cuál era la mejor manera para comunicarle aquel deseo que se incrementaba con cada minuto que pasaban juntos? La pasión derrumbó su perfecto escenario. La amabilidad del galo aquella noche había colmado el vaso que llevaba ya días a rebosar. Y esta vez estaba en plenas capacidades. Pensaba recordar cada gesto, cada movimiento, cada sensación. No iba a renunciar tan fácilmente. Había dejado escapar demasiadas oportunidades. Podían ser amigos y amantes ocasionales. ¿Por qué no? Podía funcionar.
Sus respiraciones, descompuestas, resonaban por la habitación del francés. El español miraba al techo ido mientras su pecho subía y bajaba erráticamente, tratando de recuperar el oxígeno que le parecía no haber estado tomando antes. Francis se había echado a un lado y también intentaba recuperarse.
- Entonces... -empezó Francis rompiendo el silencio que hacía largos minutos que habían mantenido- ¿de verdad te parece bien? ¿Quieres ser amigos con derecho a roce?
- Sí. Si tienes algún inconvient-
- ¡No, no, no! ¡Ninguno! -se apresuró a alegar el galo- Sólo quería estar seguro de que estabas seguro.
- ¿Qué es eso? ¿Un trabalenguas? -Francis rió ante ese comentario de su vecino- Será mejor que me vaya.
- Puedes quedarte esta noche si quieres. -dijo el galo entornando el rostro para mirarle. El español le observó con sorpresa- Sé que tu casa está al lado pero... No sé. No me importaría que te quedases si te apetece. No será así todos los días, pero por ejemplo hoy podrías quedarte.
Antonio se quedó aún más asombrado ante aquella retahíla de palabras que empezaba a sonar inconexa. Empezó a reírse y Francis frunció el ceño ante aquello y sus mejillas se sonrojaron levemente. ¿Qué? No había dicho nada tan raro, ¿no? Entonces el español se movió, sacó la sábana de debajo de su cuerpo y se cubrió con ella.
- Buenas noches, Francis.
El galo le miró por unos segundos y entonces sonrió, contento. Se tapó también con la sábana y se acurrucó en un lado de la cama. Se hubiese acercado a Antonio, pero eso sería quizás demasiado molesto para él. Con sólo aquello ya estaba bien.
- Buenas noches, Antonio.
Cómo habían cambiado las cosas después de aquella noche. Francis y Antonio seguían siendo amigos. Es más, se podía decir que eran incluso más amigos que antes. Algunas tardes salían por Madrid a tomar un café, a dar un paseo, salían de copas e incluso iban a comprar cosas. En un arranque de estupidez, un día en el piso de Antonio, Francis le había dicho que tenían que componer una canción ambos. El galo la cantaría y el español tocaría la guitarra. De momento llevaban media estrofa y discutían cada dos por tres sobre que los acordes no pegaban, que el tono era muy alto o que la letra no rimaba.
Por otra parte, el "roce" entre ambos era bastante habitual. Habían establecido una manera bastante curiosa de hacer que el otro supiera que deseaba algo de acción. Era típica la siguiente escena en sus vidas.
Jueves, diez de la noche. El timbre del piso de Antonio suena y lo distrae de la película que está viendo. El español la apaga, se levanta y camina hasta llegar a la puerta. Observa por la mirilla y al otro lado divisa a ese rubio que vive en el piso contiguo. Abre y observa al susodicho con una mirada interrogante.
- ¿Tienes azúcar? -pregunta después de un silencio de segundos.
- Claro, pasa. -dice el español.
Francis deja atrás el rellano y se adentra en la propiedad del hombre de cabellos castaños. Empiezan a caminar por aquel pasillo ya tan familiar. Cuando llegan frente a la puerta de la cocina, antes de que pueda alcanzar el pomo, el galo se acerca a la espalda de su vecino y lo acorrala contra la puerta, pegando todo su cuerpo al de él. Baja la cabeza hasta llegar a su cuello y lo besa una y otra vez. Sus manos se cuelan debajo de la ropa.
- ¿Vas a cocinar algo? -murmura el español y ladea el rostro para que pueda besar mejor su cuello.
- Un pastel. Quizás. -responde el francés sobre su piel. Las manos ya llegan a la entrepierna y la acarician suavemente.
No hace falta otro lugar. Aquel ya es el idóneo.
Claro que no siempre que tenían encuentros era en casa del español.
Viernes, diez de la noche.
El timbre de casa del francés suena. El galo deja la revisa que estaba leyendo sobre la mesita y camina hacia la puerta. Su vecino se iba hacia él en cuanto abría. Con un movimiento de pierna, el español cierra la puerta. Apoya las manos en sus hombros y va empujando al francés hasta que choca contra una pared. En ese momento se apodera de sus labios e incluso de su boca. Cuando ya Francis está apunto de dejarse llevar, Antonio pone distancia entre ambos y suspira para recuperar su aliento.
- ¿Tienes sal? -dice con una calma
El francés se siente desconcertado. Aunque aquella no es la primera vez que ocurre esa situación. Y algo tiene bien claro: si no es él el que da el siguiente paso, el español no lo hace. Aquella manera pasional de entrar es una declaración de intenciones. Luego siempre pasa a la más pura indiferencia y normalidad. La decisión final la ha de tomar Francis. Suele variar el tiempo que tarda en atacarle. A veces no le deja moverse más allá del pasillo, a veces espera hasta llegar a la cocina, a veces le asalta en el comedor. En ese momento no puede esperar más. Lo empuja ahora él contra la pared y le besa con pasión. Tanto las manos del galo como las del español se encargan de desnudar a su compañero, lanzando la ropa hacia cualquier lado. La única preocupación que les ocupa es la necesidad de sentir, de deshacerse de aquellas prendas que les impedía estar aún más cerca.
Cualquier lugar era bueno. No se habían tornado la típica pareja que lo hace siempre en un mismo sitio. Quizás porque, para empezar, ni eran pareja. La lista era larga y muy diversa. Lo fácil no era decir dónde se habían enrollado, era decir dónde NO se habían estado magreando. Y por el momento se habían limitado a hacerlo en el piso. Pero ganas de hacerlo fuera habían tenido en diversas ocasiones. La que había llegado a más fue en un cine, se habían metido bastante mano ya que la sala estaba vacía y tuvieron que parar porque se animaban cada vez más. La excusa había sido el revisor, que a veces entraba en el habitáculo. Aunque ni eso hubiese sido un impedimento como hubiesen pasado más tiempo manoseándose.
Antonio se encontraba echado sobre la cama de Francis, cubierta por unas sábanas azules sin más decoración que una rosa bordada en una esquinita, respirando aún algo ajetreado. El rubio, como solía hacer cuando terminaban, se entretenía dejando besos por el cabello indomable de su compañero.
- Acabo de darme cuenta de algo... ¡Me he convertido en lo que hacía cosa de meses odiaba!
- ¿Huh? ¿En qué te has convertido? -preguntó Francis observando a su vecino con curiosidad.
- ¡Sí! ¡Me he convertido en ese tipo de personas que gritaban: -el tono cambió a uno más agudo y dramático. Sonaba cómico-"Francis, Francis, Francis" -retomó el timbre de voz natural- mientras te los tirabas!
El galo le miró atónito durante un segundo y medio y de repente estalló en una sonora carcajada. La risotada le seguía durando y se había llevado una mano delante del rostro para cubrirlo. Al principio Antonio le había mirado incrédulo. ¡Se estaba cachondeando! Luego se había visto contagiado por esa carcajada y lo hizo por lo bajo.
- Puedes reírte todo lo que quieras, pero es algo muy serio.
- Te diré algo. Tú no gritas tanto y suena jodidamente sensual. -dijo el galo dándole un mordisco sobre el lóbulo del oído- Me pone mucho~...
- ¿Sí?
- Sí. Mucho. Me dan ganas de comerte enterito~ -ahora los mordiscos habían descendido al cuello y luego al hombro.
- ¡Me estás haciendo cosquillas! -dijo riendo Antonio mientras intentaba apartar con sus manos el rostro besuqueador de su vecino francés.
- Oh, mierda, en poco tengo que salir para ir a trabajar. -dijo el español mientras se vestía a toda pastilla, recogiendo la ropa que estaba tirada por el suelo de la habitación del galo.
- ¿Te da tiempo a desayunar? -preguntó Francis tomando un batín que reposaba en el respaldo en una silla- No tardo en prepararlo nada.
- Qué amable.
- ¿Me llevo un beso de buenos días por ser tan bueno? -preguntó el rubio poniendo cara de felicidad.
El español estalló en una carcajada. El francés se fue hacia él, le rodeó con los brazos e intentó besarle. Antonio puso la palma de la mano sobre la frente de su vecino e impidió que se saliese con la suya. Aquello logró que empezara a lloriquear mientras proclamaba a los cuatro vientos que era muy soso y que por la noche bien que le pedía más. El español le pegó una patada en la pierna izquierda.
- ¡Estupendo! ¡Ahora no sólo cojeas tú! ¡Ahora también cojeo yo! Qué daño... -se quejó Francis mientras se frotaba el golpe- Oye, ¿podrías recogerme el correo? Como pago por prepararte el delicioso desayuno que te dará fuerzas para encarar el día.
- Bueno, pero no te acostumbres. Que no soy tu chacha.
- No me importaría que lo fueras. Te pagaría bien... Claro que el uniforme sería un sólo delantal. -dijo Francis con una sonrisa ladina.
- Sigue diciendo estupideces subidas de tono y te dolerá la otra pierna.
Ignoró las quejas del francés, fue hasta la puerta y tomó unas llaves pequeñas que estaban encima del mueble del recibidor. Rápidamente bajó las escaleras hasta llegar al rellano, buscó el buzón de Francis y lo abrió. Había un montón de cartas. Las tomó todas y mientras tarareaba una canción que había escuchado hacía poco en la radio, subió las escaleras de vuelta al piso. Sujetó las cartas con el mentón, apoyándolas contra su pecho. Cerró la puerta, fue a dejar las llaves y el sobre más grande de propaganda se resbaló. Al faltar el volumen de dicho sobre, los demás también se deslizaron y acabaron cayendo al suelo.
Chasqueó la lengua a disgusto, se agachó y fue recogiéndolas. Propaganda, recibos del banco, y de repente le vino un aroma agradable. Entre las cartas había una en un sobre blanco con una letra curvilínea y pulcra. Lo tomó entre sus manos y se lo llevó cerca de la nariz. Efectivamente, el sobre olía a lavanda. Le producía bastante curiosidad. ¿Quién habría enviado esa misiva? Iba a girarla cuando una voz familiar sonó a su lado.
- Que te pida que recojas mi correo no te da permiso para echarle un vistazo. -dijo Francis con una expresión seria e inescrutable.
Con el dedo índice y pulgar de la mano derecha tomó una esquina del sobre perfumado y se lo arrebató de las manos al español. Éste le observó con los ojos bien abiertos, sorprendido. Nunca había visto al rubio de aquel modo. Estaba muy serio y parecía bien molesto con él. No podía apartar la mirada de él. Francis fue consciente de cómo había hablado justo en ese instante. Antonio no había pronunciado una sola palabra desde que él había dicho aquella frase y parecía demasiado consternado. Cuando apoyó la mano sobre el hombro del español, pegó un respingo que a simple vista fue imperceptible pero que él había notado.
- Perdona, no quería hablarte de ese modo. -dijo con un tono suave. Después dibujó una sonrisa leve y amigable- Vamos a desayunar, ¿vale? Se va a enfriar como tardemos más.
En silencio, Antonio caminó tras los pasos de su vecino hasta llegar a la cocina. Al principio el rubio era el único que hablaba e intentaba sacar cualquier tema. Luego el español se recuperó y empezó a participar de manera tímida. Miró el reloj de pulsera y se fijó en que llegaría tarde.
- Yo tengo que irme ya. -dijo Antonio levantándose de la silla y acabando de recoger los platos.
Francis hacía un minuto que se había detenido al lado del montón de cartas. Había tomado la que tenía olor a lavanda, la había abierto y había leído cada palabra que componía la misiva. Su rostro volvía a ser inexpresivo y parecía perdido en sus propios pensamientos.
- Francis, ¿seguro que todo está bien? -preguntó el español sacándolo de su coma- ¿Son malas noticias?
- Ah, sí, estoy bien. No te preocupes. -dijo Francis apresurándose a dibujar una sonrisa- Aunque creo que la semana que viene no tendríamos que vernos.
- ¿Por-? Quiero decir. Está bien. No te preocupes. -porque no eran nada más que amigos que mantenían relaciones sexuales a menudo, pero nada más. No podía exigirle ni preguntarle por el motivo.
- La carta es de mi madre. Nunca ha aprobado mi manera de vida y seguramente no le haría demasiada gracia ver que encima sigo con mi mala manía de acostarme con hombres.
- Oh, entiendo. Como te he dicho, no tienes que preocuparte. -le sonrió amablemente y el galo le miró agradecido- Me voy ya o me echarán. Si te apetece quedar luego para tomar una birra, llámame al móvil. ¡Adiós~!
Se quedó inmóvil hasta que escuchó la puerta de la entrada encajarse. El puño de la mano derecha estaba cerrado con fuerza sobre la carta, ahora arrugada. Su mirada lucía un poco arrepentida. Caminó un par de pasos, pisó el pedal del cubo de basura para abrir la cubierta y lanzó la carta dentro.
El sonido de la voz del locutor de la radio le sobresaltó. El corazón le martilleaba rápidamente mientras se incorporaba y de un manotazo apagaba el despertador. Se quedó mirando la nada con aire ido. El cabello rubio se encontraba enmarañado. A su lado, el bulto bajo la sábana que era Antonio se dio la vuelta y siguió dormitando. Francis se rascó el brazo izquierdo. Ladeó el rostro y se fijó en el de su vecino. Estaba bastante adorable. Se inclinó sobre su cuerpo y le dio un beso en la sien. Durante la semana que seguía iba a echarlo de menos. Eran amigos casi inseparables a pesar de que ambos eran muy independientes.
- Me voy a trabajar. Puedes quedarte durmiendo un rato más. También puedes prepararte algo para desayunar si te apetece. -susurró cerca de su oreja. Un murmullo fue toda la respuesta que obtuvo- ¿Estarás luego?
- Tengo cosas que hacer. -murmuró somnoliento- Si termino pronto, te llamo.
Sintió los cálidos labios del francés besar su mejilla y el peso de su cuerpo sobre él marcharse. En minutos, Antonio volvió a caer en los brazos de Morfeo durante una hora y media más. Cuando abrió los ojos y ladeó el rostro, el reloj digital marcaba las diez y diez. Bostezó y se estiró en aquella cama que ahora le parecía el doble de grande. Se puso su camisa por encima y la ropa interior. Caminó hacia la cocina mientras curioseaba la casa sin pudor alguno. Miraba cualquier cosa con atención y después la dejaba en su lugar. Le gustaba aquel apartamento. Después de ver qué tenía en la nevera, se preparó un sandwich de atún y se sirvió un vaso de zumo. Había puesto la radio de fondo y tarareaba uno de los nuevos éxitos del momento.
El timbre resonó por el piso y Antonio levantó la vista del periódico que estaba leyendo. Observó la hora y arqueó una ceja. Era demasiado pronto para que Francis regresara. Además, él llevaba llaves. Bajó la vista y decidió ignorar el timbre. Seguramente sería el cartero. Haría ver que no había nadie en casa y punto. Sin embargo volvió a sonar repetidamente. Se cansó y se fue hacia la puerta. Cuando la abrió, se topó de frente con una hermosa chica de ojos claros y cabello rubio oscuro, corto. Debería tener unos cuantos años menos que él, pero no sabía cuántos exactamente.
Llevaba una horquilla con una flor para sujetar un mechón rebelde que insistía en molestarle. Su vestido le llegaba por encima de las rodillas y era blanco, adornado con pequeñas florecitas por el cuello. Llevaba un pequeño bolso de color crema cruzado y las manos entrelazadas sobre el estómago. Los ojos de la muchacha le miraron con sorpresa. Antonio se dio entonces cuenta de que la chica estaba observando la escasa vestimenta que el español llevaba.
- ¡Oh! ¡Perdón! ¡Un moment-!
- No te preocupes. -dijo ella después de reír suavemente. Su timbre de voz era agradable- ¿Está Francis?
- Pues la verdad es que ha ido a trabajar. -respondió Antonio llevándose una mano a la nuca- Puedo llamarle al móvil.
- Ah, no. No hace falta. -se apresuró a decir ella dibujando una sonrisa afable- ¿Eres su novio?
- ¿Eh? -un sonrojo se instaló en las mejillas del español y rápidamente se puso a negar con las manos y la cabeza, sonriendo apurado- ¡No, no, no! ¡No somos novios! -rió nerviosamente- Sólo somos amigos.
- Ya veo... Entonces creo que esperaré a Francis aquí.
Sin necesidad de que la invitasen, la muchacha se adentró en el piso. Miraba curiosamente en derredor. Antonio la seguía sin saber muy bien qué hacer. No debería haber dejado que una desconocida entrase. Claro que parecía conocer a Francis. Bueno, era una mujer. Si empezaba a hacer cosas raras, llamaría al galo y entonces se encargaría de ella. Tenía más fuerza física. Si no sacaba una pistola, Antonio tenía las de ganar.
- Estaba desayunando. ¿Has comido? Puedo prepararte algo.
- Acabo de llegar a Madrid y he venido directa hacia este lugar. Te lo agradecería mucho. -dijo la muchacha- ¿A qué hora termina de trabajar Francis?
- Creo que dijo que hoy terminaba a las dos y que vendría para la hora de comer. -comentó Antonio mientras la guiaba hasta la cocina y empezaba a preparar café y un sandwich para ella.
- ¿Me harás compañía hasta entonces? -preguntó con una sonrisa que el español encontró bastante adorable.
- Tenía que hacer algunas cosas... -se fijó en la cara de desilusión de la muchacha y su expresión se tornó de apuro- ¡Ah, pero puedo hacerte compañía! Ya compraré luego, cuando Francis haya llegado.
- Gracias. Eres todo un caballero.
- Por cierto, ¿cómo te llamas? -preguntó el español- Yo soy Antonio.
- Yo soy Jeanne. Mucho gusto.
DUN DUN DUUUN XDDDD
Confieso que se notó un montón el descenso de reviews entre el capítulo anterior y este. ¿¡Qué pasa! ;_; ¡¿Si no hay psicópatas os vais? Bueno... No sé qué comentar del capítulo x'D Ah, bueno... Adoro hacer a Antonio bien falto de mano derecha. Él entra y se va bien directo a por Francis XD nada de ser sutil.
Paso a comentar los reviews. ¡Gracias! *llora de emoción*
Hikaru in Azkaban, aah~ ¡Por mí no te cortes! XD No me vas a asustar. Encerradito lo tenéis a David xD Jojojo... ¡Quería que fuese Antonio el más rallado por el tema! Normalmente hacen que sea Francis el primero que se da cuenta. Y yo misma lo hice en el anterior AU. Quería cambiar un poco ouo
SWK101, Ooooh~ Gracias por buscar la contraseña para dejar review ;v; -emocionada- Bueno, a mí me gusta cambiar cosas xD. Madre mía... Siento haberte introducido el conocimiento de Carmen de Mairena xDDD. Quiere a su felpudo. Es lo que hay xD. Awnn -hearts- Me alegra que adores lo que escribo ;u; Yo no cuento nada del futuro ù.ú xD Lol, los sims social. Suerte. Que a veces no cargan y dan ganas de matar al maldito juego xDDD. Me da igual si comentas en una hora que no funcionan las neuronas ;w; se agradece mucho.
Nightview, te juro que es casualidad xD Están quedando bastante "interesantes" por sí solos u_ú'' Si no me crees lo siento, pero es verdad ;_; Lol un ataque al corazón. ¡NO MUERAS! ;W;
Ariadonechan, claro que actualicé. Soy fiel a mis promesas ù.ú. Jajaja sí, lo entiendo xDDD. Pfff lo que imaginaste con las palomas me ha matado xDDD. Claro que se preocupa por él. Y viceversa también ù.ú ya verás. Lo hicieron 8D Seeeh... Creo que has matado ya a David muchas veces xDDD
Candy, oooh... o-o Me sorprendes. Eres la primera que me comenta la carta con olor a lavanda. Eres buena... Eres muy buena xDDDD Antonio ebrio es muy divertido ouo. He leído el review, por supuesto que lo he leído. Tengo en mente lo del Toisón pero tengo que pensarlo un poco más. No sé bien cómo hacerlo si es que lo llego a hacer. Si me ilumino, lo escribo ;)
Misao Kurosaki, jojojo... Es un fic "largo" si no tiene de todo es que soy un muermo (que quizás lo soy xDDD) Lo lol es que tengo otro fic y me he cargado a un personaje que se llama David y pensé: ·_· ... Ha pagado por lo que hizo en el fic de vecinos. XDDDDD. Bueno, ponerse de acuerdo no es imposible 8D hohoho...
Tomato-no-musume, jajaja xD comentario general rules. Es que cuando se corta en lo interesante, aunque fastidia, te da una adrenalina que gusta. Te deja pensando y pensando xD Yo también lo he experimentado. Bien ò.ó cuando tengas el cuchillo preparado vamos xDDD. Bueeeno~ Ahora ha habido un poquito más de detalle xD. Yo soy un poco "hard" no me da pudor relatar una escena porno xDDDD Gracias por el review~ ouo
Hethetli, David da miedo xD No hay más. Pero hay gente así, ¿eh? Es acojonante... xD No sé, Antonio con el alcohol es especial. Cariñoso seguro que es xD Yo siempre suelo hacerlo variante xD Según el día y tal. Por favor... Es Francis... y está con Antonio... A ver... confieso que sí puedo imaginarle no haciendo nada. Pero bueno, yo lo hice XD. A veces pensar demasiado es lo peor que uno puede hacer u.ú
Yuyies, bueno... si no evolucionase la relación sería bastante raro, ¿no? xD Se necesitan mucho más de lo que creen. Oooh... ¡Eres la segunda que me menciona las cartas! :'D Me emociona que os fijéis en los detalles -hearts- No salió solo en ese capítulo. Francis ha ido teniendo algunas cosas de lavanda y se solía mencionar que no eran suyas. DUNDUNDUUN XD no cuento nada ouo ¡SE ESQUIVARON! Tienen trabajos, tienen opción a no verse. Además, Francis estaba como ofendido xD
Y eso es todo por esta vez.
El próximo fin de semana más ouo
Un saludo~
Miruru.
