Mi odiado vecino
Capítulo 7
Había dormido fatal aquella noche. Bueno, deducía que había pegado alguna cabezada, pero no se sentía descansado. Aún le dolía la cabeza de haber llorado. Su estado se asimilaba al que solía tener después de una noche de mucho alcohol excepto por el hecho de que no tenía sed. El cuarto de baño del piso no era demasiado grande. Tenía una bañera, que ocupaba el lado más largo del habitáculo, después un modesto lavabo y una pila. Todo era de color blanco inmaculado. La mampara era de plástico nacarado y tenía un patrón de formas irreconocibles. Se miró en el espejo que tenía sobre el lavamanos y se sorprendió de lo rojos que estaban los ojos. Se lavó la cara y dedicó los minutos de rigor a desenredar su cabello. Escuchaba el ir y venir de Jeanne en la habitación, que estaba acabando de recoger sus cosas y los recuerdos que había ido comprando para su familia.
Cuando terminó, pidieron un taxi que les llevaría a la terminal. Francis había prometido que la acompañaría. Hablaron sobre el viaje que le esperaba y le recomendó comprar el desayuno dentro.
Su relación con ella siempre sería extraña. Francis deseaba su perdón y esperaba que cuando ocurriese, las cosas cambiaran. Porque la cosa es que Jeanne le odiaba y al mismo tiempo le quería. Le habían dicho que después de todo lo ocurrido, la muchacha había sufrido un severo trauma que le hacía comportarse como si de una desequilibrada mental se tratase. Jeanne se volvía una loca cuando el tema giraba entorno al francés. Con los demás, era una muchacha gentil y tímida. A pesar de todo lo que le hacía, Francis no podía odiarla. La culpa lo abrumaba y le hacía sentirse responsable de todos los actos que ella cometiese. Si se comportaba así era todo por él. ¿Qué podía reprocharle entonces?
Se abrazaron en la entrada a la terminal. Jeanne le dijo que volvería a visitarle. Francis deseó decirle que no lo hiciera, pero no le salieron las palabras. Bajó la mirada y permaneció en silencio. Ella se alejó y en su corazón Francis notó que ya no había tanto pesar. Aunque aún tenía algo que arreglar. Su miedo le había llevado a mentirle a un amigo importante. Aún así, Antonio se había sentido herido y había acabado por despreciarle. Estuvo esperando hasta las cuatro en la puerta del edificio. Sólo se fue diez minutos a comprar algo para comer y lo degustó de pie mientras esperaba. En cuanto le vio salir, empezó a seguirle.
- Antonio.
La mirada del de ojos verdes expresó sorpresa y disgusto en pocos segundos.
- Déjame en paz.
- Por favor, escúchame un momento.
- No quiero escucharte. No quiero verte. Piérdete, Francis Bonnefoy.
- Bien. Entiendo que estés enfadado. Lo comprendo de veras. Crees que soy despreciable, ¿verdad?
- Sí.
- Siempre tan directo... -dijo Francis sonriendo por no llorar- Pero dame al menos una hora para hablar contigo.
- ¿Por qué habría de hacerlo? -dijo Antonio parándose de repente y mirándole con indiferencia.
- Porque no voy a mentirte. Se acabó de ocultar cosas sobre este tema. Te voy a contar lo que ocurrió y si entonces quieres despreciarme, no te detendré. Pero al menos hazlo por lo que sucedió en realidad, no por una mentira.
El español le observó en silencio. Parecía estar pensando lo que le había propuesto.
- Sólo una hora. Te invito a un café. Cuando termine mi historia, te prometo que me levantaré y me iré pero al menos escúchame. No pido demasiado, ¿no?
- Está bien. -cedió el hispano- Vamos al café de la esquina.
No hizo falta preguntar qué tipo de café deseaba tomar, Francis lo sabía bien de otras ocasiones. Fue a la barra, los pidió, los pagó y luego los trajo hasta la mesa en la que estaba sentado el hispano, mirando hacia un lado con indecisión sobre lo que estaba haciendo. No tenía clara su decisión. Aunque por supuesto estaba aquel cariño que sentía por Francis después de las muchas noches en las que habían compartido cama. Se odiaba por no haberle podido decir que no. Sin embargo, deseaba escuchar la verdad. Tomó el sobrecito de azúcar y lo abrió. Vertió el contenido en el café y lo removió con la cucharilla.
- Puedes hablar, te escucho. -dijo Antonio. El francés le miró y suspiró
- A ver por dónde empiezo... Bueno, como bien sabes, nací en Francia y estuve allí viviendo durante una temporada antes de venir a España. Trabajaba en una multinacional a las afueras de París. Se dedicaba básicamente a repartir faena entre las diferentes sedes y organizar proyectos. Se coordinaba todo desde aquel edificio en el que trabajaba. Mi sección se encargaba de hacer pedidos a proveedores y un rollazo que mejor no te explico porque es aburridísimo. Era un grupo de trabajo grande pero nos llevábamos bien. Entonces un día llegó Jeanne a la división. Estaba como chica en prácticas y al principio no me interesé demasiado por ella. Pero Jeanne es una mujer impulsiva, fuerte y eso me atrajo. Me di cuenta de que también era muy hermosa. Adoraba su cabello, que por aquel entonces lo llevaba largo. En un arranque de heroicidad masculina, un día le compré un par de tallos de lavanda. Ella empezó también a sentirse atraída por mí. Empezamos a tontear. Caricias sutiles, miradas furtivas... Lo típico de los romances. -suspiró- Llegó el día que nos besamos y entonces supe que la quería. Nunca quedábamos fuera del trabajo. Nuestro amor vivía en aquella oficina y nos supo a poco. La invité a una cita un sábado y ella aceptó con una sonrisa que en aquel momento me pareció la más hermosa que había visto en mi vida. Fue una velada perfecta. Volví a traerle lavanda, ya que se había convertido en la flor que definía nuestra relación. Entonces fuimos a mi piso y nos acostamos. Si lo piensas, hasta aquí, es una hermosa historia de amor que merece ser contada en un libro para adolescentes hormonadas.
- ¿Cómo se fastidia esa bonita historia para jóvenes?
- La respuesta es fácil, Antonio. Es un compuesto de tres palabras: un condón roto. A las dos semanas me dijo que aún no le había venido la regla y que era extraño. Aunque por dentro sentí puro pánico, le dije que se calmara, que se comprara un test de embarazo y que lo hiciese. Por la noche me llamó. Nunca la había escuchado llorar. Y juraría que, entonces, nunca había escuchado a una persona llorar con tal desesperación. Me dijo que era positivo. Tenía veintidós años entonces y deseaba correr, pero mi cordura me detuvo. Le dije que no se preocupara mientras ella lloraba y lloraba. Entonces me dijo algo que creo que nunca se me olvidará: "Francis, no lo entiendes. No va a ir bien. Soy menor de edad"
- ¿Menor...?
- Jeanne es tres años menor que yo. Entonces tenía diecisiete. Ahí empezó la pesadilla. Ella no quería decírselo a su familia y dijo que iría a abortar sola. No pude permitirlo así que la acompañé hasta una clínica en el pueblo cercano. A pesar de no querer el niño, el aborto la desmoronó. Se sentía mal. Yo no podía evitar sentirme culpable a pesar de que no era por mi negligencia que aquel condón se rompiese. Tampoco sabía que me estaba acostando con una menor de edad. La culpa me corroía. Pero... -sonrió resignado- las cosas siempre pueden ir a peor. La empresa se enteró del aborto y empezaron los rumores. Todos nos veían bajo lupa. Los del trabajo me despreciaban por haberme acostado con ella, perdí amigos por ello, perdí reputación, perdí mucho. Claro que ella perdió aún más. Los rumores se hicieron cada vez más fuertes y mi carrera profesional se iba a pique.
- Pero tú la querías...
- El amor no vale nada para la gente que no lo siente. Mi familia me arrastró fuera de ese lugar. Yo no quería dejar a Jeanne sola, pero sus miradas me herían más y empecé a temer que alguien me denunciase. En un juicio así, perdería. Así que acepté el consejo de mis padres. Dejé el empleo y me encerré en mi barriada para intentar pensar y superarlo. Pero hasta ahí llegaron los rumores. Los vecinos, los que venían a repartir cartas... Ya veía fantasmas por doquier. Así que aproveché la oportunidad y me fui a otra ciudad en Francia. Entonces empezaron a llegarme las cartas de Jeanne. Perfumadas con el olor de nuestra flor. Amables palabras que dolían. Desde entonces ella no ha sido la misma. Me quiere pero me odia y desea que sea miserable. Por eso te mintió, para hacerme daño a mí. Lamento que ocurriese. Nunca me he atado a nadie desde entonces y nunca he hecho demasiados amigos a los que considerase verdaderos tampoco. Hasta hace unos meses. Esa es la verdad.
Antonio se encontraba atónito y miraba al francés sin poder articular una palabra. Aún estaba intentando procesar todo lo que le había contado. Francis sonrió resignado y se levantó.
- Me he pasado un poco de la hora, lo siento. -dijo aún con aquella sonrisa. Antonio pensó que se veía triste- No te entretengo más. Adiós.
Estiró la mano pero no pudo pronunciar el nombre del galo. Suspiró pesadamente al ver que ya se había marchado y que no había podido detenerlo, preso de la estupefacción. Necesitaba pensar y poner en orden sus ideas.
Le habían hecho marcharse del trabajo ya que no estaba haciendo nada a derechas. ¡No era su culpa! Bueno... Vale... Sí era su culpa. Habían pasado dos días desde que había hablado con Antonio por última vez. Francis no había tenido el valor suficiente para intentarlo. Podía recordar la mirada que el español le había dirigido el día que Jeanne le había mentido. No tenía el suficiente coraje para saber cuál sería la reacción. Aún así, se encontraba ridículamente afectado por todo el tema. Siempre, tras la visita de la muchacha, Francis pasaba unos días en los que su humor no mejoraba. Ya llegó por fin a casa, sacó las llaves y ni se fijó en cuál metía en la cerradura. Por supuesto, Murphy se encargó de que no fuese la llave correcta. Lo intentó de nuevo y le ocurrió lo mismo.
Entonces, la puerta contigua se abrió y Antonio se asomó. Francis le observó de reojo y no pudo leer nada en su expresión. Claro que tampoco se atrevió a aguantarle la mirada más de tres segundos así que no estaba del todo seguro. A pesar de eso, notaba los ojos del español posados en él. ¿Por qué demonios no podía encontrar la llave?
- Francis...
Le dio el pánico. Empezó a buscar en el llavero la que abría la puerta y no la podía ver. Se estaba poniendo nervioso. No quería escuchar. Deseaba abrir la puerta y refugiarse en el piso. En cambio, las llaves se le cayeron al suelo.
- ¡Joder! -exclamó molesto.
Antonio había estado observando la escena sin decir nada. Al principio sorprendido, luego le miró con leve tristeza. Francis se había girado ahora, se agachó y recogió las llaves. Cuando se incorporó, el español se fue hacia él y le abrazó por la espalda. El galo se quedó tenso. Por su mente sólo podía pasar una pregunta que temía hacer. Antonio fue el que habló y, de manera curiosa, hizo la misma pregunta.
- ¿Por qué? ¿Por qué no me contaste nada de todo esto?
- Hay cosas que uno no puede contar... Tú tampoco me contaste lo de David.
- Pero entonces no éramos amigos tan íntimos. Pensé que después de confiarte mi historia tú podrías confiarme la tuya. Lo siento si no soy tan de fiar.
- No es eso... -dijo después de suspirar pesadamente- Te mentí porque no quería que te vieses involucrado. En todo este tiempo, mis relaciones sociales han sido desastrosas. Nunca he querido relacionarme demasiado con nadie, ni hacer amigos cercanos porque temía que Jeanne apareciese de nuevo. A veces no me sentía con derecho a tener todo eso tampoco.
- Pero nosotros nos hicimos amigos.
- Eso no había entrado en mis planes. -dijo Francis tras reír brevemente- Pero fue una agradable sorpresa y no quería meterte en todo esto. No deseaba que Jeanne te descubriese y menos que se interesara por ti. También tenía miedo de que te enterases e hicieses como los amigos que tenía allí, que se apartaron de mi lado. Me aterraba pensar que pudieras mirarme como ellos.
- No creo que pudiese hacerlo.
- ¿Por qué, Antonio? ¿Por qué no me desprecias por lo que le hice a Jeanne? Lo más normal sería que me miraras con repugnancia y me dijeses que soy un ser despreciable.
- Siempre he sido un tío raro. Será por eso. -dijo Antonio después de reír suavemente- No lo sé, Francis. Lo que sí entiendo es que quiero seguir siendo tu amigo.
- ¿Estás seguro de eso?
- Seguro.
- Eres muy raro...
- ¡Ya te lo he dicho antes! -dijo risueño. Soltó el abrazo y le pegó una palmada fuerte en la espalda, amistoso- ¡Ale! ¡Anima esa cara! ¡El domingo hay partido! Quedamos en tu casa para verlo, ¿vale?
Francis ladeó su cuerpo para poder ver la cara de Antonio. El rostro del galo expresaba incredulidad. Cuando vio el ímpetu de su vecino, Francis esbozó una sonrisa tierna en el rostro. Si es que era lo que no había, más bruto cuando quería... Aún notaba la espalda palpitante de la palmada que le había pegado. Claro que, si se lo decía, sabía que contestaría que era un flojucho. No le iba a dar pie para que se burlara de él.
- Está bien. Nos vemos a las siete.
- ¡Traeré algo para cenar! -le guiñó un ojo al galo- Me voy. Que tengo ropa que lavar. Adiós.
La puerta se había cerrado y Francis aún seguía mirándola, como si en algún momento esperase ver a Antonio tras ella. Una cálida sensación embargaba su pecho: era el alivio. De repente, gran parte de ese estrés e inquietud que lo había estado amargando se había ido. El motivo era bien sencillo, el español lo sabía todo y aún así deseaba ser su amigo. Lo sabía y no le miraba con desaprobación. Él se escapaba a toda lógica hasta ahora conocida. Antonio era diferente. Se alegraba. Se sentía tan feliz...
- "¿Es raro que desee llamar al timbre y besarle hasta que se quede sin aliento?" -pensó para sí mismo el francés, con media sonrisa en el rostro- "Estoy cansado, será mejor que me vaya a dormir."
- ¿Estás seguro de que no quieres que te ayude a preparar la cena? Me siento un poco raro al estar sin participar cuando estamos en mi piso.
- ¿Es que no puedes estar quieto ni un segundo? Te dije que yo traería algo para cenar. ¿Cómo voy a dejar que lo prepares tú? No seas ridículo.
- Pero es que me gusta cocinar.
- Vete al comedor de una vez, Francis. Eres un pesado, no dejas de lloriquear y te voy a dar una colleja de las que pican como no dejes de preguntar.
- ¡Antonio es muy cruel! -se quejó el galo mientras se iba hacia la sala de estar para encender la televisión y ver el previo al partido.
Olía bien. Era la primera vez que dejaba que el hispano preparara la comida. Normalmente o iban a comer fuera o él se dedicaba a prepararla. Después de todo, a Francis le gustaba cocinar y además disfrutaba con la reacción del español a cada cosa nueva que probaba. Aunque también le producía curiosidad saber si cocinaría bien, todo sea dicho.
Le ayudó a llevar las cosas al comedor bajo amenaza de Antonio, que le había dicho que como tocara algo antes de llegar a la mesa, le cortaba las manos. Se había reído bastante ante aquel comentario.
- Ah, ¡mierda! -se quejó el francés cuando sin querer se tiró por encima un vaso de agua y se mojó la pernera del pantalón- Voy a cambiarme de ropa. Empieza sin mí a comer.
- Puedo esperarme, no te preocupes.
El armario quedaba en la otra punta de la habitación, enfrente de la puerta. Desde ahí, la cama quedaba a mano derecha y a mano izquierda había una cómoda y un espejo. Francis cuidaba mucho la decoración, que encajaba provocando una agradable armonía. Abrió las dos puertas del armario y miró al interior. En las perchas colgaban los pantalones y camisas que habían pasado por la tintorería hacía cosa de un día escaso. Cuando le apetecía, llevaba su ropa a la tienda para que la limpiasen a fondo y le dieran un planchado concienzudo. Cuando no lo hacía, Francis mismo se encargaba de planchar con esmero cada prenda. El teléfono resonó por el pasillo.
- ¡Francis, te llaman! -dijo el español a voz de grito para que le oyese.
- ¿Puedes cogerlo? -chilló el galo- ¡Diles que estoy ocupado y que no me puedo poner!
Cogió unos pantalones negros, los sacó de la percha y, tras quitarse los mojados, se puso los otros. Los que se quitó los puso en la percha y los dejó colgando del armario para que se secaran. Regresó al comedor silbando contento.
- ¿Ya ha empezado el partido? -inquirió Francis.
De repente algo le parecía que estaba mal. El televisor estaba en silencio y Antonio seguía al lado del teléfono. Su mano derecha aún estaba sobre él a pesar de que ya había colgado. Tenía la cabeza gacha aunque como estaba de espaldas no podía ver qué cara tenía.
- ¿Qué haces ahí parado? ¿Estás bien? -dijo el rubio sonriendo levemente.
Antonio se giró y le miró serio. Aquello lo alarmó por completo. Hacía cosa de cinco minutos el español estaba ilusionado por el partido y por que probara su comida. Sin embargo ahora lo miraba como si hubiese pasado algo.
- Francis, siéntate.
- Antonio, estás empezando a asustarme. ¿Qué ocurre? -dijo el galo.
- Siéntate. -volvió a decir el español. Francis se resignó y le hizo caso.
- ¿Ha pasado algo? ¿Quién era? -inquirió el francés serio. Estaba inquieto ante aquel comportamiento extraño de su vecino.
- Es Jeanne. Ha muerto. -dijo Antonio con pesadumbre.
Francis de repente notó un vuelco, como si todo lo que tuviera en el interior se hubiese retorcido. Después lo pensó fríamente; seguro que había escuchado mal. Antonio había dicho otra palabra que se asemejaba y él había entendido mal. ¡Qué cosas a malinterpretar! Sin embargo el español mismo parecía afectado por las palabras que estaba diciendo. Se negaba a creerlo.
- ¿Qué?
- Ha llamado una mujer, su nombre es Isabelle, me ha dicho que es la madre de Jeanne. Dice que esta mañana ha fallecido.
- P-pero... Si no hace tanto que se fue. Q-quiero decir... -no podía asimilarlo. Cada una de las palabras le resultaba demasiado surrealista- ¿C-cómo? ¿Qué ha pasado?
- Francis, eso ahora no es importante. Ya te contaré los detalles más tarde. -dijo Antonio sentándose a su lado y apoyando una mano en su hombro. El francés entornó el rostro y le miró con decisión a la vez que con consternación. Quería saber los detalles y que dejara de ocultarle información- Hubo un incendio en su piso. Dicen que algo hizo mal contacto y que prendió las cortinas casi como si estuvieran rociadas de gasolina. En poco todo el piso estaba en llamas. No pudo salir.
- Joder... Joder... Joder, joder, joder... -horrorizado, no podía pronunciar una palabra más. Imaginaba a Jeanne, ardiendo entre las llamas, en su piso. ¿Qué sería lo último que llegó a pensar? ¿Lloró? Era muy doloroso pensar en la situación. Se encorvó hacia delante, apoyó los codos sobre los muslos y la cabeza sobre las manos.
Antonio guardó silencio. Odiaba haber tenido que decirle él aquello. Cuando había escuchado a la madre de Jeanne explicarle lo sucedido, no había podido dar crédito. Le dieron ganas de llorar cuando recordó aquella sonrisa agradable de la muchacha y aquella pesada carga que llevaba sobre los hombros. Era desagradable. ¿Cuánta mala fortuna la había perseguido durante su vida? ¿Es que la pobre no había merecido que le ocurriese algo bueno? Tenía veintidós años. ¡Si es que aún no había empezado ni a vivir la vida como aquel que dice!
Sabía que aquello debía ser un tremendo golpe para el francés. No podía ni imaginar cómo se sentía. Por eso no decía nada, porque cualquier palabra sonaría a falsa cordialidad. El típico "te acompaño en el sentimiento" no era más que palabrería barata, algo que no haría más que molestarle. Quería apoyarle de verdad. Quizás el silencio era la mejor opción.
- Soy horrible... Soy una horrible persona, Antonio. -dijo Francis con un tono que encogió el corazón del español- Aún no está enterrada y además de intentar imaginarme lo terrible que ha sido su muerte, no dejo de pensar en algo que es despreciable.
- ¿En qué piensas? -preguntó con voz suave el de cabellos castaños.
- En que ahora sí que nunca me perdonará. Lo ha logrado del todo. Ahora sí que esto nunca terminará. Yo... De alguna manera necesitaba que ella me perdonase. Creía que si lo hacía, podría seguir adelante. Ella está muerta y yo no dejo de pensar en esto. Soy una persona horrible. Yo merecería estar muerto.
- ¡No digas gilipolleces! -exclamó Antonio molesto.
El tono asustó a Francis, el cual pegó un respingo en el sofá, y levantó el rostro para mirar al español. En su semblante, el galo pudo leer la indignación. No sabía a qué venía. ¿Estaría indignado por estar hablando de eso cuando Jeanne estaba muerta? La tristeza le estaba invadiendo al ver aquellas lágrimas por el rostro de Francis. Lloraba. Estaba llorando. Nunca lo había visto llorar pero descubrió que era doloroso. Se plantó delante de él, con las rodillas apoyadas en el sofá y le miró con ímpetu.
- Si necesitas que alguien te perdone, yo lo haré. Te perdono, Francis. -dijo y seguidamente le estrechó entre sus brazos.
- Antonio, eso no vale... Que tú me perdones n-no tiene sentido...
- Yo no estuve allí cuando pasó. He escuchado la historia que me has contado y puedo pensar con objetividad. Ella sufrió mucho y eso la llevó a cometer más errores. Tú también los cometiste, pero no significa que seas el único responsable. De lo que sí tienes la culpa es de haberte martirizado tanto. Francis, tú perdiste muchas cosas, tú te privaste de estar con la gente porque creías que no tenías derecho por lo que le habías hecho a ella. ¡Pero no habías hecho más que amarla! No creo que eso fuese un crimen. Ambos os equivocasteis. Pero está bien, no pasa nada. Los humanos cometen errores constantemente. No hiciste nada malo. Te perdono. Está bien. Ya puedes dejar esa carga a un lado. La has llevado tiempo suficiente.
Se hizo un silencio profundo. Antonio se negaba a soltar a Francis. Aunque se lo hubiese pedido, no lo hubiera hecho. El francés siempre había estado soportando aquello solo. Gran parte de su dolor sólo él lo conocía. Por eso, Antonio se negaba en rotundo a dejarle solo. Él se encontraba a su lado y quería que lo supiera. Francis apoyó la frente sobre su hombro y empezó a temblar en silencio. Sabía lo que le ocurría, volvía a llorar. A Antonio también se le saltaron las lágrimas.
Francis estaba acabando de hacer la maleta. Había conseguido un vuelo de última hora para Francia a buen precio. No iría en primera clase pero era lo único que había encontrado. Después de llorar como hacía mucho tiempo que no lo hacía entre los brazos de Antonio, había sacado fuerzas de flaqueza para llamar a Isabelle. El funeral se celebraría al día siguiente, por la tarde. La mujer le dijo que entendía que no pudiese acudir, pero Francis insistió en que lograría llegar a tierras galas antes de que empezase la ceremonia. Cuando había colgado, Antonio le había dicho que había conseguido un coche. Un conocido suyo, un tal Gil (ni idea de quién era el tipo en cuestión), le debía un favor y había logrado que se lo dejara.
- No hace falta que me acompañes al aeropuerto. -le había dicho Francis.
- Tendrás que llevar una maleta. ¿Prefieres ir en metro? No seas cabezota y acepta mi ayuda. -le había replicado el español poniendo los brazos en jarra.
Aquella expresión facial lo había dicho todo. Tanto si quisiera como si no, Antonio iba a llevarle hacia Barajas. Punto y final. El traje chaqueta negro que se enfundó a las ocho de la mañana lo había comprado en una de las tiendas más caras de Madrid. Casi lo había pedido hecho a medida, aunque eso le hubiese supuesto un grandioso palo a su bolsillo. Nunca pensó que lo estrenaría para ir a un funeral. La cara de Antonio, cuando le abrió la puerta de casa, no tenía precio. Estaba despeinado, algo ojeroso y bostezó sin recato. Francis sonrió resignado. Era tan terco el español... Tuvieron una pelea estúpida antes de llegar al coche. Antonio intentó cogerle la maleta. Francis insistió en que podía llevarla. El español la agarró por un lado e intentó arrebatársela y llevarla él. El galo la asió con fuerza e impidió que lo hiciera. Estuvieron como dos minutos tirando cada uno de un lado de la maleta. Finalmente ganó Francis. Antonio refunfuñó durante el descenso del ascensor y las dos calles que recorrieron hasta llegar al Seat Ibiza blanco que estaba aparcado enfrente de un Caja Madrid.
Desayunaron en el aeropuerto, comentando detalles sobre el vuelo y el tiempo que haría en Francia, y cuando volvió a mirar el reloj ya era casi hora de embarcar.
- ¿Seguro que no quieres venir? Podría pagarte el billete. -dijo el francés observándole atentamente. Antonio sonrió apurado.
- Estoy seguro. Tengo que hacer horas extra por la tarde, Urgencias está a tope de faena. Además, no la conocía de tanto, seguro que sobraría.
- Eso es una soberana estupidez. Pero, si tienes que trabajar, lo comprendo. -dijo sonriendo con aire apesumbrado.
¡Es que si ponía esa cara de cordero degollado era trampa! ¡Estaba jugando emocionalmente! ¡Eso era injusto! No podía irse, era cierto. Hizo una mueca y finalmente se le ocurrió algo.
- Ah, espera. Haremos una cosa...
Antonio tomó la mano de Francis y desabrochó el reloj que llevaba en ella. Después se quitó su propio reloj y se lo puso al francés. Una vez abrochado él se puso el que le había quitado.
- ¿Me acabas de robar descaradamente mi reloj? -preguntó sin comprender el rubio.
- ¡No, idiota! -dijo Antonio riendo- Es un intercambio de reloj. De este modo, cuando mires la hora, te acordarás de todo lo que te dije ayer y será un hechizo que te dará fuerzas. Si te sientes triste, mira el reloj. Aunque sea un poquito, ¡seguro que te animará!
Francis observó a Antonio con los ojos bien abiertos, atónito. De repente, estalló en una carcajada. El español estaba sorprendido, aunque acabó por sonreír. Bueno, después de la llorera de la noche anterior, aquello era nuevo y agradable.
- Oye, ¡no te rías! ¡Seguro que funciona! -se quejó Antonio sonriendo.
- A la vuelta te cuento
Francis se acercó y abrazó con fuerza a Antonio. Agradecía demasiado que hubiese estado ahí. No podía imaginarse cómo hubiese sido todo sin él. Desearía que le acompañase a Francia para afrontar mejor el funeral, pero no podía pedirle más. Como amigo ya había hecho más que suficiente. Además, se llevaba su reloj mágico. Si lo pensaba, le daba la risa. Ni se percató de que Antonio se había quedado de repente más tenso de lo normal. Cuando se apartó no se fijó tampoco en que parecía sorprendido. Caminó hacia la terminal arrastrando la maleta. Le guiñó un ojo y le lanzó un beso cuando ya iba a perderle de vista.
- ¡No me eches de menos, Antonio~!
No hubo contestación ninguna. El hispano seguía con aquella expresión de sorpresa y el cuerpo tenso. Mientras caminaba hacia el exterior, rumbo al aparcamiento donde había dejado el coche, Antonio fue pensando en mil y una cosas, tratando de confirmar algo que había acudido a su mente como un flash. Cuando se sentó en el asiento del automóvil, puso la llave en el contacto y se quedó inmóvil. Súbitamente se dejó caer contra el volante, escondiendo ahí su rostro.
- Joder... Mierda. Joder. Mierda. Joder...
Antonio levantó el rostro y sus ojos verdes observaron los aviones que despegaban. Sus mejillas estaban encendidas y una expresión de incredulidad adornaba su cara.
- Le quiero... Dios santo... L-le quiero de verdad...
Tadaaah~
Se terminó el capítulo. Muchas emociones en un sólo episodio (?). No sé qué comentar... owo... Sí, Antonio se ha dado cuenta de que en realidad le quiere~ Y lo de Jeanne... Bueno, se "corresponde" con lo de morir quemada... y eso... xDDDD. Además quería hacer algo que no fuese lo típico. Normalmente creo que está extendido ese concepto de: venga ahora alguien que dé celos y empiecen líos blablabla. De repente se me ocurrió esto, que si alguien lo ha hecho pues... no lo he copiado o.o Pero vamos, creo que no estaba hecho hasta el momento XD. Quería que no hubiesen acabado bien por algo muy gordo. Ahora sí que ya no sé qué más decir xD Paso a los reviews.
Nightview, oh dios xDDD ¡con armas de fuego y todo! ¡Ahora ya lo entiendes todo! No es que seas corta, mujer. No se había explicado nada así que si lo hubieses entendido me hubieras dado miedo o_ouu... Bueno pero sabes que cuando ha llegado el viernes has pensado que iba a actualizar y lo recibes con más ganas. ¡Si Antonio no tiene expresiones españolas, fin del mundo! ò.o XD
Ariadonechan, imaginaba que la esperaríais de ese modo. Por eso quería cambiar también un poco. Aunque sería buena si no fuera por... todo eso xDD. Pude cortar con Word y las funcionalidades de cortar y p- Ok, eso no fue divertido ;u;''... No, no... Francis es la drama queen xD está clarísimo. Pues no hay polvo, lol.
Hikaru in Azkaban, Lo sientooo~ Al menos es una semana. Que actualizo bastante constantemente. Hay otras que escriben y tardan un montón owo. No lloreeees -abrazo- ó.òu
Hethetli, jajaja desvirgaste el 70 *?* xDDD El cambio de Jeanne me gustas a Jeanne serásss...! Épico xDDD. Bueno, Antonio confiaba en ella y le cuenta esas cosas y ve que Francis está raro. Es normal que el pobre por un momento se lo crea.
Misao Kurosaki, nunca es tarde para leer -posa cool (¿)- Oh my god... curiosidad enorme XDDD. Bueno, Jeanne hace lo que sea para intentar destrozar a Francis. Aunque sea romperle el corazón a Antonio. Actualicé ouo
Candy, jaja Jeanne es una chulilla y tiene frases de chulilla xD. Jeanne es Juana de Arco, está claro. Jeanne D'arc, vamos ouo. No es que se solucione, pero bueno xDDD
Yuyies, David era un psicópata pero ella es retorcida xD. Tiene motivos bastante serios. Para ella haber engañado a Antonio de ese modo era algo que aunque le daba pena era necesario porque las ganas de herir a Francis eran mayores. Francis también tenía motivos para no contarle las cosas a Antonio así que supongo que no tenía otra manera. Ya no tienes que comerte más la cabeza ;D
Tomato-no-musume, no pasa nada ouo Se aprecia cada review, llegue cuando llegue! -hearts- xDDD Ya no tienes que matarla, ha ocurrido *lol esto ha sonado cruel* Antonio se recupera de esto, está claro. Aunque ahora tiene otro dilema en mente xDDDD No tiene un rato para descansar.
Esto es todo por esta vez,
Nos vemos en el siguiente capítulo.
Miruru.
