CAPÍTULO 1
Ella apareció en el callejón.
No fue algo previsible. Simplemente antes no había alguien y luego, ahí estaba esa mujer alta, de gruesos hombros y cuerpo fibroso pero femenino.
La leve luz del amanecer no era muy potente aún pero su cabello cobrizo, de gruesos y esponjosos cabellos peinados en un desarreglado moño. Brillaban dorado con fuerza, a pesar de la penumbra.
Cualquiera que la viera en ese lugar pensaría que una mujer no debería estar en un callejón de paredes descarapeladas, tan sucias que casi eran negras y con esa peste en el aire a pudrición, orina, heces y sangre. Pero por su porte distinguido, aunque llevara jeans y un sweater negro, la gente lo pensaría dos veces antes de acercarse y decirle qué creía que ella debía hacer. La seguridad con que pausadamente miraba alrededor y caminaba hacia el interior del callejón, con su rostro tan férreamente inexpresivo que podía parecer pétreo, les haría a cualquiera darse cuenta de que si ella estaba ahí, era porque quería estar ahí. Además daba la sensación de que si esa mujer te decía qué hacer, tú sí obedecerías.
Alrededor del lugar se oía movimiento de viento y alas. Las sombras de aves silenciosas pasaban por arriba de la mujer, haciendo que la poca luz que aún le llegaba a ella, fluctuara con oscuridad.
Levantó la vista y miró a los lados. Su rostro empezaba a dejar ver un resquicio de turbación. Tristeza, dolor, rabia… algo grande, de esas emociones que si se dejan sueltas parecen ir más a allá del cuerpo y atrapa a la persona, descontrolándola. La mujer se mandó a volver a mantener su rostro inexpresivo, pero el ambiente a su alrededor se enrareció sobremanera y por eso varias ratas salieron huyendo al instante, dando chillidos de miedo y teniendo especial cuidado en no acercarse a la mujer.
Ella pasó fácilmente de esos animales, tal vez porque una de las lechuzas la llamó con su canto y la mujer, muy concentrada, caminó más adentro del callejón. El olor de la sangre era penetrante, pero lo que la hizo palidecer y encenderse sus ojos con un brillo totalmente furioso, fue ver lo poco que quedaba de la osamenta agrietada, mordida y aún con algo de carne de su héroe.
Se agachó con reverencia a su lado. La luz de su mirada se hizo acuosa por un momento, y su respiración empezó a subir en intensidad. Pero después de unos segundos carraspeó, volvió a endurecer su expresión y se puso en pie con soltura.
Miró alrededor, analizando la escena. Pronto se dio cuenta de que no había restos del Vellocino como sí había de la ropa que su héroe usara y, segura que David no se alejaría de su divino préstamo, rápidamente llegó a la conclusión de que lo habían robado. Sin embargo, aunque los poderes del vellocino eran muy grandes y más en las manos de seres erróneos, eso no era lo que más le importaba. No, lo que más estaba en su memoria era la sensación de la muerte de su héroe. Fue una gran pérdida, tanta que le dejó descontrolada su energía cuando la que David había depositado en ella muriera junto a él.
Atenea deseaba no creérselo, negarlo de alguna forma. Delfos había profetizado que gracias a David vendría el más grande héroe de su generación… y lo habían asesinado casi que al inicio de su carrera. Tuvo ganas de analizar todas las opciones posibles de interpretación de las palabras dichas por el oráculo, pero no estaba concentrada como para ello.
El dolor de perder de su energía vital por la muerte de David y la impotencia y la furia, la habían atacado muy desprevenida. Por eso no pudo hacer nada más que resistir y controlar su energía. Atenea era consciente de que con las emociones a flor de piel la energía se descontrolaba, el raciocinio se perdía y ella terminaba pensando más en la venganza que infligiría sobre los asesinos de su más prometedor héroe, en vez que en la pérdida del Vellocino de oro, lo más acuciante en ese momento.
Todos sus músculos se tensaron hasta que la quijada le castañeó y sus brazos, con los puños fuertemente cerrados, vibraron.
¡Maldita fuera!
Muchos le advertían que estaba demasiado unida a sus acólitos, aunque la mayoría de las veces eso no le importaba. Pero luego estaban los momentos como ese, cuando deseaba poder hacer algo para desapegarse más y hacer el trabajo como debería, sin ese tipo de estúpidos contratiempos. Pudo haber llegado al instante, ver quienes eran los asesinos y mandar a matarlos o pedir permiso para encargarse ella misma, que era justo lo que más deseaba hacer. Pero en vez de eso se quedó de piedra varios minutos, con temor de hasta mover un dedo para que los alrededores no sufrieran con sus poderes desatados, de quedar débil y aún más incompetente después de tan terrible acceso de emociones.
Sin embargo en ese momento, su energía estaba controlada, por más que dentro de ella bullía la rabia, la sed de sangre y venganza… y todo animal a unos metros a la redonda de donde estaba ella, hasta los humanos, decidían por instinto no acercarse a ese lugar.
-o-
Se había entretenido de más y era tarde ya.
En pocas horas saldría el sol y necesitaba dormir. Se regañó en silencio por inconsciente. ¿Cómo no vio antes la altura de la luna? ¡En un rato tenía que ir a trabajar y no podía aparecerse sin descansar, después de una cacería!
Bueno, sí podía, pensándolo bien.
Su resistencia sobrehumana le facilitaría las cosas. Al menos tenía eso. Repartir encomiendas en un camión no era un trabajo muy estresante, y se relajó un poco cuando aceptó completamente la idea.
Tuvo que subir a su departamento en el octavo piso usando la escalera de incendios, para que nadie lo viera llegar. No quería a la policía ahí. Iba semidesnudo, cubierto de sangre seca… ¿Qué era eso? Una vergüenza, pero la satisfacción, al mismo tiempo, era inmensa.
El bulto que cargaba en su espalda chorreante, hecho con su camisa, suéter y vaqueros para poder cargar el pesado contenido, hacía una bola prominente detrás de él. Un malentendido en potencia.
Respirando a grandes bocanadas llegó hasta la ventana del dormitorio y la abrió despacio, siempre dejaba un resquicio para poder meter los dedos y alzar el cristal.
Una vez dentro dejó caer el bulto en el suelo. Éste impactó sobre una lona, que había junto a la ventana, con un ruido chapoteante; como si en la bolsa hecha de ropa hubiera algo húmedo y jugoso.
—Puedo limpiar en la mañana. —suspiró, y simplemente cerró las cuatro puntas de la lona sobre el bulto. Lo volvió a cargar en su espalda y lo llevó hacia el lavadero, para ponerlo en un sitio seguro—. Eso es. Ahora, a la ducha…
Se bañó rápidamente, frotándose muy bien el cuerpo con jabón para que no le quedara ni siquiera la menor mácula del aroma de la sangre. Se quedó un rato bajo la lluvia caliente de la ducha, con los ojos cerrados, mientras la relajante agua se llevaba todos sus pensamientos…
Cuando volvió a abrir los ojos, era Lance Hewlett otra vez.
-o-
Atenea maldijo a Delfos, aunque no supo ni porqué se molestó en pedir su ayuda. En muy contadas ocasiones el Oráculo respondía a pedidos de los dioses y, cuando lo hacía, la mayoría de las veces se explicaban su respuesta hasta años después de hacer la pregunta. Sabía que sería un milagro que le respondiera. La había contactado más por reaccionar a su indignación, que por creer en verdad que le iba a contestar. Pensándolo bien, que le dijera mentalmente: «Nunca me equivoco» y la hiciera salir de la comunicación, ya era mucho viniendo del Oráculo.
Para alejarse de la escena y, más, del olor a sangre y excrementos, se apareció en el techo del pequeño edificio abandono a la derecha del callejón.
La diosa dio un suspiro y sacó su teléfono celular del jeans. Prefería no hablar mentalmente con los héroes y centinelas, por si acaso estaban haciendo alguna actividad que necesitaba concentración. Hasta la diosa Atenea esperaba y dejaba un mensaje. Si el héroe no le contestaba a ella, era por muy buenas razones. Más veces de la que quisiera recordar, sus llamados acarrearon accidentes cuando el héroe estaba en medio de una misión y reaccionaba mal a la voz en su cabeza. La era de los teléfonos celulares con su opción de ponerlos en vibrador, le parecía mucho más práctica.
Sin necesidad de buscarlo en un directorio que nunca usaba, digitó el número del héroe local. Broom era un centauro de 357 años que, para los humanos no iniciados que lo conocieran, solo se trataba de un viejo pero robusto cerrajero de poca monta. Atenea lo tenía en la lista de sus mejores héroes locales, y sabía que buscarle un reemplazo para cuando se pensionara (los centauros tenían una vida media de 400-450 años) iba a ser difícil.
Él le contestó en la segunda llamada.
—Mi señora. —la voz de Broom se oía algo pastosa.
—David Stiga ha sido asesinado en tu territorio.
Atenea pudo oír sonidos de movimiento. Al parecer, Broom se estaba levantando de la cama. A la vez, le decía sobre su plan de acción para la investigación de la situación. Ella habló en un instante que Broom tomó aire.
—Lo único que necesito es que los centinelas y tú mejoren la seguridad, y que informen a los acólitos de tomar precauciones, sobre todo, los que trabajan como héroes.
—Sí señora, pero… —estuvo confundido o dudó por un instante preguntar—: ¿Por qué yo debería tener más cuidado…? ¡No se trata de una invasión al panteón! ¿O sí?
Por un muy leve instante, Atenea sonrió. Pocos héroes le harían esa pregunta con tanta convicción. Llevaban 152 años desde la última guerra asimiladora entre panteones. En ese momento, aunque habían altercados por criaturas o seres de otras religiones en los asentamiento Grecorromanos, los grandes mandos de todas las religiones politeístas habían alcanzado un acuerdo tácito de no meterse con el otro mientras se respetaran los asentamientos y sus acólitos. Pero no fue una decisión tomada por buenos deseos entre ellos.
Ya para el siglo XX, el viejo objetivo de expansión (más tierras y más acólitos, igual a más poder del panteón) había sido dejado de lado. Lo más importante actualmente, era evitar la extinción y no ser abiertamente descubiertos por los no iniciados, que eran posesivamente cuidados por el panteón monoteísta. Éste era el gran ganador en el mundo, el más poderoso por tener muchos creyentes. La única manera en que se era dejado en paz por ellos, era hacer como que no existían ante las grandes masas de personas. Todos los otros panteones habían decidido dejar de promulgarse y, aunque seguían teniendo acólitos y algunos se expandían poco a poco, se basaban en el secretismo o costumbrismo para actuar.
Sí, al tener tan pocos creyentes en contraposición con tantos humanos que existían, habían perdido mucha de su fuerza y habilidades. En los Grecorromanos, algunos dioses menores hasta habían perdido tanto poder que se habían convertido casi en humanos y murieron de vejez. Aún así, no estaban tan mal: otros panteones peor parados en las guerras asimiladoras, habían sido exterminados del todo por los monoteístas.
Pero los monoteístas no usaban fieras para comerse a héroes, y tampoco robaban objetos valiosos. Eran más de destruir con sus poderes divinos. Aunque por un instante, Atenea misma temió que se tratara de algo parecido, lo desechó rápidamente por improbable.
—Puede ser que sea cosa de los otros panteones, pero no creo que se trate de una invasión. Sin embargo, por la forma en que se dio este asesinato, estoy segura de que es parte de algo más grande. Y yo me haré cargo de ello.
Como Atenea supuso, esas palabras hicieron ponerse más nervioso a Broom. Ella se hacía cargo personalmente de alguna misión unas dos o tres veces al año, cuando era peligrosa ser tomada por héroes comunes y era necesario que ella encargara. Broom sabía eso, y aunque puede que tuviera curiosidad, no le insistió:
—Sí señora, estaré pendiente de su llamado.
—Hasta Luego, Broom —y colgó.
Luego, llamó a Mnemosine y le pidió ayuda. No solo para que con sus grandes poderes mentales pudiera ver algo de lo que sucedió ahí, sino para que algunas personas de su séquito limpiaran el lugar. Mnemosine, su consorte Hipnos, sus hijos y algunos más con poderes parecidos; tenían la responsabilidad, sobre todo, de que los no-iniciados no supieran de las actividades del panteón.
Esperándola, Atenea se puso a pensar en muchos temas que también le incumbían. Había hecho lo que podía: dar la alarma, poner a sus aves en rastreo, pedir por Mnemosine. Si seguía pensando en el tema, solo iba a conseguir que la culpa allanara más terreno en ella. Con la identidad de los tres asesinados, no había de otra que pensar que muy probablemente, algo tenía que ver ella en todo eso.
-o-
Tranquilamente, el repartidor se apeó de la camioneta llevando en los brazos aquella planilla de registros. Rodeó el vehículo y abrió la portezuela trasera para buscar, entre la cantidad de paquetes, el que debía dejar en esa dirección. Para la señora March siempre era una caja pequeña, con rótulos del extranjero, una vez cada quince días. Le había traído el correo con esa misma regularidad por casi dos años, y esa semana no sería la excepción.
Cerró la portezuela con un empujón, y anotó algo en la planilla digital.
Al verlo en la calle, con su uniforme color caqui con los logotipos de la empresa y esa gorra negra con bordados en tonos de oro, cualquiera pensaría sin problema que era un simple trabajador, un ser humano más desenvolviéndose en su día a día, lidiando con sus propios problemas.
Sólo unos pocos podrían decir lo que él era, pero jamás a simple vista.
Con un suspiro algo inquieto, el hombre alzó el rostro para mirar el cielo nublado, hacia las nubes se arremolinaban de una manera extraña. Su olfato no le advirtió nada interesante. Pero con los años había desarrollado un sexto sentido particular para percibir los problemas. El ambiente se sentía alborotado.
Algo parecía haber sucedido. Estaba consciente de que los Dioses, esos malditos orgullosos, caminaban por la tierra buscando a los que eran como él para aniquilarlos. Durante años había sobrevivido en relativa seguridad, a sabiendas de que ellos se habían calmado…
¿Estaban activos cerca de su territorio?
Lo sintió en el aire.
Le pareció ver una lechuza de granero pasar volando sobre los techos…
Meneó la cabeza y se bajó del camión, tratando de solo pensar en su trabajo y no en augurios. Si fuera peligroso o acuciante, lo hubiera sentido. A lo largo de los muchos años de su vida, casi que toda acción que tomaba era Había escogido ese empleo porque le permitía viajar entre ciudades, y era fácil utilizarlo como coartada cuando necesitaba salir a cazar. Un empleo soñado, aunque alguien como él no necesitaba trabajar para vivir. Sólo quería que los Dioses le dejaran en paz, para el resto de su vida inmortal. ¿Podía lograr eso, fingiendo que era humano otra vez? ¿Era mucho pedir? Había aprendido la lección, se estaba manteniendo al margen, lejos de los problemas. Y aunque la comida humana estaba bien y le satisfacía, no era SUFICIENTE y de vez en cuando necesitaba cazar algo más sustancial.
Como la presa de la noche anterior. Nada mejor que unos cuantos kilos de carne para meter en el congelador, suficiente para unas dos semanas si lograba racionarla apropiadamente.
«No pienses en ello.» se dijo, con un suspiro resignado.
Abandonó el lado del vehículo, y caminó hacia la cafetería para entregar el paquete que la anciana dueña esperaba tan ansiosamente. Su casa estaba a media calle, en uno de los edificios nuevos del bloque. Por lo general, solía desayunar mañana de por medio en la tienda de la señora March. Como cada vez que aparecía con el correo, ella salió a recibirle con el paquete de bizcochos que siempre le obsequiaba por su atención.
Era su cliente regular y repartidor de confianza.
—Su correo, señora March —la saludó con una pequeña sonrisa, amable.
La ancianita recibió la pequeña caja con una gran alegría en la mirada.
—Oh, Lance, ¡Muchas gracias!... realmente, eres un sol, cariño —le agradeció ella, y el joven se inclinó para recibir un beso en la mejilla, como la cariñosa felicitación de una tía muy querida—. ¡Haces que mi corazón salte de emoción cada vez!
—No es nada, señora March —respondió, y le puso al alcance de la mano la planilla digital para que la mujer firmara por la recepción del paquete—. Su hijo se preocupa mucho por usted, a él debería agradecerle.
La anciana tomó el lápiz óptico y escribió en la superficie sensible.
—¿De dónde viene el paquete esta vez? —preguntó, con alegría.
—Por las estampillas, creo que directo desde el Congo y con dos semanas de diferencia. ¿Aún continúa con su investigación sobre los insectos? —comentó él, con tono tranquilo, y la señora March asintió con la cabeza, orgullosa— Debe ser muy interesante, no puedo adivinar de dónde vendrá el siguiente paquete.
—Ni yo, eso es lo más apasionante del asunto.
La dueña del café le entregó los bizcochos de cortesía, y con otra sonrisa, el hombre saludó y levantó la mano para saludar a la nieta de la anciana, quien trabajaba detrás de la barra a toda máquina con las cafeteras. Abandonó el lugar con un pálpito agradable en el corazón, momentáneamente olvidándose de la aprensión que había sentido antes, de esa lechuza dorada solitaria y de todos sus malos pensamientos.
Se subió al camión, y verificó en la planilla digital la siguiente dirección. Era a unas calles de allí, no demasiado lejos.
Vivir entre los humanos, otra vez...
Desde tiempos que ya no podía recordar, era su deseo más anhelado.
-o-
Se pasó, por un lado del rostro, el antebrazo embutido en una chaqueta de cuero; pero lo único que consiguió fue que la mancha de sangre resecándose en su cabeza se esparciera un poco más por su rostro.
Dio un gruñido de exasperación.
No que no estuviera acostumbrado al sabor, olor y textura de la sangre en él, todo guerrero que se respete debía estarlo; pero es que en la actualidad no era tan bien visto un tipo que anduviera por ahí, poco después del amanecer, con sangre en la ropa y en la piel. Esa era una de las tantas cosas que extrañaba de los tiempos antiguos.
Al menos, pronto llegaría a uno de los lugares donde no solo podía dejar de tener esa forma humana que podía ser útil, pero lo hacía sentir encerrado en su misma cabeza…
… Sintió esas presencias tan de repente, que su primera reacción fue empezar a transformarse a su verdadera forma. Miró hacia la entrada de una casa al parecer deshabitada a del otro lado de la calle, y supo que él lo esperaba.
Minos cerró los ojos y bufó bestialmente varias veces mientras el cabello en su cuello, inicio de los cuernos en la cabeza y la deformación de la nariz volvían a parecer humanas.
Luego esperó a que una moto terminara de pasar por la prácticamente desierta y muy bacheada calle, y trotó hacia la casa deshabitada donde les esperaba. Adentro, la luz casi no se filtraba porque las ventanas estaban muy sucias. A ella la miró a unos dos metros de él, al frente, pero no le hizo ninguna reverencia porque, frente al otro, que alguien tuviera una consideración de honor que no fuera a él, era castigado.
Casi imperceptiblemente, le hizo una bajada de párpados como venia y, luego, fue hacia él. Estaba despatarrado en un sofá del color de la sangre, que desentonaba en la casa derruida y graffiteada.
—¿Por qué no me extraña que estés yendo a un bar antes de entregarme el vellocino? —le dijo con un tono tranquilo en la voz.
Minos frunció el ceño, sintiendo un temor que empezaba a revolverle el estómago. Para las personas que trataban con él y los que vieran la forma en que le dirigieron la mirada, se darían cuenta de que sus palabras no estaban siendo hechas con tranquilidad, sino todo lo contrario.
—Señor, yo iba a uno de sus bares, no iba a… —empezó a decir, haciendo lo posible para aparentar la debilidad que estaba teniendo en su presencia.
Apenas pudo controlar un grito en su garganta cuando él apareció al frente suyo, más bajo y delgado, pero mucho más imponente. El dios tiró de él como si fuera un muñeco, y cogió el salveque que llevaba al hombro. Minos sintió como la adrenalina lo inundó, listo para «luchar o escapar». Por eso le costó mantenerse quieto, sabía que si se movía, solo conseguiría un golpe de su señor.
El otro simplemente miró dentro del salveque, donde estaba el vellocino de oro, y lo tiró sin mirar hacia la otra diosa. La precisión en su movimiento tuvo su igual en la forma de atrapar de la otra. Luego, Minos tuvo que aguantar la mirada que le dio, una mirada brillante y que prometía dolor y disfrute por éste… y que se fue junto a la deidad cuando volvió a su sillón.
—Hazle la magia para que no pueda ser rastreado —le dijo a la otra, como si ella fuera una más de sus servidores.
La mujer asintió, y desapareció con la prenda sin decir una palabra. El no tener esa aura también ese lugar, relajó, solo un poco, a Minos; que esperó en su posición de firmes a las instrucciones para él.
El otro rió por un instante, calladamente.
—¿Por qué no puedes ser un alcohólico que se respete y llevar una petaca contigo?
No contestó ni hizo algún gesto, aunque sintió el dolor en su orgullo. Los que lo conocían sabían que su adicción era un tema espinoso para él.
—Vete antes de que empieces con la abstinencia frente a mí… Te llamaré para la siguiente misión.
Y desapareció. Minos se curvó sobre sí mismo y respiró rápidamente, como si hubiera estado peleando. Siempre terminaba así después de sus encuentros, la gran mayoría de los acólitos de él también. El solo mantener la compostura delante de su señor, era una prueba más de valentía para la mayoría de ellos.
—Maldito seas —dijo entre dientes, saliendo del lugar.
Lo que más odiaba no era que jugara poniendo el dedo en la llaga al recordarle su adicción, sino que tuviera que ir al bar porque empezaba a sentir el desasosiego y dolor latente en todo el cuerpo.
-o-
Atenea miró la hora en su teléfono celular. Aunque no correspondía con la de ese lugar (siempre usaba la hora UTC) hizo el cálculo mental rápidamente, y supo que había estado ahí por dos horas y trece minutos. La agenda mental tuvo que ser meticulosamente reorganizada, y sabía que lo necesitaría aún más. Algo le decía que iba a pasar mucho tiempo haciéndose cargo de esa misión.
Dio una vuelta sobre su eje, mirando al cielo. No, ninguna de sus aves la llamaba. Lo sabía, pero una parte de sí quería corroborarlo. Dio un suspiro y, con los brazos cruzados y un pie tarareando nerviosamente, miró hacia abajo. En el callejón dos personas del IMI (Instituto del Manejo de Información) estaban «limpiando» la escena del crimen o, mejor dicho, haciendo parecer que nada había pasado ahí.
—¿A dónde enviamos las pruebas? —le preguntó Mnemosine, en griego antiguo.
La diosa de la memoria se había aparecido a la par de Atenea. Era una mujer hermosa, aunque cualquiera que le viera, se daría cuenta de que no era común. Medía casi 1,90m de altura y vestía con una toga blanca griega y tenía un intricado moño de peinado. El cabello oscuro y brillante, ribeteado de algunas pocas canas, contrastaban con sus ojos grises y de apariencia cansada pero por todo lo demás, físicamente, era perfecta. Cuerpo esbelto, de apariencia sana. Las facciones algo afiladas, de boca llena… y un algo resplandeciente en su piel bronceada, que parecía de cierta manera antinatural.
Antes, Mnemosine y su séquito eran los únicos que se hacían cargo del manejo de la información de todo tipo para el panteón. Sin embargo, cuando fueron conscientes que el secreto de su existencia era su mayor arma para sobrevivir, se decidió que ella se consorteara con Hipnos. Así, sus séquitos también se unieron, y fueron ampliados por la progenie de ellos dos. De esa unión estratégica nació la IMI, tal vez una de las más amplias y ocupadas «divisiones». Cambiar los recuerdos de los humanos no iniciados, ser usados para interrogaciones y reconstrucciones (o destrucciones) de hechos, archivar todo tipo de información y, algunas veces, hasta análisis de la misma con fin de predicción del futuro… El IMI era de las funciones más importantes y prácticas del panteón.
Atenea miró hacia ella. Sabía que Mnemosine hacía ese tipo de trabajos, en que tenía que salir de la gran biblioteca, solo para pocas personas que estimaba. Solo recordar eso, la hizo suavizar la expresión antes de decir:
—Prefiero que lo envíen al Hospital Olímpico, como la de los otros dos… No quiero que ningún asentamiento se vea envuelto en esta investigación.
Mnemosine asintió.
—Eso creí.
No se hablaron por unos segundos, aunque ambas tenían esa sensación de que sabían porqué Mnemosine aún no se iba.
—Te dejaré usar mi energía por esta misión.
Atenea sonrió. Ya lo sabía. Mnemosine solía darle ese regalo cuando sentía que ella estaba en un momento de necesidad.
—Gracias.
La diosa de la inteligencia y estrategia bélica sintió la mano en su hombro, pero cuando iba a mirar a Mnemosine con una sonrisa, ella ya había desaparecido junto a sus personeros.
Atenea se quedó en el techo del pequeño edificio ruinoso, mirando hacia el cielo a medias despejado. El viento movía un poco su cabello. Aunque estaba totalmente quieta, con los brazos cruzados, su mente seguía trabajando en mil temas a la vez: los tritones de hielo, el asentamiento siete en Rusia, las mareas extrañas en el océano índico…
En cuanto a lo que la mantenía ahí, empezaba a pensar que debía llamar a los hijos de Hefesto (los llamados geeks) para que hicieron un mapeo satelital de energía. Las otras efigies habían perdido su hechizo rastreador a menos de media hora de ser robados, éste no debía ser la excepción. Por otro lado, en ese caso había iguales posibilidades de que los perpetradores usaran formas humanas de movilizarse, como formas divinas. Sabía que pedir rastreo de energía por satélite era un movimiento desesperado. Podrían, claro, encontrar fácilmente el aura de energía en ese lugar si era suficientemente poderosa, pero ¿Rastrear a donde fue a dar esa energía? Por lo menos días de búsqueda, si tenían suerte de encontrarla, claro…
—Padre no está muy contento contigo en este momento —le dijo de repente una voz divertida a la par.
Atenea no se extrañó, y puso los ojos en blanco. Se podría poner a pensar en las maneras en que su padre supo tan rápido (a 3 horas y 42 minutos después de que ella lo supiera, según su teléfono celular), pero daba igual. Esperó por el mensaje en silencio.
—Le diste a uno de tus humanos el Vellocino de Oro, y ahora tu humano está siendo digerido por quién sabe qué estómago. ¡Oh! y el Vellocino desapareció.
Tenía que reconocerle a Hermes que tenía talento para resumir las situaciones con la mayor ironía posible.
—Eso no importa. Lo encontraré, rasgaré su estómago y lo veré morir en medio del terrible dolor —le respondió.
Aunque su voz parecía calmada, Hermes pudo sentir esa fuerza acerada y monótona clásica de ella cuando apenas podía controlar sus emociones. Y, por alguna razón, el mensajero se sonrió.
—No entiendo cómo, siendo la Diosa de la Sabiduría, insistes tanto en meterte con los acólitos, tratar de salvarlos, preocuparte por sus… no sé, sus familias y eso.
—Soy una Diosa, debo hacerlo para sobrevivir. Ya sabes, ser alguien a quien los humanos le recen... —dijo rápidamente. Muchos le preguntaban cosas parecidas todo el tiempo— Algunos entendemos que eso nos da la energía para seguir viviendo y tener poder.
Atenea lo encaró entonces, esperando su respuesta. Hermes se veía como un hermoso joven, que parecía apenas estar terminando la adolescencia. Llevaba los bucles más largos de lo que deberían ser, produciendo una melena casi leonina en su cabello. Él evitó su mirada y se movió hacia el filo del edificio y subió un poco en el aire, flotando ligeramente. Atenea miró sus tenis con dibujos de alas parecían tan comunes como cualquier cosa, por pura inercia. Cuando sonrió de nuevo, el muchacho parecía un poco melancólico.
—No lo sé, hermana. Ser el Patrono de los viajeros, comerciantes y ladrones no es como contigo. No son precisamente las personas más fieles. Sólo piden ayuda cuando en serio están en apuros, y nunca agradecen en verdad...
Atenea se encogió de hombros. Hacía mucho había aprendido a no dar por hecho que alguien la venerara... con que le agradecieran, era más que suficiente para ella. Aún así, siempre se terminara metiendo en ese tipo de problemas, como el que necesitaba resolver urgentemente. Bueno, sí, tal vez ella fuera una de las Diosas más inteligentes, pero saber y saber escoger eran dos cosas diferentes. Miró por encima de la nada, como estaba haciendo Hermes. Una lechuza dorada dio un grito que sólo ellos pudieron oír.
Habían encontrado algo.
-o-
El hombre cerró la puerta del camioncito después de estacionar frente a su siguiente destino de entrega, pensando en un millón de cosas. No obstante, la mente le quedó en blanco cuando vislumbró al otro lado de la calle a una mujer embarazada que esperaba para poder cruzar, y el instinto le provocó deseos de ayudarla. Desde que tenía memoria, las embarazadas le picaban en su lado sensible y no podía resistirse a echarles una mano. Y ver bebés o niños pequeños le hacía sentir un cosquilleo agradable en el estómago sólo por contemplarles. Vida plena, ya florecida en el mundo o a punto de florecer. Era un milagro biológico, y lo sabía, pero no dejaba de haber algo de divino en todo eso. Tanta grandiosidad… las mujeres humanas no se daban cuenta, pero una parte de la dádiva de los Dioses les había sido otorgada: la capacidad de formar y contener a la vida dentro de sus cuerpos. Ayudó a la embarazada a cruzar, y la despidió con un saludo amable.
La mujer se volvió varias veces a mirarle, sonriendo, mientras se iba.
Eso pasaba a menudo. Las humanas siempre se quedaban fascinadas con él.
Es que tal vez, con sus ojos azul profundo y ese cabello rubio, corto y bien parado sobre la frente, era lo que podía decirse un humano atractivo. Se sentía indigno a veces, cuando su instinto le pedía en ruegos que ayudara a los desvalidos, y su bestia interior quería tragárselos.
Trató con todas sus fuerzas de no pensar en ello, era en vano.
Abrió la portezuela trasera del camioncito y empezó a revisar paquetes de nuevo.
Un viento arremolinado le sopló en la nuca, por debajo de la gorra, y todos los pelillos del cuerpo se le erizaron. Se sintió embargado por un sentimiento espantoso, un poder desconcertante… se volvió sobre su hombro y vio a un muchacho, más bajo que él y mucho más joven, vestido con ropa de calle.
—¿En qué te puedo ayudar? —le preguntó, servicialmente.
Pero en sus ojos había una amenaza muy evidente.
Ese chico no era un humano cualquiera.
El joven de cabellos rizados le sonrió.
—Mira, me gusta tu estilo; pero, la verdad, la pregunta más bien es ¿En qué puedo ayudarte YO, mi amigo? Dime, ¿Anoche te alimentaste en tu forma bestial, por casualidad?
El repartidor frunció el ceño ante la mención de su otro ser, el que nadie conocía.
—¿Quién rayos eres tú? —le preguntó, sacando su lado más animal a relucir.
El jovencito siguió sonriendo. Alzó las manos al frente y dio dos pasos atrás.
—¡Wuo, wuo, wuo... tranquilo, tranquilo! Eres un mensajero, llevas cosas de allá para acá, ¿No? Pues, tienes suerte, yo soy tu Patrono —le explicó, como quien dice que es arquitecto o periodista—. Y ahora responde, Licaón de Acadia, —y súbitamente dejó de sonreír, su mirada se hizo tan astuta que hasta parecía algo ligeramente perverso—, dime… ¿Te alimentaste en tu forma bestial, o no?
El repartidor se tensó.
¿Cuánto tiempo, exactamente, hacía que nadie le llamaba con ese nombre?
El nombre que aparecía maldito en todos los mitos.
Tragó saliva, y el nombre de ese joven de aspecto tan inofensivo le llegó a la lengua:
—Hermes —murmuró, con un siseo venenoso—. No... si tanto me conoces, deberías saberlo. No he probado la carne de un humano ordinario en más de dos mil quinientos años. —le juró, parándose muy derecho ante él.
¿Qué le pasaba a ese mocoso? ¿Era el heraldo de una emboscada? ¿Acaso todo aquello era un juego para los Olímpicos? Todos iguales, ellos eran todos iguales, aunque fuera un simple mensajero como Hermes. Todos odiosos, conspiradores, desgraciados, envidiosos, sanguinarios, burlones...
Tan o más imperfectos que los humanos mismos.
—Tranquilo, cachorro, sé que tú no tienes esos apetitos; pero no soy Patrono de tu... «mascota», por así decirlo. Como sea, ¿Podría darte un apretón de manos, sólo para estar seguros? —y le tendió la derecha tranquilamente, con un asentamiento de cabeza como diciendo «confía en mi»— Es para evitar un mal mayor, créeme.
Licaón de Acadia retrocedió un paso, al principio.
—... ¿Has venido solo, Hermes? —inquirió, ya casi seguro de que era una trampa.
Hermes sonrió ligeramente, travieso.
—Eh, ah... bueno, así como solo-solo, pues… no, pero… —de repente, Hermes palideció. Presintió las alteraciones en el ambiente mucho mejor de lo que su «protegido» las podía percibir, y decidió ser más proactivo. En lugar de simplemente tomar la mano de Licaón, le agarró por la muñeca y fue capaz de ver todo lo que había sucedido con él en los últimos cinco días, en el breve período de un simple roce de pocos segundos.
Y justo después de eso, lo abrazó sorpresivamente, para desaparecer juntos.
Los búhos de Atenea alcanzaron el lugar sólo unos milisegundos después, y chillaron con descontento al no hallar nada en el lugar donde esperaban tener a su presa.
