Naruto y todos sus personajes son propiedad de Masashi Kishimoto; este fanfic está hecho sin fines de lucro y con mucho amor.
Bonnie Butterfly
Aunque fue un encuentro accidental, al principio honestamente no lo sabía:
que hasta ahora he aprendido más del dolor que de la alegría.
Aunque estoy lleno de lágrimas, prometo traerte felicidad.
- Él cree que somos amantes, es la única explicación que le encuentra a mi cariño por ti… - la sonrisa en sus labios era enigmática, el sonido de su voz muy profundo.
- ¿Le dirás la verdad? - le preguntaste curioso, tus piernas balanceándose en el improvisado columpio que te había construido en tu habitación.
- No. – no estaba preparado para admitir su debilidad ante mi, no podía poner en palabras su derrota ante alguien que se había lanzado, sin arrepentimientos, hacia la victoria.
Su amor no había sido tan fuerte como el mio, cuidar de ti como un hijo era lo único que podía hacer para menguar aquel sentimiento secreto alojado todavía en su corazón.
- Que terrible eres, Itachi-san… - tus palabras eran juguetonas, sin resentimientos.
Cuando tu adopción se hizo un hecho, él hablo contigo de forma sincera. Te lo dijo todo sin reservas, las egoístas razones que lo movían para tomarte a su cuidado.
"¿Y no te lastimaré más de esta forma?", le cuestionaste con sinceridad, tus ojos azules observándole con ternura.
Aunque tú eras el recuerdo de la única mujer que había amado en su vida, al estar contigo tendría que vivir también con la certeza de que nunca fue suya.
"Sé que te pareces a tu padre, pero… ¿Ella conoció la alegría a su lado, no es verdad?"
Asentiste evocando tus encantadores recuerdos de niño, el aroma a comida casera y las risas de un hogar.
"Todo lo que tengo para Minato es agradecimiento y la única forma de demostrárselo es darte una vida donde seas dichoso nuevamente, construirte una familia y un hogar al cual siempre regresar."
Itachi no había mentido, pensaste mientras él te columpiaba con más fuerza.
Te había regalado una familia y junto a mi foto también el amor.
...
El de ella, pintado al óleo y enmarcado en preciosa y fina madera de incienso, era el cuadro más magnifico de la casa, el más preciado. En él vivía la Sakura del pasado, mi bella flor en la víspera de la primavera de nuestro amor.
Había sido yo el que le mandó a hacer tal retrato; la eternice con su blanco vestido de novia para recordar siempre el momento dichoso en que me vi realizado como un hombre feliz.
Ella, con su larguísimo cabello rosa y su siempre afectuosa sonrisa, era quien me cuidaba desde su lugar en la pared, limitada al recuerdo desde hacía más tiempo del que me habría gustado reconocer. Sakura era mía, pero sus sueños la habían llevado tan lejos que había llegado ya a un punto en el que yo, sin poder admitirlo, no era capaz de alcanzarla
- Itachi no mentía, es una mujer realmente preciosa. - aún más que en la foto de su juventud, tan diferente y madura.
Asentí sin decir nada, un poco sorprendido ante tal comentario. No la conocías, pero una sonrisa agria se dibujo en mi rostro al pensar en cuanto habrías podido llegar a apreciarla si la que hubieses tenido frente a ti no fuera simplemente aquella imagen.
- ¿La quieres mucho, verdad?
Itachi, aunque todavía no era capaz de perdonarla, solía hablarte mucho de ella. Siempre de su trabajo, de lo mucho que hacía por los niños de todo el mundo haciendo su mejor esfuerzo como médico para ayudarlos. Si te hubiese conocido ella tampoco habría sido capaz de abandonarte, tal y como mi hermano aquel día, tendiéndote sin prejuicios su delicada mano.
- ¿Crees que ella vuelva pronto?
- No lo creo posible, al menos por ahora. – el mundo la necesitaba, tanto como yo, pero era claro quien había tenido la prioridad y quien había sido simplemente un egoísta.
- Volverá por ti, lo sé. – yo no tenías razones para creer en tus palabras, pero me aferre ingenuamente a ellas. Eras tú la primera persona que, después de gran cantidad de desalientos, me había dado una nueva esperanza a la cual obstinarme.
Los niños nunca decían mentiras, por supuesto tú nunca lo hacías. ¿No eras acaso maravilloso? Tu corazón ya estaba predispuesto para quererla, sólo por el simple hecho de saber que era preciada para las personas que te eran valiosas. Aunque había resentimiento en Itachi al pronunciar su nombre, siempre te hablaba de sus cualidades y su gran inteligencia y tenacidad porque, independientemente de nuestros problemas, ella era una mujer admirable y él la respetaba profundamente.
¿Y que había de mi? Era suficiente para ti mirarme como hombre para saber la intensa pasión que le profesaba, misma que estaba cuidadosamente plasmada en cada línea de mi vida; en el retrato de la pared que iluminaba mi mirada cada mañana, en el rosado juego de té sobre la mesa, en el anillo que yo portaba orgulloso en mi dedo anular.
Mi corazón también ya estaba predispuesto para aceptarte en mi pequeño mundo, y eso era suficiente, porque a través de esa confianza ya miles de listones rojos se extendían por todos lados, atándonos a través de ellos más profundamente de lo que ninguno de los dos se podía imaginar.
Yo estaba tan perdido…
Tú me mirabas sentado desde lo alto de una rama de cerezo, en un jardín donde todo lo que había eran enormes cerezos en flor. Los rosados pétalos que el viento desprendía caían sobre nuestras cabezas como una lluvia que sólo a mi me sofocaba, aturdíendo sin piedad cada uno de mis sentidos. Estaba atrapado, pero al extender mi mano hacía ti, tú la tomabas sin vacilación e intentabas salvarme a pesar de saber que no tenías la fuerza suficiente para lograrlo. El mar de cerezo cada vez era más profundo, de una belleza brutal que intentaba absorberme y que con su fuerza me devoró en un segundo, haciéndome soltar tu mano para no arrastrarte junto a mi. Sin embargo, no estaba en tus planes dejarme ir de aquella manera, porque habías llegado a mi vida con un firme y único deseo que planeabas hacer realidad hasta sus ultimas consecuencias; sin tener miedo me seguiste, dejándote caer al vacío tras de mi.
- Se mío, Sasuke. - a través de tu mirada fija y cariñosa, asomaba tu corazón y lo que yo significaba para ti.
Un deseo infantil, un anhelo latente, tu familia…
Y entonces supe, mientras cerrabas lentamente tus ojos y con una sonrisa tranquila te acercabas a mí para hundirte con mimo sobre mi pecho, que lo único que yo podía hacer era recibirte y aferrarme a ti, fascinado. Mi mano, guiada por la tuya, acunaba tu infantil rostro mientras mis largos dedos acariciaban tu pequeña oreja, jugando con las tersas hebras de tu rubio cabello.
Pequeño y egoísta, al comprender el significado de tus ingenuas palabras no pude evitar sonreír; incluso yo era otra de las maravillosas cosas que Itachi te había obsequiado.
Pero estaba bien, porque como el mar azul que se reflejaba en tus ojos, eras basto e infinito, y sin saberlo Itachi también te había regalado a mí.
...
Una de tus costumbres extrañas, esas que eran parte arraigada de ti y que yo siempre pensaba nunca terminaría de conocer, era el que no te gustaba dormir solo y que cada noche, antes de caer rendido por el sueño, te gustaba hablar.
No era demasiado tarde cuando terminaste tu cena, pero porque había sido un día agitado te pedí que subiéramos a dormir: al día siguiente a mi me esperaban muchas juntas directivas y a ti todo un sequito de fotógrafos y vestuaristas.
- No, yo la llevo. – me detuviste sonriente al verme tomar tu maleta para subirla por las escaleras. No era realmente muy pesada así que te la cedí sin replica. Itachi no te dejaba hacer muchas cosas a pesar de que ya no eras un crío y yo no le veía lógica a su comportamiento sobreprotector.
Lucías un poco despistado, pero eras muy fuerte. Subiste la maleta sin mucho problema por los alfombrados escalones y apenas resoplaste cansado cuando llegamos al segundo piso aunque te tropezaste un poquito en el último escalón.
- Tu habitación es por allá. – te señale la habitación de huéspedes, algo polvorienta pero todavía bella y con los muebles intactos.
- ¿Y donde esta tu habitación? – me preguntaste inocentemente y yo te la señale: exactamente frente a la tuya, a unos metros de distancia.
Sin esperar más y sin que yo pudiera preverlo te dirigiste con seguridad a mi habitación, arrastrando tu maletita tras de ti. La puerta estaba abierta y al prender el interruptor de la luz te quedaste maravillado.
La habitación era completamente occidental y, aunque no era para nada de mi estilo, te pareció muy bonita. La cama, de madera labrada y con cortinas de lino, era enorme. Los edredones y las almohadas eran blancos con dibujos de tulipanes rosas creciendo sobre verde pasto bordado. Los libreros eran rectangulares y de estructura sencilla, hechos de laca negra que relucía con la luz de las lámparas de bambú. Los escritorios estaban rebosantes de revistas y montañas de papeles, regadas de forma casual una que otra foto en cuyo reverso mi pulcra caligrafía hacía gala de elegancia en pequeñas notas o fechas.
La televisión, una enorme pantalla de plasma, estaba incrustada en la pared tapizada con motivos color crema y sobre la mesita de noche descansaba mi laptop junto a una moderna e inútil cafetera roja que tenía mucho tiempo no me dignaba a usar.
- Me gusta el lado de la ventana, ¿puedo dormir ahí? – te mire extrañado y comprendiendo mi confusión me dejaste las cosas en claro, en un tono tan cálido y animado que me quede prácticamente sin derecho a replicarte sólo por el simple hecho de no desanimarte;
- ¡Dormiré aquí contigo, odio estar solo! – te mire sopesando tu determinación y como esa sonrisa tan enorme formada por tus labios gano la batalla, al final sólo asentí. No esperaste más tiempo para comenzar a desempacar tus cosas ante mi sorprendida mirada.
Tus tesoros en la vida eran muchos, pero le tenías inusual cariño a todo lo que tuviera que ver con un regordete amigo que vivía en el bosque. De gran sonrisa y ojitos curiosos, con pequeñas orejitas paradas y un gran cuerpo esponjoso, un reloj despertador de Totoro fue lo primero que salió de tu equipaje.
- ¿Sabes algo? – comenzaste a platicarme mientras colocabas el reloj en la repisa de madera sobre el respaldo de la cama. - ¡Me gusta mucho Totoro, casi tanto como el ramen! – la alegría se reflejaba en tu sincero rostro y me sorprendió que algo así, a tu edad, todavía te gustara.
Empolvada en uno de los armarios del living, yo tenía guardada la película donde tu amado Totoro jugaba libre en el aquel encantador pueblo rural con Satsuki y Mei. Cuando era un niño pequeño la solía mirar con Itachi y con ella. ¿Al igual que nosotros, tú también soñabas cada verano con ir a ese bosque encantado y encontrarlo? Al menos tú todavía tenías la oportunidad.
- Itachi me ha comprado pijamas nuevas, son muy suaves porque dice que aquí hace frío. – agachándote nuevamente sobre tu maleta sacaste algunos conjuntos de holgadas pijamas de llamativos colores, algunas con estampados. – Hoy usare la naranja… - y sin más comenzaste a desvestirse confianzudamente, torpemente.
Me voltee con rapidez, algo consternado por tus extraños modales y porque ante mi correcta reacción habías soltado una risita. Sabía que estabas acostumbrado a que las personas te miraran, no por nada eras modelo; aun así, los mismos jóvenes de la compañía solían ser pudorosos y eran elegantes a la hora de cambiar el vestuario, no permitiendo que nadie viera el hermoso cuerpo que por sí sólo valía mucho más de lo que cualquier mortal pudiese imaginar y que por lo tanto no tenía derecho a mirar gratuitamente.
- ¿Has terminado? – pregunte después de algunos minutos, cuando el rozar de las ropas dejo de oírse.
- Sí. – al voltear esperaba encontrarte en el mismo lugar pero en vez de eso te vi salir de la habitación para tomar dirección hacia el baño, tu cepillo de dientes en una de tus manos.
Suspirando un poco cansado me dirigí hacia un corto pasillo dentro de la misma habitación y, abriendo una sencilla puerta de bambú, me adentre en una habitación ligeramente espaciosa, la ante sala del cuarto de baño: el armario. Repisas y cajones de laca con montones de ropa perfectamente limpia y doblada, caros trajes colgados en orden en el perchero que ocupaba toda la pared frontal. Al prender la luz de esa habitación me dirigí, con paso cansado, hacia uno de lo cajones donde tome una de la pijamas de seda, perfectamente ordenadas por el ama de llaves que venía a cuidar de la casa en las mañanas.
Me cambie frente a los espejos sin prisa pero tampoco tan lento como para reparar en mi mismo. Hacía mucho tiempo que yo mismo me había dejado de tener valor; ya no era ese adolescente que se miraba nervioso en el espejo, preguntándose si ella podía amarle sin reparos a pesar de los miles de defectos que residían en su persona atormentándolo.
- Estaba buscando el baño, pero no lo encontré… - escuche repentinamente mientras abrías la puerta del armario sin nada de delicadeza, pero al mirarme te quedaste callado y mi curiosidad despertó al notar tus mejillas rojas y que no me despegabas la vista de encima.
Ya me había terminado de cambiar la pijama y, aunque ya había comenzado a doblar la ropa que había usado ese día para ponerla en uno de los canastos, todavía no me había abrochado los botones de la parte superior, lo que te permitía observar en mi cuerpo los resultados de una excelente dieta y una regular rutina de ejercicio.
- He oído que todos los hombres casados, a tu edad, ya están gorditos. – te encontrabas un poco impresionado, aunque eso no amedrento a tu sincera lengua.
Me encogí de hombros, como haciéndote saber que un Uchiha, pase lo que pase nunca pierde la línea, y eso te hizo reír.
- Ven, lávate los dientes. Ya vamos a dormir.
En un baño espacioso siempre caben dos personas con comodidad, pero te colocaste sin dudar a mi lado, tan juntos que nuestros costados chocaban suavemente con cada movimiento. Sakura y yo éramos bastante altos así que el espejo del tocador estaba algo más elevado de lo normal causando que tú, aun parándote de puntitas, sólo alcanzaras a ver parte de tu frente y tu alborotado cabello rubio.
Te lavabas los dientes con un cepillo naranja y aunque tenías la boca llena de blanca espuma, me sonreías un montón. Yo no te podía devolver el gesto, pero era una cálida sensación el no estar sólo en ese espacioso lugar en donde cada día el eco de los recuerdos de nuestros primeros años de matrimonio me hacía un hombre vacío y miserable.
- Todo es rosa, como flor de cerezo. – aunque ya te habías enjuagado un blanco bigote de espuma adornaba de forma curiosa tu rostro.
- Sí, así siempre esta conmigo. – lo dije con suavidad, mi dedo pulgar limpiando con algo de rudeza tus brillantes labios que yo estaba seguro exhalaban un aroma a menta.
Un baño de mármol rosa donde, como siempre debió ser, habría nuevamente dos de cada cosa; por lo pronto dos cepillos de dientes que se recargaban uno contra otro dentro de un pequeño vaso de cristal con adornos de ramen.
...
- Tienes ojos de gato. - ojos grandes, curiosos y brillantes, aún en la oscuridad de la cálida noche.
Aunque las luces ya se habían apagado, podía escuchar el sonido rítmico de tu respiración, oler el aroma dulce de tu cabello, sentir tu atenta mirada absorber cada uno de los detalles de mi rostro.
Te habías acostado en el otro extremo de la cama, envuelto como un gusanito en el blanco edredón aunque la noche no era fría. El ventanal estaba ligeramente abierto pero, como no había cortinas y las puertas eran de cristal ahumado, desde la cama se podía observar la pequeña terraza bordeada de macetas con flores y parte de los arboles del jardín iluminados por la luna llena de esa noche.
- Me gusta tu casa, es bonita.
"A mi me parece solitaria", te quise decir, pero me pareció incorrecto dejarte ver mis inquietudes de esa manera. Tras el extraño episodio que habíamos representado al abrazarnos me daba cuenta que mis defensas habían bajado ante ti con demasiada facilidad.
¿Cuántos sabías de mi situación? ¿Cuánto te había dicho Itachi sobre mí? ¿Qué sabía yo mismo sobre ti? ¿Me dirías los secretos que Itachi no me quiso revelar?
- Háblame de ti. – te pedí tranquilamente, mi fuerte voz resonando en la habitación.
Aunque estábamos lejos el uno del otro, era posible para mí admirar la variación de tus sentimientos plasmados en el mar inquieto de tus ojos; el sueño no parecía llegar y mi petición te hizo chispear.
Hablaste de ti en términos sencillos, describiéndote como realmente eras con frases simples que me dejaban entrever tu carácter cándido y ligeramente ingenuo. Las palabras que salían de tu boca parecían flotar por toda la habitación, brillando sobre nuestras cabezas. Parecía música y me quede sorprendido ante tu espontaneidad.
Amabas a Totoro, un día serías capaz de subirte con él al nekobus. No te gustaban los vegetales, el color verde no te parecía un color comestible (excepto si se presentaba en el ramen) y si lo consumías te exponías a un riesgo nuclear.
Estabas algo atrasado en cuanto a la escuela pero Itachi te había prometido que ese verano, a más tardar, volverías a retomar tus estudios. La escuela te parecía divertida porque tenías la esperanza de hacer ahí muchos amigos y sólo te preocupaban un poco las matemática y la física, materias que no se te dieron nunca porque los números te mareaban y la calculadora parecía tener siempre un complot contra ti.
Definitivamente la escuela sería más divertida sin tarea, los maestros no deberían regañar a los alumnos por quedarse dormidos (ellos tienen la culpa, por ser aburridos), la lectura obligada debería ser la Shonen Jump y en Historia Mundial deberían dejarles ver Hetalia por el celular.
En deportes sí que eras bueno, te gustaba mucho el béisbol. Esperabas un día llegar a ser cuarto jugador en el instituto e ir al Koushien, como Tajima. Tajima era un personaje de un anime de béisbol que era tu favorito y que te hacía mucha ilusión porque tú también querías vivir al máximo el verano de tu juventud, siguiendo tus sueños.
Tú carrera como modelo era interesante y muy divertida a pesar de que a veces te daba un poco de vergüenza usar todos esos vestidos y sonreír tanto ante la cámara, transformado en una preciosa niña que no reconocías en ti al mirarte en el espejo y que cuando la veías tan magnifica en las revistas te dejaba simplemente sorprendido. Ser modelo no era precisamente tu sueño, como lo era para tus compañeros. Aun así apreciabas que esa puerta se hubiese abierto ante ti y dabas lo máximo en cada uno de los trabajos que te asignaban aunque los diseños de Kakashi eran cada vez más atrevidos.
La chica de tus sueños se llamaba CL y era coreana, cantaba en un grupo de pop y aunque era mayor que tú no perdías la esperanza de algún día pedirle matrimonio. Una de las profesiones que habías estado pensando para el futuro era ser mafioso italiano, aunque al final habías decidido ser un caballero del zodiaco para luchar en el nombre de Atena…
El hilo de la conversación que mantenías se iba volviendo cada vez más disparatado, confuso y sincero, hasta que por fin se detuvo abruptamente y una sonrisa pequeña afloro en mis labios al notar que, como el niño que eras, te dormiste en un parpadeo.
- Buenas noches, Naruto.
Continuará~
Como mil años después, llega este nuevo capítulo! Ha estado atrapado por varios meses dentro de una vieja lap pero como la han mandado a arreglar he podido recuperar el archivo. Perdonen por la tardanza, la verdad no he quedado muy satisfecha con este capítulo, después de tanto tiempo había perdido bastante la ida a pesa de que este fanfic lo atesoro mucho. Sí les ha gustado, lo agradezco mucho.
¡Muchísimas gracias por leer!
Hay un tema muy delicado y que es importante para mi aclarar aunque ahora mismo no lo haré de forma extendida. Sólo quiero dejar bien en claro que en mi fanfic siempre habrá mucho respeto, nada de violencia. Esto solamente es ficción, no estoy alentando a nada; hecho por y para fujoshis.
Las cosas en este fanfic se llevaran con calma, aunque habrá sutiles acercamientos conforme pase el tiempo. Sasuke realmente va a amar a Naruto, yo quiero poner todo mi corazón para que en esta historia, a pesar de los obstáculos, tengan un romance sin prejuicios.
Gracias por apoyarme siempre!
