CAPÍTULO 7, primera parte
Atenea revisó de nuevo las vitales de la semi-dríade y estaban igual: estables, pero muy débiles. No le sorprendía. En lo más profundo de unas deshabitadas alcantarillas de los años cincuenta, no habían cosas mínimas para el buen vivir de una dríade: nada de luz solar ni agua potable, menos comida decente; sin mencionar el estrés de haber sido secuestrada, con muchas agravantes, por un vulcánico sin socializar.
Se dijo por enésima vez que debió poner más personas a trabajar en ese caso, no solo a David y su equipo; pero en ese entonces estaba tan confiada del futuro del joven héroe, que puso por encima un hito en el entrenamiento de David, que a la misión en sí. Atenea le acarició la sucia frente a la dríade, sintiéndose culpable. Estaba segura que toda decisión tomada por ella iba a acarrear consecuencias negativas, siempre lo hacían. El prever consecuencias negativas, le había ayudado para lidiar con ese lado injusto y doloroso existente en toda situación remotamente bélica, porque sabía que tomaba una de las mejores decisiones en cualquier posición que hubiera estado. Sin embargo, en ese momento se encontraba en una de esas pocas veces en que estuvo completamente equivocada. No podría saberlo en ese entonces, claro, porque le había dado el peso de siempre a la «variante Delfos», cuando se trató de una excepción a la regla: David no llegó a ser un gran héroe, había sido asesinado sin poder salvar a su propia madre. Eso había acarreado y fortalecido otras consecuencias negativas que ella nunca previó.
Cuando despertara, esa mujer no solo iba a tener que lidiar con las vivencias de un secuestro que se alargó más de lo que debía, porque Atenea decidió dejar su rescate en las manos de un héroe con poca experiencia; sino que, también, se iba a dar cuenta de que su hijo, el que no pudo salvarla, había sido asesinado de una de las peores maneras... Atenea quitó la mirada del rostro delgado y sucio de la mujer, acomodó mejor el gran abrigo que había aparecido para cubrir su cuerpo desnudo, y se puso en pie.
El lugar era una maloliente y oscura alcantarilla. Casi no tenía agua residuales en ella, pero sí muchos restos a medio carbonizar y en diferentes estados de descomposición, de varios tipos de animales y algunos humanos; además del cuerpo casi descuartizado del gran vulcánico que ella acababa de asesinar. Todo eso hacían una mezcla de olores realmente repulsiva, que Atenea asociaba con los campos de guerra en la antigüedad.
Miró su reloj, con impaciencia. Aunque había llamado a Asclepio y al IMI para que le enviara a alguien hacía menos de cinco minutos, los sentía como si fueran más. Le pasaba mucho cuando estaba a la espera de algo e impaciente, y esa sensación solo ayudaba a ponerla de peor humor. La causa de que estuviera así, se resumía en que el IMI aún no había entregado el informe preliminar sobre el asesinato de David, ni siquiera había devuelto los restos del cuerpo para hacerle su sepultura. Que se estuviera tardando la estaba poniendo de los nervios. Si Astrea no le hubiera dejado hacerse cargo ella misma de la muerte del vulcánico y el rescate de la madre de David, en vez del equipo de Broom que lo habían rastreado; estaría totalmente intratable. Lo peor era saber que, aunque se trataba de lo único que podía hacer por David (y sacar un poco de frustración de su sistema); el haber matado a alguien no la acercaba más a saber contra quién iba antes de que hiciera de nuevo un movimiento... ¡La impotencia la estaba desesperando!
Tanto era su mal humor, que el aura de Panacea la hizo sentir impaciencia por su llegada tardía, en vez de la acostumbrada sensación de bienestar vigorizante que realmente tenía. La diosa mediana tosió por el aire cargado que la tomó por sorpresa y luego miró al rededor.
―Panacea ―dijo, dando una cabezada amable como bienvenida.
―Atenea.
Sin mediar palabra, la diosa bélica le señaló a la semi-dríade con su lenguaje corporal.
La recién llegada se pasó la mano por la nariz y tragó saliva mientras iba hacia la mujer. Como temió, podía degustar el olor del lugar en su boca. Tomó dos bocanadas más de aire, y empezó a acostumbrarse al olor. Pasó junto al cuerpo del vulcánico, y fue por la semi-dríade, que estaba cerca de Atenea. Aunque la sorprendió mucho cuando vio que Atenea estaba cubierta con salpicaduras de sangre, no hizo algún comentario al respecto, solo dijo:
―¿Hay más heridos?
―No, solo ella. Creo que se trata de desnutrición y el desgaste físico por un estrés prolongado.
Panacea asintió, se agachó y le puso las manos en la cabeza y el pecho a la semi-dríade, para sanarla con su poder divino.
La hija de Asclepio había trabajado con Atenea muchas veces. Era la más grande autoridad en el panteón en el campo de la medicina de emergencia y por eso, cuando Atenea pedía alguien, Asclepio casi siempre la enviaba a ella. Eso no quería decir que todas las veces lo hiciera con la mejor de las disposiciones. A decir verdad, Atenea intuía con facilidad en cuáles momentos no era así, y estaba en una de esas veces. Eso solo hizo estar de peor humor, indignada de que lo que para ella era muy importante, para los demás no fuera así; pero se mantuvo en silencio, viéndola trabajar.
Sabía que Panacea tenía algo así como una escala de lo que para ella sí eran emergencias que la necesitaban, y cuáles no lo eran. Desnutrición y desgasto físico por estrés en solo una persona, no figuraban en esa su lista. Pero eso no quería decir que iba a decidir dar media vuelta y no atenderla, o tratar con malos modos a Atenea por llamarla por algo tan nimio. Era de esas personas que eran transparente de una forma pasivo agresiva algo sutil: solo era muy profesional, totalmente impersonal... Y eso hizo a Atenea detestar por un instante a la recién llegada. Aunque racionalmente sabía que Panacea tenía todo el derecho de indignarse por ser llamada de la nada cuando quién sabe qué estaba haciendo, para atender una «emergencia» que casi que cualquier ser menor con cierta habilidad sanadora podía tratar.
… Estaba en uno de esos momentos que muchos le advertían que iba a tener: «No te involucres tanto emocionalmente con tus acólitos, pierdes toda objetividad cuando lo haces». Por eso, decidió alejarse de ahí, y hacer algo para mejorar su humor en vez de solo esperar impotente y empeorarlo todo. No solo existía el caso de los asesinatos de David, Lita y Seamus; también habían más misiones y situaciones en el panteón que necesitaban de su objetividad.
―Broom y su gente están trayendo a unas personas del IMI para acá. ―empezó a decir, aunque aún no había ni decidido qué iba a hacer a continuación―. Cuando lleguen, se llevarán a Helena al Hospital Olímpico.
Panacea asintió y dijo, muy profesional:
―Estará estabilizada para ese momento. Los esperaré junto a ella.
―Gracias. Nos vemos... ―aunque sentía que no era la mejor forma de despedirse dada la situación, aún así se fue.
-o-
Atenea se apareció en el «despacho» de Hefesto, más por impulso y exasperación, que porque tuviera realmente algo qué hacer ahí. Sabía que necesitaba el informe del IMI (o que, milagrosamente, Hermes llegara con información nueva) para poder seguir en la investigación; y así fue como llegó a ahí, al lugar donde se hacían la mayoría de pruebas. El impacto del aire puro fue más que suficiente para sentirse mejor, y un punto a favor por haber llegado ahí solo porque quiso. Realmente no importaba, Hefesto estaba acostumbrado a que lo hiciera, y no era de los que les preocupaba los protocolos de buena educación. De hecho, ni siquiera tenía una agenda en donde pedir cita para verle. Si él hacía que los hechizos alrededor de su despacho dejaran a entrar a alguien (como Atenea y otros pocos elegidos), era la forma del Dios herrero de dar libertad de llegada en cualquier momento.
Sin embargo, él no estaba ahí. Pero eso no quería decir que el lugar estuviera vacío. Había un anciano de dos metros y medio, muy fornido, que estaba moldeando con sus dedos los hechizos escritos en cuatro escudos al rojo vivo. No le era difícil, porque era un vulcánico y tenía cuatro brazos fuertes y funcionales. Del otro lado, una joven baja y pelirroja, estaba mirando por sobre una lupa para poder ver el microchip que estaba haciendo con muy pequeños soldadores. Ninguno de los dos hizo algo que dijera que repararon en ella, aunque Atenea estaba segura que habían sentido su aura llegar. Lo que pasaba es que, como su padre, mucho de los vulcánicos que trabajaban con él, tenían una sorprendente habilidad de concentración. Atenea sabía que Hefesto había durado sin comer, dormir ni cambiar de actividad por más de una cuatro días. Era realmente una habilidad sin igual, aunque por eso mismo Afrodita solía estar muy al pendiente de todos ellos y sus horarios de comida y sueño.
Atenea se acercó a una larga mesa con varios motores a medio instalar. Supo fácilmente, por la manera en que estaba «organizado», que se trataba de un «prueba y error» aún en marcha para buscar nuevos combustibles... Eso la hizo emocionarse y decidir que ya que estaba ahí, y Hefesto no la había recibido al instante (por lo cual debía tener una muy buena razón); iba a hacer tiempo viendo en lo que estaba trabajando.
El lugar era una enorme cámara de piedra lijada, revestida con pintura de colores pasteles (cosa de Afrodita, su estilo era inconfundible). Por todo lado, aún en el suelo, habían sutiles grabados, líneas hundidas o resaltadas que era parte de los grandes hechizos que Hefesto hizo en todo el Volcán, protectores más que todo. Se encontraban en un intrincado sistema de minas escondido en las profundidades del Mauna Kea, el volcán más alto en las islas Hawaii. Desperdigados en lo que parecía ser un orden de cuadrícula sin divisiones, habían grandes mesas llenas ya fuera de computadoras de última tecnología, flechas, cámaras de gas con espacio para tres personas, un laboratorio de química, la yunta donde estaban haciendo escudos... Hefesto solía trabajar en por lo menos tres ideas a la vez, y en todo el Volcán, los demás ingenieros Olímpicos tenían otros tantos proyectos en manos... Algo que nadie hubiera pensando que existía en uno de los lugares más turísticos del mundo.
En ese archipiélago no solo vivían Afrodita y Hefesto sino también gran parte de su séquito, casi que completamente hecho por hijos de ella. No era suficiente para que consideraran un asentamiento Olímpico (ahí no residían acólitos), pero sí para ser tomado como «tierra sagrada». Hefesto y Afrodita habían residido ahí por poco más de cuarenta años, y ése era su «Centro de operaciones». Parecía que habían encontrado su hogar y era muy posible que no se fueran de ahí. Hefesto prácticamente nunca salía del Volcán, y Afrodita solo era anfitriona en ese lugar. El calor de hogar era tan contagioso, que hasta el laboratorio solía tener un poco del mismo.
Por eso le extrañó que, a falta de Hefesto, Afrodita no llegara a darle le bienvenida, o alguno de los Cupidos en su defecto. Pensando en eso, un problema fronterizo en Suramérica, la última reunión de dioses naturales y la profunda crisis existencial de uno de sus héroes; Atenea se vio empujada, sin darse cuenta, hacia el lugar más al norte de la estancia. Ahí había un gran escritorio muy atestado y varios archiveros, además de repisas con algunos inventos miniaturizados o ejemplos de los mismos. Era la repisa de los trofeos, Afrodita había iniciado a llenarla poco después de que todo el laboratorio estuviera en funcionamiento. Sin embargo, Atenea no fue a ver esas repisas, sino unas al otro lado, donde habían veintiún frascos con embriones humanos en ellos. Todos eran de pocas semanas, pero se podía vislumbrar severas deformaciones en varios. Sin embargo, Atenea los veía con una mirada muy diferente al interés científico que había demostrado antes, sino con una suavidad triste. Acarició con las puntas de los dedos una de las colchas tejidas a mano dobladas, y que servían como base a los frascos. No supo por cuanto tiempo estuvo así, era la primera vez en días que no le importaba la sensación de que pasaba el tiempo.
―Traigo todo lo del último, y los resultados de los otros dos ―la sacó de su ensimismamiento Hefesto, llegando a su altura seguido por un carroza de metal llena de cajas.
Al contrario que con todos los demás Doce Grande, nadie que viera por primera vez a Hefesto podría imaginar que era un dios. Con su 1,80m de estatura era un hombre bajo para la media divina. Además renqueaba, aunque mucho menos que en los tiempos antiguos, porque se había hecho aparatos y operaciones que habían arreglado una pierna y mejorado mucho la otra. Sí, tenía una constitución fuerte, pero sus músculos no se «cincelaban como piedras» en él. Además, tenía el cabello totalmente cano, aparentaba al rededor de cincuenta años, tenía un párpado ligeramente más caído que el otro, el labio superior un poco desviado hacia arriba, una piel reseca y... En resumen, no tenía la simétrica belleza de cualquier dios de su estirpe. Para los humanos, podía resultar hasta un señor guapo, pero para los Olímpicos y más para la madre que lo descartó apenas vio sus piernas deformes, era horrible.
Sin embargo, desde muy pequeña y cuando Hefesto se convirtió en su mejor amigo, Atenea había pasado muy fácilmente de esa primera impresión. Por sobre su ingenio e inteligencia, Hefesto tenía algo que era muy preciado al estar rodeada de Dioses. Él era extremadamente poco egoísta, poco lo preocupaba lo que los demás ambicionaban, y había aprendido rápidamente a no importarle lo que hicieran o dijeran, con tal de que a él lo dejaran tranquilo haciendo su proyecto de turno. Y aunque cuando lo conoció y aún hoy, podía ser rudo y poco dado al trato social, eso le confería cierta sinceridad y transparencia; porque no lo hacía para dañar, sino porque no entendía mucho de las relaciones sociales. Los que habían logrado pasar más allá de esa primera impresión, como Atenea, eran de los pocos afortunados que veían el buen corazón que había logrado conservar Hefesto aunque fuera un descartado desde su niñez. Nunca había entendido como pudo ser posible que lo lograra, pero así era.
Atenea miró las cajas con las evidencias y sonrió más que si le hubiera dado un gran regalo de cumpleaños. Hefesto fue hacia ella, le puso la mano en el hombro y acercó su rostro barbudo para darle un beso en la mejilla. Con muy pocos tenía esas formas naturalmente cariñosas en el trato.
―Es bueno verte, Ati. ¿Venías por esto, verdad?
―Si son las pruebas de los asesinatos de David Stiga, Lita Forte de la tribu Amazona del Sur y...
Hefesto sonrió y la interrumpió:
―Sí, esos son.
―¿Cómo van?
―Solo falta terminar el análisis del tercero... ―sonrió, con mucha emoción―. ¿Quieres trabajar juntos en esto?
Atenea sonrió de vuelta, con cierta ternura que le quitó todo resquicio de mal humor que le quedaba. Hefesto la hacía tener, muchas veces, esa reacción. No solo la relajaba porque confiaba en que él podría ayudarla con lo que sea que llegara a pedirle su consejo, sino que tenía una forma de ser que la apartaba hasta a ella de las presiones del exterior. La vida de Hefesto solo eran su laboratorio y su familia, para él no había espacio para preocuparse por el juego de poder dentro del panteón, o las guerras con otros dioses, o la vida y la muerte de los acólitos o los héroes. Él hacía su trabajo: investigaba, analizaba, comprendía e inventaba ya fuera cualquier tecnología o magia. Hefesto podía poner todo su empeño, por un ejemplo, en buscar la cura del cáncer, y no veía, se preocupaba o se dolía por cada uno de las personas y las familias que vivían con esa enfermedad. Eso en cualquier otro lo hubiera hecho un ser inhumano, pero en Hefesto no, porque en última instancia, no se concentraba en buscar la cura del cáncer porque sí, sino porque sabía que eso funcionaría para salvar vidas.
Era el más práctico, con mucho, de todos los dioses mayores; y por eso mismo, uno de los más útiles. Su entregado trabajo a lo que más le gustaba hacer, entender el mundo y jugar con sus reglas para mejorar la vida, era lo que había asegurado su puesto como Doce Grande cuando era la persona menos política que Atenea conocía. Más neutral de lo que le hubiera gustado, prestaba ayuda a cualquiera más por la misión que le dieran, que por afiliaciones de algún tipo.
… Aún así, aunque esos eran análisis que muchos de sus hijos podía hacer, se había hecho un espacio para hacerlo él mismo simplemente porque sabía que podría trabajar con Atenea. algo que casi nunca podían hacer. Sí, Hefesto era muy práctico y neutral, hasta que llegaba alguien de su muy cerrado círculo de personas queridas a verle con alguna necesidad. En esos momentos, reacomodaba su agenda mental, y ayudaba al instante. Algunas veces, lo hacía más por placer que porque el tema fuera urgente, o al menos así pasaba cuando se trataba de Atenea. Además, los dos sentían que, intelectualmente, solo el otro se les comparaba; y tener una compañía así era muy estimulante. Por eso, uno de los momentos más fructíferos en la «carrera laboral» de Hefesto, fue durante poco más de doscientos años en que los dos fueron pareja.
A Atenea no le fue difícil decidirse.
―¡Sí, claro que quiero! ―respondió ella, casi que con ironía.
Apareció su teléfono celular y lo apagó, luego empezó a mover telepáticamente una mesa, y a acomodar las cajas en ella. A la vez, Hefesto movía varios instrumentos desde todas las direcciones y alturas de su «despacho» hacia donde ellos estaban.
―Bien. Porque creo que te encantará conocer lo nuevo en la correspondencia ADN-aura que los chicos están creando. Es experimental, pero creemos que... ―De repente, Hefesto reparó en que la ropa de Atenea, parte de su pecho y cabello, estaba lleno de sangre y otros fluidos resecándose―. Creo que primero... ―hizo un ademán con la mano que abarcaba, nerviosamente, el cuerpo de ella y la diosa bélica se miró. Rió.
―¿Creerás que se me había olvidado?
Hefesto le sonrió de vuelta, divertido:
―Ve a darte un baño, y a saludar a Dita... Tendré todo listo para cuando regreses. ―decidió entonces, como si fuera lo más obvio por hacer.
Atenea le tomó la palabra y se apareció en la parte residencial del Volcán... Estaba tan de mejor humor, que tuvo buena paciencia en responderle mentalmente a la nueva sacerdotisa que tenía, una chica tan nerviosa que a veces hasta se le olvidaba el orden alfabético.
-o-
El lugar era frío y hediondo, y los barrotes de las diminutas ventanas muy gruesos, de un metal casi imposible de doblar. Ya lo había comprobado. Las paredes estaban mal revocadas, sucias de hollín, heces, sangre, y orines de varias clases. El olor de la sangre era lo peor. Era sangre ajena, sangre de los tributos humanos y animales que le dejaron para que se alimentase, y propia, de su vientre. Así fue como la maldijeron, como la castigaron. Porque era una mujer servil, y porque su sangre de mujer era el catalizador.
No estaba segura de soportar otra transformación.
¡Era injusto! ¿Eso era lo que le pasaba por ser devota a sus dioses? La maldijeron.
Se tocó con las manos temblorosas el grueso collar dorado que tenía alrededor de la garganta, un dispositivo colocado por aquel hombre encapuchado. Era una pieza muy sólida que parecía una serpiente gruesa y trabajada mordiéndose la cola, con ojos de rubí. Cada vez que intentaba quitárselo, el collar la ahorcaba poco a poco hasta dejarla sin aliento. Y terminaba bajando las manos y la frente, llorando de frustración, dolor e ira.
De miedo, más que todo.
¿Qué le iba a pasar cuando se terminara el ciclo?
Sucedió cuando empezó a sangrar. Y sucedería de nuevo, en cualquier momento.
A medida que el ciclo llegaba a su final y que la sangre que bajaba era más escasa, la conversión resultaba más brutal y peligrosa, le dolía mucho más y le costaba otro tanto volver a su forma humana. Le costaba tanto, que la última vez el hechicero había tenido que usar su magia en ella para devolverla a su estado primigenio, el de una chica debilitada y exhausta, con el cabello enredado y la piel sucia de sangre y restos de carne. En su forma humana, las heridas no se curaban rápido. Y además del dolor de las heridas y la indigestión, lo peor era que estaba aterrorizada por la sola idea de que cuando su menstruación acabara, ya no pudiera volver a convertirse en una mujer y quedase para siempre atrapada en el cuerpo de la monstruosa criatura.
Su espalda se arqueó ante el primer espasmo de dolor, sintiendo los huesos romperse bajo su piel.
Se levantó muy rápido de su rincón, y corrió hacia la puerta de metal. Se estampó contra ella, y con los puños comenzó a golpear. El dolor. ¡EL DOLOR! Gritó con todas sus fuerzas y se deslizó otra vez al suelo, las uñas arrancando la pintura descascarada de la puerta. Otro espasmo la atravesó, y pudo sentir entre los crujidos y chasquidos, y el burbujeante movimiento de su piel, que en su interior empezaba a suceder el cambio.
No, ¡No! ¡Si le pasaba de nuevo, podría no volver a ser humana!
Se lanzó contra la puerta otra vez, golpeando, gritando, pidiendo auxilio. Gritaba más para que el hechicero le calmara el dolor (o la matara) que por miedo, a esas alturas. Cada vez que golpeaba con los puños, veía que éstos habían crecido un poco más de tamaño y se estaban cubriendo de pelo y escamas doradas. Se mordió la lengua, entre sollozos, al encontrarse con sus nuevos y peligrosos dientes.
¡EL ROSTRO! ¡El dolor en el rostro, la cabeza partiéndosele para que crecieran los cuernos, el pelo, y se le deformaba el rostro hasta quedar a medio camino entre su hermosa faz humana y la de un monstruo espantoso. Empezó a aporrear la frente contra la puerta, rítmicamente y cada vez con mayor fuerza, pero no tenía caso: el dolor de los golpes no alcanzaba a neutralizar el que sentía dentro del cerebro. El estómago le ardía, los pulmones se le desgarraban, el corazón se le hinchaba y vaciaba con frenética desesperación. La espalda le vibró en un concierto horrible de crujidos mientras las vértebras se alineaban en su nueva posición, dejándole la columna flexible como la de un gato. Lo peor era lo que sentía en las entrañas, las células revolviéndose, reagrupándose, creando nuevos órganos que antes no tenía, dándole a su cuerpo el horrible aspecto de aquel monstruo tan temible.
Las piernas. Las piernas se le rompían, se le estiraban, se le volvían desconocidas, las perdía.
Ya casi no era dueña de sí misma. La consciencia se le iba cada vez más rápido.
Se lanzó de lado contra la puerta, y ésta chilló y se hundió bajo su fuerza. Alzó la cabeza y rugió en un intento por gritar de nuevo, pidiendo ayuda. Sus sentidos ahora lo captaban todo: incluso los pasos que se acercaban en su dirección, por el pasillo exterior. La cola de serpiente, con todo y ese peligroso aguijón en la punta, se balanceaba de un lado a otro sin orden ni concierto, como una criatura decapitada retorciéndose en los últimos estertores. Entonces se hizo consciente de sus gigantescas alas de murciélago, y se llevó las zarpas animales a la cabeza.
El grito que escapó de su garganta áspera como papel de lija fue horrible.
Una voz imperiosa fuera de la celda la hicieron callar de inmediato, y volvió la cabeza hacia la puerta abollada y casi salida de sus goznes. La lucidez la abandonaba, pero la bestia aún era capaz de entender lo que esos resquicios entre la puerta y el marco significaban.
Sólo tenía que golpear una vez más.
Sólo una vez más.
Golpear. Derribar. Destrozar. Matar. COMER.
Tenía TANTA hambre. Los olores eran TAN potentes ahora, que le hacían rugir el estómago. La puerta. Escapar. COMER. Apoyó las zarpas delanteras en el suelo sucio de barro y huesos quebrados, podridos, y se impulsó con las patas traseras, lanzándose contra la puerta. Las alas extendidas la llevaron más lejos, y el impacto fue lo bastante poderoso como para que el metal que la mantenía encerrada cediera, y aplastó a alguien en el proceso.
La mantícora cayó sobre sus cuatro patas, encima de la puerta destartalada, y sus ojos rojos por fin ubicaron una presa.
Un hombre encapuchado, con olor a medicinas. Estaba ida, su consciencia ya no servía, pero el lado humano de la bestia aún tenía memoria, y podía entender quién era ese hombre que retrocedía con las manos brillantes y el rostro lleno de horror. El collar le apretaba en el cuello, pero sus músculos ahora eran mucho más fuertes. Estaba fuera de control. Ella sabía que ese sujeto era malo, que le haría daño. Que el brillo de sus manos le provocaría dolor. No era estúpida, sólo tenía mucha hambre y le dolía todo el cuerpo, ¡QUERÍA DEJAR DE SUFRIR!
Extendió las alas, negras como la noche y grandes como una tienda, rozando con los huesos de sus perfectos apéndices voladores el interior del pasillo.
El hombre corrió, pero nunca pudo alejarse de ella. Y se lanzó sobre su presa. Lo derribó en un segundo, la luz le quemó el rostro y el pecho, pero no la detuvo, el dolor ya no era importante, sino la sangre. Abrió sus enormes fauces y enterró los colmillos en la cabeza del hechicero, mientras éste gritaba hasta que la garganta se le llenó de sangre y sus gritos quedaron ahogados. El sabor era suculento, dulce. Ella se paró sobre sus cuatro recias patas, y empezó a caminar con tranquilidad hacia la salida, llevándose a la presa entre los dientes.
Comer al aire libre fue un anhelo insuperable. Ella recordaba las estrellas.
-o-
El despertador marcaba las cinco y cincuenta y nueve, como cada día.
Lo distinto fue que Licaón ya estaba despierto. No había podido volver a dormir mucho tras la pesadilla, así que al quinto intento se rindió y prefirió no seguir tratando de cerrar los ojos otra vez. Continuaba viendo cosas que no quería ver. Estiró la mano fuera de la cama con la velocidad del rayo, para apagar el despertador antes de los números digitales cambiaran y se activase la alarma. El pitido siempre le causaba sobresaltos.
Se quedó un momento contemplando el techo.
—¿Dónde estará ese enano? —se preguntó, pensando en Hermes y la fiesta privada de las chicas del otro edificio.
Cerró los ojos e hizo una mueca de disgusto. Mejor si no lo veía. A ninguno de ellos.
Especialmente, a esa bruja con ojos de búho.
Pero, ¿Acaso no habían quedado en que iban a darle un uso a sus habilidades inexploradas? ¿En que ahora tendría que ayudarla, para que lo dejaran en paz en el futuro? Por eso le extrañó que ellos no lo estuvieran esperando, invadiendo su departamento.
En fin, los dioses eran caprichosos. Mejor si no estaban allí.
Se levantó de la cama y fue directamente a ducharse, otra vez. Había sudado mucho con aquel mal sueño, y aunque sabía que el resto de la gente no se daría cuenta, él podía percibir en su piel un olor espantoso a transpiración. Le parecía que era sangre. Quiso sacárselo de inmediato. Tras veinte minutos de ducha y una buena frotada con la esponja y el jabón, salió y fue a vestirse.
El uniforme estaba en el mismo lugar donde lo había dejado.
Camiseta gris sencilla, camisa caqui con la espalda bordada con el logo de la empresa y pantalones cargos de un tono tierra más oscuro, con muchos bolsillos muy prácticos para guardar cosas. Botines de suela antideslizante y calcetines, todo en orden. Y la gorra, su infaltable gorra. Se vistió rápidamente y el olor del café recién hecho entró por su ventana abierta. La señora March ya había abierto su local. No pudo evitar soltar un suspiro de satisfacción. Café caliente, y bizcochos.
Sonrió de medio lado, mientras se chequeaba el estado de la barba en el espejo del cuarto.
Era buena idea ir a comer donde la señora March, hacía buenos desayunos y tendría tiempo para distenderse, para sumergirse de nuevo en su vida normal. Esa vida donde no era una bestia que necesitaba saciar ciertos impulsos sangrientos de vez en cuando. Con toda la paciencia del mundo, revisó en el I-Pad la lista que el Departamento de Logística ya le había enviado. Sus asignaciones para el día, todos los envíos que debía retirar de depósito y procesar para organizar su ruta y repartir. A media mañana estaría de vuelta en el camino, haciendo la ruta y bajando paquetes, sonriéndole a la gente y solicitando sus firmas digitales.
Guardó el I-Pad en el bolso con el resto de sus planillas y sellos, y se lo colgó del hombro.
A las siete, ya estaba sentado frente a un desayuno de espléndido aspecto.
La señora March sabía cuál era su favorito, así que se lo preparó sin demora. Café doble, muy cargado y en una taza grande, con poca azúcar y apenas un chorrito de leche. Bizcochos dulces con jalea de frambuesa y crema de leche. Una delicia. Y hasta tuvo la suerte de que su mesa preferida también estaba vacía, era una mañana estupenda. No había algún Dios Olímpico a la vista ni problema en el horizonte y estaba por disfrutar de un desayuno de fábula.
Licaón se dio el lujo de sonreír, y empezó a desarmar un bizcocho.
La crema era dulce, y tenía un aroma ciertamente familiar, ahora que lo pensaba.
Apartó el bizcocho de su boca y volvió a olfatearlo, esa vez más concienzudamente pero con la misma discreción, por si había alguien mirándole. Siempre había alguna chica o chico mirándole, no era de los que pasaban desapercibidos. Frunció el ceño, porque al estar distraído pensando en la gente que se había reunido en el local de la señora March, su mente vagó por otro derrotero en un segundo plano, y se dio cuenta de a qué le recordaba el dulce olor de la crema:
—Atenea —murmuró, inconscientemente.
Dejó el bizcocho a medio comer, y tomó otro con dulce en vez de crema. A ese lo devoró con algo de rabia, impaciente. Bebió un sorbo de café y volvió a mirar el centro cremoso del pastelito que había dejado, con la nariz ligeramente arrugada.
No podría quitarse ese olor tan delicioso de la cabeza, ahora.
Sí, olía un poco como ella, a vainilla y flores fragantes, a primavera y bosque. A dulce. A tierra mojada por una breve lluvia. Viva y poderosa, seductora sin querer. Se mordió la lengua y se encogió de dolor, conteniendo una maldición dentro de la boca.
¿O es que sólo a él lo podía seducir con esa inocente carita de niña buena?
Ese sencillo olor a vainilla dulce, ¿Tenía el poder de evocar entera a Atenea en su memoria? Tal vez, había estado pensando demasiado en ella. En sus ojos de búho y en todo ese rollo de los Héroes asesinados. Algo estaba revolviendo de nuevo al Panteón, y fuera lo que fuese, era grande. Alguien tenía a Atenea en la mira, pero, ¿Quién podía atreverse? Ella era la única que podía decir que era «verdadera» hija de Zeus. Tan poderosa, que desafiarla era una idea que le causaría risa a cualquiera. Dioses y diosas, hasta Licaón quería reírse pensando en la posibilidad de que alguien lo intentara, siquiera...
Pero no era cosa de risa, estaban socavando a Atenea por medio de sus Héroes, robándole.
¿Cuál era el objetivo final?
Bebió un poco más de café, esperando que el aroma fuerte de la bebida le ayudara a olvidarse de esa mujer. Estaba mucho mejor sin pensar en ella, no necesitaba otro problema en su día tan ajetreado.
Miró por la ventana, distraído, y se dio cuenta de que un muchacho encapuchado estaba observando su camioneta con cierto interés.
Era el vehículo del reparto, ¿Qué tenía de grandioso?
Pensó en la posibilidad de que fuese un ladrón. La carga estaba asegurada de todos modos, pero a Licaón de Acadia no le gustaba que alguien pusiera sus manos sobre lo que le pertenecía, y eso era algo que no había cambiado en tres mil años. Siempre había sido muy profesional con sus responsabilidades, aunque en otro tiempo eso implicara hacer hasta lo innombrable para lograr sus objetivos. Mientras terminaba su desayuno, observó lo que pasaba cerca de su vehículo y estudió la actitud del joven.
Al cabo de unos minutos, el sujeto se fue.
Licaón pagó y salió a la calle. El aroma de la vainilla dulce aún estaba en su nariz y le costaría arrancarlo de su sistema, pero no perdió de vista su objetivo y le dio una vuelta al camión, esperando encontrar algo pegado o lo que fuera. Alguna marca, para que luego le robaran cuando estuviera en otro barrio. No vio algo y se tranquilizó. Se subió de nuevo al vehículo, puso la radio...
Había un olor en el aire. Ya no era ese que le recordaba tanto a la Diosa, sino algo más. Pero no le prestó mucha atención, su instinto no lo sentía peligroso.
Fue un día como cualquier otro, excepto que la imagen de esa mujer y la irritante risita de Hermes no le dejaban en paz.
A las ocho en punto recibió la carga. A las nueve, como esperaba, ya estaba repartiendo. Conforme llegaba la hora del almuerzo, Licaón de Acadia remitió y fue suplantado cada vez más rápido por Lance Hewlett, ese hombre paciente y de carácter eficiente que enfrentaba a los clientes con responsabilidad y sonrisas. Acabó por olvidarse de Atenea, de Hermes, de la sangre que olfateó en el callejón, de los robos, de las intrigas y del Panteón entero. Comió con un par de compañeros, y hablaron sobre un juego de baseball y dos de soccer. Él no había visto ninguno, pero sus compañeros estaban bastante acostumbrados a que los escuchara y de vez en cuando acotara cosas sobre la estrategia de juego.
Lance era inteligente, y a los otros les constaba. No lo veían como una amenaza pero tampoco como un amigo. Sólo eran compañeros de trabajo, ya que él nunca asistía cuando lo invitaban a tomar algo en el bar después del turno. Los solteros siempre se reunían a celebrar el fin de semana, y ya era costumbre que nadie le preguntara a Lance si quería unírseles, porque él siempre se negaba.
Y a Licaón le constaba que era mucho más fácil decir «NO» que dejarse arrastrar a uno de esos bares. Los olores eran penetrantes y no sólo había alcohol, un resabio de sangre, orina, sudor más música de rock pesado a un volumen pecaminosamente alto, sino también excitación y ansiedad. No podía respirar en un ambiente donde el aire estaba tan cargado de deseo crudo y puro; y donde las chicas estaban tan dispuestas a echársele encima después de dos o tres cervezas. No quería cometer un acto impropio, tampoco. No porque el sexo fuera impropio, sino porque sentía que no estaría en control de sí mismo en un momento tan intenso en el que el pensamiento podía quedar relegado.
No conocía sus límites en ese terreno, tenía terror de acercarse a una mujer más de lo permitido, porque temía a lo que era capaz de hacer con ella. La bestia era ansiosa y fácil de provocar.
Después del almuerzo, cada quien siguió su camino. Licaón volvió a la ruta y despachó los últimos paquetes del día, regresó a la central y entregó las planillas, descargó los archivos de firmas del I-Pad y se quedó a llenar el reporte. Su turno no terminaba hasta que no hubiera llevado el camión a mantenimiento para el chequeo diario, y recibiera la aprobación de los mecánicos para poder irse a casa. Anocheció, y Licaón marcó su tarjeta de salida a las seis de la tarde en punto.
Al salir del estacionamiento, pasó por el supermercado y se acordó de la leche y los huevos que le faltaban, y de paso compró algo para calentar en el horno y evitarse la molestia de cocinar. Cuando iba en medio de un pasillo, uno de los tantos olores se impregnó mucho más en su nariz. Miró hacia un lado, y ahí estaba la vainilla. No pudo contenerse de ir a por ella y la acercó más a su nariz. Al recordar el amargo que tenía ese menjurje, de inmediato regresó a la realidad. Era horrible. ¿Cómo algo que olía tan bien podía ser tan desagradable, en realidad?
Se sonrió, con ironía maliciosa.
—Es justo como ella —se dijo—. Muy dulce por fuera, pero seguro es una arpía manipuladora por dentro, amarga y letal.
Si con esa carita de ángel fue que logró convencerme de entrar en su cirquito... lo que no me deja muy tranquilo, es no saber qué hacer ahora. ¿A qué están esperando?
Por alguna razón, tuvo problemas en dejar la botellita en su lugar. Pero rápidamente estuvo fuera de nuevo, y los olores de la ciudad le hicieron olvidar su pequeña y nueva obsesión olfativa.
Llegó a su casa, se tiró en el sillón y quitó los zapatos. Lo mejor de su trabajo era que, cuando terminaba el turno, terminaba todo. Podía llegar a casa tranquilo y sentarse en el sofá, prender la tele y ver alguna película o leer algún libro. Últimamente estaba leyendo estudios sobre las formaciones militares más famosas de la Antigüedad. La precisión de los detalles era algo digno de un aplauso, porque casi todo era tal como lo recordaba de sus años al frente de cuantiosos ejércitos. A veces, dormía una siesta en el sillón, hasta la hora de cenar.
Podía decirse que su vida era bastante aburrida, pero era la vida que tenía y que le gustaba. Era una existencia pacífica de vez en cuando cortada por la adrenalina de una buena cacería ocasional. Simple, puro.
Cenó un pote de fideos instantáneos mientras veía las noticias, algo que por lo general no hacía, pero le dio un poco de curiosidad, por si había ocurrido algo sospechoso. Los humanos malinterpretaban la información, pero con lo que él sabía, tal vez pudiera sacar algo más en limpio. No supo bien por qué de pronto quería estar más atento. Pero se sintió extrañamente satisfecho consigo mismo por eso.
Fue a la cama con un gran libro de historia militar en los brazos, y se durmió arrullado por el olor dulzón del puesto de la señora March a unos metros de su ventana abierta. Ni pensó en que uno de esos olores era el que su nariz había buscando sin darse él cuenta de ello.
CONTINÚA...
