CAPÍTULO 5
Mnemosine se recostó en el colchón sintiendo que sus manos le hormigueaban tanto como los pies. Intentó peinar su cabello para que no le molestara en el rostro, pues el respirar ya le era dificultoso sin éste en medio.
Zeus se cernió sobre ella y buscó su pezón para empezar a besarle, saborearle y juguetear con su piel sudorosa y el movimiento rápido y fuerte de su respiración. Mnemosine se había jurado que solo iba a ser una vez ese día, pero mientras se peinaba su cabello y miraba allá, al techo de la habitación, una cúpula de piedra lisa y dorada como si fuera oro; sintió como su cuerpo se preparaba para aguantar (y disfrutar) pasar de nuevo como compañera de Zeus. Intentó acercar sus manos a los hombros de él para alejarlo, pero el rey de los dioses olímpicos solo se levantó un poco, la miró y... ella cayó de nuevo en su deseo.
Zeus era un afrodisiaco por sí mismo. Aunque en ese momento solo besaba sus labios con delicadeza, como si estuviera deleitado, probándolos por primera vez; ella podía sentir las mariposas en el estómago, el contacto caliente de su piel y la respiración de él que la dejaba sin aliento. Por más que ya había pasado por eso tantas veces, y que sabía que Zeus solo estaba jugando con «electricidad en su cerebro», Mnemosine no podía alejarse de esa sensación de dicha e intimidad, como si fuera una joven llena de ilusiones y pasión cuyo enamorado es más de lo que se había dejado soñar.
Mucho tiempo antes, en momentos perdidos de su día a día, Mnemosine se cuestionaba duramente sobre Zeus. Algunas veces aún lo hacían, aunque con menos intensidad. Los tiempos en que se sentía algo especial y tenía esperanzas de desarrollar más su relación con él, cuando bien pudo haberse enamorado de Zeus, habían pasado rápidamente. Luego, estuvo el enojo y la indignación. ¡Ella era más antigua, pura y poderosa que muchos! ¡Era una hija directa de Gea y había visto la creación de su dinastía como nadie más! Y, de alguna manera, siempre terminaba con Zeus dentro de ella, explotando de gozo en sus manos, cuando y como él lo deseaba.
Hubo un tiempo en que pudo negarse, o en que le preguntaba qué quería de ella, donde intentaba entender y alejarse, mantener un poco de dignidad y tener cara para exigir respeto como una de las más antiguas e importantes Diosas de su panteón. Pero ya esos tiempos habían pasado.
En la actualidad, a veces él no la llamaba, y más bien respondía a un pedido de ella. Mnemosine había decidido pensar como Zeus sobre ese asunto: si disfrutamos, ¿qué más da? No es como si estuviera realmente en falta. Su matrimonio no era más que un contrato estratégico. Ella no le pedía a Hipnos que le fuera devoto, y él era consciente que su esposa también tenía derecho a esa libertad. Todos sabían que ella era una de las tantas amantes regulares de Zeus, a nadie realmente le importaba. Y Mnemosine había aprendido a que ella tampoco le importara.
Sus manos dejaron los hombros para rodearle el torso a la altura de los omóplatos. A la vez, sus piernas se levantaron y abrieron para él. Zeus dio una risilla por lo bajo. Se levantó un poco, le tomó un brazo y de un solo movimiento, le dio la vuelta para que ella estuviera boca abajo. Mnemosine se levantó un poco con ayuda de los codos, aunque aún sentía sus extremidades cansadas del orgasmo que había tenido segundos antes. Quería darle más espacio para que las manos de Zeus se movieran a placer.
Él había movido su cabello a un lado y acercó los labios al lóbulo de la oreja, cuando Mnemosine abrió los ojos. No solo vio el respaldar de la gran cama, sino a Atenea apareciendo en el vestíbulo de su biblioteca.
Eso la despejó realmente, y la hizo recordar el porqué no podía quedarse más tiempo con Zeus. Se movió hacia un lado de la cama. Aunque Zeus intentó seguirla y abrazarla, juguetón, para hacerla volver, Mnemosine terminó de pie a la par del lecho.
—¿Me estás rechazando? Me voy a resentir —le dijo él, aún de buen humor, viéndola con una media sonrisa en sus labios y los ojos brillantes y fijos en toda ella, en su desnudez.
Mnemosine le miró, tendido en la cama, hermoso e invitador... Se apareció su vestido y una caperuza, que se iba a poner para no tener que preocuparse por su cabello despeinado o su rostro. Siempre sentía que la gente sabía cuando volvía de estar con Zeus solo al verle la cara.
—Lo siento, tengo una visita importante...
—¿Más importante que tu rey?
—Atenea.
Muchas veces lo había visto. Ese simple nombre hacía que Zeus reaccionara de maneras que sólo sucedían para con su hija. Esa vez, él se había sentado en la cama y cogido parte del lío de las sábanas para cubrir su erección. Mnemosine sonrió, divertida, pero por la manera en que Zeus la miró, supo que el momento de la relajación había terminado.
—¿Qué más has sabido sobre sus héroes? Sé que Delfos ha hablado hoy con ella y con Hermes... y que no quiere hablar conmigo. Lo que sea que esté pasando es más que simples héroes muriendo, y esa perra engreída me tiene fuera adrede.
No es la única. Pensó Mnemosine, y en seguida se mandó a guardar muy bien sus pensamientos. No le gustaría que Zeus supiera que ella no estaba de acuerdo en la manera que la usaba para saber la corriente de información, y que había empezado a cuidar al menos ciertos aspectos de lo que ella sabía.
Zeus era de los dioses que obtenían su acolitaje de una forma específica: tomaba un poco de energía de toda su descendencia. Y eso lo hacía el más poderoso de todos los olímpicos, porque no solo tomaba de esa energía, sino que podía usar las habilidades propias de todos en su descendencia.
Si él hubiera aprendido, con paciencia y entrega, todas sus posibles habilidades, habría sido simplemente omnipotente. Sin embargo, la adicción al sexo que tenía, como en tantos otros campos, había hecho que Zeus no desarrollara ni le importara desarrollar, todo su potencial.
Sin embargo, leer mentes sí había sido una de las habilidades que desarrolló. Mnemosine se puso en contacto con el séquito más cercano del IMI, para que una barrera de «voces» lo alejara a él de sus memorias y pensamientos reales.
—Sé que el de esta mañana fue comido, y que ella se está haciendo cargo directamente —le decía mientras se miraba en el espejo de un lado. Su rostro estaba sudoroso y sonrojado... Se apareció un pañuelo para, al menos, secar su cara.
—No sabes nada. —casi que le recriminó Zeus.
—No se ha redactado el informe del IMI sobre esa escena, pero no creo que encontremos gran cosa, como en la otras dos.
Zeus se puso en pie y, pensativo, fue hacia la gran tina del otro lado de su habitación. Ésta se estaba llenando de agua sola, a voluntad de la mente del rey Olímpico.
—Ve y ayúdala en lo que te pida, mira en sus recuerdos para estar segura de que sabes todo.
Mnemosine asintió y se puso el gorro de su caperuza. Vio como el cuerpo desnudo de Zeus bajaba lentamente hacia la tina, a unos metros de ella.
—Luego, me dirás lo que sepas —decía la voz de su rey a la vez.
Mnemosine sintió de nuevo que, por más que había tenido el cuerpo de Zeus para ella y fuera tantas veces el centro de las atenciones de él; nunca habían tenido, realmente, intimidad.
—Como usted diga —le respondió en el mismo tono formal que él uso desde que Atenea había sido su tema de discusión.
Salió de la habitación a la humana, pues en ese lugar no se podían aparecer a voluntad.
Mientras iba caminando por el pasillo, pensó en que debía espaciar más sus encuentros con Zeus. No le importaba que usaran, mutuamente, el cuerpo del otro para gozar. Se trataba de algo diferente: Zeus había empezado a usar las relaciones sexuales con ella, por medio del mecanismo del consortaje, para tener contacto con su energía y poder «recoger» información de su mente. Así estaba al tanto del panteón como ella y el IMI lo estaban. Y eso era lo que a Mnemosine no le gustaba, y por lo cual había empezado a proteger al menos un poco, su mente frente a él. Si había alguien que no quería que jugara con su cabeza, ese era Zeus...
—Mnemosine.
—Hera.
Las dos se hicieron unas pequeñas cabezadas suaves para saludarse al pasar por el mismo pasillo. Como siempre que pasaba algo parecido poco antes o después de estar con Zeus, Mnemosine se extrañó de no sentir culpa, miedo o simplemente algo, al verse con la reina... Tal vez se daba porque, desde hacía centurias, a ella parecía importarle poco lo que su esposo hiciera o dejara de hacer.
La diosa de la memoria siguió su camino por el pasillo y, justo cuando salió al hermoso jardín soleado y lleno de color, fuera del palacio, Mnemosine se desapareció hacia su biblioteca.
-o-
«¿Por qué diantres Mosi no deja que los geeks y unos escáneres se hagan cargo de todo esto?» pensaba Atenea, mientras el quinto libro del tema que estaba buscando, salía volando de las estanterías hacia ella.
La gran biblioteca tenía su nombre muy bien puesto. Era tan enorme, que nadie sabía a ciencia cierta de qué tamaño era, porque incontables salas y alas se le habían añadido con el correr de los años. Sin embargo, mucha de la arquitectura era la misma: madera, una madera lustrosa y continua era la que hacía todo el lugar. En las paredes, las puertas, los enormes techos, los estantes, sillas y mesas. Todo estaba decorado con finos y suaves relieves de oro, que configuraban dibujos simbólicos o magia olímpica. Antes, la grandes salas eran iluminadas por claraboyas en el techo, las incontables antorchas en puntos estratégicos de las paredes y los estantes, y la enorme lámpara en el centro, rodeada de algunas pequeñas, como si fuera la luna y las estrellas en un cielo de madera. Después de la invención de la electricidad, el fuego fue cambiado por bombillas, aunque los diseños no cambiaron por ello. Sin embargo, las salas solían estar a oscuras o solo iluminar a quienes estuvieran ahí y el espacio que usaran, por lo que hasta el tamaño de las mismas terminaba siendo un misterio en las sombras.
Ni Atenea, y posiblemente muchos de los bibliotecarios de Mnemosine, podrían haber leído cada uno de los libros o recorrido todo ese lugar. No solo los enormes estantes que llegaban casi hasta el techo tenían libros en ellos, sino hasta las paredes y parte de los techos. Si no hubieran gruesos corredores, algunos espacios libres con grandes mesas y sillas para los bibliotecarios y los pocos que podían hacer uso de ella, el lugar hubiera parecido claustrofóbicamente opresivo.
Atenea tomó los dos libros que salieron volando hacia ella. Eran tan gruesos, que apenas podía tomarlos con cada una de sus manos. Miró los títulos: «Sobre los licántropos, tomo 9» y «Sobre los licántropos, tomo 10». Estaba escrito en griego antiguo, aunque las primeras ediciones fueran de los años 1600 y 1900. Los dejó abajo de los otros tomos y se sentó en la silla. Frente a ella, había una libreta con un papel que tenía letras de la lengua mágica como sello de agua, y Atenea tomó una pluma para escribir los hechizos de búsqueda cuando sintió y oyó los pasos yendo hacia ella.
—La sala de los híbridos... ¿Uno de ellos mató a tus héroes?
Atenea se había movido a un lado de la silla para mirarla, mientras ella llegaba caminando desde uno de los pasillos.
—No es tan simple. —resumió Atenea y miró de nuevo a los libros. Sobre su rostro cayeron un cansancio y melancolía que le hicieron cerrar un momento los párpados—. Y no estoy trabajando en eso. Por ahora, no tengo nada más qué hacer: Mis héroes están advertidos, el IMI sigue trabajando en los casos, y mi cabeza ha dado con decenas de posibilidades que mis aves están siguiendo...
Mnemosine asintió, llegó a su lado y se sentó en una silla.
—¿En qué te puedo ayudar? —miró los libros por encima, sin ver siquiera los títulos, pero con la expresión de que sabía cuales eran. Como si los hubiera leído hasta el hartazgo—. Licántropos... —dijo, más como un preámbulo.
—Sí. Quiero saber sobre uno en especial.
—Dime.
Mnemosine la miró con tal seguridad y tranquilidad, que Atenea perdió cualquier resquemor que tuviera.
—Licaón de Acadia.
La diosa de la memoria hizo un ademán con el labio, como si pensara: «Justo tiene que ser ése».
—No se sabe mucho de él. En las crónicas, no sale desde los antiguos tiempos. Y solo han habido avistamientos sin importancia, rumores entre las manadas... Nada que pueda ser pensando como verídico.
—Ahora sí —dijo Atenea, con una sonrisa divertida—. Escribe esto en el tomo once de Sobre los licántropos y... Los demás lugares que deba estar. Yo lo he visto, Delfos lo ha visto, Hermes lo ha visto. Es más, creo que Hermes nunca dejó de verlo... O Delfos nunca dejó de verlo. —Atenea se quedó pensativa un instante, cerró de nuevo los ojos un instante, confusa—. Como fuera, Delfos ha hecho grandes aspavientos en torno a él, y yo creo que es el héroe que David nos debía traer pero... Hay algo que no calza.
—¿Qué no calza?
Atenea intentó encontrar una mejores palabras para explicarlo, pero no las encontró:
—Es tan poca cosa comparado a todo lo que parecemos esperar de él.
Mnemosine y Atenea se miraron un instante, perplejas, hasta que unas carcajadas de las dos nacieron en sus pechos, fueron a sus bocas y reverberaron en la sala.
—¡Tú sí que sabes como halagar a un héroe!
Atenea apenas podía controlar su respiración, mientras su carcajada cada vez se hacía más lenta. Al final, solo se encontró con la mirada perdida, y una mano en la quijada, pensativa.
—Su potencial es enorme. Lo siento así... Es un licántropo alfa, uno protector y eso lo hará un gran héroe. Sin embargo también es bruto, y con ganas. ¿Creerás que a los segundos de conocerme, tuvo el descaro de llamarme zorra?
Mnemosine dio un grito ahogado y la miró con los ojos muy abiertos. Lo que más le sorprendió fue que Atenea simplemente asintiera, sin más.
—¿Y no le hiciste algo?
—¿Ves lo que no calza? —Atenea seguía estando muy pensativa. Y luego de unos dos segundos de silencio, miró los libros—. Creo que no encontraré las respuestas aquí. Tal vez las respuestas las tenga solo Delfos, y ella no querrá decirme más de lo que ya me dijo.
—No seas tan pesimista. Tal vez sí encuentres una pista ahí. Tiene cosas de él... Como me dijo una vez Metis: «Puedes recordar todo, Mossi, pero no puedes analizarlo, y yo sí puedo». —Con una mirada realmente melancólica, Mnemosine acarició un antebrazo de Atenea. Ella la miró y entendió al instante lo que pasaba—. A veces me la recuerdas tanto a tu madre.
La diosa de la sabiduría y la estrategia bélica suavizó mucho su expresión, y miró a la otra como pidiendo si podía hacer algo. Eso era común. Recordar todo podía hacer, a veces, que Mnemosine fuera un ser realmente melancólico. Una vez le había comentado que todos los demás tenían una bendición que ella no: Olvidar. Lo único que Mnemosine podía hacer para no sumirse en los vivos que eran todos sus recuerdos, sobre todo los más dolorosos que eran infinitos en sus miles de años, era hacerse pasar de un recuerdo a otro más feliz. Sin embargo, esa parte siempre estaría ahí, atacándola de la nada, y esa era su maldición.
—Imagino que no te lo tomaste muy bien —dijo Atenea, en verdad interesada en la historia.
—No, para nada. Pero un tiempo después, tuve que darme a la idea de que tenía razón. Metis siempre la tenía. —la miró con cariño—. Tienes su personalidad, físicamente solo te pareces en la forma del cabello; pero tu carácter, se parece tanto al de ella...
—Menos la ferocidad... —la parafraseó Atenea.
Mnemosine le había contando de su parecido con su madre varias veces. En eso, a veces le recordaba a los ancianos, solía contarle siempre los mismos momentos. Atenea imaginaba que lo hacía porque los que más rememoraba, los concernientes a la guerra y, en el caso de su madre, cuando fue asesinada; no eran recuerdos que quisiera compartir con alguien que seguía viendo como una niña algunas veces.
—Sí, bueno. Creo que Metis, de haber tenido tu lado bélico, habría sido aún peor que tú. Sin embargo, y aunque lo niegues, creo es tu lado doméstico el que te hace modificar tu ferocidad. Solo eres como una madre cuidando de sus hijos...
«Lo que tu madre quería para ti». Recordó de repente Atenea, con una punzada de tristeza. No era algo que le dijera Mnemosine, sino Prometeo. Aunque la diosa de la memoria recordaba cada uno de los momentos que tuvo con su madre, y las conversaciones que versaban sobre ella, nadie la había conocido como Prometeo, posiblemente.
—... Creo por eso es que hemos sobrevivido todo este tiempo.
Terminó su idea Mnemosine y Atenea se ruborizó un poco, realmente humilde.
—Muchos hemos hecho mucho para seguir sobreviviendo, y lo sabes.
Mnemosine hizo sus manos hacia la mesa para darse impulso y levantarse, mientras decía con una inusitada energía, como si el momento de los recuerdos tuviera que pasar.
—¡Bien! Eso sí que no se parece a Metis. —Atenea hizo un amago de reír—. Afrodita sabe que la quería, pero a veces podía ser tan soberbia. —Mnemosine mejoró la posición de su caperuza y, luego, preguntó—: ¿Necesitas algo más, Ati?
Atenea miró hacia los libros y, aunque le parecía que iba a ser un esfuerzo sin sentido, sabía que si no lo hacía, iba a recriminarse no intentar todo las posibilidades para entender lo que le había dicho Delfos sobre Licaón.
—No, no... Ve, sé que estás ocupada.
—Cualquier cosa, me llamas.
—Claro.
Mientras Mnemosine caminaba hacia la salida, Atenea ya había escrito los temas en el papel mágico y abría el primer libro, subrayado por sí mismo para enseñarle donde hablaban de los temas que ella había pedido.
-o-
El sólo escuchar los gritos y silbidos sobre su cabeza lo ponía realmente al límite. Pero, sin duda, la presencia de esa mujer le ponía todavía más nervioso.
Artemisa era una Diosa conocida por sus muchas habilidades, pero entre las menos conocidas y más temidas se destacaban sus artimañas, diferentes a las estrategias de Atenea, pero al final casi siempre igual de efectivas; su caprichosa forma de ser y su gran boca. Era ambiciosa, y poco dada a andarse con mesura. Mucha gente le temía, no porque fuera La Cazadora ni por su brutalidad y fuerza (sólo comparable a la de Ares, del cual era su segunda al mando), sino por lo que ella era capaz de DECIR y HACER: lo que hiciera falta para conseguir lo que quería, con toda la frialdad y astucia del mundo. Milo de Acadia había llegado a entender el comportamiento de Artemisa como justamente eso: caprichos y tesón. Ella no tenía miedo de ensuciarse las manos para hacer lo que creía necesario y correcto.
Sinceramente, la mujer le hechizaba. Rubia de largos y ondulados cabellos, alta, voluptuosa y de cuerpo elegante, femenino, escultural... pero más fuerte que cualquier otro Dios varón; la Diosa de la Caza era considerada por sus congéneres algo así como la hermanita marimacho. A él, realmente, no le extrañaba mucho eso. Poca gente le tenía estima a la Cazadora, aparte de su hermano, Apolo.
Sin embargo, gracias a eso mismo ella había conseguido labrarse una reputación en el Olimpo. Por su propia cuenta, prácticamente sin pizca del favoritismo de ningún tipo, ni siquiera de su padre Zeus. Por historias que contaban dentro de la manada, Milo sabía que Artemisa antes era casi que una diosa menor, sin importancia, por más que ella se quería a su lugar entre los dioses bélicos. Aún así, ella halló su oportunidad en los tiempos del inicio del ataque de los monoteístas. Artemisa asimiló a Selene, la Diosa Bruja, en circunstancias indeterminadas, al menos a oídos de simples licántropos. Aquello, y su ferocidad y tesón en la batalla, fue lo que la hizo tener suficiente poder para llegar a ser una Doce Grande, aunque no le cayera bien prácticamente a nadie.
Si le preguntaban a Milo, él podía nombrar con seguridad tres cosas que eran muy de Artemisa: su carácter podrido, su afición por las actividades brutales que incluyeran un poco de sangre (duelos, entrenamientos militares, cacerías, o cualquier tipo de escaramuza amistosa), y su facilidad para echarle manos a la obra en asuntos que la mayoría de las veces no le concernían.
Como esa vez, por ejemplo.
—¿Lo entendiste? ¡Mírame cuando te hablo! —le gritaba ella, y le regaló un cachetazo en la oreja, porque se dio cuenta de que Milo no le estaba poniendo atención.
Aquel no era el mejor lugar para hablar con un lobo belicoso, cualquiera se daba cuenta.
Por encima de sus cabezas, la multitud chillaba y golpeaba el piso a patadas con tamaña euforia en torno al cuadrilátero. La nariz del licántropo controlaba todo el resto de su cuerpo, y la adrenalina fluía sin control por sus venas, impulsada por un corazón poderoso y hambriento. Milo hizo una mueca con el hocico, frunciendo la nariz. ¿Cómo le podía ella pedir que le prestara atención, cuando estaba esperando su momento de gloria tan ansiosamente?
Tal vez porque, en palabras de ella, los licántropos eran todos iguales: sólo servían para hacer tapetes. Milo pensó con cierta rabia herida, que si tuviera una oportunidad, podría mostrarle a esa mujer engreída un poco de lo que un «tapete» podía hacer.
El lobo gruñó y le mostró los dientes, pero al instante siguiente gañó bajito, lloriqueando como si le pidiera perdón. Bajó las orejas y se volvió hacia ella, sus ojos azules y brillantes de excitación y el hocico fruncido peligrosamente. En el fondo, y como todos ellos cuando sabían como tratarlos, era un cachorro obediente, por más que también era fuerte y feroz a pesar de su escaso rango. Una bestia magnífica, claro, como cualquiera de su raza: grande, musculoso, de espeso pelaje invernal teñido de gris con una raya más oscura sobre la cabeza y a lo largo del lomo. De los menos «puros», por sus colores, pero no por ello menos apto para la misión que ella tenía pensado encanutarle.
Milo le ofreció las manos, enormes manos-zarpa que ella sólo miró con una mueca, y ladeó un poco la cabeza, mostrando el cuello en una actitud sumisa y necesitada.
—No, ahora no te comportes como el cachorrito abandonado, no seas estúpido. ¡Sólo juega bien tu papel! Hay una buena tajada aquí para todos si hacemos esto bien —repuso la Diosa, y le agarró el hocico entero con la mano, cerrándole las fauces—. Y todo depende de tu lastimero pellejo. Recuerda, ¡nada de piedad ahí fuera! Tienes que hacerles verdadero daño, y si puedes matarle, mejor.
El brillo de algo dorado atrajo la mirada del lobo, y lo miró por más que el hocico le doliera con su agarre. Era una pulsera de algún metal brillante que refulgía en la muñeca de Artemisa: el artefacto que impedía que otros seres sintieran su opresiva presencia de Diosa, y la descubrieran. También se había vestido para la ocasión, con unos shorts ajustados, apenas el brassier de un bikini negro y el cabello suelto, revuelto y salvaje. Tenía que mezclarse con las náyades que caminaban casi desnudas por todo el lugar, para avivar a la multitud y hacer que se vendieran más de los elixires de Dionisio.
No pudo aguantarlo más, y aunque era posible una represalia, el lobo acercó el hocico a ella y le olfateó la cara. Artemisa sonrió, complacida. Ella lo sabía, sí: para él y cualquier otro de su raza, el olor de su piel era casi que una droga. Se sentía un poco humillado de ser tan sensible a esa mujer, pero...
—... oh, pequeño. He sido mala contigo, lo sé. ¡Pero no me escuchas! ¡Escúchame cuando te hablo! —le dijo, esa vez tomándolo con fuerza por la oreja. Milo se acurrucó a su altura, y miró al piso— Sólo sal ahí y haz un bonito espectáculo, que nuestro cliente estará viendo. Queremos que te elija. Y, por favor, trata de que no te maten, ¿Sí? —voluptuosa, Artemisa le soltó la oreja y le acarició el hocico. Milo no pudo evitar cerrar los ojos, y buscar oler su palma. Todo a su alrededor había desaparecido detrás de la bruma de su olor, hasta que ella le habló hasta con un deje de ternura—. Le has servido bien al panteón hasta ahora, tu padre estaría orgulloso.
—Mi padre no consentiría esto. —gruñó el lobo, atreviéndose a hablar por fin.
—TU PADRE le debe muchos favores a medio Olimpo, —escupió Artemisa, zalamera—, así que como eres un buen hijo y tu clan es un digno servidor y necesitas TANTO que alguien te dé órdenes para sentirte útil, me vas a obedecer a mí. Créeme, Milo, soy el menor de tus males ahora mismo. Así que ve ahí, e impresiónale. Si no lo logras, me alejarás de lo que quiero, y sabes lo que hago con los obstáculos de mis objetivos, ¿verdad?
Los destruye. Pensó Milo y el lobo se irguió más derecho, en una postura respetuosa y casi militar. Los ojos le brillaban.
—Sí, mi señora. Pero si Atenea sabe de esto...
—¡A la mierda con Atenea! —explotó Artemisa, ante la mención del nombre más odioso que en su vida había escuchado, y su mano voló directamente al cuello del lobo, apretándole la nuez de Adán con tanta fuerza que le cortó la respiración— ¡Esa maldita jamás se va a dar cuenta! ¡Y si se diera cuenta, atacaré primero para conseguirlo!
Milo cayó sobre sus rodillas, asfixiado por el apretón, y atrapó con sus grandes zarpas la muñeca de la Diosa, tratando de quitársela de encima. Pero, quizá al darse cuenta de que estaba a punto de matar a una de sus pequeñas grandes promesas, Artemisa lo soltó, y se apartó de aquel oscuro rincón en el que estaban teniendo su charla.
Con una tos afectada, el licántropo cayó sobre sus manos, tratando de recuperarse.
—... Sería muy fácil acabar con esto —continuó la Diosa, en voz baja—, Pero, ¿qué emoción habría en la caza si la termino apenas la inicié? Esto será sólo mérito propio. —Su sonrisa logró que Milo tuviera un escalofrío de miedo, como si por un instante se sintiera su presa. Una horrible sensación—. Todos tendrán que reconocerme, soy lo bastante fuerte, ¡Soy poderosa! Puedo ser la mano derecha de mi padre, su mano ejecutora.
—... sería más fácil si...
—¡CÁLLATE! Esto no es fácil, va a ser doloroso. Pero, imagina los BENEFICIOS. El acolitaje que recibiré, ¡El poder! No te creas que me gusta la idea, es más, le detesto profundamente, pero si puedo usarle como palanca para conseguir lo que deseo, no dudes que lo usaré. Nunca lo verá venir, no de mí.
El licántropo se enderezó y se sentó de nuevo en el banco de piedra, donde esperaría a que fuera su turno de subir a la arena y mostrar de qué estaba hecho. La ansiedad lo ponía nervioso, y mucho más el olor del «cliente» a quien Artemisa esperaba impresionar, su presencia terrible, oscura; aquel sujeto era la peor pesadilla de mucha gente tan dura como la propia Artemisa, así que Milo podía entender por qué se sentía así aún sin estar en su presencia todavía.
Pero, en esos momentos, le tenía más miedo a Artemisa. Y sabía perfectamente que ella lo percibía, y se aprovechaba de su temor.
Era increíble, incomprensible, la forma en que la odiaba y la deseaba al mismo tiempo. La Diosa estaba totalmente consciente de eso, y usarlo en su contra era fácil. Tan fácil como restregarle en la cara el contrato que Acontes de Acadia y toda su manada tenía con el Olimpo. Los lobos se habían echado una pesada cadena sobre el cuello, por decisión de su actual líder.
Fue bueno, y malo a la vez.
—No dudo de que usted haría lo que necesite hacerse, mi señora. Pero las reglas de cada juego son distintas. No veo cómo...
—No ves cómo ¿Qué? ¿Con quién piensas que estás hablando? —espetó ella, y se volvió a mirarlo— Limítate a que te elijan, y lo siguiente déjamelo a mí. Esta es la oportunidad perfecta. Será como matar dos pájaros de un tiro, créeme.
Milo bajó un poco la cabeza, con las orejas en punta, y se golpeó el pecho con el puño cerrado, sobre el corazón: el saludo de los lobos de guerrilla. Aceptó la orden de la Diosa no con placer, pero con deseos de complacerla, por lo menos.
Él se tenía fe. Sabía que era un luchador fuerte y de buena cepa, temerario.
No tenía miedo de lo que le aguardaba en la arena, claro que no.
Lo que temía, era lo que vendría después: lo que vendría si el plan que estaban a punto de ejecutar tenía resultados. El lobo estaba bastante seguro de que muchos iban a resultar perjudicados en eso, si algo no salía bien. Aquel a quien Artemisa esperaba acercarse era un completo bastardo desquiciado, y apenas tuviera la más mínima duda acerca ellos...
-o-
Después de horas corriendo por los bosques y cazando más por juego que por necesidad, por fin, regresó a su departamento al anochecer. Entró y todo estaba en orden. La casa cerrada, las ventanas bien selladas y el aroma a limpio que solía mantener en todo momento. Nada de olor a perro mojado o a suciedad de ninguna clase. Era un lindo apartamento de soltero. Se fue a dar una ducha, para sacarse el olor a sangre, y estaba tan en lo suyo, que había olvidado casi del todo a Atenea (por un momento, quizá).
Se duchó a gusto, y se entretuvo quitándose con una pinza los últimos pelos blancos que no se le habían caído. Transformarse era un estorbo.
Y estaba allí, muy en lo suyo, con una toalla alrededor de la cintura y la espalda mojada por el refrescante baño, cuando se percató de una presencia, viéndole a él a través del espejo.
—¿Sabes? para ser alguien que según él, le importa tanto su trabajo y eso, me extrañó que no me llamaras para preguntarme por las cartas y paquetes y también por... —miró un papel, como si en verdad necesitara leer eso para decirle el mensaje— «Sasha y Jenny, las del edificio de la calle McCarthy, apartamento F13... que esperan que esa noche sí aceptes su cita con las dos, para toda la noche»... —Hermes le sonrió y se acercó a él, divertido—: ¿Vas a decir que sí? Porque si dices que no, creo que yo les caí bien y ellas me cayeron bien, por lo que...
—Hermes, te invito a hacer lo que quieras —le dijo, condescendiente—. ¿Qué noticias tienes?
—¿Noticias? Bueno, el paquete de la calle primera, edificio...
—Me refiero a Atenea, idiota —le explicó, despectivamente.
Hermes estuvo a punto de golpearlo o aparecerlo en el Polo Norte por una hora como pequeño castigo, pero se dio cuenta de otra cosa y sonrió, mirándolo con picardía:
—¡Vaya! ¿Estamos preocupados por Atenea? Yo que creí que el no sentir tu presencia hasta hace pocas horas, era porque el Oráculo estuvo jugando con tu paciencia todo este tiempo; pero ya veo que la presencia de Atenea estuvo encubriendo la tuya...
Y subió y bajó las cejas, como pidiéndole los pormenores...
—Dime en qué anda ella, no me hagas perder MI paciencia —bramó el licántropo, con molestia.
Se dirigió a su habitación y comenzó a vestirse. No le importaba que el otro mirara, de todos modos. Estaba bastante orgulloso de todo sí mismo, pero con Atenea las cosas habían sido un poco... diferentes.
Se puso los pantalones, mientras esperaba la respuesta:
—¿Y bien? Tengo cerveza fría, pero no te daré ni una gota si no hablas, Hermes.
Hermes se puso al frente de él, sin importarle que estaba desnudo, y se llevó a la boca una cerveza, tomó la mitad de ella y lo miró con sorna.
—Cómo me encanta cuando ustedes se olvidan de que somos Dioses, hacen las cosas más fáciles ¿sabes?, como si tú pudieras impedirme algo. —como el lobo lo miró de mal talante, siguió hablando—. Atenea me dijo que le buscara cierta información y, como tú entenderás, yo no puedo decírselo a otra persona que no sea ella. Además, aún no tengo toda la que necesito. —se puso un dedo sobre la boca, con una sonrisa algo traviesa—. Por lo que... mis labios están sellados. Y dime, ¿Desde cuando tanto interés por mi hermanita mayor?
Se sentó en la cama, listo para no dejarlo hasta conseguir su respuesta, o haberle hecho perder toda la paciencia.
—... desde hoy. Y no más preguntas. Una vez que esto se termine, los dos desaparecerán de mi vida, y punto —decidió Licaón, y encontró una camiseta apropiada para vestirse.
Hermes no le diría nada, bien. Eso estaba claro. Tampoco tenía ganas de obligarlo a hablar, ya le preguntaría a la Diosa cuando la viera. Se acercó a la ventana, y desde su sexto piso observó las luces de la ciudad, y contempló la calma aparente. Cualquier cosa podía suceder allá abajo, si había una mujer-mantícora andaba pululando, peligrosa como la propia muerte.
Tal vez, buscaba más que carne Humana.
Se preparó algo de comer, dedicándose a ignorar a Hermes y su palabrería constante, en pos de que le contestara qué había pasado con Atenea. Parecía tener una imaginación muy activa (y algo sucia) por las ideas con las que bromeaba. Licaón contestaba sus preguntas apenas con monosílabos, dispuesto a no hablarle al pesado Dios de lo que no había pasado, pero de todos modos no pudo sacárselo de encima (ni siquiera a la hora de dormir). Estaba lavándose los dientes con cuidado, cuando finalmente estalló. Miró a Hermes con ojos asesinos:
—Ya estuvo bueno, ¿No? ¡Lárgate de mi casa! —le dijo, cortándolo a mitad de un chisme malo.
—... ¿Sabes? Yo sí te daría mi bendición —respondió Hermes, siguiendo con su broma acerca de Atenea, como si el otro nunca le hubiera replicado nada—. Ella se merece un poco de acción, —le dio un codazo, risueño— ¿si me entiendes...?
Licaón lo miró con desdén y le devolvió el empujón, sacándolo de su camino.
—Suficiente de tus chistes con doble sentido. Me voy a la cama y tú te largas —le dijo, en un gruñido.
Se echó sobre la amplia cama sin desarmarla, sin siquiera desvestirse, y enroscó el brazo alrededor de la almohada esperando que Hermes desapareciera, llevándose su sonrisita irritante y esas frases que tanto le molestaban. Como si una Diosa fuera a fijarse en un castigado como él, por favor. Frunció el ceño, y suspiró profundamente antes de que el sueño empezara a invadirle.
Hermes se le quedó viendo un instante. Y cambió de expresión tan rápido que su rostro parecía aún más preocupado de lo que era posible un segundo antes.
—¿Sabes? A ella le mataron otro Héroe hace como dos meses, y hoy le matan este y... ahora, el Oráculo quiso hablar con ella hoy, cuando a veces ni siquiera lo hace cuando le rogamos que nos vea. Y finalmente tú, el peor Héroe de la historia, se preocupa por ella y por la información que me pidió... que ya que me la haya pedido, es cosa seria, porque ella no me toma seriamente... ¿Ideas de lo que puede estar pasando?
—Cuando tenga idea, te enviaré un e-mail. Largo de mi casa. —lo amenazó Licaón, de mal humor.
¡Cielos! Quería dormir y el mensajero de los Dioses sentía ganas de charlar. ¿Es que no tenía nadie más a quién ir a molestar?
—... sospechamos que David fue atacado por cualquiera con suficiente poder para convertir a una mujer ordinaria en un monstruo que cambia de formas, junto a otro tipo con pelos de vaca. —se resignó a decir—. Deben tener sus buenos motivos para desafiar a la Diosa de la Sabiduría, y unos cojones que ni te imaginas.
—Lo del Vellocino y lo del Cinturón de Hipólita lo sabía, creí que eran robos pero, si dices que esto está unido a que alguien quiere joder a Atenea. —negó y sonrió con ironía nerviosa—. Tienes razón, ¡Alguien tiene unos cojones enormes, o es un completo loco suicida! Atenea es una de las diosas más importantes, sin ella, nuestro panteón en serio estaría en peligro. Como debes saber, muchos somos una panda de egomaníacos irresponsables. No tienes idea de lo tanto que nos compensa a los demás... ¡Y nunca jamás le digas que yo dije eso!
Licaón levantó la cabeza y lo miró con el ceño fruncido:
—¿Sabes? No eres tan malo después de todo, Hermes, si puedes admitir que eres un hipócrita como todos los demás —dijo, con tono más suave—. Pero eso no implica que me agrades. Ahora, si no tienes otros asuntos conmigo, entonces me gustaría que te fueras de mi casa y me dejaras dormir.
—Eh, ¡Pero claro que tengo asuntos contigo! ¡Eres mi Héroe! ¿Cómo crees que te ayudaré sino estás consciente para que pueda ayudarte? Y si proteger a Atenea es la empresa que te has fijado, la cosa está más jodida aún. ¿Cómo haré para ayudarte a cuidar a alguien que podría patear tu trasero solo con la uña de su dedo meñique?
—¡Oh, por todos los cielos! —ladró Licaón, irritado.
Se levantó de la cama, harto de la conversación, y se dirigió a la cocina. Sacó una cerveza del refrigerador y la destapó sólo con sus dientes. Escupió la tapa hacia el fregadero y le echó un largo trago para refrescarse y sacarse de encima el mal humor. Necesitaba una mujer, una mujer que supiera manejarlo y cuidar de él, porque por eso se estaba volviendo tan hosco y poco tolerante.
Se apoyó en la mesada, mirando el intrincado diseño de la piedra.
Sí, quizá... por eso estaba tan súbitamente interesado por ella, por eso quería protegerla.
Porque necesitaba la mano de un amo, como un perro cualquiera.
Qué humillación, sentirse así después de haber sido un rey tan venerado y temido.
Cerró los ojos con fuerza, y se enderezó para tomar otro largo trago de cerveza, vaciando la botella. Dejó el recipiente en la mesada y se volvió para encarar a Hermes, a quien esperaba encontrar a sus espaldas.
—No sé qué pretendes de mí más que mi atención, Hermes. No soy un Héroe y no quiero serlo. Sólo... quiero hacer esto, y que me dejen en paz —respondió, con dureza.
Hermes le sonrió:
—Creo que eso es más que suficiente por ahora. Tengo que irme a recolectar toda la información, pero no te preocupes, Licaón, desde que nací fui genial en mis primeras veces. —le guiñó un ojo—. ¡Vas a ver como soy el mejor patrono para ti, mi Héroe!
Y desapareció.
—Bien. —gruñó Licaón, más relajado—. Ahora, a dormir.
Sin embargo, aquella noche fue larga, incómoda, molesta. Algo le faltaba. Se levantó muchas veces, salió al balcón. En el edificio del frente, las dos vecinas que supuestamente le habían invitado a su apartamento estaban teniendo una fiesta privada con otros muchachos. Se apoyó en la barandilla, observando desde lejos las siluetas en las cortinas, que no parecían hacer nada en particular. O tal vez, sí, sólo que él no estaba de humor para escuchar a gente «divirtiéndose».
El aire fresco azotó su piel, refrescando sus emociones alteradas.
La luna estaba abierta en el cielo, grande y poderosa...
La luna era una deidad femenina.
—... las mujeres me acosan hoy, maldita sea. —gimió, y regresó a la habitación.
Tenía que reconocer que eran, de verdad, muy pocos los humanos que alguna vez habían tenido algún contacto directo con un Dios Olímpico. Y él no sólo había estado frente a Zeus mismo una vez, sino que, en un solo día, había estado ante la mismísima Atenea, y Hermes. Debería sentirse afortunado, no sólo de haberla visto, hablado con Atenea (de que ella le hubiera tocado), sino también de que ella no lo hubiera freído con sus poderes en vez de soportar tan pacientemente su altanería. Si tenía que ser cien por ciento sincero... esa mujer le había dejado frío con su aparición, su poder avasallador era muy fácil de percibir.
Ella, era avasalladora.
Los seres inferiores tendían a temer, y aquellos con una parte animal, temían por instinto.
Bueno, después de lo que le había pasado, ¿Acaso no tenía derecho a temerle a los dioses? Jah. Debían necesitarlo mucho, si le habían dejado vivir tanto; eso no era algo común. Además, estaba aquello que Delfos dijo.
Todo le sonó a un «no te han encontrado, gracias a mí».
No sabía lo que aquello podía significar, y tampoco estaba seguro de querer averiguarlo. Se echó sobre la cama, esa vez trató de dormir hasta el amanecer. Y a medida que se iba sumiendo en la dulce inconsciencia del sueño, un tenue aroma de flores, miel e incienso empezó a llenar sus sentidos, poco a poco llevándolo a un sitio donde nunca nada cambiaba...
