Mi odiado vecino

Capítulo 8

La última vez que había hablado con Francis fue la noche del día que se había marchado. Con voz ronca, le había estado hablando de la ceremonia, de cómo se encontraba la madre de Jeanne y más cosas. El español había escuchado todos los detalles e intentaba aportar algo de vez en cuando. Sabía que lo que necesitaba era hablar con alguien. De cualquier manera, aquello le sirvió como confirmación a Antonio. Le quería. No es que le gustara un mínimo físicamente, lo suficiente para acostarse con él. No. Eso no era. Deseaba pasar rato con él, se divertía estando a su lado, no quería verle infeliz. Verle llorar la noche anterior le había partido el alma. No pensaba permitirlo nunca más. Sin embargo, aquello sólo significaban problemas.

Francis no se había atado a nadie desde hacía más de cinco años. Sólo había tenido ligues ocasionales y pocas veces repetía. Con él sí que lo había vuelto a hacer, pero aquello no quería decir nada. No podía decirle sin venir a cuento: "Eh, Francis. No deberías verte con nadie más" e intentar no levantar ningún tipo de sospecha. El galo no dejaría de tener sus amantes.

Durante los tiempos libres que había tenido entre consulta y consulta en el hospital, no había podido dejar de pensar en eso. ¡Y un gillipollas (porque otro nombre no podía darle) le había dicho que suspiraba mucho y que si estaba enamorado! ¡ENAMORADO! ¡Jah! Ya en casa, se puso a trastear con el teléfono móvil. Sin saber cómo, acabó viendo las fotos que se había hecho con Francis cuando habían estado en una discoteca. Estaba mirando fijamente la cara del galo, feliz, y de repente el móvil empezó a vibrar y timbrar. Casi se le sale el corazón por la boca. Miró a la pantalla y vio escrito: "Llamada entrante: Francis Bonnefoy"

- "¡Lo he invocado!" -pensó atónito el español, mirando al móvil como si estuviese embrujado.

Tras dos segundos, reaccionó y descolgó el teléfono.

- Has tardado mucho en cogerlo, ¿qué andas haciendo en mi ausencia? Ay, Antonio~

- ¿Q-que qué hago en tu ausencia? ¿Pues qué voy a hacer? Vivir la vida con total normalidad.

- Qué cruel. En realidad llamo para pedirte un favor. Me han pedido que me quede un par de días más y luego quizás vaya a visitar a mi madre. ¿Podrías recoger mi correo? Sé que te quitará algún minuto pero sería todo un detalle.

- Claro, no te preocupes. Lo recogeré sin falta.

- Eres muy amable~ ¿Quieres que te traiga algo de Francia?

Su comportamiento era estúpido. ¿Por qué estaba tan contento por la llamada? Aunque, al mismo tiempo, Antonio deseaba que no lo hubiese hecho y así poder aclarar sus sentimientos.

- No hace falta.

- Oye, por cierto. -dijo Francis con tono jovial- Tu reloj funciona. Anima de veras.

- ¿Lo ves? Te lo dije. -rió el español, enternecido- Bueno, tengo que colgar. Y mejor, porque sino la llamada nos va a salir por un pico.

- Tienes razón. Te llamaré en unos días.

- ¿Para qué? ¿No me digas que tienes morriña? ¿Echas de menos tu piso?

- ¡Es que se va a llenar de porquería! Llegaré y estará sucio. Es sólo eso. -escuchó a Antonio carcajearse- ¡No te rías!

- Pásatelo bien por Francia. Te mereces relajarte y divertirte. Nos vemos.

Colgó y suspiró pesadamente. Su corazón estaba entristecido ante aquella noticia. Francis no iba a regresar enseguida, se quedaría más tiempo en su tierra natal. Era una magnífica oportunidad para ver a la familia, eso sin lugar a dudas. Pero Antonio pensó que lo iba a echar de menos muchísimo. Quería quedar con él, quería verle, quería comprobar que todos esos sentimientos eran reales. Porque si lo eran, estaba jodido. Aún se negaba a creer por completo que le quería. Tenía la esperanza de que fuera algo pasajero. Un instinto maternal (eran ideas, ¿vale? Por locas que pareciesen podrían ser ciertas) que se había despertado al verle hundido pero que no era más que eso. Ya que, la alternativa a eso era quererle y sabía que aquello sería demasiado complicado. Dejó caer la cabeza contra el respaldo del sofá y volvió a suspirar pesadamente. No le apetecía siquiera cocinar. Se levantó y decidió salir a comprar algo que comer.


Antonio Fernández Carriedo, médico de profesión, se había dado a sí mismo el título de grandísimo gilipollas. Parecía ser que tenía una enfermiza obsesión con tener que pasarlo mal. Primero había sido el tema de su jefe acosador, el cual había sido encarcelado por una temporada y luego le habían mandado a vivir bien lejos de donde él habitaba, con prohibición de acercarse a él de por vida. Luego había sido el tema de sus compañeros de trabajo: sucias ratas que tan solo se preocupaban por su seguridad y que a pesar de lo ocurrido no se habían interesado ni un mínimo por él. Antonio se había llevado serias decepciones con el comportamiento indiferente y posteriormente marginador de sus compañeros. Y, actualmente, le había dado por el amor no correspondido y la añoranza de su compañía.

Habían transcurrido tres días y a él le parecía toda una eternidad. Se pasaba la mayor parte del tiempo soñando despierto. Rememoraba todos y cada uno de los momentos vividos con Francis, tratando de buscar el instante en el que una simple amistad pasó a significar más que eso para él. Quería conocer en qué momento había cometido el error de empezar a tener sentimientos hacia el francés.

Leía el periódico y encontraba noticias de Francia que le recordaban a ese gabacho que seguía sin volver. Ojeaba revistas de deportes y eventos, encontraba alguno que le gustaba y entonces pensaba que sería genial ir con Francis. Incluso una vez se acabó arreando a sí mismo al encontrarse planeando una cita. ¡Una jodida cita! ¿Qué sería lo próximo? ¿Escoger un vestido blanco de un catálogo mientras se limaba las uñas? ¡Es que estaba peor que una adolescente hormonada! Ya empezaba a tener la paranoia de que, en su mente, el recuerdo de Francis se había ido reescribiendo a sí mismo y se había convertido en algo más perfecto y prácticamente rozando al misticismo de los dioses griegos.

Lo cual era jodidamente ridículo.

Y no se reducía a un simple pensar. Se había odiado a sí mismo la noche anterior en la que, tumbado en la cama, había empezado a recordar al galo. Entonces había cerrado los ojos y sus manos habían tomado el control de la situación, acariciando su cuerpo hacia abajo mientras imaginaba que el que le tocaba de aquel modo era Francis. Cuando terminó, miró su mano manchada mientras respiraba agitadamente y sus mejillas estaban suavemente encendidas debido al calor y las sensaciones a las que su cuerpo había estado sometido y pensó: ¿Qué diablos estoy haciendo?

No le apetecía ni cocinar. Llevaba un día y medio comiendo alimentos precocinados. Ensaladas, pollos, etc. Y cuando salía del trabajo supo que sería un día igual. Mientras miraba la sección de comida precocinada, Antonio suspiró con pesadez. Cuando volviese a casa le pegaría una buena patada en la rodilla, para compensar por lo que le estaba haciendo pasar.

No pudo decidirse entre los dos platos que tenía entre las manos así que los echó ambos. Sólo le faltaba eso. Se pondría como una vaca y también sería su culpa. Pues si entonces no le gustaba, se sentaría encima de él y lo chafaría hasta la asfixia.


Hacía dos días que no llamaba a su vecino. Era curioso como uno llegaba a acostumbrarse a cosas tan simples como hablar con una persona prácticamente cada día. En realidad hubiese deseado llamarle la mañana anterior pero, teléfono en mano, había mirado al suelo pensativamente y había concluido que aquello era extraño y quizás Antonio iba a pensar lo que no era. Había pasado el tiempo de compras con su madre, luego habían ido a comer a un elegante restaurante y más tarde al teatro.

Cuando salieron a la calle, Francis levantó la vista y se quedó embobado mirando las estrellas. Hacía tiempo que no las veía tan claras. Aunque, en plena capital española, era lógico que no las iba a vislumbrar. Miró la hora y vio que era tarde. Mejor dejar la llamada para otro día.

Durante la actual jornada, no había podido dejar de pensar en que llamar no era tan mala idea. Podría empezar con un tema tan casual como: "Eh, oye, ¿ha llegado una carta de mi empresa? Estoy esperando unos papeles." La verdad era que no le tenía que llegar ningún documento. El siguiente tema que plantearía sería el del clima y ya después terminaría preguntando por el trabajo. Era una bonita manera de charlar con él un rato.

Su madre proporcionaba una conversación bastante interesante pero, aún así, no era lo mismo que hablar con Antonio. Todo eso lo planeó desde las siete hasta las diez. Entonces se decidió, cogió el teléfono y llamó al español. Escuchó los tonos pasar, uno tras otro, y de repente saltó el contestador. Ocurrió lo mismo con el teléfono de casa. En ese instante cayó en la cuenta de que era jueves, seguramente estaría en el trabajo. Sonrió al recordar a Antonio en el uniforme médico. Hacía bastante que no iba a visitarle. Seguramente lo haría una vez regresara a España.

Marcó el teléfono del hospital, dispuesto a pedir que le pasaran con él. Cuando contestaron, Francis se apresuró a hablar.

- Buenos días, mi nombre es Francis Bonnefoy. Me gustaría hablar con Antonio Fernández.

- Lo lamento, señor Bonnefoy, me temo que Antonio Fernández no puede recibir llamadas en su habitación. Los médicos se lo han prohibido.

Francis rió por un instante.

- Ah, perdón. Creo que me ha entendido mal. Me refería a que me gustaría hablar con el doctor Antonio Fernández Carriedo. Normalmente es médico de consulta, aunque quizás esté en Urgencias cubriendo algún turno de más.

- Y yo le repetiré esa misma información, señor Bonnefoy. El doctor Fernández no puede recibir llamadas en su habitación.

Fue curiosa la sensación de que se le taponaban los oídos. De repente no era capaz de escuchar nada más aparte de su corazón latiendo con fuerza y de la voz de la mujer en el auricular del teléfono. Si no hablaba, seguramente colgaría y tendría que volver a llamar. Se forzó a reaccionar.

- ¿Está hospitalizado?

- El señor Fernández fue admitido en urgencias en la madrugada de hoy.

- Pero, ¿qué ha ocurrido? ¿Está bien? ¿Qué tiene?

- Lo siento, el historial del paciente es confidencial y no le puedo proporcionar esa información ya que usted no es familiar cercano.

- ¡Espere, espere! ¿No hay nadie visitándole con quien pueda hablar? Ya sabe, alguien haciéndole compañía.

- No hay nadie.

- ¿No puedo hablar con él?

- Lo siento. El señor Fernández está en observación y no puede recibir llamadas. Es el reglamento interno. De todos modos seguramente le den el alta esta noche, cuando hayan pasado veinticuatro horas desde su ingreso.

- De acuerdo. Gracias. Supongo. -dijo Francis de mal humor antes de colgar.

Se había sentado en la cama desde que había escuchado que Antonio estaba en el hospital y no trabajando precisamente. ¿Qué era lo que le había ocurrido? Pero no debía ser algo trivial porque le habían ingresado. La mujer no parecía demasiado alarmada, muriéndose no estaría... ¿No? Sin embargo, la fingida indiferencia desaparecía cuando pensaba en algo. Estaba solo. Antonio no tenía amigos por la zona, su familia estaba lejos y él se encontraba aquejado de a saber qué cosa, en una triste sala de hospital, totalmente solo. Se le partía el alma. Si a él le ocurriese lo mismo, odiaría no tener a nadie a su lado. Por eso no lo permitiría. Iría y le haría compañía. Se levantó de un salto, lanzó su maleta negra con ruedas y empezó a recoger su ropa.

- Francis, ¿qué haces?

- Debo regresar a España hoy mismo. Hay alguien a quien debo ver.

En una hora, Francis había recogido todo, se había vestido y estaba listo para salir corriendo. El siguiente paso fue buscar un vuelo de última hora que le llevase lo antes posible de regreso. Después de fracasar buscando por internet, se aventuró a ir directamente al aeropuerto. Allí estuvo un total de tres horas hasta que le anunciaron que había una plaza libre en el avión que salía a las tres de la tarde.


Tenía la garganta seca. La simple tarea de tragar saliva se convertía a la vez en una bendición y una maldición. Por una parte se la refrescaba y por otra le producía una sensación de escozor que le ardía. Estaba casi seguro que sería a causa de la medicina que le habían dado. La habitación olía a medicamento y enfermedad. Le amargaba aquel ambiente triste y lleno de gente con sentimientos negativos y dolor. Por eso no había cogido la especialidad de oncología. El español no quería tratar demasiado con los pacientes porque era propenso a desarrollar vínculos con ellos. Tratar a alguien que conoces es algo que entorpece el trabajo de un médico.

Ninguno de los compañeros del hospital había pasado a verle. Quizás en otra ocasión hubiese deseado incluso llorar, en esa soledad amarga. Daba igual. Ya lo había hecho en casa la madrugada anterior. Llorar porque estaba solo en esa sala del hospital no hubiese tenido sentido. Al menos estaba mejor. Seguramente le darían el alta en unas horas.


Noche anterior, 23:30.

La bolsa del supermercado golpeó contra la pared con fuerza mientras tanteaba en busca del interruptor que encendiese la luz del pasillo. Sólo a él se le ocurría la idea de ir a pasear después del trabajo. Había andado y andado mientras pensaba en el tema de Francis. Cuando había despertado de su estado de ensoñación en la que sólo encontraba problemas y más problemas, estaba en la otra punta de la ciudad. Se paró en un supermercado, compró comida precocinada que calentar cuando llegara a casa y volvió a caminar hacia la parada del metro más cercana.

Dejó las bolsas sobre la mesa y, sin mirar, arrancó el cartón que envolvía el plato de comida precocinada y lanzó el recipiente sobre el microondas. Le dio tres minutos y apretó el botón de encendido. El trasto empezó a hacer un ruido infernal. Seguramente un día explotaría. Fue al comedor y abrió la tapa de su portátil, el cual había dejado enchufado descargando la última comedia romántica que estaba en la cartelera del cine. Sí. Entre la de acción y la romántica había cogido la romántica. Se daba asco a sí mismo por su comportamiento tan marica. Comprobó el correo electrónico y se topó con uno de un amigo que hizo cuando estuvo trabajando en el primer hospital. Hacía mucho que no hablaba con él y de repente se enteraba que estaba viviendo cerca de Madrid.

El pitido del microondas se le clavó en la cabeza. Al principio pensó que quizás ya había petado del todo, luego se dio cuenta que era que la comida ya estaba caliente. Bajó la cubierta del portátil y se fue a la cocina. Del cajón superior del armario de color blanco que había al lado de la nevera, sacó un tenedor, tomó la comida y se sentó en una silla.

Su mente volvió al tema del francés mientras comía. ¿Qué iba a decirle cuando regresara? ¿Y si le traía algo de Francia? Se moriría de vergüenza si eso ocurría... Tenía ganas de darle un abrazo. Deseaba charlar con él en persona, verle reír y decir sus típicas estupideces. ¡No debería haberse despedido con ese abrazo en el aeropuerto! ¡En ese momento fue consciente de sus sentimientos y desde entonces no había podido cumplir con lo único que le había pedido: no echarle de menos! ¡Era incapaz de no añorarle!

Se echó sobre la mesa y suspiró. Acabó por sacar el móvil y mirar las fotos, como una adolescente enamorada. A la mierda las apariencias. Tras largos minutos, Antonio se dio cuenta de que algo no iba bien. Un suave ardor de estómago se había ido incrementando hasta tornarse en un dolor que no cesaba. Abrió la basura y rebuscó en ella el cartón que había arrancado a los alimentos. Buscó la lista de ingredientes y encontró lo que imaginaba. Tomate. No se había percatado con el sabor, pero llevaba.

Se arrastró hasta la cama y se echó, deseando dormirse y así poder ignorar el dolor de estómago que se incrementaba. No sólo no pudo hacerlo, sino que además se retorcía por el sufrimiento. Tenía la esperanza de que se pasaría. La reacción alérgica fue a más. Empezó a sudar y a respirar agitado. Cuanto más rato pasaba, más le costaba tomar aire. Alarmado, se levantó y caminó por el pasillo lentamente hasta llegar a la cocina, donde descansaba su teléfono móvil. Lo tomó entre las manos, tembloroso, y marcó el número de urgencias. Se sentó en la silla de golpe mientras los tonos sonaban.

Una voz de señorita le saludó y le preguntó qué le ocurría. Trató de explicar su situación pero su voz estaba ronca y con cada intento de hablar le daba la sensación de que su garganta se oprimía y no podía respirar. Finalmente logró decir alergia. La chica al parecer comprendió y le hizo unas rápidas preguntas. Alguna las contestó dando golpecitos sobre el auricular del teléfono y tuvo que decir "tomate" lo cual fue un verdadero suplicio.

- Enseguida mandamos una ambulancia. No se preocupe. La ayuda va en camino.

Caminó hacia la puerta de su piso y la entreabrió, esperando que llegaran. Benditos sistemas para saber el emplazamiento de la persona que llamaba... Se apoyó contra la pared y cerró los ojos, concentrándose en respirar. Notaba las manos hormigueantes, como si tuviese los brazos hinchados. No sería raro que también tuviese la cara algo inflada. El estómago le seguía doliendo.

Se dejó caer, resbalando sobre la pared hasta quedar sentado en el suelo. Se sentía agotado. El aire, cada vez le costaba más tomarlo. No llegaba aún nadie. ¿Y si se moría? ¿Y si no llegaban a tiempo y se moría allí en el suelo de su piso? No habría nadie a su alrededor. Ni una sola alma que hiciera que aquello le diese menos miedo. Estaba aterrado, no deseaba morir.

Recordó a su madre, ajena a todo en su modesto apartamento. Seguramente, a esas horas estaría durmiendo. Si se moría, la llamarían y le darían un susto tremendo que pasaría a ser dolor. Ojalá pudiera ver a su madre de nuevo. Y a su padre. Jugar con él al fútbol o reír juntos sobre los últimos partidos y la cara que seguramente hubiera puesto su tío cuando su equipo favorito perdió.

Las lágrimas se acumulaban en la comisura de sus ojos y de vez en cuando alguna se negaba a secarse y se deslizaba por su mejilla. Lo malo de llorar cuando te falta el aliento es que hace que necesites tomar más aire. Y eso le era imposible. Empezaba a sentirse incluso mareado.

- "Francis... Francis... Ayuda..."

Escuchó lo que le pareció la sirena de la ambulancia pero no estaba seguro. Su mente se encontraba nublada y estaba todo cada vez más negro.


Cargado con una elegante maleta negra, que se tambaleaba violentamente de un lado a otro a causa de la prisa que su dueño llevaba, Francis Bonnefoy llegó por fin al hospital. Eran pasadas las siete de la tarde y el vuelo se le había hecho eterno. Por un momento había deseado saltar para llegar antes abajo. Corrió hacia el mostrador y se pegó a él como si fuese un bote salvavidas y Francis estuviese en medio de un mar helado.

- ¡Antonio Fernández Carriedo! ¡H-he venido a verle! ¿Aún está aquí? ¿Está bien? -dijo con nerviosismo y de corrido.

- El señor Fernández está en la planta uno, habitación 110. Está esperando a que el médico pase y le dé el alta.

- Gracias.

Francis casi corrió por los pasillos que llevaban al ascensor. Mientras esperaba a que bajara, pegaba nerviosamente con el pie sobre el suelo pulido. Cuando llegó, acelerado, caminó por el pasadizo buscando el número 110. Una enfermera le encontró por el lado contrario y se ofreció a acompañarle. Se fijó en ella, estaba bastante bien.

- Me alegra ver que alguien viene a verle. Está tan callado y solo que no puedo evitar sentir lástima.

- No me lo han querido decir. ¿Qué le ha ocurrido? -preguntó Francis.

- Una reacción alérgica severa. Los enfermeros le encontraron inconsciente en casa y con problemas respiratorios graves. Tuvieron miedo de que entrara en coma. Por suerte se normalizó su situación. Pero claro, tras esto, los médicos concluyeron que sería oportuno tenerlo un día en observación.

- El dichoso tomate... -dijo el francés frustrado.

La enfermera le señaló al final del pasillo. Francis le dio las gracias un par de veces y caminó hacia allí. Cuando abrió la puerta de la habitación, Antonio ni se inmutó. No miró, seguía oteando el paisaje tras la ventana. Aún tenía puesta la vía en la mano derecha. Estaba tan serio que era hasta acongojante.

- Antonio... -llamó.

Los ojos del español se abrieron, presos de la sorpresa. Entornó el rostro y miró a Francis como si fuera un espejismo.

- F-Francis... ¿Qué haces aquí? Tú estabas en Francia...

- Intenté llamarte y me dijeron... -Francis bufó aliviado. Soltó la maleta bruscamente y se acercó a él- A quién se le ocurre...

- ¡No! ¡Te lo juro! Esta vez no lo he hecho a propósito. Te lo prometo. ¡No comí tomate a propósito!

Francis supo que no mentía. Aquella expresión en su rostro estaba horrorizada y a la vez parecía embargado por una tristeza enorme. Entonces la descripción que le había dado la enfermera le regresó a la mente e imaginó cómo se había tenido que sentir Antonio, solo, enfermo. Se sentó en el lecho y lo abrazó.

- ¿Te encuentras ya mejor? -preguntó el francés.

- S-sí...

Antonio estaba tenso y sorprendido. El francés estaba realmente allí y le abrazaba. Y pensar que hacía horas había creído que nunca más podría sentirle cerca, ser estrechado entre sus brazos. Se sentía mal... Se sentía emocionalmente mal porque le hacía tan débil que era hasta ridículo. La tensión dio paso a un temblor y Francis supo qué estaba ocurriendo. Su semblante reflejó la tristeza que sentía al saber que el español lloraba.

- P-pensé que iba a morirme... Que moriría solo... T-tuve tanto miedo, Francis.

- Lo sé, lo sé... -dijo con voz suave el rubio.

Estuvieron minutos abrazados, sin decir nada más. Luego hablaron sobre los detalles del viaje del francés. Éste se sintió más aliviado cuando, tras contar una anécdota sobre su madre, Antonio se había reído brevemente. Lo prefería así, contento como siempre. Sobre las nueve, el médico pasó y le dio el alta al español. Le advirtió de que vigilara mucho con lo que comía. Ambos le dieron las gracias. Ya en el taxi, Antonio miraba hacia la ventana serio, ausente.

- Francis, gracias por venir. -dijo escuetamente. El galo le miró y acabó por sonreír resignado.

- No me las tienes que dar. Eres mi mejor amigo. Creí que me moría de la preocupación.

Antonio se percató entonces de algo. Durante estos días había creído que su dolor se basaba en la distancia que les separaba mientras él estaba visitando a su familia en Francia. En ese momento descubrió que no era sólo bajo esas circunstancias. Francis estaba muy cerca de él y sin embargo era doloroso. Saber que a pesar de la poca distancia no podía darle la mano, abrazarle sin que fuera raro, darle un beso o incluso decirle que le quería, era difícil. Todo aquello estaba encerrado en su interior.


La vida le iba bastante bien a Francis Bonnefoy. Su trabajo era entretenido y se encargaba de usar su imaginación para diseñar los mejores pases de modelo que muchos podrían imaginar. Sus dos últimos proyectos le habían proporcionado bastante fama en el mundillo y su jefe le había felicitado en diversas ocasiones. Fuera del trabajo, no podía quejarse. Su mejor amigo, Antonio Fernández, ocupaba gran parte de su tiempo. Habían empezado a componer una canción y se pasaban las horas discutiendo de nuevo sobre qué acordes encajaban mejor y sobre qué palabras rimaban. Bebían y reían mientras pasaban el rato.

Aunque claro, no sólo pasaban el rato con aquello: iban al cine, a ver el fútbol, tomaban unas cañas mientras discutían sobre política... Y esa situación se había mantenido con normalidad durante un mes y medio aproximadamente. Entonces, Antonio empezó a disculparse y a encontrarse menos con él. Siempre tenía algún turno extra o substituía a algún tipo en el trabajo. No entendía por qué tenía que ser tan amable con esa gente que ni tan siquiera se preocupaba por él.

Miró la hora y vio que aún era pronto. Volvió a mirar los papeles. En media hora saldría y no tendría plan alguno. Bueno, siempre podía irse a tomar alguna copa solo. Aunque sin duda aquello era patético. Cogió el móvil y llamó al español. A la segunda vez que lo intentaba, lo cogió.

- ¿Diga? -preguntó el español

- Hombre, pensaba que no lo cogías. Hoy han estrenado una película bastante buena y me preguntaba si te apetece ir. Es por salir un poco y hacer vida social y no quedarme durmiendo sobre el sofá como si fuese un abuelo.

- Lo siento, Francis. Tengo turno doble hoy. Después de la consulta iré a Urgencias a ayudarles con el volumen de pacientes que tienen este mes.

- Oh, lo entiendo. No te preocupes. Ya haré cualquier cosa. -rió brevemente- ¡Como si no tuviese nada más que hacer! ¡No soy de esos que sólo se vuelcan en un amigo y que si no, no pueden hacer nada más!

- Bueno, me alegro, así me sabe menos mal. Tengo que dejarte, ya he hecho esperar suficiente al paciente.

Francis apretó la tecla roja de su teléfono y se lo apartó de la oreja. Lo dejó descansar sobre el escritorio y suspiró, frotándose con las manos los párpados. Bueno, pues nada, descansaría.


El español, apoyado contra las baldosas del baño, suspiró con pesadumbre. Sabía que se acabaría dando cuenta de lo que estaba ocurriendo. Después de un mes, la situación se le había hecho insoportable. Seguían siendo amigos, incluso mejor que antes. Aunque el contacto físico se había reducido a abrazos y la cercanía que se debía a que Francis desconocía el concepto del espacio personal.

De su anterior definición de amigos con derecho a roce había desaparecido al completo la parte del derecho a roce. El francés parecía haberse vuelto inmune a todo aquello. No había vuelto a llamar a su casa en busca de su compañía en la cama. ¿Por qué repentinamente se encontraba en aquella situación? No tenía la más mínima idea del motivo. Sabía que no podía decirle, en estas nuevas circunstancias, que le quería. Tenía el miedo a que Francis siguiese pensando en la difunta Jeanne. Su relación había sido muy importante y quizás estaba pasando por una especie de luto.

Por todo eso, Antonio había empezado a apartarse con disimulo. Aunque era más que lógico que se iba a dar cuenta. Trabajaba demasiado últimamente. Intentaba quedarse con todos los turnos que pudiera. Se iba a hacer asquerosamente rico, pero se sentía bastante desgraciado. Estaba enamorado de un francés ligón, que no se enteraba y que seguramente no tenía ningún deseo de volver a acostarse con él.

Cuando tenía tiempo, pero no ganas de ver a Francis, huía fuera de Madrid. Se montaba en un autobús e iba a visitar a su amigo a las afueras. Se había instalado hacía cosa de dos meses allí y era una buena distracción.

Gilberto era un peculiar hombre de 28 años que había conocido mientras estaba trabajando en Vilafranca. Aquella noche Antonio había estado tocando en un pequeño pub flamenco con la guitarra. El local era un sitio no demasiado conocido y que había cerrado meses después por falta de fondos. No era muy grande y su iluminación era bastante pobre. Había un total de nueve mesas y el escenario que era un gran tablón de madera que a veces parecía que iba a hundirse. El ambiente siempre solía estar cargado del humo de los cigarros de los clientes. En aquel momento, el hispano estaba recogiendo la maleta cuando un hombre se acercó a él. Su cabello era tan rubio que hasta parecía blanco y sus ojos eran tan marrones que daban la impresión de ser rojos. Por un momento pensó que un personaje de película había salido de algún rollo y se había materializado delante de él.

- He estado viendo tu actuación. Tocas casi tan bien como yo. ¿Quieres unirte a mi banda de rock? -le había dicho el peculiar muchacho

- Me niego. -contestó con decisión Antonio, sin pararse a pensar ni un sólo segundo.

Gilberto le había estado insistiendo en otras ocasiones para que formara parte de su grupo de rock. Antonio había llegado a pensar que todo era mentira y que ese tipo sufría delirios de grandeza. Aunque no llegó a aceptar nunca la propuesta de ingresar en su grupo, ellos llegaron a conocerse y hacerse amigos. Gilberto había nacido en Valencia pero se había mudado a Vilafranca porque su padre, Federico, había sido trasladado al lugar. Su madre era de origen alemán, una belleza a la que Antonio le había dejado hechizado. Tanto, que Gilberto le pegó un codazo en las costillas y le dijo que dejara de mirar a su madre de ese modo. Tenía un hermano pequeño que daba miedo (bueno, Gilberto también era digno de investigación) que se llamaba Ludwig ya que a la madre de ambos siempre le había gustado el compositor. Pues bien, el joven Ludwig siempre estaba serio. SIEMPRE. Antonio juraría que nunca le había visto sonreír o tener una expresión de amabilidad en el rostro. Tampoco era muy hablador. Recordaba que una vez había entrado en la casa, con un paquete entre las manos, les había mirado sin expresión alguna durante un minuto y medio, con cara de pocos amigos, y se había ido a su habitación a jugar a los videojuegos.

- No le hagas caso, Antonio. Si en realidad Ludwig es un cacho de pan. -había dicho Gilberto.

- Pero es que nunca habla, me da respeto.

- No te preocupes. Fíjate, hoy ya no saldrá más de su cuarto. Tiene un amigo japonés con el que se habla por internet y le ha enviado un nuevo juego que ha salido. Estaba deseando que le llegara el dichoso paquete. Ahora no tenía con qué entretenerse y cada dos por tres me obliga a limpiar. Me tiene frito.

El grupo de rock de Gilberto se llamaba "Polluelos asesinos". El día que escuchó el nombre, Antonio se rió a carcajadas durante diez minutos al menos. Aquello no alegró al líder del grupo que consideraba que se riese tanto una grave ofensa. Tocaban un rock que a Antonio no le gustaba nada, aunque por lo visto eran tan populares que habían podido grabar una maqueta.

El nombre artístico de Gilberto era: "Alas negras". El hispano había vuelto a reír demasiado. Después, le había puesto el apodo de "Gil" y de vez en cuando no podía evitar bromear y decirle "Di 'y tal y tal'" o "¿Te vas a mudar a Marbella?". A pesar de esos continuos tira y afloja, se llevaban bien.

Después de perder el trabajo, Antonio se había despedido de Gilberto y habían prometido ir contactando con regularidad. Entonces, hacía dos meses, se había mudado a las afueras de Madrid y la primera vez que volvieron a reencontrarse, Antonio le tomó prestado el coche para llevar a Francis al aeropuerto. Seguía como una cabra. Lo segundo que le preguntó fue si quería formar parte de su banda de rock. Como siempre volvió a negarse.

Cuando se presentó en su casa, dispuesto a alejarse de Francis y su amor no correspondido, Gilberto le recibió con entusiasmo. Después de la tercera visita en menos de dos semanas, le había mirado con los ojos entrecerrados.

- ¿Y bien? -había preguntado con tono de voz serio.

- ¿Y bien qué? -preguntó Antonio sonriendo nerviosamente.

- No habías venido a verme y de repente te pasas el día aquí metido. ¿Qué te ocurre?

- Verás, Gil... -respondió con aire misterioso acercándose a él y tomándole las manos- Me gusta alguien, le quiero, pero no sé cómo decírselo.

El muchacho de cabellos claros se erizó y apartó las manos como si las del otro hispano le hubiesen dado calambre. Estaba sonrojado y claramente incómodo.

- Perdón. Pero algo es cierto: me gusta alguien. Es un gran amigo mío pero no puedo decírselo. Él tiene muchas cosas en la cabeza y no quiero que tenga otra cosa de la que preocuparse. Pero me gusta bastante y estar a su lado es un poco doloroso. -dijo Antonio sonriendo tristemente- Por eso vengo, porque necesito distraerme.

- La última vez que saliste con un tío, después te dejó y te quedaste jodido. Y no me refiero a esa manera de estar jodido después de que dos tíos hagan cosas que ni deseo imaginar, no. Me refiero a que dabas puto grima. Sonreías pero parecías un zombie y no hablabas. Cualquier cosa que te dijera, respondías sí. ¡Encima te fuiste a jugar a la play con ese amigo tuyo al que no soporto!

- Rodrigo es buen tío.

- ¡Rodrigo es maricón y quiere meterte mano desde que te conoce! ¡Lo que pasa es que es un cobarde y no se atreve ni a eso! Seguro que por las noches se toca pensando en ti.

- O-oye... que tocarse pensando en la persona que uno quiere no es ningún...

- No me digas que tú... -interrumpió Gil observándole con los ojos entrecerrados. Antonio sonrió nerviosamente.

- ¡Uno no es de piedra! ¡Son ya casi dos meses sin hacer nada! ¡Y me gusta! ¿Acaso no es lógico? -preguntó con tono irritado pero sin dejar de sonreír. Gil parecía traumatizado por el exceso de información. No deseaba escuchar tantos detalles. Él nunca había sido claro defensor de las relaciones homosexuales. Lo aceptaba porque Antonio de vez en cuando se cambiaba de acera y establecía relaciones y él era su amigo. Si no seguramente estaría chillando mientras se tiraba del pelo y lanzaba improperios.

- Lo que quería reprocharte antes de que salieses contándome cosas que no deseaba oír era que tendrías que haber venido a mi casa. Yo soy mejor amigo que ese estúpido nenaza. ¡Yo soy increíble! ¡Deberías saberlo ya! Tengo un grupo de rock.

- Sí, pollitos diabólicos... pf...

- Deja ya de reírte o te atizaré al final.

- Sabes que puedo contigo. -contestó Antonio.

- ¿Y ese tío quién es? ¿Cómo es?

- Se llama Francis Bonnefoy, es francés.

- ¡¿UN GABACHO?

- Cállate. No le conoces así que no lo juzgues sólo porque sea francés. Sé que cuesta de creer pero hay bellísimas personas en el país vecino y Francis es una de ellas. Es un poquito más alto que yo, pero casi nada. Así que nuestras caras quedan a la altura perfecta para bes-

- Eso no quiero saberlo.

- Tiene el cabello a media melena, rizadito y rubio. Los ojos son muuy azules y tiene una graciosa barba que se recorta de manera puntual cada día y medio aproximadamente, sobre las diez de la noche.

- ¿Te sabes hasta la hora? ¿Qué eres? ¿Un acosador?

- Además es cariñoso, se preocupa por mí, me ha ayudado en malos momentos y es muy divertido.

- Ahá. No suena mal. Si no fuera un tío, le pediría para salir.

- Claro que también es un ligón. -dijo Antonio entrecerrando los ojos- Cuando le digo que no puedo ir a un sitio me insiste e insiste hasta que cedo. Y, si no lo logra, lloriquea. Además es peor que un crío pequeño. Si no consigue lo que quiere se queja. No soporta perder. No se acuesta con una misma persona más de una vez.

- ¿En serio te gusta? Porque le deben estar pitando los oídos ahora mismo.

- Es un gilipollas que no se da cuenta de nada. ¿Y sabes lo peor? ¡Que somos amigos con beneficios y no los toma esos beneficios! ¡Y si no lo hace, no nos acostamos! Vale que otras veces he ido yo a su casa pero... Viendo que está de ese modo y que no me dice nada, me hace sentirme como si yo tuviera el problema y fuese un salido. Pero desearía que me tomara en sus brazos y entonces, lentamente, me fuese quitando la ropa y que sus manos me...

- ¡UAH! ¡No quiero saberlo! ¡NO QUIERO SABERLO! -gritó Gilberto cubriéndose los oídos con las manos. Calló de repente a ver si Antonio había parado ya.

- Y entonces, contra cualquier superficie sólida...

- ¡NOOOO! ¡Por el amor de Dios, cállate! ¡No quiero escuchar ese relato pornográfico gay que estás contando! -gritó con desespero. Se horrorizó al escuchar que Antonio gritaba más que él y que podía escucharle.

- Y gritar ¡Ah, Francis, te quiero! -segundo de silencio- ¡MI VIDA ES PATÉTICA! -dijo con desespero el español echándose sobre la mesa que tenía delante.

- Venga, tranquilo... -dijo Gil mientras le daba palmaditas reconfortantes en la cabeza- Vamos a jugar al FIFA, ya verás como te animas. Siempre me pegas una paliza de manera inexplicable.

De ese modo, seguía huyendo de Francis y refugiándose en el consuelo que su amigo Gilberto le proporcionaba. A veces se había tirado horas criticando al francés y su falta de agilidad mental. El de cabellos claros había estado leyendo el periódico deportivo sin prestarle demasiada atención. Tenía que hacer algo pero, ¿el qué?


¡POLLITOS DIABÓLICOS! XDD

Otro capítulo más... ¿Qué deciros? ¡ESTE ACABA MEJOR, ¿EH? XDDD Es para que luego no digáis que lo hago con todos...

Antonio enamorado one-sided me parece bastante divertido cuando lo hago en esta etapa en la que se nota tan añoñado que se pegaría a sí mismo pero es que no puede evitarlo xD. Después... Este fic quería quitar ese tópico que ocurren en los AU donde aparecen el resto de países, cada uno es de su país de origen y venga... ¡Hay una diversidad alucinante! Así que tanto Gilbo como Rode son españoles y, por lo tanto, les españolicé el nombre. Se me hizo bastante raro escribir Gilberto o Rodrigo, pero me sigue pareciendo lol. Creo que ya no sé qué más comentar. Paso a los reviews :)

Ariadonechan, awwwww... ¿Un vuelco el corazón? ;v; Qué mona... Ahora estoy intentando cada día publicar el viernes-sábado como muy tarde. Me estoy esforzando. Si alguna semana no puedo intentaré avisar, aunque sea por Twitter. Omg, "jodidamente perfecto", gracias ;v; Bueno, el pobre Toñito tiene sus motivos xD.

Candy Darla, su reloj de la suerte es efectivo xD Sirvió para unirlos de aquella manera xD Intento sorprender de alguna manera ò.ó Espero que guste. Bueno, ya vas viendo la reacción de Antonio, ya sólo queda ver cómo irá. Tardan un poco en salir los reviews, no te preocupes si ves que no sale, seguro que en poco lo hará ouo.

Hikaru in Azkaban, jojojo... Me alegra que la muerte te sorprendiese. Es que bueno, la vida es así, de repente pasan cosas que te dejan: joder pero si esa persona hace dos días que... Nah, ambos tenían culpa, es como dijo Antonio y en realidad ambos eran inocentes porque se querían. Este capítulo acaba mejor xD

HinaYoso, awww ò.ó Las semanas acaban pasando rápidas... Mira, ya es viernes de nuevo. Me parece super curioso que todas habéis estado en plan: Dios mío, Antonio qué monoooo... xDD Se me hace muy gracioso de leer.

Nightview, la verdad es que me ha sorprendido mucho tu pregunta sobre Jeanne. Yo cuando lo escribí no pensaba en que lo hubiese hecho pero me gusta que haya habido esa doble interpretación porque le da más matices. El caso es que las cortinas suelen prender muy fácilmente y se han dado incendios en que prender rápido y después de eso ya todo prende fuego. En el momento de escribirlo no lo pensé, pero ahora te lo dejo abierto a que creas lo que quieras. Jajaja, Antonio enamorado~ xD

Tomato-no-musume, bueno, yo pensaba que era un punto bastante shock xD Pero si no es tan traumático, mejor xD. Y ya se trataba de un capítulo bastante intenso, con muchas cosas. Antonio se ha visto de repente arrollado por la verdad de que le quiere y no lo sabe asumir XDDD

BlueEyedHero, awn... No tienes que disculparte. Confieso que cada review lo leo con dedicación, me arrancan una sonrisa y me alegran y animan a seguir escribiendo. Lo que no voy a hacer va a ser enfadarme con la gente que lee pero no comenta. Igualmente se aprecia que se lea. De todos modos, gracias por dedicarle tiempo a dejarme un review, significa mucho ouo. Bueno, la vida putea mucho a la gente. También tendrán sus momentos felices, los prometo xD No soy tan cruel, les quiero mucho, deseo que sean happy ;v; *come galletitas* El Frain es bonito... vente al Frain... 8D *le ofrece galletitas* te daré galletitas si vienes a este lado del pairing 8D XDDD

Hethetli, exacto, la muerte es normalmente impredecible y repentina. Lol, lavanda XDDDDDD Eso me ha gustado mucho XDDDDDD No sé si me hace ser cruel estarme riendo pero bueno. Un aborto es un procedimiento muy agresivo e invasivo, las mujeres tardan en recuperarse y siempre suelen tener secuelas psicológicas. No es tan fácil, vamos. Saber que si no hicieras eso hubiese habido una nueva vida y que hubieses tenido un hijo. Gente cotilla everywhere. Pueees de momento no se lo ha dicho así que te toca especular más. Por cierto, lol de video xD. Está un poquito salido pero se contiene y se amarga XD.

Misao Kurosaki, un fin haciendo referencia a la historia. ¡Sí! ¡Antonio lo sabe! XDDD Sigue la intriga de cómo lo dirá, si lo dice algún día, o de si Antonio se ilumina. Las cosas no se dicen tan fáciles y menos siendo el español me-cuesta-decir-lo-que-siento. XDDD

Yuyies, pues sí, la pobre no tuvo demasiada suete, aunque estaba un poco loca la pobre al final xDU. Bueno, todo fueron errores por parte de uno u otro y Jeanne hizo lo que pudo para mantenerse más o menos firme. Que se quedara medio chalada es otra cosa. Además, aunque hubiera sido que era menor, ¿quién les hubiese metido el miedo de un condón roto? La gente no piensa en esas cosas normalmente, se les concede un índice demasiado alto de fiabilidad. Gilbert ha aparcido más :D. Un saludo :)

SWK111, Sé qué es eso de que parece que todo el mundo te esté mirando. Me pasa cuando escribo en el tren pero ya me da igual. Que lean porno gay *XDDD* ¿Qué esperabas entonces? Yo sigo pensando que no fue culpa de nadie. Nadie (suele) tiene la culpa de un condón roto y ambos se querían. Claro que se preocupan mucho el uno del otro ouo 3 Digo lo mismo que he dicho a nightview, en mi mente, cuando lo escribí, era un simple accidente. Pero ahora te dejo que pienses lo que quieras. Homicidio no xD, eso seguro. Sí llegan los reviews, sí, gracias ouo

Y eso es todo por esta vez,

Nos vemos en el próximo capítulo.

Miruru.