Mi odiado vecino
Capítulo 18
El cabello rubio estaba enmarañado, su piel parecía más blanca que de costumbre, tenía un hematoma en una mejilla y un corte que aún sangraba un poco, seguramente de haberse golpeado contra algo. La pierna derecha era lo peor, sin embargo. La pernera del pantalón había sido cortada y dejaba al descubierto un corte profundo. Sebastián, enfrente de él, le hablaba. En cambio, el hispano no dejaba de mirar a Francis, en aquella camilla, desangrándose.
- ¡Antonio, te estoy hablando! -gritó molesto el otro médico. Estaban perdiendo un valioso tiempo.
- Francis... -murmuró el de cabellos castaños, ido.
Sebastián comprendió entonces que Antonio debía conocer a esa persona. Debían ser íntimos porque si no esa reacción no tenía justificación alguna.
- Lleváoslo de aquí. Y a este hay que meterlo en el quirófano. Esperemos que no se haya seccionado ningún nervio importante.
Una enfermera se fue hacia Antonio, le posó la mano en el hombro y tiró de él. Y ese contacto fue el detonante. De repente había constatado que aquello era la realidad y que Francis estaba realmente herido, había tenido un accidente. Trató de avanzar pero una enfermera le sujetó del brazo e hizo fuerzas para detenerle.
- Francis. ¡Francis! -veía como el resto de los enfermeros y médicos se llevaban la camilla. Y sus nervios y horror crecían. Un par de enfermeros se fueron hacia ellos para tratar de retener a Antonio. Entre los tres lo sujetaron mientras él trataba de resistirse- ¡Francis! ¡Dejadme! ¡T-tengo que ir!
- ¡No! ¡No tienes que ir! Tal y como estás ahora sólo les molestarás.
- ¡Pero...! N-no... No se puede morir... No lo permitáis.
- Doctor, relájese. Respire con normalidad. Está hiperventilando y eso no es bueno para usted.
Hacía unas dos horas que estaban en quirófano. Antonio se encontraba en una de las salas para médicos, echado sobre un sofá y mirando hacia el techo. Le habían dado tranquilizantes contra su voluntad. Aunque, claro, también él no había colaborado y parecía capaz de adentrarse en el quirófano. Les había gritado a todos y estaba dispuesto a pegar a uno de sus compañeros. Habían tenido que sujetarle entre cuatro para poder subministrarle lo que seguramente había sido Valium.
Pronto había empezado a sentirse flojo. Las piernas le temblaban bajo su peso y los brazos parecía que estaban atados con pesadas cargas. Lo habían llevado hasta esa habitación y le habían ordenado que se relajase. Aunque no quisiera, no podía negarse a los efectos de la droga que le habían dado. Sin embargo, su nublada mente seguía pensando en Francis sin descanso. Se había sentido al borde de las lágrimas en infinidad de ocasiones. No podía dejar de pensar en estupideces. ¿Le había dicho que le quería la última vez que hablaron? Ya no lo podía recordar. ¿Le dio un beso? ¿Un abrazo? Su mano hizo un intento en vano de agarrar la tela del sofá con fuerza, cosa que en aquel momento le faltaba. El tic-tac del reloj le estaba taladrando la cabeza, sacándole de la relajación de las drogas. Levantó la cabeza con dificultad. También la sentía pesada, igual que el resto del cuerpo. Estaba pensando la posibilidad de incorporarse y asomarse para preguntarle a alguien. Pero, en ese justo momento, la puerta se abrió y entró Sebastián.
No era un tipo que le cayese muy bien en realidad. Era bastante egocéntrico y solía abusar de su amabilidad. Antonio se lo había tomado con filosofía por el momento, en algún instante le devolvería el favor. No se aprovechaba porque sí. Sus ojos negros se posaron en los suyos. Tenía puesta aquella horrible vestimenta de ese verde que tanto odiaba.
- La operación ha ido bien. Ha tenido mucha suerte, ningún nervio importante estaba seccionado. El cirujano se ha encargado de dejarle lo mejor que podía. Seguramente le quedará una cicatriz en la pierna, pero al menos no se la van a tener que cortar, así que ya es algo. La rehabilitación le costará tiempo pero volverá a andar con normalidad. Nunca podrá ser corredor profesional de maratones, aunque creo que no lo hacía antes.
- ¿Puedo verle? -dijo Antonio tratando de levantarse y tropezando un poco en el intento. Sebastián se fue hasta su lado.
- Lo que tienes que hacer es irte a casa ahora.
- Quiero verle.
- No puedes, está en postoperatorio. Lo van a tener toda la noche en la UCI para comprobar que la operación ha salido bien y que el golpe en la cara no ha dejado secuelas de otro tipo. Supongo que hasta mañana por la tarde no lo subirán a planta y no dejarán que nadie le visite. Han llamado también a su familia y vienen de camino. Tú lo que debes hacer es irte a casa y dormir. Un poco más y te tienen que poner anestesia normal para que te calmaras. ¿Puedes llamar a alguien que te venga a buscar?
- Sí. -mintió.
No pensaba llamar. No le apetecía ver a nadie más que a Francis. De repente sintió la mano de Sebastián sobre su hombro, en un gesto de aparente simpatía. Antonio no se molestó en mirarle para hacerle un intento de muestra de agradecimiento. No deseaba la simpatía de nadie en ese momento, todo aquello le molestaba.
- Mañana podrás verle. Lo peor ha pasado, no te preocupes.
Como si eso fuese posible... Le ayudó a levantarse. Dios, se sentía tan torpe... Pensó en quedarse a dormir en la sala de visitas aunque fuese, pero Sebastián insistió en que debía marcharse a casa y al final lo formuló como una orden. Era una mierda pero debía aceptarla. Aún estaba en su horario de trabajo y él era su jefe, después de todo. Por el camino se tropezó con dos papeleras y arroyó a un total de tres personas. Uno parecía incluso dispuesto a pegarle. Antonio le miró con indiferencia. No le importaba si le pegaba, la verdad. Su pasividad cansó al tipo y se marchó sin golpearle. El resto de las personas le miraba de soslayo y susurraba a escondidas. Seguro que pensaban que estaba borracho.
Llegar a casa fue peor de lo que hubiese imaginado. Sólo con cerrar la puerta, le vino el olor familiar de la colonia del francés, que se quedaba por todos los rincones cuando la usaba (le había dicho ya en un par de ocasiones que quizás se echaba demasiada). Ese apartamento repentinamente le parecía que era muy grande y que estaba muy vacío. La presión acuciante en su pecho se hizo insoportable. Y, aún así, no podía derramar ni una sola lágrima, aunque el nudo en su garganta era tan fuerte que estaba prácticamente seguro de no poder hablar si lo necesitaba. Se dejó caer al suelo, apoyando la espalda contra la puerta de la calle, y se quedó hecho un ovillo, sentado.
Allí pasó horas, hasta que la penumbra se instaló e hizo más lúgubre el lugar. Pensó, pensó y pensó aún más. Empezó a dolerle el trasero de estar sentado en esa superficie tan incómoda y claramente no diseñada para ser el lugar de descanso de alguien durante mucho tiempo. El sonido del teléfono le sacó de su letargo. Retumbó por todas las estancias y Antonio lo odió. Rompía el silencio que parecía que debía mantener. Se levantó y caminó hacia el teléfono con paso seguro. El efecto del tranquilizante se había pasado hacía alguna hora, se encontraba más despejado.
- ¿Diga?
- Antonio, soy Gilberto. Me han llamado del seguro y me han dicho que mi coche ha sufrido un percance y que el conductor estaba en el hospital. ¿Cómo está Francis? ¿Está bien?
- La pierna ha salido bastante tocada, pero dicen que se mejorará.
- ¿Lo has visto? -preguntó.
- No. Estará en Cuidados Intensivos toda la noche y parte de mañana. Dicen que seguramente por la tarde se permitirán visitas. -dijo el hispano falto de emoción alguna en su tono de voz.
- En cuanto tenga un hueco, iré. Estoy de trabajo hasta los topes pero podré escaquearme para el fin de semana. Bueno, te dejo, tengo que prepararme la cena. Buenas noches.
No le contestó, colgó directamente. Pasó por la cocina y pensó que comer era lo último que le apetecía en ese mismo instante. Como un alma en pena, pasó a la habitación y se echó sobre la cama. Era demasiado grande de repente. De pequeño siempre había soñado con tener una cama de matrimonio sólo para él y ahora desearía que no estuviese tan vacía. Las horas fueron pasando tortuosamente. Se cansó de ver cómo los números del reloj digital iban cambiando conforme pasaban los minutos. Le fue imposible dormir. Daba vueltas en la cama y pensaba en toda la escena, en su rostro, en su reacción, en lo que le había dicho Sebastián.
Amaneció y seguía sin haber pegado ojo. El estómago le gruñó y pensó que quizás era más útil levantarse y comer algo. De manera mecánica empezó a preparar el desayuno, con la mente en otros páramos. Cuando reaccionó, estaba dejando en la mesa el segundo plato de un desayuno para dos. Se le revolvió el estómago. Se sentó en una silla y miró los dos platos durante minutos hasta que estuvieron fríos. El hambre se le había ido del todo.
A las doce, recibió una llamada de Sebastián al móvil. Rápidamente lo cogió y en el proceso se pegó un golpe con la mesita en la que reposaba el teléfono contra la rodilla.
- ¿Diga? -dijo con claro tono urgente.
- ¿Antonio? Soy Sebastián. Llamaba para decirte que han subido a Bonnefoy a planta. Ya podrás entrar a visitarle si deseas.
- Gracias por avisarme. ¡Gracias!
Colgó y rápidamente se deshizo de la ropa que llevaba. Se puso una limpia, se aseó un poco y salió a la calle prácticamente corriendo. El metro le dio la sensación de que iba más lento que de costumbre. Tuvo que dejar de correr porque la primera enfermera que se encontró le echó una buena reprimenda. Subió a la tercera planta y buscó la habitación que le habían indicado en recepción. Estaba a punto de coger el mango de la puerta para abrirla cuando una voz sonó a su espalda.
- ¿Se puede saber qué haces?
Antonio se giró para encarar al hermano de Francis, que llevaba un café en la mano. El español abrió la boca para hablar pero Jean le asió de la muñeca y tiró de él hasta llegar a la sala que había para las visitas. Era un habitáculo con vistas a la ciudad y con un montón de asientos y un par o dos de mesas. No había nadie en ese momento allí. La mirada de Jean le provocó una punzada de algo parecido a la culpa y bajó la vista.
- Mírame, porque estoy a punto de repetir la pregunta... -dijo amenazante. El hispano levantó la mirada- ¿Qué hacías?
- Ayer no me dejaron verle y quería... Eso.
- Me lo han contado. Me han contado que cuando llegaron con mi hermano desangrándose, te quedaste quieto. ¿Es eso cierto? -la mirada de Jean era tan intensa que Antonio acabó por desviar la suya, bajándola hasta alcanzar a ver sus pies- Así que es cierto...
- Lo siento.
- ¡No! ¡No lo sientes! ¡No sé a qué estás jugando con mi hermano, pero claramente no te importa! ¡Eres un doctor, ¿verdad? -se quedó en silencio- ¿¡Es o no es cierto!
- Sí, soy un doctor. -respondió Antonio.
Se hacía duro escuchar a Jean así. Estaba tan alterado que no modulaba su tono de voz como hacía siempre para que sonara más profundo. Le estaba gritando, con todas sus ganas y desespero. Su voz sonaba a la de una muchacha triste y resentida. No se estaba esforzando en ocultar qué era.
- ¡Pues no lo parece! ¡Eres lo peor! ¡Y se lo he dicho a Francis!
Antonio levantó la mirada y observó con sorpresa y miedo. Sabía que, aunque no deseara escuchar lo que venía a continuación, Jean se encargaría de decírselo.
- Me ha dicho que no quiere verte por el momento, que necesita pensar. ¿¡Sabes lo que hubiese hecho yo! ¡Te hubiese mandado a tomar viento! ¡No eres más que un médico de pega! Dices que te importa... ¡Y una mierda te importa! ¿¡Por qué no te moviste por salvar a mi hermano, maldito seas!
Por primera vez, Antonio fue capaz de ver a Mónica, la hermana. Unas lágrimas de rabia se habían asomado por la comisura de los ojos y temblaba de pies a cabeza, con los puños apretados. Sintió un nudo de nuevo en la garganta.
- No te acerques a esta habitación. Te lo digo en serio. -dijo secándose las lágrimas- Voy a estar vigilando todo el rato y, como te acerques, te lo haré pagar. Él no quiere verte.
- De acuerdo. -dijo el español bajando de nuevo la cabeza.
- Ahora lárgate.
Antonio no añadió nada más. Lo único que se le ocurría era disculparse de nuevo y sabía que aquello le haría enfadar. Se dio la vuelta y salió hacia el pasillo, camino al ascensor. Una vez en la planta baja, mientras andaba hacia la salida, el español empezó a perder su calma. Su respiración se agitó, sus manos empezaron a temblar y una vez fuera se apoyó contra una pared cercana y ocultó su rostro. Su puño, apretado, pegó un fuerte golpe contra la pared, de piedra y se raspó los nudillos. Si tuvo el valor de regresar a casa en ese estado fue porque la gente empezó a mirarle raro. Asomado a una ventana, Jean le vio marcharse.
- ¿Qué miras? -preguntó su madre. El muchacho se dio la vuelta y la observó.
- Nada. Ha venido Antonio pero se ha tenido que ir. Ha sido muy raro. Dice que no puede ver a Francis así y que no podrá venir a visitarle en los siguientes días. Creo que no deberíamos contárselo a él. Quizás se ponga triste y lo que menos necesita ahora es estar de mal humor. Debe ser optimista y empezar a recuperarse pronto.
Simone tenía un gesto apenado. Era un comportamiento bien raro. Aunque a veces ocurría que la gente, en situaciones difíciles, salía huyendo y fallaba a quienes les importaban. Coincidió con su hijo, era mejor que no le dijesen nada a Francis. Aún estaba débil tras la operación.
Lloró. Lloró y tiró muebles al suelo. El comedor parecía que había sido víctima de una banda de ladrones que habían revuelto prácticamente todo para encontrar algo de dinero. Después se había arrastrado a la cama y allí se había quedado dormido finalmente. Horas después se había despertado. Los ojos le escocían y se sentía mal. Sabía que no era nada físico realmente, que todo venía provocado por su malestar psicológico. Se tiró las horas mirando la nada. Cuando se cansaba cerraba los ojos y a veces lograba dormitar durante minutos.
El timbre del teléfono interrumpió su sueño. Estiró la mano y alcanzó el inalámbrico, que se había traído al cuarto a falta de ganas de salir de esa cama. Descolgó y se quedó en absoluto silencio.
- ¿Hola? ¿Antonio? -dijo la voz de Gil.
- ¿Qué? -inquirió.
- ¿Por qué no dices nada? Joder, me has asustado. Llamaba para preguntar por Francis. ¿Ya has ido a visitarle?
- No.
- ¿No? ¿Y eso por qué? Esperaba obtener algo de información de ti.
- Lo siento.
- Bueno, tampoco es como para que tengas que pedirme perdón. Aunque, si pudieras llamarme, me quedaría un poco más tranquilo. No es que esté muy preocupado. P-pero bueno, no estaría de más.
- Lo siento... Perdón...
Al otro lado del teléfono, Gilberto arqueó una ceja. Antonio había empezado a murmurar cosas tan bajito que no se entendía nada de lo que estaba diciendo. Divagaba, sin sentido, sin rumbo y por mucho que intentó hacerle entender que no comprendía si hablaba tan flojo, él parecía estar en su mundo. Notó un pellizco en el estómago de preocupación. ¿Qué le pasaba a Antonio?
- Oye, tío, ¿quieres que pase por tu casa? Creo que tengo un rato libre.
- No.
- Antonio, creo que no es bueno que estés solo ahora mismo... Me pasaré y si quieres te haré un buen almuerzo. ¿Has comido algo?
- Eso no te incumbe. No vengas. No aparezcas.
- No seas irracion-
- ¿¡Es que estás sordo! ¡Déjame en paz y métete en tus propios asuntos, Gil! ¡Como vengas, no pienso abrirte la puta puerta! ¡No vengas! ¡Déjame solo!
Gilberto se quedó con la boca abierta tras aquella reacción inesperada, como una tormenta que descarga súbitamente. El teléfono había pitado y se había dado cuenta que le había colgado la llamada. No, definitivamente algo no estaba bien con Antonio. Lo comprobó al día siguiente. Llamó al trabajo y le dijeron que no había ido. Miró el teléfono y marcó el número de la única persona que se le ocurría que en ese momento pudiera hacer algo por Antonio.
Aunque trataba de disimularlo lo mejor que podía cuando no estaba solo, Francis no estaba de humor. Sentía una mezcla de rabia y profunda decepción. Según sus padres, Antonio no había podido venir porque tenía mucha faena y le habían dicho que aprovechara las pocas horas que tenía libre para descansar. Su madre le había dicho que había venido un par de veces, unos minutos, pero que le había pillado en momentos que dormía. Vaya, qué oportuno. A ratos le daba la impresión de que Jean estaba vigilando su puerta como si se tratara de un miembro de la gendarmería. Era curioso pero recordaba los momentos antes y después del accidente.
Se veía a sí mismo conduciendo el coche de Gil por la carretera después de haber cargado las cosas. De repente, un automóvil que venía en dirección contraria invadió su carril y su corazón se detuvo por un segundo. Sus manos se apresuraron a aferrar el volante y girarlo para evitar el impacto. Fue imposible. Sintió una punzada y entonces el coche giró. Después de dos vueltas, el morro se empotró contra una farola y ahí se golpeó la cara contra el volante. Mala suerte que el coche era antiguo y no contaba con airbag. Ahí todo se volvió borroso y perdió el conocimiento durante un tiempo. Lo siguiente fue el ruido atronador de una sierra, lo estaban sacando del amasijo de hierros que era la parte delantera del automóvil. Le dolía muchísimo todo y no pudo aguantar consciente más tiempo.
A continuación despertó en el hospital. Vio borroso durante unos segundos, hasta que tras dos o tres parpadeos se aclaró. La garganta le raspaba y todo el cuerpo le dolía como si le hubiesen estado pegando durante media hora sin descanso. La pierna era la que llevaba la palma, aunque la mejilla también era un rival digno. Ver a su madre le había alegrado bastante. La abrazó de vuelta mientras le susurraba palabras tranquilizadoras. Estaban también su padre y su hermano. Buscó y le faltó alguien.
- ¿Dónde está Antonio?
En su mente, esperaba que hubiese ido a por algo de beber o que estuviese hablando con alguno de los médicos. Su madre puso una mueca extraña que no supo leer y le dijo eso del trabajo. Aunque le disgustó, Francis pudo entenderlo. Su novio era un médico que tenía vidas que salvar. Ahora que la suya estaba asegurada por el momento, debía atender al resto. Le hubiese gustado que le pudiera dedicar unos segundos a él, pero bueno. Su hermano le había dicho que dejara de darle vueltas a la cabeza y que se preocupase por su propia condición. El médico le había explicado todo y le había anunciado que iba a estar una larga temporada sin andar y otra larga haciendo rehabilitación.
No comprendía demasiado bien qué era lo que ocurría, pero le parecía extraño el comportamiento de su madre y su hermano. Simone venía y le decía de vez en cuando que mientras dormía, Antonio había pasado a verle, incluso que se lo había encontrado en el pasillo y que le había preguntado por su estado de salud. Por otra parte, Jean intentaba que dejara el tema de lado y hablaba como si Antonio no se hubiese preocupado ni un solo instante por él.
Francis se sentía decepcionado y algo solo. Aunque hablara con su familia activamente y sonriera como siempre, estaba triste. Quizás a Antonio le interesaba más el trabajo que él, después de todo. Habían pasado ya cuatro días desde el accidente, podría venir cuando terminara su horario laboral. ¿Estaba trabajando también el sábado? Ya le había dicho que no le gustaba nada que trabajase en fin de semana. Era posible que Antonio estuviese haciendo aquello para obtener igualmente las dos semanas que necesitaban para irse de viaje, aún sufriendo por no poder verle. Sin embargo, aquello no le satisfacía. Seguramente no estaría recuperado de aquí a entonces. No necesitaba ya esas dos semanas, le necesitaba a él.
Otra cosa que le tenía algo mosqueado era que no había tenido posesión de su móvil en todo ese tiempo. Se lo pidió a su madre pero le dijo que lo tenía su hermano. Jean le cambió el tema a otra cosa. Ahora habían ido los tres a por algo de comer. Su madre le había dejado el bolso sobre la mesilla que quedaba a la derecha de su cama y le había dicho que descansara en ese rato. No lo hizo porque no tenía sueño.
Entonces, del bolso de Simone, surgió una familiar melodía. Era el timbre que tenía para cuando le llamaban a su teléfono móvil personal. ¡Hombre, por fin daba con él! Rebuscó entre las muchas cosas que había allí dentro y por fin dio con el aparato. No reconoció el móvil que llamaba, pero contestó.
- ¿Diga? -inquirió Francis.
- Hola. ¿Eres Francis Bonnefoy? -respondió la voz femenina al otro lado del teléfono.
- Sí, soy yo. ¿Con quién estoy hablando?
- Nunca nos hemos visto en persona. Mi nombre es Isabel Carriedo y soy la madre de Antonio. He conseguido tu teléfono del listín telefónico que tenéis en casa. Sé que no es la mejor manera de conocernos, pero tenía que hablar contigo y me voy a dejar de preámbulos. Puedo entender que no quieras que mi hijo vaya a visitarte, pero al menos ten la decencia de decírselo tú en primera persona. Quiero que dejes de destruir la vida de mi hijo. Si quieres dejarle, déjale ya, porque esto empieza a ser serio y no sé qué puedo hacer ya por él.
- ¿Qué...? -murmuró atónito Francis.
Las vacaciones que estaban teniendo eran bien entretenidas. Cogían el coche, iban a una ciudad, la visitaban, se hospedaban en un motel u hotel barato y luego partían a la siguiente. Su marido había cogido vacaciones después de un año sin tener más descanso que los que el estado ofrecía como días festivos. Mientras tomaban una cerveza en una terracita, al sol, el teléfono móvil sonó. Isabel, rauda, buscó el aparato por dentro del bolso y contestó.
- ¿Diga?
- Hola. No sé si se acordará de mí. Soy Gilberto, conocí a su hijo cuando él estaba trabajando en Vilafranca.
- ¡Ah! ¡Claro! Claro que me acuerdo de ti. Nos vimos una de las veces que fui a visitar a mi hijo. ¿Y a qué se debe tu llamada?
- Ah, sí... Verá, creo que a su hijo le pasa algo. Hace dos días que no va a trabajar. Hay alguien muy importante para Antonio y ha sufrido un accidente bastante grave. Aunque, por lo que me había dicho, no parecía que fuese a tener consecuencias fatales, de repente Antonio se ha empezado a comportar raro. Murmuraba cosas sin sentido, le dije que iría a visitarlo para hacerle de comer y me mandó a la mierda literalmente. Aún así fui y me cerró la puerta en las narices. En el segundo que le vi, lo encontré un poquito desmejorado. Como sé que no me va a abrir y yo no puedo ponerme en contacto con esa persona, la única que se me ocurrió que pudiese mediar en todo esto es usted, Isabel.
- Gracias por avisarme, Gilberto. Ha sido muy amable por tu parte. Yo me ocuparé de mi hijo.
Tras colgar la llamada tocó explicárselo a su marido. Tuvo que pedirle que se calmara en un par de ocasiones ya que se había animado bastante y proclamaba a los cuatro vientos que Antonio era un irresponsable y que debía dejarse de estupideces. Como veía que no iba a ayudar en nada que su esposo viniera, le pidió que le dejara hablar con él a solas. Así pues, condujeron hasta llegar a Madrid. Isabel se apeó del vehículo, besó la mejilla de su esposo y éste se marchó a seguir con la ruta establecida de turismo. Quedaron en verse por la noche allí mismo, en el piso de Antonio.
Nunca había estado en ese edificio pero se veía bien bonito. Llamó al timbre y esperó a que abriesen. Cuando la puerta se movió, la imagen de su hijo le chocó bastante. Estaba despeinado, tenía una barba de dos días, ojeras, los ojos rojos, llevaba una ropa de pordiosero... Parecía un sin-techo. La única diferencia es que su piso era bastante grande. Parecía muy sorprendido de verle. Isabel finalmente reaccionó y le dio una colleja.
- ¡Au! ¿¡A qué ha venido eso!
- Aféitate esa barba ahora mismo. -dijo la mujer abriéndose paso al interior- Cuando termines tenemos que hablar.
Si algo había aprendido Antonio en todo el tiempo que había estado conviviendo con su familia era que a su madre no podía llevarle la contraria y que su padre odiaba escuchar hablar bien del gran rival de su equipo de fútbol preferido. Cerró la puerta y fue al baño para afeitarse. En esos días no le había apetecido hacer nada de aquello. Isabel recogió un par de muebles tumbados y revistas que habían por el suelo. ¿En qué estaba pensando su hijo? Cogió un marco de fotos y vio en él una captura de su Antonio y otro hombre de su edad. Ambos sonreían felices en un sitio que no supo identificar a simple vista. En otro rincón encontró otra con la Torre Eiffel de fondo. Se sentó en el sofá, pensativa, con el marco entre las manos.
Minutos después, Antonio regresó a la sala con una toalla en los hombros con la que se secaba la cara. Bueno, algo era algo, al menos estaba afeitadito. Le mostró la fotografía y entonces preguntó.
- ¿Es él la persona importante para ti que ha tenido un accidente? -inquirió. Su hijo la observó fijamente, con casi enfado y ofensa. No se inmutó. Le había dirigido esa mirada en otras ocasiones, cuando era más joven. Era una que intentaba decirle: No es asunto tuyo. Pero no le importaba lo más mínimo que le dijera eso- ¿Lo es?
- ¿Quién te ha llamado?
- Ha sido Gilberto. Estaba preocupado por ti. Veo que tenía motivos para estarlo. Siéntate aquí a mi lado. -Antonio miraba hacia ella con desconfianza. Parecía un animalillo herido que temía acercarse a nadie de nuevo. En realidad le partía el alma verle así. Deseaba entender qué era lo que le pasaba por la cabeza a su hijo- Por favor, siéntate conmigo.
Aquella frase sonó a chantaje psicológico. Su madre se lo pedía con un tono casi suplicante. ¿Qué clase de hijo sería si le negaba eso después de tanto tiempo sin verla? Caminó hasta el sofá y se sentó en él, al lado de Isabel. Ésta se acercó a él y, lentamente, le acarició el brazo que le quedaba más cerca. Volvió a enseñarle el retrato.
- ¿Es él? -vio que Antonio afirmaba- ¿Es importante para ti? -vio que volvía a afirmar mientras miraba a la imagen en el papel- ¿Tienes algún tipo de relación con este chico?
- Se llama Francis. Me ayudó cuando tenía problemas y estuvo a mi lado. Me enamoré de él, mamá. Hace más de dos años que estamos saliendo juntos. Lamento no haberte dicho nada.
- ¿Estás seguro? No es que tenga reticencias, eres mi hijo y te querré igual. Tu padre puede que no lo lleve tan bien pero haré que lo acepte. Debo preguntarte: ¿estás seguro?
- Le quiero. Le quiero mucho. Muchísimo.
- ¿Y por qué estás aquí en vez de estar allí con él?
- Porque cometí un error. Fui un cobarde y ahora él no quiere verme. De repente nada tiene sentido, mamá. -sonreía tristemente. Sabía que si hubiese venido un día antes, se hubiera derrumbado por completo. Pero tras tantas horas llorando a solas, en silencio, Antonio ya no tenía lágrimas que derramar.
- ¿Por qué no intentas que su familia hable con él? No puedes haber hecho nada tan horrible, cariño. Nos conocemos. No serías capaz. Y menos con una persona a la que quieres tanto.
- Ellos tampoco quieren verme por allí. ¿Crees que, si la cosa se pone fea, podría volver a casa? Vivimos juntos aquí y si no quiere verme me quedaré en la calle.
- Claro que puedes volver. -dijo acariciando su mejilla. Su piel se veía pálida- ¿Has comido, Antonio?
- ¿Cuándo?
- Hoy.
- No.
- ¿Y ayer? -inquirió mirándole seriamente.
- Tampoco.
- Eres bien idiota... -dijo tras suspirar amargamente Isabel- Menos mal que le he dicho a tu padre que no viniese hasta que hubiese hablado contigo. Te hubiese pegado una buena. Voy a prepararte algo ligero para comer. Supongo que no tendrás el estómago para una comida pesada. Me da igual que no tengas hambre, te esfuerzas y comes un poco.
- Lo siento. Perdón.
Minutos después, la mujer observaba a Antonio dar vueltas con el tenedor a la comida. Había ingerido una miseria. No hablaba nada, sólo contestaba escuetamente a lo que se le preguntaba. Parecía agotado y eso que seguramente no había hecho nada en todo el día.
- Déjalo. Ya mañana para desayunar lo volvemos a intentar. Ahora ve y acuéstate. Tu padre vendrá a pasar la noche conmigo. Nos las apañaremos con el sofá. Ni se te ocurra decir que tú duermes en el sofá. Pareces un fantasma ahora mismo, mereces un buen sitio en el que descansar. Venga, a la cama. -dijo haciendo un gestito con la mano para ahuyentarlo.
Antonio le dio las gracias escuetamente y caminó hasta el marco de la puerta y allí se quedó quieto durante un segundo. Se dio la vuelta.
- Mamá. -llamó. Cuando obtuvo la atención de ella, prosiguió- Voy a dejar la medicina. Buenas noches.
Isabel se había quedado tan atónita que no pudo preguntarle nada. Todas aquellas incógnitas permanecieron en su cabeza, atormentándole. Cuando llegó su marido, se abrazó a él. Necesitaba sentir sus brazos alrededor de ella, reconfortantes y cálidos.
- No sé qué vamos a hacer con Antonio, Fernando. Está bastante mal... Creo que nunca lo había visto así. Casi no come. Parece un muerto en vida. Dice que quiere dejar la medicina. ¡Él! Ya sabes lo insistente que siempre fue con el tema.
- Es idiota...
- Cariño, por favor... No le digas nada más. Necesito saber qué es lo que ha pasado realmente. Siéntate, porque hay otra cosa que debes saber.
Antonio, en la habitación, escuchó el cuchicheo de sus padres hablando. No le pasó desapercibido el grito de su padre y el sonido sordo de su madre chistándole. ¿Le habría contado lo de Francis? Seguramente sí. Se acurrucó más en su enorme cama.
- "No te preocupes, papá, él no quiere verme. Creo que no vas a tener que preocuparte más de que tu hijo sea medio maricón..."
A pesar de todo, las voces le fueron arrullando. Era la primera vez en largas horas que no se sentía solo. Aquella noche durmió bien. Cuando despertó, se sentía más cansado que la noche anterior. Seguramente se debía a que comía bien poco. Igualmente no tenía hambre. Un pensamiento seguía en su mente: iba a dejar de ser doctor. No quería volver a ver la medicina en su vida. No la merecía. Lo dejaría. En cuanto tuviera fuerzas para ir al hospital sin caer en la tentación de ir a ver a Francis, lo haría. Su madre llamó a la puerta a las nueve y le dijo que podía pasar. Entró, se fue hasta la cama y se sentó en ella, a su vera.
- ¿No me dirás qué fue eso tan "horrible" que dices que hiciste?
- Llegó cuando estaba en urgencias y me bloqueé. No pude atenderle y tuvieron que sacarme de allí porque no hacía más que estorbar. Se enteró su hermano y él se lo contó. No quiere verme, mamá. Esa es la verdad.
- Mira, puedo entender que estén molestos. Pero tampoco es lógico al cien por cien. Tú...
- Déjalo. En serio. Déjalo... Ya sabes lo que pienso. Voy a dejar la medicina. No sé a qué me dedicaré pero no voy a ser médico. No lo merezco. Soy lo peor. Ellos también se han dado cuenta. Por eso su hermano me dijo que si me acercaba a la habitación me lo haría pagar. Quizás deberían echarme también de este piso.
Se hizo un silencio incómodo y amargo. Isabel se sentía con ganas de llorar. Hiciera lo que hiciera, no iba a poder hacer que su hijo se sintiera mejor. Era un problema demasiado complicado y el español no estaba escuchando a sus palabras. Se había encerrado en sí mismo y como castigo se estaba destruyendo.
- ¿Quieres desayunar?
- No. Quiero estar solo.
Suspiró y se levantó de la cama. Al salir de la habitación se le saltaron las lágrimas. Fernando fue el encargado de consolarla, en silencio, para que Antonio no se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo. Ella no dejaba de sollozar mientras exponía una y otra vez que no sabía qué era lo que podía hacer para que su hijo dejara de estar así. Despotricó contra la familia del rubio del retrato y contra él mismo por lo que estaban haciendo, no sabía si conscientemente o no.
- Vamos a buscar un listín. Quizás encuentres un número de móvil de este tipo. Entonces le llamas y le dices lo que le tengas que decir. Si quiere hacerle daño, nosotros lo mandaremos a tomar por culo y entonces se lo diremos a Antonio. Si no hacemos nada, se va a consumir.
Isabel miró a su marido sorprendida. Después afirmó con la cabeza y empezaron la búsqueda. Finalmente dieron con un pequeño listín negro. Lo hablaron y decidieron que era mejor que llamara ella; Fernando parecía demasiado predispuesto a empezar la conversación con: Eres un cabrón.
... Hola ouo' Por un momento pensé que no me daría tiempo a actualizar, pero aquí estoy. Momento chungo, tristón, del fic owo. Al final el fic son 21 capítulos más el epílogo. Y el capítulo 21 es muy corto por precisamente haber alargado otros antes, así que lo siento. Intentaré no dejar mucho espacio entre el 21 y el epílogo. Quizás ni deje que pase la semana, ya veremos.
Sólo comentar que los padres de Antonio, por si no os habíais fijado, son los Reyes Católicos xDDD Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando :) Ya que a Francis le di unos padres con historia, Antonio no podía ser menos.
Por esta vez esto es todo lo que quiero comentar. Sé que Antonio os parece extremadamente radical, pero en el siguiente capítulo se explican sus motivos. Y sí, Jean Claude es un cabrón owo... XD
Nightview, Lo dejo completamente a vuestra imaginación. No hay más referencias al triángulo amoroso. No te engañaré XD; Espero que el capítulo te haya gustado ouo Saludines~
Candy Darla, es que Antonio es demasiado sexy como doctor jojo... Nop, lo que Francis tenía no llegó a explicarlo ningún médico. Si recuerdas, su explicación quedó cortada porque entraban ya los pacientes.
Nanda18, nooo, no va a morir xDDD No puedo hacer eso. Me daría demasiada pena. Y más en este fic que es como más "relajadito" no hay batallas ni nada de eso xD. Como ves, los padres no tienen ni idea xD
Hethetli, Yo creo que si todos tuviésemos a Antonio de doctor, hundíamos la sanidad pública. Iríamos a visitarlo demasiado xDDD Lo del pantalón, con mucha práctica durante muchos años XDDD. Bueno, el de la Morgue lo entran por otro sitio, sabía que estaba vivo pero claro, mucha sangre :S
Misao Kurosaki, yo no le he hecho nada o_o (¿) XD Lo más lol es que este capítulo te da respuesta a las tres preguntas que haces. Ahahaha y si pensabas que sería tan sencillo, no olvidéis al hermano cabrón ouo. Me da igual cuándo lo leas, si te gusta ya estará genial ;u;
Ann Aseera, omg empecé a ver que ibas poniendo fics en favorito y pensé o-o wow... alguien que se está leyendo mis historias. Y de repente el review xD Hohoho... come to the dark side 8D Me gusta convertir a gente al Frain. Es una pareja genial que necesita más amor. Y te digo algo, a mi tampoco me gustaba tanto Francia pero por culpa de una amiga ahora lo adoro. Sólo escribo el Francia al que quiero ;v; Es un pervertido pero tiene su lado amoroso y se le quiere. ¡Tú le quieres! XDDD Gracias, me alegra que te guste cómo escribo ;v;
Yuyies, pues la cosa no ha mejorado, como has podido ver. Francis no se muere pero su hermano es un capullo xDU. Hombre, claro que flipó con la sorpresa. Francis llevaba deseando esto de casi el inicio del fic XD
Tomato-no-musume, awww... Gracias por dejarme review ;v; You're lovely~ Bueno, la vida es así. Todo va bien y de repente pasan cosas inexplicables. Pues ahora estás viendo un poco lo que imaginaste XDD. Este fic es principalmente Frain. Algún día supongo que haré un Spance. Interesante tu visión del triángulo amoroso xD Sí, mi cuenta de tumblr es esa XD ¿No se nota? XDDD
Kirsu, te dejó entrar~ yey... Awnn ;v; Pinky promise! Bueh, Antonio se siente mal no, lo siguiente. Jojojo la escena guarra del capítulo anterior 8D Me alegra que te gustara~ . Ya van dos comentarios de que se queda con Roderich xDDDD Interesante.
SWK111, jajaja XDDD grabar cosas en los sims 2 XDDD interesante, la verdad XDDDD No te preocupes. No obligo a nadie a que me deje review. Los valoro mucho, me arrancan una sonrisa y me animan mucho a seguir. Pero también sé que hay gente que lo lee aunque no deje comentario. Interesante también tu visión del triángulo amoroso xDDDD A mí me costaba también identificar a Prusia con "el español" cuando escribía. No eres la única liada XD. Bueno, esa es la vida, sí. No iba a matarlo, no pude XDU
Y eso es todo por esta vez owo
Hago publi, subo muuucho spam Frain en tumblr (soy Miruru12) así que si queréis seguir pues cool owo También acepto ask de cualquier tipo, prometo contestar.
Por Twitter tb ando, de vez en cuando pongo tweets de fic. Aviso de que soy un poco spammer XD Pongo bastantes tweets XDDD
Y eso es todo
¡Nos leemos!
Miruru
