Mi odiado vecino

Capítulo 14

Era la primera vez que se sentía tan molesto con Antonio. Y él que había ido con tanta ilusión a proponerle que conociera a sus padres... Estaba seguro de que lo iban a aceptar sin problema alguno: el español era simpático, amable y se hacía querer fácilmente. Comprendió de algún modo que al principio se quedase atónito. Lo que ya no entendió y le pareció de mal gusto fue que insistiera tanto en que no quería ir. Incluso le había dicho que se fuera solo. Nunca, desde el tema de Jeanne, había pensado en presentarle sus padres a ninguna de las personas con las que había estado. Se había encontrado perdido en un mar de aparente indiferencia. Eran individuos a los que, definitivamente, sólo iba a ver una vez.

Antonio le había hecho cambiar. Él le había perdonado sus errores y le había dicho que no pasaba nada. Le había dicho que le quería. Si Francis había vuelto a ser un poquito lo que había llegado a ser antes era, sin duda, gracias al español. Quiso que él tuviera ganas de aquello. La insistente negativa le dio la sensación de que Antonio no deseaba avanzar con aquella relación. Primero le costó muchísimo decidir si quería vivir con él y ahora se encontraba con que no quería conocer a sus padres.

Daba la impresión de que Antonio no se lo tomaba en serio. Sabía que no era así, pero su enfado le nublaba la mente y le hacía pensar cosas que no eran. De repente deseó estar solo y fue ese el motivo por el que cuando llegó a casa cerró la puerta con cadena. Si echaba sólo la llave, el español podría entrar ya que tenía una copia. En contadas ocasiones había usado la cadena y ese era el momento de volverlo a hacer.

Había sacado un billete de avión para salir el viernes por la tarde hacia Francia. Una vez llegara a París, tardaría casi dos horas en llegar a su ciudad, Reims. La vivienda de sus padres se situaba en la Place du Forum en la cual casi siempre había sitio para aparcar, si no te importa pagar. No estaba seguro de querer ir a casa solo y menos de ese humor. Su madre empezaría a pensar que no había superado la muerte de Jeanne, intentaría a saber qué tonterías para animarle... Su indecisión desapareció con lo que ocurrió a continuación.

En ese momento estaba en casa, con la maleta hecha, sentado en el sofá y con las piernas apoyadas sobre ésta. En su mano mecía el papel en el que había imprimido el billete de avión. Su vuelo salía en casi una hora y aún estaba en el piso. Entonces fue cuando Antonio le llamó. Pero no fue para disculparse, no... Fue para hablar de Rodrigo. ¡Estupendo! ¡Su novio sí que sabía cómo arreglar las cosas! Le mintió y le dijo que estaba trabajando. Mientras hablaba, se levantó y bajó hacia la calle. El taxi que había llamado aún estaba abajo esperando y para cuando estuvo delante de éste, ya había colgado.

Eran casi las ocho el avión cuando aterrizaba en el aeropuerto de Orly. ¿No le había dicho que si quería ir a ver a sus padres que lo hiciera? Pues eso había hecho. Se pasaría unas semanitas alejado de Antonio, pensaría bien en la situación y luego decidiría si le perdonaba o no. Esperaba que el mal humor le fuese desapareciendo mientras pasaba unos días en casa de sus padres.

Sobre las diez de la noche, Francis se encontró delante de la fachada blanca del que había sido su hogar durante la infancia, la adolescencia y una parte de su madurez. El sitio le traía tantos recuerdos... Y a pesar de haber estado allí no hacía demasiado, tras el funeral de Jeanne, le daba la impresión de que había llovido mucho desde entonces. Cuando su madre abrió la puerta, le observó como si fuera un espectro y luego lo abrazó mientras exclamaba con alegría. Una sutil sonrisa se dibujó en el rostro del francés. Siempre era bueno volver a casa.

Le daba la impresión de que habían pasado siglos desde la última vez que habló francés. No podía evitar soltar alguna palabra en español aunque por suerte sus padres lo entendían bastante bien. La que mejor lo hablaba era su madre, la cual era originaria del sur de Francia y había tratado mucho a los turistas españoles que, por cercanía, hacían pequeñas escapadas al país vecino. Era algo que ella también había hecho. Siempre recordaba la historia que contaba de cuando estuvo en Barcelona y se perdieron cuando iban de camino a ver la Sagrada Familia. Su padre apenas chapurreaba cuatro palabras y era bastante divertido escucharle intentar entablar una conversación en castellano. Por eso mismo, si no era estrictamente necesario, no lo hablaba.

A las doce entraba en la que había sido durante muchos años su habitación tras lo que fue una breve cena. Su madre le había preguntado insistentemente el motivo de su visita y la excusa de Francis fue: ¿Acaso no puede venir un hijo a ver a sus padres? Hicieron ver que la excusa les valía, pero sabían que no era algo típico de Francis. ¿Cuántas veces había regresado a Francia después del tema de Jeanne? Bien pocas. Y todas tenían un motivo de peso. El lugar siempre le traía recuerdos dolorosos y hasta entonces le había supuesto un mundo abandonar su acogedor apartamento en España y regresar al lugar donde podía revivir sus peores pesadillas. Como ya le había contado a Antonio, su hermano vivía fuera de casa. Tenía veinte años y se había mudado a un piso también en Reims. Le iría a visitar en cuanto tuviera la oportunidad, eso lo tenía claro.

Se echó en la cama y observó el techo. Su habitación estaba prácticamente como la había dejado. Aquel lecho de matrimonio que había luchado por conseguir estaba cubierto por un dosel de color marrón, sobrio. A su izquierda se encontraba una estantería y, en la pared, la ventana que daba a la plaza. Había un escritorio con una pila de folios con diseños y recortes de revistas con recetas de cocina. Algunos de sus viejos pósters de aquel grupo francés que había estado de moda hacía diez años y que ahora le daba vergüenza ajena mirar. Tendría que descolgarlo si no quería morir internamente cada vez que los viese en las semanas que pasara allí. Se preguntaba qué cara se le quedaría a Antonio cuando viera que no estaba. ¿Le habría llamado? Ni idea. No había encendido el móvil y no pensaba hacerlo ahora. Que le diese la bienvenida un mensaje en francés. A ver si así pillaba la indirecta.

De nuevo se sentía molesto. Bufó, se dio la vuelta en la cama y cerró los ojos. Era hora de dormir.


La gente que se encontraba allí a esas horas de la noche observaban a Antonio algo escandalizadas mientras él gritaba de nuevo a la muchacha que había tras la ventanilla. La chica intentaba de algún modo que se calmara pero el español tenía motivos más que suficientes para estar mosqueado. No sólo su novio se había marchado a otro país sin tan siquiera decirle nada, ahora la señorita le decía que no habían plazas disponibles en el vuelo que salía a París y a los cinco minutos le vendía una a un tipo que acababa de llegar. Del manotazo que pegó para gesticular, Antonio tiró la maleta al suelo. Había echado dentro unas cuantas piezas de ropa y temía haberse quedado corto. Además de eso, había cogido la cartera, las llaves de casa, un papel con las indicaciones para llegar a Reims y después había buscado a través de las páginas blancas de Francia (que había encontrado de rebote) a la familia Bonnefoy de Reims. Había encontrado el número de teléfono y la dirección. Esperaba que fueran esos... Si no, lo iba a tener negro. No había guardado ni peines, ni cosas para el aseo matutino diario. Confiaba en encontrar la casa y tomar prestadas esos enseres.

Lo que estaba claro es que, ahora que se había decidido, no iba quedarse quietecito en España. Iba a conocer a sus suegros (no-suegros, porque no estaban casados y de momento planes no tenía. De alguna manera tenía que llamarlos). Total, que se había plantado en el aeropuerto y comprobó en los paneles que aún quedaban por salir un par de vuelos con destino París. El primero se le escapó en sus narices. El segundo era el que aún tenía que salir y para el que le habían dicho que estaban vendidas todas las plazas. Le anunció que lo único que podía hacer era esperar a una cancelación de última hora. Entonces, permaneció cerca del mostrador, escuchó a ese tipo pedir un billete y a la tipa decirle que sí. ¡QUE SÍ! ¡¿Y por qué no le había avisado? Empezó a gritar antes de que el hombre terminara. Éste, en cuanto tuvo su billete, puso pies en polvorosa para coger su vuelo.

- Le digo que no quedan plazas, señor. La última se la ha llevado ese caballero.

- ¡He estado esperando más de una hora a que quede libre una plaza y no ha sido usted capaz de decirme que estaba libre! ¡Esto es una vergüenza! ¡¿Es que ustedes no tienen corazón alguno?

- Señor, lo siento mucho. El vuelo ya está embarcando y no hay billetes. Lo único que puede hacer es volverse a casa.

- ¡Ah, no! ¡No, no, no...! No pienso moverme de aquí. ¡Y para cuando mañana abráis, déjale una notita a tu compañera y le dices que en cuanto haya una maldita plaza libre, que me avise! Voy a estar sentado allí. -dijo señalando unos asientos que habían a unos quinientos metros- ¡Que me avise! ¡Es muy importante que vaya lo antes posible a Francia! ¡Y si no, juro que les pondré una reclamación!

- Señor...

- ¡Ni señor, ni señora! -agarró su maleta, se dio la vuelta y caminó pisando fuerte hacia los asientos- ¡Aquí te ven cara de bueno y te toman el pelo! ¡Se creen que somos gilipollas!

Cuando se sentó, comprobó que eran los asientos más incómodos creados por la mano del ser humano. Y debía pasar allí la noche... No pensaba moverse. En cuanto se abrieran las taquillas de nuevo, por la mañana, empezaría a presionar para que le dieran un asiento en un vuelo a París. ¡Aunque fuese, se la darían por cansino! ¡Se iba a convertir en su peor pesadilla! Desayunaría y les miraría de lejos con desaprobación. Los incomodaría hasta que desearan regalarle un maldito billete de avión. Fue a uno de los bares y compró comida. No había cenado, la noche sería larga y casi todos los sitios donde comprar comida en el aeropuerto cerrarían. Estuvo cenando, tomó un café, leyó un periódico que alguien se había dejado allí... Finalmente el sueño le estaba matando. Y como no quería ser asesinado vilmente por el asiento por dormirse sin darse cuenta, sacó piezas de ropa y la fue colocando bajo su cuerpo para acomodarse un mínimo. Apoyó el torso sobre la maleta y cerró los ojos.

Tuvo un sueño rarísimo. En él, Antonio era atado a un asiento de aeropuerto por las señoritas que atendían las taquillas y le decían que se rindiese y se fuera a casa. El español les había gritado que él era más fuerte que eso. Aunque juraba que le dolía el cuerpo y pensó que desfallecería. Y, de repente, había aparecido una señora mayor que le había sonreído y dicho que todo era su plan. Antonio lo sabía, era la madre de Francis.

Abrió los ojos mientras notaba que el corazón le latía acelerado. Ya se había hecho de día y el tránsito de gente por el aeropuerto había vuelto a crecer. Cuando se movió, notó un dolor intenso por todo el cuerpo. Malditos asientos estúpidos... Se acercó a preguntar y le dijeron que aún no había plazas disponibles. Refunfuñó y fue a comprarse otro café. Miró al suelo con sueño, fijamente, mientras escuchaba el murmullo de la megafonía anunciar vuelos. Todo le sonaba lejano mientras se perdía en sus pensamientos y el calorcito del café. Tenía el cuerpo entumecido. El aeropuerto no era el mejor sitio para dormir, no.

- ¿Usted es el hombre que necesita sí o sí un vuelo a París?

- Sí, soy yo. -dijo Antonio con fuerza al ver que era una de las chicas que estaba vendiendo billetes.

- Ha quedado un asiento libre en el vuelo de las once. Si lo quiere, acérquese a la ventanilla y procederemos con la venta.

El español pegó un bote y se puso de pie. Por supuesto que no iba a perder esa oportunidad. ¡Por fin! Abandonaría esos asientos horribles para ir en busca del estúpido gabacho. Le fue dando los datos con una sonrisa cada vez más acentuada.

- Son 200 euros.

Ahí la sonrisa se le cayó del todo.

- ¿Doscientos euros? Pero... Voy a París, no al otro lado del charco... ¿Por...? Q-quiero decir... ¿P-Por qué? Si sólo es ida... -nunca había esperado tal cifra.

- Son tasas de aeropuerto, más el vuelo, más la facturación de la maleta...

- ¿No puedo llevarla en el avión?

- Me temo que es demasiado grande, señor. Luego le cobrarían más. Ah, y también el asiento es de primera clase.

- ¿No puedo ir con las maletas? -dijo Antonio tristemente.

- Lamentablemente, no. -contestó la muchacha riendo suavemente. Aunque paró pronto porque no sabía si eso lo estaba diciendo en serio. No quería ofender a ese cliente.

- Toma. Asesina a mi tarjeta de crédito... -se resignó el hispano.

Rato después, se encontraba embarcando tras facturar su maleta. Bueno, al menos ya iba hacia allí. Encontrar la casa no iba a ser tarea fácil pero no se rendiría tan pronto. Tomó asiento y sus ojos se abrieron como platos. Aquel era el asiento más cómodo en el que se había sentado en su vida. Bueno, quizás era exagerar pero tras horas en esos asientos de aeropuerto aquello era la gloria. Era momento de aprovechar la primera clase. La había pagado después de todo.


Estaba preocupada por su hijo. La última vez que lo había visto había sido en el funeral de aquella muchacha. En aquel momento le había visto bastante sereno. Le dio la impresión de que derramó algunas lágrimas cuando estuvo a solas, pero tampoco fue demasiado. Sin embargo, su hijo había regresado y esta vez se le notaba peor. Estaba de un humor insoportable, como si de repente hubiese vuelto a la adolescencia y estuviera en la edad del pavo. Rechazaba su compañía y pasaba el tiempo comportándose reservado y taciturno. Y, cuando menos lo esperaba, decía que salía a no sé dónde y se iba solo.

Francis se había ido de casa a las doce del mediodía y no había dado ninguna explicación demasiado extensa de hacia dónde se dirigía. Eran ya casi las cinco de la tarde y aún no había regresado. Su instinto maternal la tenía preocupada. Hacía cosa de algunas horas que había escuchado sirenas de policía o de ambulancia. Quizás de ambas. Siendo como era, no podía evitar ponerse en lo peor. No había pasado un cuarto de hora y llamaron a su puerta. Fue corriendo a abrir y se encontró a un muchacho de la altura de su hijo, cabellos de color marrón, los ojos de color verde y que se aguantaba el brazo derecho contra el cuerpo en una pose muy extraña. También tenía la mejilla rojiza y el labio algo cortado. Boqueó, sin decidirse del todo a lo que decir.

- Tendría que haber aprendido francés cuando tuve la oportunidad... -murmuró para sí mismo. Después la observó- ¿Francis Bonnefoy?

- No te preocupes, entiendo bastante el castellano. -dijo la mujer con un tono de voz dulzón y un marcadísimo acento francés- ¿Eres un amigo de Francis?

- Algo así... -dijo sonriendo con un deje triste el muchacho- Me llamo Antonio Fernández. ¿Es usted su hermana?

La mujer le observó curiosamente. Lo tenía que estar diciendo en broma. ¿Ella la hermana de su hijo? El rostro del español, sin embargo, parecía denotar que hablaba en serio. Rió por un breve lapso de tiempo y negó con la cabeza.

- No, no... Me llamo Simone. Soy la madre de Francis.

Antonio se sonrojó profusamente al darse cuenta del error. La mujer sonrió con dulzura. Era un chico bastante gracioso. Se hizo a un lado y le indicó que pasara.

- Lamentablemente, Francis no está en casa. No sé a dónde habrá ido esta vez. Creo que está bastante afectado aún por la muerte de esa chica... No sé qué hacer con él ya... Este tema parece que no terminará nunca. ¿Eres un amigo del trabajo?

- Ah, no...

- ¿Te ha pasado algo en el brazo? Te lo sujetas mucho.

- Creo que me lo he dislocado.

- Mon Dieu... Deberíamos ir a que te viera un médico. ¿Por qué no has ido antes?

- Es que después del trauma de no entenderme con los policías, no quiero ir un hospital para que no me entiendan nada de nuevo... Ya luego intentaré como pueda ponerlo en su sitio.

- Non. Ni hablar. Ahora mismo te llevo al hospital. No queda lejos de casa y ya lograré que te atiendan. Conozco a unos cuantos doctores de los que trabajan allí. Son amigos de Stéphane. -vio la cara de desconcierto del hispano- No te ha hablado de nosotros, ¿verdad?

- Vagamente... Lo siento. -dijo Antonio sonriendo avergonzado.

- Stéphane, cariño, ven un momento. -dijo la mujer en francés. Antonio apenas entendió nada- Os presentaré. Casi no habla español, pero chapurrea alguna palabra.

- Dime. ¿Quién es el chico?

- Es un amigo de Francis, al parecer. Es español y no habla francés así que más te vale esforzarte por hacerte entender. No voy a estar de traductora. Se llama Antonio. Antonio, éste es Stéphane, mi marido.

- Mucho gusto. -dijo haciendo una pequeña reverencia.

- Antonio se ha hecho daño en el hombro e iba a llevarlo al hospital.

- ¿Quieres que os acompañe? -preguntó el hombre.

Antonio les miraba hablar embobado. No entendía ni una sola palabra puesto que no entendía francés que ellos hablaban (bueno, ni el francés que hablara cualquier persona sobre la faz de la tierra, ya puestos). Simone era una bella mujer que aparentaba menos edad de la que seguramente tenía. Su cabello era rubio y le llegaba por media espalda. Estaba ligeramente ondulado y eso le daba más cuerpo y hacía su melena más impresionante. Era delgada y tenía unos dedos finos que casi parecían de pianista. Sus ojos eran de color azul oscuro. Stéphane era bastante alto y robusto. Su cabeza estaba poblada por cabellos cortos oscuros. Sus ojos eran de color azul más claro, similares a los de Francis y destacaban cosa mala en comparación con su pelo oscuro. Si los veías a ambos juntos, eran una pareja que llamaba mucho la atención. Tenían un porte que destacaba.

- Deja, voy a por tu chaqueta y nos vamos. -dijo Stéphane.

- Ahora vamos al hospital y nos cuentas qué te ha ocurrido. Mi marido nos acompañará.

- Muchas gracias, Simone. Es usted muy amable.

- Por favor~ No hace falta que seas tan formal. No tienes que tratarme de usted. -le dijo sonriente.


Cuando Francis llegó a su hogar eran las ocho de la tarde. Hubiese pasado en silencio hacia su habitación de no ser porque las luces de la casa estaban todas apagadas. Arqueó una ceja y, mientras saludaba y llamaba a sus padres, se paseó por las diversas habitaciones. Finalmente encontró una nota de su padre en la cocina que tan sólo decía que habían salido y que posiblemente llegarían un poco tarde. Estuvo apunto de irse a la habitación pero luego pensó que quizás regresarían con hambre y que estaría bien portarse un poco amable y prepararles algo rico para cenar.

Tenía algo en mente, así que abrió la nevera para encontrarse con que le faltaban la mitad de los ingredientes. Suspiró pesadamente, sacó la cartera y, tras comprobar que tenía dinero suficiente, salió a la calle en busca de un supermercado en el cual aprovisionarse con lo que necesitaba.

Se tiró un buen rato paseándose por los pasillos, observando los diversos productos y pensando cuáles serían mejores. Una chica muy amable le estuvo explicando la diferencia entre una marca y otra. Cuando tuvo todo en el carro, fue hasta la caja y allí encontró a esa misma muchacha.

- Al final ha cogido la otra marca, ¿eh?

- Sí. Aunque es más cara, creo que me dará mejor resultado para lo que quiero preparar. -dijo Francis sonriendo.

- ¿Eres de por aquí? No te he visto nunca comprando.

- Nací aquí pero ahora llevo unos años viviendo en España.

- Vaya, España~ Me gustaría visitarla. Oye, ¿tienes planes luego? Podríamos ir a tomar una copa.

Francis sonrió galán a la muchacha. Ahora que se fijaba, era bastante atractiva y seguro que con el cabello suelto aún se vería más sexy. Sonaba a un plan interesante. Pero entonces le vino a la cabeza algo. Más bien alguien. Una voz en su interior le animó a hacerlo para fastidiar a ese idiota que no se decidía y decía cosas que no tocaban. Otra voz, más fuerte, le dijo que no podía traicionar de ese modo a Antonio. Suspiró y sonrió resignadamente.

- Lo siento, creo que no podrá ser. Mi pareja se llevaría un disgusto y, aunque estoy enfadado con él, no quiero hacerle daño. Seguramente soy un gran estúpido...

- No lo creo. Me parece un sentimiento muy loable. Me da envidia.

Pagó y salió a la fría noche de diciembre. Se acurrucó contra la tela de la chaqueta, buscando protegerse de las bajas temperaturas. Miró al cielo. ¿Estaría Antonio echándole de menos? No pensaba llamar igualmente. Estaba enfadado. Por una parte no quería saber nada de él pero por otra parte lo añoraba. Se odiaba por ser tan bipolar.


Se habían tirado horas en el hospital. Antonio había insistido unas cuantas veces en que podían regresar que tampoco le dolía tanto. El padre de Francis entonces se puso a hablar y Simone afirmaba a todo. No entendió nada hasta que le hizo la traducción. Al parecer ambos creían que estas cosas era mejor hacérselas mirar antes de que fueran a peor. Si el tratamiento era bien fácil, reencajar el hombro dislocado y ya. Pero él sólo no podía hacerlo. Le sabía mal tenerlos allí por su culpa. Aunque ellos insistían en que no ocurría nada. Había contado su maravillosa (obviamente esto era ironía) aventura hasta llegar a casa de los Bonnefoy y después les había explicado un poco sus orígenes. No sabía de qué servía ya que ellos pensaban que era un simple amigo.

Cuando llegaron a la casa, aún no había nadie. La señora Bonnefoy se quejó en voz alta de algo que pudo deducir que era que Francis no estaba aún en casa (la gran pista es que repetía su nombre sin cesar). Sentía el hombro entumecido después de tanto rato con el mismo desencajado. Simone le condujo a los pisos superiores y le abrió una de las habitaciones, con una sencilla cama individual, la ventana en la pared frente a la puerta y un pequeño armario. Debía ser la de invitados porque poco más había.

- Descansa un rato.

- Pero quiero estar despierto para cuando llegue Francis y como me acueste sé que me va a ser difícil levantarme.

- No te preocupes, cuando llegue te vendré a despertar.

- No me gustaría ser molestia... -murmuró avergonzado.

- Vamos, Antonio. No es molestia. Parece importarte mucho Francis. Me alegra que alguien como tú tenga en consideración al cabeza hueca de mi hijo. Cuando llegue te aviso.

- Gracias, Simone. Eres muy amable.

La mujer le sonrió y salió, dejándole privacidad. Se echó sobre la cama y se sintió tremendamente agotado. Llegar hasta allí había sido duro. Lo peor es que tendría que hablar con la policía seguramente al día siguiente. Como volviesen a venir agentes que no supieran ni papa de español, lo tenía crudo. No habían pasado ni diez minutos cuando se quedó frito sobre el colchón.

Sintió alivio interno cuando abrió la puerta y vio luz que provenía del interior. Cuando llegó a la cocina, su madre se fue para él y, en vez de saludarle como una persona normal y corriente, con una revista dominical en la mano enrollada, le pegó un golpe en toda la cabeza. Se sintió como esos perros que hacen lo que no deben y a los que sus dueños castigaban de ese modo. Fue un sentimiento bastante desagradable. Se fijó en que iba a hacerlo de nuevo, alzó los brazos para protegerse del golpe.

- ¡Woah, woah, woah! ¡¿Se puede saber a qué viene esto? ¡No soy un chucho para que tengas que pegarme de este modo!

- ¿Se puede saber dónde estabas, jovencito?

- Mamá, no soy tan pequeño como para que me llames...

- Te llamaré como me apetezca que para eso soy tu madre. -le dijo mirándole con enfado. Cuando se ponía así, Simone le imponía un respeto considerable- ¿Dónde has estado?

- He ido a dar una vuelta por ahí, he comido y he paseado.

- ¿Y tú no podías preguntarle a tu madre si quiere venir contigo? Empiezas a comportarte como un niñato de quince años. ¿Te parece eso bonito?

- Déjalo, Simone... En cuatro días, como no cambie de actitud, lo echamos a la calle. Cuando se porta como un desagradecido me avergüenzo de ser su padre.

- Gracias, necesitaba que me riñesen para recordar lo humillante que era... -murmuró Francis asqueado. Su estabilidad mental interna a la mierda- Lo siento, pero tenía ganas de estar solo. Además, he llegado pero no había nadie así que fui a compraros comida para preparar la cena para cuando regresarais. ¡No es mi culpa que en ese lapso de tiempo hayáis llegado! ¿Y vosotros dónde estabais?

- Hemos ido al hospital. Las urgencias allí son tan rápidas que te da tiempo a morirte antes de que te llegue a mirar un solo doctor. -dijo suspirando cansada. Francis se veía confuso.

- ¿Al hospital? ¿Te has hecho daño? -se acercó a su madre y la examinó por encima, sin atreverse siquiera a tocarla porque no sabía qué tenía y quizás le hacía daño.

- Estoy bien. Tu padre también. -dijo después de ver que su hijo entornaba el rostro para examinar a Stéphane.

- ¿Entonces? ¿Para qué habéis ido?

- Ven, tengo que mostrarte algo.

Francis siguió a su madre sin saber de qué iba el asunto. Por mucho que le preguntaba acerca de qué le iba a enseñar y por el motivo que les había llevado al hospital, su madre no soltaba prenda. ¿Y si le había ocurrido algo a su hermano? Pero entonces no hubieran dado tantos rodeos y se lo habrían dicho directamente, ¿verdad? Llegaron a la planta superior y se detuvieron delante de la puerta de la habitación de invitados. Simone se llevó el dedo índice de la mano derecha a los labios y le chistó para que no levantara el tono de voz. Abrió la puerta y Francis se asomó para ver, sobre la cama, a Antonio durmiendo. Ni siquiera dio un paso para acercarse. Asió el hombro de su madre y le hizo un gesto para que cerrara la puerta. Una vez hecho, habló en murmullos, sin levantar el tono de voz.

- Tiene que irse.

- ¿Por qué dices eso? El pobre apenas acaba de llegar. -dijo su madre mirándole como si fuera un auténtico monstruo- Nunca me habías hablado de este chico. ¿Es un amigo?

- Algo así.

- Por tu reacción extremadamente exagerada y por sus ganas de hablar contigo, diría que os habéis peleado. -Francis se quedó tenso- Aún así, me parece que os lo tomáis muy en serio. Si sólo sois amigos, no deberíais enfadaros tanto por tonterías.

- No son tonterías, mamá. No es sólo un amigo. -confesó finalmente.

Simone le observó interrogante. Quería una explicación más detallada. Le estaba pidiendo que echara a Antonio a la calle y quería saber el motivo. Si era alguien peligroso o que estaba acosándole, tenía derecho a saberlo y entonces le patearían fuera esa misma noche si era necesario. Era su madre. Esperaba que al menos pudiera confiar en ella para ese tipo de cosas.

- ¿Entonces quién es?

- Es mi novio. Llevamos saliendo cosa de un año y pico. Y ahora se tiene que marchar porque yo sigo enfadado y no quiero que esté aquí.

- Mira, Francis, cariño... El chico parece muy majo y no puedo imaginar qué motivo te ha llevado a estar tan molesto como para comportarte como un estúpido con quien no tiene culpa... -dijo su madre con tono suave. Aún así, la puñalada le dolió.

- No hace falta que sepas los motivos, sólo te digo que se tiene que marchar.

- Lo vas a echar tú, ¿sabes? -Francis se quedó anonadado. Esperaba un poco de ayuda de su madre- No me mires así. No pienso echarle. A diferencia de ti, yo no soy una desalmada. Me entristece ver que tú sí lo puedes ser. De cualquier modo, -se apresuró a añadir antes de que el rubio replicase- no pienso decirle que tiene que regresar a su casa. Si tú puedes decírselo tras saber que ha dormido en el aeropuerto para conseguir un billete, que ha llegado a Reims y le han robado la maleta y se ha peleado con los ladrones hasta que le han pegado una buena porque eran más... Si tú puedes echarlo sabiendo todo eso, adelante. Pero yo no puedo.

- Pues se lo voy a decir.

- Adelante. Es tu pareja, tú sabrás lo que haces. Aunque no me parece bien.

Simone dejó a su hijo con la palabra en la boca. Caminó por el pasillo hasta perderse a la vista de Francis y pudo oír sus pies sobre las baldosas de la escalera. Estaba muy decidido. Seguía enfadado con Antonio y no iba a perdonarlo sólo porque hubiera venido detrás de él. No valía arrepentirse luego. ¿Y qué era toda esa historia de robo? Esperaba que no hubiera mentido a sus padres para hacer que se pusieran en su contra. Abrió la puerta y observó al español durmiendo desde lejos. Tenía la cara medio cubierta con un brazo. Por un momento deseó darle un abrazo. Después recordó el enfado y ladeó la mirada. Tenía que recuperar su decisión, tenía que ser fuerte.

Se sentó en la cama y suavemente zarandeó a Antonio, al mismo tiempo que lo llamaba. Le costó tres intentos. Repentinamente el hispano se incorporó, quedando sentado sobre la cama, con las rodillas apoyadas sobre ésta y con pinta de no saber ni dónde estaba. Aquello desapareció cuando se dio cuenta que el galo estaba ahí, a su lado.

- Francis... Francis yo... -dijo Antonio dudando de qué palabras usar.

- Debes irte.

- ... ¿Qué? -preguntó sorprendido. No sólo no le había dejado terminar su disculpa, además le pedía que se fuera. Con todo lo que le había costado llegar allí- Oye, espera, quiero hablar contigo.

- Hablaremos cuando regrese a España, pero tú debes irte ahora.

- ¿Cuando regreses a España? ¿Y eso cuándo será?

- De aquí a unas cuantas semanas.

- ¡Eso es mucho tiempo! No podemos estar así semanas. Francis, lo siento. De verdad que lo lamento. No debería haberme puesto de ese modo.

- Las cosas no se arreglan así de fácil y ahora quiero tiempo para pensar. -dijo el francés incorporándose de la cama.

- A veces tener tanto tiempo para pensar no es bueno.

- Vete.

- No me pienso ir. -dijo Antonio frunciendo el ceño- Me ha costado decidirme pero me di cuenta de que quería conocer a tus padres-

- Ahora es tarde para que me cuentes todo esto, ¿vale? -interrumpió, aunque Antonio seguía hablando en voz alta, tratando inútilmente de hacerse oír.

- ¡No voy a marcharme sin conocerles! Voy a quedarme y, te guste o no, voy a ver fotos de cuando eras pequeño y voy a escuchar historias de tu madre y de tu padre. ¡Y no me lo vas a impedir! ¡No he pagado doscientos euros para rendirme porque tú me lo ordenes!

- Pues me voy yo. -dijo Francis serio.

- Pues vete. -sentenció Antonio cruzándose de brazos.

- Estupendo. Nos vemos cuando sea que te dé la vena de volver. -dijo molesto el francés.

Cuando salió pegó un portazo. A zancadas cruzó el pasillo, bajó a la planta baja de la casa, fue hacia la cocina, lugar en el que había luz, y una vez allí miró a su madre.

- Dile que se vaya.

- Te he dicho que no lo voy a hacer. ¿Es que ahora hablo mandarín y por eso no me has entendido? Pareces un niño de cinco años que viene a llorarle a su madre porque no ha conseguido lo que quiere.

- ¡Pues me voy yo!

- Adiós.

Francis se quedó boquiabierto. A los segundos reaccionó por fin. Pegó una fuerte patada contra el suelo.

- ¿¡Prefieres que tu hijo se vaya! Pues entonces sí que no voy a venir nunca más, viendo cómo me tratas.

Simone se acercó a la revista dominical, la enrolló y amenazó con ella a su hijo, el cual se echó hacia atrás mirándola con horror.

- ¡Deja de pegarme con la revista que aún me quedaré lelo!

- Es imposible que te quedes peor.

- A ti vivir en el sur no te hizo bien alguno...

- Lo mismo que a ti no te hizo bien alguno caerte de recién nacido contra la cuna. -la cara de Francis fue todo un poema.

- Dijiste que no le contarías eso nunca, cariño. -dijo su padre siguiéndole el rollo a Simone.

- ¿¡QUÉ!

Simone volvió a amenazarle con la revista.

- Ahora mismo quiero que te vayas a tu habitación y reflexiones sobre todo esto, jovencito. ¡Mañana, con la cabeza fría, tomarás una decisión! ¡No pienso echar a Antonio!

- ¡Me voy a ir igualmente! ¡Ya te lo he dicho! ¡O se queda Antonio, o me quedo yo! -gritó Francis antes de irse corriendo hacia su cuarto bajo amenaza de revistazo.

Antonio, que se encontraba en la habitación de invitados, estaba sobre el lecho hecho un ovillo y con lágrimas de lo que él deseaba pensar que era frustración asomando en la comisura de los ojos. ¿Es que de repente se pensaba que estaba sordo? Había podido oír la mayor parte de la conversación y su nombre un montón de veces. No entendió nada pero dedujo que le pedía que le echara. Su tono disgustado no le fue indiferente. Le abrumaba la vehemencia con la que quería que se fuera. Le hacía desear marcharse bien lejos y dejarle tranquilo. Si tanto le molestaba su presencia, se iría bien lejos y desaparecería. Venía a pedirle perdón y ni siquiera le había dejado oportunidad de hacerlo. Pero no se iba a rendir. Aunque Francis no quisiera, haría buenas migas con sus padres, escucharía sus historias sobre el galo y vería fotos de cuando era pequeño. No importaba si aquello no servía de nada y después de aquella noche Francis decidía que no quería estar más a su lado.


Ok... este no acaba mucho mejor xDDD A ver, ya en general... Francis no suele enfadarse pero si se enfada cuesta hacerle bajar del burro. Puede que en algunas cosas no tenga razón y que sea normal la reacción de Antonio pero analizad la vida de Francis hasta ahora. Él es su primera relación seria desde Jeanne y, con toda su ilusión, quería presentarle a sus padres. Para Francis ese paso significaba mucho y Antonio insistía en que no quería. Entonces es normal que le haya sentado mal. Ahora sí que se comporta irracional y como niño pequeño pero es que sabe que si está mucho rato con él se bajará del burro y le perdonará y le abrazará. Y quiere reflexionarlo mejor.

Por si no queda claro, todo lo que está en cursiva es francés.

Bueno owo... Comentar que escogí el nombre de Simone de un personaje francés que existió realmente, era una abogada y política francesa. Si os llama la atención, Simone Veil. Y Stéphane fue por un poeta francés. Personajes existentes de la vida de Francia para ser los papás del galo.

Por cierto, busqué en Reims y existe una familia Bonnefoy (lololol) Y la Place du Forum también existe :) Con su hospital cerca (hago research y todo xD)

Y ahora sí que paso a comentar los review.

Candy Darla, bueno mal quiero decir que argumentalmente no queda cerrado y queda en suspense xD Pero bueno. Espero que te guste el capítulo también :)

Ariadonechan, bueno me llegan los reviews como sean y si me pones el nick ya sé quien eres ouo. Bueno.. Las relaciones tienen sus altos y bajos y estos llevan ya sus buen añito y medio ya xD Las reconciliaciones son buenas 8D. Gilbert no es tan forever alone, no xD. Pues aún no hay reconciliación, sorry xDU

Nanda18, yesss... Cada viernes :D Puedes proponerme pero ya lo tengo escrito así que no cambiará el devenir del fic xDDD Igualmente, se agradece. Sabe en qué pueblo vive pero no en qué calle. Aunque páginas blancas for the win xD

Tanis Barca, awnnn no llores... D: ... Entiendo que comprendas el miedo de Antonio pero hay que pensar en esto de Francis, que no lo hace por amor al arte. Se ha ido para desconectar y pensar.

Kirsu, Sí que va a por Francis, sí... Es Antonio, ¿de verdad creéis que se puede quedar quieto cuando ya se ha bajado del burro y ha decidido algo? Por supuesto que no xDD

Kitshunette, awnnh xDDDD The needle is the best threat, you know that! XDDDD Antonio is sexy even without clothes, if you know what I mean 8D I hope you enjoy it ouo Thanks for your review, honey *u*

Misao Kurosaki, sigo pensando que no habéis analizado ninguna de vosotras eso xDDD Lo que he contado arriba. Francis tiene ciertos motivos para estar tan enfadado. Además, si se enfada es simplemente porque le quiere. Ahora ya está siendo exagerado e irracional. Bueno, ya he explicado el porqué.

BlueEyedHero, ahaha no te preocupes. Aunque me alegra que vuelvas a dejar review ;_; Se aprecian mucho. Toma mucho tiempo escribir un fic así y ver los comentarios anima a escribir más ouo No voy a adelantar acontecimientos futuros. Puede que salga Alfred~ Puede que no~ xDDD

Nightview, me parece muy curioso que casi todas estáis de parte de Antonio xDDDD Sí que la culpa ha sido un poco suya sí. Pensad en lo que he dicho xDD

Hethetli, jajajaj xDD lo de los álbumes de foto. Yo me separaba de él y lo dejaba por cerdo si hace dos álbumes de sitios donde se lo ha tirado xDDD Sería muy muy raro xDDD

Yuyies, hacía mucho seh ouo. Eso mismo pensé cuando lo escribí. Recordemos que Francis es muy insistente. La pregunta te la dejo a tu imaginación XDD Tú decides XDDD El poder de las comas es importante. Todas os ponéis de parte de Antonio XD Pobrecito Fran, ¿no habéis pensado en él? Que es su primera relación seria desde Jeanne... Pensad en todo eso! O_o En lo de que no creía que tuviera derecho a salir con nadie, etc. En fin xD.

Eso es todo por esta vez. Nos vemos el viernes que viene ouo

Un saludo.

Miruru.