CAPÍTULO 3
Él no pudo evitar observar con recelo a su alrededor, gruñendo. Sus colmillos expuestos asustaron un poco a las jóvenes doncellas guerreras. Las mujeres, vestidas con armaduras de torso plateadas y finamente talladas sobre vestidos blancos, fueron hacia él mientras levantaban un poco sus ballesta frente a ellas. No iban a atacarlo, pero le decían que tampoco estaban indefensas.
Atenea vio los movimientos de las mujeres por el rabillo del ojo. Llegaban y caminaban hacia ellos desde las diferentes salida del pasillo circular, entrada del edificio de una planta que rodeaba ese «jardín» interior. Eran mujeres de diferentes contexturas y edades, pero siempre fibrosas. Guerreras de Artemisa, de esas que no le debían mucha pleitesía a ella y no tenían paciencia para con los irrespetuosos.
La diosa dio un suspiro, hastiada. Pensándolo bien, el que ella le estuviera teniendo tanta paciencia, aún con la forma en que le hablaba, era totalmente inaudito. ¿Es que ese híbrido no tenía un poco de respeto? ¿Por qué a esa anciana humana la trataba tan bien, y a ella le hablaba así, diciendo su nombre como si tal cosa? (en seguida, su mente le dio ideas y teorías... y no le hizo gracia, a veces le gustaría sólo sentirse insultada un instante, como todos los demás dioses lo hubieran hecho). Atenea se devolvió para posicionarse al lado de él, y miró a las mujeres.
—Viene conmigo. No es enemigo de Delfos.
El que el hombre diera un gruñido desde el pecho no ayudaba, sin embargo. Atenea lo miró, enojada y le mandó:
—Sígueme por favor. —Sin embargo, lo vio más bien cruzar los brazos y quedarse donde estaba. Aunque ella se indignó más, le dijo con tono suave—: No saldrás de aquí hasta que hagas lo que viniste a hacer.
De nuevo empezó la gran ascensión hacia la cúspide del pequeño cerro. Cuando había dado siete pisadas, oyó como el hombre se movió rápidamente para estar a la par de ella.
—¿Y qué es lo que vine a hacer?
Le preguntó, casi que en un ladrido. No le extrañaba, estar a la defensiva y airado parecía ser la emoción contaste de él cuando estaba cerca de los dioses.
Siguió subiendo sin más, pensando a la vez. Era realmente extraño. Con cualquier otro híbrido que le hablara así, hubiera tomado represalias. Sin embargo, el aura de Héroe en bruto de Licaón, esa sensación de que realmente él no estaba amenazando, la hacía sentir cierta diversión. Como si con que más bravucón fuera, más estuviera segura de que se trataba de una máscara, y que jamás haría alguna cosa contra alguien que no le había hecho un mal antes.
Por eso, le pudo contestar con buen humor:
—Delfos habló conmigo. Quiere verte en seguida.
—¿Y eso por qué?
—Todo Héroe de cierto valor que inicia su camino, se ve primero con Delfos. Es un honor que ella quisiera verte tan de repente. Deberías apreciarlo.
Lo miró de lado mientras dejaba de subir. El viento azotó un poco su cabello y las hojas y ramas de los árboles del cerro, se movieron también dando al aire un rumor fuerte.
Licaón olió el aire y miró hacia el cielo. Las nubes grises se apoderaban cada vez más del firmamento. Dio un resoplido y siguió subiendo.
—¿Por qué apreciar que ustedes quieran mandar mi vida? He estado muy tranquilo por más de dos mil años sin su ayuda. No necesito que aparezcan de la nada a tratar de hacerme una de sus marionetas a las que llaman Héroes.
Atenea sintió como la indignación fue tan fuerte que tuvo ganas de darle una cachetada para palear la incomodidad. Apenas se contuvo, y mientras subía más rápido que él para llevarle la delantera, le replicó:
—Tratar de salvar vidas y honrar las que se perdieron no es juego. Deberías aprender a hablar después de saber. Para alguien que dice haberse alejado de nosotros en dos mil años, hablas como si nos conocieras, pero estás equivocado. —Dio un respiro o dos, se tranquilizó, se volvió para subir de espaldas y hablarle de lo pertinente mirándolo a la cara—. Primero tenemos que saber cual es tu destino, para saber qué pasos dar contigo. No eres mi Héroe y sin embargo, creo que tu destino es ayudarme en esta misión.
—¿Por vivir en la misma ciudad? ¡Por favor! —Le envió una mirada de pena, como si se sintiera mal de su inocencia.
Atenea frunció seriamente el ceño, pero no le contestó. «Porque era el destino de David traer al más grande Héroe de esta generación y él, con su muerte, te trajo a la luz…». Pero no le iba a decir eso porque hasta a ella, con tantos años de experiencia en guerras, le parecía que el que una persona fuera valiosa solo por su muerte, era una de las peores injusticias.
Respirando para controlar mejor sus emociones, se dio la vuelta y subió el último peldaño hasta el templo. Era un espacio sin paredes, solo con un techo en cúpula, sostenido por cinco pilares adornados con enredaderas de flores blancas. El suelo, también de mármol blanco como toda la construcción; necesitaba ser barrido, pues el polvo y las hojas marchitas empezaban a taparlo del todo.
Atenea se puso recta, llevó las manos entrelazadas a la altura de su vientre y, antes de seguir el camino, susurró:
—Por favor, ten cuidado al hablar. Estamos en un lugar sagrado.
Ante el Oráculo se debía ir con muchísimo respeto, como si hasta los dioses fueran humanos. Delfos era uno de los pocos seres que no había perdido tanto poder, porque muchos humanos seguían creyendo en el Destino, y eso le hacía muy fuerte. Los tiempos en que eso la enfurecía o indignaba habían pasado, gracias al orgullo de los dioses que se habían ido con los siglos y las constantes pérdidas. Si Atenea o cualquier otro debía dar pleitesía para conseguir un servicio tan preciado como la adivinación, no dudaban en hacerlo.
La mujer caminó hacia unas puertas dobles de mármol ennegrecidas, más antiguas que el templo, y las abrió. Frente a ellos, un pasillo grueso de piedra se iluminó solo cuando, de la nada, varias antorchas se prendieron hasta el fondo, que seguía siendo oscuridad total.
—Vamos —le dijo Atenea, y caminó por un pasillo lustroso y suntuoso, dando por hecho que Licaón iría detrás de ella. Y el licántropo lo hizo, claro, porque era su única opción por el momento.
—¿Tu padre estará contento de saber que pretendes hacerte cargo de uno de sus rechazados?
Atenea se quedó pensando en la pregunta de él, pero prefirió permanecer en silencio por un rato. Luego, se dijo que si tenía la madurez para decirle que no sabía algo (como admitir que le había confundido con el asesino de David, por ejemplo), bien podía decirle lo que se le ocurrió:
—Si no te mató y más bien te dio la inmortalidad, eso quiere decir que padre no te rechazó. Como te dije antes, las vidas y la pérdida de ellas no es un juego, pero no lo sabías por mucho tiempo. —Rió por lo bajo un instante, no lo pudo evitar. El eco de su pequeña carcajada reverberó por las paredes de piedra—. Y la verdad, para que hayas tenido que tardar centenares de años para entender eso, debe ser porque eres muy corto de entendederas.
—¡No te burles de mí! —le replicó el otro, inquieto. No le gustaban los lugares cerrados, y el olor de esa cueva era… era antiguo. Algo había ahí que no entendía, y menos, le gustaba.
Cogió una de las antorchas, no porque necesitara la luz, tenía visión nocturna, sino porque la idea de tener algo que podía usar como arma además de él mismo, lo tranquilizó. Solo un poco, pero lo hizo.
—Por otro lado, yo no me haré cargo de ti —volvió a decir Atenea, llegando ya al fondo, donde había un espacio en la piedra del fondo donde habían empotrado otra puerta—. No eres mi protegido, sino de Hermes. Lo único que yo espero, es que tengas el honor para retribuir un poco para la vida de un Héroe caído...
Él frunció el ceño, molesto. Iba a preguntarle si lo estaba tratando de idiota, o qué, pero prefirió buscar la salida más rápida:
—O sea que si quiero, puedo largarme, ¿cierto? —dijo, tanteando el terreno.
La verdad es que tenía deseos de irse. Sentía como si se hubiera dejado acorralar, como si hubiera sido lo bastante idiota de caer en una trampa evidente.
—Entra. Ella te está esperando.
Cuando Licaón dio un paso, la puerta se abrió sola y en silencio. Al fondo, había luz pero eso era lo único nítido.
—... ¿Quién vive en este tiradero? —preguntó, con mala espina.
La sensación le revolvía las entrañas, había algo oscuro y malo ahí dentro.
Algo terrible.
O tal vez, maravilloso.
Como la maldita Medusa, o algo peor. Como la bella Afrodita, o mejor.
No podía explicar la sensación.
—Ya te lo dije, el Oráculo de Delfos —repitió Atenea, poniendo los ojos en blanco por un instante—. Ya que estuviste «perdido» por tanto tiempo, vamos a ver qué debió decirnos sobre ti. El Oráculo te dará algo... aunque no siempre es lo que se espera que dé.
—Oh, claro. —asintió él, insolente. Luego añadió, con sorna—. ¿Por lo menos está buena?
Poco le importaba lo que el Oráculo pensara de él. Una vidente de los Olímpicos no iba a decirle quién era, el dolor se había encargado muy bien de todo eso en el pasado.
El dolor, y la culpa.
Pero que había un gran poder en ese templo, pues lo había.
Atenea se le había quedado viendo, impactada. Por alguna razón, el hecho de que Licaón no se postrara ante todos los seres a los que le debía reverencia, la hacía sentir enojada e indignada pero, a la vez, muy interesada. Y las cosas interesantes le eran muy extrañas después de vivir tantos milenios. El hecho de que un Héroe maldito hubiera vivido con su maldición tanto tiempo en vez de empezar su empresa para quitársela de encima le parecía muy extraño, y más con la calidad que veía en él... un diamante en bruto para el heroísmo.
Eso, llegar a la extrañeza, ya le pasaba muy poco. Al tiempo que lo analizaba, le habló:
—Ve, y que el Oráculo te diga, o te dé, o... que sea de provecho tu visita.
— ¿Cómo? ¿Y tú que vas a...? —empezó él, escandalizado.
Atenea había desaparecido para entonces. Dio una vuelta sobre sí mismo, buscándola. No encontró a la mujer, pero sus pasos se fueron adentrando en la habitación cuya puerta cerró detrás de él, dejándolo solo y encerrado en la profundidad de un cerro.
-o-
—... ¿Hay alguien? —preguntó, llegando a un amplio salón en penumbras, tan sucio como el resto del lugar.
Su voz repicó en un eco sin fin, hasta debilitarse y desaparecer. El silencio era acusador. No vio ni olió a nada ni a nadie más, aunque no podía sacarse de la mente esa sensación de inquietud, como la certeza de que le observaban. No estaba solo, pero dado que podía percibir la presencia de Atenea en alguna parte, supuso que se trataba de ella. No... tal vez, no fuera ella.
Era una presencia más acuciante, opresora.
Muy antigua y poderosa, aplastante.
Y el templo parecía abandonado...
«Vaya tiradero, de veras. Mi apartamento está más limpio que esto...»pensó él, enfurruñado. Cruzó la distancia entre la puerta doble y el fondo del salón, hacia el otro lado. Movió la antorcha de un lado a otro, para quemar unas telarañas que colgaban del techo. Cuando sus ojos se acostumbraron a ese lugar, vio que había suficiente luz, bastante, de hecho: el lateral derecho de la estancia no tenía paredes, sino columnas, y la vista de la terraza daba al valle de abajo y a sus casas dispersas los hogares de las guerreras de Artemisa, campos cultivados, cercados por el templo de una planta y más allá, solo se veía el cielo nuboso, pero aún con el sol despejado. Una linda vista, realmente.
Sin dejar de mirar hacia afuera, Licaón se sentó en el borde de un trono de piedra roto, el único "mobiliario" del salón, y lo encontró duro e incómodo. Por un segundo, volver a sentarse en un trono fue muy raro. Casi una experiencia indeseada.
—... qué espanto, de verdad.—suspiró, mirando al techo de piedra.
Puso la antorcha a un lado del trono, donde había un receptáculo para tal artefacto, y llenó sus pulmones con el aire rancio del salón, un poco más tranquilo ahora. No estaba pasando nada. ¿O sí?
Casi sin que el licántropo lo notara, el Oráculo hizo su aparición.
La figura salió de las sombras. Parecía una mujer... hermosa, en cierta forma, pero siempre rodeada de un halo de resplandor, de sombras y de bruma que brillaba mientras se acercaba. A veces parecía sólida, y a veces no. Su cuerpo podía ser traslúcido en ocasiones. Tocaba el piso al caminar, pero parecía deslizarse en el aire, también. A veces, parecía que se movía entre velos de seda flotantes, y a veces, parecía ir desnuda. Una ensoñación incolora, una forma nebulosa de humo, quizá. No había forma clara de definir lo que era, o cómo se veía.
Su voz, una conjunción de varias voces femeninas, dijo:
—Has llegado tarde a tu encuentro conmigo, Licaón. Dos mil quinientos años tarde, para ser precisos.
Él saltó en su asiento y luego se puso en pie de inmediato, paralizado de espanto. Volvió a manotear la antorcha, poniéndola delante de sí. Cuando subió por el aire y fue hacia él, Licaón abrió la boca pero se quedó en silencio. No sabía qué decir, era la primera figura divina que veía que realmente le dejaba mudo de la impresión.
Tan... etérea. Como un fantasma. Sus ojos se abrieron mucho, contemplando el rostro brumoso y traslúcido del Oráculo a centímetros del suyo, flotando por encima de su estatura. El fuego no la hería, sino que la atravesaba. Su arma era inútil. Licaón se bajó del pedestal del trono y reptó alrededor de la figura inmortal, conforme la mujer trataba de rodearlo también, como si estuvieran trazando juntos un círculo en el pulido piso negro del amplísimo salón.
—Yo... ¿Lo siento? —dijo, sólo para comprobar que aún tenía la voz.
—No, no lo sientes. —el espectro se acercó un poco más, la bruma o el viento a su alrededor se arremolinó alrededor del cuerpo de él, para poder sentirlo, para poder ver... para poder percibir, una vez más, el futuro—. No sientes nada de lo que te trajo aquí, pero tampoco podría importarte menos.
—... vaya, de veras que lo sabes todo, ¿Eh? —respondió él, irónico.
Una risa espectral hecha de varias voces, vibró en las paredes de roca.
—¡Por supuesto! Sabía que Atenea pensaría en mí el día de hoy. Que pensaría en mí, por ti. Y le ahorré el dolor de cabeza de tener que pedir una audiencia, así que fui al grano y la llamé directamente. ¿Estás impresionado?
Él no se mosqueó por el comentario. Obviamente, estaba tratando con otra deidad que lo creía un idiota. Cuadró la mandíbula y contestó:
—No, realmente. La verdad, no me interesa nada de lo que ustedes hagan, ya sé de sobra. Tenías razón en eso.
—Hum, es curioso... ¿Sabes? Lo más intrigante de ti es, justamente, lo que no te importa. ¿Por qué no te importa que seas un Héroe, ahora que sabes que fuiste dejado vivo para ello? ¿Por qué desprecias la ayuda de Hermes, o el interés de Atenea en los humanos...? —empezó la figura fantasmal, hablando despacio. Licaón estuvo a punto de responderle, pero el Oráculo continuó antes de que pudiera hablar—: Porque crees que ellos no tienen derecho a pedirte nada, después de lo que te hicieron. ¿No es así? Jamás ayudarías a los mismos que te castigaron. Tú sólo quieres vivir en paz, y repartirle cartas a todas las ancianitas del mundo.
Licaón apretó los puños a los lados de su cuerpo, impotente.
No podía librarse de una maldición que ya tenía, y con la que había vivido por tres mil años, estaba consciente de eso. Delfos no había hecho más que decir aquello que se guardaba, en lo más profundo de la mente. El viento misterioso alrededor de la divina figura se arremolinó más, se enfrío y calentó a la vez.
La mujer de bruma se acercó a él desde la derecha, cerca, tan cerca que Licaón pudo sentir el hálito frío de su aliento en el oído...
—Los culpas a ellos de tus faltas y debilidades, los culpas a ellos de que te dieran la maldición, como si viniera totalmente de su voluntad, como si no hubieran sucedido cosas para que la ira de los dioses llegaran a ti. —siguió diciendo el Oráculo, con el mismo tono contenido—. Y aún así, no entiendes que te han dado una incalculable bendición. No entiendes porqué eres un Héroe maldito, ¿Verdad? No entiendes porqué los dioses deben cuidar a los humanos, o por qué el cuidar de lo que no puede cuidarse solo, es el deber primordial de los que tienen poder...
El viento arreció tan fuerte, que era un bramido ensordecedor que lo empezó a llevar hacia la puerta. Licaón entrecerró los ojos y trató de retroceder. No pudo articular nada, a pesar de que quería decir algo, lo más mínimo, para defenderse. La inútil antorcha se había apagado con todo el viento, desde hacía un buen rato. El Oráculo no le iba a permitir ninguna defensa, se la sentía cada vez más molesta.
La voz de voces sonó más crispada, entonces:
—¡Eliges ser un monstruo cuando podrías ser Héroe! No puedo decirte nada, no eres digno de obtener mi consejo aún. Y aunque sí lo fueras, no estás listo para saber qué hacer con mi consejo. ¡Ya te protegí lo suficiente!
Licaón se detuvo cuando su espalda chocó contra la puerta de madera, ya con los brazos cruzados a la altura del rostro, para protegerse del embate del viento huracanado, cuando esas últimas palabras le alertaron. Más que nada, porque carecían totalmente de sentido para él. Descruzó los brazos y arrojó el palo de la antorcha seca al suelo, y se lanzó hacia delante, encontrándose de frente con el rostro blanco y traslúcido del Oráculo, para espetarle:
—¿¡Qué quieres decir con que «me has protegido»! —increpó, con tono molesto— ¡Me he estado escondiendo por casi tres mil años! ¿¡Qué patrañas estás diciendo ahora!
Delfos rió, pero no escapó de la penetrante mirada azul del licántropo.
—... bueno, no te habían encontrado en tres mil años, ¿Cierto?
— ¿Y eso es mérito tuyo? —se carcajeó él, mostrando los dientes.
El ser de bruma se desvaneció, dejando en el aire nada más que el sonido de su risa hecha de muchas risas femeninas y seductoras, que poco a poco se volvían menos audibles. Lo último que el Oráculo dijo, antes de que su presencia y su risa se esfumaran por completo, fue:
—... cuando estés listo, volverás. Y entonces, hablaremos. Lo sé.
Al sentirse casi completamente solo, Licaón volvió a apretar los puños, y un gruñido de impaciencia y frustración brotó de su garganta. Empujó la puerta de doble hoja y volvió a la caverna con pasos rápidos y pesados, demostrando su irritación en cada zancada. El gruñido aún le subía y bajaba por la tráquea, mientras murmuraba:
—¡Bien! Ya sabía que no eres más que una charlatana, señorita "Oráculo de Delfos"... Oráculo, mis polainas. —decía, ofendido por las verdades que la mujer había escupido en su cara.
Él sabía que ella hablaba con la verdad. Dolía, no quería afrontarlo.
Llegó a la salida de la cueva, tratando de controlar su frustración conforme más cerca sentía la presencia de Atenea. La diosa le estaba esperando en el templo sin paredes. Ella no tuvo que preguntarle qué había pasado en el interior del templo, le bastó con ver en sus ojos azules una creciente impaciencia, rabia e intolerancia. Lo pudo adivinar muy bien, además, por lo poco que Licaón había durado en su entrevista.
Lo vio pasar junto a ella, sin detenerse, y lo siguió con la mirada, impertérrita:
—El Oráculo te despidió de su presencia —aseguró la diosa, sorprendida, como si necesitara corroborar lo que estaba percibiendo del licántropo. Por un momento, su confusión la hacía parecer más humana, como sino fuera la diosa de la sabiduría—. Es común. Que no te guste lo que ella te dice, es muy común.
Licaón no se detuvo, empezó a bajar por la extensa escalera de la montaña.
Atenea se imaginó que la respuesta era afirmativa, y que lo que Delfos le había dicho no fue muy bonito. Deseó tocarlo para ver esa experiencia pero, si ya no tenía qué hacer ahí, era mejor despedirlo. No tenían nada más qué hacer. Él ni siquiera era su héroe realmente. Atenea pensó en hacerlo desaparecer con su poder y llevarlo de regreso a su camión de reparto en Ontario, pero esperó que él le dijera algo de lo que Delfos le confió. Cualquier cosa que le demostrara que no se había equivocado al imaginar sentir el tremendo potencial de Héroe en él. Algo que le dijera sin lugar a dudas que la persona que, de alguna manera, había sido «atraída al panteón» por medio de la muerte de David, era el héroe que Delfos había profetizado.
Licaón se detuvo y esperó un momento, aún dándole la espalda.
La diosa curvó apenas un lado de la boca, en una señal de alivio.
—Ella dijo que no estaba listo aún. Así que supongo que tu juego termina aquí, Atenea —contestó él, con el amago de una sonrisa orgullosa, cuando se volvió a mirarla. Tenía que mirarla hacia arriba porque estaba varios escalones por debajo de ella, y el resplandor propio de la diosa contra el sol era casi abrumador para su vista—… en síntesis, querías convencerme de trabajar para tus amigos los dioses, y no ha funcionado. Supongo que, a veces, hay cosas que no están destinadas a suceder, no importa qué tan convencido estés de ello. Adiós.
Atenea iba a decir algo, pero en ese momento, oyó las voces de Delfos que la llamaban para que se vieran al instante. Dos sorpresas seguidas en un día. Tal vez no necesitaría que el licántropo le hablara de lo que la Oráculo le dijo. Puede que Delfos estuviera con ganas de compartir y se lo repitiera ella misma.
El licántropo volvió a concentrarse en el sendero, y no le molestó tener que bajar todos los escalones que había hasta la base de la montaña, para encontrar una forma de salir de aquel lugar... aunque no tenía idea de dónde se encontraba, o cómo iba a volver a casa.
—Preferiría que me esperaras. Vuelvo en unos minutos.
Cuando se quiso dar cuenta, Atenea ya no estaba, una vez más.
¡Bien! ¡Él tenía cosas más importantes qué hacer! No la necesitaba.
-o-
Ese lugar era engañoso. ¡Un laberinto, probablemente!
Ya llevaba una hora deambulando por los jardines, pequeños bosques, y los cuarteles. También entró al edificio de una planta que parecía estar alrededor de todo el campamento. No lo volvió a hacer, era peor, porque los caminos eran realmente enrevesados en ese lugar. Se devolvió, pero el campamento al pie de la montaña era muy grande, no podría recorrerlo todo a pie antes de que se le hiciera irremediablemente tarde. Su reloj mecánico no funcionaba. Su teléfono no tenía señal, y después de un rato, incluso, dejó de funcionar también. ¿Dónde estaba? Ya se estaba cansando del jueguecito.
¿Sería el Olimpo?
Nunca se había planteado la posibilidad de estar allí, tontamente. Empezó a ver a su alrededor cada vez con más recelo, y por estar tan preocupado de su propio paradero, no reparó en que tenía «compañía» hasta que fue demasiado tarde. Las mujeres guerreras de Artemisa lo estuvieron siguiendo todo el rato, para ver a dónde iba o lo que estaba haciendo. Y cuando no les gustó más verlo deambular por todo su campamento, con ese malhumor tan perceptible, lo rodearon y silenciosamente le ordenaron que volviera a la plaza con ellas.
Así que Licaón tuvo que obedecer. No iba a pelear con mujeres y en clara desventaja.
Obviamente, cuando Atenea volvió a aparecer delante de él, no le importó alzarse rápidamente otra vez, ni gritarle en la cara:
—¡TUUU! —la señaló con el dedo, histérico— ¡SACAME DE ESTE MALDITO LUGAR! Todos los caminos conducen al Norte, ¿Qué pasa con el campo magnético de esta montaña?
Estaba rabioso, con los ojos azules inyectados de sangre, sus puños cerrados y esa actitud amenazadora lo hacían ver mucho más grande y fuerte de lo que era, feroz y terrible. Las mujeres de Artemisa levantaron sus armas al instante, revolucionadas, pero Atenea alzó una mano, indicándoles que se detuvieran. Ellas obedecieron, como si se tratase de su propia señora, porque las Amazonas sabían reconocer la autoridad.
No obstante Licaón no se calmó, el rostro neutral y muy observador de la Diosa de la Sabiduría y la Guerra seguía siendo su principal fuente de irritación. Le parecía que ella seguía jugando, incluso cuando le dijo:
—Pudiste haber pedido ayuda a las guerreras de Artemisa. —la mujer de rizados cabellos rojizos se encogió de hombros—. No se puede entrar o salir de aquí si no se llega con un Dios o un ser emparentado a ellos... Ven, sígueme.
Y ella empezó a caminar, alejándose hacia un camino secundario, entre dos tiendas del campamento. No lo iba a aparecer y desaparecer, como era más fácil. Claro que no. Necesitaba tiempo, y hacer las cosas a la humana le daría la posibilidad que necesitaba de poder dialogar un poco con él. Después de su conversación con Delfos… No iba a dejarlo ir como si tal cosa. Necesitaba saber más, tener más información, observarlo mejor.
—Bien, ya hicimos lo que querías, y no funcionó —repuso el licántropo, y se dejó guiar, contento porque las Amazonas no los seguían esa vez—. Ahora, déjame volver a mi vida.
La alcanzó con pasos rápidos, sin mirarla ni por un segundo, dirigiendo sus orgullosos ojos hacia el frente.
—Está bien... —ella le habló, con tranquilidad, casi ignorándolo—. Vuelve a tu vida de mensajero, mientras yo busco al monstruo que se comió a mi Héroe y se robó el Vellocino de Oro.
Atenea caminó sobre unas piedras lisas hacia el edificio de una planta alrededor del campamento. A diferencia del campamento, que parecería de la edad media sino hubiera en él alguno que otro objeto de la actualidad; el edificio tenía una arquitectura griega antigua. Era lustroso, pulido, con esculturas por doquier, pero extrañamente solitario y vacío.
No se necesitaba hablar fuerte, como Licaón hizo, para que ese lugar produjera eco.
—¡Genial! Ahora, vamos a mi casa. Anda, chasquea los dedos y sácame de aquí. —gruñó, y esa vez sí se dignó a mirarla. De repente, se dio cuenta de lo que había escuchado—: Espera, ¿El famoso Vellocino fue robado?
Licaón frunció un poco el ceño. ¿Quién no sabía del Vellocino de Oro?
Era uno de los cuentos más famosos. El cuero dorado de un carnero alado que había salvado a dos príncipes de Beocia de ser asesinados por su madrastra; el rescate del preciado elemento luego le fue encomendado al Héroe Jasón. Lo curioso y que pocos sabían, era que el Vellocino había adquirido características mágicas como el que tuviera, o más, que el animal al que perteneció. Licaón no sabía por qué o cómo, pero se había convertido en una suerte de escudo último e indestructible, como una armadura perfecta.
El que lo portara, jamás sería herido.
Y si estaba herido, se curaría en segundos, ayudado por el poder mágico de la pieza. Era uno de los pocos bienes que los Dioses le prestaban a los Héroes, y no cualquiera podía acceder al beneficio de portarlo, después de que Jasón lo diera a la propia Atenea. Casi nadie conseguía algo de los Dioses como regalo, con ellos todo siempre se trataba de un intercambio.
La intriga se tejió en la mente de Licaón por un momento, y sumó dos más dos en menos de un segundo. Una vez había oído, en muy bajos círculos, que Ares quería el Vellocino ya que lo sentía suyo. No dudó en pensar en la posibilidad de que alguien enviado por el Dios de la Guerra pudiera estar detrás de todo ello, pero...
No. No quería darle a Atenea más excusas para seguir molestándolo. Además, se suponía que los dioses ya no luchaban entre ellos, por no sabía qué Ley de Astrea. Las guerras internas eran desperdicios de recursos, y cualquiera podía entender eso. Y, por supuesto, no quería que nadie más siguiera jodiéndolo a él. Licaón era reticente a meterse en el mundo de los dioses porque les odiaba y el fondo, aunque no le gustaba admitirlo, les temía.
Desde tiempos muy remotos (desde cuando era humano), había aprendido muy bien que la única forma de mantenerse un paso por delante del enemigo era sabiéndolo todo acerca de él. Y para no cruzarse con ninguno de sus «enemigos», él debía saber primero en qué andaban éstos.
Por eso, de vez en cuando, se arriesgaba a frecuentar lugares, y escuchar. No necesitaba entrar para poder oír lo que se cocía por ahí, y llevarse alguna noticia. No era algo que hiciera seguido, tampoco. Sólo por precaución. Eso era. Ir una vez perdida al año a lugares que él sentía, había gente como él o parecidos a los dioses, no era lo mismo a seguirle el juego de héroes a Atenea.
No habló, pero sin embargo, esperó a que ella confirmara alguna de sus teorías. Él la miró, como pidiéndole explicaciones, y Atenea lo miró también. Se dio cuenta nuevamente de esa aura muy propicia para ser Héroe que emanaba de él, quizá promovida por el repentino pico de interés. La diosa asintió con la cabeza.
—David tenía que devolverlo, después de completar su misión. —se dignó a explicarle, y tuvo una pequeña idea casi al instante. Se quedó callada por medio minuto, mientras caminaban, hasta que finalmente soltó—: No creo que hayas olido algo... ¿Verdad? Digo, puedes ser licántropo, pero no has sido entrenado... —y de pronto se sonrió, como si hubiera sido una sugerencia estúpida—. No, lo siento, no creo que sea posible que hayas olido nada raro en estos días… Disculpa, estoy pensando en voz alta.
—¿Y ahora de qué hablas? —le gruñó él, nuevamente descolocado.
Licaón no sólo se sintió insultado, sino, además, enredado.
Oh, sí. Ya estaba oliendo algo que no le gustaba en las palabras de la diosa.
—Ah, lo siento. A veces se me olvida que las personas no siguen mi ruta de pensamiento —le dijo ella, lo más inocente que pudo, y esbozó una sonrisa más amplia y tranquila—. Se me ocurrió que como ese monstruo actuó en tu territorio, tu olfato o instinto debió sentirlo, probablemente. Pero, lo siento, imagino que en tu forma humana no tienes los sentidos tan desarrollados, olvida lo que dije...
Doble insulto. El licántropo gruñó, tragándose la deshonra, y soltó:
—¡Claro que tengo buen olfato! Tengo el mejor olfato del mundo, en una forma o en la otra. ¿Con quién crees que hablas? —debió suponer que era una trampa, obviamente. Pero el orgullo era su perdición, sin dudas. Y no pudo evitar carraspear, e intentar ponerlos en igualdad de condiciones—: Así que, este Héroe asesinado... ¿Era muy importante para ti?
Atenea estuvo a punto de sonreírse aún más por la victoria, pero se contuvo, quitó la mirada de él y se volvió al frente. En ese momento, la sinceridad era la mejor opción:
—Todos los Héroes son importantes para mí en cierta forma, pero lo son más para las personas a su alrededor. Él iba a vengar la muerte de unas personas cuyos asesinatos encubrimos como un incendio. Imagino que oíste de él, sucedió en el edificio Olympic Tower. También iba a rescatar a su madre, que había intentado ayudar con sus poderes a las personas vecinas. Ella fue secuestrada. Entonces... —lo volvió a ver, de nuevo, seria—. Claro que sí, David era muy importante, y su muerte fue terrible. La tengo que vengar y terminar su misión.
—Pues... que te vaya bien —dijo, tratando de esconder su repentina admiración.
Esa diosa, al menos, tenía valores.
Atenea le asintió, pensando en que de alguna forma lo iba a lograr, aunque se suponía que no debía meterse en los asuntos humanos directamente. Era una de las reglas. Además, estaba lo del Vellocino; quien hubiera matado a su Héroe, era lo suficientemente inteligente para robar, y no destruir, el Vellocino...
—Así que —dijo ella, después de unos segundos de silencio—, si tienes tan buen olfato e instinto, no creo que sea posible que un monstruo que puede matar y comer a un Héroe semi-divino haya pasado desapercibido para ti.
—Debió ser en otro barrio. A mí no me mires. —él siguió negándose, a la defensiva, pero ahora miraba a la diosa como si deseara que ella le rogara por su ayuda.
No había tenido mucha acción verdadera desde hacía más de cien años, y estaba oxidándose lentamente. Quería volver a la cacería, la ansiedad lo destruía. Porque, ¿Qué podía ser mejor que el orgullo de capturar a un monstruo con sed de sangre humana? Eso sería magnífico. Elevaría mucho su ego.
Atenea lo miró, extrañada:
—Tu territorio es todo el lugar por donde andas, más unos kilómetros a la redonda. ¿No tienes lo suficientemente desarrollado tu instinto para sentir cuando tu territorio es trasgredido por un ser que puede amenazarte? Ya veo. No has tenido guía, ¿Cómo podrías haber desarrollado del todo tu potencial?
—Piensa lo que quieras. Mi olfato funciona muy bien. Si hubiera algo raro, una criatura, lo habría notado. —gruñó él, molesto—. ¿No pensaste que tal vez no fuera un monstruo si no un humano, el asesino de tu querido Héroe? Podría haber estado planeado desde el comienzo, y todo esto ser una pantomima. Tal vez el monstruo lo mató, pero el Vellocino se lo robó otro. No me digas que una reina de la inteligencia como tú no se dio cuenta de algo así, o que no lo consideraste por un momento —respondió, pensativo ahora.
Era probable, en los pensamientos del lobo. Pero, también, si el asesino era humano, no habría detectado nada.
—Yo vi la escena y créeme, lo que le pasó a ese cuerpo no lo hizo un ser en su forma antropomorfa, al menos... —replicó la diosa, más altiva— ¡Lástima que mis rastreadores sepan captar el poder sobrenatural y no los rastros físicos comunes! Cuando las mandé a buscar a quien pudiera hacer eso, dieron contigo. Lo que me dice que el ser que lo mató puede tener dos formas, una con poder y otra sin poder, o que puede esconder su poder, lo cual es más difícil de rastrear.
Siguieron caminando hasta llegar a una zona con una gran fuente interior, donde las ninfas y las nereidas se estaban bañando entre ellas, desnudas. La luz de una claraboya allá en el techo, irradiaba en el agua y sus cabellos. Todas ellas eran hermosas y de cuerpos esbeltos, aunque sus pieles tuvieran los tonos desde el más pálido blanco hasta el más bronceado por el sol, así desde los cabellos más rizados hasta los más lacios. También sus facciones acusaban la mezclas de etnias que habían en ellas pero, aún así, la naturaleza encontraba la manera de seleccionar los rasgos más hermosos para producir hermosas féminas.
Él se quedó mirándolas con los ojos muy abiertos, distraído por sus risas y mimos entre ellas, y el rumor de sus conversaciones en idioma más música que habla y que él no pudo entender. Alguna que otra lo miró y le sonrió; otras, directamente, llamaron a él extendiendo las manos y moviendo sensualmente sus dedos.
—... Y Hermes te dijo que estoy en problemas por algo que presté, ¿No?
—¿Eh? —él la miró y, luego de entender lo que le dijo, contestó—: En realidad... Acabas de decírmelo.
El licántropo sonrió venenosamente, complacido.
Atenea lo miró con molestia de nuevo. No le agradaba mucho esa actitud.
—¿Qué es tan gracioso? —le increpó.
—Nada, sólo estoy pensando. ¿Y si ha sido por mandato de otro Dios?
—Mira, estoy segura de que mi Héroe no tenía problemas con otro Dios, al menos, no con los nuestros; y en esta zona no hay actividades de otros panteones... creo que la forma en que se ensañaron no quería decir que tenían rabia con él, tal vez simplemente era un monstruo que tenía hambre. Sin embargo, que se llevara el Vellocino, eso es lo que me tiene más intrigada. —Se quedó ahí, pensando y analizando muchas más teorías y posibilidades. Ser la Diosa del Conocimiento también la podía hacer muy indecisa. No sabía por cual opción decidirse—. ¿Tú qué piensas?
La diosa mostraba debilidad. Licaón escuchó pacientemente, porque le encantaban los chismes, lamentablemente, y más si eran chismes de dioses y sus desmanes. Por eso, a veces iba a simplemente, oír lo que se decía en alguno de sus templos. Eso le hacía recordar que ellos eran tan imperfectos como los seres contra los que se volvían, a veces.
… No había muchas opciones, desde donde él lo estaba viendo:
—... Hades. Si me preguntas, lo señalaría a él, con la reputación que tiene. Yo empezaría investigándolo. O si no, Hefesto, quien por otro lado tiene más que perder. No es tan poderoso, y si lo atrapan haciendo esta clase de cosas, estaría frito. —comentó Licaón, un poco ausente, sin dejar de mirar a las hermosas ninfas, que ya le hacían señas. Eran tan preciosas, de redondas formas, piel suave, cabellos largos y tan felices de que él las mirara, al parecer—. Supongo que hay una cola de gente que cabe en el perfil, si tus parientes siguen siendo tan pintorescos como los recuerdo.
La diosa de la Sabiduría y la Guerra había soltado una carcajada, instantánea:
—¿Hefesto? —dijo ella, cuando pudo contener su humor. Él no era ni una opción. Hefesto era... por algo le había dado su virginidad a él. No, era muy amable para hacer algo como eso, jamás podría dañarla a propósito. Y Hades era otro imposible, pero la gente tendía a juzgarlo mal. Ser el dios de la muerte podía causar eso, aunque era obvio que sería el menos interesado en el mundo de los vivos—: Me temo que no, ni Hades ni Hefesto entran en el «perfil».
Lo volvió a ver y notó de nuevo, que el lobo parecía muy interesado en las mujeres de la fuente. Ella entendía lo que pasaba. Atracción sexual. Y si las mujeres lo estaban invitando, no estaría mal que fuera a su encuentro, no sería una falta de respeto para la Oráculo... le hizo un ademán con la mano, como dándole permiso, y sonrió comprensivamente:
—Si quieres ve con ellas, puedo esperar unas horas para que vengas a rastrear al monstruo. Iré a buscar información mientras tanto. —le ofreció.
—¿Eh? —él se volvió a mirar a Atenea, y la expresión de su rostro era más simple, inocente, relajada. Más humana, casi pacífica. Miró hacia el suelo, y tragó saliva—. No, no puedo hacer eso —contestó, rechazando la oferta—. Nunca más. —carraspeó para aclararse la garganta, y volvió a cruzar los brazos—: Entonces, ¿Quién? ¿Ares? Apuesto a que sí. Alguno de sus hijos. Son como cucarachas, viven de la basura de los otros. Hasta que encuentran algo bueno.
—¿Qué es lo que no puedes hacer? —ella insistió, respecto de las mujeres y con pura e inocente curiosidad.
—Dime tu plan, bruja. Piensa —contestó, bruscamente ahora, mostrándole los colmillos que trataba de esconder de los humanos—. No te preocupes por mí.
Como él le pidió que le dijera su plan, Atenea dio por hecho de que el rastrear no era lo que no podía hacer. Extraño, una vez más. Estaba segura que entre los males de la maldición que le dio Zeus, no estaba la impotencia. Muy segura. Pero ese no era el momento de ponerse a pensar en eso... ¡Él quería que le dijera su plan! ¡Lo había conseguido!
No le importó que se le escapara una sonrisa muy grande de victoria, y le dijo:
—Mira, Ares también es otro improbable. Hay una ley que nos veda. Hacer la guerra entre nosotros no es opción. Apuesto a que él tampoco ha sido el orquestador del asesinato de David, ya que entre los Doce Grandes, cualquier cosa de esta clase le reportaría una inmediata baja de rango deshonrosa entre otros castigos, y no lo soportaría. Es muy orgulloso. Ares... tampoco me parece un sospechoso sólido, aunque cabe en el perfil —repuso ella, con más tranquilidad y luego lo miró, con renovados ánimos. Unos aleteos aparecieron y se acercaban a ellos mientras ella decía—. Hagamos esto: te llevaré a la escena donde mataron a David, a ver si encuentras algo, ¿Sí? Y —alzó su mano, y una lechuza grande se posó en ella rápidamente, la que había aparecido de la nada entre los pilares del lugar—. Ahora mismo le mandaré un mensaje a Hermes, él buscará información sobre el Vellocino y quién lo quisiera, mientras te sigo.
—Genial. Más viajes alocados —bufó él, mirando hacia el techo, sin saber bien cuando había dicho que lo iba a hacer, pero sabiendo que no iba a retractarse de su palabra.
Dedicó una última mirada a las ninfas y a las nereidas, y con un suspiro largo y culpable empezó a caminar alejándose de aquel sitio, mientras Atenea hablaba con su pájaro.
Y cuando menos se lo esperaba, ella le puso una mano en el hombro, por detrás. Al levantar la cabeza, ya estaban en otro lugar.
