Mi odiado vecino.
Capítulo 6
Cuando sacaba las llaves de su piso para adentrarse en él eran ya casi las tres de la tarde. Recordaba que había una ensalada en la nevera. La aliñaría y se la comería. Luego revisaría su correo electrónico y después llamaría a su vecino español, a ver qué planes tenía. Si no le fallaba la memoria, aquel día se celebraba partido de Champions. Podrían ir al bar a cenar y disfrutar del encuentro. Sin embargo sus planes se hicieron añicos cuando abrió la puerta y escuchó voces y risas que venían del interior. Arqueó una ceja. ¿No se supone que decía que tenía cosas que hacer? ¿Y de quién era esa otra voz?
- ¿Antonio? -llamó en voz alta.
- ¡Estamos en la cocina!
La cara de desconcierto de Francis aumentó. ¿Estamos? ¿Plural? Cualquier expresión se cayó del rostro del rubio cuando entró en la cocina. Antonio aún seguía en su piso, sí. A su presencia se había añadido la de alguien que no esperaba.
- Jeanne...
- ¡Mira que cara se le ha quedado! Te dije que le sorprendería~ -replicó la joven.
- ¿Qué haces aquí? -preguntó el galo a media voz, atónito.
- He venido a visitarte. Antonio me ha hecho compañía durante el día. Menudo amigo más simpático te has echado, ¿eh? -dijo con una sutil sonrisa.
- Antonio, ¿puedes marcharte y dejarnos a solas? Hace mucho que no veo a Jeanne y tenemos muchos temas de los que hablar.
- Ah, claro. Yo sólo estaba esperando a que vinieses. Tengo que ir a comprar unas cosas. -dijo el español recogiendo la chaqueta.
- Te acompaño hasta la puerta. Ahora vuelvo, Jeanne. -replicó el francés dibujando una débil sonrisa.
- Iba a decirte de ir a ver el fútbol al bar esta noche pero supongo que no tendrás tiempo, ¿no? -dijo Antonio con resignación cuando llegó al recibidor.
- Lo siento, no voy a poder. -contestó bajando la mirada.
- ¡No pongas esa cara! Está bien~ Bueno, me voy.
- Antonio, otra cosa. -se apresuró a decir Francis antes de que el hispano se alejara más por el pasillo. Había girado sobre sus talones y le observó interrogante- No vengas a casa durante un tiempo. Ya te avisaré.
La puerta del segundo primera se cerró sin que le diese tiempo a decir ni tan siquiera un simple "vale". El hombre de cabellos castaños miró el lugar en el que su vecino había estado y acabó por arquear ceja. Jeanne no le había contado mucho, sólo había dicho que era muy amiga de Francis. Después habían estado charlando sobre temas de poca importancia: el clima, el viaje de la chica, la diferencia entre Francia y España... Lo típico.
- "¿Y si no quiere que vengas porque quiere aprovechar que está aquí para acostarse con ella?"
Bajó la mirada al suelo y luego se dio la vuelta. Emprendió el camino hacia la calle. Debía hacer sin falta aquellos recados. Además, de aquel modo se distraería de la inexplicable molestia que había sentido al pensar en aquello.
Tras haber cerrado la puerta, Francis Bonnefoy había permanecido apoyado contra la madera. En su rostro se podía leer la culpabilidad que sentía por dentro al haberle pedido a Antonio de aquella manera que no viniese a su casa.
- "Lo siento... Lo siento tanto... Pero es lo mejor. No tiene que involucrarse en esto." -pensaba con amargura, apretando los dedos sobre las vetas de la madera.
- ¿Francis? -escuchó que la voz de Jeanne decía.
Abrió los ojos y observó la puerta de la cocina a través del pasillo. No había esperado aquella visita hoy. De hecho, hubiese deseado no recibirla. Cuando entró en la estancia, Jeanne tenía los codos apoyados en la mesa y descansaba el rostro sobre sus manos. En él había dibujada una sonrisa de lado.
- Es bastante mono. ¿Es tu nuevo juguete?
- No es ningún juguete. -dijo Francis subiendo el tono de voz unos decibelios.
- Vaya, sí que te enfadas... Supongo que no es un juguete normal y corriente. Aunque ya te acabarás cansando, como te suele pasar. -la sonrisa de la muchacha se tornó resignada.
- ¿Qué haces aquí, Jeanne?
- He venido a verte. Hace años que te escribo y no te has dignado a responder a una sola de mis cartas.
- No quería que supieses dónde vivo. Aunque me sorprende que siempre lo acabes averiguando...
- Tan sincero como siempre. -dijo Jeanne después de reír- Tu madre no puede mentirme. Me quedaré cuatro días. Luego tengo el vuelo hacia Francia.
- ¿Y planeas quedarte aquí?
- Tienes un hermoso sofá en el que dormir. Sería muy descortés por tu parte mandarme a un hotel o, aún peor, hacerme dormir en el sofá mientras tú duermes en una cama ancha. Porque creo que no querrás echarte a mi lado, ¿verdad?
- Tú ganas, dormiré en el sofá. -dijo Francis sonriendo resignado y levantando las manos como señal de rendición.
- Esta semana ya hace cinco años. -murmuró en tono serio la mujer francesa.
- ¿Es que nunca me vas a dejar olvidarlo? -preguntó Francis después de un largo silencio, mirando hacia el cubo de basura que había en un rincón.
- No te mientas a ti mismo, cher. ¿Acaso intentas que crea que, aunque yo no esté aquí, no lo recuerdas?
- Lo hago. Lo recuerdo cada año por estas fechas. -dijo Francis con un deje de frustración cruzando su rostro.
Jeanne sonrió resignada y caminó hasta ponerse a su lado. El galo intentó no mirarla pero ella se encargó de apoyar su mano blanca y fina como porcelana en su mejilla y hacerle entornar el rostro. Sus ojos se encontraron. Hacía casi dos años que no los había visto. Ella sonrió y abrazó al rubio. Por un momento se tensó, pero luego se resignó.
- Te he echado de menos, Francis.
Apenas estaba escuchando el tema que trataban en la reunión. Y eso que él era luego el que debía decidir si aquello le parecía realista como para llevarlo a cabo o no. La mente del francés andaba por otros terrenos. Siempre le ocurría cuando veía a Jeanne. Era el segundo día que la chica pasaba en España y él ya deseaba que fuese el último. Y no es que Francis no sintiese un instinto protector para con ella, no. Es que no dejaba de pensar en Jeanne. Incluso cuando se quedaba a solas, tumbado sobre el sofá de su comedor (que se había rebelado como un sitio muy incómodo para dormir), volvía a pensar en ella.
Salió de su sopor cuando el teléfono sonó con estruendo en el despacho y vibró en su bolsillo. Sonrió apurado y metió la mano para intentar cogerlo.
- Lo siento.
Se fijó en la pantalla del aparato, la cual estaba iluminada y tenía escrita en ella el nombre "Antonio". Pensó en colgar. ¿Es que estaba tonto? Estaba en el trabajo. No eran horas de llamar. Pero entonces otro pensamiento le asaltó: aquella era su normalidad. Cuando Jeanne se marchase, él volvería a tener las llamadas de su vecino, las quedadas para ir a tomar algo o pasar el rato, los encuentros por la noche. Añoraba esa normalidad. La ansiaba tanto que, de repente, contestar al teléfono no le parecía tan mala idea. Se disculpó ante los presentes y les dijo que procediesen con la reunión. Tomó el ascensor hasta la última planta y salió a una terraza que habían montado en el sitio. La ventolera removió su cabello y grácilmente lo devolvió más o menos a su sitio.
- ¿Diga?
- Hola, soy yo. ¿Llamo en mal momento?
- Estaba en medio de una aburridísima reunión. Así que, de algún modo, tengo que darte las gracias por llamar. -dijo riendo brevemente- ¿Qué ocurre?
- Sé que lo de que no debo pasarme por tu casa sigue en pie pero quería pedirte un favor. -dijo el español.
- Dime.
- Tiene que llegarme un paquete de unas cosas que he pedido por internet. Me dijeron que lo entregarían por la tarde, posiblemente hoy. El problema es que yo no estaré en casa. ¿Podrías recogerlo por mí y guardármelo? Ya me lo darás cuando puedas.
- De acuerdo. Lo recogeré y en cuanto tenga un rato te lo acerco.
- Se lo iba a pedir a Jeanne, pero se me olvidó por completo esta mañana ya que-
- Espera, espera un momento. ¿Se te olvidó esta mañana? -Francis se tomó un segundo para respirar y no hablarle de manera brusca- ¿Has pasado por casa?
- ¿Eh? No. No lo he hecho. No te vayas a enfadar ahora. Por eso te he llamado por teléfono.
- Pero has visto a Jeanne esta mañana. -insistió el galo.
- Me la encontré en las escaleras y me dijo si quería ir a tomar un café y desayunar con ella. No sabía a dónde ir así que le mostré esa cafetería a la que solemos ir. Que, por cierto, creo que han bajado los precios y, además-
- Creo que no formulé del todo bien lo que te dije el otro día. No te pases por casa y no te juntes con Jeanne, Antonio. -interrumpió.
- Pero Francis, ¿por qué? Jeanne es simpática y tan sólo fuimos a tomar un café.
- Me da igual que sólo sea un café. No te acerques a ella.
- ¿Estás celoso? ¿Es que crees que te la voy a intentar arrebatar o algo? -preguntó confundido el español.
- No digas estupideces. Yo no estoy celoso de nadie. Pero insisto: no te acerques a ella.
- ¡¿Por qué? -Antonio estaba de los nervios ante aquel comportamiento extraño de su vecino. No comprendía por qué tenía que ir ordenándole que no hiciera cosas, pero aún menos entendía que no le quisiera explicar el motivo.
- Eso da igual.
- ¡No da igual! A mí no me da igual.
- No tengo por qué darte explicaciones.
Aquella frase le sentó como una patada en el estómago. De repente se sentía enfadado con el francés. ¿Por qué diablos creía que podía hablarle de ese modo? No eran más que amigos. Hacía ya casi diez segundos que no se habían dicho ni una sola palabra.
- ¿Sabes? Yo no tengo por qué hacerte caso, Francis. -dijo ahora con tono calmado- Voy a hacer lo que me dé la santa gana.
- Por una vez, escucha a lo que te digo cuando-
- No, no. Es que me da igual. Me da igual lo que digas. Tú no me das explicaciones y yo simplemente ignoro tus órdenes. No tienes ningún derecho a prohibirme hacer cosas. ¡Ningún derecho! No voy a seguir a ciegas tus palabras. Nunca he sido ese tipo de persona.
- ¡Eres un tozudo!
- ¡Le dijo la sartén al cazo! -exclamó molesto Antonio- Mira, ¡vete a la mierda!
Francis había abierto la boca para replicar e intentar hacerle entrar en razón pero fue inútil. Al otro lado de la línea, el hispano había colgado el teléfono y lo único que podía escuchar era el pitido intermitente de la llamada cortada. El rubio apretó los dientes, con rabia, y sus puños se cerraban con fuerza. Estaba tan enfadado... No sólo con Antonio y su comportamiento irracional, también consigo mismo por no ser capaz de controlar la situación. Levantó el brazo, dispuesto a lanzar lo que llevaba en la mano y pudo detenerse a tiempo antes de estampar el móvil contra el suelo. Sólo le faltaba eso, tener que tirar el smartphone a la basura.
¿Qué órdenes había dado luego a sus subordinados? Ni idea. No las podía recordar. Pierre le había preguntado si estaba bien y él ni siquiera le había respondido. ¿Acaso no era obvio? No, no estaba bien. Siempre había pretendido que lo estaba. Pero, dentro de él, en lo más hondo de su corazón, hacía más de cinco años que no estaba bien. Y lo que más le amargaba era saber que quizás nunca lo estaría.
Su jefe se dio cuenta de que algo extraño le ocurría. Había encontrado a Francis plantado delante de la fotocopiadora, mirando por la ventana con una expresión que no se podía leer. Se había puesto a hacer duplicados de un informe y se había olvidado por completo de darle a la tecla de parar. Llevaba ya una cantidad ingente de hojas gastadas. Su superior le preguntó si se encontraba bien y él lo que había hecho había sido sonreír sin decir nada. Aquel hombre le puso una mano en el hombro y le dijo que se tomara el resto del día libre y se recuperara, que el estrés de la pasarela le estaba ganando el terreno.
Ojalá hubiese sido el estrés de la pasarela.
A pesar del bullicio de la calle y el metro, Francis no fue consciente de él. Seguía sumido en sus pensamientos, en su pelea, en sus interrogantes. Ni siquiera se fijó en las paradas ambulantes que siempre se entretenía en mirar, en busca de algo que llamase su atención. Al llegar al piso, vociferó el nombre de la francesa para que acudiese a su llamada. Sin embargo, el piso se encontraba vacío. Se sirvió un café, se sentó en una silla y apoyó la frente contra la madera mientras el tic-tac del reloj le taladraba la cabeza.
Cuando a las tres y media sonó el timbre, Francis se dirigió a paso decidido hacia la puerta, pensando que se trataba de Jeanne. Para su decepción, era el cartero que traía el paquete para su vecino. Lo firmó y lo dejó al lado del mueble de nogal de la entrada. El timbre volvió a sonar a las cinco. La francesa le había saludado y había sonreído alegremente. Francis había sujetado su muñeca y había tirado de ella hasta meterla dentro del piso. El manotazo lo recibió poco después de haber cerrado la puerta. Jeanne le miraba molesta por aquella bienvenida.
- ¿Se puede saber qué te pasa? No sabía que te habías convertido en todo un maleducado. -dijo con irritación la muchacha.
- ¿Qué le has dicho?
- ¡¿De qué demonios me estás hablando?
- ¡Encima no te hagas la ofendida! ¡Te estoy preguntando por ese desayuno que has tenido hoy con Antonio! ¿¡Qué le has contado!
- Vaya...
- ¡Ni vaya, ni leches! ¡Contéstame de una vez, Jeanne! ¿¡Qué-le has-contado!
- Puedes estar tranquilo, no le he contado nada. Sólo hemos estado hablando de sitios donde comer y en los que pasar el rato por Madrid. Luego me ha dado algunos consejos sobre qué lugares debería visitar. Vaya... Pero no imaginaba que te importase tanto ese chico.
- No me importa. Lo único que no quiero es que se vea involucrado en algo en lo que no tiene nada que ver. Déjale fuera de todo este asunto, Jeanne.
- ¿Es que te da miedo, Francis? -dijo ella acercándose a la espalda del francés y apoyándose contra ésta- ¿Te aterra pensar que pueda descubrir cómo eres en realidad?
- No es eso.
- ¿Te da miedo que cuando te conozca realmente vaya a alejarse de ti? -preguntó Jeanne- ¿Por eso te enfadas tanto?
- No. Déjame. -dijo Francis al mismo tiempo que se apartaba de ella.
Cuando llegó a su habitación cerró la puerta y apoyó la frente contra ésta.
Si no hubiese tenido entre sus manos la caja con las cosas que había pedido por internet, Antonio no le hubiese abierto la puerta a Francis aquella noche. Le miró con indiferencia y no pronunció ni un mísero "Hola"
- Buenas noches... -dijo tímidamente el francés- He venido a traerte lo que me pediste que recogiese.
- Muy bien. Gracias. -respondió escuetamente el español.
- Vamos, ¿aún sigues enfadado? -dijo mirándole con tristeza- Lo siento. Me he comportado como un gilipollas. Estoy bajo mucho estrés últimamente y no debería haberte hablado de ese modo
Antonio no le dijo nada. Se cruzó de brazos y lo observó como si estuviese decidiendo si debía ser condenado a muerte o no. Francis empezó a sentirse igual de nervioso que si eso estuviese ocurriendo. No quería morir. Era demasiado joven para ello. Además, estaba demasiado bueno. Insistió.
- Por favor, perdónamee... Anda... -le miró con los ojos brillantes, como si fuese a echarse a llorar- Venga, Antoniooooo~ Te lo pido~
- Está bien... Pero la próxima vez que me grites de ese modo, te suelto una hostia bien dada. Y ni se te ocurra quejarte entonces porque te la merecerás. Quien avisa no es traidor.
- De acuerdo. -dijo Francis sonriendo resignadamente. Cuando el español se ponía de aquel modo, daba miedo. Le entregó la caja.
- Gracias por recoger esto.
- Bueno, tengo que irme. He quedado para cenar... Bueno, no sé por qué te lo cuento.
- Yo tampoco. -dijo el español. ¿Por qué había sonado tan resentido? Francis no era el único sorprendido, él también lo estaba.
- Antonio, te lo digo muy en serio, no te acerques demasiado a Jeanne. No voy a ordenártelo como hice antes porque no tiene sentido. Pero es algo que te pido. Buenas noches.
El español observó a Francis sin comprender nada. ¿Por qué tanta insistencia? En un principio sí que pensaba que le habían movido simplemente los celos. Pero, después de ver con qué ahínco trataba de disuadirle, ya no lo tenía tan claro. Aún así, no comprendía qué ocurría. Era como si intentara protegerle de algo, ¿pero de qué?
La puerta del ascensor, de color azulado, estaba apunto de cerrarse cuando una mano se apretó con fuerza contra una de ellas y éstas se abrieron de manera automática. Antonio se había sobresaltado ante la misteriosa aparición de aquella mano. Aunque la sorpresa no fue ni la mitad de la que sintió cuando vio que era Jeanne la que intentaba que el ascensor no se marchara.
- Buenas, Antonio. -dijo ella sonriendo afablemente.
- Hola. -replicó de manera escueta el español.
Le seguía pareciendo maja pero por algún motivo Francis no deseaba que pasara tiempo con ella. Tampoco había llegado a conocerla tanto como para no poder aceptar aquella petición.
- Estaba pensando en ir a comer a un restaurante que queda a dos calles. Es algo así como una brasería.
- Ah, sí. La conozco. Espero que te aproveche. Nos vemos -dijo Antonio sonriendo y yendo hacia el exterior del edificio.
- ¡Antonio! -replicó Jeanne, la cual había corrido detrás de él- Me preguntaba si podrías acompañarme. Iba a ir con Francis, pero me ha dado plantón.
- Lo siento. No creo que sea buena idea.
- La verdad es que... Quería hablar contigo sobre Francis. -dijo con aire preocupado.
Antonio se detuvo por completo. El tono de voz de Jeanne le había hecho sentirse inquieto. ¿Es que le había ocurrido algo a Francis? Bueno, recordaba aquella carta que había hecho que se comportara de aquel modo. Quizás tenía problemas con su madre y se negaba a contárselo. Desde que Francis se interesase por él y le ayudase con el tema de David, Antonio se había sentido en deuda con él. Desearía poder ayudarle del mismo modo. Le gustaría llegar a ser una persona a la que pudiera confiarle algún secreto que le hiciese sentir mal. Ojalá pudiese apoyarle igual que él le había apoyado en aquel mal momento. Francis le había dicho que no se acercase a Jeanne, aunque quizás ella había venido para ayudar al galo.
- Si crees que es imposible... Aunque también me caes bien. Me gustaría pasar más tiempo contigo. Después de todo, mañana ya es el último día que estaré aquí.
- Bueno... -dijo finalmente Antonio después de suspirar brevemente- Supongo que puedo ir a comer contigo. Pero luego tengo cosas que hacer.
Era mentira. De hecho se iba a dar un paseo para distraerse un poco. Los días de fiesta a veces se le tornaban eternos, sobre todo si Francis trabajaba. Era penoso que fuese el único amigo que tuviera. Durante el trayecto hasta el susodicho restaurante que Jeanne había mencionado, Antonio no habló demasiado, cosa ya de por sí extraña. Si tan importante era, ¿por qué no sacaba ya el tema de Francis? Claro que hablar de ello por la calle sería raro...
El tema tampoco salió durante la comida. En cambio, Jeanne se interesó durante largo rato acerca de su vida. De repente el tema cambió sin comerlo ni beberlo. Casi se atraganta con el vino tinto que estaba bebiendo cuando escuchó la pregunta de la mujer francesa.
- ¿Cuáles son tus intenciones con Francis?
- ¿I-intenciones? -rió forzadamente- Tal y como lo dices, suena como si fuese una doncella embarazada de la que tuviese que tomar responsabilidades.
- Sé que la pregunta suena surrealista, pero te lo estoy preguntando de veras. ¿Qué sientes por Francis?
- ¿Por Francis? … No sé... Es un buen amigo. Me lo paso bien con él. Eso es todo, supongo... -dijo Antonio empezando a sentirse cohibido.
- Pero te acuestas con él, ¿verdad?
- N-no, claro que no. -dijo avergonzado.
- El primer día que nos vimos te encontré medio desnudo en su casa. Además, Francis me lo ha dicho.
- ¡¿Te lo ha dicho? ¡Será hijo de puta! -dijo molesto y sonrojado Antonio.
- No me lo ha dicho, pero tu reacción me lo ha confirmado. El caso es que, uno no deja a un simple amigo que le lleve a la cama.
- Es un buen amigo. Me parece simpático y amable. Digamos que más o menos me gusta algo.
- Deberías apartarte de él. Francis no es tan buena persona como dices. -dijo Jeanne repentinamente seria. Dejó los cubiertos sobre el plato ya vacío y miró a Antonio- No puede estar con nadie. No puede atarse a nadie. Te usará para su propio beneficio y te abandonará. Y si sigues por ese camino, te destruirá.
- Lo dices como si la relación que tengo con Francis fuese algo serio.
- Me da la sensación de que empieza a serlo para ti y no te das cuenta. Por eso tenía que avisarte. ¿Viste las cartas con olor a lavanda? -dijo de repente ella.
- Sí. Francis se empezó a comportar raro cuando la vio.
- ¿Te habló acerca del remitente? -dijo Jeanne. Antonio afirmó- ¿Qué te contó?
- Que era una carta de su madre, que viene la semana próxima a su casa. ¿Tú sabes acerca del tema? Dijo que no aceptaba mucho el modo de vida que tiene. Además, la cara que puso al leer la carta...
- ¡Ay, Antonio! ¡Eres realmente adorable! ¿Lo ves? A eso me refería. A que Francis no es la persona que crees. Esa carta era mía. ¿Por qué te crees que se quedó tan tieso cuando me vio? Porque le dije que vendría la semana que viene y me adelanté. Porque sabía que si lo hacía como una persona decente, aprovecharía para huir. Pobre, pobre Antonio. Y tú le creíste.
- ¿Por qué habría de mentir en eso? ¿Por qué no querría verte?
Aún no era suficiente. Todo lo que le había dicho no le había provocado un impacto. Con eso aún no lograría su objetivo. Faltaba soltar la bomba final.
- No deseaba tener que decirte esto yo, Antonio, pero es mejor que lo sepas ya. Sé que Francis no puede vivir con nadie porque él me abandonó. A mí y a su hijo.
El tenedor que el español sujetaba con la mano derecha se le fue resbalando hasta que cayó con estruendo sobre el plato. Antonio no podía reaccionar aún. ¿Hijo? ¿Un hijo? Tenía que haber escuchado mal. Después de un minuto y medio, carraspeó para recuperar la voz. Sentía la garganta seca.
- ¿Un hijo?
- Sí, tiene cuatro años. Se llama Daniel. La verdad es que se parece mucho a él. Llevo desde que se fue enviándole cartas y esperando que decidiera regresar a Francia con nosotros.
- ¿E-estáis casados? -preguntó Antonio.
- No. Siento haberte dicho esto pero no quería que te engañase como había hecho conmigo.
Jeanne podría jurar que el español estaba incluso pálido. En realidad le daba pena producirle semejante shock. Él no tenía la culpa. Sólo era una pieza en el tablero, una muy interesante además. Boqueaba sin poder poner sus pensamientos en orden. Ahora le cuadraban unas cuantas cosas. Sacó la cartera para pagar su parte. Necesitaba aire.
- No te preocupes, Antonio. Pago yo todo.
- Debo irme, Jeanne. Tengo...
Observó al hispano de cabellos castaños irse mientras ella apuraba el líquido que había dentro de su copa.
El trabajo se acumulaba sin parar en su despacho. Se había esforzado por disimularlo y por el momento estaba funcionando. Pero es que cada vez que se ponía delante de su ordenador e intentaba centrarse, no podía. Se le ocurrió la buena idea de llevar a Jeanne al cine después de comer. De este modo ella se entretendría y se le quitaría ese interés que empezaba a demostrar por Antonio.
- Jeanne, he llegado. ¿Te apetece que vayamos al cine después de que coma algo? -preguntó en voz alta mientras caminaba por el pasillo en dirección al recibidor.
No había nadie. Le llamó la atención una nota sobre la mesa. Se acercó, la tomó entre las manos y la leyó: "He ido a comer con Antonio." Sintió que se le retorcían las entrañas. Tuvo un presentimiento. Uno muy malo. Tomó el teléfono y marcó el número de ella. Después de siete tonos, por fin lo cogió.
- ¿Diga?
- ¿Se puede saber qué demonios tramas? Deja en paz a Antonio. ¡Él no tiene nada que ver con esto!
- Tranquilo, Francis. Él ya no está conmigo. Se ha marchado. Aunque tras nuestra charla, no sé si va a cogerte el teléfono si le llamas. Nos vemos luego~.
Francis se quedó helado. Lo sabía. Sabía que algo tenía que ocurrir. Tanto interés no era bueno. Marcó el teléfono del español y esperó, pero no hubo respuesta. Lo intentó una segunda vez y nada. Se cambió la ropa en un momento y salió a la calle. No tenía ni idea de a dónde iba pero no podía quedarse en casa esperando. Cuando Francis perdía la compostura, no podía estar sin hacer nada. Estuvo horas dando vueltas por las calles abarrotadas de gente. Confundió a dos hombres con Antonio y tuvo que disculparse repetidamente al chocar contra las personas que se aglomeraban en la acera.
Finalmente dio con él. Estaba sentado en aquel banco en el que se había estado empapando hacía meses. Su rostro no tenía expresión alguna y miraba al suelo como si fuese lo más interesante que había visto en mucho tiempo. El ruido de los zapatos de Francis contra el asfalto le hicieron despertar de su ensueño. Los ojos verdes de Antonio le habían mirado con algo que se asemejó a la decepción y aquello le hizo sentirse mal. ¿Qué le había dicho? El español se levantó y empezó a caminar calle abajo. Francis no se distrajo y le fue persiguiendo.
- ¡Espera! ¡Antonio! -pero no le hacía caso alguno- ¿¡Qué te ha dicho! ¡Para un momento, joder!
- ¡¿Tenías un maldito hijo?
- ¿¡Qué estás diciendo! -exclamó atónito el francés.
- Jeanne me lo ha contado. Me ha explicado que tienes un hijo que se llama Daniel y que les abandonaste. Encima te dedicas a acostarte con todo el mundo. Por Dios...
- ¡Yo no tengo ningún hijo! ¡Eso no es cierto! ¡JODER! ¡Espera un segundo, por lo que más quieras! -logró asir la muñeca del español y tirar de él para hacer que se detuviese. Antonio pegó un tirón y se libró del agarre. Aún así, le miraba con enfado.
- Claro, y las cartas también eran de tu madre, ¿verdad? ¡Eres un mentiroso de mierda! ¡A saber en qué más has ido mintiendo! No puedo mirarte a la cara. De verdad que no puedo hacerlo.
- ¡Antonio, espera! Lo de la carta es cierto pero lo demás...
- Me da igual. -interrumpió el español- Déjame en paz. Necesito pensar un poco. Necesito no verte.
Le dio la sensación de que Antonio era más rápido que de costumbre. Se marchó a una velocidad que le sorprendió y de repente se había quedado solo. La última frase le resonaba en la cabeza. Se mordió el labio inferior hasta que le dolió. En ese momento decidió regresar a casa. El portazo que pegó le anunció a Jeanne la llegada del galo. Caminó pisando tan fuerte el suelo que retumbaban sus pasos por el piso. Cuando llegó al comedor, Francis habló primero. No quería falsos saludos. Nada de eso.
- ¿¡Te parece gracioso como broma eso de que tengo un hijo! ¡Porque a mí me parece una de muy mal gusto!
- Igual que tú, yo también sé mentir. Muy bonito eso de ir diciendo que soy tu madre. Voy a acabar pillando complejo.
- ¡Él no tenía que verse metido en esto! ¡Por eso le mentí!
- Yo necesitaba usarle. Por eso le mentí.
- ¿Por qué...? ¿Por qué sigues utilizando a la gente así? -dijo el galo perdiendo las fuerzas. No dejaba de recordar la mirada que le había dirigido el español. Se dejó caer sobre el sofá.
- Ya lo sabes, Francis. Lo sabes... Lo siento. Sabes que lo que más deseo, a pesar de que te quiero, es que sufras. Lo sabes bien. Quiero que te invada una profunda desesperación, quiero que llores... Sólo así podré sentirme algo más feliz. Porque de este modo te acercarás un poquito a todo lo que yo he pasado.
- Para mí tampoco ha sido fácil, Jeanne...
- Ni la mitad de lo difícil que ha sido para mí. ¿Sabes cuántos lugares pisé después de abandonar el sitio donde trabajaba? Ni te lo puedes imaginar. Siempre lo averiguaban. Siempre me volvía a acordar de ti. ¿Sabes cómo me han mirado? No tienes ni idea de lo que he pasado, Francis.
- Yo no lo sabía, Jeanne...
- Tampoco lo preguntaste...
- Yo te quería... Te amaba de verdad. ¿Crees que me importaba?
- Pero era algo que debía importarte, Francis. Yo también te amaba. Quizás aún te amo. Puede ser que por eso tampoco pueda dejarte ir. Incluso me gustaría estar a tu lado.
- No puedo. Es demasiado doloroso. Me fui de Francia por esto. Me fui para empezar una nueva vida. No puedo estar contigo. Te tengo cariño, pero ya no es más amor. Es culpa. Además... ¿Eso haría que me perdonases?
- No. Te odiaría de todas maneras. Desearía verte infeliz.
Francis se encorvó hacia delante y cubrió su rostro con las manos. Se sentía horrible. Aún con los ojos cerrados podía seguir viendo el rostro de Antonio. Aquello le atormentaba.
- ¿Por qué le tuviste que meter a él? Le has hecho daño.
- Lo sé, y lo siento por él. Pero te lo dije: le necesitaba.
- Era el mejor amigo que he tenido en mucho tiempo... Era... E-era alguien con quien no me importaba volver a pasar una noche... -la voz del francés sonaba atormentada, dolorida.
- Todo eso lo sé.
- ¿Entonces? ¿Por qué?
- Por eso mismo, cher. -dijo Jeanne estrechándole suavemente entre sus brazos a pesar de que Francis seguía encorvado sobre sí mismo- Porque es alguien muy importante. Hacía mucho tiempo que no te veía tan volcado en nadie. Creo que debe hacer más de cinco años ya de eso. Por eso te lo he arrebatado. Lo siento...
- Jeanne, yo no lo hice queriendo... -dijo Francis abrazándose a ella y asiendo las ropas a su espalda con fuerza. Notaba dos lágrimas surcando sus mejillas. No iba a terminar. Nunca terminaría.
- Lo sé. Me lo has dicho miles de veces. -murmuró la gala mientras acariciaba los cabellos rubios del hombre al que abrazaba. Se veía tan pequeño, tan destrozado... Una parte pequeña lamentaba haberle hecho eso. Una parte enorme se encontraba demasiado satisfecha.
- Lo siento... Lo siento muchísimo... Por favor, perdóname...
Como siempre, Jeanne no contestó a sus súplicas de perdón.
... Creo que no voy a comentar nada y voy a empezar a correr por mi vida. -corre en dirección a Francia- ¡El viernes que viene actualizo sin falta! Lo prometo. Además, os he dado un trocito más que cuando conté diez quedó en cuando Antonio se fue corriendo. No sé qué era peor... D:
nightview, te juro por mi madre que no lo hago a propósito xDDD Bueno... Jeanne es Jeanne xDDDD. Por dios ;A; Sobrevive! No quiero que nadie muera por mi fic ;w; Hombre, es que lleva la pasión en la sangre. ¡Gracias por el review! -hearts-
Eakeles, claro que no se ha podido resistir. Es que tiene mucho encanto xDDD La escena del cine yo creo que es Francis siendo puro fail xDDDD Me parece bastante mono igualmente. Pierre es amor y lo sabes *XD * La gente muchas veces va a lo fácil... no todo el mundo va a preocuparse y perder el culo. La vida no es tan maravillosa. Es Jeanne Jeanne, seh xD No es Fem!Francia XD.
Candy¸ wow tienes un instinto impresionante. Me sorprendes. Los capítulos intento que tengan un poco de todo. Wow no sé si tanto como increíble pero gracias -sonrojo- Me alegra que te guste como escribo. Me esfuerzo por mejorar para todos vosotros. Intentaré inspirarme con lo del Toisón, que no sé muy bien por dónde cogerlo si lo hago. Un saludo ouo!
Tanis Barca, ouo... Bueno, ves que los celos no es que sean celos normales... jo jo jo... XDDD. Son adorables ambos es imposible no quererles separados cuando se les quiere juntos un montón. El viernes dije que lo colgaría y es viernes. *abrazo fuerte * Gracias por leer ouo
Ariadonechan, Francis es un drama queen xD Y sí que tiene un aire a lo de las palomas. Un aire a fail xDDDD. No os odioooo -llora- Se descubre un poco más la relación que tiene con Francis pero no del todo. Pierre el padrino -se parte de risa al imaginarlo- ;u; Qué mona eres, leñes. David es demasiado odioso xDDD. Claro que sí, ¡polvo de cumpleaños! XDDD
Tomato-no-musume, tienes buen instinto... lo tienes... xDDDD Ambos pueden ser machos sin tener que empezar a ser raros. Además, si se comportan raros ellos mismos se dan cuenta XD. Te entiendo, yo también soy como masoquista en eso. Me da rabia la intriga pero la sensación es grande. Dios mío ;A; No regreses al vicio por mi culpa *se siente culpable* awww, m-me alegra que te guste ;u; gracias.
Misao Kurosaki, ¿Para qué tener sutilezas? Después es cuando le deja con las ganas. Lo tiene comiendo de la palma de su mano. Jajaja xD Pues sí, me da bastante pena pero no voy a dejar de publicarlo tampoco. Wow, la mejor manera de comenzar la semana -se siente halagada- Un saludoo~
Yuyies, el francés tiene motivos, sólo te digo eso. Se nota bastante con este capítulo, ¿no? Pues sí, es un gran paso. ¿Para qué tener excusas más complicadas? Son vecinos y eso de pedirle sal al vecino o cosas para cocinar es lo más normal del mundo. Espero que te guste todo esto ouo Saludos~
Hethetli, me has matado con lo de David Profesional spy XDDDDDDDD Me has matado mucho xDDD... Pues es Jeanne D'Arc en personaje AU extraño by me xDDD No es su hermana xDDD Seguro que le devolvió el felpudo, vamos xDDD
Y eso es todo por esta vez.
Un saludo~
Miruru.
