Disclaimer: Los personajes de esta historia no me pertenecen... ¡excepto Jiko y Hayao! Aunque no creo que le de mucho uso al pobre Jiko... lo de siempre, eso de que pertenecen a las genialísimas chicas de CLAMP.
Capítulo 5: Absurda coincidencia.
Instituto Seijô
Era una mañana demente, el cielo estaba parcialmente cubierto por unas oscuras nubes que amenazaban con soltar el agua que contenían en cualquier momento. El aire estaba húmedo; el rocío matutino acababa de hacerse presente en un día que presagiaba tormenta.
Tomoyo apoyó los codos sobre su pupitre y sobre sus manos en el mentón, donde se descubría un travieso hilo del enorme lazo rojo que le rodeaba la nuca y resaltaba en su cabeza.
Suspiró amargamente. Tenía el presentimiento de que no sería un día agradable tampoco para ella.
Le dolía la cabeza como nunca y sentía nauseas, probablemente por el ajetreado día de ayer en la piscina. Todavía no sabía cómo había aparecido aquella botella frente a ellos. Ella no solía hacer esas cosas.
No, Sakura no hacía esas cosas. Se recriminó por poner en juego la frágil salud de su mejor amiga.
Por mucho que le costara admitirlo, se arrepentía. Cierto que lo habían pasado genial, pero… fue un error. Absoluto. Brutal. Imperdonable.
Si le pasaba algo a su Sakura, si realmente le pasaba algo…
No quería ni pensarlo.
Ladeó la cabeza, observando que una vez más había llegado demasiado pronto a la escuela. Tan solo veía a un sabiondo allí, que venía tan temprano como ella solo para repasar la lección. La de ojos color amatista jamás llegó a comprender por qué no estudiaba en su casa en lugar de en clase.
La puerta del aula se abrió. Meneó el lazo y lo que vio la dejó sin aliento. Ya le había visto en otras ocasiones, pero en esta en particular le pareció una señal.
-Buenos días. – Murmuró el recién llegado.
La estaba mirando fijamente por lo que le brindó una sonrisa amable a modo de saludo. Él no la correspondió, se limitó a ir a su pupitre, depositar la mochila en el suelo y extraer de ella los libros de la primera clase del martes, historia.
Todavía con los ojos clavados en la nuca de él, Tomoyo escucho el estruendo de una silla al rascar el suelo. Se volvió automáticamente hacia el lugar de nacimiento del ruido. El empollón.
Ella también se levantó, decidida a adelantarse a escribir la fecha en la pizarra. Cuanta fue su sorpresa cuando el aplicado muchacho salió por la puerta. Quiso estrujar sus huesos lentamente contra la pared por dejarle sola con él.
Decidió aminorar el paso, no tenía que competir por llegar antes, ya no.
Caminó por la segunda fila rozándole desinteresadamente. El chico emitió un suspiro por el contacto. Varias veces había afirmado sentir electricidad correr cuando se tocaban. Ella sentía lo mismo que si tocara a su amigo Takashi. Nada.
-Tomoyo… - susurró él. Ella decidió, como siempre, ignorarlo.
Alcanzó la pizarra y paseó la mirada por esta, maldiciendo porque el madrugador había escrito la fecha. Se volteó resignada a su pupitre, para encontrarse con que él estaba frente a ella, con sus manos apoyadas firmemente el en encerado, aprisionándola.
Alzó los ojos para mirarle a la cara, con una pizca de esperanza que Tomoyo reconoció como necesidad.
Su cara se aproximó vertiginosamente a la joven Daidôji, a quien le parecía físicamente imposible que estuvieran a tan poca distancia y ni se tocaran.
El chico acercó la nariz a su oscuro cabello, aspirando el aroma que emitía, y exhalándolo con un suspiro de placer. Retrocedió para mirarla a los ojos. Cuando vio que estos no le observaban, se aproximó aun más a Tomoyo, rozándose al fin. Él sintió la electricidad. Ella, nada.
Le alzó una pierna para enroscarla en su cadera, ella se recostó contra el encerado para no perder el equilibrio. Eso no le gustaba, nunca le gustaba.
Reprimió un gemido de repugnancia al ver la lasciva mirada en el muchacho.
Finalmente, pasó su mano libre por la cintura de ella, cerró los ojos y la besó con deseo.
Ella, que había esperado poco ansiosa su beso, cerró sus ojos e imaginó.
Imaginó que no era con él con quien se estaba besando, imaginó a un joven algo más bajito y de profundos ojos azules. Y con ese sueño en mente, correspondió con ansias, besando a alguien que no era quien estaba en frente de ella, besando lo prohibido, recorriendo con su lengua los dientes amargos de alguien a quien no amaba.
Llevó sus manos a la nuca de él y se colgó de su cuello. Se rozaron, provocando un brusco encontronazo de sus lenguas.
Entonces él percibió que la puerta se abría. Supuso que era el estudioso que regresaba y poco le importó.
El nuevo recién entrado fue a su pupitre dejando caer la mochila en el suelo y observó divertido y con una pizca de rencor el espectáculo que se desarrollaba frente a él. Se sentía irritado, ¿no podían ir al servicio? Allí tendrían intimidad y no tendría que pasar por esto. Se le escapó una horrible risa entre dientes.
Fue entonces cuando Tomoyo abrió los ojos y vio, un asiento por detrás del suyo, al chico que ella besaba, sentado y contemplando la escena con una sonrisa que prometía venganza. No entendió nada.
Cayendo en la cuenta de que a quien besaba era no otro que Hayao, le propinó un empujón y corrió lejos de él, asqueada. Habría sido mejor no abrir los ojos, seguir imaginando.
Él la miró interrogante. Avergonzado, dio media vuelta y salió del aula.
Ella se quedó allí, estática, observando como él, precisamente él, la observaba.
-Buenos días, Eriol. – Quiso sonar segura de si misma, plenamente consciente de lo que acababa de hacer. Pero salió en su lugar una vocecilla alegre, cantarina e insegura. Diablos, tenía que aprender a disimular.
-Ooh, sí. Muy buenos, mi querida Tomoyo. – Respondió él con un tono oscuro en su voz, todavía sin abandonar la sonrisa vengativa y una mirada abatida.
La chica Daidôji se sobresaltó al ver que la trataba con semejante confianza. Eran amigos -¡claro que lo eran!- pero no tanto como para... ya estaba divagando de nuevo, debería de haber aprendido que se trataba de Eriol. Repentinamente la puerta era algo realmente interesante.
Caminó hacia su mesa y se sentó pesadamente, con presión en el cuerpo.
-Y dime, ¿quién era ese? – su tono de voz era despectivo y la de cabellos azabache decidió ignorar el sufrimiento que le produjo.
Eriol percibió la tensión en los músculos de Tomoyo y se incorporó en su asiento, maquinando.
-Ese era Hayao, y lo sabes de sobra porque está en nuestra clase. – Pronunció ella con un tono indiferente, jugueteando con el lápiz sabiendo de sobra que él no se refería a eso.
Fingió subrayar unos párrafos de su libro de historia. A los pocos segundos, sintió una brisa recorriéndole el cuello.
-Me refiero a que significa él para ti. – De nuevo, sopló silenciosamente en la piel de su cuello.
-Eso, querido Eriol, no es asunto tuyo.
El joven Hiragizawa apretó los puños, cabreado por su indiferencia. Le molestaba lo que se había encontrado nada más ingresar en la clase. Al notar que la charla se había acabado, sacó un tema.
-Te noto tensa Tommy, ¿es que no quieres contármelo?.
Se heló en su sitio al oír el mote que solo él pronunciaba. Le encantaba que la llamara así, le daba confianza a su relación, aunque nunca lo diría en voz alta.
-Sabes la respuesta a esa pregunta. – Respondió simplemente ella.
Notó las manos de Eriol sobre sus hombros, masajeando con maestría. El contacto de sus manos frescas le provocó escalofríos. Él noto un estremecimiento, nunca supo si era suyo o de la chica.
-Realmente me gustaría saber que significa… - se cortó Eriol, peligrosamente cerca de ella.
Sus músculos se destensaron y al hacerlo Eriol soltó una risita, confirmando que ella sí estaba tensa. Bufó. Las manos de Eriol descendieron todo lo que la silla le permitió, haciendo ahora formas incomprensibles en su espalda. Intentó reprimir un suspiro, pero su vello erizado la delataba. Él solo sonrió con ternura, elogiando silenciosamente la mentira en la que Tomoyo se sumergía más y más.
Se iba a dejar vencer por Eriol y eso destruiría el muro que tanto le había costado crear, cuando un milagro divino -la puerta – apareció transformado en un joven de nombre desconocido que los pilló con los ojos cerrados y las manos de él en su espalda, entro una niña, que los encontró sentados normalmente, acomodándose, entró Hayao, que encontró a una Tomoyo levemente incómoda observando el libro y a Eriol mirando por la ventana con aire ausente.
Luego de aquello no fue consciente del tiempo que transcurría, ni de los innumerables alumnos que entraron en su clase. Algunos la saludaban, pero ella no los oía. Estaba profundamente sumida en sus pensamientos.
Si no fuera por sus compañeros, habría dejado que Eriol la manipulara, y eso, por mucho que lo deseara, no podía ser. La utilizaría y a los dos días la tiraría como una cámara desechable. Se prometió a si misma que reforzaría la barrera; no volvería a permitir tenerle tan cerca. No.
Oyó el timbre y despertó de su ensoñación. Miró a su izquierda. Maldita sea, Sakura todavía no llegaba y ella se había olvidado de su revisión diaria. Sería su culpa si algo estuviera fuera de lugar. Se la imaginó entrando en clase con la falda dentro de las bragas, o la camisa sin abotonar, o con la chaqueta en la cabeza o…
Sakura entró por la puerta y ella soltó un suspiro de sincero alivio al comprobar que todo el ella estaba en orden, salvo un cordón desatado. Oh, no, olvidó por un segundo que un cordón desatado para Sakura sería letal.
-Buenos días. – dijo, y se arrastró pesadamente por la clase.
Ese día había llegado ridículamente tarde – para variar - , esperando que su hermano la despertara con el desayuno listo, pero su hermano no estaba en casa y ella realmente no agudizó el oído hasta que sonó la alarma de emergencia, la que tenía programada diez minutos después por si se quedaba dormida. Y con la que casi siempre se despertaba.
Con la práctica no se retrasó demasiado, pero le escaseó el tiempo para preparar el desayuno y el almuerzo. Cogió lo que le pareció suficiente para comprar algo en la cafetería y corrió calle adelante. Yukito ya no la esperaba - como debía de ser - él iba a la universidad para algún día llegar a ser astrólogo, no se podía permitir llegar tarde por culpa de una Sakura adormecida. Pero igualmente se apenó, habían planeado el día anterior ir a retomar la cita perdida, pero si no se reunían tendría que llamarlo. Jamás dejaría pasar la oportunidad de tener una cita (pero una de verdad) con el joven Tsukishiro.
Ya casi había llegado a su mesa cuando tropezó con un cordón que iba a la deriva, si no fuera porque una figura femenina la sujetó en el momento justo se habría hecho un moratón muy feo en la frente. Dichosos pupitres, ¿Quién les mandaba estar tan cerca de ella cuando tropezaba? Evidentemente, alguien quería que se matara.
Alzó la vista para ver el extravagante cabello de Tomoyo esa mañana. Su mejor amiga le dedicó una amplia sonrisa antes de soltar a toda prisa:
-¡Sakurita! Siento no haberte esperado, me ha pasado algo fuertísimo, luego te tengo que contar. Por cierto, ten más cuidado.
La obligó a sentarse en su silla y mientras reía se arrodilló frente a sus ojos esmeraldas. Al principio Sakura pensó que iba a seguir reprochándola en otra postura porque estaba agotada, y entonces captó que la joven con un estrafalario lazo rojo solo planeaba atarle los cordones con un doble nudo especial Tomoyo. Cuando finalizó se sentó finalmente en su silla correspondiente y ambas se sonrieron, felices de tenerse la una a la otra.
-Silencio, saluden y siéntense. – El profesor Jiko acababa de honrarles con su presencia y no llegaba especialmente temprano.
-Buenos días, señor Jiko. – Dijo al unísono la clase, con un monótono tono aburrido mientras un avión revoloteaba el aula y se escuchaban alguna que otra risilla de fondo.
-Buenos días. – Contestó cortante.
Unos golpes en la puerta llamaron la atención de los alumnos, quienes la miraron con recelo.
Nadie llegaba tan tarde a excepción de Sakura, y ella recién traspasara el umbral, por eso lo más lógico era creer que el director finalmente los había pillado.
-Cierto, lo olvidaba... que molesto – masculló el señor Jiko cuando creyó que nadie lo oía. - Todos sabemos que estamos a mitad del semestre, pero aún a estas alturas, tenemos un nuevo compañero.
Hizo una pausa para que los lentos de sus alumnos lo asimilaran, antes de alzar la voz y decirle a la puerta:
-Pase.
Esta se abrió, quejándose en las bisagras, y tras ella apareció un objeto de exhalación por parte de la sección femenina.
El chico en cuestión tenía los ojos de un frío color ámbar, cubiertos parcialmente por un cabello color chocolate que se disputaba por alguna razón con todos los mechones ahí arriba. No era muy alto, pero estaba bien desarrollado, caray si lo estaba.
Levantó tres dedos de la mano con la que sujetaba la chaqueta del uniforme, a modo de saludo.
Un momento, ¿ese chico no era…
Tomoyo observaba a Sakura y esta, a punto de caer dormida, al nuevo alumno, quien a su vez no apartaba la mirada de Meiling que daba botes en la silla, por lo que era deducible que su nuevo compañero era el tan nombrado 'Primo Shao', alargando la 'i'.
-Niños – a pesar del invitado, todos gruñeron por el mote –. Os presento a vuestro nuevo compañero, Li Shaoran.
Le resbaló el codo, y el sonido seco de su cabeza al chocar contra la mesa resonó en toda la clase. Bueno, si llegara temprano era porque había madrugado; no era de extrañar que Sakura se quedara dormida en medio de clase.
Mientras, el susodicho Li hacía un rápido sondeo a sus futuros compañeros.
Cuatro individuos llamaron especialmente su atención, pues estos no seguían la monotonía del resto
Su prima. Botando de alegría. Apartó la vista. Meiling Li no hacía más que avergonzarle.
Vio a una muchacha al fondo de la clase con un enorme lazo rojo que llamaba un montón la atención. Sus ojos, de un extraño color que oscilaba entre el violeta y azul, denotaban alegría. Como el resto, le observaba. Pero resultó ser la única en regalarle una sonrisa de bienvenida. Le cayó bien instantáneamente.
Distinguió – también en el fondo de la clase - a un chico que, tras unas gafas, le observaba con una mueca de consternación, como si supiera exactamente qué destino trágico le esperaba a Shaoran. Anotó mentalmente preguntarle después.
Y de nuevo al fondo de la clase – seguramente solo miraba como un poseído hacia esa zona, y no era la idea de su cerebro, que sugería que le llamaban la atención - una chica de cabellos castaños dormía o descansaba la vista. En fin, que pasaba de él. Le hacía el vacío. NO le prestaba atención, ni a él, ni a su físico, ni a su encanto, ni a su magistral entrada previamente programada… ¡Dormía mientras Li Shaoran en persona cruzaba el umbral de su clase!
Simplemente impermisible, él mismo se encargaría de que no olvidase tamaño error.
Apenas fue consciente de que el maestro le daba un discurso sobre la autoridad hacia su persona y blah, blah, blah. Solo escuchaba la acompasada respiración de la perezosa y sus dientes al rechinar de rabia.
-Siéntese tras la señorita Kinomoto. – Pronunció el apellido algo fuerte de más y todos entendieron por qué.
Al notar que ese dato le importaba volvió en sí. Siguió la mano del maestro hasta el huesudo dedo, que apuntaba a la chica que descansaba la vista. Precisamente ella. Así que Kinomoto…
Suspiró.
Al pasar al lado de 'la señorita Kinomoto' la empujó intencionadamente, lo que la hizo reaccionar. Shaoran solo esbozo una media sonrisa; había logrado su propósito y ahora ella sabía que existía.
Sakura por su parte pegó un brinco al ser descubierta y se juró atender al profesor en todo lo que quedara de clase.
Pero era demasiado tarde, tan brusco movimiento llamó la atención del señor Jiko, quien esa vez no se la perdonaría y le impondría un castigo del que se acordaría toda su vida, dando paso al odio súbito hacia el despampanante chico nuevo.
Este por su parte se sentó en su nuevo pupitre, desconcertado. No apartó los ojos de la nuca de ella en ninguna de las clases previas al descanso, previniéndola silenciosamente que no se volviera a quedar dormida en su presencia.
Tomoyo no pudo evitar mirar tal Li de reojo. Su séptimo sentido le advirtió que escondía un secreto, uno de los gordos. Pero por muy inusual que fuera, quizás era solo cosa suya y de su supuesto séptimo sentido.
Aún así, le frustraba sobremanera que no dejara de mirar a su mejor amiga como si fuera la mosca que se iba a pegar en la telaraña Li de un momento a otro.
Mientras jugueteaba con su lazo escarlata no le cabía duda alguna, por la determinación en los ojos del chico, que conseguiría lo que buscaba, fuera lo que fuese.
La joven Daidôji frunció el ceño y apretó los labios dando por terminada su inquisición con un nuevo veredicto: ahí se cocía algo.
Eriol fue consciente de la insistente mirada de Tomoyo.
No era suficiente encontrársela esa mañana besuqueándose con otro, ahora aún por encima ella no dejaba de observar al nuevo de refilón.
Se cabreó aún más, si eso era posible.
Con el tiempo llegara a una conclusión: Él le era indiferente.
Tenía ojos para todos menos para un nombre que empezaba por H y acababa por Iragizawa, a ver ¿Quién era ese Hayao? Nadie, por supuesto, y en cambio había conseguido lo que él jamás conseguiría: un beso de Tomoyo.
Y ahora venía ese, un forastero que no conocía de nada y aún así ella lo miraba sin descanso. ¿O quizás ya estaría saliendo con él al mismo tiempo que con Hayao? Gruñó entre dientes. Pensó que caería a sus pies esa mañana, cuando había bajado su muro, mas ella no se dio ni la vuelta. Pero su instinto le decía que un par de minutos más y la tenía en el bote.
Claro que su instinto no era una vía muy fiable.
Le empezaba a cabrear saber que Tomoyo era la única, la única que no le hacía ni caso. Con las demás, un roce provocativo o una mirada insinuante bastaba para que suspiraran y cayeran rendidas a él. Lo había probado miles de veces con Tomoyo, pero la única reacción relativamente normal la había tenido esa mañana. Haría algo para solucionar eso, atajó, con una amarga sonrisa rondando su rostro.
-.-.-.-.-.-
Ese día, las clases pasaron increíblemente rápido. Del mismo modo el tiempo se fue sucediendo.
Para Li no había supuesto un problema entrar en el club de futbol y ser algo así como el mejor jugador del equipo. Desde eso, Eriol y Li eran dos terribles lapas inseparables.
El susodicho Shaoran Li, resultó ser una persona de lo más sociable con todo el mundo…
Momento.
Con todo el mundo, menos con Sakura.
Nadie sabía el por qué pero desde el primer día ambos no hacían más que discutir, provocando una gran rivalidad entre ellos en cualquier situación.
Si tanto Li como Kinomoto compraban una botella de agua, la competición consistía en ver quien resistía más sin beber en todo el día ¿y cómo asegurarse de que tu rival no hacía trampas? Siguiéndole a todas partes, y si entraba en el baño, pues mandabas a Tomoyo o Eriol para vigilarle.
Estos últimos siempre acababan siendo los intermediarios, probablemente por ser amigos tan valiosos para ambos castaños, mas entre ellos dos, la chica ignoraba deliberadamente a Hiragizawa
Tampoco tuvo ningún problema para que la gran mayoría de las jovencitas que no babeaban por Eriol fueran leales fans suyas, y algunas que sí estaban ante los pies de su enemigo-amigo, cambiaron su objetivo hacia él.
¡Menos mal que a ella aún le quedaba algo de cerebro y pertenecía a esa minoría que no estaba ni por uno ni por otro!
Sakura no se enteraba de por qué le caía mal al tonto de Li, si no le había hecho nada desde aquella primera vez que se vieron en clase…
Un súbito dolor de cabeza la llenó por completo y giró lentamente en el sofá, con sumo cuidado de no hacer movimientos bruscos.
Lo que sí sabía, y con seguridad, era que a ella le caía horriblemente fatal por el castigo que le impuso el señor Jiko a causa de la intervención del castaño engreído.
Bostezo de por medio, se dijo que era hora de desconectar el cerebro y ponerse a dormir si mañana le apetecía ser persona.
Pero al observar a Tom, pensó en su historia, para nada parecida a la actual con el nuevo.
Ella se había convertido en su mejor amiga, hasta llegar a este punto de dependencia. No era de extrañar, la verdad, llevaban juntas desde siempre. Había sido conocerse al pelear por un peluche en la guardería… ¡pero que se peleara con Tomoyo nada más conocerse era otra cosa! Porque eso dio paso a tiempos de disputas por los mismos muñecos y por consiguiente su acercamiento… ¡pero hablábamos de Tomoyo! Con ella había sido: ¡puf! mejores amigas al instante. Además, contaban con la ventaja de que Sonomi, la madre de Tomoyo, era la prima de Nadeshiko y se llevaban tan bien que siempre estaban juntas y como sus hijas eran demasiado jóvenes las llevaban a todos lados con ellas.
Por eso andaban siempre juntas… y el sueño la estaba matando.
Se acurrucó mejor en el sofá, con una cautela increíble para no despertar la figura aparentemente dormida a su lado.
Después de una tarde de compras y una cena en un restaurante de comida rápida, Sakura y Tomoyo habían caído rendidas en el amplio sofá, cada una a un lado. Tomoyo ya hacía un rato que se había dormido, o eso o era muy buena actriz.
Había sido una suerte que ese fin de semana Sonomi hubiera tenido que irse por asuntos de negocio, como hacía muy a menudo, y las hubiera dejado solas a ellas, disfrutando de un capricho que hacía semanas que no se hacía realidad…
Nuevamente bostezó y harta de pensar, dejó que Morfeo la envolviera en sus brazos.
-.-.-.-.-.-
Una jadeante Tomoyo se despertó sintiéndose Zombi.
Miró lentamente a su entorno para distraerse, y lo que vio la desconcertó de verdad. ¿Qué hacía en el salón? ¿De quién eran esos pies que estaban tan cerca de su cara? ¿Por qué el insistente dolor de cabeza?
Rápidamente su cerebro analizó la situación, recordando a retazos que estaba en el sofá dormida con Sakura.
Y eso explicaba su dolor; estaba durmiendo en el diván.
Suspiró aburrida, una vez más, el sueño y ella ni se hablaban.
Observó con envidia a Sakura, que dormía plácidamente sin enterarse de su desvelo. Aunque no iba a ser ella la que la despertara.
Se incorporó con cuidado y acarició el cabello de su amiga. Se veía tan calmada y tranquila cuando dormía…
Dio un sonoro suspiro, provocando una protesta por parte de la de cabello castaño, que se rebulló un poco y volvió a dormir tan apaciblemente como antes.
Casi se le escapa una risita, Sakura era tan mona… no le extrañaba que varios chicos la miraran de aquella forma. A causa de su carácter torpe, despistado e infantil, a la joven Kinomoto le era imposible darse cuenta de lo obvio de su belleza interior y exterior.
Se tumbó otra vez, pensando en el nuevo alumno. Era el único que la odiaba desde...
Y eso la llevaba automáticamente a Eriol, quien desde que el de ojos ámbares había aparecido, se había monopolizado a ella de una manera más especial, más… cariñosa.
Aún así, pasó a otra chica, y a otra, y a otra, y a aquella otra, si eso se puede considerar salir.
No es que Eriol no le gustara, entiéndase, pero era muy bipolar, lo que hacía que nunca se le pasase por la cabecita salir con él.
Bueno, eso no era del todo cierto…
¡Pero mientras él siguiera en su burbuja de ignorancia siendo un mujeriego, ella seguiría rechazándolo!
Cerró los ojos, en una última tentativa de dormir. Sabía de sobra que no lo conseguiría, así que pensó en cantar interiormente la letra de una de sus canciones favoritas.
Más o menos en quinto de primaria la había recitado en el coro, y sabía que algo muy importante había sucedido con esa canción. En la azotea del colegio Seijô, con Sakura. Lamentablemente, no recordaba nada que pudiera servir de argumento a su ensoñación…
Y así, entre notas y notas, con Eriol al piano y aún sin finalizar la canción se dejó vencer por el sueño, que le llegó sospechosamente rápido.
Como si alguien no quisiera que recordara cierto hecho.
N.A: Buff, creo que yo también debería irme a dormir...
