CAPÍTULO 2

Atenea se extrañó un poco de que Hermes hubiera seguido volando, con su increíble velocidad, a los búhos; cuando ella se aparecía, gracias a los poderes de él, frente a una cafetería de barrio. Sin embargo, dado que su hermano menor nunca había sido muy consecuente en el orden de sus actividades y en la importancia de ellas, se imaginó que bien podría estar dejándole un recado a Démeter, yendo a comer un panqueque de Hestia o a uno de los bares de Dionisios a dejar salir su lado fálico… Sí, Hermes era de los dioses en los que menos debía poner su cabeza.

—Oh, lo siento —le dijo a una mujer que había chocado con ella por estar hablando por teléfono. Las apariciones descuidadas, como esa, podía acarrear ese tipo de accidentes. Sin embargo, la mujer apenas la miró, registró su existencia, y siguió su camino.

Atenea miró el escaparate de la panadería, en la planta baja de un pequeño edificio de apartamentos recién pintado con colores amarillentos. Tenía un dibujo de un panal de abejas cuya miel escribía en cursiva: «La miel de Maggy». Adentro, un pequeño pero acogedor lugar con cuatro mesas dobles esperaba por ella.

Entró, unas campanillas la siguieron, y la anciana en la caja la miró y sonrió.

—¿En qué la puedo servir?

La diosa de la estrategia bélica vio el aparador y pidió tres postres y café. Quería sentarse a la mesa, no a comer, claro; sino a reunir información. Aún cuando no era «fresca» podía sentir esa perturbación, esa sensación de que un aura fuerte perteneciente a un híbrido (como les decían a los seres con características humanas y de animales) estuvo ahí.

Se sentó a una mesa con una bandeja en las manos. Escogió esa porque era la que tenía mejor vista a las salidas y al local. Oyó el cantar de la lechuza, que se había quedado posada en la azotea del edificio, que le avisaba que se iba a seguir buscando rastros.

Comiendo lentamente un tiramisú con la cucharita, cerró los ojos, para concentrarse tanto que ni pensó un instante en como pudo haber sido un tiramisú perfecto.

El lugar se le presentó en la mente como era, pero con ciertas brumas alrededor de las personas. La señora que la atendió, alguien en la cocina, dos clientes en una mesa y ella misma. Sin embargo, al concentrarse más, pudo «ver» todo ese lugar en brumas. Las energías dejan un rastro de ellas a donde fuera que hubiera ido su poseedor. Como si se trataran de humo, con el tiempo se van disipando. Atenea quería «devolver» mentalmente ese proceso, con la ayuda del poder de Mnemosine, para saber del aura del híbrido que estaba investigando.

Unos minutos después, terminando de comer el tiramisú lentamente, se concentró en ese momento. Era muy de mañana, solo estaban la señora que la atendió y el híbrido. Se concentró más, mientras iba a por el tres leches. Vio que en su forma humana tenía cabello rubio, de rasgos muy atractivos, y que despertaba simpatía y cariño en la señora. El hombre la trataba genuinamente ameno, también con cariño y tranquilidad. Atenea se extrañó, porque también vio que dentro de ese aparente cartero estaba la esencia de una bestia, muy posiblemente canina.

Todo era extraño. La reacción de la señora, el proceder del hombre… y más, como se sentía esa aura, por más que tuviera un instinto animal dentro. No era algo que Atenea pudiera entender con solo un vistazo, y eso fue precisamente lo que la hizo sonreír. Encontrarse con algo que no entendiera al instante siempre era muy refrescante.

Abrió los ojos y comió con la rapidez habitual lo que le quedaba de los postres. Sabía que un cliente la miraba, como la señora que atendía el local, pero no le importó. Los humanos siempre sentían esa como fascinación por las deidades, más si a sus ojos eran muy de buen ver y se comportaban extraño, como ella lo hizo por esos minutos.

Mientras una señora con niños entraban en el lugar, Atenea estaba más concentrada en recordar quién podría ser el poseedor de esa aura tan antigua y canina. Aunque era la opción más lógica, al contrastar lo que pudo ver del hombre y su aura con los reportes de la manada local, no había ninguna coincidencia.

—¿Le traigo algo más, señorita?

Atenea se limpió los labios con la servilleta y la miró. La mujer era sonriente y amable por naturaleza, al parecer. Se puso en pie, sacó una billetera que acaba de aparecer, de su bolsillo posterior, y puso un billete en la mesa.

—El ambiente de su lugar es muy agradable.

—¡Oh, gracias querida!

La diosa asintió, sonrió y salió de ahí mientras se contactaba con héroes en otras misiones, para saber cómo iban las cosas. Los monstruos no se van a asesinar solos…

-o-

Aparecieron en la inmensidad del cielo, tan alto que los edificios se veían casi como puntitos diminutos allá abajo. Le costaba respirar y la primera reacción de Licaón a todo eso fue empujar al mocoso que lo tenía abrazado, pero el horror le ganó al saberse suspendido en las alturas, a quién sabía cuántos cientos de metros de la tierra firme. Abrió mucho los ojos, y un grito se le atascó en la garganta.

Cuando logró respirar y hablar, exclamó:

—¿QUÉ HACES? ¡SUÉLTAME! ¡MALDITA SEA, BÁJAME AHORA!

Trató de zafarse de su agarre, con los ojos fuertemente cerrados... Se encontró golpeando el césped fragante con la cara y cuando volvió a mirar, se descubrió en un lugar muy distinto, no menos conocido. Era la orilla de la autopista, al otro lado de la ciudad respecto al lugar donde él estaba anteriormente.

—¿¡Qué demo...! ¿¡Cómo rayos llegamos aquí! ¡Explícame lo que pasa de una vez, Hermes, o si no...! —le amenazó, arrancándose la gorra de la cabeza con tremenda impaciencia.

Hermes lo miró con una seriedad que parecía mucho más severa, enorme y sagrada de lo que la sonrisa y mirada divertida que le siguió le hicieron a su expresión:

—¡Hey, Lassie! Respeta a tus mayores. —se sentó en la banquina de la carretera, como si lo estuviera haciendo en el sillón más mullido de su propia casa—. Te diré algo, Atenea está cabreada contigo y como tú eres mi protegido, ipso facto... te protejo.

Ese nombre le sonó mucho peor sólo de recordar que Zeus era el padre de ella.

Y de paso, Zeus también era el padre de Hermes.

De pronto, ese muchacho de cabellos rizados y ojos risueños le caía todavía peor. Lo único que pudo hacer para ocultar su descontento fue morderse la lengua y tragarse un gruñido animal. Se llevó las manos a la cintura, frustrado.

Genial, las cosas mejoraban de a pares.

—… ¿Atenea? —repitió, como quien habla de una conocida sin importancia, y no de una de las Diosas más prominentes del panteón grecorromano— ¿Y qué pasa con esa mujer? Mira, si no te molesta, tengo toda una ruta qué completar, así que agradecería que me lleves de vuelta a mi camión y te largues de mi vista, dejándome en paz de ser posible por siempre… —rebuznó Licaón, con todos los nervios a flor de piel.

Lo ÚNICO que le faltaba...

Como si haberse escondido de Artemisa (la Cazadora) por años, no fuera suficiente, ¡Ahora ÉSA!

Tuvo que añadirlo, para que quedara bien claro:

—... yo no he hecho nada, así que déjame tranquilo.

Hermes se puso en pie en un parpadeo y se sitió a unos centímetros de su rostro tan rápido, que Licaón no lo pudo ver hasta que no lo tuvo casi encima. El jovencito lo miró como si lo quisiera traspasar con el fulgor antinatural de sus ojos azul claro y luego, rió:

—¡Hombre, en serio que me gusta tu estilo! —le dio una palmada en el hombro, que parecía suave pero que en verdad fue fuerte—. Si quieres vértelas con ella, solo y con esa actitud, después de haber desairado mi oferta de protección de esa manera, la verdad que me quedaré viendo el espectáculo. No sé, de pronto ver a Atenea hacer eso de «desagarrar tu estómago mientras sigues vivo» suena MUY tentador.

El otro le gruñó en la cara, mostrándole unos dientes afilados, muy blancos.

Y cuatro feroces colmillos, más largos y puntiagudos que los de un humano normal.

—No me importa lo que esa zorra de Atenea quiera. Es hija del tipo que me dejó así, por mí... —se encogió de hombros, molesto—. Si no piensas ayudarme, entonces, me iré caminando hasta mi camión. Pavada de Dioses están hechos, en vez de ayudar a la gente sólo les causan más problemas.

Y sin más, Licaón echó a caminar en sentido contrario a la carretera, regresando a la ciudad. Su día sólo acababa de ponerse mejor. Ahora, tenía a la Diosa de la Sabiduría y la Guerra buscándole, quién sabe por qué.

Ni siquiera se lo había preguntado a Hermes.

No le interesaba.

Sólo quería que le dejaran tranquilo, ya se habían burlado lo suficiente de él.

—¿Sabes...? Creo que tener más de 3000 años de vida te ha convertido en un suicida —le dijo Hermes, después de correr en el aire menos de un segundo para darle alcance, flotando suavemente a su lado. Luego de darle a Licaón unos pocos minutos para pensar qué haría a continuación, añadió—: Pero te diré que hay mejores formas de morir que en manos de mi hermana.

—... encima, eso —murmuró Licaón, convencido de que su suerte mejoraba a cada minuto—. Al menos, si voy a morirme, dime por qué.

—Porque uno de sus Héroes fue parcialmente devorado por aquí cerca, y tú… quiero decir, tu «mascota», es el ser sobrenatural-barra-híbrido más cercano a la escena que pudo, o no, hacer algo como eso. En este momento, Licaón de Acadia, eres el enemigo público número uno —le explicó, sonriéndose al ver que algo le interesaba a su arisco protegido.

Licaón se detuvo. Unos camiones de combustible pasaron en la carretera, y Hermes se apoyó ligeramente en el suelo para que nadie lo viera flotar en el aire. Los ojos del acusado se volvieron tan oscuros que casi se convirtieron en negros.

—¡Esa maldita bruja! —escupió, con los dientes apretados— ¡Pues ve, y dile que yo no he sido! Es lo único que me falta, que ahora me castiguen también por lo que NO hice. ¿Quién era el precioso Héroe que terminó masticado?

Mencionó al Héroe con un desprecio que casi hizo reír a Hermes. Al no obtener una respuesta inmediata, Licaón volvió a caminar en la dirección hacia donde creía que estaba su camión. El Patrono de los Mensajeros lo siguió dando pasos en lugar de volar.

Era tan tedioso, ¿Cómo se las arreglaban los humanos, caminando siempre?

—Un semidivino. Su misión era salvar a su madre, mitad dríade, de un cíclope salvaje que la tiene capturada en algún punto de esta ciudad... y, de paso, vengar una masacre que los mortales creían que fue un incendio, hace unas semanas. ¿Te suena lo del edificio Olympic Tower?

—… y cómo no. Supongo que cualquier cosa con ese nombre, seguro les pertenece a ustedes.

Hermes se encogió un poco de hombros, como si fuera algo sin importancia.

—Atenea está cabreada —continuó Hermes, con tranquilidad—. Ella siempre se cabrea cuando le tocan a sus protegidos, y si por ello los grandes planes finamente creados en su cabeza no resultan como los calculó.

Licaón puso los ojos en blanco.

—Al demonio, ¿O sea que estoy fregado? —dijo, en un cacareo.

¡Eso era tan injusto! ¡Por primera vez en la vida, era inocente!

Tenía que haber una manera de revertirlo.

Pero, ¿Qué, posiblemente, podría hacer él contra una Diosa enfurecida?

Debía pensar en algo, ¡Vamos! No por nada había sido conocido como un gran rey de la raza humana, un gobernante inteligente y estratega famoso. Pero claro, los mitos se salteaban esa parte, iban directamente al asunto de su desafío a Zeus y cuando ese grandísimo hijo de puta lo convirtió en el símbolo de todo lo más bajo y desagradable.

Se acordó que, curiosamente, tenía un Dios Olímpico al lado.

Se volvió hacia Hermes y lo agarró con un puño por el cuello de su chaqueta deportiva, atrayéndolo hacia su persona en un gesto bravucón:

—Hermes, tú me vas a sacar de esto. Como mi Patrono que dices que eres, me lo debes.

Hermes sonrió con demasía, en un gesto que no demostraba risa:

—Hm, ¿Sabes? Por lo general evito meterme en problemas con gente como ella, y Atenea puede ser todo lo inteligente que quieras, pero también es un poco voluble... lo sacó de nuestro padre —comentó, apelando a su infinito conocimiento de los secretos más oscuros sobre todos los Dioses del Panteón—. Me imagino que si… bueno, ya sabes, si encuentras tú primero al que se masticó a su preciado Héroe, ella te agradecerá y harás puntos con mi familia. Los necesitas, ¿Cierto?

Licaón entrecerró los párpados, sus cristalinos ojos azules brillando de ira.

—... Hermes, te pedí una solución, no otro problema. —ladró, mostrándole sus colmillos animales, la única cosa que delataba su costado oculto.

Hermes se volvió a reír, y le dio una palmadita en el hombro, aún colgado del agarre que el otro tenía sobre su ropa:

—¡Wuo! ¡Tú me pediste! —repitió, con una carcajada— ¡Creo que nos vamos entendiendo! Siendo así, y viendo que estás TAN DISPUESTO a hacer LO QUE SEA para solucionar este "malentendido", creo que todavía tenemos el plan B: te llevo con Atenea, ella te da la mano e indaga en tus recuerdos, y ve que eres un inocente cachorro… sólo así te dejará en paz.

Licaón soltó al muchacho y volvió a retroceder un paso, todavía molesto.

El Patrono de los Comerciantes, Mensajeros y Ladrones se metió las manos en los bolsillos de su chaqueta deportiva, con la confianza de haber ganado la partida aún antes de escuchar la respuesta.

—Así que, Licaón… ¿Qué vas a hacer? —le preguntó, formalmente.

-o-

Salió de ese cuarto, aún se tambaleaba un poco. Estaba en la forma natural de él, con la cabeza de toro al «aire», y se sentía libre… mareado, atontado, pero satisfecho y libre.

Podía oír las risas, gemidos y llamadas que las ménades le hacían a su espalda, las tres, en ese cuarto al que había entrado… no sabía ni hacía cuanto. Sin embargo, en su mente difusa y sin ataduras, era consciente de que si volvía, debía pagar y se haría aún más tarde.

Alguien lo abrazó de lado para que no se cayera, cuando intentó apoyarse en una pared que, al parecer, se alejaba de su mano. Minos rió y la persona que la ayudaba también. Era un varón, alto. Quiso precisar quién era al mirarlo, pero mientras intentaba agudizar la vista, las luces y colores se hacían más fuertes, y junto al olor de ese lugar y el ruido, prefería volver a cerrar un poco los ojos a sentirse tan abrumado.

No supo qué se quisieron decir, mientras los dos se seguían riendo. De repente, el darse cuenta de la sensación de que algo tocaba su trasero, lo hizo sobresaltarse un poco. Pero al abrir los ojos de nuevo, se dio cuenta de que lo habían sentado a la barra. Rió otro poco por su primera reacción.

—¡Ey, Ey! Toma de esto… ¡Que tomes de esto! —le gritó alguien, moviendo algo lentamente frente a él. Le costó hacer que sus manos llegaran hacia el objetivo, tanto que alguien se la tomó para ayudarle a llegar a la botella.

Tomó el líquido y, rápidamente, se sintió más conectado a sí mismo, dueño de su cuerpo. Sí, seguía sintiéndose feliz, despreocupado, pero no tanto como antes.

—¡Hombre! Las ménades… —dijo entonces, mirando al bartender que le había dado la nueva droga— Esas putas locas en verdad lo dejan a uno fuera de sí.

El tipo, un hombre alto y barrigudo con grandes brazos y un ojo falso, asintió mientras le buscaba una botella.

—Sí… por cierto, necesito el doble, que te quedaste dos horas con ellas.

Minos miró su reloj y maldijo. Sacó su billetera y se dio cuenta de que no le alcanzaba para la segunda botella. Tendría que robar algo para la dosis de la mañana del día siguiente, y para enviar un poco de dinero a las casas de sus hembras e hijos. En serio necesitaba una nueva misión pronto.

—Solo una botella…

—Lo imaginé.

Minos gruñó algo mientras tiraba los billetes en la barra.

—Y una petaca.

—Ya te habías tardado…

—¡Calla esa maldita boca, Dom! —gritó, de malas.

El bartender solo rió mientras buscaba una pequeña petaca a la que, sin embargo, pudo echar toda una botella de licor de Dionisios. Se la dio, Minos la guardó en el pantalón que, hasta ese momento, se dio cuenta de que no estaba bien puesto. Se subió la cremallera, mejoró la posición del cinturón y justo cuando estaba enmascarando su cabeza a la de un humano para irse, la llamada llegó a su cabeza.

¡Maldito fuera! El miedo recorrió su espina dorsal como si él estuviera ahí, en el bar, el algunas de las mesas de pool y escuchando los gritos entre mercenarios y amazonas retándose entre sí alrededor del juego. «Busca a un equipo competente… Nos vamos a Rusia en unos días». La comunicación terminó, y Minos pudo volver a concentrarse en hacer su rostro presentable para los no iniciados. Tomó de la petaca, mientras intentaba precisar qué tipo de equipo necesitaría para ese objetivo en concreto. Al menos, ya sabía que pronto tendría el dinero que esa mañana en el bar le quitó.

-o-

Licaón no tuvo otra opción más que aceptar la cuerda de rescate que le estaba lanzando Hermes.

Es decir, podría haberle dado la espalda y negado rotundamente todo, y haber exigido que lo devolvieran a su vida, pero eso no solucionaría sus problemas. No. Porque Atenea seguramente estaba desplegando toda su fuerza de espías y acólitos (eso se imaginaba) para localizarlo a él, a su triste persona, y matarlo por algo que no había hecho. Por la forma en que Hermes hablaba, ella estaba CONVENCIDA de que él era el culpable.

Como si Zeus ya no le hubiera hecho suficiente daño.

No, no volvería a pasar. Por eso, porque ya consideraba que había aprendido BASTANTE la lección y quería seguir viviendo su aburrida historia sin fin, lo más en paz que pudiera, fue que decidió ir con la corriente y aceptar la propuesta. Sólo era eso, ¿Cierto? Presentarse ante la augusta Diosa, dejar que ella le tocara y viera lo que había estado haciendo la noche anterior…

Y sería libre. Por fin, podía ser libre de irse por su camino.

Hermes lo devolvió a las proximidades de su camión del reparto. Aparecieron al lado del mismo, amparados por la sombra. Nadie les vio llegar, los seres humanos no-iniciados en los ritos del panteón por lo general no eran de prestar mucha atención. Apenas tuvo los pies de nuevo sobre cemento, el licántropo suspiró de alivio y buscó rápidamente las llaves en su cinturón.

—Bien, ¿Tienes otra de tus geniales ideas? —preguntó Licaón— Volvimos donde mi camión, ¿Ahora qué sigue? —el utilitario por lo menos estaba cerrado y no le habían robado la recaudación. Y por si fuera poco, ¡Ya tenía media hora de retraso en su ruta!— El jefe va a querer colgarme de las... —empezó, molesto, hablándose a sí mismo.

Hermes no pudo evitar reírse:

—Tú, que una vez fuiste un rey de miles de personas y centenares de kilómetros de tierras, le temes a un hombre... —comentó, y se rió de nuevo.

—Algunos tenemos que actuar como si fuéramos NORMALES —le recalcó el otro, con un gruñido.

Licaón abrió el vehículo y revisó la hoja de ruta, mientras murmuraba toda clase de refunfuños e improperios.

—Bueno, agradece que hice el camino más corto sin que te dieras cuenta, muchacho... y no, no tengo otra idea —confesó Hermes, ni remotamente tan preocupado como Licaón podía estarlo. Suspiró, y miró hacia el piso, mientras se preguntaba dónde estaba su ilustre hermana mayor. Le había enviado un mensaje mentalmente hacía unos pocos minutos, pidiéndole mesura y calma, y que se apareciera en esas coordenadas exactas para hacer una «prueba de Fe». Ella, que por lo general era muy justa, había aceptado, confiando en la palabra de Hermes. Ahora, ¿Podía decirle eso a Licaón, y esperar que no intentara huir? No. Por lo que decidió callárselo, y esperar—. Pero, mira, tampoco es como si fueras a esconderte de ella por toda la eternidad. Es muy probable que apenas me vaya de aquí, mi hermana sienta la presencia que intento cubrir con la mía y...

Licaón percibió en ese mismo instante un escalofrío atroz que le erizó todos los cabellos de la nuca, cuando su sentido del peligro se activó ante una amenaza que no esperaba. Algo se acercaba, o más bien, ALGUIEN.

Dejó la planilla y todo lo demás en el asiento, y salió del vehículo con todos los sentidos en alerta máxima.

Esa presencia tan fuerte, abrumadora…

—Creo que no es necesario que le sigas escondiendo, Hermes —dijo una voz femenina y fuerte, desde detrás suyo—. Nadie se escapa de mis búhos, no importa a quién tenga delante.

El licántropo se volvió de inmediato, y la encontró sentada en el asiento del conductor de la camioneta, con las piernas hacia fuera, apoyados los talones en el escalón. Un brazo colgado del volante, y el otro, peligrosamente quieto sobre el regazo, con el puño apretado. El instinto le ordenó retroceder tres pasos hacia la calle, íntimamente subyugado por la imperativa figura de la Diosa.

Quizá lo más llamativo de ella era la cabellera rojiza, voluminosa y plagada de rizos, tan larga y frondosa que era una auténtica melena de león. El rostro serio, de facciones suaves, delicadas; preciosas, pero no tanto como otras diosas. Unos ojos dorados muy parecidos a los de las lechuzas miraron a Licaón directo a la cara, con un dejo de acusación. Toda ella exhalaba el aliento divino, más que nada en el tenue brillo que brotaba de su piel levemente bronceada por el fulgor del sol…

Era una mujer de aspecto fuerte, cuerpo fibroso y en forma, bien entrenado. No por ello menos femenina o elegante, pero sí echaba de menos un busto tentador, o una cadera más sensual. Aunque destilaba imponencia natural, la de una guerrera, no era precisamente el prototipo de diosa que los hombres recrearon en esculturas de mármol hacía miles de años.

Atenea. Diosa de la Sabiduría y la Guerra. Como para no reconocer ese pelo.

Él levantó apenas el labio superior, en un gruñido que mostró un colmillo:

—Demonios... —bufó, pero se paró bien derecho, con los brazos cruzados.

Aunque estaba impresionado, levantó la barbilla, en una actitud defensiva y a la vez, ofensiva. Miró con mala cara a la sempiterna figura de la mujer que estaba usurpándole la camioneta, atento a todos sus movimientos. No se dejaría engañar ni sorprender por ninguno de esos dos.

—Entonces… Licaón de Acadia, ¿No? —dijo ella, sin gran asombro.

—¿Qué es lo que quieres, zorra? —reclamó el lobo, sin inmutarse tampoco.

Hermes abrió mucho los ojos y levantó las manos, al percibir en el aire el enfado de su ilustre hermana mayor. Se puso entre él y la mujer, mirando a Licaón a la cara con desesperación:

—¡Wuo! ¡Hombre, no te recomiendo que le hables así! —le dijo Hermes, como si hablara solo con él, aunque la otra bien lo podía oír.

Pero, tal vez ella no les estaba haciendo caso en absoluto, porque sin que ninguno de los dos lo notara, la Diosa ya estaba ocupada en sostener en su palma la mano de Licaón. Su pulsera de metal dorado se convertía, a la vez, en una especie de esposas que lo encadenaron a la muñeca de ella, haciendo que él no se pudiera alejar.

El licántropo realmente no supo qué había sucedido, o cómo.

Atenea cerró los ojos y vio en su vida lo suficiente para averiguar aquello que quería saber, y un poco más. Que en verdad Licaón de Acadia no había hecho nada malo la noche anterior, no más que las monstruosidades a las que una bestia como él debía limitarse regularmente. Lo vio corriendo por el bosque, una silueta difusa, mal definida por la oscuridad, moviéndose muy rápido. Mató un ciervo grande, una presa digna de Artemisa.

Sólo un ciervo. Menos mal.

Hubiera sido muy malo que esa energía cazadora se hubiera volcado hacia un simple humano, así fuera un Héroe.

Lo que sintió, a través de ese apretón, le dejó una impresión bastante duradera. Él no solo era un ser sobrenatural con ciertas extraordinarias capacidades, además, era un buen prospecto de Héroe. Lástima que no fuera una de sus protegidos. Una vez que estuvo satisfecha con sus averiguaciones, la pulsera volvió a su forma original en la muñeca de ella, y Licaón recuperó el control de su cuerpo.

Espantado, volvió a retroceder un paso, esa vez con el cuerpo en tensión:

—¿¡Qué me has hecho, bruja! —le increpó, con rabia, y seguidamente estiró el brazo hacia delante para señalarla acusadoramente con un dedo— ¡Te lo advierto! ¡Si te atreves siquiera a intentar matarme, voy a pelear! No me iré sin luchar, que lo sepas.

Ella sonrió, irónicamente, y miró a su hermano de reojo un instante:

—Ya está, no tienes de qué preocuparte. Yo voy a deleitarme en la muerte del ser que matara a David, y no has sido tú. —le dijo, acercándose, dejándole ver un poco de su grandioso poder en un relampagueo de oro que encendió un instante sus ojos.

En esa sonrisa se leían un poco las posibilidades del porvenir de él, cosas que ella ya estaba pensando a propósito de todo lo que había logrado ver dentro de sus pensamientos y recuerdos.

Lo que había sentido de su parte era más prometedor que cualquier otra cosa.

—… ¿Ya está? —preguntó Licaón, bruscamente, y se frotó la muñeca, donde sentía un evidente ligero ardor— ¿Sin avisar, siquiera? Desgraciada, ¡Quién sabe qué más has visto en mi cabeza! Me siento violado.

Atenea pasó del comentario, y continuó:

—Entonces, ya que evidentemente eres inocente… alguien o algo mató en tu territorio, Héroe; y creo que podrías hacer algo al respecto, ¿No? —le dijo ella, mirando a Licaón con interés. Lo percibía bastante calmado, a pesar de que estaba en presencia de dos de los doce Dioses Olímpicos mayores. Aquel ser debía tener un sentido del coraje aún más grande de lo que había percibido al tocarle—. Después de todo, no me avergüenza admitir que pude haberme precipitado al señalarte como el principal sospechoso, sin hablarlo primero con mi hermano…

La Diosa miró a Hermes, reflejando el disgusto que sentía en el rostro.

Licaón frunció más el ceño, y a su par, Hermes sonreía con culpabilidad.

—… espera, ¿Qué? ¿Ahora soy un Héroe? En dos minutos he pasado de ser el monstruo más buscado a un Héroe. —el licántropo se volvió hacia Hermes y lo agarró por el hombro, amenazadoramente—. ¿De qué se trata todo esto? ¿Acaso no tenían a otro pobre diablo al qué molestar, y me han agarrado a mí de punto?

—¡Por eso te vine a buscar! Eres uno de mis Héroes… bueno, el único, a decir verdad, ¡No podía dejar que, por un malentendido, te mataran! —le dijo el muchacho, entre sonrisitas apenadas.

Atenea miró a uno y al otro, sin entender muy bien el motivo de sus dudas. ¿Por qué ambos actuaban como si no supieran nada? Necesitaba saber. ¿Era que Licaón no estaba al tanto de su posición de Héroe? ¡Aquello era insólito! ¿Y cómo no lo había visto, al indagar en sus recuerdos?

Claro, claro. Porque no se había concentrado en eso. Ella simplemente lo dio por hecho. Atenea se aclaró la garganta, y preguntó:

—Sé que padre te dio la responsabilidad de patrocinar que Licaón de Acadia se convirtiera en Héroe, cuando se redimió a sí mismo, —Lo miró con una expresión tan segura, que era obvio que lo siguiente era una pregunta retórica—, ¿O me equivoco, Hermes?

—¿¡HERMES! —increpó el licántropo, con los colmillos expuestos.

—Lo que ella ha dicho. Y suéltame, cachorro, que no es gracioso tu juego —se defendió el aparentemente joven Dios de los Mensajeros. Desapareció de allí y apareció de pie a la par de su hermana, ya no era tan divertido ver a Licaón enojarse. Se volvió hacia Atenea un momento, y luego dio un ligero bufido, como un niño que ha hecho una travesura y no tiene ganas de enfrentar el castigo—. Lo siento, Ati. Me conoces.

Ella negó, indignada y enojada, pero no podía hacer más que eso, pues sus palabras caerían en oídos sordos. Sí, lo conocía. Y no sabía como alguien que siempre vivía tan... por la libre, podía seguir siendo un dios mayor. ¡Haber pasado de unas órdenes directas de su padre como si nada! ¡Lo que hay que ver!

Licaón los miró a ambos, todavía muy molesto, y empezó otra vez, tratando de ser un poco menos agresivo:

—Miren, no sé de qué va todo esto, pero no me agrada. No tenía idea de que hubiera monstruos sueltos, o de que yo tuviera territorio alguno. Según recuerdo, me han dejado abandonado a mi suerte, convertido en un monstruo. —les recalcó, mirando especialmente a Atenea al decir la última parte, para que ella sintiera el desprecio que le profesaba a todos los hijos de Zeus—. Pero, quizá contrario a todas las expectativas, sobreviví. Ahora tengo un trabajo decente como repartidor, porque es casi lo único que puedo hacer sin ser detectado por alguno de ustedes. Así que ilústrame, querida. ¿Qué rollo es ése en el que pretenden meterme? Si fuera un Héroe, no estaría aquí, ganándome la vida con un empleo humano —le exigió, con ese tono agresivo de siempre.

Era algo bastante curioso, lo que le pasaba al estar frente a esas dos figuras que en teoría deberían atemorizarle; ninguno de los dioses o sus emisarios le hacían temer. ¿Era porque los detestaba tanto a todos?

Atenea estuvo tentada de golpearlo ahí mismo por irrespetuoso, o de hacer algo más común como no dejarlo moverse en su sitio, pero decidió más bien acercarse un poco más a él, algo le decía que su postura agresiva era una alerta, pero que Licaón no se atrevería a hacer nada en su contra. Como si pudiera, además. Era consciente que la ropa tan común que usaba, junto a su cabello apenas recogido con una hebilla que no ayudaba en nada a controlar esa rojiza melena, y su rostro sin maquillar no era lo que se dijera en sí, lo más imponente del mundo.

Pero ella era Atenea, y siempre lograba trasmitirlo de alguna manera...

Miró directamente a sus ojos, escudriñadora, y estuvo totalmente segura: él no sabía. Licaón no tenía idea de su misión como Héroe. ¿¡Qué había estado haciendo Hermes todo ese tiempo! Dioses, a que su padre lo iba a reprender duramente por eso... Sin embargo, eso no era lo importante en ese momento:

—Por algo te dieron la inmortalidad también, Licaón. —le explicó la diosa, con tono tranquilo—. Y por algo tienes esa necesidad de proteger. Lo he visto en tus pensamientos, no puedes esconder lo que llevas dentro ni lo que sientes. Eres un Héroe de los Dioses. Aunque uno muy malo, dado que no has logrado una sola empresa en tus tres mil años de vida. Pero de eso, no se te puede culpar a ti —Miró acusadoramente a Hermes, pero este estaba muy ocupado viendo a la nada como para afrontar su mirada. Para no indignarse más, se concentró en Licaón nuevamente—. Como sea, donde vayas, siempre habrá alguien que parece pedir tu ayuda, ¿No te has dado cuenta de eso?

Él la miró con la barbilla muy alta, orgulloso y cerrado. Hizo un gesto despectivo con la boca, y pasó al lado de ella, para ir al camión:

—¿Sabes? Estoy en horario de trabajo ahora, ¿No podemos hablar de esto luego? Además, me importa poco lo que creas que soy —la desafió, sin pensar en lo que decía—. Así que agradecería que no sigas insistiendo con tus tonterías.

Esa mujer no le impresionaba en lo más mínimo. Era hermosa, pero... No lo suficiente como para ser una diosa. No parecía hija del mismo que lo había maldecido.

Hermes estaba sonriendo de nuevo, cuando le pasó al lado a él también. El joven se volvió un instante hacia su hermana, pero no pudo mantener la mirada. Atenea estaba empezando a enojarse, su exasperación era perceptible. Huir de la furia de esa mujer siempre era una maniobra acertada.

Ella caminó hasta la portezuela del vehículo, intrigada:

—Hermes, no entiendo esto. —increpó a su hermano— Por eso estás con él, ¿No? Cuidas a Licaón, porque él es tu Héroe, unos dos mil quinientos años después de que debiste haberlo contactado...

—Eh… —Hermes se rascó su melena café rizado, y sonrió, como un pequeño travieso— Mira, no soy bueno con las cosas que requieren constancia por tanto tiempo, así que lo dejé ir. Libre está más feliz, ¿No crees? Le he protegido, más de una vez, pero no vi necesario reclutarlo como Héroe, además... Era otra responsabilidad, ¡Y no tengo que decirte cuántas responsabilidades ya tengo! —se volvió hacia Licaón, y negó con la cabeza—. Cachorro, probablemente... no contactarte era, en aquel momento, la mejor opción para ti. Y veo que no me equivoqué. Bueno, no tanto.

El joven se encogió de hombros, mientras su hermana lo miraba con el ceño muy fruncido. Ahora, los que no podían creer lo que estaba pasando, eran dos. Atenea se llevó las manos a la cintura. Aquello era un imprevisto, y ella detestaba que surgieran imprevistos. Esa clase de cosas hacían que tuviera que replantear sus estrategias, y perder tiempo. Y la eficiencia siempre era una meta.

No se lo explicaba. ¿Cómo el Oráculo de Delfos no había advertido nada? ¿O el IMI, o los demás Héroes?

Tendría que preguntar por ahí. Y esperar que el Oráculo se dignara a responderle, si en verdad su premonición se trataba de... esto.

—¿Quieres decir que el Olimpo ha perdido un Héroe durante dos mil quinientos años, por tu culpa? —recriminó ella, estricta.

—Bueno, si lo quieres poner de esa manera… —empezó Hermes.

Licaón, por su parte, cerró la portezuela del vehículo con un golpe y puso la llave en la ignición. Encendió el motor del vehículo y se volvió a mirar a los otros dos, que seguían discutiendo en plena calle, aunque al menos en voz baja y en griego antiguo, para que nadie oyera nada. Cuando Atenea lo miró al empezar a arrancar, el licántropo le hizo un saludo respetuoso a la diosa con la mano (medio en serio, medio en burla) y arrancó, para alejarse de ellos cuanto antes.

Ya estaba retrasado. Muy retrasado. Malditos dioses, claro, como ellos podían volver el tiempo atrás si lo deseaban, nada les importaba...

-o-

Pocos minutos después, estaba empezando a respirar tranquilo, cuando de pronto se le erizaron todos los pelos de la nuca, nuevamente. A su lado, en el asiento del copiloto, estaba Hermes, vestido con el mismo uniforme del servicio de encomiendas que Licaón llevaba.

—En serio que no termino de entender a los humanos, pero menos que entiendo a la gente como tú que, sin ser humano, le importan todas esas tonterías humanas, el trabajo a sus horas y tal, como si en verdad fueran cosas importantes... —le dijo el joven, mientras miraba la hoja de ruta y marcaba con una birome algunas cosas, como si supiera exactamente qué hacer con esos papeles— Ok, hagamos esto: yo terminaré tu recorrido, y tú te irás con mi hermana mayor a ver qué rayos tiene Delfos para decirnos sobre ti.

—Pero, ¿Qué...? —fue todo lo que Licaón pudo exclamar, agarrándose fuerte del volante.

—Buena suerte, Héroe —le dijo el joven de cabello rizado, con una sonrisa.

Hermes estiró una mano para tomar el volante, y con la otra se puso primero la gorra del servicio postal, y luego tocó el hombro del licántropo. Licaón frunció el ceño y quiso amenazarlo, para que no se le ocurriera hacer nada, pero ni siquiera todo su enojo podía salvarle de su destino.

No sirvió de nada.

En menos de un parpadeo, estaba en otro lugar, con esa mujer. Casi se cae, porque sus piernas no estaban listas para estar de repente en pie. Cuando recobró el equilibrio, miró en seguida el lugar donde estaba.

Una suerte de manantial en un bosque, un sitio tranquilo y fresco, al pie de una pequeña montaña. Y había muchas otras jóvenes doncellas guerreras, que lo miraban con admiración para cuando volvió en sí y se dio cuenta de lo que había pasado. Hermes lo había transportado a otro sitio, vaya uno a saber dónde, en un parpadeo. No por nada era un Dios Olímpico, y uno de los más poderosos.

Con un gruñido, Licaón se volvió hacia la diosa que tenía al lado.

La miró con verdadero enfado. ¿Y ahora qué planeaba hacer con él, esa tipa?

—... este juego no es divertido, Atenea —le dijo, con molestia— ¿¡Dónde demonios estamos!

—En el templo de Delfos. —explicó ella, que ya iba varios pasos por delante de él, hacia unas escaleras blancas empotradas en la montaña— Quiero saber cómo es posible que hayas pasado desapercibido como Héroe por casi dos mil quinientos años. Ven, sígueme. No tienes otra opción, ¿Verdad?

El licántropo tuvo que admitir, de nuevo muy a su pesar, que ella tenía razón.