Ranma ½ no me pertenece.

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Fantasy Fiction Estudios

presenta

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AmoR

Secreto

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En el pequeño cuarto dentro de la iglesia, Akane Tendo se miró al espejo, se pasó los dedos por el largo cabello recogido sobre la nuca y se alisó una diminuta arruga del vestido de novia, justo debajo de la axila izquierda. Enderezó la espalda y deslizó el cuerpo hacia adelante por el tapizado rojo de la silla, casi hasta quedar al borde del asiento. Entonces, alzó los ojos para consultar la hora en el reloj que colgaba de la pared y suspiró para calmar sus nervios.

Nabiki abrió la puerta de improviso en ese instante, sin molestarse en llamar. Las hermanas se sostuvieron la mirada a través del espejo. Los ojos color chocolate de Akane la observaron con una apremiante interrogación. Los cafés de Nabiki, sin embargo, estaban completamente límpidos, era como si su hermana no expresara nunca ninguna emoción, o se contuviera para no expresarlas. Akane se preguntó, y no por primera vez, cómo lo lograba.

—Hatsuhiro llegó hace diez minutos —avisó Nabiki.

Akane se mordió los labios y miró de nuevo el reloj. De forma angustiante, las manecillas se negaban a dejar de moverse.

—Y él aún no ha llegado —agregó Nabiki con aire petulante. Un «yo tenía razón» estaba implícito en la misma frase.

Akane suspiró, fue casi como un gemido lastimero, y volvió a mirar el reloj. Pasaban cinco minutos de la hora, tampoco era tanto tiempo, ¿verdad?

¿Verdad?

—No quiero decir «te lo dije», pero…

—¡Entonces cállate, Nabiki! —exclamó Akane con fuerza.

Su hermana hizo un gesto de ofendida y cerró la puerta, pero Akane alcanzó a escuchar con claridad que murmuraba «uy, qué genio».

Cuando estuvo de nuevo sola, Akane se derrumbó. Dejó caer los hombros y agachó la cabeza, permitiendo que el corto velo se deslizara de cualquier forma sobre uno de sus hombros, encorvando la espalda para apoyar los brazos sobre sus rodillas, sobre las capas de tela suave del vestido de novia. Volvió a suspirar con pesar y contempló el reloj por tercera vez. Estúpido, estúpido Ranma. ¿Dónde se había metido? ¿Por qué no llegaba?

¿Acaso nunca iba a llegar?, se preguntó desolada.

Aquel pensamiento, que nunca había tenido espacio ni siquiera en sus fantasías más alocadas, la desestabilizó. Intentó no llorar y se secó con presteza las pequeñas lágrimas en las esquinas de los ojos para no arruinar su maquillaje. Al menos disfrutaría de eso en aquel día aciago, de lo hermosa que estaba gracias a los esfuerzos conjuntos de Kasumi y Nabiki, que la habían peinado y maquillado para la ocasión.

Tan absorta estaba Akane en sus, a veces, muy oscuros pensamientos, que no se dio cuenta de que se abría una puertita lateral y una sombra se cernía sobre ella.

Cuando percibió el sonido a su espalda ya era demasiado tarde. Unos brazos poderosos la apresaron y una mano igual de fuerte le cubrió la boca y acalló sus gritos de protesta.

Y así, Akane Tendo fue secuestrada de la iglesia, a pocos pasos del altar.

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La estaban cargando mientras corrían a toda prisa. Algunos volados del abultado vestido se levantaron y le cubrieron la cara, por lo que Akane solo podía guiarse por el sonido para saber qué estaba ocurriendo. Dejó de gritar cuando percibió un aroma agradable y cálido, que le recordó a las fogatas que encendía cuando se iba a acampar de niña, y también a las hierbas sobre las que ponía su saco de dormir. Los brazos que la estrujaban eran musculosos y fuertes, pero no le hacían daño, y le gustaba la manera en que la apretaban contra un cuerpo igual de musculoso.

Hierbabuena, madera y el aroma dulzón de malvaviscos asados. Era él.

¡Era él!

«¡Funcionó, funcionó!», pensó frenética. ¡Oh, cuántos deseos tenía de gritárselo a Nabiki a la cara!

Escuchó el sonido de la puerta de un automóvil al abrirse y cuando él la acomodó —sin demasiada delicadeza— en el asiento del copiloto, su vestido recuperó un poco las formas y se le despejó el rostro, por lo que pudo mirar alrededor. Estaban en una estrecha callecita detrás de la iglesia. Descubrió que el automóvil en el que se encontraba era pequeño y de color blanco. Se preguntó, de pronto, quién era el dueño de ese coche, porque sabía perfectamente que él no tenía automóvil.

La puerta del asiento del conductor se abrió y él se acomodó a su lado. Entonces Akane se volvió, se quitó de la cara el velo que se había torcido y un par de mechones de cabello rebeldes, y miró a Ranma Saotome, su amigo de la infancia y el hombre al que había amado en secreto durante, por lo menos, quince años. Él se echó hacia atrás el cabello trenzado que le había cruzado el hombro, arrancó el coche y enfiló por la callecita a una velocidad bastante imprudente, tanto que Akane tuvo que sostenerse del salpicadero para no irse de bruces.

¡¿Desde cuándo Ranma sabía conducir?!

De pronto, aunque a su lado siempre se había sentido segura y protegida, empezó a temer un poquito por su vida. Y con razón, porque en seguida comprendió que Ranma no había aprendido a conducir de la noche a la mañana. Entraron en la autopista zigzagueando y Akane lanzó un gritito de terror, enganchando el cinturón a toda prisa con manos temblorosas, y sosteniéndose con ambas manos del asiento cuando quedaron demasiado cerca de un enorme camión y Ranma frenó de golpe. Pero allí no terminó su angustia, porque Ranma decidió, en una maniobra osada, adelantar al camión acelerando, justo a tiempo antes de que los arrollara una camioneta por el otro costado. Akane apretó los dientes, pensando en Kamisama. Una motocicleta pasó cerca de ellos muy rápido haciendo un estruendo y Akane cerró los ojos.

Después, Ranma pisó con más fuerza el acelerador, que resultó ser el freno, y el coche se detuvo de golpe con una sacudida. A sus espaldas empezaron a sonar los bocinazos y los gritos de los demás conductores cada vez más fuerte. Ranma soltó una maldición.

—Mierda, ¡esta cosa no funciona!... A ver, mmm… creo que si oprimo esto…

Con un sonido acompasado, comenzaron a funcionar los limpiaparabrisas. Akane tuvo deseos de cubrirse el rostro y, de paso, también los oídos, para no prestar atención a los aullidos nada civilizados que proferían los demás conductores mientras estaban detenidos en mitad de la autopista.

Unos segundos después salieron despedidos hacia adelante con mucha velocidad, mientras Ranma exclamaba un «¡bien!», y soltaba una carcajada de arrogancia. Akane, sin embargo, giró a un lado y a otro, mirando por las ventanillas para asegurarse de que no los seguía una patrulla de policía. De algún modo, Ranma consiguió estabilizar el automóvil todo lo que era posible y siguió conduciendo con tranquilidad, incluso con la osadía de ponerse a silbar.

—Bah, no era tan difícil como lo hacían ver —comentó.

Akane se llevó una mano al pecho, donde su corazón latía como loco por el susto. Algunas horquillas se le habían soltado y el cabello se le enmarañaba alrededor de la cabeza, con largos mechones cayendo aquí y allá por su espalda. El velo hacía rato que estaba completamente torcido, pero ella no se molestó en arreglarlo.

De acuerdo, quizás era momento de plantearse que no había funcionado, no del todo, por lo menos. O no como ella se lo había imaginado, no de la manera más romántica, pero algo era algo. Al menos Ranma había llegado e impedido su boda. ¿Nabiki y Kasumi ya se habrían dado cuenta o seguirían esperando que saliera? ¿Y el pobre Hatsuhiro?... Bah, eso no importaba.

Se volvió hacia Ranma y sonrió apenas. Él iba vestido de una manera elegante, con una camisa blanca, saco y pantalón, aunque sin corbata. La luz del atardecer dotaba a sus ojos de un brillo distinto, con destellos casi dorados. Y tenía, como siempre, una sonrisa arrogante en el rostro y un aire de increíble confianza, como si pudiera hacerse cargo de todo sin el menor esfuerzo, como si nada lo asustara o lo intimidara. Esa era una de las tantas cosas que la habían enamorado, y lo que hacía que Akane lo quisiera cada día más, con una intensidad que crecía tanto que a veces pensaba que la ahogaría.

—Ranma… —murmuró, y se dio cuenta de que tenía la boca seca. Se aclaró la garganta—. ¿Ranma… no vas a decir nada? —le preguntó esperanzada.

Él la miró de reojo.

—¿Eh? ¿Decir?... ¡Ah, sí! —La miró un instante con los ojos azules brillando—. ¡Esto es un secuestro!

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—… ¿Qué?

¿Qué?

¿Eso era lo primero que se le ocurría decirle en un momento como ese? De entre todas las cosas… ¿eso?

—Siempre había querido decir algo así —agregó Ranma riendo quedamente—. Como en las películas.

Akane resopló y miró por la ventanilla. ¡Ese idiota! La había cargado como un saco de papas, casi la mataba en un accidente automovilístico y lo único que se le ocurría hacer era reír tontamente y decir «como en las películas». ¡Idiota! Si al menos fuera una película romántica…

—¿Adónde vamos? —preguntó Akane de mal humor.

—No lo sé todavía —respondió Ranma encogiéndose de hombros.

Ella se volteó a mirarlo con rapidez.

—¿No lo sabes?

Él negó con la cabeza.

¿Cómo había caído rendida a los pies de ese idiota?, se preguntó Akane. En serio, ¿qué le veía? Había soñado que él llegaba a interrumpir la boda, la tomaba en sus fuertes brazos y le confesaba su amor, y que ambos salían corriendo de la iglesia tomados de las manos, mientras miles de palomas blancas alzaban el vuelo. Luego, él la levantaba en brazos como si ella no pesara nada, y se iban de viaje a un lugar romántico y maravilloso, lejos de todos, donde serían felices para siempre. Sabía que se hacía demasiadas ilusiones, era Ranma después de todo, un idiota insensible que decía siempre las cosas equivocadas, pero soñar no costaba ningún yen. Y ella era una romántica empedernida.

—No tengo ningún plan —dijo Ranma sin dejar de mirar la carretera—. Solo quería que estuviéramos solos, lejos de todo.

Akane sintió un escalofrío y se quedó sin habla. Oh, ahora recordaba por qué se había enamorado. Porque Ranma también decía de vez en cuando esas cosas bonitas que le derretían los huesos y le volvían las piernas de gelatina.

—Entiendo —murmuró, y sus mejillas se sonrojaron.

Ranma la miró de reojo y agregó en seguida:

—Quería salvarte el pellejo, Akane, no podías casarte con ese tonto.

¿Salvarle el pellejo? Qué frase tan… poco romántica.

—Bueno, yo… —Akane jugó con sus dedos sobre las capas de seda del vestido. ¿Sería oportuno confesarle todo ahora? No, mejor no, quería que él se declarara primero.

—Generalmente eres bastante boba, además de una bruta, pero nunca creí que fueras a casarte con el primer idiota que se te cruzara. ¿Hace cuánto lo conoces? ¿Eh? Un mes apenas, ¡un mes, Akane!

Ella no llegó a captar la preocupación que encerraban las palabras de él, porque se había quedado prendida, muy dolorosamente, de las frases «boba» y «bruta». Eran la clase de insultos que siempre se proferían —ella, por su parte, lo llamaba «idiota» y «pervertido»—, pero hoy le dolieron más que nunca, sobre todo porque había supuesto que no significaban nada realmente, y era más bien la forma que tenían de demostrarse cariño, aunque pudiera parecer extraño. Además, hacía mucho tiempo que no se trataban así; con más de veinte años, Akane supuso que los dos habían madurado, pero, al parecer, no era así.

—¡¿Y a ti que te importa?! —le dijo desviando el rostro para mirar por la ventanilla y ocultar las lágrimas que le quemaban los ojos.

¡Estúpido Ranma!

—¿Qué me importa? ¡Hmp! —Ranma giró el volante con fuerza, tanta que casi se sale de la carretera, y siguió conduciendo mientras, de vez en cuando, la observaba—. Le prometí al tío Soun que te cuidaría, ¡por eso!

—¡No te atrevas a meter a mi padre en esto! —gritó Akane alzando la voz más de lo que quería.

—¡Solo estoy respondiendo tus estúpidas preguntas!

—¡Ya cállate, Ranma!

—Bah, ¿quién entiende a las mujeres? —se quejó él. Y se quedó callado durante la siguiente media hora.

Akane apretó los labios intentando controlar los enormes deseos de llorar que sentía. Eso no estaba ocurriendo cómo lo planeó, ni siquiera cómo lo había imaginado. Ranma era un insensible y siempre lo sería, y debía dejar de desear de una vez que le confesaba sentimientos que, claramente, no tenía. Si estaba cerca de ella era por lealtad, nada más, porque su familia era amiga de la de Akane y porque, antes de morir, su padre, Soun Tendo, le había hecho prometer que cuidaría siempre a sus tres hijas, que estaban a punto de quedarse huérfanas. No importaba que él hubiera sido apenas un jovencito de dieciséis años en ese entonces, que hubiera perdido a su propio padre, Genma, poco tiempo atrás. O que hubieran pasado tantos años desde aquella tonta promesa. Ranma era así, si hacía una promesa la cumplía hasta el final, sin importar qué.

—Quiero bajarme —dijo Akane de pronto, con la voz helada.

—¿Qué?

—¡Quiero bajarme! ¿Acaso estás sordo?

—No.

—¿No? ¿No a qué, a que no estás sordo, o a que no puedo bajarme? —inquirió ella burlona.

—¡No te bajarás del maldito coche, Akane!

—¿Cómo te atreves? —se ofuscó ella respirando agitada—. No puedes impedirme nada, Ranma, ¡nada!

—Sí que puedo. Ya te dije que esto es un secuestro, ¡y harás lo que yo te diga!

—¡Pero no hablabas en serio!

Él aminoró la velocidad mientras salían de la autopista y se desviaban hacia un camino solitario y estrecho. Se volvió para mirarla.

—¿Quién te dijo que no hablaba en serio?

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Akane se estremeció, con una extraña sensación instalándose en su vientre. Él se veía increíblemente apuesto con esa mirada de determinación en el rostro y exudaba una masculinidad que la embelesaba. Siempre le gustaba cuando él se ponía de esa manera, implacable y decidido. Sus palabras no le provocaban ningún temor, porque Ranma era Ranma, ella lo conocía de verdad, y estaba segura de que nunca haría nada para dañarla. Más bien, descubrió, sus palabras le provocaron una curiosa excitación, porque no podía evitar amarlo, por mucho que luchara contra ello.

—Ranma…

—Hasta que no me jures que no te casarás con ese idiota, no te llevaré de vuelta a Nerima —dijo él.

—¿Y por qué necesito darte explicaciones a ti de con quién elijo casarme? —inquirió ella alzando el mentón.

Era el momento, lo tenía acorralado. Tenía que confesar que la quería, o por lo menos que no le gustaba verla casada con otro, no había manera de que pudiera zafarse de esa pregunta.

—Porque… —dijo él titubeando.

—¿Sí? —dijo ella, moviéndose en el asiento para acercarse a él todo lo que el cinturón de seguridad le permitía.

—Pues, porque…

«Dilo, Ranma, dilo de una maldita vez», rogó Akane en silencio.

—Porque sí —dijo él, y asintió, muy a gusto consigo mismo.

Akane dio un golpe de frustración sobre el salpicadero.

—¡Ranma, eres un idiota!

—¡Oye! Ten cuidado con tu fuerza de gorila, el auto no es mío.

Akane apretó los puños y los dientes. Tenía deseos de estrangularlo, y de echarse a llorar, y de patearle el trasero, y de salir corriendo de allí y no verlo nunca más en la vida.

Y de que él la abrazara con fuerza y le confesara al oído de una vez por todas cuánto la amaba. ¡Por Kamisama!

—Te odio —le dijo con fuerza.

Él la miró de reojo y su rostro se ensombreció, o quizás era efecto del atardecer, que moría en la línea del horizonte poco a poco.

—Muy bien —murmuró.

Akane se arrepintió de inmediato de sus palabras, pero ya no podía echarse atrás, tenía demasiadas emociones contradictorias dentro del pecho y estaba a punto de romperse. Jamás imaginó que ese día, que pensó que sería el más feliz de su vida, iría de esa manera. ¿Por qué estaba condenada a amar a ese hombre insensible e inmaduro, demasiado apuesto y de corazón demasiado bondadoso para su propio bien?

¿Por qué estaba condenada a que él no la amara también?

—Está bien —dijo entonces Akane—. Te juro que no me casaré con Hatsuhiro.

Ranma dio un volantazo de la sorpresa y casi se sale del camino, otra vez.

—¿De verdad? —preguntó, no muy convencido.

—Sí, te lo prometo. Por favor, volvamos a Nerima.

Él dudó un momento, mirándola de hito en hito, y al final sacudió la cabeza.

—No te creo.

—¡Pues claro! En realidad, voy a hacer lo que me venga en gana, Ranma, y no necesito darte explicaciones. ¡Llévame a casa, ahora! —exigió ella con voz aguda.

—¡Lo sabía! —exclamó Ranma triunfante—. Por eso era necesario que te secuestrara. Nunca entras en razón, Akane, eres demasiado tozuda. Te conozco muy bien.

—Te felicito —le dijo ella de muy malhumor—. ¿Sabes? Eres un secuestrador de pacotilla, no tienes un plan, no tienes un destino, ¡y ni siquiera sabes conducir!

—¡Yo sé conducir! —replicó él enojado—. Vi algunos videos en internet, no es nada complicado.

¿Videos? ¿Había visto videos? ¡Podrían haberse matado! Akane se cubrió el rostro con las manos y gimió desconsolada, pero luego comprendió algo: si él había estado buscando videos para aprender a conducir, eso quería decir que se había preparado, que de verdad tenía una especie de plan después de todo. Y que se había preocupado lo suficiente al saber que ella se casaría con otro.

De pronto, sus inquietudes desaparecieron y su corazón se sintió liviano, desnudo ante él.

—Ranma, por favor, detén el coche.

—No lo haré. Lo sabes, Akane.

—Por favor, Ranma, necesito decirte algo. Es importante —le dijo, y le puso su pequeña mano en el brazo.

Ranma frunció el ceño y dudó, pero se quedó mirando sus blancos dedos que contrastaban con el saco oscuro que vestía.

—… Está bien.

Pisó el freno y se detuvieron con una sacudida nada elegante. Akane adelantó los brazos para no darse de bruces contra el parabrisas.

—¿Qué pasa? —preguntó él girándose un poco para verla mejor.

Akane se sonrojó con fuerza y bajó los ojos. Se quedó mirando el diseño del encaje del rígido corsé del vestido de novia, mientras el ronroneo del motor llenaba el silencio dentro del pequeño automóvil.

—Bueno… es que… —comenzó, pero se detuvo. Jugó con sus dedos—. Tú me...

Hizo una larga pausa.

—¿Yo te qué? —preguntó él con el ceño fruncido.

¡Qué bobo era! ¿Por qué se lo ponía tan difícil?

—Tú me… gus-

Pi, pi, pi.

—Me gus-

Pi, pi, pi.

—¿Qué diantres es eso? —preguntó Akane.

—¿Y yo cómo voy a saber? —replicó Ranma encogiéndose de hombros—. Ha estado sonando desde hace un rato.

—¿De verdad?

—Si no lo escuchaste es porque tus gritos de chimpancé son mucho más fuertes.

—¡Ranma!

Akane preparó los puños para golpearlo. ¡Había estado a punto de confesarse! Y el idiota de Ranma la llamaba «chimpancé» con tanta soltura. ¡Lo odiaba! ¡Loodiabaloodiabaloodiabaloodiabaloodiabaloodiabaloodiaba!

Jamás iba a confesarle sus sentimientos.

Jamás.

Y si él, por alguna trampa del destino, le decía algún día que la quería, arrodillado ante ella con lágrimas en los ojos y suplicando su amor, ella estaría bien preparada para llamarlo «chimpancé» también.

Pi, pi, pi.

—¡Ya bastaaa! —gritó Akane.

Entonces descubrió la lucecita que parpadeaba en el salpicadero.

—¿Ranma?... Nos quedamos sin gasolina.

—¿Ah?

Él se inclinó a mirar la misma lucecita, se rascó la cabeza, alzó los ojos al techo y se frotó la barbilla.

—Aaah —dijo después, como si recién lo hubiera comprendido.

Akane se masajeó la frente.

—¿No le pusiste gasolina al coche antes de salir?

—¿Para qué? Pensé que recapacitarías en seguida y no habría problema.

Akane suspiró de bastante mal humor. Lo único que quería era volver a casa, darse un largo baño, meterse a la cama e imaginar que todo había sido una muy mala pesadilla.

Miró alrededor. La oscuridad ya se cernía por completo sobre ellos, tupidos bosques bordeaban cada lado del camino y no había ni siquiera una pequeña luz en la distancia que le inspirara la tranquilidad de la civilización.

Se frotó los brazos al sentir un repentino escalofrío.

—¿Dónde estamos? —preguntó.

—No lo sé —dijo Ranma encogiéndose de hombros.

—¿Esta cosa no tiene GPS? —preguntó Akane preocupada.

—Uy, GPS, sí, claro —dijo Ranma con una mueca—. ¿Algo más que desee la princesa? ¿Champán?, ¿un jacuzzi?

—¡No te burles de mí! —exclamó Akane. No tenía ganas de pelear y empezaba a preocuparse de verdad—. Cuando me sacaste de la iglesia cargándome como si fuera un cajón de fruta, no pude tomar mi bolsa. No tengo dinero ni documentos, mucho menos mi teléfono. —Lo miró a los ojos—. Supongo que no tendrás el tuyo, ¿cierto?

—Ya sabes que nunca sé dónde dejo ese chisme —respondió Ranma con tranquilidad, sacando la llave del contacto y desabrochándose el cinturón de seguridad.

—¿Qué vamos a hacer? ¡No sabemos dónde estamos y no tenemos manera de regresar a Tokio!

—No te preocupes —dijo Ranma con una sonrisa ancha y confiada.

Se bajó del auto y dio la vuelta para abrirle la puerta a Akane. Ella lo miró asustada y él se inclinó, con una mano puesta en el techo del automóvil y la otra ofreciéndosela.

—Vamos, yo te cuidaré —le dijo.

El corazón de Akane saltó en su pecho. No dudó ni un instante en aceptar su mano.

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Se dio cuenta de que tenía las manos frías cuando tocó la palma caliente de Ranma. La sensación era agradable y tranquilizadora, pero él la soltó en cuanto estuvo de pie fuera del coche, alejándola de su calor demasiado pronto.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Akane frotándose los brazos otra vez.

—Vamos a mirar el cielo —respondió Ranma alzando el rostro.

—¿Qué?

Akane lo imitó y levantó la cabeza para observar las estrellas. Se sintió sobrecogida por la luminosidad y la grandeza del firmamento, y el manto de estrellas que cubría de lado a lado la curvatura del cielo. Sin las luces de la ciudad, podían apreciarse hasta las estrellas más pequeñas y lejanas.

—Es hermoso —murmuró.

Ranma se volteó a mirarla y permaneció así unos instantes antes de replicar.

—Sí…—Después, sacudió la cabeza—. Mi viejo me enseñó a mirar las estrellas para orientarme, ¿lo recuerdas?

—Recuerdo que nos hablaba de eso cuando íbamos a acampar de pequeños —dijo ella.

—Yo todavía voy a acampar con regularidad —explicó Ranma—. No sé por qué dejaste de acompañarme, era divertido.

Akane se sonrojó, pero él no se dio cuenta a la luz de la luna. Cuando comprendió que estaba enamorada, se había sentido demasiado tímida y tonta para estar durmiendo a pocos metros de él en la soledad de la montaña. Siempre se sentía demasiado consciente de su presencia como para soportarlo, y cuando se hizo adulta y empezó a desear que él la besara y le confesara su amor, fue incapaz de viajar a solas con él de nuevo. Pero no podía explicarle eso, no ahora.

Sin embargo, creyó percibir una especie de dolor en las palabras de él, que la hizo comprender que había estado tan ensimismada en ella misma y sus sentimientos, que no se había puesto a pensar en los de Ranma. Se sintió tan tonta por haber llegado a lastimarlo sin desearlo, que la cubrió una vergüenza pesada y terrible.

—Ranma, yo… —murmuró ella en voz baja, amagando una disculpa demasiado tardía.

—No hace mucho que dejamos atrás Wakō —continuó Ranma sin haberla escuchado—. Si no estoy mal, en un par de kilómetros llegaremos al río Ara y cruzaremos a Arakawa si vamos en… —Miró el cielo de nuevo, giró mirando alrededor y, al final, señaló con el brazo hacia adelante— ¡esa dirección!

—¿Estás seguro? —preguntó Akane con recelo, tragando saliva.

—¡Claro! Confía en mí —dijo él mirándola directamente a los ojos.

Akane comprendió que eso era lo que siempre hacía. ¿No había confiado en él lo suficiente como para esperar que interviniera en medio de su boda con un desconocido? Aunque Nabiki se empecinara en decirle que no debía confiar en los hombres, y mucho menos en Ranma, ella jamás había dudado.

Bueno, quizás «un poquito» cuando se acercaba la hora de la boda. Pero no ahora, definitivamente no ahora.

Asintió y dibujó una sonrisa tímida. Y tuvo la suerte de que Ranma le sonriera de vuelta.

—Vamos —dijo él con la voz ronca y el rostro vuelto de pronto hacia el otro lado.

La tomó de la mano sin decirle nada y empezó a tirar de ella. De nuevo, el contacto de su mano caliente y grande, que podía envolverle por completo los dedos, hizo que a Akane la recorriera un estremecimiento de dicha. Hacía tanto tiempo que Ranma no la tocaba por accidente, no la tomaba de la mano por un motivo concreto o le pasaba un brazo por los hombros con camaradería como antes, que Akane se dio cuenta de que lo extrañaba.

Echaba de menos el calor de su cuerpo y el aroma exquisito que desprendía, a hierbas y madera; y añoraba también su voz y hasta sus peleas absurdas por cualquier pequeña cosa. Extrañaba su presencia, la del hombre que amaba, pero también la de su mejor amigo. ¿Hacía cuánto que no hablaban, o que siquiera estaban solos en la misma habitación?

«Quería que estuviéramos solos, lejos de todo» había dicho él.

Quizás también la extrañaba, quizás se había sentido igual de solo y descontento que Akane. Y, aunque solo fuera por el cariño amistoso que se tenían, a ella le gustó que él también la echara de menos, aunque no se lo confesara directamente.

De pronto, Akane se sintió mal, realmente avergonzada de lo que había llegado a hacer para conseguir una confesión de amor de Ranma. Que su relación hubiera cambiado era culpa suya, porque se empecinó en conseguir de él una clase diferente de amor, porque no le bastaba el que él podía ofrecerle. Era culpa suya esa terrible distancia que los había separado. Ahora entendía los enormes reparos de Kasumi por su tonto plan y la insistencia de Nabiki en llamarla loca por lo que estaba a punto de hacer, aunque al final la hubieran ayudado porque, después de todo, eran sus hermanas.

¿Cómo podía hacerle eso a él? ¿Cómo podía engañarlo de aquella forma?

Deseó que un enorme agujero se abriera en la tierra para poder esconderse en él. Deseó que la noche durara para siempre, para que Ranma no llegara a ver nunca la vergüenza y el arrepentimiento nublando su rostro. Y así, ella tampoco tendría que ver la decepción y el enfado en los ojos azules de él cuando le contara la verdad y le confesara lo lejos que había llegado usando al amor de excusa.

Quiso llorar, pero ni todas las lágrimas del mundo lograrían lavar su honra y nada borraría su horrible actuar. Así de patética se sentía.

Era una estúpida.

Ranma nunca la perdonaría. Ranma nunca se echaría a reír al saber la verdad y la apretaría contra su pecho cariñosamente, como ella había imaginado en sus locas fantasías. Jamás le diría «te amo» después de saber lo que ella había hecho, porque nada justificaba el estúpido enredo que había hecho a propósito y completamente consciente.

Akane retuvo un pequeño sollozo apretando los labios con fuerza y tocó el brazo de Ranma con su otra mano, estrujando la manga de su saco entre los dedos.

—¿Estás bien? —le preguntó él, volteando un poco la cabeza hacia ella, que caminaba un paso más atrás—. Estás demasiado callada y eso me preocupa —agregó en tono bromista.

Akane sacudió la cabeza, pero no dijo nada, y Ranma fue incapaz de interpretar los gestos de su rostro en la oscuridad.

—Oye —habló de nuevo, deteniéndose y obligando a Akane a hacer lo mismo—, ¿te encuentras bien?

Él se dio la vuelta por completo para mirarla de frente. Akane respiró profundamente, haciendo subir y bajar su pecho, y sintiendo el tirón del corsé del vestido de novia contra las costillas.

—Ah, ya entiendo —dijo él chasqueando la lengua—. Le tienes miedo a los bichos.

—¿Bi-bichos? —tartamudeó Akane alzando el rostro, contrariada.

Estaba a punto de decirle la verdad y él le hablaba de… ¿bichos?

—Ya sabes que pululan en la oscuridad —explicó Ranma con seriedad—. Además, estos bosques están llenos de animales salvajes.

—¿Animales… salvajes? —dijo Akane temblorosa.

Odiaba a los bichos, pero los animales salvajes estaban mucho más arriba en su lista de «cosas horrorosas que aborrecía».

—Ya sabes, ciervos con cuernos enormes, jabalíes gigantes, osos… —Se detuvo y levantó la mano cuando Akane comenzó a balbucear—. Shhhhh, ¿qué es ese ruido? —dijo después.

—¿Ruido? —preguntó ella en un susurro de temor.

—Sí, justo ahí… —replicó Ranma, también susurrando. Hizo una corta pausa conteniendo el aliento—. ¡Detrás de ti! —gritó después, soltando una carcajada.

Pero Akane no se rio, ni siquiera lo reprendió por haberla asustado de una manera tan infantil. Lanzó un grito, agudo y penetrante, y dio un salto para echarle los brazos al cuello, apretándose contra él.

Después se echó a llorar.

No de la manera delicada, casi elegante, que ella misma había esperado cuando se imaginaba esa escena. No como en un dorama, donde la protagonista siempre se veía bien y con la iluminación perfecta, aunque tuviera la cara contraída y toda mojada.

Lloró con toda su alma. Con sollozos sacudiendo su pequeño cuerpo, con los brazos apretados alrededor del cuello de Ranma con tanta firmeza que él temió de verdad por la fuerza que demostraban esos brazos tan delgados.

Lloró sin pensar si se veía bien, o si Ranma la odiaría después, o si la abandonaría a un lado del camino y tendría que regresar a Tokio caminando. Lloró sin pensar en sus hermanas o en la iglesia y el novio abandonado junto al altar —sin imaginar siquiera que Hatsuhiro, Nabiki y Kasumi estaban en ese momento comiendo carne asada en un restaurante de Shibuya, cortesía de Hatsuhiro.

Lloró egoístamente, aprovechándose del calor de Ranma y su pecho musculoso una última vez, antes de que él la expulsara de su vida para siempre. Lloró como una mujer enamorada y una amiga arrepentida. Y también como una mujer arrepentida, y estúpida.

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—¿Akane?

La preocupación de Ranma era real. Se preguntaba si ella no se secaría por completo después de derramar tantas lágrimas. Y se preguntó si tan mal lo pasaba a su lado que el dolor de no poder volver a Tokio la hacía llorar de esa manera. La tomó de los hombros con delicadeza y la apartó suavemente de él, lo suficiente para poder observar su rostro a la fría luz de la luna.

Abrió la boca.

Iba a decirle: «¡Lo lamento! Lo de los animales salvajes era solo una broma». Pero, sin quererlo, sus labios formularon la pregunta que lastimaba su corazón desde hacía horas.

—¿Tanto quieres volver… a Nerima?

Al menos pudo controlarse a tiempo para no decir «volver con él», porque no quería pensar de nuevo en ese tipo imbécil.

Los ojos de Akane volvieron a llenarse de lágrimas cuando él le sostuvo la mirada, y pronto las lágrimas resbalaron por sus mejillas. Pero él las limpió con sus dedos en un impulso. Pensó en lo cómica que se veía Akane así, con el cabello enmarañado y el maquillaje corrido, sorbiendo inútilmente los mocos que ya habían escapado hacía rato por su nariz.

Se veía hermosa.

A Ranma casi lo enojó la perfección que tenía ella en cualquier circunstancia, en el uniforme de la escuela, en la ropa de nieve cuando iban a esquiar durante las vacaciones, en un saco de dormir junto a una fogata, en un traje de baño diminuto cuando iban a la playa…

Sacudió la cabeza. Se reprendió mentalmente por ese pensamiento que se coló en su cabeza sin querer. Incluso ahora, llorosa y temblorosa, Akane seguía siendo linda. Aunque lo era mucho más cuando sonreía.

Si Akane hubiera sabido lo que Ranma pensaba en ese instante, hubiera sido la mujer más dichosa de Japón. Pero Akane no sabía leer la mente, y estaba tan ensimismada en sus errores y su propio dolor, que tampoco supo interpretar el brillo azulado de los ojos de Ranma cuando la miraban, porque ni siquiera lo vio.

Avergonzada, agachó el rostro, pero negó fuertemente con la cabeza, sin mirarlo.

—No… —dijo después. Quería evitar a toda costa que él la malinterpretara—. No es… por eso.

—¿Estás segura? —preguntó Ranma no muy convencido.

—Es que yo…

Akane tragó saliva y levantó por fin la cabeza.

Iba a hablar, iba a contarle todo y que Kamisama decidiera lo que debía suceder a continuación. Pero no pudo. No porque las palabras se le atoraran en la garganta, o porque se hubiera acobardado, sino porque miró los ojos de Ranma y no pudo hablar.

Vio dolor en ellos, auténtico pesar, una emoción que había visto en él solo en una ocasión durante los muchos años que lo conocía: cuando su padre Genma murió.

Era como si él estuviera asistiendo a una especie de funeral. ¿Pero el de quién?

¿Qué había dicho él? Akane intentó recordar las palabras exactas, que no había podido escuchar del todo por su llanto.

«¿Tanto quieres volver a Nerima?»

O sea, ¿separarse de él? ¡Por supuesto que no quería separase de Ranma por nada del mundo! Pero él no tenía cómo saberlo, comprendió. Ranma creía que ella iba a casarse con otro hombre y ansiaba regresar a Nerima para continuar con la ceremonia. Ni en un millón de años se imaginaba que ella en realidad lo amaba a él.

De hecho, ninguna de sus indirectas había llegado hasta él durante esos años. No importaba lo obvia que Akane pudiera ser, Ranma se mantenía estoico, casi insensible, cuando ella sabía bien que él la amaba, o al menos la quería, ¡y cómo algo más que una amiga!

¿O habría malinterpretado las señales de su cuerpo?

No, no podía ser. Sus largas miradas, el brillo de sus ojos, el roce imprevisto de sus dedos, las charlas interminables y hasta las peleas —que casi siempre él provocaba a propósito— tenían que significar algo. Ranma no era así con ninguna otra mujer. Cuando entraron a la universidad rompió con Ukyo, su única y muy breve relación. Él nunca le contó por qué, pero, en secreto, imaginó que era porque se dio cuenta de que nunca podría querer de verdad a Ukyo, y Akane fue feliz por aquello. Más aun cuando se dio cuenta de que Ranma no estaba sufriendo mucho por la ruptura.

Ella tampoco quiso salir con más chicos. ¿Para qué, si nunca la harían olvidarse de Ranma Saotome? Quizás fuera algo estúpido, pero él hizo lo mismo, y los dos continuaron solos, siendo los mejores amigos, y Akane fantaseó con que era porque, mutuamente, se estaban esperando. El otro debía dar el primer paso, el otro debía declararse. El otro era su destino.

¿Podía ser que estuviera equivocada? ¿Podía ser que, después de todos esos años, no conociera a Ranma en absoluto?

¡No!, quiso gritar de rabia contra sí misma.

—¡Quiero quedarme contigo, Ranma! —gritó en su lugar.

Él alzó las cejas asombrado por el cambio en ella.

—No me importa volver a Nerima —siguió hablando Akane con pasión—. ¡No me importa volver!

El silencio se instaló en el espacio entre los dos, que era de apenas veinte centímetros.

—¿Qué? —preguntó Ranma después, como si no hubiera entendido.

Aunque secretamente se alegró de la pasión que demostraba Akane. Pero no le haría daño escucharlo otra vez.

—Que quiero… quedarme contigo —repitió ella bajando la mirada—. No me preocupa lo que ocurra en… Nerima.

¿Entonces por qué había aceptado la propuesta de matrimonio de ese idiota?, se preguntó Ranma.

—Entonces —dijo—, ¿para qué nos quedamos de pie en la oscuridad como unos idiotas? ¡Vamos!

Buscó la mano de Akane como si le perteneciera y la estrechó con la suya, entrelazando los dedos para después tirar de ella y ponerse en movimiento. El rostro le ardía de súbito por aquel atrevimiento, por eso miró hacia adelante comenzando a caminar.

Los grillos y el sonido de las hojas de los árboles acariciadas por el viento fue el único sonido que se escuchó durante un largo rato. Había pasado casi una hora cuando Ranma se dio cuenta de que iban cada vez más despacio, y de que tenía que tirar de Akane con más fuerza para hacerla avanzar.

Ranma se dio la vuelta de golpe y ella chocó contra su cuerpo, soltando un gritito y trastabillando.

—¿Y ahora qué te pasa? —preguntó Ranma.

Ay… ouch, ouch…—murmuró ella apretando los labios—. Nada, no pasa nada.

—¿Entonces por qué eres tan lenta? —se quejó él.

¿Y ahora quién estaba apurado por volver a Nerima y a la civilización?, se preguntó Akane y frunció el ceño.

—Bueno, si hubieras caminado un kilómetro con estos tacones, ¡tú también serías lento!

Ranma le miró los pies, y Akane se movió tímida y nerviosa bajo su atenta mirada, pasando el peso del cuerpo de una pierna a la otra para descansar sus pies doloridos. Después, con un suspiro, Ranma se quitó el saco y se lo entregó.

Akane lo miró inclinando la cabeza a un costado graciosamente.

—¿Por qué me das esto? —le preguntó.

—Sosténmelo —replicó él.

Entonces él la tomó en brazos y la levantó, acomodándola cerca de su pecho, y echó a andar otra vez.

Ni en sus más extrañas y absurdas fantasías, Akane hubiera creído que Ranma podía ser capaz de una muestra de romance como aquella. La estaba cargando como lo haría un esposo con una esposa para entrar en la alcoba nupcial en su noche de bodas. Y lo hacía como si ella no pesara nada en absoluta, como si llevarla en andas no significara ningún esfuerzo para el grandioso Ranma Saotome.

¿Por qué?

¿Por qué lo hacía? ¿Por qué le daba esas esperanzas a las que ella se aferraba una y otra vez, como una tabla que la salvaría de ahogarse en sus penurias y la llevaría directo hacia la orilla de su corazón?

—¿Qué haces, Ranma? —preguntó en un hilo de voz, demasiado emocionada para hablar en un tono más alto.

—Quédate quieta —ordenó él—. Pesas demasiado.

—¿Qué?

—Akane… —murmuró él con suavidad— ¿acaso engordaste?

¿Engor…?

¡¿Qué?!

—¡¿Qué dijiste, Ranma Saotome?! —gritó ella a voz en cuello, en tono agudo—. ¡Bájame! ¡Bájame en este preciso momento!

Pero él no le hizo caso. No la bajó, no se detuvo, y mucho menos se dignó a responderle. Solo se rio, con esa clase de risa clara y cantarina que le salía directamente del pecho y que Akane también amaba.

¿Se estaba burlando de ella?

Akane no quiso mirarlo a la cara. Curvó apenas los labios en una sonrisa y se acurrucó contra él, contra el calor que desprendía y pasaba de su camisa directamente a los brazos desnudos de ella. Aspiró el aire con lentitud.

«Hierbabuena y madera», pensó. Y cerró los ojos.

—Gracias —susurró. Los pies de verdad la estaban matando.

—Eres una boba, Akane —susurró a su vez Ranma, con un cariño que solo él podía demostrar en unas palabras tan poco halagadoras.

—Para que lo sepas, —dijo ella, altiva— tuve que adelgazar dos kilos para caber en este vestido.

Hubo una larga pausa, cargada de una tensión que para Akane fue palpable. Sabía que él estaría enfadado incluso antes de que abriera la boca.

—¿Y por qué harías una estupidez como esa? —le espetó Ranma.

Akane se sintió tonta. No tenía respuesta para él. ¿Porque quería verse hermosa el día en que él por fin se declarara? ¿Por qué se había creído demasiado el papel de futura esposa? ¿Por qué en el fondo era vanidosa, además de un poco insegura? Solo Kami lo sabía.

—No lo sé —admitió—. Es una idiotez.

Aunque todavía enojado de que Akane hiciera algo como eso para complacer al tipo idiota con el que iba a casarse, Ranma sonrió. Le gustaba el peso de ella en sus brazos y el calor cerca de su pecho.

No, se corrigió en seguida. Akane no iba a casarse, no si él podía impedirlo.

.

.

.

Akane se aferró a su camisa y cerró los ojos con fuerza, sonriendo como una boba. ¿Se podía ser más feliz que estando en los brazos del hombre que se amaba? Estaba segura de que no existía en ninguna película o dorama una escena más romántica que aquella.

Se relajó contra el pecho de Ranma y se dejó embriagar por aquellas sensaciones, adentrándose en el mundo extraño poblado por sus ensoñaciones, y de pronto comenzó a escuchar música. Se dio cuenta de que era su canción romántica favorita, que parecía no salir de ningún lugar específico, sino rodearlos, como si Ranma y ella fueran los protagonistas de una historia de amor increíble.

Chico silencioso, tómame en tus brazos

dime que me amas solo con tus besos.

No tienes que hablar

solo usa el corazón, mi chico silencioso…

Balanceó apenas la cabeza siguiendo el ritmo de la melodía. Era como si alguien se hubiera dejado una radio encendida a propósito, para que aquel tema se transformara en su canción, la de Ranma y ella.

—Akane —dijo él de pronto—. ¿Qué es lo que estás tarareando?

—¿Eh?

Ella abrió los ojos y la canción se detuvo de inmediato. El mundo real la envolvió, con el frío de la noche y las palabras nada románticas que Ranma era capaz de pronunciar.

Ranma, idiota. ¿Por qué no la dejaba soñar en paz?

—¡Yo no estoy…! —empezó a decir para defenderse, sonrojada de vergüenza. Pero al final dejó caer los hombros—. Es solo la nueva canción de Lidia.

—¿De quién?

Akane puso los ojos en blanco. Por supuesto, Ranma no conocía a la cantante japonesa más famosa del momento. De hecho, la música que le gustaba a Ranma y la que le gustaba a ella era completamente diferente.

—No importa. La escuché el otro día en la radio y ahora es mi favorita.

—Ya veo —dijo él un momento después—. ¿Y por qué te pusiste a…?

—Ranma, ya cállate —lo cortó ella.

El momento estaba arruinado, no había necesidad de que él siguiera escarbando en esa pequeña herida vergonzosa.

—Espero que lleguemos pronto —murmuró Akane después, mirando hacia adelante, a cualquier parte menos hacia el rostro de él, que tenía tan cerca de sus labios—, así podrás deja de cargarme de una vez. No debes sentir los brazos ya —agregó con amargura, como si quisiera lastimarse a sí misma a propósito.

Ranma no dijo nada, pero la apretó más contra su cuerpo, y pareció aminorar un poco la marcha, yendo más lentamente que nunca.

Mi chico silencioso…

Akane percibió que el corazón de él latía más rápido, quizás por el esfuerzo, o tal vez… por estar cerca de ella. Prefirió esa segunda opción y sonrió con tristeza, recordando que cuando llegaran a Arakawa regresarían a Nerima, y en ese momento ella debería confesarle a Ranma algo tan terrible que haría que, si había algo de amor por ella en el corazón de él, este se esfumara en un abrir y cerrar de ojos.

Más adelante, a la distancia, Akane divisó las farolas de la cabecera del puente del río Ara a la distancia y su corazón se contrajo, igual que su estómago. Era casi la despedida. Para siempre. Deseó ser capaz de llevarse dentro de ella el aroma a hierbas y madera que la envolvía, para recordarlo cuando se sintiera sola y la abrumara la infelicidad.

Se preguntó si estaba siendo exagerada. Quizás. Normalmente era mucho más positiva y alegre, pero la perspectiva de separarse de Ranma para siempre la atormentaba mucho más de lo que imaginó. Esperaba que él al menos la perdonara, para que, en el futuro, si alguna vez la recordaba, no lo hiciera con rencor.

Porque ella nunca iba a dejar de amarlo.

—Oh —dijo él de pronto y se detuvo—. Oh…

Akane alzó el rostro para mirarlo a la cara y Ranma le devolvió la mirada. Ella se sonrojó violentamente, imaginando que él era capaz, de pronto, de leer sus pensamientos.

—¿Qué pasa? —preguntó, con un hilito de voz.

Ranma señaló con la cabeza y Akane miró hacia adelante. Estaban a unos veinte metros del inicio del puente, donde un par de balizas les cerraban el paso. Delante, un cartel rojo con letras reflectantes decía: «Puente Akigase en reparación. Prefiera el puente Hanekura 15 kilómetros al norte. Disculpe las molestias».

Akane se preguntó de inmediato si Ranma ya lo sabía. Pero no podía ser; él no tenía un plan, no sabía conducir y apenas miraba hacia dónde se dirigían. Aquello era el destino. Kamisama había hablado. Cuando Ranma la dejó en el suelo, Akane abrazó la chaqueta de Ranma con fuerza contra su pecho. Él se metió las manos en los bolsillos del pantalón de su traje, con la vista clavada en el cartel de la cabecera del puente.

—Lo siento —dijo.

Pero al voltearse, vio que Akane estiraba la chaqueta sobre la hierba al costado del camino y se sentaba sobre ella con un suspiro. Había perdido el velo y el cabello negro le caía por la espalda. Se sacó los zapatos de tacón y estiró las piernas, de medias de seda corridas y rotas, y movió al final los dedos de los pies. Sin darse cuenta, estaba tarareando de nuevo esa canción en voz baja.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Ranma.

—Ven conmigo —replicó ella señalando el lugar disponible en la chaqueta, a su lado sobre la hierba.

—Pero…

—¿O vas a cargarme de vuelta hasta el coche? Porque los pies me duelen demasiado…

Ranma hizo un sonido ininteligible con la boca y se dejó caer junto a ella, doblando las piernas y apoyando los brazos cruzados sobre las rodillas.

—Qué día —comentó Akane con un suspiro.

—¿Y me lo dices a mí? —dijo Ranma volteándose a mirarla.

Ella también lo miró.

—Akane…

Ella se asustó de pronto; de lo que él podía decirle o preguntarle, y de la respuesta que ella estaba obligada a dar. Bajó los ojos a su regazo.

—Desde que salimos de Tokio —siguió él despacio, mirando todavía el perfil de la joven— no has nombrado ni una vez a…

Era incapaz de decir su nombre.

—…Tu novio.

Ranma sintió que el estómago se le hacía de cemento y la boca se le volvía agria solo por aquellas palabras, que eran el sustituto todavía más horrible de un nombre que le daba asco.

Akane suspiró largamente y se acostó sobre la hierba, alzando los ojos para mirar las estrellas. Él creyó que no iba a responder, pero, para su sorpresa, despegó los labios y dijo la cosa más curiosa del mundo:

—Será porque no pensé en él desde que salimos de Tokio.

—… ¿Qué?

Ranma tragó saliva a trompicones. Se volteó hacia ella, inclinándose un poco sobre la hierba para que ni un detalle de su rostro bañado por la luna se le escapara.

—¿Qué significa eso? —preguntó.

—¿Que qué significa?

—¡Sí!

Ranma se echó otro poco hacia adelante. ¿Le estaba tomando el pelo? ¡Maldita sea! No había aprendido a conducir con los videos de un tipo idiota que no sabía explicar nada bien para que ella empezara a enredar las palabras y le echara la culpa de todo al final, ¡como hacía siempre! Ese viaje del demonio tenía que servir para algo.

—¿Cómo es que no has pensado ni un momento en el hombre con el que te vas a casar?

Se atragantó con aquellas palabras, pero las dijo de todas maneras, porque se le afiebraba la cabeza pensando en las posibilidades: Akane no estaba enamorada. Nunca lo estuvo.

Ella se pasó la lengua por los labios.

—No voy a casarme… con él —dijo.

Ranma pestañeó varias veces, atontado de pronto. Ni siquiera el aire de la noche era capaz de despejarle la cabeza.

—¿Q-Qu… Qué?

—Eso es lo que te gustaría que dijera. ¿Verdad, Ranma?

—Bueno, ¡sí! —respondió él con sinceridad.

—¿Por qué? —quiso saber Akane—. ¿Por qué, Ranma?

—Porque… Bueno, porque…

Ella se incorporó de golpe y se quedaron tan cerca, que Ranma percibió su aliento tibio encima de los labios y pudo ver por completo el reflejo de la luna en el chocolate de sus ojos.

—Po-Porque…

Pero era incapaz de hilar una frase completa.

—Yo, Akane… Tú, no… no puedes…

—¿Ranma?

—¿S-Sí…?

—Solo dímelo —pidió ella en un susurro.

Cerró los ojos y esperó, con el corazón desbocado zumbando en sus oídos.

—Porque… —dijo Ranma tragando saliva— no quiero que te cases. No quiero que te cases con él… No quiero que te cases con nadie.

Akane contuvo un escalofrío y sonrió apenas, muy despacio. No se atrevía a abrir los ojos por miedo a asustarlo y que se alejara. O a ver reflejado el arrepentimiento en ellos. Se quedó quieta, y Ranma tampoco hizo ningún movimiento. La brisa le meció un largo mechón de cabello por el hombro descubierto por el vestido de novia.

Eso era todo lo que necesitaba, ese momento y esas palabras. El corazón de Ranma hablándole.

Esas palabras eran suficiente para ella.

—Ranma —dijo después, lentamente—, ¿te gustaría ir a acampar?

Él la miró con el ceño fruncido, echándose un poco hacia atrás. Y pensó que Akane estaba… definitivamente loca.

.

.

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A Akane la despertaron unos golpecitos en la ventanilla del automóvil. Pestañeó, se desperezó y miró alrededor. Aún no amanecía del todo y los vidrios del auto estaban empañados. De a poco volvieron a su memoria las últimas horas del extraño día de su no-matrimonio.

La idea de acampar no prosperó del todo, sobre todo por las rotundas negativas de Ranma de pasar la noche a la intemperie. A Akane le hubiera gustado que el día terminara de una manera romántica, junto a una fogata improvisada, pero al final desistió, aunque, como recompensa, Ranma la llevó en brazos una parte del camino hasta el automóvil.

No se dijeron nada más aquella noche. Ella no quiso ahondar en las palabras de él ni obligarlo a otra confesión. Se sentía bien así, en silencio con Ranma, como si los dos guardaran un secreto muy íntimo. Y no protestó en lo absoluto cuando Ranma la apretó un poco más fuerte contra su pecho mientras la cargaba, tampoco cuando rozó sus dedos más de una vez cuando volvieron a entrar al coche.

Habían hablado de cosas completamente triviales durante un rato y después Akane se había quedado dormida, no sabía cuándo. Pero allí estaban ahora los dos, porque Ranma estaba junto a ella en el asiento trasero del automóvil, o más bien, ella estaba acostada sobre su pecho. La chaqueta de su traje se había caído al suelo después de cubrirlos toda la noche.

Sin buscarlo siquiera, Akane había pasado la noche más romántica de su vida.

Rio de pura felicidad, cubriéndose la boca con las dos manos para no hacer ruido, y estuvo distraída en su pequeño cubículo de pura dicha, hasta que los golpecitos en la ventanilla volvieron a sonar, con más insistencia y fuerza. Entonces se inclinó para limpiar con la mano un trozo de vidrio empañado y poder ver quién estaba haciendo tanto escándalo.

Lo primero que vio fue la gorra azul de policía. Después el ceño fruncido y la mirada penetrante.

Akane retrocedió por instinto, tirando de la camisa de Ranma para que despertara.

—Señora, no puede estacionar en este lugar —indicó el oficial, con la voz amortiguada por la ventanilla cerrada a cal y canto.

—Ran-Ranma —llamó ella, buscándolo a tientas sobre el asiento, porque era incapaz de apartar los ojos del policía—. ¡Ranma!

Él se incorporó, se frotó los ojos y movió la cabeza a un lado y al otro, desorientado.

—¿Akane? —preguntó.

—¡Ranma! —exclamó ella.

—¡Señora! — insistió el oficial, en la parte de afuera del coche—. No puede estacionarse en este lugar, tiene que irse.

Cuando vio a Ranma sus cejas se alzaron con inusitado asombro y formó una «o» perfecta con la boca. Después miró a Akane, sus ropas desarregladas y el vestido de novia que se le había subido hasta los muslos mientras dormía. A continuación, el policía miró a Ranma y su pelo desordenado y su camisa un poco abierta, paseó la vista por el asiento, de la cara de uno a otro.

Y su ceño se arrugó con más fuerza que antes.

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El inspector Masao Shimada, de la comisaría Urawa Nishi de Saitama, odiaba el turno de los domingos.

Eran, invariablemente, donde terminaba la basta cantidad de especímenes que pululaban por la noche japonesa los sábados, abarrotando como despojos la pequeña central de su distrito los domingos por la mañana; y eran con los que él debía tratar. Puros borrachos, pervertidos y, tal y como en aquel caso en particular, exhibicionistas.

Shimada suspiró para sus adentros y observó con mirada reprobadora al par de jóvenes que se sentaba frente a él, al otro lado del diminuto escritorio. Eran unos recién casados que no habían encontrado nada más divertido que hacer, que pasar su noche de bodas en un automóvil, entregándose a una pasión desenfrenada a un lado del camino, como si fueran animales incapaces de contenerse. No era la primera vez que el inspector tenía noticia de algo semejante, y se preguntó si aquello sería una nueva moda entre los jóvenes, propagada por las redes sociales y, quizás, por los nuevos ricos chinos.

Se sintió de pronto muy viejo, decepcionado de los jóvenes de hoy en día, tan diferentes a los de su propia época. Y también se sintió completamente desencantado por el futuro, si es que en algo lo representaba ese par que tenía delante: la chica con el maquillaje corrido y las medias rotas, y el chico con ese peinado estrafalario y esa cara de bobo redomado. Pero lo que más le molestaba, comprendió de pronto, era que se parecían demasiado a él cuando tenía esa edad, mucho antes de entrar en la policía o encausar su vida de manera provechosa. Y sabía lo que les esperaba: infelicidad, tres divorcios desastrosos y mucho arrepentimiento.

Empezaba a sentir el estómago pesado. Ni siquiera había logrado dar un sorbo a su primera taza de café del día, y la caja de pequeños pasteles de crema y chocolate que se había comprado para desayunar seguía abierta a su izquierda sobre la mesa, sin tocar todavía. Todo lo ponía de mal humor. Sobre todo, tener que compartir el turno con la sargento Uchima, la más joven e inepta de la central, que tenía la cabeza llena de aire. Shimada la miró de reojo mientras ella tecleaba en su computadora y después abría un paquete repugnante de papitas sabor calamar que apestó toda la comisaría. Él prefería lo dulce, por supuesto. No pudo evitar levantar el labio superior y mostrar los dientes como si fuera un perro rabioso.

Suspiró con pesadez y se preparó para desquitarse con el par de jovencitos que tenía delante. Tamborileó con fuerza sobre la mesa mientras leía el informe policial con los ojos entrecerrados.

—A ver, entonces —dijo con la voz grave de quien ha fumado una cajetilla de cigarrillos por día durante muchos años—. Ranma Saotome y Akane Tendo… veintiséis años, domiciliados en Nerima… Conducían sin licencia… en un automóvil sin papeles y de dudosa procedencia… Oh, aquí viene lo interesante —murmuró mientras repasaba las palabras del informe con los ojos—. Se los acusa de ultraje público al pudor… y exhibicionismo.

—Pe-Pero… —empezó a tartamudear Ranma. ¡Era un malentendido! Él no había hecho nada de eso.

Sin embargo, el inspector lo interrumpió de sopetón.

—Díganme, par de tórtolos necios —dijo, casi escupiéndoles en la cara—, ¿es ese el comportamiento adecuado de una pareja casada?

Akane levantó el rostro, que hasta entonces tenía oculto por la vergüenza, y se sonrojó con fuerza. Ranma volvió a tartamudear.

—N-No… no-nosotros… ¡nosotros no…!

—¡No estamos casados! —intervino Akane.

—¿Así que ni siquiera están casados? —inquirió el inspector con desaprobación y el ceño fruncido—. ¿Y qué es esto? —preguntó con tranquilidad, señalando sus ropas—. ¿Vienen de una convención de cosplay?

—Claro que no —replicó Ranma ofendido—. ¡Yo solo la secuestré cuando estaba a punto de casarse!

Shimada alzó las cejas. Pudo escuchar, además, cómo la sargento Uchima dejaba de masticar y se giraba en la silla hacia ellos sin ningún disimulo.

—¡No seas idiota, Ranma! —exclamó Akane—. Si dices eso, van a creer que me secuestraste de verdad.

—¡Pero te secuestré de verdad!

—No lo escuche, señor policía —suplicó Akane volviéndose hacia Shimada—. Mi amigo es un poco tonto, pero nunca haría algo malo.

—Es inspector… —quiso intervenir Shimada alzando un dedo, sin lograrlo.

—¿Cómo me llamaste, Akane? —preguntó Ranma, soltando después una risa corta y sin humor—¿Tonto, yo?... ¡Ja! ¿Así que yo soy el tonto? Recuérdame quién iba a casarse con un imbécil que acababa de conocer, ¿a ver?... Oh, sí, ¡la perfecta y sabelotodo de Akane Tendo!

—¿Quieres callarte de una vez, Ranma? ¡Estoy tratando de ayudarte! Por si no lo notas, van a meterte a la cárcel.

—¡No me importa!... ¿No lo entiendes, Akane? ¡Yo te secuestré! —dijo él con fuerza, señalándose a sí mismo, levantándose de su silla de súbito—. ¡Y lo haría mil veces de nuevo, solo para que no te casaras con ese idiota de Hatsuhiro! —terminó.

Pronunció el nombre con una mueca de tal asco, que el inspector Shimada se echó un poco hacia atrás en su asiento, como si le hubieran dado una bofetada. Y la sargento Uchima, que cada vez se movía más cerca del escritorio del inspector en su silla con rueditas para no perderse detalle de nada, se llevó una mano a la boca para cubrir sus labios abiertos de sorpresa.

—¿Y por qué, Ranma? —quiso saber Akane, poniéndose también de pie, acercándose a él hasta quedar tan cerca que incluso un susurro podía ser escuchado con claridad—. ¡Quiero escucharlo de tus labios! Si eres capaz de secuestrarme para que no me case con otro, entonces es porque…

—¡Sí! —exclamó Ranma con todas sus fuerzas—. ¡Porque yo te…!

—¡SILENCIO LOS DOS! —ordenó el inspector, sobresaltando incluso a Uchida, que de todas formas no se alejó—. Si no se callan ahora mismo, ¡les juro que los encerraré!

—Pero, señor policía —se quejó Akane haciendo un mohín muy cómico—, no puede hacerme esto. ¡Él estaba a punto de…!

—Es inspector, niña —puntualizó Shimada con un ladrido—. ¡Y aquí se hace lo que yo digo!

—Sí, claro, lo lamento —murmuró Akane en seguida, roja de vergüenza.

—Ahora —ordenó Shimada, pasando la vista de un joven a otro—, vuelvan a sentarse ¡si no quieren que les ponga una multa de diez millones de yenes!

A regañadientes, Ranma se sentó, sin dejar de torcer la boca con desagrado. Akane hizo otro tanto, pasándose una mano por el cabello y las ropas intentando arreglar su aspecto, ya completamente desastroso después de más de doce horas en un automóvil. Entonces, de pronto, lanzó un quejido y se puso de pie de un salto otra vez, tocándose la cabeza hasta revolverse el cabello, y mirando el suelo a su alrededor como si hubiera perdido un lente de contacto.

—Oh, por Kami —susurró—. Oh, por Kami… oh, por Kami…

—¿Qué le pasa, señorita? —quiso saber el inspector.

—Pe-Perdí… perdí mi velo —dijo ella en un quejido lastimero, llorosa.

Shimada observó su rostro, y por un instante esos ojos le recordaron a otros ojos, casi del mismo color, en un rostro que había amado hacía mucho tiempo.

Kimiko… A ella hubiera deseado verla vestida de novia a su lado.

Sacudió la cabeza, espantando la ensoñación para que se fuera muy lejos, y preguntó en su lugar:

—¿Velo?

—No seas boba —intervino Ranma cruzándose de brazos—, perdiste el velo hace siglos, ¿recién te das cuenta?

—¡No puede ser! —exclamó Akane palideciendo—. No puede ser… ¿qué voy a hacer ahora?

Ranma, todavía cruzado de brazos, no se dignó siquiera a mirarla.

—Dile al idiota de Hatsuhiro que te compre otro.

—¡Tonto! ¿No lo entiendes? —farfulló Akane—. ¡Este vestido es alquilado! Por Kamisama, van a cobrarme una fortuna…

—Por eso —insistió Ranma—, pídele al imbécil de tu novio que lo pague.

Akane se volvió hacia él apretando los puños de rabia, con los ojos llenos de lágrimas y una expresión de furia y hastío tan grande, que Ranma sintió algo doloroso en el pecho, como si ella lo hubiera golpeado con su fuerza de gorila, aunque ni siquiera lo había tocado.

—¡No seas idiota! —gritó Akane—. ¿Por qué haría algo así? ¡Ni siquiera lo conozco!

Ranma se levantó de nuevo.

—¡¿Cómo no vas a conocer a tu futuro marido?!

—¡Él no es mi futuro marido! —aulló Akane—. ¿Cómo puedes ser tan denso, Ranma?... ¡Por Kamisama! ¡¿Es que no lo entiendes, todavía?! No voy a casarme, ¡no voy a casarme con nadie! ¡Era una farsa!

—… ¿Qué?

Akane cerró la boca de golpe. Sus labios temblaron. Cerró los ojos y se llevó una mano al pecho. Su primer pensamiento fue negarlo, como había hecho siempre que sus sentimientos estaban en juego, por temor a la respuesta de él. Pero estaba cansada de fingir y esperar, estaba harta de desear algo que no llegaba nunca.

Quería ser la dueña de su vida y su futuro.

¿Sería capaz?

—Ranma, yo…

El inspector abrió la boca para llamarlos de nuevo al orden, pero no pudo siquiera levantarse del asiento, porque sintió que la sargento Uchida lo detenía tomándolo de la manga de su traje, y se llevaba el índice a los labios para hacerlo guardar silencio. ¡A él! ¡Su superior! Y, para más inri, Uchida volvió a abrir ese paquete de papas que olía a pescado rancio y se puso a comerlas muy despacio, como si no quisiera interrumpir a esos dos jóvenes, como si estuviera mirando el capítulo final de un emocionante dorama (igual que hacía con sus compañeras durante los turnos flojos, como él bien sabía).

«Bah, los jóvenes de ahora», se quejó Shimada para sus adentros, y chasqueó la lengua.

Pero no se movió ni dijo nada.

Al mirar de nuevo a esa joven llamada Akane Tendo, descubrió un dolor olvidado, pero muy conocido: la molestia del desamor.

Kimiko…

—Ranma, yo…

—¿Qué quieres decir? —la interrumpió él contrariado—. ¿Cómo que… la boda era una farsa?

Akane tragó saliva.

—No era verdad. Nunca fue verdad… no voy a casarme. Ranma, yo…

—¡Pero yo recibí tu maldita invitación! —gritó él con fuerza.

Ella ahogó un sollozo. No sabía si lloraba por el dolor que él mostraba en sus ojos, o de pura vergüenza. Quizás, una incómoda combinación de ambas.

—Eso fue idea de Nabiki —murmuró en un susurro.

—¿De Nabiki?

—Dijo que así sería más realista.

—¡¿Qué mierda estás diciendo, Akane?!

El silencio fue tan espeso que la sargento Uchida no se atrevió a masticar y se quedó con los labios apretados.

—Ya es suficiente —dijo Shimada con inusitada suavidad, poniéndose de pie.

Pero Akane no lo miró, ni siquiera se dio cuenta de la existencia del inspector.

—Estaba cansada de esperarte, Ranma. ¡Quería que me dijeras que me amabas!

—¿Qué te…?... A-Akane…

—Porque yo te amo desde hace mucho tiempo, y ya no puedo soportarlo —dijo ella.

Lo había dicho.

Después de quince años y muchos sueños y fantasías, lo había dicho. Y curiosamente, el sol no se cayó del cielo, ni un meteorito azoló la ciudad, ni mucho menos un repentino tsunami se tragó la costa de Japón. Seguía siendo una mañana de domingo como cualquier otra. El teléfono sonó en la comisaría, pero ni la sargento ni el inspector respondieron, y después de tres largos timbrazos, la comunicación se cortó.

Akane se dio cuenta de que un par de lágrimas le resbalaban por las mejillas y se las enjugó en seguida. ¿Por qué lloraba ahora? No se sentía triste en lo absoluto.

—… ¿Qué dijiste, Akane? —inquirió Ranma con la boca abierta.

Respiraba agitado, como si hubiera llegado corriendo desde Tokio hasta detenerse justo allí, frente a ella.

—Que te amo, Ranma, desde hace mucho tiempo. Te amo desde hace quince años.

¡Qué curioso! Ya no era difícil decirlo, al contrario, fluía entre sus labios de una forma perfecta. Sentía como si hubiera nacido para decirlo.

—Te amo, Ranma —repitió otra vez. Y al comenzar a hablar, ya no pudo detenerse—. Por eso ideé esta estúpida boda falsa, porque quería que te declararas y no veía otra manera, solo obligándote. Quería que te dieras cuenta de que podías perderme si no hablabas, que no estaría a tu lado para siempre como tu eterna amiga. ¡No quiero ser tu amiga, Ranma!... Bueno, sí quiero, pero no solamente eso, ya lo entiendes, ¿verdad? Y, entonces, no vi otra manera para… Kasumi y Nabiki no estuvieron de acuerdo, por cierto, decían que estaba loca, pero al final las convencí. ¡Y Hatsuhiro! Ni siquiera lo conozco, es un compañero de la universidad de Nabiki, creo… Lo que sé es que dijo que él le debía una, y así fue como lo metió en ese embrollo. ¡No fue mi idea usar un novio de verdad, lo juro, Ranma! Nabiki dijo… que así sería más realista. Por eso la invitación, y por eso un novio en el altar, ¡y este estúpido vestido que tardaré seis meses en pagar!... Y por eso estábamos en esa iglesia… Ranma, yo… ¡ni siquiera voy a la iglesia! Creí que te darías cuenta en seguida, ¿por qué elegiría una iglesia para casarme? No tenía sentido. Solo era… solo era porque así se parecería a una película de Hollywood. Una tonta… película de Hollywood…

Su voz se apagó de a poco y se dio la vuelta para no mirarlo a los ojos. Sabía lo que venía ahora.

El rechazo.

A pesar de ser una tonta romántica, también tenía sus momentos de realismo. Había imaginado esa situación en un millón de escenarios diferentes, con muchos diferentes finales: algunos trágicos, algunos ridículos, otros muy felices, hasta melosamente románticos. Otros —los menos, confesaba— más centrados. Tristes, de frío y tranquilo rechazo.

Este sería uno de esos finales.

Lo supo porque Ranma guardó silencio en todo momento. Y no era esa clase de silencio avergonzado, donde Akane, incluso a un paso de distancia, podía sentir el calor que desprendía la cara de él, sonrojado hasta las orejas. Fue un silencio frío, cruel casi. Incluso las otras dos personas, que sin querer habían sido testigos de su ridícula escena, se mantenían callados.

Así era entonces. Así terminaría la historia de amor de Akane Tendo y Ranma Saotome. Pero, ¿había habido una historia en primer lugar? ¿O solo un fuerte amor no correspondido, como muchos otros en el mundo?

Se imaginó de pronto que ella era Ukyo Kuonji, el día en que Ranma la había rechazado para terminar la relación, y se arrepintió de la felicidad que sintió cuando lo supo. Ahora estaba del otro lado, ahora ella era Ukyo, y Ranma seguía siendo Ranma, rechazando a una mujer que se había declarado.

.

.

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—Lo siento —murmuró Akane—. Perdóname, Ranma… Lo siento.

Se dejó caer de nuevo en la silla ante al escritorio y se quedó quieta, parpadeando y mirando al frente.

El primer pensamiento de Ranma fue claro, demasiado sereno en su mente que era un hervidero de puras idioteces.

«Akane está loca».

El segundo fue acompañado de una sensación en el pecho, como si se sintiera enfermo. O le hubieran disparado. Aunque no tenía ni idea de cómo se sentía un balazo, ni quería saberlo nunca.

«Akane no va a casarse».

Ranma abrió la boca para tomar una bocanada de aire enorme, que le llenara de aire los pulmones de una maldita vez.

«Hatsuhiro no existe».

«…Hatsuhiro no es nadie».

Se tambaleó y buscó su propia silla para sentarse.

«Akane no va a casarse».

«Akane no va a casarse».

Se escuchó un gimoteo ahogado, y por un terrible segundo Ranma creyó que provenía de su propia boca. Pero no. Tampoco era Akane la que lloraba contenidamente, sino esa mujer policía, de rostro amable y cuerpo flacucho.

Ranma la miró, pero no pudo decir nada.

«Akane no va a casarse».

—Contrólese, Uchida —ordenó en voz baja el inspector.

—S-sí… ¡Lo lamento, señor! —se disculpó la sargento, y se limpió ruidosamente la nariz.

Ranma escuchó el intercambio de palabras, pero no lo oyó realmente.

Akane no va a casarse.

«Akane me ama.»

No, ella no lo había dicho… ¡No podía haberlo dicho! A él… no podía quererlo. ¿Por qué? Sabía que era muy brusco, no sabía cómo tratarla con delicadeza; además, tenía una bocota enorme y todo lo que intentaba terminaba en desastre. Siempre lo arruinaba todo.

No podía gustarle a Akane.

Bueno, era apuesto, eso no podía negarlo, aunque ella misma le reprochara que fuera un egocéntrico por decirlo. ¿Y qué si tenía un par de ojos, y podía mirarse en el espejo? De todas formas, Akane no se fijaría en eso, no solamente en eso, la conocía bien.

Entonces, ¿por qué? ¿Por qué lo amaba a él de entre todos los hombres?

Akane…

¿Esa tonta había armado una boda falsa y había hecho alboroto durante todo el día y se lo venía a confesar justo ahora, en una maldita comisaría en el medio de Saitama, después de tener que pasar la noche en un coche horrible e incómodo, después de que la había cargado en brazos por más de un kilómetro?

¡Sus pobres brazos!

¡Él había aprendido a conducir por ella, maldita sea!

Estaba loca.

O quizás él estaba loco y se lo estaba imaginando todo.

No podía ser verdad.

Porque, si era verdad, significaba que… bueno, si ella lo amaba, y él… también…

Entonces…

—¡Estás loca! —gritó—. ¡¿Cómo pudiste mentirme todo este tiempo?!

¿Por qué nunca le había dicho nada? ¿Por qué nunca le había confesado sus sentimientos?

¿Acaso creía que él se reiría en su cara, que la rechazaría o algo? ¿Tan mal pensaba de él?

¿Cómo había podido engañarlo durante tanto tiempo?

Quince malditos años…

¡Era imposible! Porque si lo quería desde hacía tanto tiempo, significaba que desde que eran niños… ¡No! Imposible. Había escuchado mal.

Él no era para Akane. Ella no lo quería a él.

Él no tenía nada, no había terminado la universidad. No tenía un futuro, apenas las artes marciales y el dojo de su padre. Eso era lo que se repetía una y otra vez cuando se imaginaba que hablaba con ella, que le decía que…

… la quería.

No, más que eso.

La amaba.

Hacía mucho había dejado atrás el enamoramiento tímido de cuando era un niñito. La amaba, de verdad. Como un hombre. Desde hacía mucho tiempo.

Por eso se había sentido medio muerto al ver aquella invitación de boda escrita con caracteres occidentales, en tinta dorada. La invitación ideada por la mente maquiavélica de Nabiki Tendo.

¡Iba a retorcerle el pescuezo a Nabiki!

Y de paso también a Akane.

Bueno, a ella no, no podría. Además, le patearía el trasero si la tocaba sin su consentimiento, estaba seguro.

—¿Cómo pudiste? —murmuró—… ¿Cómo pudiste, Akane?

No se dio cuenta de que había hablado en voz alta hasta que escuchó la tos rasposa y forzada del inspector.

—Oye, muchacho —le dijo.

Ranma levantó el rostro, y justo a tiempo pudo atrapar la moneda de quinientos yenes que el viejo le lanzó.

Shimada alzó las cejas con sorpresa. Ese jovencito casi había alzado la mano por reflejo, como si no le costara nada detener un proyectil directo a su rostro. Parecía conmocionado, con el cuerpo tembloroso y los labios apretados, y una tormenta formándose en su mirada, pero se mantenía en una pieza a pesar de todo. Quizás estaba hecho de una pasta diferente de lo que él había pensado.

—Doblando el pasillo hay una máquina expendedora —habló el inspector—, ¿por qué no le compras algo a tu novia?

Ranma asintió y se levantó despacio. Tal vez era mejor así, moverse para ordenar las ideas; ejercitar el cuerpo para que la sangre le fluyera de nuevo después de agolparse en su cerebro.

En cuanto Ranma dobló por el recodo, Shimada arrancó la caja de pañuelos desechables de las manos de la sargento y la puso frente a Akane.

—Niña, no pongas esa cara de funeral —le dijo, casi en un tono de orden.

—Yo… lo siento —replicó Akane humillada. Aquellos oficiales eran los testigos del peor momento de su vida.

—Es mejor así, niña —continuó el inspector—, los hombres no entendemos las indirectas.

—¿Cómo? —inquirió Akane.

Se detuvo con los dedos estirados para tomar un pañuelo.

—¿Qué quiere decir, señor? —preguntó curiosa la sargento Uchida.

El inspector la miró con un gesto hosco al verla sacar otro paquete de alguna porquería con sabor a calamar. ¿Es que esa mujer no podía comer algo decente? Cerró con fuerza la caja de pasteles que había sobre su mesa para que aquellos manjares delicados no absorbieran ese aroma repulsivo.

—¿No se dio cuenta, sargento? —preguntó alzando una ceja—. Qué mal preparada está para servir a la ciudadanía. Si este joven fuera culpable de asesinato se hubiera escapado frente a sus narices, ¿verdad?

—No lo comprendo, inspector —murmuró Uchida sonrojándose.

—Ese chico… —Shimada buscó las palabras pensativo y miró a Akane—. Hubiera sido capaz de llevarte hasta el altar y entregarte a ese supuesto novio inventado tuyo.

—¡Oh! —exclamó Uchida. Parecía disfrutar de aquella revelación como si fuera un giro de la trama.

—Pero… Pero Ranma nunca… —murmuró Akane buscando en vano las palabras.

El inspector resopló.

—Él pensaba que era lo que querías —explicó—. Nunca hubiera hecho nada más ni nada menos que lo que tú querías, ¿cierto?

—Pe-Pero… ¡Él me secuestró! Ranma me detuvo.

Shimada se mostró imperturbable.

—¿Y? Fue un acto desesperado. No creo que te hubiera confesado una palabra si tú no hablabas primero, niña.

—Yo… yo…

Los ojos de Akane se llenaron de lágrimas que trató de contener inútilmente. Era cierto que, a pesar de que Ranma la había secuestrado para impedir su supuesta boda, no le había confesado amor. Se había mostrado completamente estoico todo ese tiempo, negándose a dejarla ir de su lado, pero completamente mudo con respecto a sus sentimientos. ¿Podía tener razón el inspector Shimada?

—En cambio —siguió diciendo el hombre—, ahora que por fin sabe lo que sientes se transformó en esa masa llena de babas y corazones que le salen por las orejas.

Se encogió de hombros y chasqueó la lengua.

¿Masa? Akane no hubiera descrito a Ranma como una masa llena de corazones, pero quizás el inspector podía tener razón también en eso.

—Dale tiempo —aconsejó Shimada—, es un idiota y no va a cambiar, al menos no de la noche a la mañana.

—¿Usted… cree? —preguntó Akane esperanzada, alzando el rostro.

Kimiko…

Eran casi los mismos ojos. El inspector podría haberse echado a reír por lo patético que se sentía.

—Algo sé del asunto —replicó—, después de todo, me casé tres veces.

La sargento, que no sabía nada de la vida privada de su superior, abrió la boca asombrada.

—Ahora, déjame arreglar este asunto para que puedan irse de una vez… Y yo pueda desayunar en paz —siguió Shimada de mal humor—. Será mejor que vayas a lavarte la cara, no querrás salir así a la calle.

—¡Pero, señor! —protestó Uchida—. No debería decirle algo así a una jovencita tan linda.

—Bah, qué oídos delicados tienen los jóvenes de ahora.

Pero Akane no se sintió ofendida. En realidad, no le prestaba mucha atención. Estaba más preocupada en mantener ardiendo esa diminuta llama de esperanza que había empezado a flamear en su corazón.

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.

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Ranma se estaba dando de cabezazos contra la máquina expendedora mientras murmuraba algo entre dientes.

—Creo que no es así como funciona —dijo el inspector a su lado.

Ranma lo miró hastiado y estuvo a punto de decirle que se metiera en sus propios asuntos, pero Shimada lo empujó a un lado sin miramientos y metió otra moneda en la máquina. Eligió un té con leche caliente y oprimió el botón.

Ranma resopló.

¿Qué se pensaba ese viejo? Necesitaba un tiempo a solas para pensar. Aunque, en realidad, era incapaz de pensar. Si cerraba los ojos, solo podía ver el rostro de Akane lleno de lágrimas. Si los abría, sus palabras le hacían eco dentro de la cabeza.

«Te amo, Ranma…»

¡Pero lo había engañado! De una manera cruel. Había jugado con él y con sus sentimientos.

No podía perdonarla.

No quería perdonarla.

Porque, si la perdonaba…

—Necesito que firmes unos papeles para que puedan marcharse —dijo el inspector.

Le pasó la lata de té caliente, que Ranma retuvo en una mano.

—¿…Qué? Ah, sí.

—¿Mantienes tu declaración anterior? —inquirió Shimada—. ¿Secuestraste a esa mujer?

—¡Yo…!

—Porque, si es así, te darán por lo menos diez años. Eso, si le caes bien al juez, y lo engatusas explicándole que fue por amor y todo eso.

—¿Diez… años? —balbuceó Ranma.

—¡En la cárcel, imbécil!

Ranma palideció tan de golpe, que Shimada se preocupó. No quería que se desmayara, porque si tenía que cargarlo se le empeoraría el dolor de espalda. Pero quiso disfrutar un poco más de acicatearlo, casi con una satisfacción cruel. No se lo merecía, lo sabía bien, porque esa chica ya le había hecho suficiente daño. Pero no podía evitar verse reflejado en aquel chico estúpido.

Porque si él hubiera sido más despierto, si hubiera hablado a tiempo, Kimiko estaría a su lado. Si él le hubiera confesado lo que sentía, no se hubiera ido con otro.

Estaba intentando salvarlos, aunque ninguno de esos dos jóvenes se diera cuenta.

—Mierda… —murmuró el chico.

—¿Sabes cuánto coraje se necesita para confesar los sentimientos? —le preguntó de pronto.

—¿Qué?

Un coraje que Masao Shimada no había tenido.

—¿Sabes… lo que duele el rechazo?

Ranma desvió los ojos de aquel hombre. ¿Qué intentaba decirle?

Su propio reflejo en el cristal de la máquina expendedora le devolvió la mirada.

—¡Ella me engañó! —se defendió, porque consideraba las palabras del inspector un ataque.

Shimada soltó una risa corta, irónica. En seguida, su rostro volvió a adquirir su severidad característica.

—¿Acaso nunca tuviste novia? —preguntó.

—¿Qué? —Ranma lo miró como si le hubiera salido un insecto de la frente.

—No creo que seas tan idiota.

—¡Eso no tiene nada que ver!

—Lo tiene todo que ver —indicó Shimada entrecerrando los ojos y echándose hacia adelante, cubriendo a Ranma con su sombra—. ¿Por qué no le pediste a ella que fuera tu novia?

—Yo… pero, Akane…

—Deja de balbucear como tonto, muchacho.

—¡Ya deje de insultarme! —exclamó Ranma.

—No me digas que no querías darle celos con alguna chica —sentenció Shimada. Era como si supiera exactamente todo lo que había ocurrido y Ranma se asustó—. ¡A mí no puedes mentirme! ¿No se sentía horrible besar a otra, pero lo hacías para castigarla a ella?

—No.

—¡No me mientas, muchacho! En secreto, querías que ella se pusiera celosa y te hiciera una escena, así tu podrías preguntarle por qué le importaba tanto. ¡Querías que ella se declarara primero!

—¡No! —gritó Ranma con las mejillas ardiendo de vergüenza.

—¡Mentira! —sentenció el inspector—. La robaste de su propia boda para presionarla. Querías que se diera cuenta de todo lo que eras capaz de hacer por ella. Cosas que ese tal Hiro, o como se llame, nunca haría. ¡Querías que se diera cuenta de que estaba mejor a tu lado que en los brazos de otro!

—Yo…

—¡No soportabas que no se hubiera declarado todavía! Después de todo ese tiempo juntos, ¿acaso no significaba nada para ella? ¿Era solo amistad?... ¿Pero cómo podía serlo? Entonces, ¿ella era así con cualquier amigo? ¿De esa forma tan íntima se comportaba también cuando estaba con él?

—¡Ya cállese! —gritó Ranma furioso.

Lo miró a los ojos. Se preguntó si el inspector seguía hablando de él… o empezaba a hablar de sí mismo.

—Pero todo eso no importa, —sentenció Shimada— porque, de todas formas, si ella se confesaba, no tenías el suficiente valor para responderle. ¡No le respondiste y la dejaste ir!

—Yo no…

—¡Y ahora es demasiado tarde! —le espetó el inspector a la cara.

La lata de té rodó por el suelo. Ranma lo tomó de la camisa de improviso como si quisiera golpearlo. ¿Se había vuelto loco?

—¡Usted…! ¡¿Cómo se atreve?! —chilló con rabia.

—¿Es más importante tu estúpido orgullo que ser feliz con la mujer que amas? —continuó Shimada imperturbable.

—¿Qué mierda está diciendo?

—¿La amas, muchacho?

—¡Sí! —gritó Ranma.

—¡Entonces actúa como un hombre de verdad!

¿Qué?

Aquello se parecía a lo que su madre siempre le decía: «Te eduqué para ser un hombre entre los hombres, Ranma». Que, básicamente, se traducía como «te eduqué para que fueras diferente a tu padre».

Ranma aflojó el agarre y al final soltó al inspector. Creyó ver un brillo de diversión en los ojos de aquel viejo.

—Será mejor que nos vayamos —dijo el muchacho.

Shimada no habló, le pasó un brazo por los hombros y lo atrajo hacia él, como si quisiera abrazarlo; pero tarde comprendió Ranma que le estaba haciendo un agarre mortal, rodeándolo por el cuello y apretándolo con fuerza.

—¡Eres un impertinente, niño! Aquí se hace lo que yo digo —le recordó el inspector en tono amenazador—. Escúchame, les pondré una multa de un millón de yenes y los dejaré libres, ¡y considérate afortunado! No me interesa cómo vas a hacer para pagarla —continuó, mientras Ranma se debatía en sus brazos—, pero más te vale no tardar mucho en hacerlo. ¿Me entendiste?

Ranma asintió como pudo, con la cabeza sepultada en ese brazo demasiado musculoso para pertenecerle a aquel viejo.

—¡Y que yo no me entere que hiciste infeliz a esa chica! —agregó—. Los estaré vigilando.

Lo soltó y empujó lejos. Ranma tosió.

—Eso es… abuso… de autoridad… —balbuceó con voz estrangulada.

—Bah, te acabo de arreglar el futuro —sentenció el inspector—… debilucho.

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Afuera, los envolvió el sonido del tráfico y la luz del sol. Ranma todavía se frotaba la garganta adolorida. Akane caminó unos pasos por delante de él, esperando justo en la esquina a que el semáforo cambiara de color.

El viento de la mañana le enfrió los brazos y se abrazó a sí misma para entrar en calor. Se preguntó si debía decir algo o era mejor quedarse callada. ¿Lo arruinaría todo si hablaba?, ¿sería como continuar escarbando en la herida que le había provocado a Ranma?

Un taxi se detuvo en la calzada a medio metro de Akane y alguien se bajó corriendo a toda prisa para llegar a tiempo a una cita. El conductor esperó, igual que Akane, que la luz cambiara de rojo a verde. Mientras, desde la radio del coche, se arrastró una melodía conocida.

Chico silencioso, tómame en tus brazos

dime que me amas solo con tus besos.

No tienes que hablar

solo usa el corazón.

Querido chico silencioso

¿no quieres decirme algo con solo una caricia?

Atrévete, chico silencioso

yo entenderé todos tus gestos

si usas el corazón…

«Oh, por favor, Kamisama, no me hagas esto».

El semáforo cambió a verde y el taxi aceleró, alejándose. Cuando la canción también flotó lejos, perdiéndose en el tráfico, Akane tuvo una sensación devastadora en el pecho. Nunca sería la misma después de aquel día, para bien o para mal, pero no comprendió del todo si le gustaba esa nueva Akane en la que se había convertido después de mentirle al amor de su vida.

A más de tres metros de ella, todavía mucho más cerca de la puerta de la comisaría que de Akane, Ranma se detuvo.

«¿Sabes cuánto coraje se necesita para confesar los sentimientos?».

¿Qué había querido decir ese viejo? ¿Que él era un cobarde?

El corazón le repiqueteó en el pecho como un redoble de tambores antes de un momento crucial. Ranma tragó saliva. Tomó aire. Se mordió el labio. Y, separando las piernas y dejando los brazos a los lados del cuerpo, gritó con fuerza:

—¡Akane Tendo!

Ella, sorprendida, se dio la vuelta. Tenía el ceño ligeramente fruncido. Su vestido de novia se agitó con el viento. El sol le daba de lleno, arrancándole reflejos azules a su cabello y dorados a sus ojos de chocolate.

—¡Te amo, Akane Tendo! —gritó entonces Ranma Saotome.

Ella entreabrió los labios y se ruborizó de golpe. La gente que pasaba les echó miradas curiosas a los dos.

¡Vaya! Qué fácil había sido, pensó Ranma. ¿Por qué no lo había dicho antes?

—¡¿Quieres salir conmigo, Akane?! —le preguntó alzando la voz, todavía a la distancia.

Ella se movió nerviosa. Se colocó un mechón de cabello detrás de la oreja y después puso las manos alrededor de su boca antes de responder.

—¡Sí, Ranma! —gritó de vuelta.

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En la puerta de la comisaría, el inspector Shimada se metió las manos en los bolsillos del pantalón y chasqueó la lengua con desaprobación.

—Qué par de tontos —comentó.

—¡Son tan lindos! —dijo Uchida, juntando las manos en su pecho.

Shimada resopló.

—Déjese de bobadas, sargento. Entre, es hora de trabajar —ordenó después, volviendo a meterse en la comisaría.

—Sí, señor.

—¿Y qué es eso de no responder el teléfono de la comisaría? ¡Podía tratarse de una emergencia! —la sermoneó el inspector cuando entraron—. Alégrese de que no le ponga una amonestación por insubordinación.

—Lo lamento, señor. Le juro que no volverá a ocurrir.

El inspector chasqueó la lengua otra vez, como si fuera incapaz de creerle. Uchida, sin embargo, tuvo que apretar los labios para contener una sonrisa. Era demasiado tarde para que ese hombre se mostrara cascarrabias. Ya había descubierto su secreto: el inspector era, en realidad, un romántico empedernido.

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En unas pocas zancadas, Ranma ya se había acercado a la esquina.

—Akane, yo…

—Está bien —lo interrumpió ella nerviosa—. No digas nada.

Prefería que todo se quedara así, o él podría recriminarle, o ponerle condiciones. O hurgar en su mal comportamiento y todos sus defectos.

—Pero…

—¡Está bien! —lo interrumpió Akane de nuevo—. Yo… Lo siento, ¡lo siento tanto! No tendría que haberlo hecho y lo lamento, no sabes cuánto, Ranma. No quería… hacerte eso.

Lo miró a los ojos llena de arrepentimiento. Tenía que pedirle perdón de mil maneras distintas. ¿Cómo podrían tener algo si no lo hacía? Su relación estaría truncada antes de empezar, anclada por un pasado deshonesto.

¿Relación?

Nunca se imaginó estar pensando de esa manera.

«Una relación con Ranma».

Un noviazgo con Ranma.

Quizás, una boda con Ranma.

De acuerdo, se estaba precipitando. Pero era feliz, tan inmensamente feliz que podría haberse echado a llorar de pura felicidad. Las ideas brotaban directamente de su pecho y no podía detenerlas.

¿De verdad él le había dicho que la amaba? Las mejillas le ardían de solo recordarlo.

—Akane, yo también… quiero pedirte perdón —murmuró él acercándose más.

—¿Por qué?

—Bueno… por no habértelo dicho antes.

—¿Qué? Oh, entiendo… Pero, en realidad, no tiene importancia.

Ya no tenía ninguna importancia.

—Pero quería decírtelo.

—Ya veo…

Akane se perdió en el azul de sus ojos. Ranma se acercó otro paso.

—Bueno, yo…

—¿Sí, Ranma?

¡Estaban tan cerca!

¿Así sería el primer beso que le daría Ranma?

Casi encima de sus labios…

El viento sopló de nuevo y le alborotó el cabello. Y Akane se cubrió la boca con una mano para estornudar.

—¡Aaaaaachís!

—¿Tienes frío? —le preguntó Ranma de pronto.

—¡No! —mintió ella.

Pero él ya se había quitado el saco y se lo colocaba sobre los hombros desnudos. El calor de su cuerpo la envolvió a través de la prenda. Olía a madera y hierbabuena.

—¿Ranma?

Él continuaba rozándole los hombros con los dedos, con la tela de por medio.

—¿Qué?

Akane se mordió los labios. No podía pensar si lo tenía tan cerca, ya no. Nada era como antes.

—… Nada.

Y sonrió. Y después se echó a reír con nerviosismo. Ranma también se rio. El semáforo volvió a cambiar y los automóviles detenidos por un momento, echaron a andar otra vez.

—¿Quieres comer? —preguntó Ranma después—. Porque yo me muero de hambre.

—¿Me estás invitando a una cita? —preguntó Akane curiosa.

Él se sonrojó.

—… Sí.

Akane iba a decir otra cosa, pero se atragantó de golpe. Se envolvió mejor con la chaqueta de él.

—Pero no tenemos dinero —comentó—. ¿Qué vamos a hacer?

Ranma jugó con la moneda de quinientos yenes dentro del bolsillo de su pantalón. No es que alcanzara para nada de todos modos, pero, por alguna razón, no tenía deseos de gastarla. Casi tuvo la súbita idea de quedársela para siempre, como un recuerdo.

—¿Cómo se llama esa cafetería que le gusta a Nabiki? La que está cerca de Asaka.

¿Qué?

¿Nabiki?

Akane se sintió decepcionada, y muy celosa también. ¿Por qué le hablaba de Nabiki en un momento como aquel?

—Takayama —respondió sin inflexión en la voz. Sin traslucir, esperaba, ningún sentimiento.

—¡Esa misma! —Ranma chasqueó los dedos, triunfal.

—¿Por qué quieres ir a ese lugar? —preguntó Akane. ¡En su primera cita! Desvió la vista. De pronto, la pintura saltada del semáforo era muy interesante, ¡interesantísima! Mucho más que mirarlo a él.

—¿Por qué? —repitió Ranma como si ella estuviera loca—. ¡Boba! Porque es el único lugar en el que Nabiki tiene una cuenta, por eso. ¡Y me lo debe!

—… ¿Qué?

Akane volvió a mirarlo. Los ojos de él desprendían un brillo de diversión, y también de revancha. Se sintió tonta por no haberlo comprendido antes. Era Ranma después de todo.

—¡Prepárate para pedir lo más caro del menú, Akane! —sentenció él, sonriendo con malignidad.

Akane sonrió en respuesta.

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Fin

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¡No!

Se negaba a permitir que terminara de esa manera. No después de todo lo que había pasado, de cómo sus emociones habían ido y venido de la dicha a la desazón durante todo ese día. O durante todos esos años, más bien.

Su corazón merecía mucho más que eso. Ella quería mucho más que eso.

Antes de que pudieran cruzar la calle, Akane se detuvo y se volvió.

Se puso en puntas de pie y atrajo a Ranma hacia su cuerpo. La chaqueta cayó al piso.

Lo besó en los labios.

Y tuvo la suerte de que Ranma la estrechara entre sus brazos y le devolviera el beso.

El semáforo cambió de nuevo a rojo. Los autos se detuvieron, igual que el mundo entero. Durante largos minutos solo existieron Ranma y Akane, Akane y Ranma, antes de que todo echara a andar otra vez.

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FIN

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Nota de autora: Muchas gracias por haber llegado hasta acá, espero que hayan pasado un buen rato leyendo.

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Nos leemos :)